CAPÍTULO 11
—¿Ha preguntado por mí, inspector?
Harbord acababa de entrar en el despacho de Stoddart en Scotland Yard.
—Sí. Quería consultar contigo los próximos pasos en el caso de Charmian Karslake. Parece que estamos en un punto muerto y esos malditos periódicos no dejan de acosarnos… Me encantaría decirles que si montan ese alboroto cada vez que interrogamos a un testigo, dentro de poco no tendremos testigos que interrogar…
Con esto, Harbord entendió que el inspector estaba más preocupado por el caso Hepton de lo que quería reconocer.
—Es un caso difícil —aceptó Harbord—. Da igual el camino que tomemos que al final siempre nos encontramos con algún obstáculo. ¿Encontró algo en el apartamento de miss Karslake, inspector?
Stoddart se encogió de hombros.
—Nada. Charmian Karslake dominaba el arte de ocultar su vida. ¿Y tú en el banco?
—Ha ido bastante bien. Les ha llegado ya la autorización para que podamos abrir la caja en presencia del director del banco, pero no podemos llevarnos nada de lo que haya en su interior.
El inspector se levantó.
—Eso me da la motivación que necesitaba esta mañana. Iremos directamente al banco, Alfred. Será mejor que llamemos a un taxi.
El trayecto les llevó tan solo cinco minutos. Fueron admitidos de inmediato en el despacho del director y este se reunió con ellos.
—Espero que esto les sirva de algo, inspector —comentó el director mientras llamaba a un timbre—. No tengo ni idea de lo que contiene, claro, pero la caja me pareció muy pequeña y ligera cuando la trajo miss Karslake. Eso fue solo un par de días antes de su muerte.
—¡Solo dos días antes de su muerte! —exclamó Stoddart sorprendido.
—Me dijo que iba a pasar el fin de semana en el campo y no quería dejarla en su apartamento vacío —explicó el director.
En respuesta a su llamada, había llegado un ascensor diminuto situado al otro extremo de la habitación. El director abrió la puerta. Dentro había una pequeña caja fuerte que levantó del suelo y calibró entre sus manos.
—No puede haber gran cosa aquí, inspector… Creo que ya tiene la llave.
El inspector sacó la llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura. Cuando levantaron la tapa ambos soltaron una exclamación de sorpresa.
A primera vista, la caja parecía contener solo un montón de recortes de periódicos unidos mediante un clip. El inspector separó las hojas leyendo rápidamente los titulares: «Muerte de sir Arthur George Penn-Moreton», «Fallece lady Penn-Moreton», «Compromiso de sir Arthur Penn-Moreton», «Alianza británica y norteamericana: Mr. Richard Peter Penn-Moreton se compromete con la hija del millonario de Chicago», «Mr. John Larpent comprometido con la honorable Mary Vivian Paula, hija del fallecido vizconde Galbraith»… Luego miró a Harbord.
—Todos hacen referencia a los Penn-Moreton. Esto, al menos, resuelve parte del misterio.
En el fondo había una pequeña cajita de cartón. Stoddart levantó la tapa y vio un anillo de boda entre algodones y, debajo, un trozo de papel de seda cuidadosamente doblado. Lo abrió con delicadeza y mostró su interior a Harbord que se inclinó nervioso. Ante sus ojos apareció un pequeño rizo rubio con una etiqueta minúscula atada con hilo de seda: «El pequeño John Peter».
El inspector miró a Harbord.
—¿Te das cuenta del significado de los nombres?
Harbord asintió, pero la expresión de sus ojos era confusa.
El director les miró.
—¿Hay algo más que deseen ver, caballeros?
Stoddart captó la indirecta.
—Creo que no, gracias. Hemos visto la libreta de ahorros que guardaba miss Karslake en su apartamento. Tiene una buena cantidad de dinero con ustedes, creo.
—Unos dos mil, pienso —el director asintió—. Tenga en cuenta que miss Karslake ganaba muchísimo dinero y no se lo gastaba a lo loco, a diferencia de otros…
—Tiene razón. Muchas gracias por su cooperación, señor.
Cuando salieron del banco, el inspector vaciló un instante.
—Creo que es mejor que vayamos paseando hacia el Embankment para reflexionar un poco sobre esto.
