V
—LA historia que voy a contar —comenzó a decir monsieur De Nancy poniéndose de pie, y era él un esqueleto más bien esmirriado e inquieto—, no sería muy propia para que oyese algunos de sus pasajes madame De Saint–Vaast si estuviese viva, pero no importa estando muerta, pues ya no la estimulo con mis novedades ni es verdad que presuma en lo que voy a contar de mi primera juventud, de armas eróticas. Mi madre, que había venido a Dijon desde el Hospicio de Baune, colocada para reformar bragas en los capuchinos de Saint–Maximien, tras variados amores terminó de pupila en un tapadillo que en la villa ducal tenía un peinador marsellés, detrás del repeso de la carne. Nací yo; y no se supo de quién, pues entonces no tenía mi madre cortejo fijo, y el peinador marsellés decía que yo sería de cualquier pobre aliviador, pero ella insistía en que debería de ser de un viejo tabernero que se acercó por allí en una noche de lluvia e incluso había perdido una capota de doble ala, y argumentaba mi madre con que desde aquel día le había quedado, dispensando, un sofoco vespertino con mareos, que le hizo darse cuenta de que estaba grávida. El tabernero si fuese sólo bebedor de vino o joven, tal vez no creyese en los indicios que me lo señalaban por padre poco menos que escriturado, pero como gustaba de aguardientes y ratafías, ya era viejo carcamal, y la mujer que tuviera lo había dejado por un cabo dragón, alegando que no le cumplía el débito conyugal…
—Que en Lorena es causa remisoria —apuntó el escribano de Dorne—. Con permiso de la concurrencia, el texto romano dice: Nox plaena in hebdomada, que se traduce por «una vez por semana» cuando menos.
—Al tabernero, digo —prosiguió el verdugo lorenés—, le pareció fácil creer en aquel mérito de hacerme en una tarde de otoño y con tan poca alarma, y dijo que sí, que sería, y hasta me reconocía el pelo que yo traía, tan negro y espeso, semejante en un todo al de un hermano que había tenido que detentaba desde hacía nueve años la plaza de monsieur De Nancy, por cuenta del Lecho de Lorena, y que era muy apreciado por ser festivo, pues siempre que ahorcaba a alguien en la plaza, desde el tablado que se levantaba hacía señas a los conocidos y alguna gracia a las señoras de la nobleza. Como a mi madre le había salido el partido de un ambulante alemán que andaba mostrando la novedad de una linterna sorda por las ciudades de Borgoña, me dejó en la taberna con el tabernero, que todavía no dije que se llamaba Colet, por mal nombre Caldero, quien me crió muy pronto, avivando mis biberones con un tercio de vino tinto y mis papillas con mediana copa de moscateles, y me ponía encima de la barrica de ratafía de Besançon, y me mostraba a la clientela, bajándome las bragas y gritando: «¿No está pistolero mi pitisú?». Esto era muy celebrado, y Colet, llamado Caldero, aprovechaba así para hacer presente, por intermedio de mis vergüenzas, que él no había sido tan castrado como la mujer dijera, pues allí estaba lo heredado, y de donde no hay no se quita. Y de este lance era de lo que antes dije que no se me tomase por presumido.
Monsieur De Nancy buscó en la cajita una toma de rapé, y esta vez sin ofrecer, pues tal vez no le quedase, o estuviese tan embebido en los recuerdos que se le hubiera olvidado, sorbió en tres tiempos, y con el pañuelo en la mano atendió al estornudo. Le vino este muy cómodo y espaciado, y se limpió, pasando también el pañuelo por la cabeza, como si sudase: costumbres que quedan siempre de la vida.
