CAPÍTULO 5
Hepton era un pueblecito pequeño y pintoresco, con unos pocos puestos sobre las calles empedradas que hacían de mercado. Las casas se extendían a la sombra de la abadía y, para los verdaderos heptonianos, los Penn-Moreton representaban la clase dirigente, el máximo nivel de rango, riqueza y cultura. Cierto es que los reyes estaban por delante, pero ni el rey ni la reina tenían por costumbre acercarse a esta esquina perdida del mundo.
La mañana siguiente al descubrimiento del asesinato de Charmian Karslake, Stoddart y Harbord paseaban sin prisas por la calle principal, contemplando con curiosidad los alrededores.
Para llegar al pueblo desde Hepton Abbey había que cruzar un amplio descampado llamado «el ruedo». A un lado se encontraban las escuelas y la casa del maestro y al otro la iglesia principal y la iglesia de la abadía, tal y como había quedado después de la disolución de los monasterios llevada a cabo por Enrique VIII. Apenas había cambiado nada desde entonces en la iglesia, salvo por algunos bancos de madera que los protestantes habían añadido posteriormente. Detrás de la iglesia quedaban las tiendas a un lado, con sus escalones en la puerta, y, enfrente, el mercado de leche y de aves. A continuación estaba el juzgado. Los magistrados locales aún se sentaban en el viejo tribunal, pero rara vez tenían que juzgar algún delito más grave que una borrachera o el robo de una gallina. Aunque el edificio de los tribunales, con sus bellas celosías de roble, bien valía una visita, la atención de Stoddart estaba concentrada en esos momentos en los letreros de las tiendas. Al llegar al final de la calle se detuvo y se giró hacia Harbord.
—Un sitio pintoresco, ¿eh? Recuerdo que sir Arthur comentó que se dice que el Sleepy Hollow de Dickens está inspirado en Hepton… Bueno, aquí nos separamos. Yo me dedicaré a las tiendas, con especial interés en el Moreton Arms, que parece el pub local más importante, y tú investiga un poco las tumbas del cementerio, a ver qué nombres encuentras.
—Charmian Karslake —repitió lentamente Harbord—. Suena a nombre falso, desde luego.
—Bueno, hasta luego, Alfred. Luego nos vemos en la abadía.
Stoddart continuó con su paseo calle arriba, fijándose en los nombres de las tiendas: Thompson, Dickenson, Grey, Walker… además de otros más extraños, posiblemente originarios del distrito: Frutrell, Furniger, Thorslett… Pero de Karslake no había ni rastro.
Se veía muy poco movimiento en las calles esa mañana. Los dueños de las tiendas, ataviados con sus delantales blancos o negros, pasaban el rato charlando con los paseantes desde la entrada de sus tiendas. Stoddart supuso que todas las conversaciones versarían sobre el terrible suceso de la abadía. Después de un rato de paseo sin rumbo fijo, el inspector regresó al primer tramo de High Street y entró en el Moreton Arms. Dentro había mucho bullicio pero todos se callaron al verle entrar. El inspector se acercó al mostrador, donde una mujer rolliza servía grandes jarras espumosas de ale.
—Buenos días, señorita —saludó cortés mientras miraba a su alrededor—. Un jerez, por favor.
La camarera le sirvió con rapidez y se acercó hacia un hombre alto y fornido que había entrado justo detrás de él. El desconocido pidió una pinta de Bass mientras comentaba alegremente:
—Terrible lo que ha pasado en la abadía, ¿eh?
—Terrible —convino la camarera con una mirada inquieta a Stoddart.
El recién llegado se volvió hacia el inspector.
—¿Se ha enterado de lo que ha pasado, señor?
—Sí —contestó Stoddart cortante. No estaba seguro de hasta qué punto era conocida la razón de su presencia en Hepton.
Pero el recién llegado estaba decidido a ser afable.
—No entiendo que una mujer sea asesinada en su propia habitación y el asesino se vaya de rositas… ¿Usted lo entiende, señor?
Stoddart bebió un largo trago de su copa antes de contestar con tranquilidad:
—¿Acaso se ha ido de rositas? Y… ¿se ha probado ya que ha sido un hombre el culpable?
La mano con la que la camarera operaba los grandes grifos de latón comenzó a temblar. El hombre dejó su jarra suspendida en el aire y se quedó mirando a Stoddart, atónito.
—¿Quiere eso decir que…?
—No quiere decir nada —le interrumpió Stoddart con decisión—. No significa nada más que lo que he dicho. Es la pura realidad. Miss Karslake ha podido ser asesinada por un hombre o por una mujer. Por cierto, tengo entendido que era una completa extraña por estos lares.
—Completa extraña —repitió el recién llegado que parecía que se había autoproclamado portavoz del grupo—. En Hepton no somos muy aficionados a ir a Londres, así que era la primera vez que la veíamos.
