ROMEO Y JULIETA,
famosos enamorados
Entre los papeles del sochantre De Crozon estaba, puesto como pieza de teatro, el argumento que urdieran el coronel Coulaincourt de Bayeux y madame Clarina de Saint–Vaast, y lo demás que allí, terminando aquella función en el atrio de Comfront, había acontecido, y que se lo había contado a nuestro sochantre, ya en tiempos del Imperio, uno de la villa que lo reconoció en un paseo de Pontivy.
Aquí va, sin otros atavíos, el escrito del sochantre, que dice como sigue:
PASO ÚNICO
La escena representa la plaza de Verona. Junto a la fuente está dormido un vagabundo tocador de laúd, que no despertará en toda la pieza.
ESCENA I
La plaza se va llenando poco a poco de gente, que conversa animada. Cantan unos mozos. Un soldado avanza a primer término, tira las armas al suelo y se saca casco y coraza.
SOLDADO. ¡Once años sudándoos! Al fin, tras once años de sitio, esos tristes suizos levantaron el cerco de Verona. Fueron como niebla cenicienta pegada a las murallas de nuestra villa.
OTRO SOLDADO. ¡Ya están abriendo las puertas!
PAISANO. Estuve admirando desde la torre vieja cómo los arqueros montados pasaban el río. ¿No será engaño, señor soldado?
SOLDADO. Aunque lo fuese. ¡Once años de hambre, de miedo! ¡Alguien tenía que cortar esa cinta negra!
Los veroneses —soldados, paisanos, mujeres, niños—, que están subidos a los caballetes de la muralla, dan noticias a los de abajo.
UN PAISANO. ¡Está ardiendo el campo de los suizos! ¡Queman lo que no se llevan!
VIEJA. ¡Queman hasta las cortezas de pan que tiraban!
MERCADER. Es que los suizos se baban por la miga.
PAISANO. Estaban hablando en los Cambistas de que mañana vendrá trigo de Mantua.
SOLDADO. Hacía falta saber si aún hay Mantua en el mundo.
PAISANO. ¿Entonces hay alguna noticia de que quemaran a Mantua?
MUJER. ¡Quemarán a Mantua y no vendrá trigo! ¡Los suizos no dejarán un grano de trigo en el mundo!
PAISANO. ¡Son lobos!
MUJER. Son malparidos.
SOLDADO. Los suizos nacen todos de cabeza, con el pie enroscado en torno al cuello.
VIEJA. ¡Nacieran ahorcados!
SOLDADO. ¡Dicen que viene un correo de Mantua, y que ya pasó el río!
MUJER. A Mantua dijo otro señor soldado que la habían quemado.
PAISANO. Pues entonces será correo de Venecia.
MUJER. Viene correo de Venecia a caballo. Ya lo vieron pasar el río.
MERCADER. De a caballo no podrá ser de Venecia. Ese vendría por el mar. Será de Siena, si es que quemaron Mantua.
MUJER. Yo tengo en Siena un primo, que es zapatero, al lado mismo de Porta Romana. Les hace las sandalias a los hijos de los Tolomei.
MOZA. ¿Es un hombre joven, con gorra de plumas?
MERCADER. Los correos se buscan en la nobleza.
Unas trompetas dan una señal, lejos las primeras, cerca las segundas.
SOLDADO. Tocan a asamblea y plaza.
PAISANO. Viene ahí el gonfaloniero.
VIEJA. Los ricos están ahora tan flacos en Verona como los pobres.
ESCENA II
Entra el gonfaloniero seguido de cuatro senadores. Suben a un barandal con arcada debajo.
GONFALONIERO. Amigos todos, ciudadanos de Verona, gente pobre, señores soldados: se fueron al fin los suizos. Once años los tuvimos al cuello como cuerda de justicia. Once años de muerte, de hambre, de sed, de miedo. Más que gente libre de Verona somos una corte de fantasmas vagabunda por las plazas y calles, por los patios de armas… No hay una hierba en Verona, porque fue comida por las madres para amamantar a los niños. No hay un ruiseñor en la pineta, porque fue comido por las mozas para poder guardar para sus enamorados algo más que el esqueleto. Y no había quien pudiese cantar en Verona, pues no había aire, porque nuestras puertas estuvieron cerradas once años. Se van los suizos, y nosotros aún estamos despertando poco a poco, como alba rosada después de una larga noche de invierno. Cuanto haya de verdad en esta marcha de los suizos, lo sabremos ahora, que nos anuncian un correo de Siena por los pasos del río.
MUJER. ¿Traerá pan, Señoría?
