Nueve
DOS semanas después de que lord Deben la hubiese cortejado en público, empezaba a sentirse como si fuese un trapo mojado entre dos rodillos y él diese vueltas a la manivela con una sonrisa burlona para exprimirla. Incluso, podía imaginárselo colgándola para que se secara cuando se hubiese aburrido de su relación. Diría que ya había hecho todo lo que había prometido, que la había convertido en la sensación de la alta sociedad. Ella no podría quejarse, había sido sincero desde el principio.
Henrietta resopló mientras miraba por la ventanilla del carruaje que esperaba en fila a que ella y sus acompañantes se bajaran delante de la casa de la anfitriona de esa noche. Ella había sido quien había empezado a cambiar. Aunque nadie podría reprochárselo. ¿Qué muchacha se habría resistido a las atenciones de un libertino tan apuesto y avezado? Se derretía por las cosas que le decía y por la forma de mirarla cuando se las decía. Además, conseguía que flotara por las habitaciones varias veces al día, sobre todo, cuando él no estaba allí, porque cuando sí estaba, tenía que tener cuidado para que él no se diese cuenta de que su encanto estaba debilitándola. Tenía que mantenerlo a cierta distancia y fingir que también era un juego para ella. Eso era lo que habían acordado y tenía que ceñirse al acuerdo. Además, si adivinaba que cada vez sentía algo más… romántico por él, dejaría de aparentar que estaba encaprichado de ella y la trataría con el mismo desdén que, según las habladurías, había tratado a las demás mujeres que neciamente se habían rendido a sus encantos.
Sin embargo, durante las dos últimas noches, no le había costado nada tratarlo con indiferencia porque empezaba a estar muy cansada de que se lo tomara como un juego cuando para ella estaba convirtiéndose en algo peligrosamente real.
—Me alegro mucho de que el pequeño malentendido sobre tu posición en la sociedad empiece a aclararse —comentó su tía mientras el carruaje avanzaba un puesto en la fila—. Estoy segura de que muy pronto tendrás el tipo de pretendientes de los que informaré con mucho agrado a tu padre.
Ella arrugó los labios como si se sintiese incómoda.
—No quise regañarte por tu forma tan descarada de acercarte a lord Deben, pero, ahora que parece que la sociedad está abriéndote sus puertas, tengo que advertirte para que te comportes con más discreción. Sobre todo, con él. Ya sé que te autoricé a que fueses de paseo con él y es posible que eso te haya hecho pensar que le doy mi beneplácito, pero, desde entonces, he oído cosas muy preocupantes sobre él que…
—No te preocupes —la interrumpió Henrietta—. Sé que no va a pedirme que me case con él.
Aunque él estuviese preparándose para encontrar a alguien que se casase con él y criase a sus herederos. Le parecía otro motivo para que desease con tanto ahínco que ella aceptara su oferta de convertirla en la sensación de la alta sociedad. Quería que todo el mundo se preguntase qué estaba haciendo con ella y que no se diese cuenta del verdadero motivo para que acudiera a esas celebraciones que solía evitar como a la peste.
—Bueno, parece que no te ha hecho ningún daño y eso es lo importante —replicó su tía más relajada—. Evidentemente, el interés que ha mostrado, junto a la visita de lady Dalrymple a mi sala, ha tenido un efecto muy positivo a juzgar por todas las invitaciones que han llegado últimamente. Si de ahora en adelante no das más motivos de conjeturas en ese… terreno, estoy segura de que te veremos felizmente colocada antes de que acabe la Temporada. Ahora que el porvenir de Mildred está garantizado, tendré más tiempo para dedicarme a ti.
El señor Crimmer había reunido el valor necesario para pedirle a Mildred que se casara con él y, para su pasmo, ella había aceptado.
—¡Sería un éxito que pudiera dejaros colocadas a las dos! —añadió su tía con una sonrisa.
Henrietta también sonrió levemente, pero no tuvo que replicar nada sensato porque habían llegado a la cabecera de la fila y tuvieron que preparase para bajar del carruaje. Él no estaría. Ya había aprendido a no esperarlo hasta que casi hubiese llegado el momento de la cena. Entonces, para escándalo de su tía y de su anfitriona, la monopolizaría para luego desaparecer dejándola… exprimida.
