Once

—HA venido… —dijo lord Deben mientras la rodeaba para cerrar con llave la puerta de la terraza.

La habitación estaba iluminada por una sola vela que había encima de la repisa de la chimenea y no podía ver bien su cara. Sin embargo, captó algo en su voz que le dio un vuelco al corazón. ¿Avidez…? ¿Alivio…? No podía ser. A él no podía importarle que hubiese ido o no.

No obstante, se dejó llevar por la tentación de apoyar la frente en su pecho mientras él cerraba las cortinas antes de rodearla con los brazos. Por un instante, le pareció que era el abrazo de un amante verdadero.

—Me alegro —añadió él dándole un beso en la cabeza.

Ella estuvo a punto de atreverse a rodearle la cintura con los brazos y abrazarlo. ¿Abrazarlo? ¿En qué estaba pensando? Él no recibiría bien una demostración de cariño. Él no creía que ese momento tuviese algo de especial, no quería cariño de ella, era algo más oscuro y retorcido. Era algo compuesto por miles de capas que ella no esperaba atravesar nunca. No podía abarcar a un hombre tan complejo y amargado. Sin embargo, sabía que él no la defraudaría. No podría amarlo si no hubiese percibido que debajo de su máscara de escepticismo había algo que nunca se corrompería completamente, algo que la atraía.

Ella se agitó y, entonces, él comprendió que estaba abrazándola con tanta fuerza que no podía respirar. Tuvo que hacer un esfuerzo para aflojar un poco el abrazo. No se había atrevido a esperar que ella reuniera valor suficiente como para acudir a él así. Había pasado las noches en vela y yendo de un lado a otro porque sabía que todo su futuro dependía de esa última tirada de los dados. Sin embargo, allí estaba y sería allí, en esa habitación, donde la uniría a él para siempre si todo salía como había planeado.

—No quiero que piense… —empezó a decir ella mirándolo a la cara.

Él le puso un dedo en los labios para callarla. Lo importante era que había acudido y no quería oír sus justificaciones.

—No quiero oír ni una palabra más. Ya sé que aunque no quiere que la relacionen conmigo en público, sigue teniendo curiosidad por saber lo que se siente cuando la besa un libertino como yo.

Él lo había dicho con amargura y una expresión áspera. Había conseguido que pareciera que casi estaba insultándolo por haber acudido allí. No era verdad. No estaría allí si fuese otro hombre. Aunque no iba a cambiar nada para él, ella seguía queriendo que lo entendiera. Tomó aliento para protestar, pero él se inclinó y la besó en la boca.

Todo pensamiento racional se disipó. Él le había rodeado la cintura con un brazo y le sujetaba la nuca con la otra mano mientras su boca se adueñaba de la de ella. Era el paraíso… casi, porque estaba haciendo eso solo para que no dijera lo que pensaba y si ese iba a ser su único beso… Dejo escapar un gemido.

—Perdóneme —le pidió él apartándose—. No he sido muy considerado, ¿verdad? Sería mucho más cómodo en el sofá.

Se puso detrás de ella y la llevó por la habitación con un brazo alrededor de la cintura. Sintió tal alivio porque no iba ser su único beso que no dijo nada y dejó que la sentara como él quería. Al lado de él, quien le pasaba un brazo por encima de los hombros, y medio reclinada sobre unos cojines.

—¿Mejor?

No. Lo había preferido ardiente y apasionado.

—Si va a ser nuestra despedida —siguió él en ese tono escéptico que ella detestaba tanto—, tengo que conseguir que sea algo memorable para usted, ¿no?

