Seis

—¡SEÑORITA GIBSON!

Henrietta se paró en seco al captar la maldad evidente de la voz.

Se dio la vuelta y vio que la señorita Waverly salía de detrás de la puerta desde donde debía de haber estado observando su conversación con lord Deben.

—Debería haberme imaginado que aprovecharía esta ocasión para arrinconar a lord Deben.

—Más bien, fue al contrario —replicó Henrietta al acordarse de que lord Deben la había interceptado cuando iba a por unos refrescos.

—Qué vas a decir, mujerzuela sin escrúpulos —le espetó la señorita Waverly mirándola de arriba abajo con desprecio—. Sé lo que tramas, pero no te saldrá bien. Estás haciendo el ridículo al perseguirlo de esa manera. Lady Susan te ha invitado solo para que todos pudiéramos ver cómo vas detrás de él como una necia enamoradiza, para que podamos reírnos de ti.

Ella se rio y fue unos de los sonidos más desagradables que Henrietta había oído en su vida.

—No le interesas lo más mínimo. ¿Cómo ibas a interesarle si eres fea e insignificante? Elige muy bien a las mujeres que pueden meterse en su cama. Para empezar, tienen que tener un título y ser muy hermosas… y también tienen que ser expertas.

—Entonces, eso te deja fuera, ¿no? —preguntó Henrietta sin inmutarse.

—¡Eres una seta vulgar e impertinente!

Mientras la furia desencajaba el rostro de la señorita Waverly, Henrietta comprendió que, al parecer, no se había enterado de que lady Dalrymple había llegado muy lejos para demostrar que no era una seta de ningún tipo… o que si se había enterado, había preferido no creerlo.

—Podría hacer que te expulsaran de esta casa por hablarme así.

Lo dudaba mucho, pero la señorita Waverly no la dejaba hablar, estaba decidida a dar rienda suelta al rencor que había acumulado mientras esperaba una ocasión como esa.

—Sin embargo, no voy a molestarme, no eres digna de que me moleste —siguió ella, casi como si repitiera algo que alguien le había dicho miles de veces—. Además, es posible que lady Susan te haya aceptado provisionalmente, como hace muchas veces con personas raras que le llaman la atención…

Curiosamente, aunque había podido hacer oídos sordos a todo lo que había dicho la señorita Waverly como fruto del rencor, el comentario sobre lady Susan dio en el clavo porque había recelado de sus motivos desde el principio.

—No habrá baile —le había comunicado lady Susan cuando la invitó—. Será una ocasión para mezclar a gente interesante y tener conversaciones estimulantes. Mi padre ha leído el tratado de tu padre sobre las posibles aplicaciones de la teoría de flogisto —siguió ella inclinándose un poco como si estuviera contándole un secreto—. Estaba muy impresionado. Yo, por mi parte, solo anhelo frecuentar a una mujer con la que pueda mantener una conversación inteligente. Hay muy pocas en la ciudad durante esta Temporada.

Henrietta se dio cuenta de que lady Susan miró fugazmente a Julia, quien daba sorbos a una taza de té con la mirada clavada en el vacío y decidió en ese instante que no le caía nada bien. Aun así, le dolía un poco que todo el mundo la considerara una de esas personas raras que algunas veces llamaban la atención de lady Susan. Tan rara como algunos de los invitados de esa noche. Por ejemplo, la poetisa de pelo enmarañado que le señalaron en una habitación o los inventores sin un penique o los artistas desaliñados o los agresivos hombres que habían salido de la nada y que nunca acudían a los acontecimientos de la alta sociedad, pero que esa noche estaban codo con codo con nobles y políticos… y con lord Danbury, quien hacía un esfuerzo para ser cortés con personas que había admitido en su casa solo porque divertían a su hija. Hacía que se sintiera como un mono de feria. Sobre todo, cuando la señorita Waverly añadió…

—…pero cuando dejes de ser una novedad, te desdeñará otra vez y caerás en la oscuridad, donde está tu sitio.

Como uno de esos monos a los que metían en la jaula cuando terminaba su actuación.