Esbozó una sonrisa muy cortés mientras pasaban por el ritual de saludar a los anfitriones y recorrían los pasillo para llegar al salón de baile. Esa noche no miraría hacia la puerta hasta que hubiesen terminado las dos series de bailes populares. Al menos, ya no le faltaban parejas de baile. Aunque, al día siguiente, no podía recordar los nombres de los jóvenes que la habían sacado a bailar. Era una lástima porque estaba segura de que algunos de esos hijos menores de buenas familias estaban sinceramente interesados en ella… o en su dote, porque tenía la sospecha de que lady Dalrymple podía haberla divulgado. A lord Deben, su fortuna no le parecería nada del otro mundo, pero para un joven que estaba obligado a abrirse camino en la vida sería suficiente como para marcar la diferencia entre luchar por sobrevivir y un desahogo moderado.
Sin embargo, cuando llegó, mucho más tarde, fue como si hubiese estado matando el tiempo durante la primera parte de la noche. Se acercó a ella y le señaló las dos butacas que había reservado en la habitación donde se servía la cena, y ya estaba a mitad del camino cuando se dio cuenta de que debería haberse mostrado más reacia. Sin embargo, para su fastidio, había acudido a él como un perro adiestrado a seguir sus pasos.
—Esta noche parece un poco alterada —comentó él mientras la ayudaba a sentarse.
—No estoy alterada —negó ella apresuradamente—. Solo estoy desconcertada.
—¿Ah…?
—Sí.
Ella buscó rápidamente un tema de conversación que pudieran mantener tranquilamente porque no estaba dispuesta a decirle que pensaba demasiado en él, que elegía la ropa que podía gustarle a él, que esa noche le había parecido aburrida e insulsa hasta que había llegado él.
—Antes tuve una conversación extraordinaria con lady Jesborough. Me presentó a sus tres hijas solteras y dijo que esperaba que nos hiciésemos amigas.
—¿Por qué se desconcierta? Le dije que la convertiría en la sensación de la alta sociedad —replicó él entregándole una copa de champán que había conseguido de un camarero.
—Efectivamente —ella cerró el abanico y lo dejó en el regazo mientras daba un sorbo de champán—. Lo dijo, pero nunca pensé que fuese a suceder tan deprisa. Pensé que tardaría semanas. Sin embargo, todos los días me llegan invitaciones cada vez más asombrosas y hoy, cuando entré por la puerta, la gente se arremolinó a mi alrededor como si fuese alguien interesante.
—Es alguien interesante. ¿No le había dicho lo fascinante que me parece su conversación?
—Sí… Ya sé que me encuentra divertida, pero eso es porque no me importa lo que le digo. Cuando lady Jesborough elogió mi vestido, solo pude balbucir algunas incoherencias sobre la modista de mi tía y que es mucho mejor que la costurera de Much Wakering. He debido de parecerle una boba. Aun así, me dio unas palmaditas en la mejilla y me dijo que lo haría muy bien.
—¿Eso dijo? Mmm… Nunca había pensado que fuese tan perspicaz.
—¿Qué quiere decir?
—Que tiene el éxito asegurado. Estoy seguro de que recibirá muchos más elogios de ese tipo, y no quiero decir que haya podido ser hipócrita. El vestido que lleva hace que esté absolutamente encantadora… en un estilo inocente y poco refinado.
¿Por qué no se había callado después de «absolutamente encantadora»? Había tenido que matizar el halago recordándole que era poco refinada.
—Me gustaría que dejara de hacer eso.
Él arqueó una ceja para indicar que no lo había entendido.
—Rebuscar algo de mí que no le desagrada y decírmelo como si fuese un elogio.
—Señorita Gibson —replicó él frunciendo el ceño—, creo que ya hemos hablado de su incapacidad para aceptar elogios. No he dicho nada que no crea sinceramente. Siempre, menos cuando nos conocimos, me ha parecido que su vestido era muy bonito. Entonces no dije nada porque no quise resaltar su caída en el mal gusto al comentar el cambio. Sin embargo, me gusta su estilo. Por ejemplo, su elegancia da crédito a los rumores de que estoy encaprichado de usted.
