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Nicole se despertó tarde esa mañana. Cuando abrió los ojos con lentitud y observó la luz de la mañana que iluminaba por completo la habitación, miró hacia el despertador temiendo lo peor. La hora parpadeaba lenta e inexorable en la pantalla digital.
Maldición, se ha parado el despertador.
Saltó de la cama como un rayo y corrió a darse una ducha rápida. Se puso un cómodo vestido de cachemira de Bottega Veneta, ideal para los primeros meses de octubre, y se fue corriendo al periódico. Al llegar, se sirvió una taza de café negro y entró a su despacho. Revisó los mensajes del contestador y el correo electrónico y después leyó con rapidez la enorme cantidad de notas de prensa que había recogidas en el casillero. Descartó todas las noticias, menos una que le llamó la atención: una mujer de setenta y dos años había desaparecido mientras cobraba la renta a los inquilinos de su edificio.
Como se había perdido la reunión del equipo de trabajo, se dirigió al despacho del jefe, Clark Bell. Cuando entró, Clark, que se encontraba hablando por teléfono, levantó la vista hacia ella y le hizo una seña para que se sentase. Cuando acabó de hablar la miró con cara de pocos amigos.
—Siento haber llegado tarde. Se detuvo el despertador —dijo para disculparse.
—No te preocupes, eres la única persona puntual en esta maldita redacción, así que, si llegas tarde alguna vez, supongo que es porque tienes una buena excusa.
—Me gustaría hacerme cargo del caso de la mujer desaparecida mientras recaudaba la renta.
—Dunsley lo quería, pero lo he guardado para ti. Sabía que te gustaría.
—Llamaré a Denton, de la oficina del alguacil, para ver qué puede contarme, y lo tendré todo en tu mesa a mediodía. ¿Has mandado ya algún fotógrafo al edificio?
—Aún no.
—Mejor, me llevaré a Pamela. Así podré hacer unas cuantas preguntas a los vecinos.
Clark desvió la vista hacia la computadora y esa fue la señal para que Nicole saliese del despacho y comenzase con el trabajo duro.
Cuando llegaron al edificio, propiedad de la desaparecida, encontraron justo lo que Nicole esperaba: un edificio medio en ruinas, habitado por personas que ocupaban el peldaño más bajo dentro de la escala social. Pamela se puso a sacar fotos del exterior, desde distintos ángulos, y Nicole empezó a llamar a los timbres del portero automático en un intento por localizar a posibles testigos. Después de varios intentos, una voz vieja y cansada contestó al otro lado del aparato.
—¿Sí?
—Buenos días, soy una periodista de «La voz de San Francisco» y me gustaría hablar con usted sobre la desaparición de la casera.
Se prolongó el silencio durante un par de minutos. Cuando Nicole pensó que le había colgado, oyó de nuevo la voz.
—Empuje la puerta para subir.
—Está usted en el segundo A, ¿verdad?
—Ajá.
—Pamela, voy a subir al segundo A, tú fíjate mientras si puedes hacer alguna foto interesante y llévala a la redacción.
—¿No quieres que te acompañe?
—Solo conseguiríamos intimidar a la gente con la cámara y no creo que fotografiar a los vecinos aporte nada nuevo. Hasta luego.
Nicole entró en el edificio y, aunque en un principio lo hubiera creído imposible, estaba más sucio por dentro que por fuera. La puerta del segundo A estaba entreabierta y dejaba ver un largo pasillo, lleno de todo tipo de bolsas de basura y envases vacíos de comida.
—Hola. —Nicole se aventuró a entrar— ¿Hay alguien?
—Pase, venga a la salita de estar, al fondo del pasillo.
Nicole procuró no pisar nada y se encaminó al fondo del pasillo. Cuando entró en la pequeña salita vio a una señora mayor, bastante obesa, con una enorme bata de casa rosa, sentada en un sillón.
—Siéntese, hija.
Nicole recorrió la sala con la vista y decidió sentarse en una pequeña silla de madera que parecía lo más limpio del hogar.
—Gracias por recibirme, señora... —dejó la frase sin terminar en forma deliberada.
—¡«Señora»! —La vieja se rió con ganas—. ¡Vaya! Hace mucho tiempo que nadie me llama así. Puede llamarme Geri.
—Encantada, Geri. ¿Podría contarme algo sobre la desaparición de la casera?
—Era una vieja loca. Siempre venía a primeros de mes exigiendo el dinero de la renta, pero a la hora de arreglar algo siempre se desentendía. Aquí nada funciona, pero supongo que eso ya lo habrá notado.
