CAPÍTULO

LXIII

Donde se ve que aun en las situaciones más desesperadas no pierden los corazones generosos el ánimo ni los buenos estómagos el apetito

Marchando al galope los fugitivos, sin pronunciar una palabra ni mirar atrás, vadearon un riachuelo, cuyo nombre ignoraban, y dejaron a la izquierda una población que Athos suponía fuese Durham. Divisando al fin una pequeña selva, dieron a los caballos el último espolazo, dirigiéndolos hacia ella.

Después que desaparecieron tras una verde enramada, bastante espesa para ocultarlos a las miradas de los que pudieran perseguirlos, detuviéronse para consultarse, y entregando los caballos a los lacayos a fin de que descansaran, aunque sin quitarles el freno y la silla, pusieron a Grimaud de centinela.

—Ante todo permitidme que os abrece, amigo mío —dijo Athos a D’Artagnan—; sois nuestro salvador, sois el verdadero héroe entre nosotros.

—Bien dicho, sois grande —añadió Aramis estrechándole también entre los brazos—; ¿a qué no podríais aspirar, estando al servicio de un hombre inteligente, vos, cuyo golpe de vista es infalible, cuyo brazo es de acero, cuyo espíritu jamás se abate?

—Bueno, bueno —dijo el gascón—, ahora lo acepto todo en mi nombre y en el de Porthos, abrazos y gracias: afortunadamente tenemos tiempo que perder.

Estas palabras recordaron a los dos lo que a Porthos debían: se volvieron y le dieron un apretón de manos.

—Ahora —dijo Athos—, lo que interesa es no andar corriendo al azar como locos, sino formar un plan. ¿Qué haremos?

—¿Qué hemos de hacer, voto a bríos? Fácil es averiguarlo.

—Pues decidlo, D’Artagnan.

—Ir al puerto de mar más próximo; reunir nuestros recursos, fletar un buque y pasar a Francia. Yo prometo dar hasta mi último centavo. El primer tesoro de todos es la vida, y la nuestra, fuerza es decirlo, está pendiente de un cabello.

—¿Y vos qué decís, Du-Vallon? —preguntó Athos.

—Yo —contestó Porthos— soy de la misma opinión que D’Artagnan: esta Inglaterra es mal país.

—¿Y estáis enteramente resuelto a salir de ella? —preguntó Athos a D’Artagnan.

—¡Cáscaras! —contestó D’Artagnan—. No veo qué razones pudieran detenerme aquí.

Athos cambió una mirada con Aramis.

—Idos, pues, amigos —dijo suspirando.

—¿Cómo idos? —dijo D’Artagnan—. Querréis decir: «vámonos».

—No, amigo mío —respondió Athos—; tenemos que separarnos.

—¡Separarnos! —exclamó D’Artagnan aturdido.

—¡Bah! —añadió Porthos—. ¿Por qué nos hemos de separar habiéndonos reunido?

—Porque vosotros habéis cumplido vuestra misión y debéis volver a Francia, pero nosotros no hemos cumplido la nuestra.

—¿Que no? —preguntó D’Artagnan con asombro.

—No —contestó Athos con voz dulce, pero firme—. Hemos venido a defender al rey Carlos I, y como le hemos defendido mal, tenemos que salvarle.

—¡Salvar al rey! —murmuró D’Artagnan mirando a Aramis con el mismo gesto de asombro con que había mirado a Athos.

Aramis movió afirmativamente la cabeza.

El semblante de D’Artagnan expresó una profunda compasión: empezaba a creer que sus amigos estaban locos.

—No creo que habléis formalmente, Athos: el rey permanece en medio de un ejército que le conduce a Londres, y ese ejército va a las órdenes del hijo de un carnicero, del coronel Harrison. Apenas llegue S. M. a Londres, le instruirán causa, yo lo aseguro; he oído hablar a Oliver Cromwell sobre el asunto, y sé a qué atenerme.

Athos y Aramis se dirigieron otra mirada.

—Instruida la causa no tardará en ejecutarse la sentencia —continuó D’Artagnan—. ¡Oh! Los señores puritanos no pierden el tiempo.

—¿Y a qué pena opináis que condenen al rey? —preguntó Athos.

