LAS SOLEDADES DE DONNA CÓSIMA BRUZZI
LA casaron mozuela con ser Franco Loredano, capitán de Mar y Tierra de Venecia en la isla de Chipre, y la noche de bodas ser Franco le explicó a la esposa un particular suyo que tenía, que era no podía cumplir con ella si no jugaba antes una partida de ajedrez y ganaba, precisamente dando mate con el caballo y siendo suyas las negras. Y de la victoria en el tablero de las sesenta y cuatro, salía disparado al lecho. Y para más seguridad, le ponía a sus caballos crines rubias, que eran de su propio pelo, de cuando niño, que fue un dorado muy gentil, y guardaba unos rizos en los primeros calcetines que usara. Y fuera cosa de su madre el guardar aquellas reliquias. Donna Cósima dijo que ella no sabía de ajedrez, y ser Franco aclaró que no importaba, que se dejase desnuda en la cama, que él, a través de la puerta, jugaría con un criado siciliano que tenía. La partida se prolongó largo rato, tanto que donna Cósima medio adormiló, ensoñando que venía a cubrirla un caballo de oro. Pero era ser Franco que estaba presto. A la mañana siguiente, desayunando un sorbete de higos melosos, el marido le pidió a la esposa que no comentase lo sucedido con ninguna tía o amiga, y que la educación de la aristocracia veneciana había llevado a sus más ilustres retoños a aquellas dificultades y delicadezas. Pero el sueño de la primera noche de amor carnal, se quedó en la memoria y en la imaginación de donna Cósima, para quien ser Franco y los amantes secretos que iban y venían por sus sueños, como las canciones van por los oídos, eran siempre hípicos dorados, y si no lograba esa figura, no había goce. Pero, con el tiempo, ser Franco fue perdiendo el aspecto caballar, y en Chipre habían aparecido unas aperturas persas en el ajedrez, y el veneciano cedía partida tras partida. Y fue en esa hora, una hora fatal, cuando apareció ante donna Cósima Bruzzi el capitán signor Fanto Fantini della Gherardesca.
Y si donna Cósima quedó estupefacta ante el capitán que su marido convidaba a almorzar, fue que lo vio como si entrase en sala un purasangre dorado. Lentamente, el caballo fue dejando paso a la verdadera imagen de Fanto, a los ojos azules, a la confiada sonrisa, a la gentileza de gestos, a aquella postura de saludo abriendo los brazos y echándolos hacia atrás que había aprendido de los franceses que bajaron con Carlos de Valois… Y por estas coincidencias, estalló súbitamente y tan fuerte la granada del amor, alcanzándolos a los dos con sus granos menudos y sabrosos.
Pero a los ayunos a los que la pérdida de capacidad ajedrecística de ser Franco sometía a donna Cósima, se unía un perfume que ella sorprendía en algunas cámaras y pasillos del castillo. Como si aquellas cámaras y aquellos pasillos estuviesen tapizados de membrillos. Alguien respiraba perfumado en las cámaras vacías y se rozaban sedas en la noche contra los rayos de luna que entraban por el gran balcón hasta el lecho mismo de donna Cósima. Sorprendió un día unas quejas dichas con femenina, aniñada voz, y queriendo recordar las sílabas que separaban los sollozos, diciéndolas en voz alta, reconoció en su voz la voz oída, y en su corazón el dolor de la dueña de los lamentos aquellos. Que era Desdémona. Turbada anduvo semanas, huyéndose, refugiándose en las más altas torres, cubriéndose el rostro con velos negros, perdiendo pañuelos rojos por pasillos y jardines. Sí, Desdémona. Pero entonces Fanto tendría que dejar de ser el brioso corcel de rubias crines, y trocarse en el Moro, en Otelo. Sabido que eso era la muerte, pero ya no podría nunca más gozar con él si Fanto no era el Moro y si ella no moría. Y este fue el origen de los sucesos que se cuentan en el texto.