Diez
A la tarde siguiente, Henrietta había conseguido respirar otra vez. La noche anterior no había dormido casi nada, ni había podido probar un bocado de comida en todo el día, pero sí había conseguido respirar. Incluso, había podido arreglarse para bajar a la reunión en casa de su tía. Al menos, se había sentado, había parecido que escuchaba a quien le hablaba y había hecho un par de comentarios que, a juzgar por cómo se recibieron, no fueron del todo insustanciales.
Le costaría mucho menos fingir que no sufría cuando lord Deben hubiese hecho lo que hubiese decidido hacer para bajar el telón de su farsa. Entonces, no se sentiría como si estuviese en el patíbulo esperando que el verdugo le cortase la cabeza. La relación se habría roto y podría empezar a sobreponerse. Sin embargo, se frotó el cuello y pensó que volver a una situación normal después de que se terminara la relación con lord Deben podría costarle tanto como reponerse de una decapitación.
—Lady Carelyon —anunció Warnes sacándola del ensimismamiento.
Miró hacia la puerta y vio a la elegante pelirroja que entraba en la sala de su tía. Se fijó atentamente en su vestido y su porte mientras saludaba a su tía. Parecía de la misma edad que ella. Era menuda y muy guapa, pero cuando se dio la vuelta y se dirigió hacia ella, notó que su sonrisa tenía algo gélido.
—Mi querida señorita Gibson —la saludó tomándole las manos y apretándoselas un poco—, espero que me disculpe por ser tan atrevida, pero estaba deseando que me presentaran a la mujer que se ha hecho famosa por bajarle los humos en público a mi arrogante hermano.
—¿Es… es la hermana de lord Deben?
La pelirroja hizo una mueca de disgusto y asintió con la cabeza.
—Ya sé que no me parezco a él. También espero no ser como él —se estremeció exageradamente—. Es un bárbaro despiadado.
Henrietta tuvo que hacer un esfuerzo para no quedarse boquiabierta. Ella nunca hablaría así de un hermano a una desconocida. Ni siquiera aunque estuvieran en medio de una de sus frecuentes peleas… y menos todavía en una reunión donde todo el mundo podía oírla. Aunque era algo que a lady Carelyon parecía no importarle. Más aún, parecía como si quisiese que todo el mundo supiera lo mucho que le disgustaba su hermano.
—Vaya, la he escandalizado —siguió lady Carelyon sentándose en el sofá al lado de ella—. Sin embargo, es tan insólito oír que hay una mujer, que no sea de su familia, que sea inmune a sus encantos superficiales que estaba segura de que seríamos buenas amigas.
—Bueno, yo…
—Yo sí que estoy escandalizada por esta última demostración de degeneración que ha hecho —le interrumpió lady Carelyon quitándose los guantes.
—¿Degeneración?
Lady Carelyon volvió a tomarle las manos con un gesto de compasión que se contradecía con el brillo malicioso de sus ojos verdes y felinos.
—Es posible que nadie le haya advertido todavía de que es un libertino incorregible, pero es evidente, para quienes lo conocemos bien, que Deben ya se ha aburrido de seducir a las esposas de otros hombres y que ha pasado a intentarlo con damiselas inocentes y virtuosas como usted.
Henrietta contuvo el aliento. ¡Cómo podía decir algo tan atroz! Bastante espantoso fue que aquellos hombres que invadieron esa sala interpretaran su relación de una forma tan rastrera, pero ella era su hermana… El brillo de los ojos de lady Carelyon se hizo más intenso.
—Observo que la he escandalizado al hablarle tan claramente, pero alguien tenía que avisarla y supuse que solo haría caso del aviso si le llegaba de alguien como yo. Se dice que tiene mucho temperamento. Si alguien menos cercano a él se hubiese atrevido a hablarle así, usted lo habría puesto en su sitio, ¿no? Sin embargo, no se enfadará conmigo, ¿verdad?
Lady Carelyon ladeó la cabeza y abrió los ojos como si fuese una niña que pedía una golosina.
—Según lo que me han contado, ya está manteniéndose firme y ha empezado a rechazar atenciones que le desagradan. Bien hecho.