Entonces, la señorita Waverly se dio media vuelta y la dejó clavada en medio del pasillo. Estaba impresionada por esa demostración de insidia, que, en su opinión, era completamente desproporcionada. Se repuso y se dirigió hacia la sala, para reunirse con su tía y su prima, mientras pensaba que la señorita Waverly no sabía lo que decía. Por ejemplo, si ella no hubiese intervenido, se habría metido en un escándalo descomunal. No sabía cómo era el hombre al que había intentado manipular. Lo que había hecho era como meter la mano en la jaula de los leones. En cuanto a volver a caer en la oscuridad… Si toda la alta sociedad era como ella y como esos majaderos que habían repartido insultos a diestro y siniestro en la sala de su tía, cuanto antes perdieran el interés por ella, mejor. Si había aceptado la invitación de esa noche, había sido, únicamente, porque significaba mucho para su tía y su prima y, como pudo comprobar desde la puerta, estaban disfrutando muchísimo. No solo lord Deben había convencido a los camareros para que les sirvieran, sino que, en el poco tiempo que ella había pasado fuera de la habitación, Mildred había conseguido reunir a un par de admiradores. Uno se inclinaba por encima del respaldo e intentaba susurrarle algo al oído mientras el otro, quien se había sentado en una silla al lado de ella, lo miraba como si quisiera fulminarlo. Supuso que ninguno de los dos lo hacía en serio y, en cualquier caso, Mildred aprendió una lección muy provechosa la tarde de la trifulca. Los hombres de esa clase no se tomaban en serio a las mujeres de su clase social. Podían coquetear con ella, pero bajo los halagos subyacía un desprecio por sus orígenes que les impediría ofrecerle algo serio, salvo los cazafortunas más desesperados. Sin embargo, el señor Crimmer, aunque tenía una lamentable tendencia a sonrojarse y balbucear, había demostrado sobradamente la fuerza de sus sentimientos y de sus puños.

Se sentó en el sofá, al lado de su tía y alejada de Mildred para no interrumpir sus coqueteos, y abrió el abanico. ¿Cuándo podrían volver a casa? ¿Cuándo podría volver a Much Wakering y a esa oscuridad con la que le había amenazado la señorita Waverly como si fuese un castigo?

Suspiró. Aunque escribía periódicamente a su padre, le parecía que hacía un siglo que no lo veía. Quizá acudiera a la ciudad para una reunión o una conferencia. Muchas veces, salía sin previo aviso porque había leído un anuncio en el periódico. Dejó de abanicarse y se lo imaginó acudiendo a una de sus reuniones y oyendo habladurías sobre ella como había previsto la señorita Waverly, porque la señorita Waverly no iba a cejar en su empeño. Estaba tan enfadada porque había frustrado su intento de atrapar a lord Deben que, probablemente, haría todo lo que pudiera por ensuciar su nombre… y era tan apreciada por los hombres que nunca le faltaría público.

Una sensación gélida le atenazó las entrañas. Le daba igual en cuanto a sí misma, pero su padre se sentiría fatal si se daba cuenta de que la había metido en una situación así. Por no decir nada de sus hermanos. Cuando volvieran de permiso, ¿qué sentirían al descubrir que hablaban de su hermana de una forma tan atroz? Naturalmente, entenderían que su distraído padre la había mandado con los Ledbetter y que eso había hecho que todo el mundo diera por supuesto que su familia era de comerciantes, pero no por eso se sentirían menos humillados por ella. Además, aunque lady Dalrymple había aclarado las cosas a algunas personas, había otras, como la señorita Waverly, que preferían pensar lo peor.

Sin embargo, eso no era lo que preocuparía más a toda su familia. Lo que más les preocuparía sería su relación con lord Deben. No había hecho nada malo, pero la señorita Waverly se ocuparía de que pareciera todo la mala que pudiera. Era una especie de justicia poética. Como había perseguido irreflexivamente a Richard hasta Londres, iban a etiquetarla como una muchacha que perseguía a todos los hombres. Sintió náuseas. Al apremiar a su padre para que le organizara precipitadamente una Temporada, podría haber arrastrado por el lodo el nombre de la familia.

Todavía podía oír a los admiradores de Mildred y ver a toda la gente maravillosamente vestida que iba de un lado a otro, pero se sintió aislada, dominada por un remordimiento espeso como un efluvio ponzoñoso que la marginaba de todos. Hasta que lord Deben pasó por la parte de la habitación que estaba mirando sin verla y fue como un leve rayo de esperanza. La gente hablaría de ella hiciera lo que hiciese y, en ese caso, prefería que lo hiciera porque, misteriosamente, se había convertido en la sensación de la alta sociedad el que lo hiciera porque era el colmo de la vulgaridad.

No iba a dejarse llevar por la tentación. No iba a hacerlo para darle en las narices a la señorita Waverly. No estaba pensando en la cantidad de ocasiones que tendría de estar en la estimulante compañía de lord Deben. Lo haría porque prefería que sus familiares varones pensaran que la Temporada había dado resultados a que sufrieran porque era el hazmerreír de todos.

Se levantó, se acercó a lord Deben, quien estaba rodeado por una multitud, y le tiró de la manga. Una mujer algo mayor se puso los anteojos y la miró fijamente. Un hombre dio un codazo a otro y los dos sonrieron con suficiencia. Lord Deben miró la manita que acababa de arrugarle la manga de su inmaculada chaqueta y siguió el brazo hasta encontrar su cara.

—Señorita Gibson.

Por un instante aterrador, creyó que acababa de cometer un suicidio social. Si él la despreciaba, sería el fin. En silencio, pero con intensidad, le rogó que la ayudara. Después de lo que le pareció una eternidad, aunque no habrían sido más de un par de segundos, él sonrió de oreja a oreja.

