IV
ENTRARON en Florencia a media mañana, y dejando las monturas en las cuadras del Hospital de San Juan, que estaba del otro lado del río, por el Ponte Vecchio fueron hasta la casa de los Strozzi a cobrar el pagaré de las viudas Bandini, y con los dineros en dos bolsas de paño azul con la divisa en oro de la banca, que era un gallo poniendo un huevo, bajaron al Patro a ver los caballos. Cada uno llevaba la bolsa bajo el jubón, contra el pecho. A la sombra de los plátanos estaban umbros, lombardos y saboyanos con sus caballos, y se oían los diferentes acentos invitando a los compradores a admirar aquellos bucéfalos, verles los años en los dientes, y correrlos si les placía. Al cavaliere Capovilla le pareció conocido un mozo que estaba con un tratante provenzal, que los de esta nación se denotan por el bicornio adornado con herraduras de plata, y se acercó a él.
—¿No eres tú, acaso, de la familia de los Saltimbeni, buenos escuderos, con casa en las afueras de Siena, según se sale por Porta Romana, a mano izquierda?
El mozo se destocó e hizo reverencia y dijo que sí, que era de esos, de veinte años cumplidos por San Benito, y que había llegado a la feria florentina para ver de hallar señor a quien servir, y que para comer durante aquellos días se asentara con aquel camargués, que lo tenía siempre lleno de picadillo de cabra salpresa y ajo, y agua bullida con higos salados, y su tarea era servir de intérprete entre su amo y un caballo que tenía, llamado Lionfante, que aunque entendía varias lenguas, siete entre germánicas y latinas, y las medias vueltas en aragonés, no sabía provenzal, ni quien fueran Arnaldo Daniel ni el Sordello.
—¿Y que tal es el caballo? —preguntó Fanto.
—Señoría —dijo el intérprete hípico—, como que me llamo Nito que no hay otro en la feria, y no sólo por lo que osaría llamar su don de lenguas, aunque más propiamente se llamará don de oídas. Es un tordo cuatreño, muy constante en el paso que tome, trote o galope, y si se le pide en camino un esfuerzo, lo da, y se le nota que le gusta la carrera, que no como otros, que parecen que van corriendo y a la vez mirando la hierba. No le asusta el ruido de la pólvora, que está probado con arcabuces, y el camargués hace la prueba de ponerse de pie en la silla y disparar al aire sus pistolas, y «Lionfante» se está quieto. Ni una matadura tiene, ni una polpa, ni un regordo venado, es mestizo de húngaro y toscana, vadea con agua hasta los belfos, no relincha en las noches de guerra en el campo aunque anden cerca yeguas, no repeluca si pasa el lobo, y dándole a oler una prenda de un enemigo, le sigue el rastro como perro. Aquí lo tenemos apartado, detrás de San Giacomo il Maggiore, guardado por un perro, un braco vagabundo que se aficionó a él, y «Lionfante» le corresponde, que ambos se rascan mutuamente y se buscan las pulgas. El can se llama Remo, y el camargués, mi amo provisional, dice que fue el propio perro quien declaró su nombre, tomando un palo en la boca y dibujando las letras en la arena. ¡Habrá estado empleado en la comedia, de can de corte del rey Pantalone! Atiende voces en latín, quizá porque nació en casa de cura, da y porta la perdiz, y con una bolsa al cuello, va por vino a la bodega, y lo elige él, oliendo en la pinga de las billas. Sabe soplar el fuego en las acampadas nocturnas, y da la mano. Andará por los cinco años cumplidos. Y yo le tomé cariño, y si tuviese un par de escudos se lo compraría al camargués, que«Remo» es buen compañero. Diré que sabe cuando estoy triste, lejos de mi casa, añorando los cuidos maternos, la fiesta y las carreras de caballos en la piazza, yo llevando la bandera de la Tartaruga, y ofreciendo el volteo y el revuelo a una mocita rubia que estrena escote bordado; digo que estoy nostálgico, ensoñando el aroma de mi ciudad, y «Remo» se da cuenta, y se acerca a mí, pone su cabeza en mis rodillas y me lame la mano, rumorea, y yo sé que me dice que él también está añorando, y que el elegir libremente y solitario las veredas que uno quiere, eso lo paga el alma.