Lady Carelyon le dio unas palmaditas en la mano de una forma insoportablemente condescendiente, como si fuese una mujer de cuarenta años, no una muchacha muy poco mayor que ella.
—Ahora, pasaré al motivo principal de mi visita —siguió mirando a Henrietta con lo que consideraba que eran unos ojos muy astutos—. Se pondrá furioso cuando se dé cuenta de que usted no va a permitirle que la eche a perder. Habrá conseguido que haya hecho el ridículo y querrá vengarse. Entonces, necesitará amigas —añadió ella inclinándose hacia delante y bajando la voz—. Si no, encontrará la manera de pisotearla.
¡No lo haría! No era así. Aunque lady Carelyon tuviera razón al decir que había intentado seducirla y no lo había conseguido, él nunca sería tan vengativo. Solo tenía que acordarse de cómo se había portado con la señorita Waverly. Quiso castigarla, pero no destruirla. Además, no había intentado seducirla. ¿Cómo podía alguien creer eso o que, si hubiese querido seducir a una virgen inocente, la hubiese elegido a ella?
—¿Le cuesta creerlo?
Al parecer, su rostro revelaba lo que estaba pensando. Nunca había podido jugar bien a los juegos de cartas que sus hermanos habían intentado enseñarle porque no había sabido disimular la emoción cuando tenía una buena mano, ni la decepción cuando la suerte le había sido adversa.
—Claro, él nunca le ha permitido conocer al hombre que se esconde detrás de ese encanto superficial. Sin embargo, yo, como su hermana, puedo decirle cómo es cuando está enfadado. Lo malcriaron desde que nació —siguió ella con resentimiento—. Solo tenía que chasquear los dedos para que le dieran lo que quisiera. Además, ha llegado a creerse que los demás solo existen para divertirlo. Cree que todos estamos por debajo de él y se encarga de ponernos en nuestro sitio.
Henrietta se avergonzó.
Ella también había pensado eso alguna vez, que no la tomaba en serio y que creía que siempre tenía razón.
—Todo empezó cuando era pequeño. Si alguno de sus hermanos nos encontrábamos con él por Farleigh Hall, teníamos que inclinar la cabeza y no podíamos dirigirnos a él hasta que se dignara a iniciar una conversación.
—Bueno, supongo que eso no es culpa suya…
—No, claro. Entonces fue cosa de nuestro padre. Quería que supiésemos claramente cuánto valoraba a su heredero, mientras a los demás nos relegaba a un segundo plano. No estoy exagerando. Jonathon vivió en un ala de la casa separada de la nuestra y también tenía su propio servicio. Creo que el objetivo era que no se contagiara, pero no dio resultado. Mi padre separó a los demás hijos de su querido heredero, pero no prohibió que los sirvientes se juntaran. Por eso, él tuvo sarampión a la vez que todos nosotros. ¿No le parece cómico? —añadió con una alegría evidente.
No. Le parecía espantoso que hubiesen mantenido al pobre niño solo y separado tan rigurosamente de sus hermanos. Tuvo que haberse sentido muy desdichado al pasar el sarampión sin nadie que lo acompañara. ¿Explicaría eso la expresión melancólica que le pareció vislumbrar en su rostro cuando ella habló de sus hermanos?
Ese niño solitario se había convertido en un hombre solitario. Pudo comprobarlo aquella noche en la terraza cuando creía que nadie lo veía. Pronto lo disimuló con la máscara de aburrimiento escéptico que se ponía siempre cuando estaba con alguien, pero, si no, ¿cómo habría podido sobrellevar la soledad de su infancia? Tenía que repetirse una y otra vez que la daba igual.
—Es horrible —murmuró ella.
Quiso llorar por él. No le extrañaba que se hubiese acorazado de esa manera. Si no, ¿cómo podría sobrellevar que se rechazaran sus intentos de tener una familia unida? Le había contado la reacción de su hermano cuando fue a oír su sermón. Y su hermana… ¿Cómo era posible que no se diese cuenta de lo injusta que estaba siendo?
