III
REFLEXIONABA sobre el trabajo realizado en todos aquellos meses. Había llegado a «ver» la estructura de la prisión, y pudo localizar el punto exacto de ella en el que estaba localizada su celda. La prisión tenía la forma de un hexaedro inscrito en una esfera, y cada celda repetía la forma hexaédrica en el interior y esférica exteriormente. Los espacios vacíos entre las caras del hexaedro de cada celda y la pared interior de la esfera, se comunicaban entre sí. Además, las esferas de las celdas no se tocaban las unas a las otras, y el conjunto de esfera flotaba, por decirlo así, en el interior del gran hexaedro. Calculó que la esfera en la que estaba encerrado el hexaedro que le servía de celda, tenía seis metros de diámetro. El número de celdas era exactamente treinta y seis. Veía perfectamente el conjunto, como si estuviera fuera de él, a mediodía, de pie sobre la piel de la naranja, o seu maestro fra Luca Pacioli le mostrase una maqueta desmontable, en ligera madera de abedul. La escasa luz que iluminaba la celda procedía de seis saeteras, que cambiaban constantemente de posición, abiertas en las que llamaremos paredes, y de seis centímetros de ancho por treinta y seis de largo. (Traduzco al sistema métrico decimal las varas, pies y pulgadas itálicos del Quinientos). Por esas saeteras le introducían la comida, y los aplastados recipientes de barro que contenían el agua.
La luz que iluminaba la celda estaba relacionada, en su duración e intensidad, con el problema que llamaremos de destrucción del tiempo, problema del que había que prescindir si se quería avanzar hacia una solución definitiva. Avanzar, naturalmente, en el camino de la liberación, de la fuga, camino que solamente podía ser recorrido hasta el fin por medio de una acción exclusivamente mental. Cuando Fanto Fantini se demostró a sí mismo que la fuga era una cossa mentale, se tranquilizó por completo. Sabía, ahora, que podía salir. En realidad, sabiendo que la prisión era «una idea de una prisión», ya estaba fuera. Pero quería llegar hasta el fin del juego. Ya estaba fuera de la celda, ya avanzaba a grandes pasos por un camino perpendicular a la base del gran hexaedro, hacia aquel círculo de luz roja, que era la puerta, en el que se inscribía un hexágono azul. Pero, no quería precipitarse. La palabra sosiego cobraba para él, como en tantas otras veces, su total sentido. Ya se consideraba el Prisionero un hombre libre, y por primera vez desde que estaba encarcelado, sonrió. No tenía espejo en la celda, pero se vio sonreír, abrir levemente los labios, y percibió el instante justo en el que el alma le ordenaba al cuerpo la sonrisa, un gesto, diremos, que iba a la vez a los ojos —Fanto parpadeaba con más frecuencia cuando sonreía—, y a los labios, y también a sí misma, porque no tendría sentido sonreír solamente con el cuerpo. Se vio en el campo, en lo alto de una colina, los brazos cruzados sobre el pecho, contemplando lejanas cumbres nevadas, y a su lado, su «Lionfante» pacía goloso… Tenía que decirse a sí mismo qué hierbas: festuca, trébol, avena… Era junio, y aquí y allá se veían rojas amapolas. La luz se apagaba lentamente. El gran Rector de la Esfera estaba simulando el anochecer, como otras veces simulaba el amanecer o el mediodía, o pasaba súbitamente del verano al invierno, y del creciente a la luna nueva. Fanto comprendió que desde el primer momento de la entrada de un prisionero en una de las treinta y seis celdas, el Poder procuraba que aquel perdiese la noción del tiempo, y se le forzaba a una reflexión constante sobre:
—¿Qué día es hoy?
Hasta lograr que el prisionero, obsesionado por la averiguación del día en que vivía y cuántas noches llevaba allí encerrado, olvidase que existe otro día que se llama mañana y, finalmente angustiado, procurase apartar el tiempo de su mente —la presencia del tiempo en la mente humana, que es la única realidad del tiempo. Generalmente, los prisioneros, privados del tiempo, se dejaban morir, sin día ni noche, ni abril ni otoño. Pero cuando se quería, por el Gran Rector de la Esfera, prolongar su vida, se simulaba, entrando una clara y viva luz por las saeteras, y con ella una brisa fresca, que ya llegaba la primavera. Se podía escuchar un jilguero alegre, que a lo mejor en un vuelecillo llegaba a las saeteras, se posaba en una y picoteaba unas migas de pan que allí habían caído cuando fue retirado el plato de la última comida. El moribundo se incorporaba en el estrecho lecho y asistía, el corazón acelerando sus latidos, a su resurrección. Del huerto (?) venía un grato aroma de hierba recién segada. Lejos, cantaban gallos. El prisionero se apresuraba a vigilar el tiempo, a contar mañanas.
