Los primeros pasos...

Desde el día siguiente a su llegada Roberta se había adaptado a la atmósfera especial de la villa sobre el mar.

Las exhibiciones matutinas de Teodora le entraban por un oído y le salían por el otro, interrumpiéndole el sueño sólo unos minutos.

Había aprendido a acercarse a Piccolú con la debida gracia, dado que el minúsculo y aristocrático animal no soportaba ser abordado de otra manera.

Incluso Arturo, el criceto, era objeto de solicitud por parte de Roberta. El cómico animalito continuaba amontonando en la jaula una reserva de trigo y pan seco capaz de alimentar a un ejército entero de cricetos, pero se arrojaba con un entusiasmo conmovedor sobre todo cuando Robi y los otros le procuraban, consumiendo una mínima parte, y el resto, valiéndose de las bolsas faciales, lo transportaba a la «despensa».

En cuanto a los paguros, Roberta era incapaz de distinguir unos de otros, y trataba en vano de averiguar si habían cambiado de casa. Quizá les gustase hacer el traslado de noche, en una atmósfera más íntima y discreta...

Con respecto a Ambretta y los dos sabre, Roberta sentía, en suma, una amistad y un afecto profundos, plenamente correspondidos.

El ser más difícil de conocer y apreciar en su justo valor entre los simpáticos e inconformistas moradores de la hermosa villa de la marisma, fue, pues, el propietario de la misma, el marido de Ambretta, el dinámico y efervescente Juan Andrés.

Éste llegó de improviso la misma tarde del descubrimiento de la piedra, poco antes de que terminase el día ya definido como «emocionante». Los muros de la villa retumbaron bajo su voz sonora, bajo las órdenes que lanzaba al chófer y los cumplidos que dirigía a Piccolú, que había salido a su encuentro deshecha en zalamerías; y Robi, que se hallaba en la espaciosa sala de estar en compañía de los otros, se imaginaba ver aparecer a una especie de gigante Goliat.

Entró, en cambio, con un porte juvenil y vivaz, un hombre moreno, de sienes apenas grises, vestido con una chaqueta de lino, pantalones de algodón y zapatos de lona. Parecía más bien pequeño, pero resultaba imposible estimar exactamente su estatura, a tal punto era dinámico y nervioso su modo de moverse.

Había viajado por todo el mundo, construido carreteras en África y Asia, y ahora velaba para que las de su país, Italia, estuvieran a la altura de su fama, grande desde los tiempos de Roma.

Memi, que lo había recibido con el afecto sincero de una vieja amiga, le contó lo del hallazgo, y en seguida la fértil mente del ingeniero había entrado en acción.

Comenzó a formar proyectos sobre el modo de sacudir la opinión pública en torno a las excavaciones de Roccapineta, y encabezó una lista de suscripciones particulares al objeto de pagar obreros que continuasen los trabajos.

Roberta había oído a menudo comentar a su padre que los ingenieros padecen casi siempre de ingenieritis aguda, o dicho de otra manera, de cálculos, puesto que llevan siempre en el bolsillo la regla de cálculo, que, de hecho, no utilizan casi nunca. El padre de Roberta sostenía haber visto asomar dicha regla incluso del bolsillo del traje de etiqueta de un ingeniero amigo suyo. Pero el extraordinario Juan Andrés parecía un tipo muy diferente.

Su cultura humanística era asombrosa, y todo lo que se refería al arte, a la antigüedad, a la belleza, perforaba su ruda corteza y le llegaba directamente al corazón, blando como la mantequilla.

Por eso los dos sabre se mostraban extraordinariamente apegados a aquel hombre, que a veces todavía intimidaba a Roberta. Y cuando el singular humanista, a quien el destino había encauzado hacia la carrera de ingeniero, partió de Castiglione, después de haberse quedado sólo una noche, dejó en el ánimo de todos un profundo pesar.

Memi fue la primera en reaccionar en cuanto el coche del ingeniero hubo desaparecido tras una nube de arena. La arqueóloga tenía un montón de diligencias que asignar a cada uno de ellos, y tras un breve conciliábulo el grupo se disolvió.

Habíase levantado un fuerte viento de lebeche, y los muchachos, vestidos con ropas de más abrigo, se dispusieron a llevar a cabo las tareas encomendadas. El mar, tumultuoso, violento, de mil azules empenechados de blanca espuma, no invitaba ciertamente a bañarse. Era, sin embargo, de una belleza salvaje y primitiva, y Roberta, flanqueada de Ada y Jorge, se detuvo un instante en medio del puente de la torrentera, fascinada por el espectáculo.

—¡Qué hermoso debe ser visto desde Punta Aletta! —comentó la niña.

—Puede que los rociones lleguen hasta las ventanas —exclamó Ana.

—¡Exagerada! ¿Crees que quien construyó el castillo no tuvo en cuenta las borrascas? Ea, vámonos de aquí... el viento nos empuja, ¿no lo notáis?

En efecto, era difícil mantenerse en pie, y los jóvenes recorrieron el trecho que les separaba de la otra margen del torrente aferrándose al barandal.

Apenas llegados al pueblo recorrieron con la mirada la lista de cosas a comprar, y acto seguido empezaron las adquisiciones.

A la misma hora tía Memi se entrevistaba con el alcalde y la junta municipal reunida al efecto.

La batalladora mujercita se había enfrentado con el asunto que tan vivamente deseaba con su habitual arrojo, y muy inteligente tenía que ser quien se resistiera a su aplastante lógica y a la pasión de sus argumentos...

Incluso Ambretta había sido movilizada en nombre de la necrópolis de Roccapineta. Luciendo un modelo de seda natural y con Piccolú engalanada con su mejor collar, había salido en su «Fiat 500» para Grosseto.

Corría a su cargo llegarse a la oficina del Catastro de la provincia y localizar el plano de «Los Jabalíes». Utilizando todo su encanto y su influencia debía asimismo procurar obtener una fotocopia. Y finalmente, al regreso, efectuando un gran rodeo, Ambretta pasaría por las excavaciones de Roselle y llevaría con ella, a la villa, a una cierta Alejandra.