—Mucho me temo que sea la de muerte: tanto han hecho contra él que ya no pueden confiar que les perdone, y no les queda otro medio que el de matarle. ¿Ignoráis lo que dijo Oliver Cromwell cuando fue a París y le enseñaron el torreón de Vincennes en que estaba encerrado el señor de Vendóme?

—¿Qué dijo? —preguntó Porthos.

—A los príncipes no se les debe tocar más que a la cabeza.

—Ya lo había oído —dijo Athos.

—¿Y suponéis que no pondrá en práctica su máxima ahora que tiene en su poder al rey?

—Sí tal, estoy seguro de que lo hará, y ésa es una razón más para no abandonar la augusta cabeza que está amenazada.

—Athos, os vais a volver loco.

—No, amigo mío —repuso dulcemente el caballero—. Winter nos fue a buscar a Francia y nos presentó a la reina Enriqueta. Su Majestad nos rogó, al señor de Herblay y a mí, que auxiliásemos a su esposo; le dimos nuestra palabra de hacerlo, y en nuestra palabra se comprendía todo, con ella empeñábamos nuestra fuerza, nuestra inteligencia, nuestra vida, en fin, y hemos de cumplir nuestra promesa.

—¿Sois de esa opinión, Herblay?

—Sí —dijo Aramis—, lo hemos prometido.

—Además —prosiguió Athos—, hay otra razón, y es la siguiente: escuchadme bien. Tenemos un rey de diez años que todavía no sabe lo que quiere; tenemos una reina a quien ciega una pasión tardía; tenemos un ministro que gobierna a Francia como pudiese hacerlo con una vasta alquería, es decir, no pensando más que en sacar oro de ella, manejándola con la intriga y la astucia italianas; tenemos príncipes que hacen una oposición personal y egoísta, que solamente arrancarán de manos de Mazarino algunas barras de oro, algunas partículas de poder. Los he servido, no por entusiasmo, bien sabe Dios que los aprecio en lo que valen, y que no es muy elevado el lugar que en mi estimación ocupan, sino por principios. Hoy es otra cosa, hoy encuentro a mi paso un gran infortunio, un infortunio regio; un infortunio europeo, y tomo parte en él. ¡Bello resultado si conseguimos salvar al rey! ¡Gran satisfacción si por él morimos!

—De suerte que ya sabéis anticipadamente que pereceréis —dijo D’Artagnan.

—Lo tememos, y nuestro único dolor es el morir separados de vosotros.

—¿Y qué vais a hacer en un país extranjero, enemigo?

—En mi juventud he viajado por Inglaterra; conozco el inglés como un natural de la isla, y Aramis por su parte conoce algo la lengua. ¡Ah, si vinierais con nosotros, amigos! Con D’Artagnan y Porthos, reunidos los cuatro por vez primera en estos últimos veinte años, podríamos hacer frente, no digo a Inglaterra, sino a los tres reinos juntos.

—¿Y habéis prometido a esa reina —replicó D’Artagnan con tono malhumorado— forzar la Torre de Londres, matar cien mil soldados, luchar victoriosamente contra los deseos de una nación y la codicia de un hombre, llamándose ese hombre Cromwell? ¿No lo habéis visto, Athos, ni vos, Aramis? Pues es un hombre de genio, que me ha recordado mucho a nuestro cardenal; al otro, al grande, a Richelieu. No os exageréis vuestros deberes. En nombre del cielo, amigo Athos, no os sacrifiquéis inútilmente. Al miraros me parecéis en verdad hombre sensato, pero al oíros creo que trato con un demente. Vamos, Porthos, uníos a mí. Francamente, ¿qué pensáis de esto?

—Nada bueno —contestó Porthos.

—Ea —continuó D’Artagnan algo enojado de que en vez de escucharle Athos, estuviese absorto como escuchando la voz de su corazón—, jamás os ha ido mal con mis consejos: creedme, Athos: se ha terminado vuestra misión, se ha terminado noblemente, volved a Francia con nosotros.

—Amigo —contestó el conde—, nuestra decisión es irrevocable.

—Pero, ¿tenéis algún motivo secreto?

Athos se sonrió.

Diose D’Artagnan con ira una palmada en el muslo y empezó a exponer las razones más convincentes que se le ocurrieron; pero a todas ellas respondía Athos con una tranquila y dulce sonrisa, y Aramis con suaves movimientos de cabeza.