—No puedo creerme que la gente piense que está empezando a sentir algo por mí por cómo me visto.
—¿No? No habrá olvidado que pensaron lo contrario el día que la llevé de paseo por el parque… Usted misma me dijo que sería casi imposible que yo tuviera una amante tan mal vestida como iba usted ese día.
—No pueden pensar que usted quiera que sea su amante…
—No nos preocupemos por lo que piensan los demás, Hen.
—Yo tengo que preocuparme. De camino hacia aquí, mi tía me previno contra usted. ¡Y no me llame Hen! No le he dado permiso para que me llame por mi nombre de pila y mucho menos para que lo acorte llamándome gallina —añadió refiriéndose al significado de la palabra en inglés.
Él le dio un golpecito en la nariz.
—Entonces, no vuelva a ponerse una ropa tan fea como la del parque. Con la nariz, esos colores y esas plumas rojas al viento…
—Ahora está tratándome como si fuese su amante.
O una muñeca que usaba para jugar y distraerse del asunto que lo acuciaba. Una muñeca que abandonaría en cuanto se aburriera.
—Eso es lo que hace, ¿no? —siguió ella—. Las viste para satisfacer sus caprichos. Para que lo sepa, me vestí de aquella forma tan ridícula solo para darle una lección.
—Ya… —él se dejó caer contra el respaldo con una sonrisa de suficiencia—. Me lo imaginé pero, entonces, no pude comprender por qué estaba tan enojada conmigo ese día. ¿Sería tan amable de aclarármelo?
—Despreció a mi tía. Fue insoportablemente arrogante al no querer hablar con los invitados que había en la sala y abochornó al pobre señor Bentley porque se atrevió a decir que le gustaban mucho sus caballos.
—¿Se suponía que iba a castigarme por parecer ridícula?
Ella lo miró con rabia.
—Creí que no soportaría que lo vieran en público con una mujer vestida de una forma tan vulgar. Aunque, ahora que lo conozco mejor, comprendo que fui una necia al creer que le impresionaría lo que otra persona pensara o hiciese. Es tan arrogante que le parecería absurdo fijarse en seres a los que considera inferiores a usted.
Él endureció la expresión.
—No sé por qué está tan arisca esta noche, señorita Gibson. Yo solo quería coquetear un poco. Cualquier otra noche habría esperado que si se me ocurría tener la impertinencia de criticar su forma de vestirse o de provocarla con un diminutivo, me habría puesto en mi sitio, como tiene por costumbre.
¿Tan mala era? Sí. No sabía qué le pasaba cuando estaba con lord Deben. Cuando estaba en Much Wakering, casi nunca perdía el temple. Era verdad que se enfrentaba a sus hermanos cuando eran especialmente insoportables, pero conseguía hacerlo sin que pareciera una arpía. Todo el mundo decía que era muy alegre. Sin embargo, también era verdad que nunca había tenido que lidiar con una persona como lord Deben. No podía haber un ser tan desquiciante en toda la creación. Había estado toda la noche en ascuas mientras lo esperaba, pero ¿le importaba a él? No. Eso era un juego, disfrutaba riéndose de los demás integrantes de la alta sociedad. La había elegido solo porque así se garantizaría que le daba en las narices a la señorita Waverly. No tenía reparos en utilizarla para que los demás no supieran que, en realidad, estaba pensando en elegir una esposa… y lo peor de todo era que ella estaba permitiendo que la utilizara. ¿Dónde había quedado su dignidad?
—Esta noche, por algún motivo, su sentido del humor brilla por su ausencia. ¿Por qué, Hen? ¿Ha pasado algo que la haya alterado?
—¿No se le ocurre pensar que tenerlo ahí burlándose de mí o haciendo caso omiso de lo que le he dicho sobre esa espantosa abreviatura de mi nombre puede alterarme? —ella abrió el abanico y se levantó—. Me niego a seguir sentada aquí para que siga maltratándome.
Se dio la vuelta y dejó la copa de champán dando un golpe en el alféizar de la ventana que tenían detrás. Cuando volvió a girarse, él se quedó atónito al ver que tenía lágrimas de rabia y humillación en los ojos. También se levantó.