Fanto Fantini della Gherardesca comprobó una vez más que su cuerpo cabía exactamente dentro del hexágono inscrito en una circunferencia que había dibujado con tiza en el piso de la celda. Su rubio pelo rizado tocaba el lado superior del hexágono, mientras sus pies se apoyaban firmemente en el lado inferior. Tenía que concentrarse, no permitir que entrase nada en su mente que no perteneciese al estricto mundo de las realidades geométricas euclidianas. Si sus cálculos eran exactos, la circunferencia por él trazada en el piso de la celda, tenía el mismo diámetro que la que llamaremos circunferencia-puerta, situada en la base del gran hexaedro interior. Y sus cálculos eran sin duda exactos, puesto que habían sido realizados una y otra vez con arreglo a lo que se enseña en el tratado de Divina proportione, y teniendo ante sus ojos —ante los ojos de la memoria—, los dibujos que maestro Leonardo había hecho para ilustrar la obra del fraile de Borgo San Sepolcro, su grande y recordado amigo fra Luca Pacioli. Sin olvidar El número de oro del dacio Matila Ghika, donde está toda la perfección del canon, célebre desde los griegos, y el De prospectiva pingendi, de Piero della Francesca: fue aplicando el concepto que el gran pintor profesaba del cono de rayos que va del ojo humano a los distintos objetos y que es cortado por un plano, en el cual las intersecciones con esos rayos designan los lugares que los objetos ocupan en su perspectiva de dicho plano, como fijó el lugar y el diámetro de la circunferencia-puerta.
Fanto comenzó a desnudarse, pero había concebido que era desnudo como podría salir de la Esfera. Le dolía dejar en la celda los zapatos con hebilla de plata que le habían hecho a medida en Florencia, y el cinturón de piel de dragón, trenzado de a tres, que le había regalado su amigo el duque de Urbino después de la batalla de Trevisano. «Lionfante», su caballo le había dado las gracias al duque en elegante latín, citando a Virgilio, y relinchando en griego, porque de alguna manera los hexámetros homéricos tenían que estar presentes en toda épica ocasión. Fanto, desnudo, se tumbó en el suelo, dentro del hexágono dibujado con tiza. Conforme había desnudado su cuerpo, tenía ahora que desnudar su mente de todo lo que pudiese perturbar la acción que iba a realizar. Lo había logrado ya en anteriores ocasiones, tanto con los ojos cerrados como con los ojos abiertos. No podía intentar la salida hasta que en la meditación llegase a ver su cuerpo no como tal, sino como una línea sinuosa que cortaba con sus curvas una recta. La línea sinuosa nacía de una espiral en su frente, y terminaba en otra espiral en sus pies. Mentalmente, Fanto enviaba toda su sangre, la sangre que corría por su cuerpo, a dicha línea sinuosa, la cual comenzaba a sufrir en sus curvas exteriores, lentas sístoles y diástoles, mientras que la línea recta, la columna, se ancheaba y aparecían como cortándola, en doce partes iguales, pequeñas medias lunas. La roja línea sinuosa contrastaba con la verde recta y las blancas medias, lunas, pero Fanto sabía que tenía que superar la visión coloreada de aquel extraño resumen de su cuerpo. Sumaba sin cesar letras mágicas, y Fanto ya la contemplaba desde el exterior de su cuerpo que era ahora una neblina espumosa y blanquecina que se hundía lentamente en el suelo de su celda. Su mirada se había transformado en una luz dorada, que llenaba todo el hexaedro. El alma suya —sí, sería el alma, la voz—, una gota de azogue, se balanceaba en la curva terminal interior de la espiral correspondiente a la frente del cuerpo de Fanto. Poco a poco fue cesando en su movimiento pendular hasta quedar fija en el extremo interior de la espiral.
Cuando Fanto realizaba los primeros ensayos de su acción mental, una vez, al llegar a este punto, impulsado por una sincera emoción, contemplando la brillante bolita, no pudo evitar un humano pensamiento, al recordar unas palabras escuchadas una vez, unas palabras que no eran suyas, pero que se abrieron como un relámpago en lo que persistía en él, en aquel trance, la realidad humanal:
—Animula vagula blandula…
Las palabras del césar Adriano… La bolita se hizo llama azul, y Fanto sintió como un frescor insólito le acariciaba los ojos y la boca, le sosegaba el corazón, despejaba su mente. Se creyó —o se vio—, de pie súbitamente en el centro de la celda, levitando en el hexaedro, un ser alado y luminoso. Y efectivamente, lo fue durante un segundo. Y cuando «despertó», no le cupo duda alguna de que una nueva, estrecha, sincera y perpetua amistad, se había establecido desde aquel instante entre su alma y su cuerpo.
