III
CAMINABAN sin prisa hacia Florencia, contando con llegar a la ciudad del Arno la víspera de San Juan, que es cuando se corren los caballos y se hacen muestras de doma. Exigía también su pausa la yegua «Artemisa», que Fanto montaba, porque los muchos años le ponían un espasmo en la mano de cabalgar. Junio amanecía todos los días con sol, con bandadas de palomas en el aire, y el cuco agorero en los bosques. El cavaliere Capovilla le iba explicando a su pupilo las batallas que se dieron antaño en aquellas colinas, campos y vados, las más entre güelfos y gibelinos, con marchas y contramarchas, trompetería y banderas al viento, y le contaba de las familias que vivían en los almenados castillos, casi todas visitadas alguna vez por el crimen.
—Aquella torre fue de los Bracciaforte —contaba el signor Capovilla, indicándole a Fanto una que en un espolón sobre el río se alzaba octogonal, rodeado de una docena de pequeñas casas cuyos rojos tejados asomaban por entre las copas de los cipreses—, que eran los más avaros de los toscanos, siempre buscando donde meter el oro que atesoraban, que no lo vieran ni el sol ni la luna, y uno de ellos, llamado Latino Bracciaforte dal Piccino, porque no lo heredase un primo que tenía, que era su único pariente, se aconsejó con un médico judío que purgaba en Siena en menguante contra la doctrina de Padua, y por receta de este puso en polvo todo el oro de la familia, y cuatro veces al día, bebía una ración de él con leche de cabra, y el messer Isaac de Siena le fabricara un compuesto sutil que no dejaba salir el oro del cuerpo, ni por orina ni por mayores, que quedaba chapándole las interioridades. El día en que tomó la última onza áurea, murió ser Latino de repente, y el primo, que era un Montefosco de Malapredda, que son todos tuertos del derecho y zurdos, desde una abuela galicosa que tuvieron, tuvo el soplo de la muerte (hay quien dice que por un cuervo que amaestrara de correo), y se presentó en la torre con un esquilador que tenía un juego de raspadores catalanes comprados en la feria de Tortosa, y ambos se encerraron con el cadáver en una cuadra, y al cabo de dos días dieron por terminado el raspado del estómago y del triporio, limpiándolas del oro allí acumulado, que estaba dispuesto como escamas de pez, y fundido dio siete libras genovesas. Relucían los lingotes, pero hedían como si fuese excremento humano y hubo que fundirlos varias veces, y el Montefosco se pasaba las mañanas lavándolos con lirio de Pisa y aguas de anís, para que los banqueros florentinos no descubriesen que aquel era el oro del último Bracciaforte.
Los viajeros se detenían debajo de una higuera, que tendía sus retorcidas ramas por encima de un muro medio arruinado, y alcanzaban fácil los higos verdascos, que reventaban melosos entre las grandes hojas. El signor Capovilla le mostraba a Fanto el verde llano que cruzaba sinuoso el río entre chopos y sauces, y aprovechaba para continuar con sus lecciones de astucia castrense, contándole al pupilo como allí Ubaldo Cane de Cimarrosa, la víspera de la batalla contra los pisanos, había hecho correr entre estos la noticia de que jurara solemne no pasar el río por el puente, sino vadearlo aguas arriba, y los pisanos se fueron al vado y clavaron estacas en el río, aguardando a messer Ubaldo en la junquera, pero Ubaldo no había jurado tal y vadeó el río aguas abajo, y les mandó recado a los de Pisa que la batalla la tenían perdida, que se fueran para casa, y que él no jurara nada de puentes. El capitán de Pisa murió de su ira por haber caído en la trampa, y messer Ubaldo pidió permiso para saludar el muerto, y como los suyos querían enterrarlo en su ciudad, el vencedor, que siempre llevaba consigo varias barricas con pichones en escabeche, mandó sacar de una las aves, y escabechado se fue para Pisa, a hombros de sus tenientes, el infortunado Paolo Enza dei Mutti, que así se llamaba el crédulo hombre de guerra. Aun hoy se conoce el lugar de su sepultura, que el vinagre mata sobre ella las hierbas, y no se logra en su cabecera el laurel. El vinagre del escabeche que llevaba el signor Ubaldo debía ser de ese que en Roma llaman por mal nombre leche del nipote del Papa.
