Capitulo 3

Cara se fue a su apartamento y encontró una nota de Gracie pegada a la puerta. Subió los escalones de dos en dos hasta el piso de arriba y llamó a la puerta de su amiga. Oyó ladrar a un perro al otro lado de la puerta. Se trataba de Minky, el pequeño perro al que estaba cuidando mientras sus amigos Kelly y Simon estaban de viaje fuera de la ciudad.

Por fin la puerta se abrió y Gracie apareció tomando a Minky en brazos.

—Y, ¿bien?

—He conseguido el trabajo.

—Lo sabía. Estaba segura de que lo conseguirías.

Gracie la tomó del brazo y la condujo hasta el viejo sofá que ocupaba medio salón.

—Me quedan diez minutos antes de irme a trabajar, así que cuéntamelo todo ahora mismo.

—No puedo. Tengo que guardar el secreto.

—¿No me lo puedes contar ni a mí?

—No, especialmente a ti no.

—Haces bien. Ya sabes que no sé estar callada. ¿Has conocido a alguien famoso? ¿Has visto al chico que presenta ese programa de cine? Es guapísimo.

—Te equivocas de canal.

—Tienes razón.

—He comido con un hombre muy interesante —comenzó Cara y le contó detalles de la comida, pero sin dar el nombre de su acompañante.

—¿Traje caro o barato?

—Caro, ninguna duda.

Gracie sacudió la cabeza y dedujo que no volverían a verse. Cara iba a tener que estar aislada en un hotel durante dos semanas con muchas cosas de las que ocuparse.

 

Adam regresó a la oficina.

Dean, el tercer socio de Revolution Wireless, estaba trabajando en su despacho. Él se ocupaba de llevar las cuentas de la compañía. Se había quitado la chaqueta y la corbata y llevaba las mangas de la camisa remangadas mientras hablaba por teléfono.

Adam se sentó a la espera de que colgara el auricular.

—Adam —dijo Dean cuando terminó y estrechó la mano de su amigo—. Pareces preocupado.

—Es Chris.

—¿Por el programa de televisión? —preguntó y Adam afirmó con la cabeza—. Deja que haga lo que quiera.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto. Hace más de un año que se tomó las últimas vacaciones y está cansado. Esto le servirá para darse un respiro.

—No lo creo. Me he esforzado mucho para que Revolution Wireless tenga una imagen de compañía seria frente a las grandes multinacionales que han copado el mercado durante años y justo cuando estamos arriba llega Chris y nos hace parecer unos principiantes.

—Humanos es lo que nos hace parecer —repuso Dean mirando con severidad a Adam—. Y no creo que eso sea malo para una compañía como la nuestra.

Adam parpadeó y Dean enarcó las cejas.

—Así que estás de acuerdo con él, ¿verdad?

—Totalmente. Creo que es un hombre muy valiente. Le ha echado agallas al asunto. Y no veo que la imagen de Revolution Wireless vaya a verse perjudicada por ello.

Adam se quedó pensativo. Él era el único que no lo veía así y no estaba dispuesto a iniciar una discusión.

—Está bien. Si ésa es tu decisión, quiero que seamos los patrocinadores del programa.

Dean se quedó inmóvil unos segundos y luego se pasó una mano por el pelo.

—¿Quieres que patrocinemos el concurso?

—Ya que parece que no puedo hacer nada para detener el programa, tendremos que sacar algún beneficio. Nos aprovecharemos de que va a ser emitido en horario de máxima audiencia y conseguiremos una gran publicidad.

De esa manera, él se aseguraba su presencia en la grabación del programa y así podría estar en el hotel. De ese modo, vigilaría a Chris y se aseguraría que su amigo no acabara con alguna manipuladora que además del corazón, le robara la cartera. Y es que, tal y como él veía todo aquel asunto, estaba seguro de que eso era lo que iba a pasar.

—Claro. Tú eres el responsable del marketing de la compañía, así que si crees que puede interesarnos, te apoyo completamente.

