8

Cuando llegaron al hotel, Nicole estaba hambrienta, pero demasiado cansada para ir al restaurante a comer así que decidieron pedir comida al servicio de habitaciones.

Devlin había reservado una suite para los dos y Nicole no lograba decidir si le molestaba que él no hubiese tenido el reparo de preguntarle si estaba de acuerdo con la suite o si prefería habitaciones separadas. En realidad, se alegraba de haber retomado la relación con él, pero estaba demasiado acostumbrada a llevar las riendas en todos los aspectos personales de la vida como para ceder por entero el mando a Devlin.

—No sé qué estás pensando, pero el hecho de que frunzas el ceño me dice que no es algo bueno.

Un punto para él, pensó Nicole. La conocía demasiado y eso también le daba miedo. ¿Y si ella había cambiado en todos esos años? ¿Y si ya no era la chica de la que él se había enamorado? ¿Cómo iba a soportar decepcionarlo de nuevo? Demasiadas preguntas para la cansada cabeza de Nicole.

—No es nada. Solo estoy un poco cansada. ¿Te importa si me doy una ducha? —Intentó sonreír para reafirmar las palabras—. Tengo tierra hasta en las orejas.

—Está bien. Bajaré a la tienda del hotel y compraré algo de ropa para que podamos cambiarnos.

—Tráeme también un peine y un cepillo de dientes.

Sin esperar respuesta, Nicole fue al cuarto de baño y abrió la llave del agua caliente, mientras comenzaba a desnudarse. Cuando se metió debajo del chorro de agua, los problemas parecieron disolverse en ella y marcharse por el desagüe. Se lavó la cabeza y después se puso un poco de mascarilla mientras dejaba que el agua caliente actuara relajándole el cuerpo.

Estaba tan concentrada en sí misma que no oyó cuando se abría la puerta del cuarto de baño, pero en algún momento notó una presencia y miró hacia la cortina, justo a tiempo para ver cómo se movía y entraba Devlin tal como Dios lo trajo al mundo y en todo su esplendor.

—Si querías ducharte, podías haber esperado. Estaba a punto de salir.

Quizás el reproche hubiese tenido más efecto si no hubiese ido acompañado de una mirada deslumbrada hacia el torso desnudo. Para desgracia de Nicole, Devlin no solo tenía el cuerpo de un modelo profesional, sino que, además, desprendía una enorme energía sexual. Aunque la relación pudiese fallar en otros campos, tenía que reconocer que la química sexual seguía funcionando entre ellos como un motor a pleno rendimiento.

Devlin le acarició la barbilla con suavidad.

—Lo sé, pero no sería tan divertido. —La voz sonaba áspera y ronca, mientras exhibía una sonrisa maliciosa en la cara.

Las fuertes manos de Devlin le acariciaron la cintura y empezaron a subir con lentitud hasta alcanzar los pechos turgentes. Cuando la boca de Devlin le mordisqueo un pezón, Nicole no pudo contener un gemido. Entonces, los dedos de Devlin, silenciosos, se deslizaron dentro del cuerpo de ella. Nicole se arqueó hacia él y reclamó su boca para besarlo con avidez.

Devlin había soñado con esto desde que la tomó en la cueva. Había soñado con poder hacer el amor despacio y sin preocuparse por las posibles interrupciones. Lo que le sorprendió fue encontrarla tan húmeda y dispuesta.

La apretó con fuerza contra la pared de la ducha, la levantó y la penetró con suavidad mientras la acomodaba en el centro de su virilidad.

—Creo que vamos a perdernos la comida. —La voz de Nicole sonaba insegura. No entendía cómo podía estar pensando en comida en un momento así. Supuso que la culpa la tenían las hormonas, que en un instante habían pasado de la mayor inactividad sexual a un profundo éxtasis.

—Nikki, tú eres toda la comida que necesito.

Devlin parecía capaz de leerle el pensamiento. Sabía lo que Nicole necesitaba incluso antes que ella misma, y deseó con todas sus fuerzas causar en él el mismo efecto. Sintió las manos de Devlin de nuevo sobre los pechos y se estremeció cuando las penetraciones se volvieron más rápidas. Pensó que el orgasmo nunca llegaría. Cuando ya creía que iba a morir en medio de un placer delirante, se desencadenó el orgasmo con la fuerza de un huracán violento y salvaje.

Nicole sintió cómo todo su cuerpo se relajaba con la última sacudida de placer. Cerró los ojos durante un instante y se dejó ir mientras él le acariciaba el vientre con suavidad.

—Creo que me voy a acostar y no me voy a levantar hasta dentro de dos semanas.

—Cariño, esto aún no ha terminado. Voy a hacerte gritar como nunca lo has hecho antes.

—Oh, Dios.

Nicole quedó por entero incapaz de articular la más mínima frase coherente.

Devlin se deleitaba viendo cómo sus ojos se derretían de deseo por él. No sabía si Nicole había tenido alguna relación seria en todos esos años o si algún hombre había dejado alguna huella importante en la vida de ella, pero estaba dispuesto a borrar todos y cada uno de los recuerdos ajenos que ella tuviese. A partir de ahora, en la mente de Nicole solo estaría él. Y ella tendría que estar de acuerdo, porque él no pensaba cambiar de opinión. Ahora era suya como antes y esta vez no iba a dejar que escapara con tanta facilidad.

