Capítulo 5

Aquella noche, en el ambiente romántico de la terraza del Hotel Ivy, todo estaba dispuesto para que Chris conociera a las concursantes, entre las que estaba la mujer que podría convertirse en su esposa. Cara estaba en el salón contiguo asegurándose de que todo estuviera preparado correctamente. Con una mano sujetaba una copa de champán y con la otra, la falda de su largo vestido negro para evitar pisárselo. Se movía de un lado a otro asegurándose de la posición de los focos y las cámaras y pegando los cables al suelo con cinta adhesiva negra.

Vio que Adam estaba sentado observando desde su silla lo que estaba ocurriendo fuera en la terraza. A pesar del enfrentamiento que habían tenido aquella misma tarde, cuando comenzó la grabación del programa se fue junto a él.

—Tengo un nudo en el estómago como si fuera yo la que estuviera ahí fuera —dijo acercando una silla.

Adam no se molestó en mirarla. Estaba totalmente pendiente de lo que hacía su amigo. Era evidente que estaba nervioso.

No era justo echarle toda la culpa de lo que había pasado en la limusina. El solo hecho de pensar que Chris pudiera dejar el programa, la había asustado y había hecho que reaccionara bruscamente.

Cada uno de ellos tenía una opinión del programa y unos motivos diferentes para estar allí. Si quería pasar los próximos quince días con tranquilidad, lo mejor sería llevarse bien con él.

—Nervioso, ¿verdad? —preguntó Cara y nuevamente no obtuvo respuesta.

Así que alargó la mano y la puso sobre la pierna de Adam. Él se estremeció y Cara retiró la mano sorprendida. Lo miró y adivinó por la expresión de sus ojos que no sólo estaba nervioso, sino que además estaba sufriendo. Cara se tranquilizó antes de volver a hablarle.

—¿Estás bien?

—No lo conoces —dijo en voz baja—. Es muy inocente y esas mujeres se aprovecharán de él.

Cara dirigió su mirada hacia Chris. Los dos amigos habían hecho bromas a lo largo de todo el día refiriéndose a Adam como el guardaespaldas de Chris. Ahora entendía que no era sólo una broma. Por algún motivo desconocido, Adam se sentía obligado a proteger a su amigo.

Pero, ¿por qué? Tal y como Cara lo veía, las mujeres estaban más nerviosas que el mismo Chris, especialmente una de ellas cuyo rostro le era familiar.

Se trataba de Maggie, la chica a la que había tenido que ayudar a abrir la puerta de su habitación. Llevaba un bonito vestido rosa y su rubia melena suelta sobre los hombros. Si las demás se parecían en algo a ella, estaba claro que aquellas muchachas habían sido escogidas cuidadosamente. Maggie era incapaz de aprovecharse de nadie.

—Dales una oportunidad —dijo Cara—. Si en algún momento veo que alguien se aprovecha de él, te lo haré saber, ¿de acuerdo?

—No juegues conmigo —dijo Adam, mirándola con los ojos entrecerrados.

—Hablo en serio —repuso Cara, llevándose la mano al pecho—. Apenas conozco a Chris, pero me cae bien. No podría permitir que lo engañaran.

Adam hizo un gesto afirmativo con la cabeza. Al cabo de unos segundos lo repitió. Inspiró con fuerza y luego suspiró. Algo de lo que había dicho, había dado en el clavo.

—Está bien. ¿Amigos? —dijo Adam alargando su mano.

Cara sintió que se le hacía un nudo en el estómago al ver su sonrisa. Era encantador cuando quería. Recordó que se había acercado hasta él para suavizar las cosas entre ellos y parecía que lo había logrado.

—Amigos —concedió Cara y estrechó la mano de él. Sintió la calidez de su piel durante unos instantes y luego la magia desapareció. Habían sellado una tregua—. ¿Te estás fijando bien en todo? Puedes ser el próximo concursante —añadió bromeando.

Adam rió.

—Me has pillado. Me muero de ganas de estar ahí fuera.

—Al menos ya estás vestido para la ocasión. Déjame que te diga que ese esmoquin te sienta muy bien. Le sentaba más que bien. Estaba impresionante. Adam pasó la mano por su chaqueta, sin dejar de mirarla.

—Es cierto, me queda bien. Es increíble cómo has adivinado la talla —afirmó sorprendido.

Cara trató de no sonrojarse.

—Es mi trabajo. Sé calcular las tallas con una simple mirada —dijo ella. Por su sonrisa supo que su respuesta le había gustado. Seguramente habría muchas mujeres que serían capaces de dibujarlo de memoria. Su físico invitaba a mirarlo una y otra vez—. Aunque pensándolo mejor, quizá lo único que buscas es conocer a todas esas chicas guapas —añadió dirigiendo la mirada hacia donde estaban las concursantes.