—Pues bien —exclamó al fin colérico D’Artagnan—: pues bien, dejemos los huesos, ya que os empeñáis, en este maldito país, donde siempre hace frío, donde se llama buen tiempo a la niebla, niebla a la lluvia, y lluvia a los diluvios; donde el sol es como nuestra luna y la luna como un plato de crema. Al fin y al cabo, si tenemos que morir, tanto monta que aquí sea como en otra parte.

—Ya, mas tened presente que aquí será más pronto, amigo mío —dijo Athos.

—¡Bah! Un poco antes o un poco después, no merece la pena de pensar en ello.

—Si algo me asombra —observó sentenciosamente Porthos—, es que no haya sucedido ya eso.

—¡Oh! Ello sucederá, perded cuidado. Conque está decidido —continuó el gascón— y si no se opone Porthos…

—Yo —dijo Porthos—, haré lo que queráis. Además me parece muy bien lo que acaba de decir el conde de la Fère.

—¿Mas, y vuestro porvenir, D’Artagnan? ¿Y vuestra ambición, Porthos?

—¿De qué porvenir, de qué ambición habláis? —dijo D’Artagnan con febril volubilidad—. ¿Necesitamos acaso pensar en eso cuando vamos a salvar al rey? Una vez en libertad, reunimos a sus amigos, batimos a los puritanos, reconquistamos a la Inglaterra, entramos en Londres con Su Majestad y le colocamos con firmeza sobre su trono.

—Y él nos nombra duques y pares —dijo Porthos con ojos chispeantes de alegría, a pesar de lo fabuloso de aquella serie de suposiciones.

—O nos olvida —dijo D’Artagnan.

—¡Oh! —exclamó Porthos.

—¡Por vida de…! No sería el primer caso, amigo Porthos; creo que el servicio que en otro tiempo prestamos a la reina Ana de Austria, no cedía en mucho al que ahora nos proponemos prestar a Carlos I, y sin embargo, la reina Ana nos ha tenido olvidados por espacio de veinte años.

—Y a pesar de todo, D’Artagnan —preguntó Athos—, ¿os pesa de haberle prestado ese servicio?

—No a fe —respondió D’Artagnan—, antes bien declaro que en los momentos de peor humor me ha servido de consuelo el recordarlo.

—Ahí veréis que aunque los príncipes sean con frecuencia ingratos, el cielo nunca lo es.

—Este Athos —dijo D’Artagnan—, es tal, que si encontrara al mismo demonio, sería capaz de convertirle y llevarle al cielo.

—Quedamos, por tanto… —dijo Athos, dando la mano a D’Artagnan.

—Quedamos en que es cosa resuelta —contestó el gascón—, en que Inglaterra es un país admirable y en que permaneceré en él con una condición.

—¿Cuál?

—Que no se me obligue a aprender el inglés.

—Está bien; y ahora —repuso el triunfante Athos—; os juro, amigo mío, por ese Dios que nos oye y por mi nombre, limpio, a lo que entiendo, de toda mancha, que estoy persuadido de que existe un poder oculto que vela por nosotros y que espero que todos cuatro volvamos algún día a Francia.

—Enhorabuena —dijo D’Artagnan—, pero yo estoy persuadido de lo contrario.

—El bueno de D’Artagnan —observó Aramis— representa entre nosotros a la oposición de los parlamentos, que siempre dicen no y siempre hacen sí.

—Ciertamente, pero así y todo salvan a la patria —repuso Athos.

—Ea, pues, ya que está todo arreglado —dijo Porthos restregándose las manos—, ¿no sería mejor pensar en comer? Creo que así lo hemos hecho aun en las más críticas situaciones de nuestra vida.

—Sí, sí, hablad de comer en un país en que se forma un gran festín con un pedazo de carne cocida en agua clara y en que se tiene a gran regalo tomar cerveza. ¿Cómo diantres pudisteis venir a semejante tierra, Athos? Pero perdonad —añadió sonriéndose—, olvidábame de que no sois Athos. Sepamos vuestro plan de comida, Porthos.

—¿Mi plan?

—Sí, alguno tendréis.

—No, lo que siento es hambre.