PAISANO. ¿Vendrá trigo de Mantua?
SOLDADO. ¿Cuándo volverá a venderse en Verona buey de Venecia?
MUJER. ¡Queremos pan! ¡Una cortecita, Señoría!
SOLDADO. Mejor sería que dieran antes algo de comer, para poder escuchar con calma el correo de Siena.
GONFALONIERO. Si el correo de Siena llega sin novedad, señal de que hay paso libre y vendrá trigo y comeréis bueyes de Venecia diariamente.
PAISANO. ¿Y qué dices del vino?
SENADOR. También vendrá vino. Esperemos el correo, sepamos qué noticias hay en el mundo, quién es amigo y quien es enemigo.
SOLDADO. Ya llega a las puertas. ¡Trae una alforja de cartas!
Se escucha una trompeta lejana, con seña al final.
SOLDADO. Es la guardia de Porta Favencia. Ya está en ella el correo.
Se hace un gran silencio. Siéntense los cascos del caballo sobre las losas de la plaza. Entra galopando el correo. Es un mozo joven, con casco de plata y abrigo rojo. En el brazo derecho trae una cinta verde.
ESCENA III
GONFALONIERO. ¿De dónde venís, señor correo?
CORREO. De la ciudad de Siena, Señoría. Ya están libres los caminos. En el vado de Pratto Girgenti dos cuervos comían el vientre de un suizo ahogado.
GONFALONIERO. ¿Traéis carta de la ciudad de Siena para esta pobre Verona de nuestros días?
CORREO. Traigo sólo una carta en la alforja. Aquí viene la dirección, en esta cinta de seda que traigo en la manga de mi abrigo rojo.
GONFALONIERO. (Leyendo.) «Para la muy dolorida infanta de Verona doña Julieta».
MUJER. ¿Hay noticias del pan?
SOLDADO. ¿Dónde quedan mis bueyes de Venecia?
PAISANO. En el entretanto, y ya que no trae noticias, podríamos comer su caballo.
CORO. ¡Que den por ración el caballo! ¡No hay pan de Mantua! ¡También quemaron Mantua! ¡Ya no queda nadie en el mundo! ¡Estamos solos en el mundo! ¡Ya no quedan más que los suizos y nosotros! ¡El caballo! ¡Matad el caballo!
GONFALONIERO. ¡Silencio, silencio! Esta carta quizá trae noticias para todos, para la ciudad de Verona toda. Quien la escribe puede ser que no sepa de nadie más en esta villa que de doña Julieta. Vendrán tal vez noticias del trigo de Mantua, de los bueyes de Venecia, del vino y de cuantos amigos nos quedan.
CORO. ¡Leed pronto la carta! ¿Qué dice la carta? ¿Quién es doña Julieta? Es de señores. Es una enamorada célebre. ¿Una de los Capuletos que parió de un herrero? No, esta no parió, esta es una de los Montescos de la plaza vieja. Pues también es una casta de gente amancebada. Esta es jovencita. Hicieron su capital mandando cebollas a Venecia. También enviaban hilo de seda. ¿Se lee o no se lee la carta? ¡Queremos noticias!
GONFALONIERO. Van a llamar a doña Julieta. Tened calma. Ella leerá la carta, si sabe leer, y si no, será leída por uno de los señores senadores. Aquí está ya doña Julieta.
ESCENA IV
Entra Julieta en la plaza. Gran silencio. Sube hasta donde se hallan el Gonfaloniero y los senadores.
GONFALONIERO. Señora, un correo de Siena os trae una carta. La dirección viene en esta cinta que trae en la manga del gabán rojo: «Para la muy dolorida infanta de Verona doña Julieta».
CORREO. (Arrodillándose.) Señora: quien firmó en esa carta con el pico de un pajarillo que este invierno se le murió en las manos, me dijo: sin dirección alguna también la encontrarías, porque, ¿quién no encontraría la luna en el cielo?
JULIETA. ¿Romeo, acaso?
CORREO. Sí, señora, Romeo.
JULIETA. (Lleva la carta a los labios, acaricia la cinta de seda en la manga del correo.) Con mis manos recojo días en mi propio corazón, y los voy sembrando en la tierra. ¿Qué os quiere Amor?, les pregunto uno a uno, cada cual perfumado de su lágrima. Aunque de vosotros brotaran lirios, murmuro al oído de mis días antes de encerrarlos en la soledad de mi cuerpo, ¿podría el tiempo ser otra cosa? ¿Me envía sonrisas por el aire?, les preguntaba yo a los molinos de viento y a las veletas de la juventud. ¿Me manda sonrisas por el agua?, les demando a las barcas que se mecen en la ribera. ¿O es que también los reitres gobiernan los palacios de los vientos y las ondas de los ríos? (Va desenrollando la carta.) ¿Y qué ha de decir aquí Romeo, sino palabras que puedan ponerse en las mejillas y pasar por lágrimas de amor? ¡Cuánto tiempo hace, Amor, que dejaste de ser alegre mayo!