Adam sonrió y se fijó en el grupo de mujeres unos instantes antes de volver a mirarla. Ella era la mujer más atractiva de aquella habitación. Pasaba de ser sofisticada con aquellos zapatos rojos y su portafolios entre las manos, a ser una chica ingenua con sus viejos vaqueros y su melena despeinada.

Aquella noche llevaba un vestido negro muy sensual. Los ojos estaban muy maquillados y el color de sus labios era de un rojo intenso, como si hubiera estado comiendo fresas.

En aquel instante, todo parecía girar alrededor de aquellos ojos verdes. Deseaba saborear sus labios, esos que cada vez que hacía una pausa al hablar se mordisqueaba. Estaba seguro de que su boca sería dulce.

Adam desvió la mirada y contempló a Chris, en un intento de alejar sus pensamientos.

 

Dos horas más tarde, el primer día de grabación de El soltero millonario terminó. Las chicas se fueron por una puerta y Chris se acercó a ellos atravesando la batería de cámaras y cables y se sentó junto a Adam.

—Lo has hecho muy bien —le dijo Cara.

—¿Se te ha hecho largo? —preguntó Adam.

Chris se quedó pensativo y echó la cabeza hacia atrás cerrando los ojos. Finalmente, sacudió la cabeza en gesto negativo.

—Creo que podría haberme quedado ahí fuera el resto de mi vida.

Cara observó que los músculos de la mandíbula de Adam se tensaban.

Chris abrió los ojos. Se le veía feliz.

—Son todas increíbles, encantadoras y muy guapas. No sé que he hecho para merecer esto, pero sé que va a dar resultado. Tengo el presentimiento de que entre esas mujeres está la que será mi esposa. Aquello puso todavía más tenso a Adam.

—¿Te ha gustado alguna en particular? —preguntó Cara.

—Quizás —dijo empezando a ponerse colorado—. Pero todavía es muy pronto para saberlo.

De repente, Chris reparó en la actitud de Adam y su sonrisa desapareció.

—Adam, tranquilízate. Recuerda que no tienen ni idea de quién soy. Ninguna de ellas sabe que el nombre del programa es El soltero millonario. Soy tan sólo Chris. El único motivo por el que están participando es para encontrar a alguien, igual que yo —dijo provocando que Adam soltara una carcajada—. He llegado hasta aquí y lo voy a hacer. Será mejor que te hagas a la idea cuanto antes, amigo. Vas a tener que apoyarme porque necesito que lo hagas.

Cara advirtió que Adam se enfrentaba a un dilema. No sabía si tomar a su amigo del brazo y llevárselo a casa o dejarle hacer lo que quisiera. Lo vio tomar aire lentamente mientras relajaba los hombros. Conocía aquellos gestos ya que ella misma los hacía en algunas ocasiones, cuando trataba de mantener el control.

Era evidente que Adam estaba preocupado por Chris. Tenía miedo de que su amigo se enamorara locamente de alguna de aquellas mujeres. Y Cara no entendía por qué esa preocupación.

—Venga, Adam —continuó Chris—. Necesito saber que, a pesar de tus objeciones, apoyarás cualquier decisión que tome.

Cara deseó sacar su talante diplomático y hacer desaparecer la tensión que había entre ellos. Pero no iba a hacer falta. Era evidente que eran buenos amigos y que arreglarían sus diferencias entre ellos sin necesidad de su ayuda.

—Está bien. Ya sabes lo que pienso.

—Lo sé.

—Pero te apoyaré en tu decisión, sea la que sea.

Cara se preguntó si eran conscientes de que ella seguía allí. Adam y Chris se pusieron de pie y se abrazaron. Eran amigos de verdad y Cara se preguntó qué les habría llevado a estar juntos. Sintió deseos de acercarse hasta ellos y compartir su emoción.

 

Al día siguiente, las concursantes fueron llevadas al centro comercial para que hicieran sus compras acompañadas por los objetivos de las cámaras. El resto del equipo se tomó el día libre.

Cara no soportaba quedarse sola en la habitación. Después de pasar más de una hora viendo la televisión decidió llamar por teléfono a Jeff para proponerle una partida de cartas. Pero justo cuando iba a hacerlo, el teléfono sonó y rápidamente, levantó el auricular.

—Buenos días, Cara —la saludó Adam al otro lado de la línea.

—Buenos días, Adam —contestó.

Sus rodillas comenzaron a temblar y se sentó en la cama. Con tan sólo oírlo, su corazón dio un vuelco. Tenía una voz seductora, sensual y masculina. No había dejado de pensar en él desde la noche anterior. Incluso se había imaginado entre sus brazos.