Adam sacudió la cabeza.

—¿No tienes inconveniente en quedarte solo al frente de la compañía durante las dos próximas semanas?

—Por supuesto que no. Siempre y cuando pueda localizarte por teléfono ¿Para qué están los móviles y el correo electrónico sino para hacer más fácil el trabajo?

Adam sonrió.

—Tienes toda la razón.

En aquel momento dos de los teléfonos que había frente a Dean comenzaron a sonar.

Adam se puso de pie.

—Te dejo.

Dean descolgó uno de los auriculares y se despidió de Adam con la mano.

 

Al día siguiente, Cara pidió a su asistente que cancelara todos sus compromisos de los próximos quince días. Decidió ocuparse ella misma de llamar a Maya Rampling, editora de la revista Fresh y su cliente más importante.

—Cara, querida. Creo que tengo que felicitarte.

—Maya, eres un encanto. Gracias a ti he conseguido este trabajo. Aunque ello suponga que no pueda hacer la sesión de lencería para tu revista.

—Te echaré de menos, pero no lo pienses. Ese trabajo es el perfecto para ti. Te voy a dar un consejo que no debes olvidar: no te fíes de nadie. Los trabajos en televisión son muy inestables e inseguros. Unos y otros en el equipo se harán la vida imposible a fin de sobresalir sobre los demás y no perder su empleo.

—Gracias, lo recordaré.

—Así que mantente al margen y no te metas en líos. Sé discreta, concéntrate en el trabajo y no tendrás problemas. Pásatelo bien. Nos veremos pronto.

Maya colgó y Cara se quedó pensativa. ¿Que lo pasara bien? Con aquellos consejos que le había dado, tenía miedo hasta de sonreír a la persona equivocada. Se concentraría en el trabajo y en nada más. Así saldría de su hipoteca, se recordó quedándose más tranquila.

Se dio una ducha y se puso unos vaqueros y una camiseta blanca. Cerró la maleta y se fue.

Una limusina negra la esperaba en la puerta. Bajó la ventanilla y contempló el edificio. La próxima vez que volviera allí, su apartamento sería suyo de verdad.

El coche arrancó y se puso en marcha, dejando a un lado la playa donde las chicas tomaban el sol con diminutos biquinis bajo la atenta mirada de los hombres que por allí pasaban.

Cara pensó en el misterioso Chris y en los motivos que le habrían llevado a acudir a un programa de televisión para encontrar el amor. Ella nunca consideraría ir a un concurso para eso, ni siquiera a través de las discretas agencias de Intemet, por eso no entendía por qué lo hacía. Ella prefería salir con sus amigas y conocer así a otras personas. Aunque no le había preocupado nunca encontrar un hombre con el que tener una relación seria.

Daba igual los motivos que le hubieran llevado a Chris a presentarse a aquel programa, se dijo. Lo importante es que ella había encontrado un trabajo único, la oportunidad de su vida.

Mientras el coche se dirigía a la ciudad, Cara se acomodó en el asiento a la espera de iniciar una nueva etapa de su vida.

 

—Eso está hecho —dijo Adam, mientras estrechaba la mano de Jeff, el joven ejecutivo que llevaba la ropa arrugada y mucho gel en el pelo—. Revolution Wireless será el patrocinador de El soltero millonario.

—Tendrás que permanecer con el resto del equipo en el hotel —explicó Jeff—, y por esoo tienes que respetar las mismas normas que los demás durante las próximas dos semanas.

Adam le dirigió una sonrisa forzada al joven.

—Por supuesto.

—Está bien —dijo Jeff devolviéndole la sonrisa—. Tienes que estar en el hotel antes de las ocho de la tarde para que te den una habitación.

—En la misma planta que la de Chris, ¿verdad?

—Tendrás la suite de al lado —accedió Jeff—. Aquí te doy una copia de las actividades que están programadas para estos días.

