Ocho

—¿SE… seducirme? ¿Oralmente? No sé si entiendo lo que quiere decir.

Ella lo miró con cautela y él le tomó un rizo entre los dedos enguantados.

—Por ejemplo, puedo decirle cuánto me gusta su pelo.

Entonces, ella lo entendió. El tono de su voz mezclado con ese gesto era tan estimulante como si le hubiese acariciado el cuello.

—Lo cual, es verdad, por cierto. Nunca elogio algo si no lo creo de verdad. Lo sabe, ¿verdad…?

—Bueno… No sé…

Sí lo sabía si se atenía a aquel espantoso paseo por el parque. Entonces, le dijo que tenía una nariz demasiado grande. Era verdad, pero no hacía falta que lo hubiese dicho.

—¿Por qué parece tan malhumorada?

—No lo sé —contestó ella para no reconocer que todavía le dolía su despiadada sinceridad—. Es que mi pelo no tiene nada de particular. Es castaño.

—Pero los rizos son naturales y hacen que un hombre se los imagine desperdigados por la almohada a primera hora de la mañana.

Ella se puso roja como un tomate, pero lo rebatió.

—No puede saber si mis rizos son naturales y mucho menos cómo serán cuando me despierte por la mañana.

—Al contrario. Los rizos falsos se deshacen al final de la noche, sobre todo, si el ambiente es húmedo. Sin embargo, aquella noche en la terraza, los suyos eran todo un despliegue de vitalidad.

—Quiere decir que mi pelo era una maraña espantosa…

Él se dejó caer contra el respaldo, pasó un brazo por el respaldo de ella y ladeó la cabeza mientras la miraba con detenimiento.

—¿Por qué le da la vuelta a los halagos y los convierte en una crítica? Debería aceptarlos como son y no retorcerse en el asiento como si hubiese dicho algo obsceno.

—Supongo que no estoy acostumbrada a que me halaguen —reconoció ella a regañadientes.

—No me creo que ningún hombre haya halagado la magnífica vitalidad y exuberancia de su pelo.

—¿Cree sinceramente que mi pelo es magnífico?

Se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho, pero no había podido evitarlo. Él, por fin, había dicho algo inequívocamente positivo sobre su aspecto.

—Nadie lo había dicho —añadió ella precipitadamente.

Frunció el ceño al sentir que se esfumaba el placer de saber que le gustaba su pelo. Podría creer que era magnífico, pero su incapacidad para reaccionar como él creía que debería reaccionar demostraba una vez más sus carencias como mujer.

—¿Los hombres de Much Wakering están ciegos?

Lo miró con timidez y vio que estaba completamente desconcertado, lo que le desconcertó a ella.

—¿Qué quiere decir?

—¿Cómo es posible que haya llegado a su edad sin haber tenido una docena de admiradores como mínimo?

¿Él creía que debería haber tenido admiradores? Eso la alegraba infinitamente.

—Bueno… Supongo… que no me he tratado con muchos hombres. Al menos, que no sean familiares. Salvo amigos del colegio de mis hermanos o conocidos de mi padre. Y todos me han tratado como si fuese una hermana o una sobrina honoraria.

Hasta aquel beso completamente inesperado de Richard debajo del muérdago, algo más desconcertante todavía si se tenía en cuenta cómo se había comportado después. No había vuelto a verlo desde la noche que él conoció a la señorita Waverly.

—Sin embargo, tiene que haber alguna vida social por esa zona. Se habrá mezclado con las mejores familias del condado e, incluso, habrá ido a fiestas.

—Sí, claro, he ido a cenas de amigos y a algunas reuniones informales, pero nunca iba a fiestas propiamente dichas.

—¿Por qué? ¿Tan estricto es su padre?

—Al contrario. Es encantador —contestó ella con una sonrisa cariñosa—. Es que… Bueno, nunca aprendí a bailar y habría sido absurdo ir a fiestas para quedarme sentada con ganas de participar y no poder hacerlo.

—Ahora sí baila.