—Solo quería provocarla un poco, no burlarme —le explicó él en tono sombrío—. Me olvidé de que no domina el arte del coqueteo.
—¿Coqueteo? ¿Le parece coqueteo decir que parezco una gallina? —ella lo miraba con furia, con la respiración entrecortada y con los puños cerrados—. ¿Qué habría dicho después? ¿Que había sido el destino quien me había puesto un nombre tan adecuado? ¿Habría seguido haciendo bromas sobre las plumas o…?
—Nada de eso, palabra, pero es muy susceptible sobre su nariz.
Habría podido gritar de furia. No se enteraba de nada. No se trataba de ese nombre insultante que había soportado durante años. Todos los amigos de sus hermanos la habían llamado gallina en algún momento. Casi todos, con cierto cariño. Se trataba de su condescendencia para no tomarse nada de ella en serio. Se trataba de que él estaba en el centro de la existencia de ella y ella estaba en la periferia de la de él. Se trataba de que la tenía en la palma de su mano y ni siquiera se daba cuenta porque no la apreciaba. Mientras que ella… Sintió una opresión en el pecho al darse cuenta de la aterradora verdad.
—Solo puedo dar por supuesto que alguien se burló de usted en el pasado y que tiene un problema con eso —siguió él mirándola con curiosidad, lo que confirmó la sensación de que, para él, era como un experimento—. Señorita Gibson, ya se lo he dicho antes, su nariz no resta atractivo a sus otros rasgos. Es posible que impida que se la considere una belleza, pero nada más.
—¿Nada… más…?
¿Cómo podía estar comentando tan tranquilo la forma de su nariz cuando ella acababa de tener una revelación demoledora? Se había enamorado de él. Por eso se pasaba todo el día, no solo los principios de las fiestas, matando el tiempo hasta que podía volver a verlo y a hablar con él. Por eso solo se sentía plenamente viva cuando estaba con él. Por eso su corazón se aceleraba cuando le hacía un cumplido y se hundía cuando le recordaba que no lo había dicho en serio. Por eso se fijaba tanto en su rostro y en los matices de su voz con la esperanza de captar algún indicio de que sentía algo. Tampoco podía recordar cuándo fue la última vez que durmió sin despertarse en algún momento de la noche porque estaba reviviendo aquellos momentos en el sofá de lady Susan.
El beso de Richard no la desveló ni una sola noche. La sorprendió tanto que no pudo reaccionar. Más que nada, se sintió halagada cuando, después de que hubiese dejado de besarla, pudo entender exactamente qué era lo que había notado contra el vientre. Cuando él volvió a Londres sin decir nada, decidió, por orgullo, que no iba a dejarla allí mientras él se divertía. No le pareció justo que él diera por supuesto que estaría esperando a que se cansara de darse la gran vida. Todo fue algo racional. Lo que sintió por Richard fue más un encaprichamiento infantil que otra cosa. En realidad, había sido como si hubiese querido aferrase a la esperanza del amor.
Sin embargo, el asunto con lord Deben era adulto, complicado, doloroso y muy real.
—No hable hasta que haya dominado su furia o… —empezó a avisarle él.
—¿O qué?
¡Él y su dominio de sí mismo! Lo… lo… No sabía qué le haría. Estaba furiosa con él por ser tan sereno y racional cuando todo el mundo de ella estaba boca abajo. ¿Cómo había permitido que le pasara eso? Se acordó de sus propias palabras, como si se burlaran de ella, cuando le dijo que no podía planear cuándo enamorarse, que era algo que sucedía. ¿Había algo peor que ser víctima de la advertencia que había hecho a otra persona? Sí, que esa persona lo descubriera. Tenía que hacer lo que fuese para que él no lo descubriera jamás.
—¿Tiene miedo de que le picotee? —ella, al querer decir algo sensato, había vuelto a la comparación con una gallina—. Incluso las gallinas más normales y corrientes pueden defenderse. En realidad, pueden llegar ser aterradoras si se las incordia.
—Estoy seguro. Por eso los hombres cuidan tanto a sus pollitas…
Ella se puso roja como un tomate.
