CAPÍTULO 3

—Puedes opinar lo que quieras sobre los métodos de la policía de tu país, pero me apostaría lo que fuera a que en Estados Unidos ya habrían atrapado al culpable.

Era Mrs. Richard Penn-Moreton quien hablaba. Se encontraba en ese instante en uno de los salones de la mansión acompañada de lady Moreton, su cuñada y anfitriona, y Paula Galbraith.

Como todas las habitaciones de la abadía, el salón era bastante pequeño. La actual lady Moreton había respetado el encanto del lugar y los gruesos muros de piedra permanecían desnudos, sin fotografías o cuadros que estropearan el efecto. Solo había lugar allí para las ventanas altas con vidrieras, el reluciente suelo de roble, unos tapices flamencos antiguos y alguna escultura de buena calidad sobre la repisa de la chimenea. Un par de butacas, un lujoso sofá chesterfield frente a la chimenea y algunas mesitas de roble con sillas a juego a su alrededor completaban el mobiliario de la sala. Y un gran florero con violetas de Parma bajo la ventana y otro con un gran ramo de rosas cerca de la chimenea alegraban el ambiente.

Lady Moreton estaba acurrucada en una esquina del chesterfield. Era una morena pequeña, normalmente alegre y vivaz, pero en ese momento se la veía pálida y ojerosa. Levantó la mirada hacia su cuñada.

—No sé lo que harían en tu país, Sadie —dijo con voz cansada—, pero antes de culpar a la policía por no haber descubierto al asesino, deberías asegurarte de que ha habido realmente un asesinato. No puedo creer que alguien haya intentado matar a Charmian Karslake. ¿Por qué alguien haría algo así?… No tiene sentido. El arma se tuvo que disparar accidentalmente.

—No digas tonterías —contestó Mrs. Richard ásperamente.

Sadie Penn-Moreton, Mrs. Richard, era una americana típica: delgada, elegante, con la tez bronceada, ojos brillantes y expresivos, un peinado de una sencillez engañosa y un vestido muy corto y revelador, última moda de París. Estaba apoyada en la repisa de la chimenea con sus largas piernas, enfundadas en medias de seda, cruzadas.

—¿Qué arma? —continuó con su agudo timbre de voz—. Si hubiera estado jugando con un arma, la habrían encontrado en el suelo o en su mano. Además, ¿quién cerró la puerta y se llevó la llave?

—¿Estaba cerrada la puerta con llave? —preguntó lady Moreton asombrada.

—¿Estaba la puerta cerrada con llave? —La imitó Mrs. Richard en tono de burla—. La verdad, vosotros los ingleses sois el colmo. Si esto hubiera pasado en Estados Unidos estaríamos ya todos histéricos acosando a la policía hasta que atrapara al culpable y lo pusiera entre rejas. Pero vosotras… ¡Miraos! Ahí sentadas tranquilamente en el diván poniendo cara de sorpresa… «¡Oh!, ¿estaba la puerta cerrada con llave?»… ¡Me dan ganas de sacudiros hasta que despertéis!

—No serviría de nada que lo hicieras —replicó lady Moreton sin energía—. ¡Todo esto es horrible! Ojalá nunca la hubiéramos invitado a venir…

—Sí… ya pensaba que desearías algo así —observó Mrs. Richard—. Pero eso tampoco ayuda en nada a estas alturas… Y la habrían matado igual, probablemente. Yo creo que el asesino la siguió hasta aquí y se mezcló con tus invitados para pasar desapercibido hasta que vio la oportunidad, se escondió en la oscuridad, subió y la mató. ¿Qué opina usted, miss Galbraith?

El tercer miembro de la habitación, miss Galbraith, al oír su nombre giró la cabeza desde la ventana en la que estaba apoyada. Era una joven alta y atractiva, con una cabeza llena de rizos dorados y una tez pálida del tono que normalmente acompaña a ese color de pelo. Mientras miraba a Mrs. Richard se reflejó un destello de miedo en sus ojos, algo que no pasó desapercibido para la astuta americana.