—¿Te apetece pasar el día al aire libre bajo el sol?

¿A solas con él?

—No te burles de mí —dijo Cara.

En el fondo estaba dispuesta a aceptar lo que fuera con tal de no pasar el resto del día sola.

—Lo digo en serio.

Cara se tumbó sobre la cama sujetando el auricular junto a su oreja.

—¿Qué habías pensado?

—Los responsables del programa nos dejan salir.

—Eso es increíble. Creí que pretendían mantenernos alejados del mundanal ruido.

Adam rió al otro lado de la línea telefónica y Cara se alegró de estar tumbada. Se quedaron unos segundos en silencio. Cara se llevó la mano a la frente y se quedó a la espera de que Adam continuara hablando.

—Ponte ropa cómoda. Nos vemos en el vestíbulo dentro de quince minutos.

—¿A dónde vamos? —preguntó Cara, pero él ya había colgado.

Se quedó mirando el auricular antes de colgar. Se quitó la ropa y se fue al armario en busca de la ropa adecuada, preguntándose a dónde la llevaría Adam.

Fuera lo que fuera, estaba nerviosa por saber lo que Adam tenía en mente. Se vistió rápidamente, tomó un sombrero y en menos de diez minutos estaba en la entrada del hotel.

 

Más tarde, Cara averiguó que el plan de Adam consistía en participar en un partido de béisbol entre los miembros del equipo de televisión y los empleados del hotel, que iban a jugar en un parque no muy lejos del hotel.

No era lo que más le apetecía en aquel momento, pero era mejor que pasar el día en la habitación. Bastante esfuerzo hacía a diario para mantenerse firme sobre los altos tacones que solía llevar. Al menos, confiaba en no pisarse los cordones de los zapatos y acabar con la cara en el barro.

Allí estaba ella con sus viejos vaqueros, su camiseta y sus zapatillas deportivas dispuesta a participar en el partido. Su equipo era el azul y todos llevaban una visera de ese color. El otro equipo era el rojo.

—¿Todo bien, Cara? —le preguntó Chris desde la segunda base.

Cara le hizo una señal para indicarle que todo estaba bien y se volvió a concentrar en el juego. Golpeó un par de veces el guante, tal y como había visto en televisión que hacían los jugadores, y apoyó las manos sobre las rodillas, lista para lo que hiciera falta.

Adam, que en aquel momento iba a lanzar, llevaba un pantalón corto y una camiseta. Lanzó la pelota al aire y la tomó. Estaba muy guapo y Cara sintió que se le hacía un nudo en el estómago. ¿Quién iba a saber que debajo de los elegantes trajes que solía llevar tendría un cuerpo como aquél?

Tenía la camiseta pegada al torso debido al sudor. Sus piernas eran fuertes, musculosas y bronceadas y tenía el mejor trasero masculino que jamás había visto. Y había visto unos cuantos. La mayoría de los hombres con los que trabajaba en las sesiones de fotos eran actores o modelos que pasaban largas horas en el gimnasio. Pero aquel hombre los superaba a todos. Era alto y corpulento.

Además, sus brazos eran fuertes y musculosos como los de un nadador.

—Corre Cara, ya es tuya —gritó Chris.

Sintió que el equipo entero la miraba. La pelota se dirigía botando hacia donde ella estaba. Miró de reojo a Adam y enseguida supo que no debía haberlo hecho. Si la vista desde la espalda era buena, de frente era impresionante. Llevaba la camiseta pegada al pecho por el sudor, su pelo oscuro estaba húmedo y despeinado, los ojos brillantes por el ejercicio y su respiración era entrecortada. Era demasiado atractivo para ser real.

Aquel modo de observarlo no era sólo por deformación profesional. Estaba empezando a sentirse atraída por aquel hombre.

Cara volvió a concentrarse en el juego y se dio cuenta de que la pelota estaba cada vez más cerca. La tomó entre sus manos y ella misma se sorprendió de haberlo hecho.

—Pásamela a mí —gritó Chris desde la segunda base.

Rápidamente, se la lanzó y él la tomó antes de que el bateador llegara a la segunda base. Era el tercer jugador eliminado. Así que el equipo azul había ganado el primer partido.

Cara no podía creérselo. Dio un salto de alegría y corrió para encontrarse con el resto de su equipo que estaban dirigiéndose al banquillo, preparándose para su turno de batear. Adam esperó que pasase junto a él, ignorando las palabras de alegría de sus compañeros. Cuando llegó a su altura, caminó junto a ella.

—Bien hecho, señorita Marlowe.

—Sólo he tenido suerte de que la pelota viniera hacia donde yo estaba.

—Creí que te preocuparía romperte una uña.

Cara lo miró sorprendida.

