Capítulo 10

Una hora más tarde, Cara seguía sin poder dormirse pensando en que lo único que le había preocupado era conseguir aquel trabajo. Su deseo se había hecho realidad gracias a la providencia divina, y se había prometido no volver a pedir nada más en su vida. Estaba teniendo mucho éxito y se abría ante ella un gran futuro. Pero ahora, no sólo quería aquel trabajo. También quería a Adam.

Grade le habría dicho que disfrutara del sexo con él. Pero sabía que si se arrojaba en los brazos de Adam, estaría perdida. Había luchado mucho durante los diez últimos años para salir adelante sola y no estaba dispuesta a perder lo que tanto trabajo le había costado conseguir.

Se levantó rápidamente de la cama al oír un golpe seco en la puerta de su habitación. 5e puso la bata y se la anudó a la cintura. Abrió la puerta y la expresión de su rostro se transformó en preocupación al ver al marido de Kelly frente a ella.

—¡Simon! ¿Qué estás haciendo aquí? Es la una de la mañana —dijo y se asomó al pasillo para comprobar que no había nadie más—. Además, si alguien me ve hablando contigo, será el fin de mi trabajo.

Simon impidió con el pie que Cara cerrara la puerta de la habitación.

—Cara, es Gracie —dijo Simon.

Aquellas palabras hicieron que Cara dejara de preocuparse por cerrar la puerta. Tenía el corazón en un puño.

—¿Qué ha pasado?

—Su madre. Ha muerto esta noche en Sidney, en un accidente de tráfico.

Cara salió corriendo en dirección a la habitación de Jeff. Llamó a su puerta incesantemente hasta que le abrió. Tenía el mismo aspecto desaliñado de siempre.

—¿Tienes idea de la hora que es?

—Acabo de recibir malas noticias y tengo que estar junto a una amiga.

Jeff bostezó, negando con la cabeza.

—Lo siento, Cara. No puedo dejar que te vayas. Sólo quedan tres días para que termine el programa. Espera hasta entonces.

—Vamos, amigo —intervino Simon—. No le hagas esto.

Al ver a aquel desconocido, Jeff se acabó de despertar.

—¿Quién es él?

—Es Simon, un amigo. Ha venido a contarme lo que ha pasado.

—¿Cómo has logrado entrar aquí?

—Eso no importa. Lo que importa es que me voy a llevar a Cara conmigo a casa.

Jeff lo miró entrecerrando los ojos.

—Está bien. Pero que sepas que si lo haces no podrás volver —dijo y dirigiéndose hacia Cara añadió—. Si te vas, tu contrato quedará rescindido y no te pagaremos ni un dólar.

Cara se quedó pensativa.

—Jeff, la grabación del programa no será hasta esta noche. Te prometo que estaré de vuelta antes.

—Lo siento —dijo Jeff—. Tan sólo espera tres días. Entonces, serás libre como un pájaro.

Cara se quedó mirándolo fijamente mientras se mordía los labios. No podía pensar con claridad. Entonces, se dio media vuelta y salió corriendo hacia la escalera, subiendo los escalones de dos en dos, sin esperar a Simon. Al llegar a la siguiente planta, se fue directamente hacia la suite 45 y golpeó la puerta con los nudillos. Al momento apareció Adam, con la misma ropa que llevaba un rato antes.

Al verla, se quedó sorprendido. A pesar de su invitación, no había imaginado que Cara aparecería en su habitación de aquella manera. La bata dejaba entrever su delicado camisón. Llevaba el pelo revuelto y respiraba aceleradamente. No había tenido una visión tan provocativa en su vida.

Su cuerpo respondió al instante. Sintió un arrebato de deseo, de tomarla entre sus brazos y hacerla suya. Pero de repente advirtió que algo no iba bien. No había ido hasta su habitación por la invitación que le había hecho.

—¿Qué pasa, cariño? —dijo tomándola suavemente del brazo.

—No quería tener que pedirte nada, pero eres mi última esperanza. Tienes que convencer a Jeff para que me deje salir —dijo con voz nerviosa—. Tengo que irme y no me deja. Dice que si lo hago, rescindirá mi contrato. Y no puedo dejar que eso ocurra. Necesito el dinero. Quiero que me ayudes.

—¿Ayudarte a qué? —preguntó Adam rodeándola con sus brazos en un intento de reconfortarla. No podía soportar verla sufrir.

—Es mi amiga Gracie. ¿Te acuerdas de ella?

—Sí, claro —contestó Adam deslizando su mano por la espalda de Cara.

—Su madre acaba de morir. Me necesita y no estoy dispuesta a dejarla sola en estos momentos.

—Claro que no.

Adam advirtió que había un hombre junto a la puerta al que no había visto antes y pensó que era un vigilante. Con su cuerpo protegió a Cara de la mirada del desconocido.

—¿Cara? —la llamó el hombre.

Aquél no era un vigilante. La conocía, pero aun así, Adam continuó ocultándola.