Adam echó un vistazo al papel, que no tenía ningún título o detalle que lo identificara con el programa. Si alguien encontraba aquel papel tirado en el suelo, nunca se le ocurriría pensar que se trataba del secreto mejor guardado de la televisión australiana.

El soltero millonario va a ser un bombazo —dijo Jeff—. Ya lo verás.

Ya era uno más del equipo, pensó Adam. Chris iba a necesitarlo, no le cabía ninguna duda de ello. Gracias a él, su amigo iba a salir de aquel programa soltero y millonario, tal y como había llegado.

 

La entrada del Hotel Ivy estaba protegida por unos vigilantes de seguridad y un detector de metales. Escanearon la tarjeta de Cara y le permitieron la entrada. Una vez dentro, otro vigilante registró su equipaje en busca de equipos de grabación y lo único que encontró fue una cámara de fotos instantánea que le permitieron pasar. Aquel sitio parecía una fortaleza. Estaba emocionada. Puso su maleta en la banda del detector de metales y de repente la alarma comenzó a sonar.

El guarda de seguridad, cuyo nombre era Joe Buck según ponía en su placa, le cortó el paso.

—Lo siento, señorita Marlowe, pero no está permitido introducir teléfonos móviles.

—Pero si no lo he traído —dijo segura de haberlo dejado en su casa sobre la mesa del salón.

Su maleta dejó de sonar y se miraron sorprendidos.

—Lo siento, señorita Marlowe, pero las órdenes... —comenzó a decir Joe, dejando en el suelo la maleta.

—Lo sé, lo sé —lo interrumpió Cara—. Espere un segundo y me aseguraré que no lo tengo.

Recordó el consejo de Maya de que fuera discreta y deseó acabar con aquello cuanto antes. Puso la maleta en el suelo, se inclinó de cuclillas y allí mismo la abrió. Revolvió el contenido y no encontró nada más que su ropa doblada.

Oyó que el murmullo de la fila iba en aumento y se giró para mirar. Cada vez había más personas detrás de ella esperando para pasar. ¡Vaya impresión que debían de estarse llevando sus nuevos compañeros!

La alarma paró. Sacudió su maleta y el sonido comenzó de nuevo. No habiendo encontrado nada, decidió sacar la ropa que se iba colocando sobre su hombro.

—¿Todo bien por aquí? —dijo una voz que le sonó familiar.

Cara se puso de pie rápidamente. De pronto la vista se le nubló y alargó la mano en busca de un soporte. Adam Tyler, que estaba junto a ella, la sujetó.

Poco a poco, su vista se fue aclarando y vio aquellos intensos ojos azules mirándola. Ahora aquel hombre no querría hablar de su nombramiento como empresario australiano del año con una mujer que apenas se podía mantener en pie.

Se sentía intimidada y nunca se había sentido así antes. Ella era una mujer que había conseguido todo lo que tenía gracias a su propio esfuerzo. Era una mujer con talento y ambición que en aquel momento necesitaba agarrarse a él para mantenerse en pie. Su mano se apoyaba sobre su fuerte pecho y un montón de ropa interior colgaba de su hombro. Rápidamente la tomó y se dio la vuelta para esconderla.

—¿Estás bien? —preguntó Adam tomándola del codo como si tuviera miedo de que se cayera.

Desconcertada, se agachó y comenzó a guardar la ropa en la maleta.

—Tengo la tensión baja dijo escondiendo la ropa interior—. Me he puesto de pie bruscamente y me he mareado. Me pasa de vez en cuando.

—Señorita Marlowe —intervino Joe, el guarda de seguridad—. ¿Ha encontrado su teléfono móvil?

—Búsquelo usted mismo, por favor.

El guarda miró a Adam sin saber qué hacer y justo en ese momento el sonido de la alarma se reanudó. Joe aspiró profundamente y se puso a registrar la maleta.