—Vaya, me había olvidado completamente. Hace bien en recordármelo —tomó la mano de ella y la introdujo en el círculo—. Si nos disculpan, damas y caballeros… Había prometido… —él hizo una pausa, sacó su reloj y lo miró—. Me he retrasado. Estábamos tan absortos en la conversación que me he olvidado de la hora —le explicó a Henrietta.

Le puso la mano en el brazo doblado y le dio una palmada para tranquilizarla. Los demás se apartaron mientras salían a un pasillo. Unos pasos después, él abrió una puerta, miró dentro, la metió en la habitación vacía y cerró la puerta con llave.

—Gracias —susurró ella dejando escapar un suspiro de alivio.

Había un candelabro encima de la repisa de la chimenea y al menos no estaban a oscuras, aunque la habitación no era muy acogedora.

—¿Había dudado de mí? —le preguntó él apoyándose en la puerta con los brazos cruzados—. Le di mi palabra de que si me pedía ayuda, podría contar conmigo.

Sin embargo, nunca se había imaginado que acudiría a él tan deprisa. Su corazón todavía intentaba recuperar al ritmo normal después del arrebato de alegría que sintió cuando ella le pidió silenciosamente que la ayudara. Era una especie de compensación porque él había dado el primer paso esa noche.

Todavía seguía algo molesto consigo mismo porque hacía dos semanas se había jurado a sí mismo que si volvían a hablar, sería porque ella se acercaba a él. Sin embargo, cuando la vio fingiendo indiferencia, se sintió obligado a enfrentarse a ella e, incluso, la interceptó cuando iba a salir de la habitación.

—Por eso acudí a usted, pero no sabía si me entendería.

—Querida, no se acercaría a mí, se abriría paso entre unas personas que se consideran las más importantes de la tierra y me tiraría de la manga si no fuese una emergencia.

Por eso no pudo evitar la tentación de que tuviera que esperar un poco a su reacción. Por un momento, tuvo la increíble satisfacción de tenerla exactamente donde quería que estuviera, metafóricamente, de rodillas ante él, y fue una sensación tan placentera que la alargó todo lo que pudo. Fue una penitencia justa por el daño que, involuntariamente, le había hecho a su orgullo.

—¿Las personas más importantes de la tierra? ¡Dios mío!

—Ellos se lo creen —dijo él con desprecio—, pero no se preocupe por la conversación que ha interrumpido. Me interesa mucho más saber qué ha pasado para que renuncie a ese orgullo tan arraigado que tiene y haya acudido a suplicarme. Aunque no me parece nada mal, claro.

—Algunas veces, no puedo soportarlo —replicó ella al ver su sonrisa engreída mientras decía que le había suplicado.

Él se apartó de la puerta.

—La llave está puesta en la cerradura, puede marcharse si quiere.

—Es usted irritante. Sabe muy bien que no voy a marcharme a ningún lado. ¿Tiene que ponérmelo tan complicado?

—¿Qué le pongo complicado? —preguntó él con una sonrisa depredadora.

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Decirle que he cambiado de opinión y que, si fuese tan amable, me gustaría aceptar su oferta.

—¿Mi oferta?

—Convertirme en la sensación de la alta sociedad —contestó ella bruscamente—. Todos van a cotillear de mí. Ya no puedo evitarlo. Si usted… no sé… hiciese lo que tenía pensado para que creyeran que soy… fascinante… al menos mis hermanos no se avergonzarían de mí.

Él puso un gesto muy extraño.

—¿Lo hace por sus hermanos?

Ya había hecho algo parecido antes. Cuando lady Chigwell la había criticado, ella lo soportó con indiferencia cansina, pero cuando empezó a difamar a su familia, levantó la barbilla y replicó… porque los amaba. El amor era la clave que él estaba buscando. Si ella llegaba a creer que estaba enamorada de él, lo conseguiría todo. Cedería a sus deseos de que se casara con él y, sobre todo, tendría su fidelidad. No sabía por qué no lo había comprendido antes, pero, en ese momento, no podía imaginársela casándose con alguien si no creía que estaba enamorada de él. Además, una vez que se hubiera comprometido, sería fiel hasta el final. Sería fiel independientemente de lo que pensara de él cuando se diera cuenta de que no era una persona a la que nadie podía amar de verdad. Se había burlado del puritanismo que demostraba muchas veces, pero esa moralidad le ahorraría muchos de los aspectos desagradables del matrimonio que habían conseguido que lo eludiera durante tanto tiempo. No sería de esas mujeres que se buscaban un amante en cuanto le hubieran dado un heredero. Al contrario, los hijos que diera a luz serían indudablemente de él. Tener dos o tres hijos indiscutiblemente legítimos era mucho más de lo que se había atrevido a soñar, pero si Henrietta era su esposa…

