CAPÍTULO 7
—Mmm… así que esto es lo que tenemos hasta el momento…
El inspector dio unos golpecitos al cuaderno de notas con la punta de su bolígrafo y se quedó mirando a Harbord, sentado justo enfrente de él.
—No es mucho —añadió Harbord desmoralizado—. Este caso es un laberinto, señor. Cada pista termina en un callejón sin salida.
—Yo no describiría así un laberinto —sonrió el inspector—. Claro que avanzamos, Alfred. Somos como topos trabajando en el subsuelo… ¿El análisis del registro de la iglesia no ha dado resultado?
—No, señor. Encontré un montón de nacimientos, matrimonios y defunciones de Carslakes, pero la única que podría ser la joven que buscamos es una tal Charlotte Sylvia, nacida el 12 de octubre… y el doctor Brett dice que no es ella.
—Bien, he encargado fotos del cuerpo desde todos los ángulos. En cuanto encontremos a Mr. Peter Hailsham sabremos más.
—¡Si es que lo encontramos! —exclamó Harbord pesimista.
Los dos detectives estaban sentados en la biblioteca. La investigación judicial había sido pospuesta hasta que la policía consiguiera aclarar la identificación de la fallecida, pero el forense había autorizado la inhumación del cadáver.
El agente de la actriz había permitido el entierro en el cementerio más cercano, con lo que sus restos iban a descansar para siempre en Hepton, bajo la sombra de la vieja abadía y… qué casualidad, a pocos metros de la tumba que cantaba las virtudes de Eleanor Carslake.
Se habían reservado todos los honores para esta invitada de los Penn-Moreton y la familia al completo tenía previsto asistir al funeral. El inspector Stoddart, sin embargo, tenía otros planes para ese momento.
—Estoy esperando a sir Arthur. Llegará en cualquier momento —dijo abriendo su cuaderno y colocándose las gafas. Y al oír una llamada en la puerta—: ¡Ah! Debe de ser él.
—Creo que quería verme, inspector —dijo sir Arthur entrando en la habitación—. Puedo dedicarle un minuto, pero hay un montón de asuntos de los que aún me tengo que ocupar. La mitad de los actores de Londres van a estar presentes en el funeral de mañana… Y todo el personal del Golden Theatre.
—Lo comprendo —dijo Stoddart—. No le retendré mucho tiempo, sir Arthur. Solo quería preguntarle sobre un par de cosas que he descubierto… Primero, el nombre de Karslake. Entiendo que es un nombre bastante frecuente en Hepton.
—¿Ah, sí? Nunca lo había oído —contestó sir Arthur con expresión de sorpresa—. ¿No le habrán estado tomando el pelo, inspector?
—Lo dudo mucho… Ese es un pasatiempo que la gente no se atreve a practicar conmigo —dijo el inspector con una sonrisa—. Es verdad que se escribe con «“C” en vez de “K”», pero no habrá olvidado usted a los Carslake de la Casa Roja…
—¡Cielo santo! ¡Es verdad! No había hecho la conexión entre ambos. La «K» me había despistado.
—¿Pero se acuerda de Mrs. Carslake y su hija Lotty?
—¡Claro que me acuerdo! Bien guapa era la niña.
—Eso es lo que tengo entendido. Y ahora sir Arthur, dígame… —El inspector Stoddart le miró fijamente a los ojos—. ¿Cree usted que la miss Karslake asesinada en su casa puede ser la Lotty Carslake de Hepton que usted recuerda?
Era indudable que sir Arthur se había quedado atónito ante la pregunta.
—¡Nunca se me habría ocurrido! No, claro que no… Como ya he dicho, Lotty era una joven atractiva, con una bonita melena rubia que le caía por la espalda, pero Charmian Karslake era simplemente la criatura más hermosa que he visto en mi vida. No es que a mí me atrajera especialmente… no era exactamente lo que se entiende por una dama, aunque está mal que lo diga ahora que está muerta, pero era muy hermosa, sin duda alguna. Por supuesto que no era Lotty Carslake. Además, ¿por qué nos lo habría ocultado?
—No lo sé —dijo el inspector echando un vistazo a las notas de su cuaderno—, pero hay algo indudable en todo esto, sir Arthur, y es que miss Charmian Karslake conocía bien Hepton.
La expresión de sir Arthur se hizo aún más perpleja.
—¿Por qué piensa eso? Creo que se ha metido en un callejón sin salida, inspector. Cuanto más lo pienso, más seguro estoy de que no era Lotty Carslake.
—Una pregunta más, sir Arthur, ¿ha oído hablar alguna vez de un tal Mr. Peter Hailsham?