Devlin comenzó a besarla de nuevo. Esta vez con mucha más intensidad, declarando con fiereza toda la profundidad de los sentimientos. Empezó a moverse dentro de ella con suavidad, hasta que notó la expresión perdida en los ojos de Nicole. Entonces aumentó el ritmo de las embestidas hasta volverse casi salvaje.

—Mírame, Nikki. No cierres los ojos. Quiero que tú me veas a mí y que sepas que soy yo y solo yo el que te da placer.

Nicole gritó su nombre y juntos se deslizaron en un intenso orgasmo. Unos minutos después, recuperó por un momento la capacidad del habla.

—Llévame a la cama, Dev. Te juro que yo no tengo fuerzas para moverme.

Devlin se limitó a sonreír de forma satisfecha y la transportó en brazos como si no pesase más que una niña pequeña. La depositó en la cama con extrema delicadeza y se acostó al lado de ella, por completo extenuado también.

—Si hacemos esto muy a menudo no creo que duremos mucho. Has estado a punto de matarme.

Nicole apoyó la cabeza en el hombro de Devlin. Necesitaba sentirse cerca de él.

—Sería una bonita forma de morir.

Sonó el timbre de la puerta y ambos se miraron con sensación de triunfo. Después de todo, no se habían perdido la comida.

—¿Tienes hambre?

—¿Bromeas? Me muero de hambre.

Devlin se levantó, se puso una bata de baño blanca, cerró la puerta de separación entre el recibidor y la habitación principal y fue a abrir al servicio de habitaciones.

Cuando volvió a entrar, traía un carrito y Nicole encontró la situación en extremo graciosa. Durante unos momentos no pudo parar de reír. Devlin intentó hacerse el ofendido, pero fracasó con estrépito cuando se vio reflejado en un espejo. Él también empezó a reír: estaba bastante ridículo conduciendo el carrito mientras llevaba puesto solo una bata. Era evidente que el amor tenía algo contagioso, o quizás fuese el deseo satisfecho.

Tomaron un par de cócteles de langosta y unos sándwiches fríos de pollo. Con todos sus apetitos saciados, Nicole recordó que aún quedaba un punto muy importante por solucionar.

—Siento tener que sacar el tema otra vez, pero es que no para de darme vueltas en la cabeza.

No sabía muy bien cómo expresarlo sin arruinar el momento tan glorioso que habían vivido. Desde que Devlin había vuelto a su vida le costaba elegir las palabras adecuadas.

—Suéltalo de una vez o estarás dándole vueltas a eso que te atormenta el resto del día y, aunque te sorprenda, tengo otros planes mucho más placenteros. —Sonrió con picardía.

—Me gustaría investigar un poco los intentos de asesinato de Rachel.

Devlin intentó interrumpirla pero ella le puso la mano sobre los labios y él se olvidó de cualquier otra cosa que no fuese sentir esa delicada piel contra la suya.

—Sé que crees que eran invenciones suyas. Pero yo creo que la amenaza era real, aunque se equivocó por completo al pensar de qué lado venía.

—Supongo que hemos avanzado algo, por lo menos ya no crees que sea culpable.

—Nunca he creído que tú fueses culpable.

—¿Nunca?

—En el fondo de mi corazón, no.

Él se dio por satisfecho con la contestación y empezó a juguetear de manera distraída con el pelo de Nicole, pero ella no iba a permitirle abandonar el tema con tanta sencillez.

—¿Tus socios, Derek y Jared, están en la isla? Me gustaría conocerlos para formarme mi propia opinión.

—Siempre pensando en el trabajo, Nikki. En fin, supongo que hay cosas que no cambian nunca.

—Lo siento, pero creo que se lo debo a Rachel. Ella acudió a mí y yo estaba demasiado celosa como para pensar en otra cosa que no fuese yo misma.

—¿Celosa? Uh... Me gusta el nuevo rumbo que va tomando esta conversación.

—Ni sueñes en volver a ponerme las manos encima tan pronto.

Si ella no hubiera estado tan cansada quizás habría caído en la tentación. Por eso sabía que era el momento perfecto para hablar; él no podría distraerla con tan maravillosas técnicas sexuales.

—Está bien, dejaré mis manos quietas, donde puedas verlas.

Deslizó las manos con suavidad a través de la ropa que Nicole se había puesto para comer. No llevaba sostén y Devlin no pudo contener las ganas de meter la mano por debajo de la ropa hasta llegar a la fruta prohibida.

—Eres un verdadero sátiro. ¿Es que nunca vas a tener suficiente?

—No, no de ti.

Le dio un beso posesivo. Y después sacó las manos de debajo de la ropa.

—Ya te dije que Jared y Derek tienen mi absoluta confianza. Pero, si quieres conocerlos, me parece bien.

—Son los únicos sospechosos que tenemos.

Devlin levantó una ceja, escéptico, pues él no los consideraba sospechosos de ningún modo.

—Sé que son tus mejores amigos, pero si son inocentes no haré ningún daño por investigar un poco.

—No están aquí, pero, si te vas a quedar más tranquila, puedo organizarlo para que vengan. De todas formas, tenía pensado llamarlos para contarles nuestros avances.

—Eso sería fantástico.

—No me has dejado terminar la frase. Podría organizar todo eso, siempre y cuando fuese premiado de algún modo.

—¿Y has pensado ya en algún tipo de premio? —respondió Nicole insinuante mientras empezaba a desabrochar el cinturón de la bata con lentitud.

—Aprendes rápido, pequeña.

—Supongo que tengo un buen maestro.

—Hora de la siguiente lección.