—No tengo ni idea —contestó, vacilante—. Nunca me había visto en una situación parecida y no lo entiendo…

—¡Cielo santo! Ninguna nos habíamos visto mezcladas antes en un asesinato —replicó Mrs. Richard impaciente—. Pero eso no impide que utilicemos nuestro cerebro ahora que sí lo estamos… Lo que me extraña es que nadie haya oído el disparo. Dicky y yo estábamos cerca pero no lo oímos. O, mejor dicho, fui yo quien no lo oí porque el vestidor de Dicky está al otro lado, más lejos de la habitación de miss Karslake que el mío. Y ahora que lo pienso… debí de ser yo la última persona que la vio con vida… Mi puerta estaba abierta y yo estaba esperando a Dicky cuando la vi pasar y le dije: «Buenas noches, miss Karslake. Ha sido una fiesta increíble, ¿no cree?». Y ella me contestó: «Sin duda. Aquí saben hacer estas cosas mejor que en Estados Unidos». Y yo le pregunté entonces: «¿Me deja echar un vistazo a su colgante?». Y ella se rio y me lo entregó mientras me preguntaba por qué quería verlo. Y yo le contesté: «Oh, tal vez pueda leer el futuro en él. Tengo lo que algunas personas llaman “poderes psíquicos” y en otras ocasiones he visto cosas raras en este tipo de bolas».

Mrs. Richard calló y encendió un cigarrillo con calma.

—¡Vamos, Sadie! ¡Continúa! —exclamó su cuñada con impaciencia—. ¿Qué viste?

—Pues… nada —contestó esta—. Miss Karslake me preguntó lo mismo y le contesté que solo la había visto a ella, su imagen, pero que la figura de un hombre se había puesto en medio. ¡Quizá era su asesino!… Pareció decepcionada pero sonrió, me deseó buenas noches y se marchó… ¡Pobre criatura!

Se hizo una pausa mientras un sirviente entraba en la habitación.

—Espero no molestarla, milady. Me envía sir Arthur para decirle que ha venido un inspector de Scotland Yard y quiere verla en la biblioteca.

—¡A mí! —Lady Moreton emergió de su rincón y se retiró un mechón de cabello que le había caído sobre la frente—. No sé qué voy a poder decirles yo… ¿Y por qué no ha venido sir Arthur a decírmelo él mismo?

—Está en la biblioteca, milady, con el resto de los caballeros.

—¡Oh, bueno! Supongo que tendré que ir… —dijo lady Moreton resignada.

—¡Pues claro! La policía tendrá que hablar con todo el mundo —interrumpió Mrs. Richard—. Te acompañaremos.

Iba a dar media vuelta para seguir a su cuñada, pero el sirviente la detuvo.

—Disculpe, madame. Sir Arthur dijo expresamente que el caballero quería hablar a solas con milady.

Sadie elevó la punta de su naricilla.

—¡Oh, claro!… Vamos, miss Galbraith. Usted y yo nos quedaremos aquí a meditar sobre el asunto a ver si sacamos algo en claro.


Lady Moreton, acompañada del sirviente, se dirigió hacia la biblioteca. Allí la esperaba el inspector, que hizo una inclinación al verla.

—¿Quería hablar conmigo? —preguntó lady Moreton.

—Le agradecería que nos contara todo lo que sabe sobre miss Karslake, lady Moreton. Cómo la conoció, de qué hablaron aquí en Hepton…

Lady Moreton se mordió el labio inferior.

—Eso último se cuenta rápido… No hablamos prácticamente nada… Una anfitriona tiene tan poco tiempo libre para los invitados cuando hay un acontecimiento de este tipo y miss Karslake no llegó hasta el último tren de la tarde… En cuanto a cómo la conocí… Yo iba en el coche por la calle y un chico tuvo un terrible accidente casi delante de mí. Miss Karslake estaba paseando por allí justo en ese momento. Ambas nos detuvimos a ayudar a la pobre criatura y acabamos llevándolo al hospital más cercano. Fuimos también a buscar a la madre y, cuando todo acabó, acerqué a miss Karslake a su casa en mi coche. Por el camino me contó lo mucho que le interesaban las antigüedades y acabé invitándola a venir a ver Hepton Abbey. Yo la había reconocido de inmediato, claro está, y me había parecido tan encantadora como todo el mundo decía que era. Me halagó mucho que aceptara posteriormente mi invitación al baile porque había rechazado todas hasta ese momento… Creo que vino exclusivamente a ver la abadía.

El inspector miró sus notas y frunció el ceño.

—Yo diría que hay otras mansiones igual de antiguas e interesantes que Hepton Abbey, lady Moreton.

