Solidaridad

—¿Eh? ¿Cómo?

Roberta se sentía demasiado aturdida para acertar con una respuesta sensata a aquel ofrecimiento de ayuda inesperada, en francés. Junto a ella, en el fondo de la fosa, se hallaba el muchacho rubio, el jinete huraño que precisamente aquella misma mañana había criticado ella con tanto violencia ante sus amigos.

Maquinalmente Robi dejó la pala al muchacho y alzó la mirada. De pie al a orilla de la fosa, apoyándose en un bastón, se hallaba un caballero. También él era rubio y se parecía al jovencito, que ahora lanzaba al aire grandes paladas de tierra rojiza. El hombre sonreía.

Bonsoir, mademoiselle. Que-est-ce que vous cherchez, lá-bas? —preguntó cortésmente.

Su francés era tan claro que Roberta, después de dos años de estudios en el instituto, comprendió que le preguntaban lo que estaba buscando en el fondo del hoyo.

—Oh... un tombeau! —repuso, ruborizándose ligeramente.

Un tombeau? ¿Etrusco?

Los ojos del desconocido brillaron de interés; el muchacho que estaba junto a ella se detuvo de repente, y miró con reverencia la piedra gris, que ahora descubría enteramente sus netos contornos.

Oui...

C’est merveilleux! ¡Es maravilloso! —prosiguió el caballero del bastón, intentando por segunda vez expresarse en italiano.

—¿Arqueóloga? —añadió con expresión entre asombrada y divertida.

—Yo no. Mi tía. Ma tante! —aclaró Roberta, señalando a tía Memi que regresaba de la casa de Sandrino, rodeada de su grupito de incondicionales.

El caballero rubio se enderezó y asumió una postura deferente. El muchacho, por su parte, saltó fuera del hoyo y alargó gentilmente la mano a Roberta para que saliera a su vez.

Tía Memi se detuvo frente a los dos desconocidos y sonrió, en modo alguno turbada por mostrarse vestida con pantalones de dril y una vieja camisa masculina ante personas tan distinguidas.

—Debo decir que Dios aprieta pero no ahoga —fue su saludo—. ¿ Han venido ustedes a ayudarnos en las excavaciones?

—Nils Nordhal —se presentó el hombre, bajando la cabeza en un gesto rígido, al estilo militar. Y en seguida, señalando al joven—: Peer, mi hijo. Noruegos —concluyó.

—¿Están aquí de vacaciones? —continuó preguntando tía Memi, mientras buscaba en su bolsillo el paquete de cigarrillos.

El señor Nordhal se apresuró a ofrecerle un fósforo, y Roberta, desviando los ojos del semblante de su tía, reparó que Jorge y Ada la estaban observando con expresión divertida.

«No te lo habíamos dicho», parecían insinuar los ojos de los sabre. «¿Crees que un fachendoso habría sabido manejar la pala de esta manera?»

Roberta hizo mentalmente un acto de contricción, y armándose de valor clavó su mirada en los ojos del rubio Peer. Se encontró con una mirada azul y firme, absolutamente serena y tranquila. Le sonrió.

—Hablas muy bien el francés —aseguró, articulando muy claramente las palabras italianas.

—Gracias —dijo Peer.

—¿Hablas también italiano? —intervino Jorge.

—Un poco. Lo he estudiado antes de... comme on dit... ¡partir!

—Eres listo, ¡no se puede negar! —añadió Jorge.

—Yo me llamo Roberta, él Sandrino... —se sintió con el deber de agregar Robi, viendo que su tía, al parecer, se había olvidado por completo de presentar a los muchachos y conversaba con el señor Nordhal en un francés vertiginoso.

—Y nosotros, Jorge y Ada. También somos extranjeros : israelíes.

Peer inclinó la cabeza con el mismo gesto ceremonioso y un poco militaresco del padre.

—¿Habitáis en Punta Aletta, verdad? —dijo Ada.

—Sí. ¡Es un lugar maravilloso!

—Lo creo... Pero, ¿dónde os bañáis? No te hemos visto nunca allá, en las rocas.

—Yo sí. Os he visto.

—Si te place tener compañía no andes con cumplidos. ¡Ven allá y nadaremos juntos!

—Gracias.

—¿Cómo habéis llegado aquí? —Roberta tomó de nuevo la palabra tras un momento de silencio. El muchacho no daba la sensación de ser tímido, sino simplemente parco de palabras.

—Hemos dejado el auto lá-bas. Mi padre hace ejercicio. Debe caminar.

—¿Ha estado enfermo?

—No. Un accident... de auto.

—Comprendo. Si lo prefieres habla en francés. Te contestaremos como podamos. D’accord?

D´accord! —convino Peer.

Y a partir de aquel momento la conversación se hizo más fluida. Los muchachos hablaban alternando frases italianas y francesas, se reían de sus respectivas equivocaciones, se sugerían las palabras que no conseguían recordar, y al cabo de un rato cada cual sabía todo, o casi, del compañero. Todo, pero en especial el sol, hacia el cual el chico alzaba una mirada de adoración.

Roberta y los dos sabre mostraron la tienda de campaña a Peer, le pusieron al corriente de sus sospechas al respecto del contratista de obras, y de su labor de vigilancia, coronada justamente aquel mismo día por el hallazgo de la piedra.

—¿Y ahora? —inquirió Peer, con la expresión arrobada de quien oye una fábula.

—¿Ahora qué?

—¿No se excava más?

—¡Quién sabe! Es cuestión de dinero, ¿sabes? D’argent —explicó Jorge, haciendo el gesto de frotar el índice contra el pulgar.

Oh, l’argent —estaba diciendo en aquel mismo instante tía Memi, en tanto se aproximaba al grupo con el señor Nordhal—. Esta misma tarde trataré la cuestión con el alcalde. Es posible que algún comerciante, en vista del interés turístico que podría implicar una necrópolis tan cercana al pueblo, se decida a contribuir monetariamente.

—Sería magnífico que por lo menos se supiese lo que hay debajo de ese montón de tierra... —afirmó el noruego—. Le deseo con toda el alma que logre todo cuanto ambiciona, señorita Gori.

—Gracias, señor Nordhal. Ha sido muy amable de su parte interesarse por nuestros problemas.

—Permítame decirle que no son sólo problemas de ustedes —corrigió Nordhal—. En nombre de Europa, de la ciencia y de la humanidad, tengo el deber y el derecho de considerarlos también problemas nuestros. Au revoir, mademoiselle; au revoir, gar-cons.

Y con idéntico saludo, con una rígida inclinación de la cabeza, padre e hijo se alejaron por la carretera.

—¡Marisma amarga! —no pudo por menos que exclamar Sandrino, quien nada intimado por el uso arbitrario del italiano mezclado con el francés, había comprendido casi todo cuanto se dijera en aquella extraña conversación—. ¡Esto sí que es hablar como un hombre!

—Sí. Como un hombre —convino Memi. Y siguió con la mirada a las dos figuras hasta que un recodo del camino las ocultó a su vista.

—Qué día tan emocionante ha sido, ¿verdad, tía? —dijo Roberta, viendo como los ojos de Memi brillaban de excitación.

—Sin duda alguna. Pero no será éste el más emocionante de cuantos nos esperan...

—¿Qué quieres decir?

—Que nos espera mucho trabajo, pero me anuncia el corazón que también muchas satisfacciones.

—¡Ojalá sea verdad! —exclamó Jorge, alzando los brazos al cielo.

Y, en lo íntimo de su ser, todos le hicieron eco.