Se habría conformado con pasar un rato más entre sus brazos y con él besándola tan apasionadamente que le había parecido que podría haberle roto el cuello. No quería una actuación como esa, como demostraba que estuviese quitándose los guantes tranquilamente. Se había recompuesto y estaba tratándola con la misma frialdad despectiva con la que se decía que trataba a todas sus mujeres. Sin embargo, ¿qué podía esperar? Al pedirle que le mostrara ese aspecto de él había acabado con cualquier posibilidad de que la amistad brotara entre ellos. Al aceptar ese beso, había conseguido que la viera como a las demás. Esa era su manera de despedirse de ella, reduciéndola a una conquista más, a otra mujer cuya curiosidad por su habilidad había podido con ella. Así, cualquier daño que hubiera podido hacerle pasaría más deprisa. Y le había hecho daño. Había sido sin querer, pero en vez de mantenerse a su lado para enfrentarse a las insidias de su hermana, había aceptado alejarse, había aceptado que él fuese el malo de la función. Era casi como si estuviera representando esa obra en esa habitación.

—No —contestó ella en un susurro—. He cambiado de opinión.

—Demasiado tarde —replicó él sin inmutarse—. Ahora está encerrada aquí conmigo y no pienso dejar que se marche hasta que haya terminado.

—Ya lo he besado —protestó ella con una mano en el pecho.

Él le agarró la muñeca, le levantó el brazo por encima de la cabeza y la tumbó sobre los cojines debajo de él.

—No —dijo él con un brillo de rabia contenida en los ojos—. Yo la he besado. Usted se quedó tan sorprendida que no reaccionó. Aunque ahora parezca que quiere gritar para pedir ayuda.

Estaba un poco asustada. Parecía frío e implacable, como cuando la señorita Waverly intentó atraparlo. Sin embargo, también sentía otras cosas y podía notarlo en el calor de su cuerpo que atravesaba la tela de su vestido y el chaleco de él. Una era la excitación física. Estar tan cerca de él, quien estaba dispuesto a comportarse escandalosamente, era la sensación más embriagadora que había tenido jamás. Sin embargo, su amor era más profundo que la reacción física. Un amor que le decía que aunque él representara el papel de malo, aunque intentara asustarla y castigarla un poco por haber tomado la solución más fácil cuando debería haberse quedado a su lado, él no era nada malo. Si lo fuese, no se habría ofrecido para sufrir la censura pública y que ella pudiera librarse con la reputación intacta. Si había alguien malo, era ella. Sus motivos para estar allí eran absolutamente egoístas, inadecuados y, seguramente, un poco perversos. No debería estar tan emocionada porque estaba encima de ella con la intención de castigarla…

—No gritaré.

—¿No…?

Ella negó con la cabeza y se aclaró la garganta.

—Ahora comprendo que lo he enojado y que por eso está siendo un poco desconsiderado. Sin embargo, yo soy la única culpable. Si no hubiese querido que me besara como un hombre experimentado besa a una mujer, no debería haber venido aquí.

—¿No gritará para pedir ayuda haga lo que haga?

Ella volvió a negar con la cabeza y le tomó la cara con la mano que tenía libre.

Maldición. Debería haber sabido que no podría asustarla para que hiciera lo que habría hecho cualquier otra mujer. Ya no podía esperar que su airada tía llegase a rescatarla, a ser posible con algún testigo que confirmase sus diabólicas intenciones, y que él tuviese que casarse para salvar su reputación. Ella no lo habría rechazado en esas circunstancias. Por algún motivo, le daba mucha importancia a la reputación de él. Dejó escapar algo parecido a una leve risotada.

—Debería haber sabido que nunca haría algo tan remilgado —él le tomó la mano y se la llevó a los labios—. Eso hace que sea irresistible.

—Por favor, no se moleste con halagos falsos —replicó ella con cierta tristeza—. Ahora no hay nadie que pueda oírlos.

—¿Cuándo se le meterá en la cabeza que soy completamente sincero? No le he dicho ni una sola palabra que no creyera de verdad… y nunca lo haré.

Podía llegar a límites increíbles para someterla a su voluntad, podría defraudarla de mil maneras, pero nunca le mentiría. Inmediatamente, antes de que la mirada de confianza de ella pudiera ablandarlo, volvió a besarla en la boca. Ella suspiró de felicidad y se dejó arrastrar por la ardiente avidez de su boca. Sin embargo, se quedó rígida por la sorpresa cuando él, aprovechando el suspiro, le introdujo su lengua en la boca. Aunque, la verdad, no fue una sensación nada desagradable sentirlo de una forma tan íntima y sentirse invadida de una forma tan escandalosa y, aun así, deliciosa.