Tomó una bocanada de aire al imaginarse una vida de casado con Henrietta de condesa. Su matrimonio no sería nada… moderno. Ella sería anticuadamente fiel y, probablemente, dada su naturaleza espontánea, proclive a anticuadas demostraciones de cariño en público. Lo cual, sería un poco enojoso porque la gente se burlaría de ella. Aun así, nunca se había imaginado un matrimonio sin inconvenientes y tener una esposa algo… excéntrica en público era mucho mejor que soportar a una que parecía una ramera. Tomó una decisión. No solo no la censuraría si se mostraba cariñosa en público, sino que la defendería. Sería una lástima reprimir esa sinceridad y espontaneidad que la convertían en alguien único. Además, el cariño que sintiera por él al principio acabaría desvaneciéndose, pero no haría nada para acelerar su desaliento. Cuando ella se diera cuenta de que el amor era un cuento de hadas, podrían haber alcanzado un entendimiento tal que les permitiría presentarse unidos ante sus hijos. Haría lo que hiciese falta para que sus hijos no fueran las víctimas de una guerra tan amarga como la que habían librado sus padres.

Todo eso le pasó por la cabeza en menos tiempo del que tardó en tomar y soltar un par de bocanadas de aire. Fue lo que tardó en decidir que tendría a la señorita Gibson a su lado sin importarle lo que tuviera que hacer para ganársela.

Henrietta, que no sabía que lord Deben estaba viviendo una especie de revelación, se había dado la vuelta y se había dejado caer en un sofá.

—Para ser exactos, por Horatio y Hubert. No quiero que cuando vuelvan de permiso se enteren de todas las habladurías que divulgará la señorita Waverly si me quedo de brazos cruzados. Cuánto me gustaría no haber venido a la ciudad. Ya he defraudado a Horace y Humphrey por venir aquí. Debería estar en casa cuando tengan sus vacaciones escolares. La señora Cook es una ama de llaves muy eficiente y amable a su manera, pero no puedo esperar que juegue al cricket con ellos —se inclinó hacia delante con la cara entre las manos—. Lo he embrollado todo.

Su angustia por no estar cuando sus hermanos tuvieran las vacaciones escolares demostraba que había tomado la decisión acertada. La señorita Gibson sería una madre ejemplar. Podía imaginársela jugando al cricket con sus hijos sin importarle correr de arriba abajo. Más aún, podía imaginársela defendiendo a sus hijos con la fiereza de una tigresa. Al contrario que su madre, quien, una vez que había dado a luz, casi ni miró por encima del hombro antes de volver a buscar incansablemente sus placeres más egoístas.

Otro hombre, alegando quizá que había recibido un flechazo de Cupido, podría haberlo soltado todo en ese instante y lugar. Hizo una mueca de rechazo al imaginarse lo que pasaría si le soltaba toda esa letanía a la señorita Gibson cuando estaba tan alterada y enfadada. Sobre todo, cuando parte de su enfado estaba dirigido hacia él. Le fastidiaba haber tenido que pedirle ayuda. Sobre todo, cuando, pensándolo bien, no había sido muy atento.

Entonces, la palabra «flechazo» le recordó algo. Cuando fueron de paseo por el parque, ¿no le avisó de que no era de los hombres a los que le pasaban esas cosas? Sí. En realidad, había sido muy poco atento con la señorita Gibson muchas veces y despiadadamente sincero sobre lo que pensaba del amor. Iba a costarle Dios y ayuda convencerla de que aceptaba plenamente la idea del amor en el matrimonio, y, sobre todo, cuando solo esperaba que fuese ella quien se enamorara. Podía imaginarse lo que pasaría si empezaba a cortejarla de la forma convencional. Si le mandaba flores, le decía cosas bonitas o la miraba respetuosa y elocuentemente mientras bailaban, ella se reiría de él. En resumen, lo dejaría en ridículo.

A eso le siguió lo que le pareció un silencio ligeramente incómodo. No podía haber empezado peor con la que quería que fuese su esposa.

—¿Sus padres los llamaron a todos con nombres que empiezan por «H»? —preguntó él para decir algo y así ganar tiempo para solucionar el dilema que se había planteado sí mismo.

Además, si parecía interesado en su querida familia, quizá se aplacara un poco. Ella lo miró penetrantemente.

—Eso no tiene que ver con nada.

—Al contrario —replicó él cerciorándose de que ella no pudiera captar su estado anímico—. Me niego a hacer nada hasta que me haya contado el motivo de algo tan excéntrico.

—Fue una broma entre mi padre y mi madre —contestó ella con resignación—. Como sus nombres empezaban por «G», decidieron que la generación siguiente empezaría por la letra siguiente del abecedario.

Habían decidido el nombre de sus hijos entre los dos… Sintió una punzada de anhelo. ¿Qué se sentiría al inclinarse sobre la cuna y comentar con su esposa el nombre de todos los hijos que ella le había dado? Su padre había decidido que él se llamaría Jonathon Henry y le había dado igual los nombres que su madre le había puesto a los siguientes hijos que fue teniendo.