—¿Cómo se atreve a convertir un comentario inocente sobre las gallinas en algo tan… soez?
¡Se había olvidado de que tenía hermanos!
—No estaba siendo soez —replicó él.
Nunca llevaría una conversación con ella a un tono así. Ese tipo de conversación vulgar era el preludio de emparejamientos igual de vulgares. Solo había querido decir que respetaba su opinión. ¿Qué le pasaba esa noche para que interpretara mal todo lo que decía?
—Además, es injusto que se enfurezca conmigo por un comentario completamente inofensivo…
Estaba a punto de decirle que consideraba el tamaño de su nariz como una muestra de su carácter, que, sin ella, le parecería insulsa, que había llegado a gustarle mucho. Sin embargo, el genio imprevisible de ella hizo que vacilara.
—Esta noche no se le puede decir nada. Debería aprender a dominar ese genio y…
—Y usted debería aprender a no…
—¿A no empeñarme en decir la última palabra? —él le pasó un dedo por la cara—. Sin embargo, no lo hará porque…
Ella dejó escapar un ligero grito de rabia y le golpeó con el abanico, que se partió contra su antebrazo. Espantada por haber reaccionado tan desproporcionadamente en un sitio público, dejó caer los trozos de papel y madera, se dio media vuelta y se marchó corriendo para buscar a su tía.
—Ya sé que te dije que no lo alentaras, cariño —le dijo su tía de camino a casa—, pero tampoco hacía falta que siguieras mi consejo tan vehementemente aunque estuviera tomándose unas libertades impropias. Algo que tenía que acabar sucediendo con un hombre así.
—Lo sé y lamento haberte abochornado, pero nadie me saca tanto de mis casillas como él. Es como si cada vez que lo viera, me comportara como sé que no debo comportarme. Aun así, no puedo evitarlo. Primero, me…
—Te vestiste de aquella forma tan espantosa para que se arrepintiera de haberte ordenado que fueses de paseo con él.
—¿Lo supiste?
—Bueno, tu gusto era un poco soso cuando viniste a la ciudad, pero siempre has sabido los colores que entonan. Ponerte una piel de zorro con ese abrigo solo pudo ser un intento intencionado de estar lo más espantosa posible. Además, después de haber observado cómo os habéis relacionado desde entonces, solo puedo llegar a la conclusión de que…
Ella se calló e hizo un gesto de preocupación.
—¿De qué?
—De que, desgraciadamente, me parece que te has enamorado perdidamente de él.
—¿Es tan evidente…?
¿Cómo era posible que todo el mundo se hubiese dado cuenta antes que ella? La señorita Waverly la había acusado hacía siglos de correr detrás de él como una necia enamoradiza, pero ella no se había dado cuenta hasta esa noche de que lo seguía como un perro adiestrado.
—Entonces, es verdad… —siguió su tía con el mismo gesto de preocupación—. Supongo que debería haber hecho algo antes, pero nunca había visto a nadie que hubiera tenido un flechazo. En realidad, creía que solo pasaba en las novelas románticas. Por eso, al principio, cuando tu relación con él parecía estar viniéndote muy bien, me alegré por ti.
—¿Viniéndome muy bien?
—Sí. Cuando llegaste a la ciudad, estabas un poco insegura de ti misma. En vez de estar radiante, parecías decaída. Empecé a preocuparme de que quisieras volver a Much Wakering. Entonces, repentinamente, lord Deben te puso el brillo en los ojos. Ya sé que el primer día fue de furia, pero pensé que era preferible verte así de acalorada que verte languideciendo hasta ser una sombra de la muchacha que deberías ser.
—Eso es lo que no entiendo. ¡Me enfurece! Si lo amara de verdad, debería sentirme… no sé… emocionada y tierna al verlo.
—Eso es lo que pasaría si él te correspondiera, cariño.
—Y no me corresponde, ¿verdad?
Su tía no contestó y Henrietta suspiró.
—Es un tormento. Casi no puedo dejar de pensar en él y él parece tratarme como algo divertido. Por eso he perdido los nervios tan espantosamente esta noche.