—Me alegro de que esté entendiéndolo —dijo lady Carelyon interpretando mal lo que había dicho—. Estoy segura de que si sigue resistiéndose, él acabará atacándola. Quizá empiece a decir que se ha cansado, que usted no compensa el esfuerzo, que todo empezó por una apuesta… Arrastrará su nombre por el lodo y, entonces, necesitará una aliada. Yo estoy en una posición inmejorable para defender su reputación. Por eso… —ella esbozó una sonrisa que era una mala parodia de la que una amiga dirigiría a otra—…tenemos que empezar a forjar nuestra amistad inmediatamente y he venido para entregarle personalmente una invitación a mi baile de máscaras de la semana que viene. ¿Sabe lo más gracioso de todo? ¡Que él me ha pedido que la invite!
Lady Carelyon se rio y Henrietta se dio cuenta de que la risa de la señorita Waverly no era el sonido más desagradable que había oído en su vida, no tenía ni la décima parte de maldad que esa.
—Me ha dicho que en la invitación tengo que incluir a su tía —siguió ella mirando alrededor con desdén— y a su encantadora prima, de quien, al parecer, es inseparable. Qué bonito —hizo una mueca como si le hubiera dado náuseas—. Bueno, he oído decir que se han comportado bastante bien en todas partes y se lo he comunicado a Carelyon, mi marido. No se preocupe, en mi casa no se encontrará ningún desaire.
A Henrietta no estaba costándole respirar, lo que estaba costándole era contener todas las palabras que le gustaría decir a esa… arpía condescendiente, rencorosa, malvada, desleal… Si no estuviese en la sala de su tía… Se frenó al imaginarse la sonrisa burlona de lord Deben por su dilema: decía lo que pensaba o mantenía los modales. Organizaba una escena en la sala de su tía o permitía que su hermana lo calumniara. Él fingiría que no le importaba que su hermana pensara lo peor de él, se encogería de hombros si se enteraba de que ella había dicho esas cosas de él en público. Sin embargo, ella no podía fingir que le daba igual.
—Gracias por concederme el honor de dignarse a invitarme a su casa —replicó ella con una cortesía gélida—. Naturalmente, tendré que consultárselo a mi tía para saber qué compromisos tenemos ya.
Los ojos de lady Carelyon dejaron escapar un destello de fastidio, pero no dejó de sonreír.
—Es usted muy considerada, pero me imagino que esa noche no tendrá nada que vaya a impedirle la posibilidad de que entre en mi círculo.
—¿No?
Henrietta decidió que si ese baile de máscaras coincidía con cualquier acto que organizara una verdadera amiga de su tía o un contacto útil para los negocios de su tío, se disculparía. No necesitaban la condescendencia de lord y lady Carelyon y prefería andar dos kilómetros descalza que parecer amiga de alguien que, evidentemente, odiaba a su propio hermano.
En ese momento, se arrepentía de haberle dicho a lord Deben que tenían que acabar con su relación. Si no tenían cuidado, esa arpía rencorosa creería que había sido obra de ella y se relamería de placer. No podía soportar la idea de hacer algo que permitiera que alguien se relamiera de placer por la desdicha de lord Deben.
Notó un dolor de cabeza incipiente incluso antes de que se marchara lady Carelyon. Sin embargo, esa noche iba a ver a lord Deben. Tenían que hablar y encontrar una manera de separarse sin que el orgullo de él sufriera lo más mínimo. Él era quien iba a quedarse en la ciudad y quien iba a tener que soportar las habladurías. Ella acabaría volviendo a Much Wakering y la gente se maravillaría de que hubiese sido capaz de captar la atención de un libertino tan afamado. Algo que, sinceramente, seguía desconcertándola. No tenía que haber hecho nada más después de que le hubiese dado las gracias por haber intentado rescatarlo de las maquinaciones de la señorita Waverly. Sobre todo, porque tampoco había necesitado que ella lo hubiese hecho. Le había dicho que nunca se habría sentido obligado a casarse, pero se había comportado como si creyera que le debía algo, había dicho que por eso se había tomado tantas molestias para encontrarla y agradecérselo.
