Una lección de ornitología
Transcurrido el primer instante de estupor cada cual reaccionó a su modo. Tía Memi dejó caer el receptor sobre la horquilla, a pesar de que del micrófono surgía una voz que preguntaba:
—¿Diga? ¿Quién es? ¿Quién es?
Ambretta dejó oír una especie de lamento que habría podido traducirse por un: «¡Teodora!»
Los muchachos se precipitaron a la terraza, seguidos del señor Nordhal, quien iba suplicando:
—Despacio, despacio, ¡no asustéis al pájaro!
En cuanto al ingeniero, plantado en mitad de la estancia, no entendía nada de lo que ocurría a su alrededor.
—¿Os habéis vuelto todos locos? —gritaba—. ¿Qué os pasa?
—¿Es que no lo entiendes, Juan Andrés? —le dijo Memi, que había recuperado el habla.
—¿Qué cosa debo entender, a tu juicio?
—¡Pues que Teodora es una urraca!
—¡Si me lo permites, reclamo el privilegio de haber descubierto yo el género de ese animal!
—¡Es una urraca ladrona! —insistió la arqueóloga.
—Y crees tú que... que habría podido... ¡ella! —exclamó Juan Andrés, estupefacto.
—¡Eso precisamente!
—Pero cuando...
—Teodora siempre ronda en torno a nosotros, incluso en las excavaciones. Seguía a los muchachos y no los dejaba en paz ni un momento.
—¿Y cuándo, en qué momento habría robado el collar?
—¡Qué se yo! Quizá anoche mismo... la tumba estaba iluminada por las linternas eléctricas y las joyas brillaban.
—¡Pero de noche las urracas duermen!
—¡Tú no conoces a Teodora! Es de una curiosidad sin límites. ¡Nos vio partir en el coche y sencillamente nos siguió!
—¡Bueno! ¡Pues debe ser un tipo extraordinario esta urraca!
—¡De eso no hay la menor duda!
Dicho lo cual Memi se encaminó a la terraza. La tarde declinaba y en vano los muchachos aguzaban la vista en busca de Teodora; el ave no se dejaba ver.
—¡La habéis asustado! —profirió Ambretta con acento de reproche—. Ahora quién sabe dónde habrá ido a esconderse.
—Volverá, volverá, ya verás —la tranquilizó el ingeniero.
—Sí, pero, ¿cuándo?
—Mañana a lo más tardar —declaró Roberta—. Antes de las seis se presentará a reclamar su comida.
—No obstante, debemos descubrir dónde ha construido su nido —sugirió Ada—. Si la urraca ha robado el collar, lo ha depositado indiscutiblemente dentro de él.
—No necesariamente —contradijo el ingeniero—. Algunas veces las urracas esconden su botín en los lugares más increíbles.
—Entonces, ¿como nos las compondremos? —inquirió Memi.
—¡Bah! Por el momento procuremos reunir todos los datos que poseemos acerca de tan singular pájaro —indicó el ingeniero—. Usted, señor Nordhal, ¿qué nos puede decir sobre las urracas?
—No mucho... En Escandinavia construyen el nido entre la maleza y también bajo las techumbres de las casas o entre los montones de leña.
—¡Entonces debe encontrarse por aquí! —gritó Roberta.
—¡Vamos! —bufó el ingeniero—. El hecho de que las urracas se comporten así en Escandinavia no significa que se comporten del mismo modo en zona mediterránea... Todo lo contrario, diría yo.
—¿Todo lo contrario?
—Claro. En nuestro país el nido lo construyen precisamente en la copa de los árboles de tronco elevado: álamos y pinos... Pero nosotros debemos tener una enciclopedia de ciencias naturales, Ambretta. ¿Dónde está?
—En Florencia, querido. No me figuré que la íbamos a necesitar también durante las vacaciones.
—Pues al menos un diccionario enciclopédico... ¡Algo, en fin, debemos de tener aquí!