Desenrolla del todo la carta, y lee acercándose a una linterna que el gonfaloniero colgó de un poste.
JULIETA. «No perdí el hábito de hablarte, pues palomas hay, Julieta, tan vecinas mías en Siena. No perdí el hábito de oírte, tórtola de los ojos entreabiertos de la mañana, y pues ya por corazón, ordena ir y venir mi sangre un fatigado vaso de memorias… Aprieto lirios contra mi pecho, y digo: ¡Julieta! Entro soñando en tu cámara, y el polvo que me cubre, ceniza de rosas que de tu amor crecieron en mí, para morir tan pronto como dejaste de mirarlas, es una tierra negra y fría que hace de mí un muerto desenterrado. Fantasma soy de los días idos, y por eso no me ves, ni escuchas mi paso como una sombra por entre la hoguera de tus brazos, y me rompo de sed, entonces, y vuelvo en mí, aún más fatigado del trabajo de resucitar a través de un sueño mi carne y el alma tuya. Quien hace en lo oscuro tales vasos como nosotros, Julieta, debía de cuidarse mejor del vino con que los llena.»
Hay ahora, al margen, y en tinta roja, una nota del sochantre, que dice: «Aquí empezó a anochecer, y comenzaron a mostrarse los esqueletos».
JULIETA. (Sigue leyendo.) «¿Podrías con tus pequeñas manos perfumar el aire en la noche y enviarme una memoria de canela en la brisa?»
Las manos de Julieta, a la luz de la linterna, se ven descubiertas de carne. Julieta, horrorizada, deja caer la carta. El coro estalla en grandes gritos y lloros, que repite la gente que está en el atrio, mezclándose lo argumentado con la vida.
CORO. ¡Los suizos se fueron porque venía la peste! ¡No traía amor, que traía peste! ¡La peste negra! ¡Vino la peste de Siena!
Toda la compañía es ahora un haz de esqueletos contra el tapiz del fondo.
CORO Y GENTE DE COMFRONT. ¡La peste! ¡La trajeron los cómicos! ¡La peste negra de Italia! ¡El amor traía la peste en los huesos! ¡Mirad la muerte! ¡La peste! ¡La peste!
Huyen el coro y la gente. El atrio queda desierto. El caballo en que había venido el Correo, es un esqueleto de caballo en medio del atrio. Es el La Garde, del coronel Coulaincourt, quien de un salto, desde el tablado, se lanza a él, y sale galopando en la noche, levantando chispas en los pedruscos del atrio. Siguen oyéndose gritos y se ven luces correr por los caminos.
CORO Y GENTE. ¡La peste está en Verona! ¡La peste está en Comfront! ¡La peste en el mundo!
Los difuntos ganan la carroza, y Mamers la hace salir por el atrio, al galope de los dos esqueletos de caballo que estaban entre varas. De un rincón del atrio, después que la carroza se perdió en la curva de la villa, sale una niña, una mendiga harapienta, que se acerca poco a poco al pie del poste de la linterna, coge el papel que dejó caer Julieta en el suelo y se pone a leer.
NIÑA. No hay nada escrito, no están aquí los lirios apretados contra el pecho ni las memorias de canela de la brisa. ¡Ah, por este otro lado sí! (Leyendo.) «Alcaldía de Comfront en Landes. Licencia al guardarríos Chaillot, alias Braque, para casarse con la ciudadana Bonet, alias Fleur Tranquille, el seis de Floreal. Un franco por la licencia. Licencia a la Vieja Goman, para recoger los cagajones perdidos en los mercados de los jueves. Gratuito. Licencia al sastre Terne para poner botones nacionales en los culotes. Dos francos».
Una vieja ciega se va aproximando a la niña, guiándose con el cayado por el suelo.
VIEJA. Niña, niña, ¿vuelven a dar limosna de pan en Lanrival los sábados?
NIÑA. ¡Mi madre, mi madre, no había Romeo, ni memorias, ni lirios!
Llora la niña abrazada a la vieja ciega. Un viento que pasa, abate el tapiz de fondo sobre el tablado.