VII
AQUELLA pequeña luz que decían que era Guy Parbleu, comenzó a hablar muy sosegadamente, con una vocecilla atiplada, tras toser un poco, desde la cadena en que se balanceaba, pues también al criado del Demonio, silencioso todo el tiempo, fuera del castañeteo, le había llegado el turno de contar su historia. Todos estaban muy atentos, levantando las calaveras para verlo, y el coronel Coulaincourt de Bayeux ponía en el sobrecejo una mano de visera.
—Contaban que amanecí una mañana del mes de la siega a la puerta de un zuequero en Redón. Este, que se llamaba Levejean, no era mal hombre, sin despreciar a los presentes, y me crió como pudo, sin que le ayudase la mujer, a la que se le había metido en la cabeza que yo era el resultado de un tapujo que el zuequero había tenido no se sabe dónde. A otros el hambre les hace adelantar años en entendimiento, bien lo sé, pero a mí las privaciones y el frío que pasaba me habían atontado. Tenía nueve años y podía pasar por de cuatro a cumplir en el próximo enero. La tía Levejean me enseñó a salir a la diligencia de Nantes a pedir limosna, y nunca aprendí a guisar adecuadamente las pláticas que me enseñaba para ablandar cristianamente los bolsillos de los pasajeros ricos. Yo sólo sabía, decir: «¡Somos gente pobre! ¡Somos gente pobre!». Al llegar a casa tenía que darle a ella, sin que viera el marido, las limosnas conseguidas, y todavía me registraba y me ponía en cueros en la cocina. La verdad es que esto terminó un día en que percibió que ya me brotaban unos pelillos en el empeine. Le dio por reírse, y me dijo: «¡Vaya con mi gorrión, que ya va emplumando!». Desde entonces hasta me parece que me cobró algún afecto, me obsequió por Pascua con unos zuecos nuevos, y cuando había bebido algo me pedía que la besase detrás de las orejas, lo que no estorbaba para que si volvía sin nada de la diligencia, me pegase. Siempre pensé que aquella airada no regía. Poco cundía yo en mi crecimiento, pero iba espabilando, y me aficioné a ocultar entre mi pelo, que lo tenía largo y crespo, alguna que otra moneda, pegándolas con la pez de sacar brillo a las tiras de cuero de los zuecos, pues se me había metido en el magín el ansia de comprar una gaita. Por la noche, y cuando pasaba la diligencia, y yo corría hasta la puente tras ella, que me gustaba mucho verla perderse en las revueltas del Vilaine con el farolillo encedido en la trasera, iba a recibir lecciones del gaitero del Concejo, que me las daba gratis, y aunque era un gascón brusco, había salido compasivo. En estas estaba, y ya sabía promediar el fol y dejarlo aflojar con el codo sin ahogarlo, cuando llegó aquel ricachón Siete Chalecos a casa de Levejean preguntando por mí. Era un gran barrigudo, famoso colorado de mejillas y nariz, y pierna corta, y venía a buscarme, pues me había visto en la diligencia pidiendo limosna y le gustara para paje de recados, según decía. Indicó que vivía en Le Mans de rentas, que se llamaba monsieur Salomón Capitán, y que era conocido por Siete Chalecos por lo aficionado que era a ellos. El zuequero, que se había acostumbrado a que yo le calentase los pies, no me quería vender, pero el ama Levejean cuando vio los cuatro luises en la palma de aquel rico señor de Le Mans, aceptó en seguida el trato y me expidió un recibo. Lo que no impidió que llorase todo el día.
—Si llego a estar yo allí —cortó el escribano—, le organizábamos un interdicto con la Lex plaetoria de Circumscriptione Adolescentium, que es tan notoria.
—El lino, señor escribano, nació para ser golpeado. Me compró monsieur Salomón Capitán, me proporcionó ropa nueva, y me ordenaba que anduviese siempre lavado con jabón de olor, que era tan aficionado a perfumes como a chalecos. Dijo que tardaríamos aún un año en llegar a Le Mans, y que ahora le era necesario pasar una temporada entre Dinan y Mur–en–Bretagne, y porque ya conocía mi ansia de ser gaitero, que no tuviese pena, que ya se preocuparía de que aprendiese por solfeo, y a cualquiera que me preguntase cómo me llamaba que le dijera que Bernardino. Poco tardé en saber que monsieur Salomón Capitán era un demonio de cuantía, y que el andar demorándose en la tierra de Bretaña era para averiguar dónde se escondería de él un tal mayoral Clamot, que le había robado una valija.