Decidieron ir a ver a «Lionfante» tras San Giacomo il Maggiore, y de camino Nito Saltimbeni le preguntó al cavaliere Capovilla cómo le había conocido la familia, y el tutor dijo que por la nariz acaballada y las orejas puntiagudas, saliendo insólitas, como de zorro, por entre el espeso pelo rojo, y que cuando él estaba en Rodas con los de San Juan, que de su cofradía era, aunque retirado por una hernia doble y la edad, había allí con tres comendadores toscanos tres Saltimbeni, y los tres con el mismo efecto de orejas, que cuando iban juntos por la calle, parecía que salía una comparsa al aguinaldo.
—Las orejas y el pelo rojo, señor caballero, las llevamos con honra, y cuando nuestras madres van a parir, hacen novenas a San Jorge (que también las tenía así, y por eso oía el lejano ronquido del dragón), pidiendo que salgamos con estas señas familiares, y los más salimos.
—¿Y los que no salen? —se atrevió a preguntar Fanto.
—Andan mustios, se hacen sacristanes o zapateros, beben para olvidar, y si alguno se casa y el hijo sale a la familia, entonces el padre parece resucitar y anda con el crío en brazos, y un tío tuve que salió de pelo negro y sin orejas, y ya mozo decidió salir de Siena, se tiñó y se hizo unas orejas de piel de cerdo, pero en una pelea le cayeron, fue descubierto, y con la vergüenza se ahorcó.
El camargués, que apenas entendía lo que se hablaba, y creía que todas eran alabanzas de Nito a Lionfante, no hacía más que asentir con la cabeza, aplaudiendo con sus manos peludas. Era un pequeño gordo, con el vientre caído, cinchado en rojo, y de vez en cuando se detenía para darse aire, entornando los ojillos negros, y abriendo la boca, que dejaba ver lo largos y espatulados que eran los cuatro dientes que le quedaban. Se llamaba Guillem y escupía de lado.
Allí estaba, atado a la reja del claustro pequeño, junto al ábside, el famoso Lionfante, con «Remo» haciendo la siesta del rey contra sus patas delanteras, y el tordo les gustó a los compradores. El camargués Guillem mostró los dientes del tordo, el cavaliere Capovilla lo tentó por bragas y pectoral, le olió las orejas no tuviese sudor interno, y mandó que lo pasease Nito sin montarlo, e iba muy suelto, la cabeza levantada, doblando sobre el paso. Pidió permiso Fanto al camargués para montarlo, lo que obtuvo, e hizo el mozo varias carreras, por el empedrado de chapacuña y por la carrera de tierra, y soltando las riendas lo llevó a la voz y con las rodillas. La gente que salía de misa de doce se paró en el atrio, y Fanto aprovechó para ver hasta donde llegaba la doma de Lionfante, mandándole en toscano y en griego, y dándole la atención con las rudas palabras de los lansquenetes, y todos admiraron la insólita belleza del joven príncipe y el poder y figura de Lionfante.
Abreviando, el trato se hizo, y aprovechando que quedaba vacante Nito Saltimbeni fue apalabrado como escudero, y el perro «Remo» dio tres ladridos para decir que allí estaba, y tomando por sorpresa con los dientes el bastón en que se apoyaba un clérigo que había asistido a la carrera y al regateo, y que declaró haber sido muy jinete en su mocedad, el can trazó en la arena unos signos y se sentó a la diestra de ellos.
—No entiendo la letra —dijo Nito—, pero está claro que «Remo» se niega a abandonar a Lionfante.
«Remo» movió la cola, y afirmó con la cabeza.
El clérigo sacó de una bolsa de piel de serpiente unos grandes anteojos dominicanos, y miró y remiró los signos.
—Para mi ciencia —dijo—, estas son letras etruscas.
«Remo» ladró con un acento que nunca le habían escuchado ni Lionfante, ni Guillem, ni Nito.
—Etrusco, etrusco —afirmó el clérigo.
Y «Remo» acudió a devolverle el bastón y darle la mano. El camargués pidió dos escudos por «Remo», que era un braco puro, como los que maestro Benozzo Gozzoli hizo salir en la cabalgata de los Reyes Magos, y dijo que pues el trato había sido tan fácil y tan amigable, que él iba a buscar una rubia y después a comer algo, y que convidaba a parmesano y vino. Liquidó con Nito y fuese.