VI
—MI padre —comenzó a contar el médico Sabat, y tenía voz de mando, aunque hablaba cansado y como con disgusto—, vino de Inglaterra a Francia a comprarle a mister Franklin americano una caja de música que había inventado, y que le llamaban «la grande armónica». Al lado de ella el aristón no vale nada.
—El aristón es muy variado —apuntó el sochantre.
—«La grande armónica» funciona con rueda, y es como un órgano solemne, señor bombardino. ¡El señor Franklin, que inventó el pararrayos, no iba a inventar, haciéndose músico, un silbato de capador! Mi padre, digo, traía su capital en su bolsa y en una letra doblada para un banquero de Caen, y allí al lado, en Mezidon, estaba mister Franklin buscando con veletas y globillos el arte de atraer la chispa. Ocurrió que tan pronto como llegamos, mi padre y yo, servidor un mozalbete de catorce años, a la villa de Caen, enfermó mi padre de un tumor de hígado, y se le puso la bilis negra y melancólica, se le produjeron dos vómitos, y se murió. Estábamos en casa de un médico algo pariente, quien me aconsejó que con el dinero y la letra que traía mi padre era mejor que no comprase «la grande armónica», y ya que él tenía mucha clientela, que me hiciese médico en Montpellier, pasase a Roma a aprender la ciencia del láudano y cuando regresase a Caen, me prohijaba y traspasaba la clientela. Yo dije que sí a todo, me mostré agradecido, y salí hacia Montpellier muy recomendado. Me hice mucho de notar tanto porque pasaba por rico, como porque era inglés, y yo propalé que de la católica nobleza en destierro, lord John Sabat de Howe, y por la robusta planta y el vivo entendimiento. En cuatro años pasé el grado de médico, y aun seguí un semestre de flora medicinal, y dio que hablar una memoria que hice sobre el Folium dictamini cretensis como remedio contra las heridas de armas blancas, y fui el primero que expuso en tratado el Electuarium quinae ferruginosum. Yo anunciaba que iba a seguir a Roma para aprender la ciencia del láudano, pero dejaba entrever que allí me ocuparía de política, colocándome poco menos que como Pretendiente de Inglaterra. Hasta fingía que recibía cartas que traían por dirección «Al Caballero de San Jorge, en Montpellier».
—Todos los presumidos somos lo mismo —comentó el escribano.
—Depende eso de los humores de la imaginación. Recibido que fui en el Gremio de Montpellier, y el hilo de mi bonete era oro fino rizado, al despedirme de una viuda que me servía de acomodo a escondidas, me dijo esta que porque me consideraba su enamorado nunca me había pedido ni un chavo, que tampoco necesitaba, pues tenía un nepote romano que venía cada dos años a Rocamador en romería y la dejaba surtida, y que si quería que me daba unas letras de presentación para el tal nepote, que se llamaba don Juvenilio Caraffa, y era muy conocido en Roma. Y todo lo que me pedía mi viuda es que si algún día yo iba a reinar en Inglaterra, que la llevase de ama de llaves, y que se lo dejase escriturado. Le escrituré lo que quiso, y hasta le señalé paga para aquellas calendas. Fui, pues, a Roma, y me encontré muy bien recibido por don Juvenilio, que era un viejo muy festejador y burlón, y su hábito consistía en hablar de niñas y estar con ellas. Empujar, digo yo que ya no empujaría nada. Me mostró don Juvenilio un libro que tenía muy antiguo, y que se lo había dejado a guardar César Valentino a un bisabuelo suyo de los Visconti de Modrone, y que era la ciencia de los venenos secretos áureos y térmicos, y porque se lo rogué mucho, me dejaba leerlo en su cámara y anotar en apuntes los compuestos. A escondidas envenenaba yo gatos, perros, palomas, conejos, árboles y raíces, y sólo vivía para los envenenamientos. Un día envenené a don Juvenilio Caraffa para quedarme con el libro del Valentino, y después, por diversión, a alguna gente de poca monta, de la que no fuese muy notada la falta. Pasaba yo también en Roma por un inglés rico y secreto, y calculo que un clérigo irlandés que vino a visitarme, venía de parte de la policía del papa para averiguar quién era tan destacado caballero de Inglaterra, cuál su política, y dónde nutría la bolsa, pues la tenía fácil y nunca se veía vacía.
