Capítulo 7

El lunes, durante la visita al parque Luna, Cara pudo hacer su trabajo tranquilamente ya que Adam no apareció. Chris le había dicho que se había quedado atendiendo unas llamadas y Cara se alegró de que pudiera concentrarse en su trabajo sin ninguna distracción.

Pero por la noche, no tuvo tanta suerte. Adam se fue con ellos en la limusina y tuvo que esforzarse para comportarse con naturalidad, a pesar de que sus latidos se aceleraban cada vez que su mirada se cruzaba con la de Adam.

—¿Qué tal lo llevas? —preguntó Cara a Chris.

—Bastante bien.

—Magnífico —dijo dándole suaves palmaditas en la rodilla—. Vas muy bien. ¿Sabes lo que te espera esta noche?

—Karaoke —contestó haciendo una mueca.

—Imagino por tu expresión que no se te da bien cantar, ¿me equivoco?

—En absoluto. Ni siquiera canto en la ducha.

—Tómatelo como un reto.

—Me pongo nervioso sólo de ver un micrófono delante de mí. Por eso Adam se ocupa del departamento de relaciones públicas de Revolution Wireless. Él es capaz de hacer cualquier cosa en público.

Con aquel comentario, la imaginación de Cara comenzó a volar y trató de concentrarse en Chris.

—La mayoría de las personas se pone sus propios límites, sus propias barreras. Pero tú tienes la oportunidad de probar cosas nuevas, de superar retos. Ése es un privilegio que tienes que aprovechar. Si yo fuera tú saldría ahí fuera y cantaría lo mejor que pudiera.

Se quedaron en silencio y Cara se preguntó si habría logrado convencerlo. Chris permaneció pensativo el resto del trayecto. Pero cuando llegaron a su destino, parecía más animado.

—Ha sido un buen discurso —dijo Adam mientras ayudaba a Cara a bajar del coche.

—Gracias —repuso ella mientras retiraba la mano.

—¿Qué harías tú en su lugar? —preguntó él.

—Esconderme en el baño toda la noche. Sin duda alguna.

Adam rompió a reír. Era una risa fresca y contagiosa.

—No es mala idea. Pero creo que has conseguido animarlo.

Cara se encogió de hombros.

—Es parte de mi trabajo. Tengo que conseguir que se convierta en el personaje que los productores buscan. Y lo que buscan es una persona que salga ahí fuera y lo pase bien.

—¿Por eso lo has animado? ¿Por el bien del programa?

—Más o menos.

—Pues lo has hecho muy bien —dijo Adam, pasándole un brazo por la cintura—. Tienes un gran estilo, señorita Marlowe —añadió y se alejó de ella.

Cara se quedó mirando cómo entraba en la sala de espectáculos. Se sentía ridícula. Todo su cuerpo temblaba. Aquel breve momento de intimidad entre ellos había hecho que todos los músculos de su cuerpo se tensaran. Y lo más curioso de todo es que lo había hecho con tanta naturalidad que no parecía que estuviera flirteando con ella.

Había hecho referencia a su estilo, pero no de la manera jocosa en que solían hacerlo sus amigos. Lo había dicho como un cumplido y él no era el tipo de personas que repartía cumplidos gratuitamente. Le había hablado con la confianza con la que se hablan dos amigos. Sin pretenderlo, se estaba convirtiendo en amiga de un hombre que no conocía el significado de la palabra amistad.

Pero Cara estaba segura de que las intenciones de Adam no eran sólo de amistad ya que conocía sus antecedentes. Probablemente la viera como una víctima fácil de caer rendida ante sus encantos. No podía negar que la idea le gustaba, pero sabía que corría el riesgo de salir herida. Adam conseguía sacarla de quicio y eso tenía que servirle de advertencia para no llegar más lejos con él por el bien de su trabajo y de su corazón. Tenía que tener cuidado si no quería que la relación con él se le fuera de las manos.

Cuando Cara entró en la discoteca, el espectáculo había comenzado. Miró a su alrededor y vio a Adam. Había una silla libre en su mesa y decidió dirigirse hacia donde estaba él como solía hacer últimamente. Decidió dejar sus pensamientos para más tarde y disfrutar de su compañía en la oscuridad del local. Llegó hasta él y se sentó a su lado. Le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Y en la oscuridad de aquel sitio, sintió que el corazón le daba un vuelco.

 

Un par de horas más tarde, la fiesta estaba en pleno apogeo. Después de disfrutar de una cena japonesa, llegó la hora del karaoke. En medio del escenario, esperaba el micrófono bajo un potente foco.

—Allá vamos —susurró Cara cerrando los puños con fuerza.

Adam la vio y alargó una mano para tranquilizarla. Trató de entrelazar sus dedos, pero era evidente que cada vez estaba más nerviosa. Estaba realmente preocupada por Chris. Comenzó a acariciar suavemente su mano hasta que le pareció que se tranquilizaba.

Tenía razones para reconfortarla y hacer que se sintiera bien. Debía ser amable con ella por el bien de Chris y de su compañía de telecomunicaciones. Pero a pesar de estar convencido de ello, la idea le parecía ridícula.