Mientras Cara lo observaba en silencio, se preguntó qué estaría él haciendo allí. Recordó que no pensaba volver a ver a Adam nunca más.

—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó.

—Te estoy sujetando.

—No me refiero a eso. ¿Qué haces aquí en el hotel?

En ese momento, Joe tenía algo en la mano y no era un teléfono móvil. Era una pancarta que ponía en grandes letras: felicidades. Además, emitía un sonido similar al de un teléfono.

Cara, Adam y un gran número de personas que esperaba en fila detrás de ellos para pasar por el detector de metales miraban asombrados la gran pancarta que Gracie había introducido en la maleta de su amiga. Todo el mundo se giró a observar a Cara que, avergonzada, alargó la mano para tomar la pancarta que Joe le entregaba.

—Lo siento, señorita Marlowe.

—No se preocupe, Joe —dijo tratando de mostrarse tranquila. El guarda no tenía culpa de nada. Tan sólo había cumplido su trabajo. Ya hablaría con Gracie—. ¿Me puede devolver mi maleta?

—Por supuesto —dijo Joe poniéndola en el suelo con cuidado.

—Gracias.

El guarda volvió a su puesto y Cara trató de cerrar su maleta, pero no podía. Miró a su alrededor sin saber qué hacer. En aquel momento, Joe estaba registrando la maleta de Adam. De pronto, él levantó la vista y la observó. Cara se tragó su orgullo y le hizo una señal con la mano para que se acercara.

—¿Me ayudas a cerrar la maleta? —le preguntó.

—Claro —respondió con una sonrisa de autosuficiencia, que hizo que Cara se arrepintiera de haberle pedido ayuda.

Cara se sentó sobre la maleta y tuvo que levantar las piernas mientras él se ocupaba de asegurar el cierre. Sentía que su humillación iba en aumento.

—Venga, dímelo.

—¿El qué?

—Lo que sea que estás pensando.

—Estaba pensando que has sido muy amable con Joe —dijo cerrando los últimos centímetros de la cremallera.

—¡Oh!

—Ya está —anunció Adam.

Cara tragó saliva.

—Todavía no me has dicho lo que te ha traído hasta aquí.

—No me extraña si tenemos en cuenta que el espectáculo que acabas de dar en el control de acceso ha sido mucho más interesante que cualquier cosa que yo pudiera decir —dijo Adam y antes de que Cara pudiera interrumpirlo, añadió—. Revolution Wireless es el patrocinador del programa.

—Eso es toda una sorpresa. Mientras comíamos me dio la impresión de que te parecía un concurso absurdo.

—Y así es. Pero la gente que entiende de televisión me ha dicho que este programa se va a convertir en todo un fenómeno. Así que aquí estoy en representación de Revolution Wireless.

—¿Te quedarás las dos semanas? —preguntó tratando de mostrarse calmada.

Adam sacudió la cabeza.

—Señor Tyler —los interrumpió el guarda de seguridad—. Aquí tiene su teléfono móvil, su ordenador portátil y su impresora. Está autorizado para usar todo.

Adam se quedó unos instantes más observándola antes de girarse y hacerse cargo de su equipaje. Cara aprovechó la ocasión para salir de allí. Tomó su maleta y se dirigió al ascensor tan rápido como le fue posible.

Él la miró alejarse. Al menos iba a estar entretenido con aquella mujer cerca.

Joe le indicó hacia dónde tenía que dirigirse para llegar a su habitación. Adam se acercó hasta el ascensor recordando lo bien que le sentaban los vaqueros a Cara. Parecían una segunda piel. Era una mujer delgada, pero tenía las curvas perfectas tal y como había comprobado al verla entrar en el hotel. Nada más verla en apuros se había acercado a ayudarla. Aunque tenía que reconocer que el verdadero motivo para ayudarla había sido protegerla de las miradas de otros hombres.

«¿Quién necesita guardas de seguridad en este lugar conmigo cerca y dispuesto a ayudar?», se dijo bromeando.