Le gustaría saber qué hacer con las manos. El resto del cuerpo parecía saber, milagrosamente, lo que tenía que hacer. Supuso que era el instinto, la reacción natural de una mujer al hombre que amaba. El corazón estaba desbocado, los huesos se le ablandaban y esa parte oculta entre los muslos se le derretía como si quisiera prepararse para la invasión que su lengua estaba imitando en su boca. Todo su cuerpo estaba completamente desinhibido. Solo las manos seguían cohibidas dentro de unos guantes que le complicarían la tarea de quitarle la ropa y que, al final, le impedirían sentir su piel desnuda. Aunque introdujera los dedos entre su pelo, le tela de seda le estropearía le experiencia de acariciar los rizos oscuros y sedosos. ¿Por qué no había tenido la previsión de quitárselos como él? Porque, para él, no era amor. Podría besarla con una avidez que parecía pasión, pero había visto su mirada antes de que la besara y parecía de obstinación, y un hombre enamorado no tenía que hacer nada para besar a la mujer con la que estaba.

Contuvo un sollozo y se le escapó un gemido de frustración. Él suavizó el beso inmediatamente, le mordió ligeramente el labio inferior y le pasó la lengua por encima. Aterrada de que fuese a terminar el beso tan pronto, lo agarró del cuello y apretó la boca vehementemente contra la de él con la esperanza de que el entusiasmo supliera a la experiencia. Para su alivio, él dejó escapar un gruñido de placer y le succionó alternativamente el labio inferior y el superior como si se deleitara con su boca.

Cuando ella se relajó, él le recorrió el cuello con los labios de abajo arriba y le mordisqueó el lóbulo de la oreja. Ella, casi extasiada por el placer, inclinó la cabeza hacia un lado para que llegara mejor. Volvió a recorrerle el cuello con los labios hasta que empezó a separarle el escote con los dientes. Era el punto en el que una chica buena habría hecho algo, pero la última vez se preguntó qué sentiría si le tomaba los pechos con la boca. Se había pasado noche tras noche preguntándose si no era lo suficientemente femenina para que él quisiera llegar más lejos. Bueno, pues ya quería llegar más lejos. Ya estaba soltando los cierres del corpiño. Ella se dijo que podía ser la última ocasión de satisfacer su curiosidad en ese terreno y sofocó el poco remordimiento de conciencia que le quedaba.

Casi como si supiera que ella podía echarse atrás en ese momento, lord Deben pasó una pierna por encima de las suyas para sujetarla y le separó la tela para poder alcanzar los pechos. Ella cerró los ojos, era lo único que podía hacer para contener el repentino arrebato de timidez. Él fue más efectivo y le tomó un pecho con una mano mientras le tomaba el otro con la boca. Ella contuvo el aliento. ¿Antes creyó que estaba extasiada por el placer? Aquello era mucho más. No quería que parase jamás y le agarró la cabeza para mantenerla donde estaba. Él dejó escapar otro gruñido de placer, pero apartó la mano. Ella estuvo a punto de lamentarse cuando se dio cuenta de que había dejado de acariciarle el pecho para dedicarse al resto del cuerpo. Había dicho que le gustaría que le acariciara el cuerpo, ¿no? Efectivamente, le gustaba. Era maravilloso sentir su mano en el costado, en la cintura y en la redondez de la cadera. Sobre todo, cuando seguía lamiéndole y mordisqueándole el pezón. Si se hubiese detenido en ese momento, habría tenido que hacer algo como suplicárselo, pero no hizo falta, era perfecto. Excepto por una cosa, cuanto mejor se sentía, más quería, estaba casi sollozando de anhelo. Cuando paró bruscamente de lamérselo, estuvo a punto de gritar.

Afortunadamente, solo había cambiado de postura para poder besarla en la boca otra vez. Ella, agradecida, volvió a rodearle el cuello con los brazos. El roce de su chaleco sobre los pechos desnudos le gustaba tanto que se arqueó para que le rozara más.