Se preocupaba por hacerla sentir bien cada vez que estaban en la misma habitación. Pero era sólo por el bien de la compañía. ¿A quién pretendía engañar con aquel pensamiento? El único motivo por el que estaba pendiente de ella a todas horas era porque se sentía atraído por ella.

Quería estar donde ella estuviera. Y no sólo porque ella fuera siempre el alma de la fiesta o porque sintiera unos irresistibles deseos de acariciarla cada vez que tenía la oportunidad de hacerlo. Sentía la necesidad de protegerla y ésa era la peor de las razones que podía tener.

Soltó su mano y se levantó echando hacia atrás la silla ruidosamente, lo que hizo que gran parte del equipo de televisión se girara para mirarlo.

—¿Adónde vas? —preguntó Cara en voz baja.

El tono de preocupación de su suave y femenina voz le provocó un nudo en el estómago.

No supo qué contestar, así que se dirigió a la puerta en busca de aire fresco y salió a la calle. Necesitaba olvidar el aroma de su perfume, que lo había impregnado desde el momento en que se había subido al coche.

Se sentía embriagado. No encontraba ninguna otra explicación a la sensación que invadía su cuerpo y su mente. No tenía sentido que las cosas fueran más lejos.

—Estás haciendo el tonto —se dijo en voz alta—. Tienes que controlarte. Dentro de diez días todo habrá acabado y volveré a mi vida de siempre, con mujeres más sofisticadas que ella deseando pillarme.

 

Cara se quedó intranquila en la sala de espectáculos. Deseaba salir corriendo tras Adam, pero sabía que Chris necesitaba que lo apoyara con su presencia.

Después de varias canciones, Chris se acercó a Maggie y le pidió que cantara con él. Estaba tan pálida como lo había estado él en el coche y había pasado toda la noche nerviosa sentada en su silla sin moverse, mientras las otras chicas habían estado cantando y bailando alrededor de Chris.

—Venga, Maggie —insistió Chris—. Tienes que intentarlo. Ya verás como no lo haces tan mal.

Cara vio como Chris animaba a Maggie con una tierna sonrisa. Su rostro transmitía confianza y reflejaba un brillo especial. Era evidente que quería tranquilizar a aquella chica y compartir la vergüenza que él mismo estaba sintiendo.

La tomó de la mano y la llevó hasta el micrófono.

—Elige la canción que más te guste —la animó.

Maggie sacudió la cabeza, haciendo agitar su melena rubia sobre sus hombros. Sus grandes ojos azules estaban abiertos como platos, pero se la veía segura de la mano de Chris. Él transmitía más seguridad y calma que al principio de la noche. Tomó el micrófono, se lo puso en las manos a Maggie y se sentó con el resto de las chicas.

Los primeros compases comenzaron a sonar y Maggie miró al público. Cara se fue hacia una de las cámaras y entonces la chica la miró e hizo un leve gesto al reconocerla. Cara la miró con una abierta sonrisa y le hizo una señal para indicarle que todo iba bien. Maggie le devolvió la sonrisa.

—Creo que no me queda más remedio que cantar —dijo la chica desde el micrófono.

Cara contempló a Chris que sonreía orgulloso a Maggie. A pesar de que el resto de las chicas había hecho lo posible por captar su atención, él sólo tenía ojos para la que estaba en el escenario.

La chica comenzó a cantar. De vez en cuando dirigía la mirada hacia Chris, que la escuchaba atentamente. Cuando terminó, todo el mundo aplaudió entusiasmado incluyendo a los miembros del equipo de televisión y Maggie se abrazó satisfecha a Chris.

Cara miró a su alrededor y comprobó que Adam había regresado. Se había quedado junto a la entrada, con los brazos cruzados y expresión de fastidio. Era el único de los presentes que no sonreía. Cara se quedó observándolo atentamente y preguntándose la razón que tendría para estar tan serio. De pronto, sus miradas se encontraron y fue en ese instante cuando supo que su actitud tenía algo que ver con ella.

Se le hizo un nudo en el estómago. La miraba como el león mira a su presa cuando está a punto de atacarla. Comenzaron a temblarle las piernas. Sentía que la tensión se estaba apoderando del resto de su cuerpo. Cuando comenzó a sonar la siguiente canción, Cara se giró y mantuvo la mirada clavada en el escenario durante el resto de las actuaciones.

 

El martes por la mañana, fueron al hipódromo. Cara observaba desde las gradas el avance de la carrera. Estaba situada a la altura de la línea de salida y sujetaba fuertemente entre sus manos el boleto de la apuesta que acababa de hacer. Con la otra mano, se protegía los ojos de los rayos de sol. A pesar del gran sombrero que llevaba puesto, sabía que no iba a ser suficiente para protegerse del sol y que acabaría llenándosele la cara de pecas antes de que acabara el día.

—Venga número ocho, corre —gritó Cara, tratando de seguir el desarrollo de la carrera entre la multitud.

