I
ATERIDO se sentía el señor sochantre de Pontivy al levantarse tan temprano, y más todavía en un tiempo como aquel, vestido de cierzos de la Mancha, lluvias frías atlánticas y calladas y heladas nieblas del río Blavet, que impedían que el sol brillase en el mundo. Sin salir de la cama, muy surtida de mantas, calzaba las medias de lana de Vitré, bien teñidas de morado con palo de Sicilia; se ataba al cuello el babero planchado de almidón, arrojaba el gorro de dormir, se acomodaba el solideo, y aclarándose con el rapé matutino, saltaba del lecho estruendosamente, pateando el suelo, gritando en latín, estornudando, llamando a madame Clementina mientras se apretaba las cintas del calzón de delantal y abrochaba el chaleco de botonadura roja, y por si madame no le había oído, se ponía a repicar la campanilla como acólito en Pascua. Y entraba madame Clementina con sus rizadoras de boj puestas, palmeando como en el teatro porque el señor sochantre se había levantado temprano y tan valiente en aquella cruda mañana, y se arrodillaba para abrochar en la canilla los seis botoncitos de plata del calzón del sochantre, y mientras lo hacía, el sochantre apretaba las rizadoras de boj en la cabeza de madame Clementina, pues siempre se le antojaba que estaban algo flojas. Todas las mañanas se repetía esta fiesta. El señor sochantre hacía unos maitines de huevos revueltos y media botellita de Chinon, eructaba por consejo del médico, cacareaba un poco para comprobar como iba de solfeo, vestía la casaca, se envolvía en el manteo, y con la caja del bombardino en la mano corría para llegar con tiempo al coro de los racioneros de San Maclou. La niebla en harapos, llevada por el viento por las estrechas calles de la vieja villa, os hacía creer que os encontrabais con pasajeros envueltos en capa de ceniza. Como el sochantre vivía en la calle de los Vidrieros, al pie del castillo, llegaba muy rápidamente a la iglesia. En el coro tenía misericordia bajo el gran escudo en madera de Indias, roeles gules en sable de los almirantes de Tréboul. De echar la cabeza un tanto hacia atrás, dormitando una siesta en el coro de vísperas, él y sus antecesores en la ración, por no ser tonsurados, habían borrado con la pelambre de la coronilla la palabra orae del lema militar de los viejos piratas: Efodi oculos orae maritime. Tomaba el bombardino, y tocaba la marcha de reverencia, que saludaba la llegada del colegial mayor. Su Señoría era un viejecito etiquetero y tosedor, y llevaba el compás de la música como en un baile, precedido de pertiguero con vara de plata y seguido de monaguillo con almohada de terciopelo amarillo, para cuando el colegial se arrodillaba. Mientras tocaba el bombardino, contemplando la almohada, más de una vez le viniera a las mientes al señor sochantre la semejanza que aquella tenía con el prominente pecho de madame Clementina, con mayor motivo porque ésta era muy aficionada a peinadores amarillos con borlas; y de eso pasó a imaginar que, del mismo modo que el colegial asentaba las rodillas en la almohada, podría poner él las suyas en las mantecas de madame Clementina, cuando ésta se bajaba a abrocharle los botoncillos de plata en las canillas. Tales fantasías, y muchas otras que se dirán, eran las que determinaban la pereza de nuestro sochantre, tanto más que no osaba convertirlas en realidades. Lo llamaban para responsar y tocar el bombardino en casi todos los entierros importantes en Bretaña. Pensaba en reunir en poco tiempo un pequeño capital, y gustaba de contar precavidamente, a la media noche, en su cámara, las monedas de oro. Despertaba, por ejemplo, una mañana de nieve, y se daba a imaginar que había llegado el verano y que salía a pescar truchas por las riberas del Blavet, tan ricas en cerezos; o quizás, si alguien moría en Savenay, se acercase a Nantes para saludar a una prima que allí tenía, o continuase camino para satisfacerle el gusto a un amigo flautista en Angers, que deseaba que diese un concierto en el pazo de un marqués. Y cada viaje de estos lo hacía punto por punto medio adormecido aún, y a las veces se le iba el hilo, mientras otras se le hacía un nudo y estaba dos o tres días deshaciendo aquella desgracia o entuerto que sólo en su magín había acontecido. Y cuando podía procuraba avivar aún su imaginación de perezoso con oscuras novedades y secretas correspondencias: el morado de sus medias teñidas con palo de Sicilia, le gustaba tanto por la finura del color como por el olor a violeta de las medias nuevas; de aquí pasaba a llamarles sicilias a las violetas, y Violeta a una mademoiselle Cecile que poseía una tienda de guantes en la calle de los Arcos. Todos estos viajes, y muchos otros, fortunas, negocios, sermones, amores, triunfos y derrotas, montaba el sochantre De Crozon en la cama, esperando el último minuto para saltar del lecho y correr al coro. Y en estas imaginaciones lo sorprendió la Revolución de Francia, y porque se había hecho muy visto con la nobleza, había comprado una fuente que era de pobres en el barrio viejo y cobraba por cada herrada un ochavo, había llevado a juicio ante el senescal de Vannes a un zapatero que le escamoteara unas hebillas de plata, y no perdonaba la partícula delante del apellido, se difundió que el sochantre era un «aristó» de los más duros, correo puesto de los príncipes, y que en el entierro del capitán De Rochefort–en–Terre no había tocado la marcha acostumbrada, sino otra a base de señales para los señores realistas, que estaban afilando las espadas en la sombra. A causa de todas estas sospechas se atribuló De Crozon, y pensó en abandonar Pontivy por Nantes, donde amanecería en casa de su prima, haciéndose pasar por un músico holandés que había perdido el equipaje. Esto si el zapatero de las hebillas, que había comprado en Saint–Brieuc un gorro frigio, no venía a sorprenderlo, y allí mismo en su cámara le cortaba la cabeza con la cuchilla del oficio. Ya veía el sochantre su cabeza en una pica por las calles de Pontivy, ¿y cómo haría el zapatero para bajar por las escaleras con la cabeza clavada en una pica? Si llevaba al hombro la pica, seguramente que la cabeza tropezaría en el techo bajito, que la casa era antigua; bajaría con ella como para una carga, tal vez cuidando de que no le cayera el solideo; tres o cuatro días llevaba el sochantre en su imaginación ayudando al zapatero a salir con su cabeza por puertas. Aunque quizás se arreglase todo. Cuando finalizase el entierro en Quelven, él subiría al altillo para conocer sus manzanos, a contar éstos, y para la Ascensión del Señor llevaría una tortilla de hierbas y una botellita de tinto, y haría el almuerzo bajo las ramas floridas de su pomar famoso. Pensando en esta fiesta que a sí mismo, olvidándose de que era aún enero, se preparaba para mayo venidero, despachó en un vuelo el desayuno, y cumplimentado por madame Clementina, que le aconsejaba que abrigase las orejas, con la caja del bombardino en la mano salió a la calle el señor sochantre.