—¡Pardiez! Si no es más que eso, yo también la tengo, pero no basta; lo que importa es tener qué comer, y como no nos echemos a pacer como esos caballos…

—¡Ah! —murmuró Aramis algo más apegado que Athos a las cosas de la tierra—, ¿recordáis aquellas ricas ostras que comíamos en el Parpaillot?

—¿Y aquellos jigotes de delicado carnero apacentado a orillas de las lagunas? —dijo Porthos relamiéndose.

—¿No está ahí Mosquetón, que tan espléndidamente os mantuvo en Chantilly? —preguntó D’Artagnan.

—En efecto, ahí está, pero desde que es mayordomo se le han embotado los sentidos. Sin embargo, le llamaré.

Y para no disgustarle, le llamó de este modo:

—¡Mostón, Mostón!

Apareció el criado con rostro compungido.

—¿Qué es eso, señor Mostón? —preguntó D’Artagnan—. ¿Estáis enfermo?

—Tengo mucha hambre.

—Justamente para eso os hemos llamado, amigo señor Mostón. ¿No podríais buscar por ahí alguno de aquellos riquísimos conejos, alguna de aquellas sabrosas perdices que con tanta perfección guisabais en la fonda de…? ¡Por Dios que no recuerdo cómo se llamaba!

—¿La fonda de…? —murmuró Porthos—. ¡Por Dios que yo tampoco me acuerdo!

—En fin, llámese como se quiera; ¿y atrapar unas cuantas botellas de Borgoña de las que frecuentemente apuraba vuestro amo para curarse?

—¡Ay, señor! —dijo Mosquetón—: todo lo que pedís tiene traza de ser muy escaso en este país. Creo que lo que mejor podemos hacer es ir a pedir hospitalidad al dueño de una casita que se ve desde la orilla del bosque.

—¡Hola! ¿Hay alguna casa por estos alrededores? —preguntó D’Artagnan.

—Sí, señor.

—Pues vamos a pedir de comer a su dueño. ¿Qué os parece, señores? ¿Es cuerdo o no el consejo del señor Mostón?

—¿Y si es puritano el patrón? —dijo Aramis.

—Mucho mejor; le comunicaremos la captura del rey, y en celebridad de tal nueva, matará para nosotros todas sus gallinas blancas.

—Pero, ¿y si es caballero? —repuso Porthos.

—¡Oh! Entonces entraremos con aire de tristeza y desplumaremos todas sus gallinas negras.

—¡Cuán dichoso sois! —dijo Athos sonriéndose involuntariamente al oír aquella salida del imperturbable gascón—. Nada altera vuestro buen humor.

—¿Qué queréis? —contestó D’Artagnan—. Soy de una tierra donde no se ve una nube en el cielo.

—No sucede aquí eso —dijo Porthos tendiendo la mano para cerciorarse de si procedía en efecto de lluvia la frescura que acababa de salir en la mejilla.

—Vamos, vamos —repuso D’Artagnan—, otra razón para echar a andar… ¡Hola, Grimaud!

Grimaud acercóse.

—¿Habéis visto algo?

—Nada —respondió el criado.

—¡Necios! —exclamó despectivo Porthos—. Ni siquiera nos han perseguido. ¡Oh! Si nos hubiésemos encontrado en su lugar…

—Lo siento —dijo D’Artagnan—, pues en esta pequeña Tebaida hubiera yo dicho de buena gana dos palabras al señor Mordaunt. ¡Qué buen sitio para tender a un hombre por tierra con todas las reglas del arte!

—Decididamente, caballeros —añadió Aramis—, yo creo que el hijo no es del temple de la madre.

—Aguardad un poco, amigo mío —contestó Athos—; sólo hace dos horas que nos separamos de él; no sabe en dónde estamos, ni hacia dónde nos dirigimos; ni no nos asesina o nos envenena, cuando estemos de vuelta en Francia, podremos decir que no es del temple de la madre.

—Mientras tanto, vamos a comer —dijo Porthos.

—Sí a fe, porque tengo buen apetito —contestó Athos.

—Y yo —dijo D’Artagnan.

—¡Ay de las gallinas negras! —exclamó Aramis.

Y conducidos los cuatro amigos por Mosquetón, encamináronse a la casa, habiendo recobrado ya todo su buen humor desde que se hallaban otra vez reunidos y procedían todos de común acuerdo.