La lucecilla se dejó caer de la cadena, paseó un poco, y si fuese esqueleto seguro que no se vería más claramente que doblegaba la cabeza y llevaba los brazos cruzados sobre el pecho. Subió por las escaleras del púlpito, saltó al águila de piedra de san Juan, y prosiguió el relato.
—Lo que quería de mí Siete Chalecos era que me pusiese una capita corta, de sobremangas, que traía en su maletín, y con ella puesta que entrase en las casas a husmear y no dejase agujero alguno sin espiar, y esto podía hacerlo cómodamente, ya que con aquella capita me hacía invisible. A él, como había engordado tanto, sobre todo de barriga y espalda, no le servía. ¡A fe que le cobré gusto al trabajo! No hay en Bretaña quien pueda contar tantas historias como yo, si me pusiese a ello. Dos años podríamos demorar aquí, y entretenidos os tendría con mis noticias. En una casa, hallándome yo revolviendo en el desván, oí un día gran tumulto y levanté la trampa para ver qué era aquello, y era que llegaba de visita una señora que se llamaba madame Clamot; venía de Montmurán y traía de regalo un barrilillo de aguardiente de manzana y unas tocas de lino para las muchachas de la casa, que eran tres y muy graciosas. Al comienzo de mi oficio yo frecuentaba mucho las visitas de las mujeres, viéndolas desnudarse y cómo dormían, y hasta osaba alguna caricia, aunque monsieur Salomón me lo prohibía, pero pronto terminé con eso, como terminan los aprendices de crema y pasta en las confiterías, por empalago, que se me perdía la ilusión. Corrí junto a mi Siete Chalecos, que estaba estudiando en los naipes las políticas del mundo, y le dije cómo había llegado madame Clamot, cómo le había preguntado por el marido, y cómo respondiera que el mosiú Clamot quedaba en Montmurán con reuma y que este mal le vino de andar tantos años en la diligencia, de Mortain, a la intemperie. Gritó mi amo: «¡Ese es don Caco!», y aquella misma noche, en caballos alquilados, salimos para Montmurán. Mi amo quedó en Caradeuc mientras yo me acercaba con mi capita maga a Montmurán, y en una casa de la calle de los Osterlines di con el mayoral Clamot, que no era verdad que tuviese reuma, al menos que se viese, pues andaba ligero, y encima de la cama tenía la valija de mi Siete Chalecos. El encargo que yo tenía es que me pondría a la puerta de la casa y allí estaría sin moverme, en espera de que pasase monsieur Salomón Capitán y me viese. Vivía el mayoral Clamot encima de una taberna muy afamada, y la puerta de la taberna estaba muy lucida con cuatro enredaderas de lúpulo, que por ser septiembre, estaban floridas y exhalaban un olor precioso. Entré en la taberna a beber un poco de cerveza, y me senté sobre la capita en una banqueta, en donde se me viese desde la calle. De la cabalgata por la noche, yo no tenía costumbre de andar montado, tenía hambre y sueño. Para que me tirase por la cerveza comí unos arenques ahumados y un poco de queso de Fougères, y descabecé un sueñecito, del que desperté porque me apuraban aguas menores. Me levanté para hacerlas en un patio rasero, y ni me acordé de la capita corta, y cuando volví, un sastre que llevaba bebiendo seguido toda la mañana, estaba probándola, metiéndola por las mangas, e iba a hacerse poco menos que aire delante de los que llenaban la taberna, que eran más de diez, contando un clérigo viejo de antiparras y un caporal de los Provinciales de Rennes. «¡Es una obra de mérito, sí, señor!», decía el sastre. «¡Paño Lovaina de dos urdimbres, pasamán parisién!». Y en esto se tambaleó, hizo una ese, logró enmangar la capita, y en el mismo momento en que la enmangaba, se arrimó a la pared, y desapareció por ella. ¡No había más que ojos abiertos en la taberna! Yo quise huir, pero el caporal aquel de los Provinciales me metió el sable entre las piernas, y me hizo dar de hocicos contra el clérigo. Bajaba entonces el mayoral Clamot, y al oír el caso, se puso a gritar que yo sería sacristán del demonio Salomón Capitán que lo andaba persiguiendo hacía años, propalando que le había robado una valija. Me prendieron, y porque me consideraron domiciliado con mi amo en Le Mans, me pasaron certificado a la justicia de París.