—Sí. La tía Ledbetter contrató un profesor de baile en cuanto llegué. Aunque estoy segura de que mi padre habría organizado que recibiera clases si se lo hubiese pedido. Sin embargo, no quería que él creyera que deseaba algo tan frívolo. Ya sabe, es un estudioso…

Él asintió con la cabeza.

—Podía entender que fuera a cenar con gente interesante donde la conversación fuese estimulante o invitar a todo tipo de gente a casa. A científicos, exploradores e inventores. Además, le aseguro que esas reuniones eran muy animadas. Algunas veces había verdaderas explosiones en la mesa cuando, imprudentemente, se planteaban teorías que no compartían algunos asistentes. Incluso… —ella sonrió—…hubo una explosión de verdad cuando coincidieron unos científicos experimentales en una casa. Sin embargo, nadie dio a entender jamás que quisiera hacer algo tan frívolo como bailar.

—Científicos y exploradores —repitió él con desdén—. Una compañía muy agradable para una joven…

—Eran personas muy interesantes —replicó ella.

—Pero que ni siquiera se fijaban lo suficiente en usted como para hacerle un cumplido.

—Bueno, los que eran suficientemente jóvenes como para que pudieran ser… aptos, solían estar tan absortos en sus teorías favoritas que no pensaban en nada más. Aunque tampoco es que quisiera que alguno de ellos me prestara atención —añadió ella al acordarse de los genios desaliñados y ensimismados que había conocido—. Y, además, estaba demasiado ocupada actuando de anfitriona. No sabe cuánto pueden llegar a incordiar los científicos experimentales a los sirvientes si nadie escucha sus quejas.

—¿Actuaba de anfitriona para su padre?

—Claro.

—¿Desde qué edad?

—Mi madre falleció cuando yo tenía doce años. Me imagino que desde poco después, cuando mi padre se recuperó lo suficiente para querer recibir otra vez.

—En resumen, a los doce años adoptó el papel que le habría correspondido a una mujer adulta.

—No sé por qué parece tan enojado. ¿Quién debería haberse ocupado de mi familia? Mi padre pasó algún tiempo muy abatido y si yo no le hubiera recordado que tenía que comer y asearse, no sé qué habría sido de él. Además, había que pensar en Humphrey y Horatio. Alguien tenía que ocuparse de ellos también.

—¿Y quién se ocupaba de usted?

—No necesito que nadie se ocupe de mí. Estaba muy contenta de… —ella se calló con una expresión pensativa—. Creo que sentirme útil me ayudaba a sobrellevar mi tristeza, pero, en cualquier caso, nadie me obligó a hacer algo que no quisiera y nadie me negó algo que sí quisiera. Podría haber ido a fiestas o recibir clases de baile si hubiese querido. Además, tiene que saber que en cuanto planteé la posibilidad de asistir a la Temporada, mi padre se ocupó inmediatamente.

No iba a reconocer que si su padre lo hubiese pensado un poco más, no habría acabado con una familia que se dedicaba al comercio.

—Sin embargo, tuvo que recordárselo usted para que se pusiera manos a la obra.

—Yo no me quejo —replicó ella levantando la babilla—. Si yo no me quejo, usted no tiene por qué hacer que parezca como si me hubiesen descuidado u olvidado de alguna manera.

—Sin embargo, sí han descuidado su educación —insistió él con impaciencia—. Parece como si su infancia hubiese terminado el día que murió su madre. Se convirtió en una esclava de la casa en vez de aprender a ser una dama joven. Tengo entendido que sus hermanos pequeños están en el colegio y que los mayores tienen sus profesiones. Sin embargo, ¿quién se ha ocupado de que usted haya recibido la educación que merecía? Ellos han salido al mundo y tienen que saber que carece de cualidades para moverse en sociedad.

¿Creía que carecía de cualidades para moverse en sociedad?

—Eso no fue lo que pasó.

—Fue exactamente lo que pasó. Ahora puedo entender por qué está tan decidida a no darle la espalda a su tía, quien, socialmente, es inferior. Alguien se ha ocupado de usted y le ha dado cariño por primera vez en su vida en vez de contar con su dedicación como si fuese lo más natural del mundo.