Ella oyó que su tía también suspiraba en su rincón del carruaje.
—Debería haber tomado medidas antes de que llegara a este punto. Lamento no haberme dado cuenta de todo lo que estaba pasando entre vosotros. Esta noche, cuando has reaccionado tan apasionadamente en público, por fin me he dado cuenta de lo profundos que eran tus sentimientos. Sin embargo, debería haberlo notado antes. Vayamos donde vayamos, siempre miras alrededor para ver si está allí y cuando aparece, acudes a él como una paloma al palomar. Sin embargo, lo que más te delata es que, de repente, te conoces como mujer.
—¿Yo… conocerme…? ¿Qué quieres decir? —le preguntó ruborizada aunque era lo que los dos habían buscado.
—Es muy natural, querida. Si te enamoras, todo tu cuerpo cobra vida cuando ves al objeto de tu amor.
—No… Nunca supe… Nunca me imaginé hasta esta noche…
Su tía se inclinó hacia delante y le dio unas palmadas en la mano.
—Me cuesta criticarte porque te hayas enamorado de él cuando se ha tomado tantas molestias para cautivarte. Los libertinos son muy cautivadores.
—No ha sido nada cautivador —replicó ella tajantemente—. Cuando hablamos, parece como si fuese un combate de esgrima.
Incluso cuando la besó, pareció una especie de competición.
—Es la manera que ha elegido de fascinarte. Da las gracias porque no ha elegido otra manera.
¡Si su tía supiera! Aquel beso fue tan hipnótico que todavía esperaba, con desesperación creciente, la noche en que se dignaría a llevarla a algún rincón discreto para besarla en la boca.
—Al menos, puedes alejarte de él con la reputación intacta ahora que te has dado cuenta de lo que trama —añadió su tía.
—Después de cómo nos separamos anoche, no creo que vaya a volver a preocuparse por mí —replicó ella con el alma en los pies.
—Sería lo mejor. Al fin y al cabo tienes varios pretendientes rondándote. Por ejemplo, el señor Waring. ¿Qué te parece?
—Lo siento, pero ni siquiera me acuerdo de su cara. No tiene sentido hablar de ninguno de ellos. En realidad, es posible que lo mejor sea que me retire de todo esto —contestó ella señalando con la mano toda la lujosa zona que estaban recorriendo—. Estaba muy contenta antes de que él… de que lady Dalrymple interviniera.
—¡Imposible! Ya he aceptado varias invitaciones que no pienso dejar que se me escapen entre los dedos. Además, si te retiras de la sociedad tan pronto después de ese pequeño incidente, la gente pensará lo peor. Vas a tener que sobrellevarlo.
Henrietta hizo una mueca de disgusto. Había aceptado el plan de lord Deben, sobre todo, por las consecuencias de su Temporada en Londres en el resto de su familia.
—Supongo que tienes razón. Asistiré a todo lo que quieras que asista, naturalmente.
—Así me gusta. Además, la próxima vez que te encuentres con lord Deben, deberás contenerte. Si se acerca a saludarte, tienes que ser cortés y nada más.
—Cortés —repitió ella.
¿Podría ser cortes? Se había acostumbrado tanto a decirle lo que pensaba que le costaría mucho tratarlo como a cualquiera. Sin embargo, lo intentaría. Tenía que intentarlo. Ya estaba demasiado enmarañada emocionalmente con él. Quizá así pudiera librarse del dominio de él. Si fuese cortés, quizá también acabase sintiéndose cortés y distante.
—¿No se da cuenta de que esta frialdad que muestra conmigo solo conseguirá que asedie su fortaleza con más insistencia? —le preguntó él dos noches más tarde, cuando la asaltó por sorpresa a la salida del aseo de las damas.
—¿Cómo dice?
La cortesía y la frialdad no habían servido de mucho con lord Deben. No hizo caso de su muestra de hostilidad la primera noche que se vieron después del incidente con el abanico y le dijo que sabía que ella no había querido hacerlo. Incluso, la enfureció más todavía cuando le dijo que no le importaba que tuviese tanto genio que, al menos, tenía la virtud de no ser predecible y aburrida. Ella lo había escuchado, se había enfurecido cada vez más por su tono condescendiente, le había dado las gracias cortésmente, había hecho una reverencia y se había retirado apresuradamente con su tía.