—Si lo dice por el ascensor, lo he notado, he tenido que subir andando. Menos mal que vive usted en el segundo piso.
—Lleva cerca de dos años estropeado y solo es una de las muchas quejas que los vecinos tenían contra ella. La gente estaba bastante enfadada con la vieja loca, así que no me extrañaría nada que a alguno de los inquilinos se le haya ido la mano, usted ya me entiende.
—¿Habla de algún inquilino en particular?
—Sí, de los de arriba. Son gente muy rara ¿sabe? —Pareció incómoda durante unos breves segundos—. De esos desviados.
—¿Desviados? —la animó Nicole para que se explicase un poco mejor.
—Sí, ya sabe, hombres que viven juntos.
—Se refiere a que son homosexuales. —Nicole no pudo disimular una mirada despectiva. No soportaba a la gente que juzgaba a otra por su condición sexual.
—En mi época se les llamaba maricones.
—Centrémonos en los hechos, por favor.
—Bueno, ellos viven arriba y, como se puede imaginar, las paredes en este edificio son de papel, así que una persona como yo, que pasa gran parte del tiempo en casa, se entera de cosas aunque no quiera. La semana pasada los oí discutir con la vieja porque ellos no le pagaban la renta desde hacía unos cuantos meses. La muy estúpida amenazó con echarlos si este mes no cobraba todos los atrasos y supongo que, cuando vino a cobrar hoy, recibió lo que se merecía.
—¿Sabe si tenía familia? Es extraño que una mujer tan mayor se ocupe en persona de cobrar la renta.
—Tiene un hijo. Un perdedor, vive en el tercero B. Pero apenas se hablaban. Ella nadaba en dinero mientras que él vivía en esta pocilga. Supongo que no era lo que se dice una familia modelo.
—Muchas gracias por su colaboración. —Nicole conocía a gente como Geri todos los días y sabía que no podría sacarle nada más—. ¿Desea añadir algo?
—¿Voy a salir en el periódico?
—Sí, contaré todo lo que usted me ha dicho.
—No se olvide de poner bien mi nombre. Es Geri, ¿recuerda?
—No lo olvidaré. Gracias por su tiempo.
Nicole se levantó e hizo acopio de todo el valor posible para dirigirse hacia la puerta. Miró al suelo y creyó ver una rata revolcándose entre una bolsa de McDonald's. No se detuvo a comprobarlo. Intentó sacar más información a otros vecinos, pero ninguno le dijo nada de importancia, así que volvió a la oficina a redactar el artículo.
Se encontraba a punto de terminarlo cuando Albert Dunsley, el reportero más necio de todo San Francisco, entró en el despacho.
—Felicidades, sé que Clark te dio la historia de la vieja desaparecida. —Dunsley la miraba de una forma extraña y Nicole empezó a sentir un ligero desasosiego.
—Gracias. —Volvió la mirada a la computadora, pero Dunsley, en lugar de irse, se sentó en la silla frente a la mesa, sin esperar ninguna invitación.
—Supongo que quieres decirme algo más —lo apremió ella e intentó disimular su nerviosismo. Veía a Dunsley muy contento y, por lo general, Dunsley solo estaba contento cuando alguien de la redacción estaba a punto de pifiarla. —Así que suéltalo ya, o vete por favor, tengo mucho trabajo.
—La verdad es que por la mañana estaba un poco enfadado contigo. Siempre te llevas las mejores noticias, incluso sin estar presente para pedirlas. —La miró a los ojos para después posar la mirada sobre el cuerpo de Nicole, con obvio interés sexual, y continuó—: aunque, claro, ser una mujer bonita tiene muchas ventajas. Es una pena que malgastes tu encanto con ese vejestorio de Clark, seguro que él no tiene ni idea de lo que se puede hacer con una mujer como tú.
—Tus insinuaciones empiezan a resultarme aburridas. Y por tu bien espero que no estés insinuando que existe algo entre Clark y yo, porque si eso es lo que tienes en tu sucia cabeza, ya puedes irte con tus asquerosas teorías fuera de mi despacho. —Nicole a duras penas podía contener la rabia. Dunsley siempre conseguía sacarla de sus casillas.
—Tranquila, pequeña, no era más que una mera observación, sin mala intención.
—¿Vas a decirme por qué estás aquí en realidad? Tengo trabajo. —Nicole estaba a punto de perder la paciencia y no estaba segura de cuánto más podía aguantar.
—No, creo que va a ser más divertido que lo averigües tu solita.
Dunsley salió del despachó de Nicole con una extraña sonrisa, como si le hubiera robado un caramelo a un niño.