—Es una valoración muy intransigente de mi pasado —replicó ella algo alterada.

Además, ¡no era verdad! Su padre había dejado a un lado sus necesidades para que ella pudiese ir a la ciudad a divertirse y Hubert, en cuanto se enteró, también hizo todo lo que pudo aunque estaba muy lejos. Hubert no tenía la culpa de que la amistad de Julia Twining fuese muy moderada, en el mejor de los casos. Tampoco tenía la culpa de que Richard se hubiese limitado a comprobar que los familiares con los que estaba viviendo eran respetables y que, una vez comprobado, hubiese vuelto a dedicarse a sus placeres habituales sin volver a mirar atrás.

—¿Tiene la más mínima idea de lo notable que es?

—¿Qué…?

Lo miró con rabia. Siempre que sentía que había algo de ella que le gustaba, como el pelo, por ejemplo, la privaba de todo el placer que podía haber sentido al oírlo porque, inmediatamente, criticaba algo. Esa vez había sido su educación, que había hecho que careciese de cualidades para moverse en sociedad, según él.

—No tengo nada de notable —añadió ella tajantemente.

¿Acaso no acababa de decirlo él mismo?

—Sin embargo, lo es. En realidad, llegaría a decir que es un tesoro. No hay muchas mujeres que se hayan dedicado tan incondicionalmente a su familia ni que hayan salido de una juventud como la suya sin estar amargadas por el rencor acumulado.

—¿Rencor? ¿Qué quiere decir? No tengo por qué sentir rencor.

¿Creía que era un tesoro?

—Hay mujeres que, con muchos menos motivos que usted, creen que pueden sentir rencor por lo que les ha tocado en la vida —comentó él con una sonrisa apesadumbrada.

—Entonces, son unas necias. Es mejor pensar en la suerte que has tenido que considerarte maltratada todo el tiempo.

Era un tesoro. Quizá tuviese la nariz demasiado grande y la faltaran cualidades femeninas, pero no solo tenía un pelo maravilloso, sino que también admiraba aspectos de su personalidad.

—Y yo he tenido mucha suerte. Tengo buena salud, siempre he vivido con desahogo y he tenido mucha más libertad que muchas otras jóvenes, a juzgar por lo que he visto desde que llegué a la ciudad.

Fue curioso, pero, al decirlo, la sensación de opresión que tenía desde la noche del baile de la señorita Twining desapareció de sus hombros como si se hubiese quitado una capa al entrar en su casa un día lluvioso. Había disfrutado de su estancia en la ciudad, aunque de una forma completamente distinta a la que se había imaginado… y, en gran medida, gracias a aquel hombre. Lo miró de soslayo, pero comprobó que podía mirarlo abiertamente porque él tenía la mirada clavada en el extremo opuesto de la habitación con aspecto abstraído.

—Cuánto me gustaría que mis hermanas aprendieran algo de usted —comentó él saliendo bruscamente de su ensimismamiento—. De niñas, siempre estaban quejándose por algo y estoy seguro de que ahora someterán a sus maridos a la misma letanía de lamentaciones.

—¿Tiene hermanas casadas?

—Dos. También tengo una tercera que el año que viene se presentará en sociedad.

Se preguntó si compensaría pedirle a Gussie que invitara a la señorita Gibson a alguno de los festejos por todo lo alto que celebraría esa temporada. Como estaba casada con lord Carelyon, sus caminos se habían cruzado con bastante frecuencia y nunca había mostrado la hostilidad manifiesta que sus otras hermanas no se habían preocupado por disimular.

—Es posible que algún día conozca a alguna.

—No, no hace falta. Quiero decir, no espero que mezcle a su familia en nuestro… en este… —ella se sonrojó y no supo seguir—. Me conformo con las invitaciones que estoy recibiendo. Hay muchas cosas que hacer en Londres. Acudir a bailes, ir al teatro o a exposiciones… La verdad es que estoy pasándomelo mucho mejor de lo que me había imaginado.