—¿Qué busca, amigo? —preguntó Adam en un tono tan autoritario que se sorprendió él mismo.

—Soy Simon, un amigo de Cara y esposo de Kelly.

Al oír aquello, Adam se sintió aliviado. Era un amigo y no un rival.

—Bien. Haz el favor de acompañarla a su habitación y que tome las cosas que le vayan a hacer falta. Dentro de quince minutos nos vemos en el vestíbulo.

Simon hizo un gesto afirmativo con la cabeza y rodeando con su brazo los hombros de Cara, se la llevó hacia el ascensor.

Adam tomó la llave de su habitación y se fue a hacer lo que tenía que hacer.

 

Quince minutos más tarde, Cara estaba en el interior de una limusina en dirección a su casa. Simon iba a su lado, pendiente de ella como si fuera su hermano mayor mientras hablaba por teléfono con Kelly que estaba acompañando a Gracie.

Era la primera vez que volvía a casa después de dos semanas y en lugar de estar alegre y feliz como imaginaba que regresaría, se sentía triste. Había cosas más importantes en la vida que ser la propietaria de un puñado de ladrillos. Y una de ellas era una amiga que la esperaba arriba con el corazón destrozado.

Simon abrió la puerta del coche y se dirigió al maletero para recoger el equipaje. Al salir Cara se encontró con los ojos azules de Adam Tyler. Por un momento se olvidó de dónde estaba y del motivo que la había llevado hasta allí.

—He venido en el asiento delantero, junto al conductor. No quería molestarte. Pero antes de irme quiero asegurarme que estás bien.

—Nos vemos arriba —interrumpió Simon.

Cara advirtió el gesto de complicidad que los dos hombres se intercambiaron y se dio cuenta que aquello se lo debía a él. Él también tenía un contrato que cumplir y se exponía a perder un acuerdo de miles de dólares, pero había querido asegurarse que ella estuviera bien. Le había pedido ayuda y él se la había prestado. Había puesto en peligro su propia compañía para ayudarla.

La luz de la luna provocaba un reflejo en su rostro haciéndolo irresistible.

—Por favor, no te vayas todavía —le pidió tomándolo de la mano.

Se quedaron inmóviles durante unos segundos. Finalmente él soltó su mano y la dejó ir. Cara miró hacia arriba y vio que había luz en el apartamento de Gracie. Aspiró hondo y se dirigió hacia el interior del edificio sintiéndose segura por estar cerca de Adam para apoyarla en aquellos momentos.

Entró en el apartamento de Gracie y al ver la expresión de alivio en el rostro de su amiga, supo que había tomado la decisión adecuada. Cara corrió a su encuentro y la abrazó con fuerza.

 

Unas horas más tarde, Adam ponía agua en la cafetera mientras ella se duchaba. Cuando regresó del baño, se dejó caer en el sofá y se quedó allí tumbada con un brazo ocultándole el rostro. Parecía agotada, pero al fin y al cabo era de esperar tras haber pasado la noche consolando a su amiga.

Adam había tenido tiempo para pensar y se había dado cuenta de lo equivocado que siempre había estado. Por la relación que su padre había mantenido con numerosas mujeres a lo largo de los años, había llegado a la conclusión de que lo mejor era no establecer un lazo sólido con ellas. Sin embargo, cuando Cara le había pedido aquella noche que se quedara con ella, simplemente no había podido negarse. Ni siquiera cuando Gracie rompió a llorar amargamente, había podido separarse de Cara. El deseo de estar junto a ella incluso en aquellos difíciles momentos era mayor que el deseo de controlar sus sentimientos. Había sido una noche muy dura para todos.

Una vez que el café estuvo listo, sirvió una taza para él y otra para ella y las llevó hasta la mesa. Adam se sentó en una silla frente a ella.

Cara tomó su taza y dio un sorbo. Bostezó y se quedó mirándolo con una dulce sonrisa.

—¿De qué te estás riendo? —preguntó Adam, sintiéndose relajado por primera vez en la noche.

—Me siento como si hubiera estado corriendo toda la noche.

Continuaron hablando relajadamente, bebiendo el café y disfrutando de su mutua compañía.

Adam miró a su alrededor. El apartamento era cálido y acogedor.

—Me gusta tu casa —dijo Adam y comprobó que el rostro se le iluminaba.

—A mí también. Ya casi lo tengo todo pagado.

—Estoy impresionado.

—Y eso que no soy socia de ninguna gran compañía de telecomunicaciones.

Adam no podía creer que estaba bromeando con una mujer sobre dinero. De pronto observó que se estaba mordiendo el labio inferior y sabía que había algo que la preocupaba. Había aprendido a conocer el significado de sus gestos.

—Con lo que me hubieran pagado en este trabajo, habría podido acabar de pagarlo —dijo haciendo un gesto de indiferencia.

Adam recordó haberla oído en el hotel referirse a lo importante que era para ella aquel sueldo.

—Si necesitas dinero...

Cara hizo un gesto con las manos para evitar que terminara la frase.

—No, no hay nada peor para estropear una relación que el dinero.