Harbord observó la expresión malhumorada de su jefe dos o tres veces antes de atreverse a hablar. Por fin, dijo lentamente:
—No puedo entender que una mujer con el físico espectacular de Charmian Karslake no fuera reconocida de inmediato si estuvo antes en Hepton o conoció a los Penn-Moreton.
—No. Tienes razón —aceptó el inspector pensativo—. Tal vez fuera solo una niña entonces, pero incluso así… Tenemos que seguir trabajando. Es posible que consigamos deshacer algún día esta maldita madeja… ¿Qué habrá sido de John Peter, por cierto? ¿Se quedaría en Estados Unidos o falleció? ¿Qué piensas?
—Lo último, creo. Peter sugiere Peter Hailsham, claro, pero John…
—¿No lo ves? —preguntó el inspector en voz baja—. Larpent. Tenemos que investigar el pasado de ese hombre.
—Larpent es agradable, el más atrayente del lote —observó Harbord inesperadamente.
—Me importa un bledo. Algunos de los peores criminales que he conocido tenían una personalidad muy atractiva. No, eso no me impedirá que investigue bien su pasado.
—¿Por qué mataría Larpent a Charmian Karslake? No hay nada que le ligue al crimen, excepto la huella de zapato, que no es muy significativa porque, como usted mismo ha dicho, es una talla muy habitual.
—Tiene razón —convino Stoddart—. Pero, a pesar de eso, no había nadie más con la misma talla de zapatos en Hepton Abbey esa noche. Y… ¿se ha olvidado de la presencia de miss Paula Galbraith en el invernadero la noche del baile? ¿Por qué no nos ha dicho nada cuando sabe que cualquier pista es vital?… Porque sabe, o sospecha, quién era el que estaba en esa habitación y quién es Peter Hailsham. Alguien a quien no puede traicionar. Pero, sin embargo, sabemos que ha discutido con él. Uno de estos días cantará y nos enteraremos de lo que oculta esa cabeza.
—Bueno, es posible que tenga razón —concedió Harbord—. Pero debo confesar que me gustaría seguir investigando el resto de las posibilidades.
—Claro. Se hará lo que dices —dijo Stoddart—. No podemos abandonar ninguna pista hasta que el caso no esté cerrado.
Cuando llegaron a Scotland Yard, fueron interceptados por un mensajero:
—Hay un par de telegramas para usted, señor. Y le han llamado por teléfono. Una llamada desde Hepton. Tiene que devolver la llamada lo antes posible.
—¿Quién ha llamado?
—Sir Arthur Penn-Moreton, señor. Dijo que era urgente.
—Muy bien. Me encargaré de ello de inmediato. Tráigame los telegramas, por favor… Ven conmigo, Alfred. Esto nos interesa a ambos.
El inspector se fue a su despacho y llegó casi a la vez que el policía que le traía los telegramas. Stoddart abrió el primero. Era del superintendente de policía de Hepton:
«Le necesitamos en la abadía. Regrese inmediatamente».
El segundo procedía de sir Arthur y decía lo mismo:
«Venga con urgencia».
El inspector levantó el auricular y llamó a Hepton Abbey.
Sir Arthur acudió a la llamada con tanta celeridad que daba la impresión de que estaba esperando la llamada al lado del teléfono.
—¿Es usted, inspector? Sir Arthur Moreton al habla. Ha pasado algo terrible aquí. ¿Puede venir en el tren de las 4:15?
El inspector miró su reloj.
—Sí. Si nos damos prisa… ¿Qué ha pasado, sir Arthur? ¿Algo relacionado con el asesinato de miss Karslake?
—No sé cómo puede estar relacionado —dijo sir Arthur profundamente agitado—. Mi cuñada, Mrs. Richard Moreton, ha sido atacada brutalmente. La han dejado inconsciente con un golpe salvaje en la cabeza… No, no ha muerto, pero el doctor nos ha dado muy pocas esperanzas de que se recupere o tan siquiera de que recobre la conciencia. Debe de haber algún maníaco homicida en los alrededores. Venga y encuéntrelo, inspector.
—Haré todo lo que esté en mi mano —dijo el inspector sombrío—. Estaré allí lo antes posible.
Y colgó.