Y de una forma completamente distinta. Aunque lord Deben le quitaba con una mano lo que le había dado con la otra, era alentador que elogiara algo de ella y quizá lo fuese más porque no tenía reparos en señalarle también los defectos que veía.

—¿De verdad le gusta mi pelo? —le preguntó ella tomándose los bucles que él había acariciado antes.

—Sí, claro. Y su boca también —la miró con los ojos entrecerrados y sacudió la cabeza—. Esta noche, no, y menos aquí, pero pronto.

Ella se quedó sin respiración. Estaban hablando otra vez de besarse.

—¿Podre verla mañana en el teatro? —le preguntó él inclinándose hacia ella.

—Sí, naturalmente. Ya le dije que mi tío había reservado un palco, ¿no?

—Creo recordar algo así, pero como ha recibido tantas invitaciones desde la última vez que nos vimos, su tía habría podido decidir que prefería llevarla a la velada musical de los Arlington o a la fiesta de los Lensborough.

Ella negó con la cabeza. Le costaba respirar y pensar cuando le miraba la boca de esa manera. Estaba haciéndoselo a ella. Estaba mirándole la boca como le había dicho que mirara la boca de un hombre para que él se diera cuenta de que estaba planteándose…

—Es un arma muy efectiva —comentó ella asombrada por la destreza de él—. Además, es una demostración práctica del tipo de mirada que debería dirigir a los hombres.

La sensualidad se esfumó de sus ojos.

—Una lección provechosa —dijo él desconcertantemente y endureciendo la expresión—. Creo que ya podemos dejarla, que ya parece bastante alterada para provocar las habladurías.

Ella se sintió como un globo que se desinflaba. Por un momento, se había olvidado de que era una farsa, se había sentido como si hablara a un amigo. Sin embargo, un hombre como lord Deben nunca podría ser su amigo. Hizo un esfuerzo para sonreír y miró alrededor después de que él hubiese inclinado la cabeza y se hubiese marchado. Sobre todo, evitó mirar cómo se alejaba como si fuese una necia enamoradiza. Sin embargo, agarró con fuerza el pañuelo que él había dejado sobre su regazo y lo metió precipitadamente en el bolso de mano cuando creyó que no había nadie mirándola. Entonces, apretó con fuerza los labios, se levantó y fue a buscar a su tía y a Mildred.

 

 

 

A la noche siguiente, en cuanto entraron en el palco del teatro, Henrietta buscó a lord Deben con la mirada. Estaba solo en un palco, casi enfrente de ellos, y miraba con desdén al público que tenía debajo. No podría haber encontrado un sitio mejor para verla si eso era lo que quería. Se sentó y se preguntó si la habría visto. Podía imaginárselo enterándose, por algún medio inconfesable, de dónde iban a sentarse y cerciorándose de que podría observarla sin tener que estirar el cuello siquiera. Sin embargo, no iba a mostrar más interés que él por el encuentro inminente. No iba a mirarlo disimuladamente para comprobar si la miraba o si la saludaría de alguna manera desde el extremo opuesto del teatro.

Sin embargo, era completamente inútil. Solo de saber que estaba allí y que iría a visitarla durante el primer entreacto, no podía pensar en otra cosa. Cuanto más intentaba no mirarlo, más sentía su presencia. Aunque no apartaba la mirada del escenario, no podía seguir el transcurso de la obra y cuando sus acompañantes de palco se reían, no sabía si era por algo que habían hecho los actores o por algún comentario del señor Crimmer.

Fue incapaz de mirarlo directamente incluso cuando fue al palco. Saludó a su tío y mientras comentaban la representación, ella le miró los zapatos, las medias de seda y el lazo de su tío que subía y bajaba mientras hablaba. Entonces, desvió la mirada hacia su tía, quien observaba, maravillada, el porte de sus hombros y los rizos que le caían sobre el cuello de la levita.

Luego, de repente, la tomó del brazo y ella solo pudo suponer que su tía le había autorizado a que la llevara al pasillo que había detrás de los palcos.

—Señorita Gibson.

Ella dio un respingo, lo miró y vio que él sonreía caballerosamente.