No había podido imaginarse que pudiera sentir más placer que el que había sentido hasta ese momento y, sin embargo, cada cosa que hacía la acaloraba más por dentro. El contacto de su mano en la cadera hacía que se retorciera debajo de su pierna. Él, como si supiera qué era lo que necesitaba, dirigió la mano entre sus muslos mientras bajaba la pierna. Cuando su mano alcanzó el punto donde se le acumulaba el placer, creyó que iba a explotar. Quería hacer algo con las piernas, estaban demasiado juntas y no podía moverlas porque la falda era demasiado estrecha. Estaba a punto de perder la cabeza de placer. Había oído decirlo antes, pero nunca lo había vivido ella. Todo el cuerpo se le retorcía de anhelo, como si quisiera estar en otro sitio, aunque ese era el sitio más placentero donde había estado jamás.

Necesitaba… Necesitaba… Por fin, él empezó levantarle esas dichosas faldas y pudo pasar una pierna por encima de las de él y girarse un poco… No, él no lo permitió. Volvió a ponerla de espaldas, pero le agradeció el gesto acariciándole el muslo desnudo y separándole la pierna un poco más para que pudiera meter la suya entre las de ella. Entonces, consiguió subir la mano un poco hasta que volvió al alcanzarle el clítoris, pero esa vez sin tela alguna por medio. Además, no se limitó a acariciarla, sino que introdujo un dedo y empezó a meterlo y sacarlo como si imitara el apareamiento.

Ella, atónita, contuvo el aliento. Era indecente. Estaba segura de que eso que estaba haciendo era indecente, pero todo su cuerpo reclamaba más, se estremecía por el anhelo. Una tensión apremiante y desconocida estaba acumulándose donde la tocaba tan diestramente con los dedos. Gimió y se aferró a sus hombros. Ya habían llegado demasiado lejos como para protestar porque eso era mucho más que el beso que habían acordado. Solo pudo dejar escapar otro gemido mientras arqueaba las caderas contra la mano que estaba enloqueciéndola de placer. Aunque una parte de sí misma se había escandalizado por lo que había hecho instintivamente, volvió a frotarse una y otra vez mientras él seguía entrando y saliendo. Entonces, el instinto se adueñó completamente de ella. Era como estar montada en un caballo desbocado sin riendas ni estribos. Solo podía agarrarse a su melena, hasta que el animal decidiera detenerse. Estaba estremecida y palpitante. Algo tan intenso como un rayo le surgía desde el sitio que se frotaba contra su mano, ascendía por toda la espina dorsal e irradiaba por todo el cuerpo.

Sin embargo, no era breve como un destello, sino que la deslumbraba tanto que le parecía que no sería capaz de soportar un segundo más ese resplandor exquisito. Fue a gritar, pero lord Deben le cubrió la boca con la suya y absorbió el sonido mientras lo dejaba escapar. Entonces, no llegó el trueno, sino una oleada de felicidad que la arrastró una y otra vez y la dejó jadeando para poder respirar.

 

 

 

Había llegado el momento de llevar a cabo su plan. Estaba tumbada sobre los cojines, jadeando, con los brazos desfallecidos a los costados, las piernas ligeramente abiertas, los labios separados y los ojos entrecerrados, como si no tuviera fuerzas para abrirlos del todo. No podía decir nada para quejarse y mucho menos moverse para defenderse. Podría abrirse los pantalones y entrar en ella antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Entonces, sería demasiado tarde. El ligero dolor al perder la virginidad la sacaría del estupor, claro, pero como todavía estaba estremecida por el primer orgasmo, no le costaría conseguir que volviera a entregarse. No tenía la experiencia necesaria para resistirse a la energía que podía desatar en ella. Se cercioraría de que disfrutara… físicamente al menos.