—Yo soñaba con una bolsa como esa y mandé hacer una de piel de nutria, almohadillada de lana —intervino el escribano—. Puse en ella un peso de Acapulco y una lira de oro de Pisa, por si procreaban. El oro es el vecino más misterioso que tiene el hombre, ¿y quién sabía? Pero no debió de haber fornicación.
—¡Sería una famosa familia, señor escribano! Decía yo que los ensayos de los venenos no me dejaban ni dormir, y por hacerme conocer como inglés de tan alta sangre y mantener conmigo tantas secretas conversaciones políticas, llegué a darme crédito a mí mismo, y ya pensaba en salir para Inglaterra y dedicarme allí a envenenar, y con una gran fortuna que calculaba llevar de Roma, levantar partida en caminos y villas, y ya me veía ungido John Sabat, rey de Inglaterra. La fortuna iba a reunirla en Roma envenenando las fuentes una mañana, y entrando en las casas de los muertos ricos a recoger diamantes, perlas y oro. Para insacular este tesoro me puse al habla con un guarda que había en la iglesia de San Lorenzo extramuros, y que había sido un gran bandido y ahora hacía vida penitente, pero seguía, decían, siendo el patrón de los bolsilleros, ladronzuelos, bidone, y demás especialistas de la caquería romana. El guarda, que era un viejo cojo, muy áspero de condición, tardó en incorporarse a mis deseos, que eran los de que me pusiese por criados la mañana del envenenamiento a veinticuatro de los suyos más despiertos, que trabajasen a la parte para mí. Por prometer yo prometí que las partes se harían desde el púlpito mayor de San Juan Laterano, y la medida sería el ferrado de Lombardía, que es el único en Italia que no es al raso. Insistía tanto con el viejo para atraerlo, y le llevaba obsequios de bebida fina por la noche, y fettucine espumados de manteca, y fritto misto —que le hacían babearse de gula—, y le hablaba tanto de mis historias, cómo procedía de Ricardo Corazón de León, de cuyo rey había leído él una novela, y cómo haría una coronelía de brigantes en Inglaterra con el propósito de conquistar el mundo, que el cojo aquel, que se llamaba signor San Giuseppe, resolvió que metidos a envenenar las fuentes de Roma lo mejor era envenenar también las vaticanas y quirinales, y principalmente una que hay en el Gianicolo, en el claustro de San Onofrio, de la que le llevaban cada mañana un porrón al papa para sus sedes. El viejo no decía nada, pero yo bien veía que iba corriendo a ensillarse en la gestatoria y ponerse de tiara. Al principio esto se me hizo cuesta arriba, pero yo estaba cegado con mis ensueños, ¿y qué me iba a mí, que había nacido en la Protesta de Inglaterra, que aquel calabrés llegase a papa? Y una noche en que me preguntó si yo, con mi ciencia y memoria de las historias romanas, sabía si había habido algún papa que fuese cojo y de cual pierna, ya se me declaró. Tenía el señor San Giuseppe por segundo en el mando de los cacos a un tal Nettuno, que trabajaba en la puente del castillo de Sant’Angelo, y por el verano en la Piscinula y en la isla tiberina, junto a la iglesia de San Bartolo, y este Nettuno había sido criado de un sastre de los rabinos de la sinagoga que está allí mismo al lado de sus cosechas de agosto, cabe puente Fabricio, y el sastre le contaba a su criado Nettuno que en un pozo que había donde fue el ninfeo de Nerón, estaba escondido un cirial de oro, y cuando hay nuevo papa, de noche va el clérigo más viejo que hay en Roma al pozo, y no lo disturban las aguas, y coge el cirial y viene con él encendido hasta el Vaticano, y si el papa nuevo lee a su luz en el Nuevo Testamento, ábrase por donde quiera, es que el papa es verdadero. Nunca hubiera contado Nettuno esta historia romana, pues se le antojó al viejo cojo que había que robar el cirial y cambiarle la vela, para que no fuese descubierto al llegar al papa. Estaba yo más loco que él cuando me ofrecí, siendo como era gran nadador, a bajar al pozo del ninfeo neroniano y coger el cirial. Y allí me fui una noche, con un barbero del mayor de los suizos, que