Cerró los ojos con todas sus fuerzas. Estaba dejando que la imaginación lo arrastrara. No podía empezar a tener hijos hasta que la señorita Gibson aceptara casarse con él y, a juzgar por su expresión y por lo que la conocía, no iba a aceptarlo con el mismo entusiasmo que podría esperar de cualquier otra mujer de esa Temporada.

Abrió los ojos y observó pensativamente su actitud abatida. Para empezar, le había dicho que él no le gustaba especialmente. La categoría social no significaba nada para ella, al contrario que para todas las demás debutantes que había indagado discretamente. Además, estaba el misterioso pretendiente que la había abandonado por los encantos superficiales de la señorita Waverly. Quizá siguiera sintiendo algo por ese pretendiente… Había afirmado que había acudido a él para no defraudar a sus hermanos, pero apostaría cualquier cosa a que era algo más complicado que eso. No podía desechar a ese misterioso admirador.

Sin embargo, tampoco podía arriesgarse a que ella se le escapara entre los dedos. Entonces, lo supo. Había una manera de que aceptara ineludiblemente su propuesta de matrimonio. Tenía que pedírselo un minuto después de haberla desvirgado. Una vez que se hubiese entregado a él sexualmente aplacaría su remordimiento diciéndose que lo había hecho porque estaba enamorada de él. Naturalmente, no lo estaría, pero eso era lo de menos. No necesitaba que lo amara de verdad, le bastaba con que lo creyera. La bulló la sangre y se fijó en lo blanca que era su piel. Sus mejillas eran como pétalos de rosa y lo que podía ver de sus pechos por encima del recatado escote parecía tan voluptuoso que ya se le estaba haciendo la boca agua ante la idea de tenerlos entre los labios.

Tomó aliento y se recordó que tenía que mantener la cabeza fría. Aunque le complacía que le despertara el deseo necesario para ser una compañera de cama aceptable, casi todo ese deseo tenía poco que ver con lo físico. No era un sentimental, claro, no era tan necio como para permitir que un sentimiento sensiblero fuese a nublarle el juicio, pero ella reunía muchas cosas que hacían que la idea de casarse con ella fuese… apetecible. Miró su cuerpo abatido con la intensidad de un halcón que se cernía sobre su presa. Por mucho que dijera que no le gustaba y por mucho que su moral fuese tan rígida, no era inmune a él.

Había captado el brillo de sus ojos cuando lo miraba a la cara y a los hombros o cuando observaba la destreza con la que manejaba los lazos. Además, si no estaba equivocado, había intentado que se riera al contarle la historia de Crimmer y los yahoos. Como mínimo, había querido impresionarlo, si no encandilarlo. Era un primer paso. También apostaría cualquier cosa a que había pensado en él durante las dos semanas que dejaron de verse porque había reconocido que había deseado que hubiese sido él quien había enviado a lady Dalrymple para que limpiara su nombre. Además, no le había devuelto el pañuelo que le entregó la primera noche que se conocieron. Si fuese completamente indiferente a él, lo habría lavado y se lo habría devuelto con alguno de los lacayos de su adinerado tío.

Sí, era receptiva. Solo quedaba por decidir cuál sería la mejor manera de plantear la seducción. En cierto sentido, era una lástima que ya le hubiera dicho que solo iba a fingir que la encontraba fascinante. Eso complicaría que se tomara en serio su cortejo. Sin embargo, por otro lado, le daría la ocasión de que ella bajara la guardia, algo que no haría con un verdadero pretendiente. Solo necesitaba una explicación verosímil para llevarla más allá de los límites de lo que consideraría el comportamiento aceptable de un pretendiente fingido. Se le ocurrieron todo tipo de posibilidades muy interesantes…

Se sintió como si volviera a pisar tierra firme después haber estado en tierras movedizas. Aunque ella, con toda certeza, intentaría conservar la virtud, estaba seguro de que podría abrir una grieta en sus barreras. Era tan inocente que no podría resistirse mucho tiempo a las armas tan refinadas que podía emplear. Sabía seducir a una mujer tan sutilmente que ella creía que era quien llevaba las riendas. Sabía provocar, excitar y torturar a una mujer con refinamientos sensuales hasta que ella le suplicaba que tuviera la compasión de… liberarla.

Además, ni una sola mujer, a lo largo de su carrera amatoria, se había quejado de sus métodos o técnicas. Hasta las casadas habían ronroneado que era un tigre en la cama y cuando terminaban sus aventuras, todas, sin excepción, le habían dicho que volverían a recibirlo con los brazos abiertos. Sin embargo, frunció el ceño. Ninguna de ellas había estado cortada por el mismo patrón que la señorita Gibson, ni su interés por ella era provisional o meramente sexual. Quería algo completamente nuevo, en cierto sentido, indefinible. Quería algo más que su cuerpo, aunque empezaría tomando posesión de su cuerpo.

—Bueno —dijo ella con impaciencia después de que hubiera estado mirándola en silencio durante varios minutos—, ¿mantendrá su promesa o no?