—Sí, lo sé. Aunque creo que Hepton es única en muchos aspectos… Sin embargo, me he preguntado varias veces hoy… aunque no quiere decir nada, probablemente…

—¿A qué se refiere? —preguntó el inspector con curiosidad.

—Bueno, me he preguntado si había alguna razón especial en su interés por Hepton. Si conoció a alguien de aquí hace años, antes de hacerse famosa.

Stoddart no levantó la vista pero apretó la pluma con una fuerza tal que, por un momento, pensó que la había roto.

—¿Y por qué piensa eso?

—Bueno… no estoy segura. Pero me pareció… no pude evitar notar que parecía que los alrededores le resultaban familiares de algún modo.

—¿En qué sentido? Por favor, dígame exactamente lo que pasó. Es muy importante.

—Bueno… cuando la llevé a su habitación —continuó lady Moreton indecisa—, se acercó a la ventana y admiró la vista durante unos momentos. Y de repente dijo: «Vaya, ya no está ahí el gran roble de Craxton Church». Yo me quedé atónita, naturalmente, y le pregunté cómo podía saber eso. Ese roble desapareció mucho antes de que yo llegara a Hepton.

—¿Y ella, qué le respondió? —preguntó el inspector claramente interesado.

—¡Oh! Bueno, ella se replegó, por así decir, y dijo que había estado viendo unos grabados antiguos de Hepton Abbey y que el roble era particularmente llamativo. Y que se había acordado del nombre, Craxton, porque le había parecido muy curioso y se había preguntado si sería característico de esta zona… Y luego hablamos de otras cosas y yo ya me marché y la dejé sola.

—Craxton… es un pueblo a pocos kilómetros de Hepton, ¿no? ¿Me podría decir de qué más hablaron?

—Bueno… mera charla insustancial… Nada más, realmente.

—¿Supongo que no notaría si miss Karslake conocía a alguno de los invitados? ¿Alguna señal de amistad?

—No. No conocía a nadie. Recuerdo que se echó a reír y dijo que se sentiría como un florero en el baile pues, como no conocía a nadie, no tendría pareja. En realidad, no pararon de perseguirme en toda la noche para que se la presentara a todo el mundo.

—Entiendo —el inspector asintió—. Eso es todo por hoy, lady Moreton. En algún momento tendré que interrogar a todo el que durmió en la casa ese día, pero primero hablaré con la doncella de miss Karslake y luego registraré a fondo la habitación del crimen.

Lady Moreton se levantó poco menos que tropezándose en su impaciencia por salir de allí. El inspector le abrió la puerta y ordenó a uno de sus hombres que esperaban fuera:

—Traiga a la doncella de miss Karslake.

La doncella no le hizo esperar mucho tiempo. Antes de que le hubiera dado tiempo a repasar brevemente sus notas, una figura pequeña y coqueta entraba ya en la habitación.

—¿Deseaba hablag conmigo, señog?

—Pase, mademoiselle Marie.

—Mi nombge no es Marie —dijo ella mirando discretamente sus delicados zapatos y luego alzando la mirada y sonriéndole—: Me llamo Celestine Dubois pero con Celeste basta.

El inspector sonrió a su vez.

Mademoiselle Celeste, entonces. ¿Ha sido doncella de miss Karslake desde que ella vino a Inglaterra?

—¡Ah, sí, señog! Y también antes, en Nueva Yogk. Llevaba ocho meses con miss Kagslake.

—Ajá. ¿Y sabe si su señora había estado antes en Inglaterra?

Celeste enarcó las cejas.

—Es gacioso que diga esto, monsieur. Pogque muchas veces me he dicho que ega incgeíble la cantidad de sitios que conocía madame… Un día me llevó con ella en un taxi que nos dejó en una calle muy fea. Miss Kagslake no hizo caso de la suciedad ni de los malos ologues, se metió en un callejón y desapagueció en una iglesia diciéndome que la espegaga fuega, sentada en el pogche… Pego no me senté, estaba demasiado sucio. Cuando madame pog fin salió, vi que había huellas de lágguimas en sus mejillas. En el taxi de vuelta me explicó que ega pogque su abuelo estaba entegado allí. Yo no dije nada pego pog dentgo me gueí. ¡Su abuelo! ¡Ja! Yo no llogaguía ni un poquito pog un abuelo, ni aunque todo el cementeguio estuviega lleno de abuelos míos.