—Me he acostumbrado a que las mujeres se abalancen sobre mí —contestó él mientras le bloqueaba el paso para que no lo sorteara—. Ya he tenido las que he querido. Su enérgica resistencia a lo que todo el mundo califica como unas libertades impropias que me tomé ha hecho que me bulla la sangre. Ahora, tengo que conquistarla.
—Basta.
No solo parecía que estaba repitiendo las frases de un melodrama mediocre, sino que había visto a dos chicas detrás de él que querían entrar en los aseos, pero que, repentinamente, habían decidido retocarse el peinado en el espejo primero.
—La gente está mirándonos.
—Es lo que queremos, ¿no?
—Ya no —contestó ella con cansancio.
Era imposible mantenerlo a cierta distancia mientras creyera que ella seguía participando en el juego. Tenía que acabar con eso inmediatamente, antes de que le hiciera daño de verdad.
—Ha sido muy generoso al dedicarme tanto tiempo —siguió ella con firmeza—. Sobre todo, si tenemos en cuenta lo poco considerada que fui con su oferta, pero…
Era muy peligroso seguir. Temía que, una vez que había conocido la forma de cortejar de lord Deben, nunca querría que otro hombre la tocara así. Él le había dicho que se fijara en los labios de un hombre y que se imaginara lo que sentiría si la besaba, pero solo quería mirar sus labios. Tampoco podía imaginarse que nadie fuese a provocar la reacción desenfrenada que sintió en el sofá de lady Susan. Además, ¿a quién iba a conocer con la mitad de experiencia, encanto y atractivo que lord Deben? No podía decirle por qué quería acabar con todo eso. Sería un tormento tener que reconocer que temía haberse enamorado de él.
—No hace falta seguir. Hemos logrado el resultado que buscábamos.
—Entonces, ahora que he logrado que tenga éxito en sociedad, piensa dejarme de lado, ya no le sirvo de nada.
—¡No! No es eso.
Él tomo una bocanada de aire e inclinó la cabeza. El miedo de perderla le oprimía el pecho. Sería mucho más sencillo si vivieran en otros tiempos, cuando un hombre de su categoría se limitaría a sacar a una doncella de su castillo y a encerrarla en el de él. Sin embargo, no era la Edad Media, sino la Edad de la Ilustración. Ya había comprobado que tenía que conquistar de otra manera, con astucia, sutileza y el arma más poderosa de todas, el poder que ejercía sobre el cuerpo de ella. Había llegado a creer que había avanzado sin pausa, pero, por algún motivo que desconocía, ella había retrocedido justo cuando creía que estaba dispuesta a dar el último paso.
Borró toda expresión de su rostro antes de volver a levantar la cabeza para mirarla.
—Si tiene la más mínima consideración hacia mí, no dará por terminado nuestro… acuerdo de esta manera.
—¿Por qué?
—Tengo mis motivos, pero puede reducirlos al orgullo. Es posible que no quiera que la gente piense que me ha rechazado tan categóricamente. No se olvide de que toda nuestra relación ha sido pública.
Ella había creído que no le importaba lo que la gente pensase de él, pero quizá en ese asunto fuese distinto. Tenía la fama de ser irresistible para las mujeres. Su orgullo quedaría maltrecho si era resistible para una mujer tan poco atractiva, sobre todo, cuando se había alejado tanto de su ambiente habitual para fingir que la perseguía.
—Muy bien —concedió ella—, puede elegir la manera de acabar con esta farsa, pero, por favor, no la alargue mucho más.
—No… —él inclinó la cabeza con ironía—. Puede estar segura de que la terminaré enseguida. Yo también estoy impacientándome con la situación.
Lo sabía, sabía que no le interesaba de verdad. Sintió un dolor tan intenso mientras se alejaba que creyó que no podría respirar nunca más. Su único consuelo era pensar que había sido la primera en decir que había que acabar con aquello. Él no sabía que la idea de acabar con esa relación estaba desgarrándola por dentro. Sin embargo, eso no le aliviaba el dolor.