La niebla era espesa y baja, y cegaba la calle. No se veían los arcos de la casa de Gramática, que estaba frente a frente, y el farol de la esquina no era más que un gusanito amarillo perdido en aquella mansa espesura. Siempre le enviaban al sochantre caballo alquilado, y su preferido era un percherón que atendía por el nombre de Lisón, porque le había entrado la manía al sochantre de que el capón aquel gustaba de oír el bombardino. Pero aquella mañana no estaba el caballo arrendado a la puerta, ni Cuvet el guardapostas para sostenerle el estribo, informarle de las novedades que corrían y contarle de los viajeros que habían llegado la víspera en la diligencia de Auray, todos estos servicios en pago de una toma de rapé más que mediana. Estaba, en cambio, un hombrecillo con gorra de piel de nutria, como cazador de los llanos del Vilaine, envuelto en capa corta, en la mano izquierda un farol de aceite y en la derecha una tralla rizada de siete nudos.
—¡Tenga buenos días el señor sochantre! —dijo con voz alegre y amiga, levantando el farol a la altura de la cara del señor De Crozon—. Me llamo Mamers el Cojo —añadió— y mis señores amos están esperando a Vuestra Señoría en su carroza, en la plaza del Peso, para llevarlo a Quelven al entierro. Son gente principal de Bayeux y otros lugares, parientes del gentilhombre difunto.
Y sin esperar respuesta del sochantre, el hombrecillo se echó a andar calle abajo, camino de la plaza del Peso, bastante más deprisa de lo que nadie creyera de un cojo tan cabal: parecía en la niebla una lancha a favor de las ondas, que llevase en la popa una luz de seguro. La calle se le hizo muy larga al sochantre, siempre siguiendo la escasa luz del farolillo, y le resultó desconocido el piso, y no sabía por qué parte andaba. Quizás ya habían dado la vuelta cabe las montas de San Propósito, e iban atajando por el callejón de la Sierpe. Nunca se había atrevido a bajar por aquel callejón donde estaba la mancebía de la Ruanesa. Le pareció oír algo de música, un laúd que tremolaba una serenata fina, pero no podía ser en la Ruanesa, que ya pisaba las grandes losas de la plaza del Peso. Nunca se había visto en Pontivy una bruma así. Se detuvo el cojo del farol, y por entre los paños de la niebla venía acercándose otra luz y era una linterna de papel que portaba un hombre muy alto y muy flaco, de espesas barbas, roja casaca militar abotonada hasta el cuello, tricornio con plumas, y al andar hacía una gran sonanta de espuelas.
—¡Señor sochantre, ya era hora! ¡Me llamo Coulaincourt de Bayeux y soy pariente del fallecido, lo que no es gran noticia, porque todos somos parientes de todos los difuntos!
Tenía una voz cavernosa y áspera, y una mirada sombría con aquellos sus ojos negros perdidos en el fondo de la calavera. ¿De la calavera? Con la niebla, pensó el sochantre, no se puede dar crédito a nada.
Ya habían llegado a la carroza, y Mamers el Cojo, descansando el farol en el suelo, sostenía el estribo.
—¡Suba, señor sochantre, que tiene reservado asiento de honor atrás, a mi lado! —dijo desde el interior de la carroza una voz de mujer, y le sonó a De Crozon muy graciosa y fresca.
Subió el sochantre a la carroza, y aún se veía menos dentro que fuera. A su derecha se sentó aquel larguirucho de la casaca militar, y por tanto él a su izquierda llevaría a la dama de la invitación. En el asiento delantero iba gente, quizá cuatro personas.
—¡Adelante, Mamers! —ordenó una voz.
—¡Jo, Blanc! ¡Jo, Colin! ¡Zus, La Garde! —gritó Mamers en el pescante.
Y la tralla silbó antes de estallar seca en el tiro. Saltó la carroza y empezó el viaje. El sochantre llevaba apretada contra el pecho la caja del bombardino, y averiguaba en la oscuridad de la carroza, aspirando despaciosamente, de qué iba perfumada la dama desconocida.