—¿Nunca había venido por aquí anteriormente? Me pareció entender que hubo algún Karslake en los alrededores y que podía tener algún lazo de unión con ella.
—Claro que había Karslakes en Hepton. Pero el nombre no se escribe igual.
La respuesta había venido de otro hombre que parecía encogido delante del fuego y extendía sus manos temblorosas hacia el calor de la chimenea.
El inspector Stoddart se giró en su dirección. Ahí estaba lo que había estado buscando.
—Así que ha conocido Karslakes en Hepton, señor —dijo con una deferencia a la que el pobre viejo no estaba acostumbrado.
—Sí. Yo los he conocido y esta gente también los ha conocido. Pero se llamaban Carslakes con «“C”, no “K”».
—¿Y queda alguno de estos Carslakes en el pueblo? —preguntó el inspector profundamente interesado.
—No, señor —respondió el viejo moviendo la cabeza de un lado al otro—. La última fue Mrs. Lee Carslake, de la Casa Roja, a las afueras del pueblo. Todo el mundo la conocía. Era viuda, su marido había sido médico en Peysford Green. Cuando él murió, ella se vino a vivir a Hepton.
—¿Y tenía hijos? —preguntó el inspector en el tono más casual que pudo.
—¡Ah! Niños… sí, claro —el viejo se rascó la cabeza—. Cuatro o cinco chiquillos y la pequeña, la niña más bonita que he visto en mi vida.
¡Una niña! El inspector pensó que, por fin, le había llegado un golpe de suerte.
—¿Cómo se llamaba?
—¿Su nombre? No sé… Miss Carslake la llamaba yo, cuando me dirigía a ella, que no era muy a menudo. Su madre creo que la llamaba Ángela o algo similar.
—¡Ah! Mrs. Lee Carslake de la Casa Roja —interrumpió otro hombre sentado a la derecha de Stoddart—. No se me ocurrió pensar en ella cuando habló de los Karslakes. Y eso que yo le hice algún trabajillo de jardinería hace tiempo. La niña creo que se llamaba Lotty, o algo similar…
—Lotty —repitió el inspector reflexionando durante un instante—. Eso debe de ser un apodo o un diminutivo de algún otro nombre…
—Posiblemente, pero no sé de cuál… —continuó el primer hombre—. Yo solo la oí mencionar como miss Carslake… Podría ser Charlotte.
Charlotte y Charmian. El inspector se animó de inmediato. Las cosas empezaban a tomar forma.
—¿Dónde están ahora Mrs. Carslake y su hija? —preguntó—. ¿Supongo que ya no viven en Hepton?
—Hace veinte años más o menos que se marcharon todos. En cuanto a Mrs. Carslake… se puede decir que nunca se fue. La sacaron de su casa con los pies por delante y está ahora en el cementerio, al lado de su padre, el abogado Herbert.
Stoddart tomó otro trago antes de continuar:
—Y miss Carslake… ¿qué fue de ella?
—Pues no sé qué fue de los chicos… Los cuatro dejaron Hepton antes de que su madre se quedara fría en su tumba. Oí rumores de que uno de los chicos, el más joven, había muerto en la guerra… pero de miss Lotty… no sé lo que fue de miss Lotty. Supongo que se casaría… Era buena chica, miss Lotty.
—¿Guapa?
—Ah, sí era guapa, sí. Una gacela. Alta y delgada y con un par de ojos maravillosos. No le faltarían pretendientes a miss Lotty, no…
—¿Era morena o rubia? —insistió el inspector intentando contener su impaciencia.
—Bueno… No recuerdo mucho… más bien rubia diría yo… Tenía un cabello muy largo, no como esas chicas de hoy en día que llevan el pelo tan corto…
—Tiene que haber alguien en Hepton que se acuerde de miss Carslake y sepa qué ha sido de ella. Veinte años no es tanto tiempo, a fin y al cabo.
—Seguro que hay alguien —asintió el otro indiferente, perdido aparentemente el interés en el tema, agarrando su jarra de cerveza y mirándola fijamente.
Poco más consiguió averiguar el inspector en el Moreton Arms, excepto que tal vez el viejo Dr. Brett, ya retirado, podría saber algo más de los Carslakes. Una mirada al reloj le informó de que aún tenía tiempo de acercarse a ver al Dr. Brett antes del almuerzo. Si el viejo doctor estaba ya jubilado, posiblemente agradecería un rato de charla sobre tiempos pasados.
Después de informarse sobre la dirección del Dr. Brett, el inspector se dirigió allí sin demora.