Durante el resto del día, pensó tanto en ese desconcierto como en encontrar una manera de acabar con ese embrollo. ¿Acaso no había dicho él que lo había salvado de un destino peor que la muerte? Ella estaba tan enojada, sin motivo, que no había prestado toda la atención que debería haber prestado. Sin embargo, le rondaba por la cabeza en ese momento. ¿Por qué había dicho algo sobre salvarlo si no pensaba casarse con la señorita Waverly?
La opresión en la cabeza era tan fuerte que, justo antes de que fueran a arreglarse, su tía le preguntó si estaba segura de que podía asistir al baile de los Swaffham.
—Estás muy pálida y no has comido casi nada en todo el día. Me da miedo que estés poniéndote enferma.
—Me duele un poco la cabeza, pero no es nada, de verdad —mintió ella.
No podía quedarse en casa, tenía que ver a lord Deben.
—¿Otra vez? Vaya, me imagino que se acercarán tus molestias mensuales —concluyó su tía.
Henrietta, sonrojada, no lo negó ni se opuso a que su tía le mandara a Maudy, su doncella personal, para que le frotara las sienes con agua de lavanda. Aunque, seguramente, le habría sentado mejor que le frotara la base del cuello, donde la tensión se le había acumulado y le daba ganas de gritar. No sabía qué hacer sobre nada y ese era el problema. Solo quería dejarlo todo a los pies de lord Deben. Aunque, naturalmente, todavía tendría que soportar muchas cosas hasta que pudiera hacerlo. Los bailes con jóvenes que no sabía cómo se llamaban, los falsos cumplidos de mujeres que solo querían que las vieran hablando con las personas adecuadas y, quizá esa noche, comprobar si las suposiciones de lady Carelyon tenían algún fundamento.
La noche transcurrió tan despacio como había previsto. Cada minuto le parecía una hora y cada baile era casi insoportable. Estaba a punto de perder toda esperanza de verlo cuando cruzó el salón de baile hacia ella. Saludó a algunos privilegiados con aire de tolerancia y fingió no ver a los que consideró que no merecían su atención.
—Me pregunto de qué humor estará esta noche —le dijo cuando por fin llegó a donde estaba ella—. ¿Puedo sentarme a su lado?
—No sé para qué lo pregunta si pensaba sentarse contestara lo que contestase —se quejó ella cuando él se sentó sin esperar su respuesta.
Él se inclinó hacia ella.
—Si no, ¿cómo iba a saber el motivo por el que parece desdichada esta noche? ¿Por casualidad está replanteándose lo que dijo de acabar con nuestra farsa?
—Bueno, sí…
—Claro —él sonrió—, se ha acostumbrado tanto a tenerme a su disposición que prefiere no privarse de ese placer.
—No es eso, es que…
Él sonrió con algo parecido a la satisfacción.
—Es que ha descubierto que se ha enamorado tan perdidamente de mí que ya le da igual la cautela y quiere reconocer que no puede vivir sin mí.
—No sea ridículo.
Él no podía saber lo que sentía.
Sabía que, la mayoría de las veces, no podía disimular lo que estaba pensando, pero había tenido mucho cuidado de no mirarlo con arrobo, ni de suspirar ni de hacer todas esas cosas que había visto hacer a otras chicas para indicar que el hombre con el que estaban hablando les parecía irresistible.
Él dejó escapar un suspiro muy exagerado, como si se sintiese herido. Cuando se dio cuenta de que lo que menos le interesaba era que estuviese enamorada de él, quiso abofetearlo.
—Es por su hermana —siguió ella bruscamente—. Me ha visitado esta tarde y me ha felicitado, en voz muy alta, por haberme resistido a sus intentos de seducirme. Al parecer, ya es un libertino tan incorregible que cometer adulterio le parece poca cosa. Ahora, se dedica a seducir y a abandonar a jóvenes inocentes y virtuosas.
—¿Y…?
—¿No le parece evidente? Si deja de perseguirme ahora, después de aquel pequeño incidente…
—Cuando me rompió el abanico en el brazo y salió corriendo con su tía como si le hubiese hecho una proposición indecente…
—Sí —ella se sonrojó—. Reconozco que tuve la culpa de que todo el mundo empezara a pensar esas cosas tan infames de usted. No… no podemos dejarlo ahora o la gente creerá…
—Que su virtuoso rechazo ha estimulado mi perverso paladar —terminó él con una sonrisa.