Después, cuando ella fuese capaz de pensar con claridad y recuperara su sentido de la moralidad, la tranquilizaría y le diría que, naturalmente, se casaría con ella. No lo rechazaría cuando le había arrebatado la virginidad. Sería irrevocablemente suya. Era tan honrada, tan recta en cosas como esas, que una vez que la tuviera, nunca podría casarse con otro hombre. Se sentiría obligada a confesar que no era virgen a cualquier hombre que le pidiera matrimonio e, incluso, no lo aceptaría aunque ese hombre estuviese dispuesto a pasarlo por alto.

Además, una vez consumado el acto, la habría convencido de que había cedido porque estaba enamorada de él. Se aferraría a esa excusa para aliviar su remordimiento de conciencia y entonces… entonces sería suya definitivamente.

Retiró la mano de entre sus muslos y fue a desabrocharse los pantalones. Sin embargo, ella giró la cabeza y lo miró con una sonrisa tímida y confiada. Sus dedos se detuvieron en el segundo botón. Nadie había confiado en él porque era así de bastardo. No un bastardo como podría decirse de sus hermanos por lo que había hecho su madre, sino por su egoísmo indescriptible. Era un bastardo por definición. Siempre había hecho lo que había querido sin importarle los sentimientos de los demás. Se había aprovechado de las mujeres para su satisfacción sexual y luego las había despreciado por haberle permitido que se aprovechara de ellas. Sin embargo, eso era peor, peor que cualquier otra cosa que hubiese hecho. Estaba a punto de abusar de la confianza de Henrietta robándole lo más preciado que tenía, y no se refería a su virginidad. Quería arrebatarle su libertad.

¿Cómo podía olvidarse de cuando salió de su escondite dispuesta a evitar como fuese que la señorita Waverly lo comprometiera? Aquella noche salió en su defensa, aunque fuese un desconocido, porque no soportaba la injusticia. ¿Iba a pagárselo arrebatándole la libertad de poder elegir al hombre con el que quería casarse?

Seducirla sería la peor traición posible. Ella se sentiría como si la hubiese atacado, destrozaría la confianza que tenía en él y destrozaría el poco aprecio que hubiese podido sentir hacia él. Condenaría su matrimonio a la desdicha. Nunca le bastaría con poseerla, necesitaba que lo amara. ¿Necesitaba que lo amara? Sacudió la cabeza. No, no podía ser. Se había acostumbrado a la idea de que ella estuviese enamorada de su marido, nada más. Se había acostumbrado a la idea de tolerar que ella mostrara cariño hacia él abiertamente. No necesitaba amor, había vivido mucho tiempo sin él. ¿Qué podía cambiar en ese momento? Podía cambiarlo absolutamente todo y ella nunca podría enamorarse de un hombre capaz de emplear esas tácticas para conseguir lo que quería. ¿Acaso se había creído que podía expoliarla y que además lo perdonaría… o que él se perdonaría alguna vez a sí mismo?

Aunque llegara a convencerla de que había actuado por desesperación, porque se había sentido físicamente enfermo cuando ella le comunicó su intención de dar por terminada la relación, que se había dejado llevar por el pánico y que había pensado que haría cualquier cosa por conservarla, un hombre no tenía ninguna excusa para traspasar esa línea. No podía herirla de esa manera. Por primera vez en su vida, se dio cuenta de que había algo más importante que salirse con la suya; la felicidad de Henrietta. No podía ser el hombre que la había traicionado, que la había herido, que había abusado de su confianza. Sin embargo, maldita fuese, era demasiado confiada. ¿Por qué no la vigilaba mejor su tía? Tenía que protegerla de los bastardos como él, no podía dejar que saliera a las terrazas a la luz de la luna y que se metiera en habitaciones oscuras donde podía pasar cualquier cosa.

Dejó escapar un gruñido atormentado, la sentó en su regazo y le puso la cabeza en el pecho para no tener que seguir soportando su mirada confiada. Ella, siendo como era, le devolvió bien por mal al estrecharse contra él tan confiada como una niña y rodearle la cintura con los brazos.

—¿Qué… qué… qué ha sido eso?

—Eso ha sido su primer orgasmo, querida.

—Yo… yo solo esperaba un beso. Supongo que… ha llegado a tanto para castigarme…

—¿Le ha parecido un castigo?