—Te lo traigo inmediatamente.
Un instante después Ambretta reaparecía cargada con un grueso volumen.
—Letra «U»... vamos a ver... «Urraca». ¡Aquí está!
—¿Qué dice?
—Un momento; características morfológicas, anatómicas... ¿Veis? Dice que el aspecto general es semejante al de los cuervos. Sin embargo, mi pupila ha notado la diferencia.
—¿En qué consiste esta diferencia?
—Principalmente la cola, que es larga y cuneiforme, casi la mitad del largo total del ave.
—¡Imagínate!
—Siguen datos sobre el ciclo biológico...
—Sáltalos.
—Ecología... Acaso aquí haya algún dato interesante.
—¡Lee, pues!
—Animales tranquilos y vivaces ¡
—Esto ya lo habíamos notado.
—No me interrumpas... —el ingeniero recorría velozmente lo escrito, alzando la voz sólo cuando encontraba algo interesante—... frecuentan preferiblemente las costas marítimas... los bosques... viven solitarias o en grupos reducidos.
—¡Evidentemente Teodora es una solitaria! —comentó Jorge.
—Ya... recelosa y astuta... su voz es un áspero graznido... ¡Aquí está! Pasan las noches en los árboles y al despuntar el día reemprenden su actividad.
—Anoche Teodora se hallaba sobre una adelfa.
—Y nos vio subir al coche y partir.
—En tal caso no puede tener su nido muy lejos, ¿no os parece?
—¡Esperemos que así sea!
—Si descubren cualquier enemigo —el ingeniero continuaba la lectura— emiten un agudo pinc-pinc-pinc. ¿Hizo pinc-pinc cuando se escapó? —inquirió, preocupado.
—Me parece que no —le tranquilizó Jorge—. Emitió el acostumbrado graznido de cuando está rabiosa. Una especie de crac-crac.
—¡Menos mal! Implica que no me considera enemigo suyo... de lo contrario, ¡quién sabe si la habríamos vuelto a ver! Oh, ¡por fin! «Relación con el hombre».
—¡Lee, anda!
—«Es fácil domesticarlas... pueden vivir largamente en cautividad... se encariñan con su dueño... Notorio y característico es el instinto que les induce a sustraer y ocultar en el nido o en cualquier otro recóndito lugar, cualquier objeto brillante que encuentren.»
—Éste es el punto que interesa.
—Sí. Sólo que aquí dice: «en el nido o en cualquier otro recóndito lugar».
—Mientras tanto podemos ocuparnos del nido.
—¡Pero está vacío ahora!
Los comentarios procedían de los muchachos y ahora éstos esperaban ansiosos el parecer de los adultos.
—Es cierto —dijo tía Memi—. Ahora está vacío, y por el momento no es muy probable que Teodora vuelva.
—En tal caso, ¿qué hacemos?
—Pues aguardar a mañana. Y esperar que no se sienta ofendida y se salte el desayuno.
—Pero, ¿eres que conseguiremos identificar su nido? —preguntó Roberta.
—¡Podemos intentarlo!
—¿Y no denunciarás la desaparición del collar?
Memi dirigió una mirada interrogativa al ingeniero.
—¿Qué opinas, Juan Andrés?
—En estas circunstancias no sé ya qué aconsejarte... Resultaría comiquísimo que pusiéramos en alerta a toda la policía de Europa y luego encontrásemos el collar en el nido de una urraca. Esperemos a mañana —decidió el ingeniero.
Se mostraron todos de acuerdo, y el señor Nordhal se dispuso a despedirse.
—¡Ah, no! —exclamó Ambretta—. ¿No nos abandonará usted en un momento así de crítico? Mandaremos alguien a buscar lo que precisen usted y su hijo para la noche y dormirán en el cuarto de los invitados. Mañana es cuestión de madrugar, ¡y nos harán falta todos los ojos, todos los cerebros y todas las piernas si hemos de dar con Teodora y su dichoso nido!