—Lo sé. Lo siento muchísimo. Por nada del mundo permitiría que la gente pensara algo tan espantoso de usted.
La expresión escéptica desapareció de su rostro y la miró fijamente con los ojos muy abiertos.
—¿Su preocupación, su palidez, su inquietud y el cambio de opinión en lo que respecta a nuestro acuerdo se deben a que quiere defender mi reputación?
—Sí. Verá…
Él soltó una carcajada y ella miró hacia otro lado con los labios muy apretados. El dolor de cabeza que había tenido todo el día estaba oprimiéndole demasiado la cabeza y quería marcharse a casa.
—No… Señorita Gibson, no se ofenda, por favor. Es que mi reputación ya es tan mala que la idea de que alguien quiera defenderla es increíble.
—Claro, entiendo —Henrietta se levantó lentamente—. Si me disculpa, lord Deben, comprendo que mi presencia es innecesaria en su vida y pronto lo será en su memoria y…
Él se levantó de un salto y la agarró de la muñeca con un gesto muy serio.
—Su presencia en mi vida dista mucho de ser innecesaria aunque no lo crea, señorita Gibson, pero…
Pero ¿cómo acabaría la frase? Ella nunca había estado menos receptiva a una declaración. Le había dado la oportunidad perfecta para que le dijera que sentía algo por él y le había dicho que era ridículo. En ese estado de ánimo, si le dijera que solo quería acabar la farsa porque quería que la relación fuese verdadera, que quería casarse con ella, lo rechazaría de plano. No iba a darle la oportunidad de rechazarlo. Ninguna mujer lo pondría de rodillas, tenía sus métodos para conseguir lo que quería y eran mucho más efectivos que una declaración formal.
—Lamento que las cosas terminen entre nosotros antes de que haya terminado su… formación —siguió él con delicadeza—. Estaba siendo una alumna muy aplicada.
—No es verdad —replicó ella acaloradamente—. Además, no ha habido ninguna… formación.
—Sí la ha habido, pero quizá haya sido demasiado sutil y no se ha dado cuenta. Aquella noche, se derritió con mis besos como si fuese mantequilla al sol —insistió él inclinándose hacia ella—. Desde entonces, le he enseñado a su cuerpo a reaccionar cuando sentía mi aliento. Estoy excitándola en este momento solo por susurrarle al oído. Se le ha entrecortado la respiración y se le han endurecido los pezones.
—¡No es verdad!
Su descripción había sido tan exacta que retrocedió precipitadamente y se chocó contra la butaca en la que había estado sentada.
—Sí lo es. Me desea. Desea que la bese, que la bese de verdad, que la bese en la boca. Apostaría cualquier cosa a que también desea que la acaricie.
—¡Ba… basta!
—No hace falta que se enfade. Yo también la deseo. ¿No le he dicho ya que quiero paladearla otra vez?
—Pero… no puede. Estamos acabando con esta, con esta…
—¿Qué mejor manera de acabarla que con un beso de despedida? Con el beso que los dos hemos deseado, con el que hemos anhelado…
—Yo no… no anhelo… ¡No!
Él sonrió burlonamente.
—No creía que fuese una cobarde ni una mentirosa…
—¡No soy ninguna de las dos cosas!
—Entonces, demuéstrelo. Salga a la terraza por las puertas que hay al final del salón de baile, gire a la izquierda y encontrará una serie de puertas acristaladas, entre por las cuartas y se encontrará en un despacho que no se usa casi nunca. Estaré esperándola, aunque habré llegado por un camino completamente distinto.
Lo miró con furia y sin saber qué era lo que más la había enfurecido de ese escandaloso comentario. Era verdad que lo anhelaba, pero ¿cómo se atrevía a decírselo a la cara? Hacía que se sintiera… desnuda. La conocía demasiado bien. Había captado todas las reacciones que había intentado disimular. Además, si conocía tan bien la casa, quería decir que ya había utilizado esa habitación para un encuentro en el pasado.
—Tendrá que esperar sentado —replicó ella con una opresión en el pecho.
—Perfecto —contestó él con un brillo de aceptación en los ojos.