Él era quien merecía un castigo. No podía creerse que hubiese estado a punto de llegar hasta ese punto para salirse con la suya.

—Algunas veces —reconoció ella.

—Sin embargo, ha gozado…

¡Él podía ser muchas cosas, pero también era un amante consumado!

—Sí, aunque supongo…

Ella, desafortunadamente, se movió para levantar la cabeza y puso la cadera encima de la apremiante erección.

—No haga eso.

La agarró de la cintura y volvió a sentarla en las piernas. Estaba haciendo un esfuerzo inmenso para no hacer algo por lo que se odiaría toda la vida.

—Además, no me pregunte el motivo, pero no estoy orgulloso de mí mismo —añadió él en tono sombrío.

Era penoso intentar justificar lo que había estado a punto de hacer porque estaba desesperado. No debería haber llegado a estar desesperado. Había jurado que ninguna mujer lo pondría de rodillas, pero el deseo de poseer a Henrietta era tan fuerte que casi lo había llevado a hacer algo inconsciente. Nunca había deseado nada ni a nadie como la deseaba a ella. Salvo, al parecer, su respeto. Le costaría menos vivir sin ella en su vida que hacer algo que le hiciera merecer el desprecio de ella.

—Será mejor que la adecente un poco para que pueda volver con su tía sin que parezca que la han medio violado —comentó él.

Empezó a abrocharle los cierres del corpiño y esperó que ella no se diese cuenta de que le temblaban las manos. Afortunadamente, ella estaba mirándole a la cara.

—No estoy segura de que pueda volver a salón de baile… —replicó ella con un hilo de voz.

—Podrá enseguida —él intentó no conmoverse por lo que parecían unas lágrimas—. Tome —sacó un pañuelo del bolsillo y se lo dio—, úselo si va a ponerte sentimental.

Supo que había parecido brusco, pero, al menos, tuvo un efecto estimulante en ella, quien agarró mecánicamente el pañuelo y lo arrugó en la mano en vez de usarlo.

—No creo que pueda volver a andar —replicó ella bajando la cabeza y sonrojándose—. Las piernas no me sostienen.

—Vino.

Lord Deben se levantó y fue hasta la mesa del despacho. Además, podría abrocharse el primer botón de los pantalones entes de que ella se diera cuenta.

—He traído un poco para… crear ambiente —siguió él.

Hizo una mueca de disgusto. ¿Cómo había podido estar tan ciego? La había tratado con la misma crueldad despreocupada con la que había tratado a muchas mujeres. ¿Esperaba además que le sonriera con agradecimiento, que le diese las gracias por su habilidad al corromperla y que luego se embarcase en un matrimonio basado en el engaño y el dominio? Se merecía otra cosa. Cuando decidiese casarse con ella, sería para empezar una vida nueva, una vida sana donde la fidelidad tuviese un papel esencial. Sirvió dos copas con vino. Quizá nunca pudiese librarse de su legado, quizá fuese un sinvergüenza tan recalcitrante que no pudiera vivir conforme a los criterios morales de Henrietta. Tenía que casarse con un hombre que fuese digno de ella. Alguien que la valorase y a quien ella pudiera respetar, alguien que no estuviese tan inexorablemente corrompido por la depravación.

—Sin embargo, creo que ahora puede servir para algo mejor —añadió él bebiéndose el vino antes de volver al sofá.

Henrietta, con dedos temblorosos, tomó la copa que le ofrecía él y también bebió.

—Creo que le debo una disculpa.

Lo que había hecho ya era bastante malo, pero se disculpaba por lo que había planeado.

—No, no me la debe —replicó ella levantando la cabeza para volver a mirarlo con confianza.

—¡Claro que sí! Aunque, al menos, debe servirle de advertencia para que no se quede sola con un hombre tan degenerado como yo. Con ningún hombre. No puede confiar en nosotros. No somos mejores que los animales.

Ella lo miró sin salir de su asombro.

