Acecho en la madrugada
Rayaba el alba cuando se abrió la puerta del dormitorio de tía Memi y poco después el aroma del café invadió el diminuto apartamento. Roberta sentía los párpados pesados de sueño, pero así que le asaltaron la memoria los acontecimientos de la noche precedente, brincó de la cama completamente desvelada.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó a su tía, dándole un apresurado beso en la mejilla y corriendo al cuarto de baño a tomar la ducha.
—No lo sé exactamente. Celebraremos consejo en el piso de Ambretta dentro de poco. ¡Ah! Olvidaba...
—¿Qué?
—Juan Andrés ha recomendado que nos vistiéramos con algo oscuro que se confunda con el bosque...
—¿Téjanos y jersey verde? —propuso Roberta.
—Sí, me figuro que bastará.
* * *
En el piso alto el consejo estaba ya reunido cuando llegaron Memi y Roberta.
Vestidos todos de oscuro, sin encender la luz eléctrica, parecían una vez más una banda de conspiradores.
En el acto Juan Andrés tomó la palabra.
—Pues bien —comenzó a decir—, con el señor Nordhal hemos trazado una especie de plan de operaciones. En este plan los muchachos desempeñarán una parte importante...
—¡Estupendo! —aplaudió Jorge.
—¡Cállate! Vale más que prestes atención.
Jorge cerró la boca, pero sus ojos irradiaban entusiasmo.
—Nos apostaremos, escalonados, a lo largo del camino que conduce de la casa al pinar. Nosotros, los mayores, menos ágiles y más... visibles, permaneceremos por estos alrededores. Los muchachos se internarán en el bosquecillo en varias direcciones. La posición más avanzada la ocupará Peer, porque su padre nos ha hecho notar cabalmente que el chico es ducho en bosques y nidos de pájaros.
Roberta volvió la cabeza hacia Peer. El rubio mechón del muchacho parecía más luminoso a la incierta luz.
—Nuestra intención es ver de dónde viene Teodora cuando llega aquí por las mañanas a desayunarse.
—Bien.
—Si no logramos sorprenderle de llegada, intentaremos estudiar su regreso. Pero ahora el asunto se complicaría, porque Dios sabe cuándo aquella vagabunda decidirá volver a casa.
—Conforme.
—Y ahora que estamos bien impuestos de nuestro plan, no nos resta sino tomar posiciones. ¿Preparados?
Todos movieron la cabeza en señal de asentimiento.
—¿Han desayunado los muchachos? —se informó Ambretta.
Nuevo gesto de asentimiento.
—Llevaros también este chocolate —prosiguió la señora, distribuyendo unas tabletas—; os servirá para endulzar la espera. Pero no os distraigáis comiéndolo...
—¡No, no, ni pensarlo! —exclamaron a coro los muchachos.
Durante la conferencia el cielo se había despejado y el mar estaba traslúcido, opalino, y tan en calma que parecía de raso.
—Dentro de poco saldrá el sol; hemos de darnos prisa... —dijo Memi.
—Dépéchez-vous, gargons! —apremió Nordhal.
Y fue el primero en comenzar a descender la escalenta que conducía al jardín.
* * *
Adosada al tronco, con la vista fija en lo alto, Roberta temblaba. Quizá aquel temblor se debía a que la niña se encontraba sola en el bosque en una hora así de insólita; quizá estaba simplemente emocionada.
Miraba intensamente hacia las ramas de los pinos, que casi se unían por encima de ella. De cuando en cuando un ave abandonaba el nido con un rumor de alas. Eran, sin embargo, vuelos breves, y ninguna de ellas era Teodora.
Roberta se encogió ligeramente de hombros y se frotó la parte exterior de los brazos. El aire era en verdad algo fresco. No soplaba el viento, sin embargo, y reinaba un silencio absoluto. Nadie habría imaginado jamás que en un radio de unas decenas de metros, desde el pinar a la casa, se hallasen apostados estratégicamente cuatro muchachos y cuatro adultos.
Para endulzar la espera, tal como había indicado Ambretta, Roberta extrajo del bolsillo el chocolate y comenzó a quitarle el envoltorio. Procedía con cautela, pues no deseaba hacer el menor ruido. Iba por la mitad de la operación cuando percibió un crujido, un batir de alas...
Roberta quedóse inmóvil y trató de identificar el punto de donde procedía el ruido.
Y la vio.
Se diría que Teodora volaba orgullosa, y altiva, con la hermosa cola cuniforme, las largas timoneras, las alas cortas y redondeadas. La cabeza, el cuello, el dorso, el pecho, la cola y las alas eran de un negro profundo, con reflejos verdes y violeta, mientras las remeras resaltaban por su color blanco, como blancos eran los hombros y el vientre. Teodora volaba decidida, fijos los ojos en la meta, con el pico recto y duro en la base y curvado en la punta, proyectado hacia el desayuno que la aguardaba en la escudilla de la terraza.
Roberta permaneció inmóvil, cumpliendo las instrucciones recibidas. Pero apenas transcurrido un minuto oyó el ruido de de varios pasos y las voces quedas, pero animadas, de sus amigos.
El plan consistía en que tan pronto como Teodora hubiese aparecido en la terraza, Ambretta, que estaba apostada cerca de la villa, se uniría con Juan Andrés, situado en la linde del bosquecillo. Luego ambos se reunirían con Memi, después con Nordhal, Ada, Roberta y así sucesivamente hasta encontrarse con Peer, destacado en la posición más avanzada. Roberta vio llegar al compacto grupo.
—¡Ha pasado por aquí arriba! —anunció presa de viva agitación.
—Bien. Reunámonos con Jorge.
Recorrieron una cincuentena de metros y vieron a Jorge, el cual gesticulaba.
—Por allí. Exactamente por allí ha pasado.
—Se ha desviado hacia el sur. Esperemos que Peer la haya podido avistar...
Se reunieron con el muchacho noruego; estaba comiendo la tableta de chocolate.
—¿Y bien? —le preguntó ansioso el ingeniero.
—De aquel árbol —contestó con decisión, señalando un alto pino.
—¿Estás seguro?
Peer hizo un signo afirmativo.
Era un pino de largo tronco pero, por fortuna, de esos que el viento marero ha doblado formando ángulo con el suelo.
—¿Y ahora, quién trepa allá arriba? —inquirió Ambretta.
El señor Nordhal y su hijo cruzaron la mirada.
—Peer puede hacerlo —dijo el primero calmosamente.
—Pero cómo... ¿Estás seguro, señor Nordhal?
Éste sonrió.
—No hay árbol de bosque ni mástil de nave, que un noruego no sepa trepar. Adelante, Peer.
El muchacho sacudió la cabeza y el mechón rubio le cayó sobre la frente. Luego se restregó las manos, dio una vuelta entorno al árbol para estudiarlo mejor y, finalmente, inició la ascensión.
Lo seguían con los ojos y con el corazón. Lo vieron trepar ágil como una ardilla, alcanzar las primeras ramas, mirar atentamente a su alrededor, luego hacer una señal con la cabeza. ¡Había descubierto el nido!
Peer se deslizó a lo largo de una rama, se aproximó a una cosa oscura, como un cono invertido, que colgaba en la intersección de unas ramas. Hurgó dentro. Aproximándose un poquitín más rebuscó mejor. No satisfecho con esto, avanzó algo más por la rama hasta conseguir ver bien el interior del nido. Luego sacudió la cabeza con gesto desolado. ¡El nido estaba vacío!