Charles Anne Guenolé Mathieu de Crozon, más conocido como sochantre de Pontivy, nació el día de San Cosme, del año mil setecientos setenta y dos, en la villa de Josselin, en la dulce ribera del río Oust, en Bretaña de Francia. Su padre era de aquellos más naturales De Crozon del solar de Paimpont, que disfrutaban —por privilegio con patente— del derecho a correr con un pañuelo verde por las calles de Rennes gritando que venía el Rey, cuando el Cristianísimo escribía que iba a visitar Bretaña, aunque después no lo hiciese. Tenía de vidrio el ojo izquierdo, y se lo había tallado en Chartres un alemán: era una lucida pieza azul con fibras de oro. Su madre procedía de Angers, de una familia de magistrados; era una mujercita muy bella, pequeñita, de poca salud; para curarla de un flato suspenso que le quedó de un mal parto, el médico le había recetado aguardiente con quina, y habiéndole tomado gusto a la medicina, se aficionó a la bebida; murió al poco tiempo, cuando Charles Anne, su único fruto logrado, contaba once años de edad. El padre dejó el gobierno de la casa en manos de una criada que dio mucho que hablar en su tiempo en la Bretaña y en el Contentin, porque a los dieciséis años, vestida de hombre, se había alistado en la Real Artillería, diciendo que se llamaba Louis Joseph y era sobrino muy apreciado de un sastre de Quimper. Decíase que había puesto tanto empeño en hacerse pasar por hombre cuando se hallaba bajo banderas, que hasta llegó a salirle bigote. Cuando fue descubierta, pasó a las cocinas del marqués de Laval, donde se le concedía gran mérito porque presentaba la carne enrollada en dos trozos, semejando un cañón con sus ruedas. Pero la grandeza se cansa pronto de las novedades, y la artillera hubo de andar de cocina en cocina, perdiendo puntos, hasta terminar en la de monsieur De Crozon, el Bizco, sin que, pese a tanto cambio de casa, hubiese extraviado media docena de balas de cañón, de hierro impuesto, que empleaba para asegurar las puertas mayores, para mazar el pulpo y la carne una pequeña, de bombarde de gilet, y una mediana para jugar a bola en un prado trasero, arrojándola de aquí para allá. Crozon el Bizco siempre andaba de caza con sus parientes mayores, y la casa y el pequeño descansaban en la artillera, quien determinó hacer músico a Charles Anne; sentía lástima del chiquillo, que había heredado la debilidad de la madre, salvo en la voz, que a los nueve años ya la tenía solemne y eclesiástica. La artillera le compró al muchacho una trompeta de alarde, que tenía en la bocina las armas de la Infantería de Lorena. Había en Josselin un italiano tocador de viola y maestro de baile, quien advirtió en seguida que Charles Anne no disponía de alientos para tan militar y duro metal, y que le iría mejor un bombardino de tres cuartos que había traído de Nóvara, y era muy adecuado instrumento para gente hidalga; aun en una señorita no sería mal visto. Aprendió, pues, Charles Anne bombardino y danza y unos rudimentos de latín, y como a causa de las comidas de la artillera —casi siempre garbanzos, judías y habas coloradas con tocino, legumbres todas estas a las que la cocinera de cañón llamaba balines—, le había seguido engrosando la voz, cuando quedó vacante la sochantría con menores de Pontivy, lo presentaron para cubrirla sus primos segundos, los señores almirantes de Tréboul. La artillera rompió a llorar cuando lo supo, ya que ella había criado, decía, a su pupilo para plaza montada en el Regimiento Navarra, y siempre lo traía vestido de azul y amarillo, que eran aquestos los colores bearneses; cogió la criada la trompeta y las balas, se marchó de Bretaña con el enfado, y cuentan los más que bajando a Italia se hizo pasar por vecino del cantón de Lausana, y firmó por siete años por suizo del papa… Monsieur De Crozon el Bizco contrajo matrimonio con una camarera sorda de Rennes que poseía ovejas en los pastizales del Rance, y Charles Anne, que por entonces cumplía veintidós años, se trasladó a Pontivy como sochantre racionero de la Santa Colegial Capilla. Vivía en la calle de los Vidrieros, hospedado en casa de madame Clementina Marot, viuda de un ministro tambor de los Estados. En la sala de visitas se hallaba colgado el tambor del finado, y en el parche, un pintor inglés que estaba de paso casualmente cuando murió monsieur Marot, pintó al difunto muy decente, y los mostachos que el ministro portaba en el retrato eran los suyos propios, cortados con gran esmero por la viuda antes de cerrar el ataúd, y pegados pelo a pelo con goma arábiga en el parche.

Fue en casa de madame Clementina donde se hallaron las libretitas con tapas de piel de conejo que me sirven ahora para escribir estas crónicas, tomando lo más de lo que en ellas estaba apuntado; en estas crónicas van puntualmente relatadas las aventuras que corrió Charles Anne desde el año mil setecientos noventa y tres a mil setecientos noventa y siete. La cosa comenzó saliendo Charles Anne con su bombardino, una mañana de niebla y helada, a tocar en el entierro de un vecino de Quelven, que le había dejado una manda en el testamento. La manda consistía en un pequeño manzanal en un alto; siempre había ansiado el sochantre poseer un pomar en la ribera.