APÉNDICE SEGUNDO
NOTICIA DE ISMAEL FLORITO
En una de las pequeñas libretas que dejó el señor sochantre de Crozon estaba esta noticia de Ismael Florito, y en atención a la novedad del caso, la dan aquí los editores.
ISMAEL Florito salió de soslayo del Infierno a través de una hucha vieja en la que el usurero de Lanrivan guardaba las escrituras de su dinero a rédito. Era de nación picarda, muy satisfecho de que se le conociese por el acento, y desde pequeño —y es sabido que allá abajo se crece todo lo que se da de sí en un año más o menos— ya se vio que iba para persona alta y desgarbada. Siendo las bóvedas inferiores más bien raquíticas, como está atestiguado en el Marcelinus, pues no hay arco que apique en la clave más de vara y media castellana, el Ismael Florito tenía que andar casi doblado por la cintura, como navaja cerrada por el remonte, por las calles y plazas de la sotierra, lo que representaba una gran molestia, le subía la sangre a la cabeza, le hacía doler los riñones y le quitaba todo placer a los viajes por aquella urbanización secreta. Se dolía de esto, porque era muy amigable y argumentante, sentía apetencia por las gacetas del mundo, siempre se ponía de manifiesto donde hubiera mujerío, y cuidaba la vestimenta, siendo la suya preferida los abrigos cortos a la moda antigua de Italia, de azul sobrehojados de oro. Era parlanchín y pinturero. A causa del andar doblegado por el poco alcance de las bóvedas y techos infernales que ya indicamos, se fue resintiendo del espinazo, a lo que ayudó un invierno que hubo allá, en los soterraños, en el que se demoraron tormentas seguidas, y llovía dentro como fuera. Dicen que fue cuando se perdió parte de un río de España, que le llaman el Guadiana, que escurrió encima mismo de las camaretas de la trasnería. Abollado por las doblegaduras y por los temporales, quedó Ismael Florito con flojedad de voluntad para el trabajo, y de poco servicio para correo maligno. Por entonces se murió en la cueva de Satán Belcebú un sastre polaco que tenían por muy entallador de casacas y en ribetes de lazo muy famoso, lo que supuso gran tribulación en la hueste antigua, porque está visto que los demonios no quieren hacerse traje en los obradores de arriba, dicen los más que porque al tomárseles la medida, no se les descubra el rabo, que es sabido llevan desde el somonte del culo, donde les nace, enrollado como cinto. Como el gasto que hacen los trasnos de prendería fina es mucho, pues la mayoría anda de noche y prenden en cualquier parte, o se arriman a donde mancha, o se esconden donde hay polvo y telas de araña, ya se veían en el Infierno remiendos a voleo, remontes bicolores, zurcidos y sobrepuestos, y hasta calzas rotas. Había que acudir a aquel despiece de la gentileza demoníaca, y se le ocurrió a un secretario de alcabalas de Parma —el cual estaba principalmente en el Infierno para ayudar en suma y resta y compraventas en Italia, y a quien le habían colocado en su oficina a Ismael Florito para llevar en el ábaco las bolas amarillas de las centenas, y le había tomado cariño—, para darle a este un avance en su carrera, tanto como para ver si pasando a campos soleados curaba del espinazo y de las quebradas del plegamiento, presentarlo para aprendiz de sastre en Cambray, a lo que Belcebú no puso inconveniente. Con este motivo vino Ismael a la tierra, y sólo se llamaba entonces Ismael, pero se le buscó que se apellidara Florito, porque dijo el secretario de alcabalas que así volvería de aprender en Cambray el oficio: florito regalado.
Aprendió pronto Ismael Florito, y venían junto a él habitantes de la sotierra, que aquello era una feria, a hacer vestidos a la moda, e Ismael Florito no podía volver al Infierno, donde lo esperaba el taller del polaco porque con la primavera de Flandes se había puesto nuevo y no cabía ya en la hucha del usurero de Lanrival, y es sabido que los demonios vuelven a su reino por el mismo agujero por donde salieron. Véase la razón en Cornelio Agripa von Netesheim. A Ismael Florito mucho lo fastidiaba estar de aguja en Cambray, cortando, probando, enhebrando y desenhebrando en vestes de los colegas. ¿No era hermoso correr mundo? Mucho trajinó consigo, hasta que un día, dejando por cortador a un aprendiz medio cojo que le habían mandado por adelantar en planchado, salió a ver lo que pasaba por las riberas de la tierra, que estaba entonces en un verano muy alegre. Se acercó a Polonia, primeramente, para saludar a la familia del sastre su antecesor abajo, y devolverle un alfiletero de oro que tenía unas señas de oficio. Y al llegar estalló la peste bubónica en el Ducado de Varsovia, y se buscó a quien echar la culpa, y cayeron los médicos en que sería un extranjero que tenía un brazo más largo que otro, y esta era seña que daba con Ismael Florito, quien tuvo que huir de los polacos, que andaban haciendo hogueras y emborrachándose por los caminos, y también de las bubas, que venían con mucha cargazón de materia, sin tener tiempo de enseñarles a los nietos del sastre polaco que había cosido en el Infierno las modas de París. Y pasando por Sedán camino de Inglaterra, donde le ofrecían unas velaciones con una mylady que vendía al demonio el alma y el cuerpo si le daban la ciencia de acertar en las carreras de caballos, fue cuando trató en la prisión militar de Sedán con el coronel Coulaincourt, como se ha dicho en otra parte de estas Crónicas. Abajo, en la Satanía, estaban algo enojados con Ismael Florito, pues por mucho que hubiera cosido aún había dejado a los más de los demonios con ropa vieja y alguno había, de los trasnos más jóvenes, que ya se proponía dar parte por escrito a don Lucifer Neftaniel I. El alcabalero de Parma, con la idea de que Ismael Florito volviese a la sastrería, dejó de enviarle dinero, amparándose en la incertidumbre de los tiempos, y esta fue la causa que llevó a Ismael Florito a amonedar en falso en Liverpool, donde, como es sabido, está en la cárcel. Cuando salga volverá a Cambray, a la costura, y quizá le concedan el esqueleto del coronel de Coulaincourt para probar ropa militar, por lo bien abombado que tiene el cuerpo. Aunque al Florito le gustaría seguir a París de Francia, por las mujeres. Il n’y a bon bec que de Paris.