El inspector sonrió.

—Supongo que tiene razón. ¿Recuerda el nombre de esa iglesia, mademoiselle?

Celeste negó con la cabeza.

—No oí el nombge. Pego cgeo que la gueconoceguía si la volviega a veg.

—¡Ah! Tal vez podamos llevarla a verla algún día. Y ahora… ¿podría decirnos algo de la muerte de miss Karslake?

—¡Yo! —Celeste, indignada, saltó como un resorte de su silla—. No sé nada. ¡Nada! Hace dos días madame me dijo que empaquetaga sus cosas paga este baile y yo me alegué pogque es tan tgiste esto de no salig a ningún lado… pego si hubiega sabido…

—¿Vinieron en tren, según tengo entendido?

Celeste asintió.

—El de las cuatgo de St. Pantcgas.

—¿Y cree posible que en el tren alguna persona sospechosa hubiera visto las joyas, el colgante de zafiro, por ejemplo, y hubiera decidido seguirla hasta la abadía para robarle y, tal vez, matarla?

—No. No cgeo. —Celeste negó con la cabeza muy decidida—. Yo no viajé en el mismo coche que madame pego sí muy cegca y no vi a nadie sospechoso. Y joyas… no llevaba joyas en el tgen. Solo la bola de zafigo, pego no se veía.

—¿Vio mucho a miss Karslake una vez en Hepton?

—Mmm… No. La desvestí. Y la vestí paga el baile. Pego no habló mucho, solo dijo que no la espegaga despiegta. Que se desvestiguía ella misma después… Eso me sogpgendió.

—¿Por qué la sorprendió?

—Pogque nunca, nunca, me había dicho eso. Y muchas veces llegaba tagde del teatgo, pego siempge la espegaba.

—¿Así que no la vio después del baile? —preguntó el inspector sin ocultar su decepción.

—¡Oh, sí, monsieur! Yo no estaba cansada y me gustan los bailes. Este ega muy lujoso, muy elegante. Así que la espegué pego no le gustó nada: «¿No te he dicho que no me espegues, Celeste? Pog favog, vete ya a la cama». Eso me dijo.

—Me pregunto por qué diría eso.

Celeste extendió las manos.

—No sé… pego me he estado pgeguntando desde ese día si no queguía veg a alguien a solas en su habitación. Y esa pegsona la mató pogque vi…

—¿Qué vio? —Casi saltó el inspector. Celeste le miró y sus ojos se volvieron más brillantes aún.

—Yo estaba en el extgemo del pasillo, monsieur, y me di la vuelta, no sé pog qué, y vi un hombge que venía desde el otgo lado. En ese momento no me di cuenta de a dónde iba, pego ahoga cgeo que entgó en la habitación de mademoiselle.

—¿Lo reconoció? —preguntó el inspector con brusquedad.

—No —respondió Celeste encogiéndose de hombros—. El pasillo estaba muy oscugo y ese hombge llevaba baja la cabeza, no se veía bien. Y no le migué mucho.

—¿Por qué no ha dicho nada de esto antes? —La voz del inspector era ahora severa.

—No sé. No pensé mucho en ello. Debía de seg uno de los invitados pogque iba vestido de chaqué. Es todo lo que sé.

El inspector se entretuvo en dibujar lo que parecían garabatos en una hoja de papel.

—¿Fue esa la última vez que vio a miss Karslake con vida?

Celeste se estremeció.

—Sí, pego luego yo estaba allí también cuando la encontgagon muegta. ¡Oh! Nunca me olvidagué de ese momento… ¡Nunca!

—Intente apartarlo de su mente, mademoiselle —le dijo el inspector compadeciéndose de ella—. Una última pregunta y hemos acabado… ¿Entiendo que no falta nada entre las cosas de miss Karslake excepto la bola de zafiro?

—Nada, monsieur. Al menos, joyas no. No sé si falta dinego… Cgeo que guagdaba algo, no mucho, en una cajita de piel que siempge llevaba consigo…

El inspector se levantó.

—Pues eso es todo de momento, mademoiselle. Muchas gracias por su ayuda.

Celeste hizo una pequeña reverencia.

—Ggacias a usted pog su cogtesía. Au revoir, monsieur.

El inspector le abrió la puerta.

—Au revoir, mademoiselle —se despidió cortés.