—¿Me permite preguntarle qué pensaba con tanta concentración? Si fuese más susceptible, pensaría que ni siquiera se había dado cuenta de mi presencia.

—Lo siento, lord Deben. Estaba…

—¿Preguntándose qué podría decir para hechizarme esta noche?

—Desde luego que no.

Ya había comprendido que cualquier intento de impresionarlo se encontraría con la burla de él y que lo único que podía hacer era ser ella misma.

—La mayoría de las mujeres habrían aprovechado esa pregunta para empezar a coquetear conmigo, pero usted, señorita Gibson… Usted es adorable. Adoro que sea tan natural.

—¿De verdad?

—De verdad. Puede decirme tranquilamente lo que estaba pensando, nada de lo que vaya a decirme puede escandalizarme.

—Lo creo —replicó ella en tono sombrío—. Sin embargo, hay cosas que ninguna mujer comentaría con un hombre.

—Vaya, ahora sí que estoy intrigado. Aunque no puedo imaginarme que haya estado pensando algo tan inadecuado que no se atreva a que salga de sus labios.

Habría preferido que no hubiese hablado de labios. Hacía que recordara con un estremecimiento lo que sintió cuando los de él le recorrieron el cuello.

—Si hubiese pensado algo inadecuado, habría sido porque usted me lo ha metido en la cabeza —dijo ella en un tono algo cortante.

—Eso parece prometedor —comentó él con un brillo malicioso en los ojos—. Creo que no podré descansar hasta que lo sepa.

Debería haber sabido que no podía debatir con un hombre como él. No podía reconocer que las rodillas le flaqueaban solo de verlo, y no pensaba reconocerlo. Tampoco que, peor aún, pensaba tanto en él que, ese mismo día, casi no había podido seguir las conversaciones más rutinarias ni que estaba cada vez más impaciente de que la besara, que sus bocas, sus pechos y sus muslos se unieran.

Entonces, pasaron junto a un hombre con gafas que estaba apoyado en la pared y que miraba con… entusiasmo a las mujeres. Se le ocurrió algo.

—Bueno, para que lo sepa. Es lo que dijo sobre… —ella se sonrojó y bajó la voz—…sobre los traseros.

Él dejó escapar una carcajada.

—Nunca sé lo que va a decir. Si va a salirse por las ramas o si dirá algo increíble.

Ella se abanicó las mejillas acaloradas.

—¿Puedo preguntarle en qué contexto? —añadió él cuando pudo controlar la risa.

—Bueno, usted dijo que los hombres los miraban, los de las mujeres, quiero decir, y me he encontrado observando a los hombres que lo hacen. Como ese hombre de allí —ella señaló con la cabeza hacia el hombre de las gafas—. Sin embargo, me parece que no les importa que sean pulcros o descuidados, ni que las mujeres contoneen las caderas. Los miran en cualquier caso.

—Es verdad. Es uno de los pocos placeres inofensivos que hay en la vida.

Ella resopló.

—Será inofensivo que los hombres miren, pero empiezo a pensar que tentar a los hombres a que miren no tiene nada de inofensivo. He visto a mujeres casadas exhibiéndose de una manera que nadie puede dudar que lo hacen para que los hombres las miren. Además, esas mujeres suelen sonreír de una forma muy atrevida a los hombres apuestos que las han mirado y les dirigen miradas seductoras por encima de los abanicos —añadió ella con desagrado—. Ya sé que usted lo había visto, pero yo nunca había pensado en lo que podía llegar a hacer una mujer para atraer la atención de un hombre.

—Y le escandaliza.

—Sí. Me parece que las mujeres casadas no deberían comportarse así en absoluto. Yo… yo… Supongo que le pareceré una necia por eso.

—Más bien, alentador.

—¿De verdad?

—Claro. Es la única mujer que he conocido que dice lo que piensa. La mayoría de las mujeres solo coquetean conmigo. Hablan aparentemente de un tema, pero siempre lo hacen con un doble sentido.

—¿Hasta las casadas? —preguntó ella con el ceño fruncido.