Se sintió aliviado al oír aquellas palabras y deseó arrojarse en sus brazos y dejarse llevar.

—¿Qué me dices si desayunamos? —propuso él.

Cara miró hacia la cocina.

—Lo único que hay son cereales y quizá queden algunos huevos.

—Quédate ahí sentada —dijo—. Voy a dar un paseo a ver qué encuentro.

Cara asintió con la cabeza. Entendía que Adam quisiera salir y respirar aire fresco. Aquello había sido demasiado para él. Había pasado la noche tratando de consolar a unos extraños.

Ni siquiera se dio la vuelta cuando salió por la puerta. No le extrañaría que no regresara y aunque había tratado de mostrarse indiferente, era lo último que quería. Mientras pensaba en ello, se acomodó en el gran sofá y fue cayendo en un plácido y reparador sueño.

 

El aroma a café y a bollos recién hechos despertó sus sentidos. Se estiró y abrió los ojos.

Adam había regresado. Estaba junto a la ventana, inundado por los rayos de sol. Al verlo, su corazón dio un vuelco.

Sobre la mesa del comedor había algo más: un gran ramo de margaritas, sus flores favoritas. El perfume que solía usar tenía el mismo aroma y era evidente que él se había percatado.

Cara se incorporó y al oírla, Adam se giró.

—Buenos días —dijo él.

Cara se atusó los cabellos.

—¿Cuánto tiempo has tardado?

—Una media hora.

—¿Sólo? ¿Estás seguro de que no he estado durmiendo un día entero?

Adam esbozó una sonrisa.

—Seguro. Lo siento.

Cara se puso de pie. Le dolía todo el cuerpo, pero estaba feliz de volverlo a ver allí a su lado. El debía estar tan cansado como ella, pero en lugar de marcharse al hotel para dormir un rato, había vuelto a su casa con el desayuno y un precioso ramo de flores.

Sobre la mesa había huevos, salchichas y una variedad de bollos, además de las flores que decoraban el centro. Y además, estaba junto al hombre al que amaba.

—¡Cuánta comida! ¿Acaso esperamos a alguien?

—No que yo sepa.

—¿Así que todo esto es sólo para nosotros dos? —dijo Cara y, justo en aquel momento. su estómago hizo un sonido inconfundible que hizo que rompieran a reír—. No me queda más remedio que reconocer que tengo hambre.

—Lo único que te pido es que me dejes probar algo.

—Ya veremos —dijo dirigiéndole una cálida sonrisa.

Adam sirvió un plato abundante a Cara. Estaba muerto de hambre y era evidente que ella también.

—¿Qué crees que hará Gracie ahora? —preguntó Adam.

—No lo sé. Su madre se quedó embarazada siendo una adolescente y Gracie nunca conoció a su verdadero padre. Creo que no era australiano. Su madre se casó cuando ella estaba en el instituto y tiene hermanos pequeños. Su padrastro es un hombre encantador y a lo mejor decide irse a vivir con ellos.

—¿Crees que lo hará? Parece una persona muy independiente.

—Y lo es.

—Por eso viniste, ¿verdad? Ella confía plenamente en ti y eres un apoyo para ella.

—Cierto. Eres muy observador —reconoció con una dulce sonrisa.

—Gracias.

—Seguro que eso es una virtud en tu trabajo. Debe de ser difícil dar una segunda oportunidad a alguien cuando la primera impresión que te ha causado no ha sido buena, ¿no?

Cara lo miró con una amplia sonrisa que le hizo olvidar lo que le acababa de decir. Se la veía deliciosa con sus mejillas sonrojadas, su pelo revuelto y ni pizca de maquillaje. Las pecas resaltaban sobre la palidez de su nariz.

Cara pensó que no se había explicado con claridad y repitió su comentario.

—Quiero decir que si alguien te causa una mala impresión, es difícil darle una segunda oportunidad —dijo y siguió comiendo.

Adam comprendió que no esperaba ninguna respuesta y se quedó callado disfrutando del silencio.

Se preguntó cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de una comida con tranquilidad y compañía.

Los escasos desayunos que compartía con su padre de tanto en tanto, siempre acababan con una desagradable sensación de frustración por su parte y de resentimiento por parte de su padre, que había dilapidado su fortuna y tenía que recurrir a su hijo para poder vivir. Y cuando desayunaba con Chris y Dean, lo hacían trabajando y dando vueltas a nuevas ideas.

Pero aquella tranquilidad que respiraba era una sensación nueva para él. Era todo un lujo. Y además su acompañante era una mujer. Miró de reojo a Cara. Tenía la mirada fija en la ventana y sus pensamientos estaban a kilómetros de allí, mientras masticaba.

De pronto, ella se giró y se percató de que la estaba mirando fijamente. Esbozó una cálida sonrisa y Adam sintió que el corazón le daba un vuelco. Estaba disfrutando de un agradable momento que no quería dejar escapar. Quería que se repitiera una y otra vez y sólo con aquella mujer.