—¡Inmortalidad! —dijo.
Y se quedó dormido, tras haber percibido que su cuerpo realizaba un movimiento insólito, que solamente años más tarde, reflexionando sobre prisión y fuga, comprendió Fanto: plegara las alas al acostarse, dulcemente fatigado.
Habían llegado el día y la hora. Fanto Fantini della Gherardesca, desnudo, tumbado en el suelo de su celda, era pura geometría, una línea sinuosa cortada por una recta, inscrita en un hexágono, a su vez inscrito en una circunferencia. El conjunto se desprendía del suelo y se incorporaba, deslizándose hacia el espacio vacío entre las esferas. Fanto comprobaba que la Esfera era una construcción imaginaria del Gran Rector, que aquello no habla sido NUNCA CONSTRUIDO: una tela de araña imaginada por alguien que podía estar a mil leguas de allí, y a la que le bastaba para subsistir que los prisioneros se creyeran atrapados para siempre. Sus reflexiones sobre la Esfera habían sido correctas, y solamente transformándose en algo de la misma naturaleza imaginaria que la construcción del Gran Rector, era posible la salida. Apoyando la cabeza y los pies en los lados superior e inferior del hexagono, respectivamente, recobrando, iniciada la marcha en el vacío, segundo a segundo su cuerpo, que iba pareciendo tal pintura Apolo en el bastidor bajo el pincel del maestro, Fanto volaba como cometa hacia la puerta, a la que ya veía allá abajo, primero no coloreada, más tarde, a medida que abandonaba su expresión geométrica, circunferencia roja, hexágono azul. Atravesaba capas de aire caliente, en cierto modo del cerebro del Gran Rector. El hexágono en que Fanto estaba inscrito era ya sólo la idea que él tenía de la existencia de un hexágono, y no la figura dibujada con tiza en el suelo de la celda hexaédrica. Avanzaba, suponía, a una velocidad constante, probablemente la del sonido. En el momento mismo en que «su» hexágono, chocase contra el hexágono de la puerta, idéntico, Fanto saltaría hacia el exterior, al campo. Pero…
Fanto se dio cuenta de que estaba siendo contemplado por la mente del Gran Rector. Fanto ya había supuesto más de una vez la brusca interrupción por este de sus planes. Era evidente que el Gran Rector, en el brevísimo tiempo del descenso de Fanto, no podía imaginar otra estructura geométrica que contemplase todos los elementos esenciales de la construcción. Por tanto, hexaedros y esferas, hexágonos y circunferencias, tenían que permanecer, y Fanto, en su fuga, era un hexágono de idéntica área al hexágono-puerta. Mejor le sería al Gran Rector mantenerse en su eterna apatía, y permitir la fuga del condottiero —la única que se había dado y daría en toda la existencia de la Esfera—, que poner en peligro su bellísima construcción. La puerta se acercaba, y la mente de Fanto recorrió, como una mano que acariciase el asta de una lanza, los seis lados del polígono en que viajaba, polígono que por otra parte solamente existía ya en su mente. ¡La mano acariciando el asta de la lanza después de la batalla, cuando la sangre del enemigo muerto seca en ella, y la palma de la mano la reconoce en verruguillas y arrugas que se han adherido al impío fresno! Fanto el Mozo —por vez primera se dijo a sí mismo el mote con que le saludaban los soldados, por el que al oírlo salían las mujeres a las ventanas en la rúa mayor de las villas, cuando se anunciaba que llegaba, victorioso, el generoso capitán de los ojos azules y las ardientes arengas—, entraba en el instante final de su viaje. El Gran Rector no se había movido consciente, quizá, de la inutilidad de cualquier intervención suya. Fanto aún tuvo tiempo de imaginarse el largo balcón de un palacio en el que se apretujaban las bellas de la ciudad, largas y doradas cabelleras, finos cuellos, dulces pechos gritando su nombre, vaciando cestillos de flores. Se le llenó la boca como de leche azucarada, y se escuchó decir sus nombres:
—¡Vanna! ¡Pia!