—¡Peter Hailsham! —repitió el otro. Y el inspector se preguntó si había cierto tono de consternación en su voz o es que sus sentidos le engañaban. Los ojos de sir Arthur evitaban ahora la mirada del inspector—. El nombre me resulta familiar pero no consigo ubicarlo. ¿Quién es, inspector?
—Me encantaría saberlo —dijo Stoddart con total sinceridad—. Tengo motivos para pensar que era uno de sus invitados al baile, sir Arthur. ¿Me podría ayudar a identificarlo?
Sir Arthur, boquiabierto, hizo un gesto de impotencia.
—Estoy seguro de que no asistió al baile, ¡ni hablar! Si me suena de algo es de hace muchos años…
—¿Podría, no obstante, comprobar si un tal Mr. Hailsham asistió al baile, señor? Supongo que tiene una lista de invitados.
—Claro que tengo una lista, pero muchos invitados vinieron acompañados y de los acompañantes no creo que tengamos registro. Pero consultaré con lady Moreton.
—Le estaré muy agradecido si lo hace —dijo el inspector con amabilidad.
—Le preguntaré ahora mismo… Si vino algún Mr. Hailsham es seguro que Brook lo anunciaría. ¿Quiere que le llame para preguntarle?
El inspector dudó.
—¿No sería mejor preguntar primero a su esposa, sir Arthur?
—Ni idea. Pero como quiera —replicó sir Arthur en tono decididamente hostil.
En cuanto sir Arthur hubo salido, el inspector se acercó a la puerta y la abrió con cuidado, pegando el ojo a la ranura.
—Lo que pensaba —dijo regresando a su sitio—. Ya sabemos que Brook no se acordará si Mr. Peter Hailsham asistió o no al baile.
Harbord arqueó las cejas interrogativamente.
—Sir Arthur estaba ahora mismo hablando confidencialmente con su mayordomo en el otro extremo del vestíbulo.
—Así que sospecha…
—Que sir Arthur conoce bien quién es Mr. Peter Hailsham y tiene buenas razones para evitar que nosotros nos enteremos. Pero cerrar la boca a Brook no le va a servir de nada. Al contrario, me confirma que estamos en el buen camino.
—Tal vez ese hombre no estaba invitado y entró en la casa mediante alguna estratagema… —apuntó Harbord pensativo.
—Estaba en la casa, eso seguro. Solo que no creo que se le conozca aquí como Peter Hailsham.
—Entonces… ¿por qué habrá advertido sir Arthur a Brook? No lo entiendo… si fue anunciado con otro nombre no tiene nada que temer.
—Hay algo raro detrás de esto, Alfred —observó el inspector—. Brook no nos va a contar nada sobre Mr. Hailsham, pero es un hombre de Hepton y sí nos puede aclarar otra cosa y es si Charmian Carslake era la niña aquí conocida como Lottie Carslake.
Harbord negó con la cabeza.
—No lo creo, señor. Yo estaba observando antes a sir Arthur atentamente y juraría que su sorpresa fue genuina ante la pregunta de los Carslake de Hepton.
Stoddart guardó silencio durante un instante. Su mirada estaba perdida en los extensos terrenos de Hepton Abbey que se veían a través de la ventana abierta. Por fin habló.
—Es posible que, en realidad, sir Arthur sepa muy poco de Lottie Carslake y aún menos de la actriz, a pesar de que estaba alojada en su casa. Y que no se haya fijado en la similitud del apellido. Pero sí conocía el nombre de Peter Hailsham y quería ocultárnoslo. Y ahora vamos a hablar con Brook, le guste o no.
Con estas palabras salió de la habitación y se dirigió al ala de la servidumbre y de allí hacia las despensas, donde encontró a Brook limpiando la plata.
—Hola, Mr. Brook, he venido a hablar con usted si tiene un momento —le saludó el inspector cordialmente.
La cubertería de plata tintineó mientras Brook la guardaba en su sitio. Brook se giró con un rostro que al inspector pareció grisáceo, pero su voz no tembló al contestar:
—Bueno, señor, en mi trabajo uno nunca tiene un minuto libre. Cuando no está la plata, están las tapicerías…
—Ojalá tuviéramos unos cuantos como usted en Scotland Yard, Mr. Brook… ¿Quiere un cigarrillo? —le dijo acercándole la cajetilla.
—Es muy amable, inspector. Un cigarrillo no es algo que rechace habitualmente —contestó el mayordomo sacando uno de la pitillera.