—Ya has visto que no. Aunque me gusta lucir una perfecta manicura, prefiero triunfar en todo lo que me propongo —dijo Cara y comenzó a correr alejándose de él.

Se estaba convirtiendo en una costumbre verla alejarse de él, pensó Adam. Mantenía la cabeza alta, haciendo que su coleta se balanceara. Era evidente que no era una mujer deportista. Empezando por el detalle de que sus zapatillas estaban impecables.

Su mirada la fue recorriendo desde abajo. Los estrechos vaqueros que llevaba realzaban sus curvas. Vio cómo llegaba al banquillo y se sentaba. Se alegraba de que estuvieran en el mismo equipo.

¿A quién quería engañar? No habían dejado de discutir desde el momento en que ella consiguió aquel trabajo. Pero tenía que reconocer que lo pasaba bien con ella.

Aunque había sitio al lado de ella, decidió sentarse al otro lado del banquillo. Desde allí, podía sentir los ojos de ella sobre él y sonrió.

Chris era el primero en batear.

—Tened cuidado con él. Si le ponéis un ojo morado os demandaré a todos —gritó Adam a sus contrincantes.

—Están perdidos —dijo Jeff inclinándose hacia Adam.

El pitcher dudó y lanzó suavemente la pelota a Chris, que llegó hasta la segunda base. A continuación, le tocó el turno a Jeff, que se quedó en la primera base. Adam bateó el tercero. Antes de hacerlo, miró a Cara que en aquel momento pretendía estar mirando hacia otra parte y sonrió.

Giró el bate varias veces en el aire para calentar los músculos de sus hombros y se colocó en posición. Quería impresionarla. Le había dicho que le gustaba ganar y quería darle el placer de que así fuera. Al fin y al cabo estaban en el mismo equipo. El primer lanzamiento lo falló.

—Venga, Adam —gritó Jeff desde la primera base, animándolo—. Dale fuerte.

Sintió que las mejillas le ardían y supo que no era por el sol. Podía sentir los ojos de Cara en su espalda y echó una rápida mirada para comprobarlo. Estaba inclinada hacia delante, con los codos sobre sus rodillas y la barbilla sobre sus manos. ¡Pero su mirada estaba puesta en su trasero! Al cabo de unos instantes, sus ojos se encontraron. A punto estuvo Cara de caerse al comprobar que Adam la estaba mirando.

Él se volvió a girar y se preparó para batear. Otra vez falló. Sus pensamientos estaban lejos del juego. Pensaba en las mejillas sonrojadas de la mujer sentada detrás de él y en el lugar donde había estado mirando. Aquello lo había desconcentrado. Estaba acostumbrado a que las mujeres se fijasen en él, pero esta vez era diferente. Quizá fuera porque no se lo había esperado. Lo había herido varias veces en su orgullo en los últimos días y estaba convencido de que no lo apreciaba. El hecho de haberla visto fijándose de aquella manera en él, lo desconcertaba.

Adam agitó los hombros y trató de concentrarse. El pitcher lo miró con una sonrisa maliciosa y le devolvió la sonrisa. Le lanzó la pelota y esta vez la bateó. Sólo pudo llegar a la primera base, pero al menos había conseguido batear y eso lo alivió.

Los dos siguientes bateadores fueron eliminados. Cara era la siguiente. Tomó el bate y por el modo de hacerlo, Adam supo que nunca antes había cogido uno.

Trató de golpear la pelota, pero falló. Separó un poco más los pies, levantó otra vez el bate y tragó saliva.

—¡Venga Cara! ¡Dale fuerte! Tú puedes hacerlo —gritó Chris.

Adam sonrió para sí. Chris trataba de animar a aquella mujer que ni tan siquiera sabía sostener bien el bate.

—¡Cara! —gritó Adam—. Si consigues darle a la pelota, te pago la manicura.

Ella lo miró sorprendida con los ojos entornados. El pitcher volvió a lanzar la pelota y Cara la bateó con todas sus fuerzas con los ojos cerrados.

Adam la vio abrir los ojos, sorprendida de haber lanzado la pelota tan lejos.

—¡Corre! —gritó Adam.

Ella comenzó a correr con el bate todavía en su mano. Chris fue el primero en llegar a la última base. A continuación lo hizo Jeff. Adam se quedó en la tercera y Cara estaba corriendo entre la primera y la segunda cuando un miembro del equipo contrario agarró la pelota. Levantó la vista y supo que iba a ser difícil, pero decidió intentar llegar hasta la segunda base y corrió con energía. El equipo azul la animaba a gritos. Vio que la pelota volaba hacia la segunda base trazando un arco en el aire. Decidida, se lanzó sobre la segunda base, deslizando sus rodillas por el suelo los últimos metros y acabó cubierta de polvo de pies a cabeza.