Desde luego. Era famoso porque durante una época de su vida solo había tenido aventuras con mujeres casadas. Esperó que no se hubiese tomado su pregunta como una crítica. Naturalmente, era muy censurable, pero también le parecía que las mujeres que engañaban a sus maridos eran peores que un caballero soltero que se dejaba tentar por ellas.

—Sí. Mientras los hombres juegan a las cartas para matar el aburrimiento apostando cantidades ridículas, sus esposas buscan emociones con amantes nuevos. Dígalo.

—¿El qué?

—Lo que está pensando. Puedo verlo escrito en su cara, puede preguntarme por qué se casaron si ninguno de los dos pensaba ser fiel al otro.

—No tengo por qué saberlo, ¿verdad?

—Las personas de mi categoría eligen a las parejas porque son de buena familia. Todo se reduce a la descendencia, al linaje. Muy pocas veces hay cariño en esas parejas. En el mejor de los casos, se toleran mientras siguen con sus propias vidas.

—Es muy triste.

Él esbozó una sonrisa cínica.

—El mundo es así.

—¿Por qué no se ha casado nunca?

Ella notó la tensión de su brazo, debajo de la mano, y lo miró con nerviosismo. No debería haber tocado un asunto tan personal. Él tenía el ceño fruncido.

—Hasta el momento —contestó él—. Sin embargo, tengo que casarme… algún día.

A él se aceleró el corazón. Ella todavía no estaba preparada para que se lo pidiera. Además, nunca se lo pediría a una mujer en un sitio tan público, en un pasillo, durante un entreacto. Sin embargo, era una ocasión de oro para sacar el tema y que, cuando se lo pidiera, no se quedara estupefacta.

—Tengo que tener un heredero. Tengo un hermano menor, pero últimamente he empezado a comprobar que no es la persona adecuada para que herede el título si yo muero sin hijos —él hizo una mueca de disgusto—. No es hijo de mi padre… y todo el mundo lo sabe.

—No es hijo de su padre… —repitió ella con los ojos como platos.

—No. Mi madre era una de esas mujeres que no se tomaban en serio los juramentos del matrimonio una vez cumplida la obligación de haberme dado a luz. Además, aunque a muchos hombres de la categoría social de mi padre les da igual, él no aceptaba con complacencia las infidelidades de su esposa. Fue tan desagradable que me amargó completamente la idea de casarme.

—No me extraña —murmuró ella.

—No obstante, no puedo permitir que mis preferencias me impidan cumplir con mi obligación indefinidamente. He empezado a…

—¿A qué?

Él se había quedado tanto tiempo en silencio que había empezado a pensar que se había arrepentido de sincerarse con ella. Sin embargo, esbozó una sonrisa sombría.

—Se trata de ese maldito poema sobre el tiempo que persigue implacablemente a un hombre. Lleva obsesionándome desde el entierro de mi amigo Toby Warren. Creo que me impresionó lo inesperado de su muerte. Una noche estábamos bebiendo algo en el club y a la mañana siguiente él estaba muerto sin motivo aparente.

—Que aterrador.

—Además, una semana antes habíamos asistido al entierro de lord Levenhulme, que se había caído de un caballo y se había roto el cuello, un accidente que puede pasarle a cualquier hombre. Sin embargo, que Toby… no se despertara hizo que yo…

—Se diese cuenta de que no puede posponer lo inevitable.

—Efectivamente.

Ella no supo qué decir y siguieron caminando en silencio hasta que él suspiró.

—¿No tiene algún consejo para mí?

Ella lo miró sin salir de su asombro.

—No me atrevería a darle un consejo.

—¿No acabo de pedírselo?

—Entonces… me parece evidente lo que tiene que hacer.

—Por favor, explíquemelo.

—Debería buscar una mujer a la que aprecie y que lo aprecie a usted. Entonces, es posible que la idea de casarse no le parezca tan aterradora.

—Es un primer paso —reconoció él con seriedad—. Me asusta la idea de casarme con una mujer hacia la que no siento cariño. Tampoco querría estar encadenado a una pobre mujer que no pudiera sentir nada hacia mí. Como ocurrió con mi madre. Sin embargo —él le dirigió una mirada desafiante—, «aprecio» es una palabra muy tibia. Me había imaginado que me recomendaría que buscase algo más intenso, como, por ejemplo, amor.