«El doctor estaba en casa» le informó una doncella sonriente que le abrió la puerta y le guio hasta una pequeña salita con suficientes adornos de plata como para hacer llorar de la emoción a un ladrón. Aparentemente, en Hepton nadie pedía credenciales a la hora de admitir a un visitante en su casa.
El Dr. Brett no le hizo esperar mucho rato. Era un hombre pequeño y pulcro, con una hermosa mata de cabello blanco que contrastaba con su cara sonrosada y sus pálidos ojos azules.
El inspector se levantó:
—¿El Dr. Brett, supongo?
El doctor inclinó la cabeza a modo de saludo.
—El mismo. ¿Mi doncella me ha dicho que viene en visita oficial, inspector?
—Sí, señor —asintió Stoddart, entregándole una tarjeta—. Vengo de Scotland Yard.
—Inspector Stoddart… —leyó el otro lentamente—. Ya. Supongo que ha venido a Hepton a investigar ese terrible asesinato. Pero no sé si podré ayudarle… Hace mucho que estoy jubilado.
—Eso tengo entendido —observó el inspector con calma—, pero creo que sí podrá. ¿Usted conoció a Mrs. Carslake de la Casa Roja?
—¿Si la conocía? ¡Por supuesto que la conocía! —exclamó el doctor releyendo la tarjeta—. Pero siéntese, inspector Stoddart… Pobre Eleanor Carslake. Fui a su boda, la asistí en el parto de todos sus hijos y acudí a su funeral. Sí, no creo que haya nadie en Hepton que conozca mejor a Eleanor Carslake que yo —dijo quitándose las gafas y limpiando los cristales—. Pero dígame qué quiere saber. No entiendo el interés de Scotland Yard por ella.
—No es Mrs. Carslake quien nos interesa, sino su hija.
—¡Ah! ¡Pobre Lotty! —exclamó el doctor con una mueca—. ¿Qué quiere saber de ella?
—Bueno… principalmente, dónde se encuentra en este momento.
—Y eso es algo que no le puedo decir —replicó el doctor con firmeza—. Hace años que no sé nada de ella. Dos de sus hermanos murieron en la guerra y el más joven se fue a Australia. Supongo que seguirá allí… Y en cuanto a Lotty… Bueno, Lotty se casó… Uno de esos matrimonios de guerra que se deshacían tan rápidamente como se hacían… No fue feliz y hubo un divorcio, al menos eso es lo que leí en el periódico… Aunque le escribí, nunca obtuve respuesta y no he vuelto a saber nada de ella.
—¿A quién se echó la culpa en el proceso de divorcio? ¿A él o a ella?
Brett suspiró.
—Temía que me preguntara algo así. Creo que fue a ella, pobre niña. O eso me pareció entender de la noticia del periódico.
El inspector apuntó unas notas en su cuaderno.
—¿Era guapa miss Carslake, doctor?
El Dr. Brett pareció reflexionar durante un instante.
—No la última vez que la vi. Una joven normal y corriente, diría yo.
El inspector cerró el cuaderno y lo aseguró con un elástico. Luego miró al doctor directamente a la cara.
—Voy a ser franco con usted. ¿Cree que la Lotty Carslake que usted conoció puede ser la Charmian Karslake que fue asesinada en Hepton Abbey?
—¡Cielo santo! ¡No, no lo creo! —exclamó el doctor sorprendido.
Pero el inspector percibió una nota de falsedad en su voz.
—Esa pobre criatura era americana, ¿no? Y guapísima según me han contado… Ninguno de los Carslake podía presumir de buen físico, la verdad.
—¿Es verdad eso? Pero esta joven pudo mejorar mucho después de haberse marchado de Hepton, ¿no cree? —El inspector mantuvo la mirada fija en el doctor—. Y la nacionalidad… bueno, no se sabe gran cosa de su vida pasada… Puedo decirle, y esto es absolutamente confidencial, doctor, que tenemos motivos para pensar que Charmian Karslake ya había estado en Hepton y que fue esto lo que le hizo aceptar la invitación al baile.
—¡Cielos! ¿Eso creen? —El doctor parecía confuso—. Pero aunque fuera originaria de Hepton… de eso no se deduce necesariamente que se tratara de la pequeña Lotty Carslake. Me niego a creerlo. Carslake es un apellido bastante habitual.
—No tan común como Brown, Jones o Robinson… —observó Stoddart—. Me temo que he de pedirle que venga conmigo ahora a la abadía, doctor. Necesito saber si reconoce el cuerpo como el de Lotty Carslake.
—¿Es absolutamente necesario? —Ni el tono ni la expresión del doctor indicaban ningún deseo de llevar a cabo la tarea.
—Absolutamente —repitió el inspector con rotundidad levantándose de la silla—. Vamos, doctor.
—Supongo que no tengo alternativa —dijo el doctor de mala gana.
—Ninguna —observó el inspector con decisión.