Porque signor Capovilla era un soñador de aventuras y memorión de libros artúricos y amadiseos, y por si había ocasión de que el mozo Fanto Fantini della Gherardesca conociese en las posadas a una noble y rica dama, propicia al matrimonio, llevaban ensayado que cuando entrasen en el patio de un mesón, se apearía primero de su ruano el anciano, quien quitándose el sombrero de viaje, de ala ancha, tendría la brida de «Artemisa», mientras el mozo saltaba al suelo. La gente que estaba en el mesón, ya de almuerzo, ya para pasar la noche, salía a la puerta por ver quién llegaba, y cuando Capovilla veía que ya estaba presente todo el público, le hacía una seña a Fanto, este se quitaba el guardapolvo de dril, y aparecía en toda su gentileza, vestido de salmón y plata, al cuello cadena de oro regalo de las viudas Bandini. Fanto se descubría, se quitaba la redecilla que le sujetaba la larga y dorada cabellera, y pedía un vaso de agua fresca. Mientras bebía, apoyaba la mano izquierda en la cintura.
Los huéspedes se preguntaban quién sería aquel príncipe que les entraba por puertas. Algunos viajeros, adelantando con disimulo una moneda de plata al cavaliere Capovilla, que creían fuese escudero o mayordomo del mozo, preguntaban en secreto la condición de este. El signor Capovilla se hacía rogar, al fin guardaba la moneda, y contaba que su joven señor era un sobrino del rey de Romanos, que viajaba por completar su educación visitando las grandes ciudades de Italia, y que si montaba aquella yegua baya, que ya estaba en notoria ancianidad, era porque cuando niño, soñaba con galopar en ella hasta Roma, y aunque ahora ya «Artemisa» —que en el Imperio tenía tratamiento de schlachtfraulein, que quiere decir señorita de las batallas, que nunca fue cubierta—, cansada en las largas etapas, por si había oído las palabras con las que su joven amo dijera su sueño, y se había hecho ilusiones de pasar por Sant’Angelo el Tiber, la sacó al camino, no fuese, en su ausencia, a morir decepcionada en su cuadra del Imperio. La noticia del joven pasaba de oído a boca y de boca a oído por el mesón, se alababa el buen corazón del joven príncipe, los hombres inclinaban la cabeza al pasar ante él y las mujeres le sonreían. En otras ocasiones el cavaliere Capovilla decía que Fanto era un rico heredero veneciano, otras que el duque de Provenza. El tutor no encontró en los mesones ninguna doncella de su gusto, y aunque no se opuso a que Fanto gallease algo, buscó que no repitiese con la misma. En la posada en que hicieron noche la víspera de su entrada en Florencia, a una anciana muy enjoyada, que viajaba con capellán y perfumista, y se sentara en el patio a comer bajo el níspero unas cerezas con bizcocho, mientras un paje suyo, sentado a sus pies, le cantaba a media voz una historia de un ausente lloroso, perdido en una selva, nombrando a gritos a la que amaba, acercándose a la dama el tutor con el pretexto de servirle un lavamanos, le susurró, confidente, que aquel joven caballero que en el otro rincón del patio se entretenía en acariciar las flores del glicinio, era sobrino nieto del dolorido de la canción, conocido por don Lanzarote del Lago, y de su mismo nombre. La dama admiró con larga mirada la belleza de Fanto, que estaba como metido en un estuche de oro en los rayos del Poniente, y suspiró. Una hora más tarde, la anciana señora se acercó lentamente a Fanto, y sacándola de una bolsita de piel le ofreció una sortija con un rubí diciéndole:
—¡Vale por las cenizas de un corazón!
Y corrió a refugiarse en su cámara, antes de que el sorprendido Fanto pudiera decirle ni una sola palabra. Don Lanzarote del Lago se quedó a solas con la noche, con el rubí en la palma abierta de la mano derecha, mientras tras los cipreses de Cellabiancha surgía la hoz de plata, la luna nueva.