—Sir Arthur me ha recomendado que venga a hablar con usted —comentó el inspector en tono casual, concentrándose en la larga columna de humo de su cigarro y evitando mirar al mayordomo—. Usted habrá oído, o tal vez anunciado, todos los nombres de los asistentes al baile de la otra noche. Me pregunto si advirtió el de un tal Mr. Peter Hailsham.
—No me suena, señor —contestó rápidamente Brook con un ligero tartamudeo. Y con el cigarrillo en la boca siguió trabajando en la plata—. Le ruego que me disculpe si sigo con lo mío, señor, pero con este clima la plata me da mucho trabajo.
—Sí, claro —dijo el inspector, distraído—. ¿Ha oído el nombre antes?
—¿El nombre? ¿Qué nombre? —preguntó Brook sin dejar de frotar con el paño.
—Hailsham, Peter Hailsham.
—No sé… —Brook levantó una gran sopera de plata—. Sí, creo que lo he oído en algún lado. Pero uno oye tantos nombres en un sitio como este, que se mezclan en la cabeza y ya uno no se acuerda ni cuándo ni dónde…
—Lo comprendo, pero tal vez me pueda decir si lo ha oído recientemente.
—¡Oh, no! Estoy seguro de que recientemente no —contestó Brook con rapidez.
—Mmm… una última cosa, Brook. Usted es originario de Hepton, según me ha dicho sir Arthur.
—Nací aquí y aquí he vivido toda mi vida, señor. Vine a la abadía cuando era un niño y he estado al servicio de los Penn-Moreton desde entonces.
—Conoció a la madre de sir Arthur, entonces.
—¡Oh, claro que conocí a la señora! Y también a la madre de Mr. Richard. Y a ambos, sir Arthur y Mr. Richard, desde que iban a gatas…
Una voz a sus espaldas les interrumpió.
—¡Vaya! Qué reunión tan agradable. ¿Es amistosa o ha venido en pie de guerra, inspector?
Si el inspector maldijo en ese momento a Dicky desde lo más profundo de su ser, no dejó que se notara.
—Solo estaba fumando un cigarrillo con Mr. Brook. Hasta los detectives tienen un rato de relax de vez en cuando, Mr. Richard.
—Desde luego. Y le agradecería que me diera uno. Huelen bien.
El inspector le alargó la cajetilla y Dicky continuó hablando:
—Mi hermano me ha dicho que quiere saber el paradero de un tal Peter Hailsham, así que he venido a informarle.
El inspector se sacó el cigarrillo de los labios.
—Se lo agradecería, Mr. Richard. ¿Dónde está?
Dicky sonrió.
—Fuera de sus garras, inspector. En el cementerio de Normanford.
Por una vez, el inspector realmente se sorprendió y no intentó disimularlo.
—¿Cómo? ¡Muerto!
—Y bien muerto, amigo mío —la sonrisa de Dicky se amplió—. Brook, tienes que acordarte del viejo Peter Hailsham de Normanford.
El mayordomo parecía claramente incómodo.
—Claro que me acuerdo, señor, ahora que lo ha mencionado. He de decir que me despisté porque pensaba que el inspector hablaba de alguien de un estrato social más elevado. El inspector me ha preguntado si Mr. Peter Hailsham acudió al baile el otro día.
Dicky soltó una carcajada.
—Debe de haberse vuelto mucho más limpio en el otro mundo si lo hizo o no creo que ninguna de nuestras damas se hubiera dignado a concederle un baile.
Oyendo las risotadas de Dicky, el inspector se preguntó si las risas eran forzadas o era su imaginación la que le jugaba una mala pasada una vez más.
—¿Conoce el canal, inspector?… Tiene que conocerlo, claro. La esclusa queda a unos cinco kilómetros al norte. Justo al lado, en una especie de descampado que llaman «la plaza», había una especie de cuchitril cuando yo era niño donde solía dormir un viejo vagabundo. Se llamaba Peter Hailsham. Vendía chucherías y algunos refrescos y los chicos solíamos acercarnos y gastarnos allí nuestras pocas monedas. Yo he ido algunas veces allí a refrescarme después de remar. Pero el viejo Peter Hailsham lleva muerto más años de los que soy capaz de recordar… Así que, si estuvo aquí la otra noche, solo pudo ser en espíritu. ¿Qué mosca le ha picado con el viejo Peter Hailsham, inspector?
Stoddart no perdió de vista a Dicky.
—Por la información que he recibido —contestó con cautela—, pensé que Mr. Peter Hailsham podría ayudarme. Parece que me he confundido.
—Desde luego —contestó Dicky con firmeza ajustándose el monóculo—. ¡Tendrá que buscar en otro lado!