—¡No! Nunca le recomendaría que esperase hasta que se enamorara. No creo que sea capaz…

Ella se sonrojó y se calló. Aunque no habría podido salir mejor si lo hubiese planeado porque tenía que conseguir que comprendiera que si bien no le importaría que ella se enamorara, no podía esperar que él la amara, pero por algún motivo, no le gustaba que ella lo dijera con tanta convicción.

—¿Me considera incapaz de sentir algo tan intenso? ¿Quizá se refería a algo tan noble?

—No… no… Nunca diría algo tan…

—¿Impertinente?

—Iba a decir hiriente. No creo, por lo que he visto de usted, que sea un hombre que haga algo sin haberlo pensado cuidadosamente y sin haberlo planeado minuciosamente. Enamorarse es… algo muy impulsivo. Ocurre sin poder planearlo. Cuando ocurre, ya no puedes dominarte. No creo que a usted le gustara esa sensación. Creo que intentaría evitarlo.

—Tiene razón. No me gustaría —era mejor que lo entendiera a él—. Además, también tiene razón al decir que no me casaría sin haber analizado cuidadosamente a mi novia y haber estado convencido de que sería una esposa fiel y una buena madre para mis hijos. ¿Dónde cree que podría encontrar a alguien así?

—No tengo ni idea —contestó ella.

Sin embargo, sí sabía muy bien por qué le había espantado de esa manera que la señorita Waverly hubiese intentado atraparlo. Tendría que respetar mucho a una mujer antes de que pudiera convencerlo de que era digna de que se olvidara de su rechazo al matrimonio. La señorita Waverly le había mostrado un aspecto de su forma de ser que nunca toleraría a su esposa.

—¿No…? —él sonrió y se encogió de hombros—. Da igual.

Ella no acababa de entender por qué la descorazonaba tanto que él encogiera despreocupadamente los hombros. En realidad, tampoco quería que la considerara una posible esposa. Aunque tampoco era agradable hablar de la hipotética mujer que lo tentaría a abandonar su libertad de soltero, cuando él daba por sentado que ella no era esa mujer. Se divertía con ella. Había hecho que se riera varias veces. Tenía que suponer un cambio en comparación con todas las personas que estaban de acuerdo con cada palabra que él decía. Sin embargo, distaba mucho de ser el tipo de mujer que llevaría al altar a un hombre como lord Deben y los dos lo sabían. Si no, él tampoco podría hablar tan tranquilamente con ella sobre la mujer con la que se plantearía casarse. Además, tampoco estaría enseñándole a ser lo suficientemente seductora como para atraer a toda esa serie de pretendientes de los que no paraba de hablar. ¡Oh, no…! ¿Estaría utilizándola para distraerse de una tarea que le parecía especialmente desagradable? La tarea de juzgar a las debutantes casaderas y decidir a cuál podría tener un poco de cariño. Si era así… Ella que había empezado a pensar que la apreciaba, que compartían algo…

—¿No deberíamos volver al palco? Mi tía y mi tío estarán preguntándose qué habrá sido de mí.

No paraba de preguntarse qué estaba pasándole. No tenía motivos para sentirse como si él le hubiese clavado un puñal en el corazón. No había ido a la ciudad a buscar marido… si no era Richard. Aunque, en ese momento, la idea de casarse con él le revolvía las tripas.

Lord Deben asintió con la cabeza y volvieron sobre sus pasos.

—Hasta mañana por la noche —se despidió él.

—En casa de los Arlington —añadió ella.

Él había previsto acertadamente la reacción de la sociedad. Esa mañana le había llegado una auténtica avalancha de invitaciones. Si bien su tía estaba emocionada de que, por fin, se moviese en su ambiente natural y de que Mildred la acompañase, ella ya solo podía pensar en que lord Deben encontraría a la mujer que cumplía con sus requisitos precisamente en esas deslumbrantes reuniones… y no sería ella.