CAPÍTULO 24
Fuera de la tienda, Harbord miró a su superior.
—No se puede decir que estemos avanzando mucho, inspector.
—Bueno, no sé. El billete de una libra era uno de los que recibió Charmian Karslake del banco antes de salir de Londres… Y yo también he recibido una comunicación anónima, es ese sobre que mostré a Weaver…
—¡Ah! ¿El que olía a pachulí? Me estaba preguntando de dónde lo había sacado —dijo Harbord muy interesado.
El inspector apretó el paso.
—Vamos al Games’ Ground, como lo llaman. Es por aquí.
Tanto las pistas de tenis como la bolera de hierba y campos de cricket del Games’ Ground estaban absolutamente desiertos a esa hora. El inspector se sentó en un banco.
—Aquí no hay peligro de que nos oigan —dijo echando un vistazo a su alrededor y pasando el sobre perfumado a Harbord—. Me lo han dado durante el juicio esta mañana. ¿Te suena haber visto alguna vez esta letra?
Harbord giró el sobre entre sus dedos.
—Sí. Creo que la he visto en algún lado. Es como si el que la ha escrito hubiera intentado camuflar su letra. No se parece en nada a la del anónimo que recibió el presidente del tribunal… ¡y qué peste a pachulí! —exclamó arrugando la nariz.
Sacó y desplegó el papel del interior del sobre. En la misma letra angulosa estaba escrito el siguiente mensaje:
«Richard Penn-Moreton no mató a Charmian Karslake. Estúpidos policías. ¡No ven más allá de sus narices!».
Eso era todo. No había firma ni ninguna pista que pudiera identificar al remitente.
Harbord la estudió durante un minuto y luego alzó la vista.
—Yo diría que esto lo ha escrito la doncella francesa.
—Estoy de acuerdo —convino Stoddart—. ¿Te acuerdas de su letra?
—Pues la verdad es que no —contestó Harbord sujetando el papel en alto y observándolo al trasluz—. Pero el estilo me recuerda a Celeste. Ahora trabaja en casa de una amiga de lady Penn-Moreton, creo.
Stoddart asintió.
—Lady Somerfield, de Trehwelly Castle. Esa fue la dirección que nos dio, pero ya no está allí. Llamé desde el tribunal y me informaron de que se marchó precipitadamente hace un par de días por enfermedad de un familiar. Se suponía que la estaba vigilando la policía local, pero no lo ha debido de hacer muy bien cuando se ha marchado sin dejar rastro. Lo único que ha conseguido averiguar la policía de Trehwelly es que compró un billete de primera clase para Paddington. Evidentemente, avisé a la central y ya está todo preparado en el distrito de Paddington para detenerla. Hoy en día es imposible para un extranjero esconderse durante mucho tiempo en Londres.
—Sí —convino Harbord con el ceño fruncido—. No creo que mademoiselle Celeste tenga suficiente dinero como para mantenerse en Londres durante mucho tiempo. Y si intenta conseguir un trabajo la atraparemos de inmediato.
—Parece que en Hepton estaba sin blanca —dijo el inspector—, y esa fue la razón por la que buscó otro trabajo con urgencia en vez de tomarse unas vacaciones. Pero me dicen desde Trehwelly que allí ha estado gastando el dinero a manos llenas.
Harbord enarcó las cejas.
—¡Chantaje!
—Veremos… —El inspector miró fijamente al frente—. Celeste pudo quedarse con algún artículo valioso de Charmian Karslake antes de que nosotros llegáramos a la escena. Solo sabemos lo que había allí por lo que ella declaró. Y no apostaría ni un céntimo por la eficiencia de la policía local, ni en Hepton ni en Trehwelly. Bower tiene algunos momentos brillantes pero en cuanto al resto…
—Yo tampoco… pero es extraño que no reconociera al hombre que vio dirigiéndose hacia la habitación de miss Karslake.