Sí, llegaba a la ciudad después de una hermosísima victoria. Pero, el Gran Rector comenzaba a actuar. Con un pincel, la enorme mano de oro reforzaba con tinta negra los lados del hexágono-puerta. Para mantener la proporción dentro de la estructura general, permanecía —una leve línea azul—, el hexágono primitivo, aquel cuya área era idéntica a la del hexágono en el que había iniciado su viaje Fanto. Por segunda vez, el pincel engrosó las líneas que limitaban el polígono, reduciendo, por tanto, el tamaño del hueco por el que Fanto iba a salir. Fanto no podía detenerse en la fuga, buscar otra salida, que sin duda habría. No podía romper el juego —no quería—, diciendo que adivinado que la construcción no existía, ya estaba libre. Si se detenía, le daría tiempo a la mano del Gran Rector para cubrir con la oscura y mefítica tinta de su pincel toda el área del hexágono… Fanto ya veía el campo verde en el que iba a caer. El viento introdujo en la Esfera unas hojas secas, con las que tropezó el rostro de Fanto en el momento del choque de los dos hexágonos. Fanto rodó fuera, y con la violencia del golpe perdió el conocimiento. No pudo darse cuenta de que había asustado a unas ovejas pardas, y a unos cuervos que buscaban granos en una era recién sembrada. Una mujer gritó.
Las nuevas líneas trazadas por el Gran Rector con tinta negra, reduciendo el área del hexágono al aumentar el espesor de sus lados, habían dejado su huella en el cuerpo de Fanto el Mozo. La línea del lado superior del hexágono no sólo le había privado del rubio y rizado pelo, arrancándole gran parte del cuero cabelludo, sino que le había dejado en la cima de la despejada frente como una línea negruzca y maloliente. Y la línea del lado inferior, le había cortado como media pulgada de carne todo a lo largo de los pies.
Gracias a la ventriloquia políglota de «Lionfante», que lo había esperado durante varios meses escondido en los bosques vecinos —y en ratos libres sorprendiendo a las mujeres que iban a recoger leña, a las que hacía elocuentes y osadas declaraciones de amor, y el pueblo creyó que había llegado a la comarca algún dios antiguo—, pudo Fanto llegar a casa de su amigo el médico Jacopo Barigazzi, más conocido por Berengario de Carpi, famoso autor de unos Comentaria anatómicos. Berengario realizó diferentes injertos en la cabeza de Fanto, trayendo piel del occipucio a los parietales y temporales, y aunque logró cubrir de pelo la cabeza del capitán, no era el rubio tan vivo. Y en lo que toca a la cinta negra, Berengario comentó:
—Conoces perfectamente, Fanto amigo, la historia del talón de Aquiles. Pues bien, tu caso es el opuesto. Quizá seas ahora más débil físicamente, y pongan tu vida en peligro heridas que antes considerarías como simples arañazos. Tu alma se está alimentando en exceso de tu cuerpo, pero contra eso no hay remedio. Eres vulnerable, pero nadie podrá herirte ahí donde esa cinta negra mancha tu frente. Si quieres, cuando vuelvas a ponerte al frente de tus tropas, haremos correr el rumor de que solamente ahí eres vulnerable, como Aquiles sólo lo era en su talón.
Mandó Berengario medidas nuevas de los pies de Fanto a un famoso zapatero de Florencia, con instrucciones para plantillas articuladas y almohadillas, y pronto tuvo el condottiero varios pares de botas, borceguíes y sandalias nuevas. Y como Fanto quería discutir el asunto de su prisión por geometría con fra Luca Pacioli, se dirigió a Perugia, donde el fraile enseñaba el ábaco. Fra Luca lo recibió con alborozo. Cuando Fanto Fantini della Gherardesca le describía la esfera que contenía el hexaedro el maestro de la Divina Proporción se levantó del sillón en que descansaba cerca de la ventana, se dirigió a un armario empotrado en la pared, y regresó portando en las dos manos la maqueta de una esfera, cuyo ecuador estaba señalado con una raya roja. La abrió en dos mitades, y mostró el interior a Fanto. Sí, allí estaban las celdas, los pequeños hexaedros, dentro de sus esferas.
—¿Treinta y seis? —preguntó Fanto.
—Treinta y seis —respondió el maestro.
Fanto sonrió, e introduciendo en la mitad superior el dedo índice de su mano derecha, señaló un lugar situado en el grado treinta, inmediatamente encima del ecuador.
—Mi celda —dijo.
Y algo como ternura lo movió, y tocó. Notó la quemadura cuando ya se había derretido, como plomo, la mitad del índice de su mano derecha. No sentía dolor alguno. Fra Luca lo abrazó, y sopló en el pequeño muñón carbonizado del dedo.
—Te haré un índice de oro, querido Fanto.
La tormenta que había estado amenazando sobre Perugia, descargaba al fin. Gruesas gotas se abatían contra los pequeños y cuadrados cristales de la ventana, y se veía brotar, de las enormes y oscuras nubes, la terrible fúlgura.