también era de la cuadrilla y ojo pagado del embajador de Portugal, y conocía el pozo y sus entradas, pues una tía suya había vivido en aquel lugar, curtiendo pieles de gato del vecino Coliseo. Dimos pronto con el pozo; la noche era escogida de luna llena, y el agua un gran ojo en el fondo. Cuando la luna brilló en el agua, siendo las doce en punto, se vio muy bien el cirial, arrimado a la pared del pozo, menos de tres cuartas partes sumergido, y era un oro verde y luciente. Bajé despacio, agarrado a una cuerda; era algo corta, y tuve que soltarla cuando el agua me llegaba a la cintura. Ya dije que era gran nadador y que en el mar traía arena del fondo, de más de siete varas y pico. Buceaba en aquella agua, que estaba tibia, y el cirial se levantaba cuando yo me acercaba a él. En una vuelta lo cogí, y ya no pude soltarlo. El cirial tiraba de mí hacia el fondo, cada vez más hacia abajo. Mi lucha con el cirial debió de durar horas; al fin, el cirial me pegó con el regatón en el pecho, y se separó de mí. Lo vi subir, del mismo modo que sale el sol en los amaneceres claros de abril y mayo. Yo estaba en el fondo del pozo, derribado. Estaba ahogado. ¡Y lo que son las cosas! No bien me vi ahogado, un muerto enfangado en la cuba del pozo, todo se me volvía decir, como si pudiese gritar: «¡El rey de Inglaterra ahogado!». ¡Gran noticia para las gacetas!
El médico desabrochó la casaca y el chaleco, y mostró en la camisa una mancha de sangre, que ya estaba negra.
—Aquí fue donde me dio el cirial el golpe. A mi lado, en el fondo del pozo, estaba un joven sentado en una gran piedra de mármol, vestido a una usanza antigua. Apoyaba los codos en las rodillas, y descansaba el rostro entre las palmas de las manos. Debía de llevar allí muchos siglos. Clavó la vista en mí con una mirada muy grave. Poco a poco se fue levantando, como si le costase mucho trabajo, se arrimó a unas piedras latinas y columnas que allí estaban derribadas, y sin decir palabra, moviendo con el pie aquel montón de labra romana, descubrió una salida. Yo estaba todavía acostado en el fango, en el fondo del pozo, y al abrirse aquel túnel las aguas comenzaron a correr y me llevaron como lleva el río una hoja seca. Amanecí en las arenas de Mont Saint–Michel, estando la marea baja. Uno de gran sombrero de ala ancha me daba cachetes en las mejillas.
—¡Llevo un año esperándote, amigo! —me decía riendo a carcajadas.
La voz me era conocida. Abrí los ojos y quedé atónito. Era don Juvenilio Caraffa, el nepote romano.
—Estabas equivocado, Sabat —y se burlaba hablándome—. Yo era un demonio, ¡hombre!, y me fastidiaba que me pusieses los cuernos con la viuda de Montpellier. Ahora estate por ahí, que yo voy a llevar la imprenta a Cuba, en lo que invertiré un año, y cuando vuelva ya te encontraré en la encrucijada de Huelgoat, e irás conmigo para abajo, donde tendrás acomodo, que está aquello falto de sangradores, desde que murió Rufo de Segovia, que desde niño bajaba en vida a hacer sangrías al Infierno. Utilizaba lanceta toledana, que es muy dura. Tú estás más a la moda, y vas a ser muy apreciado. ¡Igual entras en la caballería del rabo, señor rey de Inglaterra!
—Por San Martín vuelve de Cuba don Juvenilio Caraffa, y yo paso a la cueva de su mano, y ando disgustado, porque conocí al difunto boticario de Metz en un campo vecino de Grenoble, que andaba buscando la Cotula aúrea linneana variedad macho, y me dijo que abajo no valen titulados de Montpellier, y que por mucho birrete de hilo de oro que ponga, y siempre lo llevo en el cabás, nadie me evita examen de lanceta de Lyon y limonada purgante.
Se levantó el médico Sabat, y le pidió a madame De Saint–Vaast muy seco que le dejase su cabás, en el que madame se había sentado para hacer la tertulia, y lo abrió y sacó de él, muy envuelto en un pañuelo de seda blanca, su birrete de Montpellier enhilado de oro. Puso en la monda calavera aquella tan solemne cobertura y se ofreció en dos paseos a la admiración de los presentes. Y a fe que le caía bien.