—Vaya, señorita Gibson, eso me suena a desafío.

Se acercó a ella, pero, en vez de sentarse a su lado en el sofá, se inclinó, le tomó las manos y la levantó.

—Dese la vuelta —le pidió soltándole las manos.

—¿Qué…? ¿Por qué…?

—Hágalo —insistió él fingiendo enojo—. Tengo que ver el material con el que voy a trabajar.

Ella le dirigió una mirada cargada de indignación, se dio la vuelta y luego se dejó caer en el sofá con los brazos cruzados.

—Nada elegante —suspiró él—. Además, está demasiado delgada.

No tenía el cuerpo lánguido y débil que los poetas llamaban «etéreo». Tenía la delgadez fibrosa de una chica que llevaba una vida muy activa, que, por ejemplo, jugaba al cricket con sus hermanos.

—La forma más rápida de que sea refinada sería conseguirle un pase para Almack’s y asistir yo también…

Nunca había puesto un pie en ese nido de casamenteras y si lo hacía, sería algo tan extraordinario que todo el mundo comprendería sus intenciones. La gente ya estaba haciendo conjeturas sobre su repentino interés por las debutantes. Cuando empezara a dedicarse en cuerpo y alma a la señorita Gibson, todo el mundo, menos ella, comprendería que le había echado el ojo. Eso le proporcionaría a ella una especie de protección que él no podría darle de otra manera. Aunque de ese momento en adelante su forma de tratarla tendría que ser implacable, se ocuparía de que nadie se atreviera a mirarla ni de reojo. Iba a ser su esposa, su condesa, y todo el mundo tenía que entenderlo y tratarla con el respeto que se merecía.

—Si la gente sospecha que va a convertirse en la próxima condesa de Deben, harán todo lo que puedan para ganarse su simpatía —predijo él.

Como era típico de ella, en vez de tragarse el anzuelo que había dejado caer en la conversación sobre conseguir un título, frunció la nariz.

—¿Almack’s…? No sea ridículo.

—¿Ridículo…?

¿Por qué le parecía ridículo ir a Almack’s? ¿Acaso le importaba tan poco el resplandor superficial de la sociedad en la que se movía que iba a desechar el mayor honor que podía concedérsele a una chica con pocas relaciones? Comprobó que la señorita Gibson tardaría muchísimo tiempo en aburrirlo. No se parecía a ninguna de las mujeres que había conocido. Cada vez que creía que había empezado a conocerla, volvía a sorprenderlo, pero nunca en el mal sentido. Era como su estación favorita del año, cuando el verano empezaba a alejarse, pero el invierno no había llegado con toda su crudeza, cuando, al despertarse, no podía saber si ese día sería suave como en junio, impenetrable por la niebla o lo azotaría una tormenta desgarradora. Cuando las ondulantes colinas resplandecían con los últimos retazos de color, como si los árboles hubiesen absorbido todos los atardeceres y amaneceres del verano y los exhibieran para desafiar a la temporada sombría que se avecinaba.

—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Cree, por casualidad, que no puedo proporcionarle un pase? Mujer de poca fe. Tengo cierta información por la que lady Jersey daría cualquier cosa y…

—No se trata de eso —le interrumpió ella con impaciencia—. Me da igual quién intente conseguirme un pase para Almack’s. No voy a ir y no se hable más.

—A mí tampoco me apetece ir a un sitio tan aburrido, señorita Gibson, pero…

—No —repitió ella tajantemente—. Me parece muy bien hablar de que avance socialmente y de que la tía Ledbetter no se interponga en mi camino, pero nuca les daré la espalda ni a ella ni a mi prima. Nunca iré a un sitio donde no las reciban a ellas también y usted sabe muy bien que nunca admitirían a Mildred.

—Ah… Me da la sensación que se refiere a una conversación que ya ha tenido y solo puedo suponer que lady Dalrymple ya le ha ofrecido usar su influencia para… promocionarla.

Ella asintió con la cabeza.

—Pero tendría que aceptar que las personas con las que vive no están a la altura, ¿no?

Ella volvió a asentir con la cabeza, sombríamente. Él chasqueó la lengua.

—Qué necia fue al proponerle que le diera la espalda a sus familiares para beneficiarse de su posición.

—Entonces, ¿lo entiende? —preguntó ella mirándolo con los ojos entrecerrados.

—Claro —él se encogió de hombros—. Usted es implacablemente fiel a cualquiera que considere de su familia y nunca le haría algo tan rastrero. Me habría encantado estar allí para oír lo que le dijo —añadió él con un brillo de satisfacción en los ojos—. Conteniéndose, claro, porque estaba en la sala de su tía.

—Y por mi cortesía innata. Su madrina acababa de ofrecerse para intentar introducirme. Yo nunca ofendería a alguien que ha hecho eso.

Él arqueó una ceja.