—Mira tú, Fanto amigo, como podíamos dar la vuelta a Italia y aun pasar a otras naciones, tú de caballero secreto, usando diversos nombres, y yo cobrando por contar tu historia, hijo en busca de su padre, rey sin corona, príncipe misterioso que acude a una cita donde la muerte acecha. Fíjate en que yo estoy contando esta historia a una viuda que viaja con su hija, o al duque de Urbino, y tú estás en un jardín, y de pronto, llevado de súbita ira, desenvainas espada y siegas rosas, y al verlas caídas te arrepientes, recoges una y la llevas a los labios, suspirando, y yo añado que Isolda ha muerto y ha muerto Beatrice, y que quién te acariciará ahora el corazón… O que la rosa que recoges, te recordó la hija del que vas a dar muerte, y a quien amas, o tu propia vida, tan pronto entregada al hierro enemigo, que la rosa nace a la mañana y muere a la tarde, y es muy retórico latino. La viuda, que está de buen ver, te regala con una perla benéfica, la hija te manda un anillo con un nomeolvides verde, y el duque de Urbino una bolsa llena, para que puedas viajar disimulado y comprar confidentes, y un puñal envenenado para que no marres el golpe… Tras unos años de este teatro, montábamos una tienda en Aviñón o en Nápoles para vender los souvenirs, y regresábamos ricos a Borgo San Sepolcro, yo a morir, y tú a levantar una compañía y a dar buenas batallas junto a un río. ¡Ya me mandarás los partes de guerra!
¡Lanzarote del Lago, duque de Provenza, sobrino del imperante! Fanto despertaba sobresaltado, dejaba la cama, y se asomaba a la noche y a las estrellas, y a la viajera luna. No podía soñar a un tiempo los sueños de los tres hombres que estaban en él, y buscaba quedarse con uno solo, hacerlo verdadero, destruir todo lo que le impidiese avanzar hacia ese ser humano único, que tenía un nombre y unos deseos. Cuerpos y voces que no reconocía andaban a su alrededor, le tropezaban, le obligaban a movimientos que no eran los sólitos suyos. Los nombres diversos eran como antifaces que le quemaban el rostro, y se miraba en los espejos y no se reconocía hasta que lograba arrancarse el que le hacía existir de aquella manera y en aquel momento. Huir, como cuando lo portó el rayo en la hora de su nacimiento. Rasgaba el nombre Lanzarote como quien araña con largas y afiladas uñas la piel de unas mejillas. No, no era odio. Era la viva necesidad de la libertad, de beber el vino que le placía, de soñar los sueños de Fanto, de no llevarse la mano a la frente a cada instante como el duque de Provenza. Si se vengaba, el crimen tenía que ser suyo, la sangre del muerto mojar su mano. Y el desesperado amor su propia desesperación. Y si el príncipe de Dinamarca se daba la muerte rodeando su cuello con una cuerda de áspero esparto de Tarragona, que fuera en su cuello, en el cuello de Fanto Fantini della Gherardesca, de Fanto el Mozo, donde quedase la rojiza marca. En Florencia compraría el caballo que precisaba, y a escondidas de su tutor se apalabraría con uno de los capitanes alquilados por la ciudad. Con su propio nombre, habiéndose recortado el cabello. Y el anillo de la anciana dama de la posada, con el rubí, se lo regalaría a la primera mujer que se le ofreciese, y se iría sin tocarla. Cuando ya se acercaba la hora del alba, Lanzarote del Lago, el duque de Provenza y el sobrino del emperador, cansados, se dormían dentro de él, y Fanto con ellos, los cuatro hundidos en un calabozo de agua verde, tibia y espesa, del que los libraba, como un rayo de luz, el canto del gallo. Entonces Fanto se encontraba solo, cada fantasma había huido por su lado, y el mozo, a puñadas, le decía su propio nombre a su pecho.
—¿Me reconoces?
El cuerpo respondía sonriendo a su verdadero habitante. Y Fanto se imaginaba batallas en campo abierto, hacia el sur, hacia más allá de las colinas vinícolas y de los alegres ríos, en la que hallarían muerte y enrojecerían el pico del cuervo los cadáveres del sobrino del imperante, el lozano duque de Provenza, y el nuevo Lanzarote del Lago. Golpeaba en su puerta el signor Capovilla diciendo que ya era hora de salir hacia Florencia, y en el patio del mesón «Artemisa» contemplaba con sorpresa y melancolía al caballo del cavaliere, un castrado ruano colitrenzado, que osaba mirada a los ojos y relinchar. Cada quisque sueña lo que puede.