—Tenía yo, contando a ojo, sobre diecisiete años, y me había puesto garboso, cuando una mañana amaneció en la taberna uno que parecía gran señor. Venía en la posta de Lyon con dos criados, y se presentó como sustituto en Lorena de mi tío, el hermano de mi padre Colet, a quien, en el entretanto, me había enseñado a llamarle putativo un sacristán de las terciarias clarisas de Santa Leocadia. El nuevo monsieur De Nancy le traía a mi padre Colet un reloj de plata, un bastón de estoque y la lámina con los nudos de las horcas reales, dibujo éste de mucho mérito, y con el que mi señor tío, que también digo sería putativo, había ganado el empleo, y que con un perro que se llamaba Mistère, y doce libras flamencas que estaban prestadas a una condesa sobre un aviso que le venía de Pondichery de las Indias, era toda la herencia que quedaba libre de empeños. Lloró Colet, que siempre se llora más a gusto en las familias por los que llegaron alto, y no encontró reparo en que yo me fuese con el nuevo monsieur De Nancy, tanto por estar al lado de la condesa mencionada cuando le llegase dinero fresco, cuanto porque el señor verdugo, que era hombre muy cortesano, me colocaba como aprendiz remunerado. Pronto pudo descansar en mí, pues la mayor parte del día gustaba él de estar leyendo en el Gil Blas y calcetando medias, y le salían muy medidas, con gracias de flores y pajarillos bordados, y por aquel tiempo, y a causa de las sospechas de unos venenos hubo mucho trabajo, y yo aprendí el oficio muy ligero, y se admiraron desde el primer día de lo suelto que andaba para el público en el tablado, y se aplaudió mucho una invención que se me ocurrió, pues con una caña de Malaca ahumada que me había dado como obsequio la condesa del aviso del dinero, soltaba el hierro de la trampa mientras miraba para el cielo y sin quebrar cintura. Me fastidió algo mi amo, que me tildó de mentecato vanidoso. Yo iba por casa de la condesa de las doce libras flamencas, y viéndome tan feliz haciendo los nudos de la lámina de mi tío, y otros que yo inventaba, me pedía que se los ensayase en sus ropas menores, ya fuese enagua, corsé, justillo bomba y todo lo demás que va por debajo y se aprieta con cordón o cinta; ayudaba, pues, a vestir a la condesa, que era gorda y pechugona, muy blanca, y tenía muchas cosquillas, y empleado para vestirla, pronto pasé a ser empleado para desnudarla, pues para que tuviese que llamarme a altas horas preparaba yo unos nudos que nadie sabía deshacer. Enfermó entonces monsieur De Nancy de una tos escatimada, y no podía dejar el lecho, en el que pasaba grandes apuros de hipo y flema. Cuando se murió quedé titulado sin más en su puesto. ¡Cuando salí de la Cámara de recoger los testimoniales, di gracias a Dios que en tan poco tiempo, y tan solazadamente, me había hecho un hombre de provecho!
Quedó monsieur De Nancy un poco pensativo, y extendiendo la mano izquierda a la luz del farol, comentó:
—Del anillo de hierro con las armas lorenesas que me dieron, me quedó algo oxidado un huesecillo de este dedo.
El escribano de Dorne fue el único que se interesó por aquella herrumbre, advirtiendo que él no había llevado nunca en sus dedos cosa alguna que no fuese de oro contrastado.
—Yo, por mi oficio, señor escribano, estaba obligado. Pasé a vivir en una casita en la plaza de la Linterna, y no habiéndole llegado a la señora condesa en aquellos cuatro años últimos el aviso del dinero de Pondichery de Indias, no vio inconveniente alguno en venirse conmigo de ama de llaves, y de casarme, como me pedía, no le quise oír nada, porque era muy dominante en el trato. ¡Vaya que si llego a presentarme en el tapadillo del peinador marsellés con el sobrenombre de conde, preguntando por la Blanca, que era mi madre, no habría poco alborozo! Pero todo el sosiego de que yo disfrutaba en mi casa, heredado, por más, del difunto Colet, llamado Caldero, se torció pronto. La cosa fue que cogieron en Bar–le–Duc a uno que decían que era el Judío Errante, lo que se supuso porque llevaba monedas de Nerón en la bolsa, pintado todo el cuerpo con letras de cábala, y en una gran caja traía cosas para empleos secretos: un espejo con el que se podía hablar en lengua hebraica por las noches, y esto lo atestiguó un prelado que vino de París en una mula sorda, muy placentera de paso y que se llamaba Catalina; una tijera con la que habría que cortarle la perrera al último rey que hubiese en Francia, lo que era una gran traición presupuesta, porque con esto se decía que la Corona acababa, y tenía la tijera unas señas que decían «Fui de Judas Iscariote», y también traía candelas que se encendían solas, y bálsamos penetrantes para hacer oro ocultamente. Todo fue muy propalado. Cogieron, digo, al Judío Errante y pasó las pruebas del agua, del fuego y de la mancuerda, y declaró muy pintados sus crímenes, tal y tal, que pasaba años sin comer ni beber, que andaba veintisiete leguas en un día, y que poniendo el ojo del culo en una pared, bajadas las bragas, veía lo que pasaba en las casas. Esto, creo yo, fue lo que más enojó a los señores de Lorena, porque el acusado daba señas de todos ellos en paños menores, y si tenían piezas de quita y pon. La horca, pues, veníale como anillo al dedo, y después de ahorcarlo, por traición al rey había que partirlo en cuatro. Pero esto último —añadió monsieur con asco—, no era cosa mía.