—Ahí —dijo el escribano—, también se podría recurrir con la Lex lunia de Peregrinis.
—No conseguí letrado, conté todo lo sabido y lo hecho, trajeron a París al matrimonio Levejean, no fue hallado Siete Chalecos, y recayó sentencia sobre mí de ser quemado en el atrio de Saint–Germain como causante de la muerte del sastre, del que no se volvió a saber más, y de tregua con Satán. Cuando comenzó a arder la hoguera que hicieron, que era principalmente de ramas de roble secas, hasta me gustaba, y decía para mí que no era sin tiempo que pasase algún calor. En seguida me desmayé con el humo, y tal vez no despertase si no hubiese sentido que me cogían fuertemente de las orejas y me escupían en la cara. Era Salomón Capitán, que envuelto en humo, apartando las llamas como quien aparta en el bosque una enramada venía a salvarme, pero no había llegado a tiempo. «¡Sopla fuerte!», me gritó. Soplé, y bien soplado, pues sentí como si yo saliese de aquel cuerpo que allí ardía, y el cuerpo ya no era mío, ni dolía, ni me molestaba el humo. Estaba en manos de monsieur Salomón Capitán, que me decía: «¡Por un nada, mamalón, no llego a tiempo ni de cogerte el aliento!». Y menos mal, digo yo, que salvamos algo. Soy mi aliento, pues, y, castañeteo los dientes porque ya no me acostumbro al frío del mundo después de aquel agosto tan lucido que pasé en la hoguera. Siete Chalecos estaba rabioso conmigo, y me mentaba la familia, lo que no me ofendía nada porque no la tenía conocida. «¡Merecías que te metiese en una lechuza!». Me metió, eso sí, en una caja de jabón de lima de Provenza, y salimos hacia Cahors, en donde iba a comprar dos dientes de uno que ahorcaban la víspera de San Andrés. ¿Y no resultó que el ahorcado no tenía ni un solo diente? No le salía una a derechas a monsieur Salomón Capitán. Se cagó en su suerte y en los avisos que le llegaban de abajo, para que se avispase, si quería seguir por este mundo, y tan irritado estaba y tan loco se puso, que me dejó olvidado al mismo pie de la horca. Salí como pude de la caja de jabón, y me puse en camino. Y doy gracias al señor médico Sabat que me recogió en las afueras de Chartres, y hasta escribió a conocidos suyos para ver si sabían por dónde anda Salomón Capitán, y si todavía soy su paje de recados o no.
Amanecía. La lucecita de Guy Parbleu se fue apagando poco a poco, y empezó a sentirse el castañeteo de los dientes. Seguía a caballo del águila de san Juan, y se oía en toda la arruinada iglesia de Saint–Efflam–la–Terre su continuo tactac, como un sermón extraño y monótono. Madame De Saint–Vaast se daba polvos de arroz en el escote, que las carnes volvían, y monsieur Coulaincourt de Bayeux encrespaba los negros bigotes, que le salían largos y espesos. De la calera llegaba el hidalgo de Quelven, y venía de muy buen humor.
—¡Señor sochantre, mi heredero! ¿Estas pieles nuevas no merecen una contradanza?
El san Efflam de piedra retiraba su pie de encima del brazo del sochantre. De Crozon se santiguó. Los murciélagos volvían a sus nidos en la torre. Cantaban los gallos en Kernascléden, y en el atrio del viejo monasterio en que había pasado la noche la hueste, relinchaba La Garde, el famoso lucero del señor coronel.