—¿Perfecto? ¿Qué quiere decir?
¿Acaso no la deseaba después de todo? ¿Había estado provocándola o poniéndola a prueba? ¿Por qué era tan difícil entenderlo?
—Quiero decir que su actitud ha convencido a todo el mundo de que los rumores eran ciertos. Todos están mirándonos; no se dé la vuelta… Eso, que piensen que soy un sátiro —añadió con una sonrisa maliciosa—. ¿Cree que me importa?
Entonces, la deseaba, no había mentido. Casi sintió vértigo por el alivio. Hasta que se acordó de lo que había dicho lady Carelyon.
—Pero, entonces, su hermana habría salido victoriosa y no estaría bien…
—No he tenido tanta suerte con mis hermanos como usted. Haga lo que haga, nunca he conseguido que dejen de sentir rencor por las injusticias que sufrieron de pequeños. ¡Que se vayan al infierno!
Seguía teniendo una expresión de sátiro, pero ella pudo captar algo parecido al desconsuelo en el fondo de sus ojos.
—Concédame una sola cosa antes de que nos separemos —le pidió él con la voz ronca—. Permítame que la bese, permítame que paladee su inocencia y su pureza una sola vez. ¿Es mucho pedirle?
Se sintió volcada hacia él. Estaba muy solo y desamparado. Él no tenía la culpa de todo lo que habían sufrido sus hermanos, ¿por qué tenía que pagar por ello? Además, deseaba saber lo que sentiría al besarlo… una vez.
—Márchese —dijo él en tono lujurioso—. Salga a la terraza con aire ofendido.
—No sé si sabré adoptar un aire ofendido.
—Márchese con la nariz levantada y la espalda muy recta, como la viva imagen de la inocencia insultada. Servirá igual para el propósito que buscamos.
—¿Para confirmar la espantosa historia que está contando su hermana?
Él se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa tan desolada que ella tuvo ganas de llorar.
—Las lágrimas también ayudarán —comentó él secándole una que tenía en las pestañas—. Son el último recurso de las mujeres.
Eso era excesivo. Estaba a punto de llorar por él y todavía era capaz de burlarse. Había reconocido que quería besarla, pero solo para paladear su pureza, como si fuese una fruta muy rara. Casi tenía el corazón roto por él, pero estaba poniéndose otra vez la cota de malla. Quiso golpearle el pecho con los puños, gritar y arrancarse el pelo, pero, naturalmente, no lo haría. Se alejó de él rebuscando un pañuelo en el bolso de mano, tambaleándose y medio ciega por las lágrimas de desolación y perplejidad. Sin saber cómo, encontró el camino hasta la terraza. Por mera casualidad, salió por las puertas acristaladas, se apoyó en la balaustrada y miró los caminos de grava que había debajo. ¿Había sido casualidad? Al cabo de un momento se dio cuenta de que él la había mandado en esa dirección antes de la burla final. Todo el asunto le importaba tan poco que, incluso cuando estaba a punto de llorar, él había conservado suficiente frialdad para manipularla. De todos los hombres sin escrúpulos, arrogantes, dominantes… Sin embargo, era el hombre que amaba. ¿Cómo era posible?
Se secó los ojos con el pañuelo e inhaló el olor a lavanda. Seguramente, él estaría camino del pequeño cuarto del que le había hablado. Seguramente, caminaría con altivez y con una sonrisa de satisfacción en sus sensuales labios. Estaría seguro de que acudiría a él como… una paloma al palomar, como dijo su tía. Bueno, esa sonrisa empezaría a esfumarse cuando tuviese que esperar y esperar y ella no apareciese. Así aprendería.
Sin embargo, ¿acaso no había bastante gente en su vida que reaccionaba a sus defectos tratándolo como si tal cosa?