—A nadie menos a mí, quiere decir. ¿Acaso no acabo de ofrecerle lo mismo?

—Usted es distinto —replicó ella dando una palmada en el brazo del sofá.

—¿De verdad?

—Lo sabe perfectamente. Esto solo es un juego para usted. Deje de fingir que se siente ofendido —contestó ella mirándolo con furia y los brazos cruzados—. Concéntrese en encontrar otra solución.

Él se puso en jarras, ladeó la cabeza y la miró detenidamente. Hizo todo lo posible para parecer serio, pero no pudo evitar esbozar una sonrisa. Se alegraba de que ella hubiera rechazado la idea de conseguir un pase para Almack’s y estaba encantado con los motivos que le había dado. Además, disfrutaba muchísimo con su acaloramiento al discutir con él.

—Para mí, habría sido un sacrificio enorme tener que ir a Almack’s, ingrata chiquilla —dijo él fingiendo una reprimenda—. Cualquiera de las matronas habría estado entusiasmada de creer que por fin entraba en el redil.

—Pues ya no tiene que hacer ese sacrificio.

Él sacudió la cabeza con pesadumbre.

—No, pero, a cambio, tendré que perseguirla por los escalones más bajos de la sociedad.

—Pero… entonces, ¿de qué serviría?

—No sea boba. Cuando la gente compruebe que estoy dispuesto a ir a cualquier sitio con tal de que me sonría, la invitarán a todas partes. Lo único que tiene que hacer es rechazar cualquier invitación en la que no estén incluidas sus acompañantes. Enseguida, las anfitrionas más astutas sabrán lo que tienen que hacer para que usted, y yo en consecuencia, asista a su fiesta.

—Qué listo es usted —le felicitó ella con una sonrisa resplandeciente—. Eso daría resultado.

Nunca se había imaginado que la sonrisa de una mujer pudiera tener un efecto tan estimulante en él. Aunque también le daba remordimientos saber que si ella supiera lo que le tenía preparado, retrocedería inmediatamente. Sin embargo, no iba a permitir que una nimiedad como los escrúpulos fuese a detenerlo. La señorita Gibson iba a casarse con él y haría lo que hiciese falta para llevarla al altar, aunque tuviese que engañarla.

—En parte… —replicó él en tono serio.

Fue a sentarse en el sofá y ella se movió para dejarle sitio mientras lo miraba con curiosidad. Él volvió a sentir una punzada de algo parecido al remordimiento, pero también lo dejó a un lado.

—Aun a riesgo de que me considere grosero, señorita Gibson, tengo que recordarle lo único que podría tirar por tierra nuestra farsa —le tomó las manos sin dejar de mirarla a los ojos—. Mi reputación.

—¿Su… su reputación de… de libertino? Sí… sí, ya sé que no suele perseguir a chicas… inocentes…

Él negó con la cabeza.

—Nunca he tenido que perseguir a una mujer, ni a las que nunca que se podría llamar inocentes. Como mucho, todo lo que he tenido que hacer es dejar caer algunas insinuaciones. Si la mujer en cuestión no reaccionaba, yo no insistía. Al fin y al cabo, siempre ha habido muchas dispuestas a perseguirme. Por eso, siempre he podido conseguir a las que son…

—¡Las más hermosas!

Ella intentó soltarse las manos, pero él se las agarró con fuerza.

—No es que usted no sea hermosa, señorita Gibson. Ya le he dicho que tiene muchos rasgos muy bonitos. Piel suave, ojos resplandecientes y una boca más que aceptable. El problema es que, como usted misma ha dicho, no tiene lo que llamó «carisma» para que un hombre como yo se fije en usted. Yo lo llamaría hechizo femenino. Es algo imposible de definir que atrae a los hombres hacia las mujeres como la llama de una vela a las mariposas.

Ella frunció el ceño.

—No irá a proponerme que, de repente, empiece a imitar a todas esas chicas que parpadean a los hombres, les dicen los listos que son y están de acuerdo con la primera sandez que dicen… —ella arrugó la nariz con asco—. Aunque lo hiciera, no creo que resultara muy convincente ni que…

Él empezó a reírse y ella se calló.

—¡No! Tiene que seguir siendo estimulantemente sincera en todo momento. Solo tiene que ser una versión más femenina de sí misma.

—¿Cómo voy a ser más femenina? Espero que no vaya a aconsejarme que me pinte la cara y lleve vestidos cortos.

—Eso haría que pareciese desesperada —replicó él con ironía—, como si estuviese dispuesta a recoger el primer pañuelo que un hombre dejara caer a su paso. No, lo que tengo pensado es que se conozca como mujer. Los demás hombres no entenderán lo que me atrae de usted hasta que usted entienda y acepte su atractivo sexual.

—¿Acepte mi atrac…? —ella se soltó las manos roja como un tomate—. Exactamente, ¿qué insinúa? —preguntó ella en tono remilgado.

—No me miré así —contestó él con frialdad—. ¿Acaso cree que voy a violarla en el sofá?