—Sin embargo —siguió él volviendo a la mesa y sirviéndose otra copa de vino—, puede estar tranquila en un sentido. Esta vez no ha pagado todo el precio por su maldita ingenuidad. Sigue virgen y su marido, sea quien sea, no sabrá que ha tenido una relación sexual.

Como estaba de espaldas a ella, no pudo ver el dolor que se reflejaba en sus ojos y cuando se dio la vuelta, ella ya había conseguido disimularlo. No le dolía solo que hubiese insinuado que se merecía que la despreciara por haber infringido las normas que impedían que una muchacha decente se quedara a solas con un hombre, lo que le dolía hasta el punto que no creía que fuese a dejar de dolerle jamás era la naturalidad con la que había hablado de su futuro marido, fuese quien fuese. Eso significaba que no tenía intención de serlo él.

Era una necia por sentirse tan desolada. Siempre había sabido que no pensaba casarse con ella. Estaba tan por encima de ella, socialmente, que, para eso, podía soñar con que le pidiera la mano el emperador de Rusia.

—¿Ya puede levantarse?

Su impaciencia por librarse de ella le dio un buen motivo para que intentara levantarse. Una vez de pie, su orgullo le impidió arrojarse sobre su pecho y suplicarle que no se deshiciera de ella de esa manera. Sabía que había querido llegar más lejos todavía, que había empezado a desabrocharse los botones, pero que se lo había pensado mejor. Además, incluso ella, por muy inexperta que fuese, podía comprobar que seguía excitado.

Tuvo que haberle costado contenerse. Sobre todo, cuando no estaba acostumbrado a reprimirse. Si ella fuese una de las mujeres con las que solía estar, todo habría llegado a la conclusión natural y en ese momento estarían bebiendo vino, riéndose y charlando amigablemente. No le extrañaba que estuviese enfadado con ella. Si le explicara que no iba a exigirle ni a esperar siquiera que se casara con ella, quizá volviera a tumbarla en el sofá para seguir donde lo habían dejado. Sin embargo, eso solo le acarrearía la degradación a largo plazo. Su familia se sentiría espantosamente defraudada si se enteraba alguna vez y él la despreciaría. No creía que pudiera soportarlo. Sería mejor que no dijera nada. Así, al menos, podría alejarse conservando algunos retazos de dignidad.

Él, con expresión de exasperación, empezó a colocarle bien la ropa y retirarle las horquillas para volver a ponérselas con los rizos en su sitio y con una destreza que solo daban los años de práctica. Ella permanecía inmóvil e incapaz de articular una palabra. A él no le había costado nada articular muchas palabras. Le había soltado un buen sermón, aunque había captado preocupación en el fondo. La había regañado como la habrían regañado sus hermanos si la hubiesen sorprendido haciendo algo peligroso o irreflexivo. La quería aunque solo fuese un poco. Si no, podría haberla utilizado para saciar sus necesidades y se habría marchado dejándola que cargara sola con las consecuencias.

Sin embargo, no lo había hecho. A juzgar por sus pantalones, seguía bastante… incómodo, pero estaba adecentándola para que pudiera volver a su mundo sin que su reputación se resintiera. Eso era un sacrificio considerable para él. Eso hacía que lo amara más todavía. Cuando se retiró para observarla con detenimiento, ella ya no estaba temblando. Era increíble cómo podía reponerse el cuerpo cuando por dentro se sentía como si estuviese muriéndose.

—Venga, salga de aquí —le ordenó él con aspereza—. Hasta su tía se dará cuenta de su ausencia si se demora mucho más.

Además, no sabía cuánto tiempo podría resistir si ella se quedaba allí con ese aspecto desolado. La tomaría entre los brazos, volverían al sofá y se condenarían al infierno durante el resto de sus vidas.

—Entonces, a… adiós.

Henrietta se dio la vuelta y echó a correr hacia la puerta de la terraza. Se metió entre las cortinas y forcejeó para abrir la llave. Él quiso pedirle que no se marchara, pero la petición no salió de sus labios cuando por fin consiguió abrir la puerta y desapareció en la oscuridad. Se quedó solo, absolutamente solo, y se dejó caer en el sofá con la cabeza entre las manos.