¿Quería ser una más? ¿Quería dejarlo con la impresión de que le daba igual o de que anteponía su orgullo a los sentimientos de él? Sentimientos que él negaría, pero ella había vislumbrado el dolor en sus ojos antes de que lo disimulara con la burla. Además, ¿cómo podría llegar a creer en el amor si no había alguien dispuesto a mostrarle un poco? Aunque tampoco esperaba que ser consecuente con el amor que sentía por él fuese a impresionar a ese corazón encallecido que tenía. Sin embargo, sabría que había sido consecuente y, quizá, algún día recordaría ese tiempo que habían pasado juntos y se daría cuenta de que… ¿De qué? ¿De que se rendía a sus encantos como todas las mujeres del mundo? ¿De que no podía resistirse más que esa legión de mujeres casadas que había conquistado?
Eso era para él, una conquista más, un juguete con el que podía jugar cuando estaba decaído y que podía abandonar cuando tenía cosas más importantes en las que pensar. Como la habían tratado todos los hombres a lo largo de su vida. Esas conversaciones sobre su familia con lord Deben habían conseguido que viese todo su pasado de forma distinta. Siempre había adorado a sus hermanos mayores, pero ellos habían salido al mundo y estaban progresando en sus profesiones sin acordarse de ella. Efectivamente, Hubert le había escrito a Richard y le había pedido que la vigilase durante la Temporada, pero el resultado no había sido el mejor.
En cuanto a su padre, él vivía para sus libros y el estudio. La amaba a su manera, pero el jaleo que había organizado al prepararle la Temporada en Londres solo demostraba que le había dedicado muy poco esfuerzo. Le había visto escribir docenas de cartas a todos los coleccionistas del país cuando quería conseguir un libro concreto. Estaba segura de que también podría haber escrito a muchos familiares para que se ocuparan de su Temporada y de que algunos, incluso, podrían haberla presentado en la corte. Sin embargo, sospechaba que se había limitado a añadir un párrafo a una carta que ya había redactado al tío Ledbetter, con quien se veía a menudo cuando iba a la ciudad, porque su tío era un hombre que tenía contactos en todos lados. También estaba atento a los libros singulares que salían a la venta y se lo comunicaba a su padre, como le mandaba los anuncios de las conferencias que daban científicos que casi nunca salían de sus laboratorios.
¿Su padre había supuesto que tendría el tipo de contactos que introducirían a una muchacha en sociedad? ¿Acaso no se le había ocurrido pensar que lo que ella necesitaba para la Temporada en Londres no era lo mismo que necesitaba un erudito?
Entonces, oyó que se abría una puerta. Miró por encima del hombro y vio la rendija. Lord Deben estaba esperándola. Volvió a mirar al jardín con la respiración entrecortada y el corazón acelerado. Si acudía a él, la besaría, la besaría como había estado soñando desde lo que le parecían tiempos inmemoriales. Estaba mal, muy mal, quedarse a solas con un hombre como él cuando sabía que pensaba comportarse inadecuadamente. Había hablado de acariciarla… Volvió a mirar por encima del hombro. Si acudía, reconocería que la había conquistado, que no podía resistir la tentación de que la besara.
Sin embargo, nadie se enteraría. Él estaba tan acostumbrado a los encuentros clandestinos que sabría cómo hacerlo. Había preparado esa escena en el salón de baile para que todo el mundo creyera que había sido su despedida definitiva. Esa separación sería su secreto y el de nadie más.
Se dio la vuelta aunque siguió apoyada en la balaustrada y agarrada a la piedra como si fuese el último asidero del decoro. Sin embargo, su cabeza ya estaba en otra parte. Ya que su relación no podía llegar a ninguna parte, no sabía por qué no podía llevarse un recuerdo a Much Wakering, el recuerdo de haber hecho lo que había querido sin importarle las consecuencias. El recuerdo de un beso auténtico, del beso que le había dado un hombre como no había otro. Lo conservaría entre algodones y lo sacaría durante los solitarios días de su soltería… porque nadie podría llegar a compararse con lord Deben y ¿por qué iba a conformarse con un mal sucedáneo?
Ya estaba a mitad de camino cuando se dio cuenta de que se había apartado de la balaustrada. Sus pies la llevaban por encima de las losas irregulares como si lord Deben estuviese tirando de ella con un cordel invisible. Vaciló con la mano en el picaporte. Un beso, nada más. Un beso de despedida. No sabía por qué iba a privarse de un capricho, por muy degenerado que los demás pensasen que era. Tomó aliento, levantó la barbilla y entró.