—Pues es oficio de patente real como otro cualquiera —dijo el escribano.
—En Ruán les silbaba a los caballos, cuando partían a alguno por tiro, el señor vizconde de Kerjean, y la familia del muerto consideraba una fineza que este caballero acudiese. Siempre lo agasajaban —testificó Coulaincourt de Bayeux.
—Yo estaba en lo mío —prosiguió De Nancy—. Fue la cosa que cuatro días antes del ajusticiamiento vino una señora de visita a nuestra casa, tratando de salvar a Ashavero de aquel compromiso, pagando en oro contante el cambiarlo por otro, y ya había pensado en un bohemio que tenía un halcón, con el que andaba por Borgoña y Lorena ganando la vida, que lo soltaba para cazar palomas de trapo que colgaban en veletas, y que dormía, borracho siempre, bajo la puente de Brille. Como a mi marquesa no le llegaban avisos de Pondichery de Indias, y con la filosofía que entonces se hablaba ya se veía que se aproximaban años de escasez para mis artes, y ya se murmuraba de un médico que había inventado una gran cuchilla que caía con mucha pesadez sobre el cuello del penado, me dejé tentar por el saquito de oro, que me lo echaban como cantando en mi mesa.
—¿Y en qué venía? —preguntó curioso el escribano.
—En doblas de Hungría, que es moneda que no admite desprecio. Todo salió de la mejor manera: compré a un sargento de la policía, y una noche de juerga en la guardia del castillo, a cuenta de mi bolsillín, pusimos al bohemio donde estaba Ashavero, que después de las pruebas a que había sido sometido ya no se conocía, ni de carnes, ni de color, y llegó la mañana de la justicia y sacamos al bohemio a la plaza grande, con una caperuza cubriéndole la cara, y era de paño merino, y es privilegio que tienen en Lorena los que mueren en la horca, pagando, eso sí, por él al verdugo. Y ya colgaba muerto el bohemio, cuando se mostró volando en la plaza, que estaba menos que mediada de gente a causa de la lluvia, su halcón, del que nos habíamos olvidado, y se fue hacia donde se balanceaba su amo, y de un golpe de garra le quitó la caperuza y voló con ella. Otros bohemios estaban al pie de la horca para comprar en subasta las ropas del difunto, y conocieron a su connacional, y se echaron a gritar advirtiendo la trampa, y aunque a mí me guardaban los granaderos del Real Auvernia, me acertaron con un cuchillo en la nuca y caí de bruces en el suelo. Estaba muerto… Mi trabajo es que tengo que andar por ahí hasta que ese Ashavero pase a Roma, donde va a instalar una tienda de espejos, y él no es el propio Judío Errante, sino un primo suyo, que era afilador de hoces en Jericó y le había prestado unos cuartos, y anda tras el Judío Errante verdadero, y cada siete años descansa otros siete, más que con otro fin con el de echar cuentas del monto de capital y réditos, en los que es muy religioso. Cuando pase a Roma, que será para el año que viene, yo podré volver a mi tumba, pero por ahora tengo que servirle de testimonio con el Judío Errante de que este es el primo, y que no ha sido ahorcado en Nancy, que el verdadero Ashavero cree que sí, que lo ha sido, y que la deuda está ya cancelada. Mi afilador es un hombre muy cumplido. Me sale a los caminos y me da saquitos de rapé de Lyon. Yo siempre fui cortesano de trato, y ando ahora muy fastidiado, pues es sabido que los verdugos, cuando mueren, tienen vedado el reír. ¡Quién me lo iba a decir a mí, este prohibitus, con lo que me tentaba la risa en las otras alamedas de la vida!