—Es normal que en ese momento no lo reconociera pues acababa de llegar a Hepton y no conocía a nadie. Lo que sí es extraño es que no lo pudiera identificar después.
—Mejor diga «quisiera» en vez de «pudiera» —observó Harbord.
—Exacto —aprobó el inspector—. Quizá se dio cuenta de que podía sacar un beneficio económico a esa información.
—Parece evidente. Lo que me pregunto a veces es… ¿será verdad que vio a un hombre?
El inspector miró a Harbord con curiosidad.
—¿Te refieres al hecho de que Celeste pueda sufrir alucinaciones o a que se inventó que había un hombre en el pasillo?
—A ninguna de las dos cosas. Me refiero a que pudo ser Celeste quien mató a su señora.
—¿Y el motivo?
—Robo. Como acaba de decir, solo tenemos su declaración sobre el inventario de la habitación de Charmian Karslake. Quizá había un montón de joyas valiosas de las que nunca hemos oído hablar.
—Es posible… —dijo el inspector sacando el inevitable cuaderno— pero contra esa teoría tuya tenemos tres hechos indiscutibles. El primero es que el asesino tuvo que cargar con el cuerpo de la actriz para depositarla en la cama después de matarla. Charmian Karslake era una mujer alta y de constitución atlética, mientras que Celeste no. No sé cómo podría haber levantado el cuerpo ella sola.
—Mucha gente hace cosas imposibles en momentos críticos —arguyó Harbord.
—Tal vez, pero… ¿qué necesidad tenía de mover el cadáver a la cama?
—¿Y por qué lo hizo el asesino? Cada momento que pasaba en la habitación era un peligro añadido. A mi juicio, este caso está repleto de improbabilidades que son prácticamente imposibilidades.
—¿Y la huella?
—Reconozco que es un problema, pero cualquiera puede conseguir un par de zapatos. No había nada extraordinario en ellos, excepto la talla.
El inspector sonrió.
—No estás defendiendo muy bien tu teoría, Alfred. Si se hizo con otro par de zapatos de una talla mucho más grande que la suya significaría que el asesinato es premeditado, pero lo que nos muestra la evidencia es que Charmian Karslake murió accidentalmente con su propio revólver después de una pelea. Si el asesino hubiera confesado en el momento, probablemente habría conseguido un veredicto de homicidio involuntario. Ahora creo que será juzgado por asesinato.
—Cualquier cosa que el dinero pueda hacer para exonerar a Richard Penn-Moreton se hará, de eso podemos estar seguros.
—Desde luego —dijo el inspector levantándose—. Bueno, voy a ir a hacer una llamada al Yard a ver si se sabe algo ya de mademoiselle Celeste. Si no es así, creo que voy a tener que enviarte a Hepton mientras yo me voy a Londres. No podemos permitirnos el lujo de no encontrar a Celeste.
Stoddart consiguió poner su conferencia y, a continuación, tuvo lugar el habitual suspense de las llamadas pues Harbord, incapaz de oír lo que se decía al otro lado, solo conseguía enterarse de algunas frases aisladas del inspector. Por fin, Stoddart dijo en tono satisfecho:
—De acuerdo. Tomaré el primer tren expreso.
Y colgó el auricular. Harbord lo miró con curiosidad.
—¿Tengo que ir a Hepton?
El inspector vaciló un instante.
—Sí, creo que sí. Habrá mucho trabajo y uno de nosotros debería estar allí. Tienen a Celeste, está custodiada. Estaba en un pequeño hotel de Paddington, esperando para volver a Francia a la primera oportunidad. Pero había dejado el distrito de Trehwelly sin informar a la policía así que, en cuanto recibieron mi telegrama, se pusieron a preguntar por todas partes en Paddington. El encargado del hotel sospechó de ella y se puso en contacto con la comisaría. Interrogaron a Celeste y descubrieron que era la francesa que buscábamos. Yo voy a acercarme de inmediato para ver qué explicación da la dama a esta carta y por qué piensa que Penn-Moreton es inocente.