—No… no, pero…

—Nada de «peros», señorita Gibson. O confía en mí para que la convierta en una mujer que deje babeando a un hombre con solo mirarlo o no.

¿Podía enseñarle a dejar babeando a un hombre con una mirada? ¿Era eso posible? Sí, lo era. ¿Acaso no había visto cómo hechizaba la señorita Waverly a Richard? Hasta Mildred tenía la misteriosa capacidad de atraer a los hombres a su lado y mantenerlos fascinados aunque no se acercaran a menos de un brazo de distancia. Había pensado que era solo por su belleza. Sin embargo, lord Deben estaba diciendo que había algo más.

—¿Confía en mí, señorita Gibson?

Lo miró. Estaba serio. Sabía que si le decía que no confiaba en él, se levantaría y se marcharía.

—Si no confiara en usted, no estaría sentada en este sofá con la puerta cerrada con llave. Es que, la verdad, no entiendo cómo…

—Ya sé que no lo entiende. Por eso tiene que confiar en mí. Déjeme que le enseñe algo sobre su cuerpo y el poder que tiene.

—¿Enseñarme algo sobre mi cuerpo? ¿De qué servirá?

—No lo sabe, ¿verdad?

Los ojos de él, que podían ser duros como el jade, se suavizaron y ella sintió que podía perderse en ellos.

—Si se conociese mejor como mujer, su capacidad para que un hombre se fije en usted brotaría de forma natural.

—No sé lo que quiere decir, claro que sé que soy una mujer.

Sin embargo, ¿por qué empezaba a costarle tanto respirar?

Él sacudió la cabeza casi con lástima.

—No. Señorita Gibson, aunque tiene el cuerpo de una mujer, en muchos sentidos sigue siendo una niña.

—¡No es verdad!

—Sí lo es. No emplea ninguna de las armas que emplean las demás mujeres en el campo de batalla de un salón de baile. Anda y habla más como un hombre que como una mujer refinada de veintidós años.

Él le puso un dedo en los labios cuando los abrió para protestar.

—Además, cualquier hombre con un poco de experiencia sabe que esos inocentes labios no han recibido un beso.

—Pero, no… Quiero decir, sí… ¡Claro que me han besado!

—Sin grandes resultados —replicó él con una sonrisa condescendiente—. Evidentemente la besó un muchacho torpe y vacilante, no un hombre. Si no, no parecería tan… intacta.

¿Intacta? El beso de Richard la alteró tanto que lo había perseguido hasta Londres.

—En cambio —siguió él con suavidad—, si la besara yo, nunca volvería ser la misma.

—¡Es el hombre más arrogante que he conocido!

—No, sincero. Si la besara, me ocuparía de que nunca pudiera volver a mirar a los labios de un hombre como antes. Cuando volviera a hablar con un hombre, con cualquiera, no podría dejar de preguntarse si sus labios podían ser tan mágicos como los míos. Sus ojos los mirarían con curiosidad y él sabría que está emplazándolo, que se pregunta lo que sentiría al besarlo. Entonces, él querría, más que nada en el mundo, demostrárselo.

¿Mágicos? ¿Estaba afirmando que sus labios podrían obrar algún tipo de magia en ella? Efectivamente, esa magia parecía estar dando resultados porque no había podido dejar de mirar su boca mientras hablaba y de preguntarse qué tendría de especial que, con solo tocarla, podía convertirla en alguien que atraería a los hombres como una llama a las mariposas.

Naturalmente, tenía una experiencia inmensa. Además, tenía la fama de ser tan diestro en los asuntos carnales que cualquier mujer que había tenido la suerte de atraer su atención quería repetirlo. Entonces, súbitamente, dejó de pensar en su boca y empezó a pensar en todo su cuerpo, desnudo, en una cama arrugada donde hacía que una mujer sin rostro se rindiera a los anhelos de la pasión.

Él esbozó una sonrisa sensual que hizo que sintiera algo raro en las entrañas y que se le acelerara el corazón. Aunque, quizá, ya lo tuviera acelerado desde hacía un buen rato.

—Exactamente, así —susurró él—. Está preguntándose qué sentiría al besar mis labios y yo, naturalmente, deseo complacerla.

—¿Cómo puede saber lo que estoy pensando? —preguntó ella con un grito de espanto.

Si supiera que acababa de imaginárselo desnudo, no podría volver a mirarlo a la cara.

—Por su forma de mirarme a la boca, señorita Gibson. Con curiosidad, con anhelo y, lo mejor de todo, tentadoramente…

—Yo… yo, no…

—Sí, usted, sí —él frunció el ceño—. A estas alturas, si yo fuese otro hombre, usted habría levantado el puente levadizo del castillo y se habría refugiado detrás.

—¿Le… levantar el puente levadizo?

—Es su última oportunidad, señorita Gibson. Si no me detiene, la besaré y le aseguro que no volverá a ser la misma.