—Vamos, caballito, tienes que ganar —añadió Jeff que estaba junto a ella gritando como un loco. Unos minutos más tarde, las esperanzas de Cara de ganar se desvanecieron. El caballo número ocho llegó a la meta entre los últimos.

—Bueno —dijo Jeff—. Al menos esta vez el caballo por el que hemos apostado no ha llegado el último. Vamos mejorando.

—Claro que sí —dijo Cara—. La suerte empieza a estar de nuestro lado.

De pronto, Jeff se llevó la mano al oído y Cara supo que estaba recibiendo un mensaje por el intercomunicador.

—Me avisan de que las chicas acaban de llegar. ¿Está listo Chris?

—Iré a asegurarme —respondió Cara y se dirigió a la caravana donde esperaba Chris.

—¿Qué tal estás? —dijo a modo de saludo entrando en la caravana.

Chris se giró en su asiento y se sintió más tranquilo al verla. Ella se acercó hasta él e inclinándose, le dio un cariñoso beso en la mejilla.

—Bien.

—¿Sólo bien? Tienes un aspecto fantástico —añadió Cara—. Esas chicas van a caerse de espaldas en cuanto te vean.

Cara le ajustó el nudo de la corbata y le guiñó un ojo a través del espejo en señal de aprobación. A continuación dio unos pasos atrás para asegurarse de su aspecto. Cuando retiró la mirada de Chris, comprobó que no estaban solos. Rápidamente se giró y miró al hombre que estaba sentado en el rincón.

—¡Adam! No te había visto.

—Eso es lo que le gusta —dijo Chris—. Prefiere pasar inadvertido y observarnos a todos desde su silencio. ¿Me equivoco, Adam?

—No seré yo quien lo niegue.

—Me sorprende —dijo Cara dirigiéndose hacia Chris e ignorando a Adam—. Yo hubiera pensado que era un hombre atrevido, al que le gustaba ser el centro de atención.

—Deja que te diga que le gusta atraer la atención de las mujeres, pero nunca consigue retenerlas el tiempo suficiente para llegar a conocerlas.

—¿Por qué crees que será eso?

Cara advirtió que Adam estaba cada vez más tenso. Era evidente que estaba deseando que se callaran, pero no estaba dispuesto a intervenir.

—Yo creo que es él mismo el que no quiere tenerlas a su lado durante demasiado tiempo —respondió Chris—. Nuestro amigo Adam es un soltero empedernido.

Cara recordó uno de los detalles que se recogían en el libro que había tomado prestado de la biblioteca del hotel y que Adam le había quitado. Sus padres se habían divorciado siendo un niño y su padre había tenido muchas amantes a lo largo de toda su vida. Aquélla debía de ser la razón por la que Adam no creía en las relaciones duraderas.

La furia con la que los ojos de Adam la miraban se estaba haciendo insoportable para Cara, así que decidió cambiar el tema de conversación.

—Tú eres diferente, ¿verdad, Chris?

—Completamente. Estoy deseando encontrar el amor —contestó y mirándola, añadió—. ¿Hay algún hombre en tu vida? ¿Alguien que esté deseando que vuelvas a su lado?

Cara percibió que Adam se agitaba en su asiento, mostrándose repentinamente interesado en la conversación. Estaba inclinado hacia delante, apoyando los codos sobre las rodillas. Estaba ansioso por saber la respuesta.

—No, no hay nadie.

—¿De verás? Es una pena. Una mujer como tú podría hacer feliz a cualquier hombre. ¿No te parece, Adam?

—Quizá no soy como tú crees —intervino Cara para evitar que Adam contestara—. Además tengo claro lo que quiero hacer en el futuro y no quiero que nada ni nadie se interponga en mis planes.

—¿Qué planes son esos para tener que rechazar un posible amor?

—Quizá lo que Cara quiere es presentarse a un concurso de belleza —opinó Adam.

Cara lo miró con gesto de severidad y decidió poner punto final a aquella conversación.

—Ya está bien de hablar —dijo Cara—. Es hora de volver a la grabación.

Se acercó hasta Chris, le alisó la chaqueta con las manos, le atusó el pelo y le colocó una flor en el ojal.

Chris la miró sonriente. De pronto, se abrió la puerta de la caravana y Jeff asomó la cabeza.

—¿Preparados?

Cara puso las manos en los hombros de Chris y lo empujó suavemente hacia la puerta. Una vez fuera, Chris desapareció entre los miembros del equipo de grabación, que rápidamente se lo llevaron.

Adam se aproximó a Cara.

—Parece que nos hemos vuelto a quedar solos otra vez.

Cara se encogió de hombros. Sentía que los músculos de su cuerpo se tensaban como le ocurría cada vez que lo tenía cerca. Había tratado de darle a entender que no quería una relación seria en aquel momento, pero no sabía si él habría captado el mensaje. Lo mejor que podía hacer era ser amable y tratarlo como a un amigo más, al igual que hacía con Chris y con Jeff.

—Eso parece —dijo Cara tomándolo del brazo—. No tenemos más remedio que acostumbrarnos. Para empezar, invítame a tomar algo. Estamos en el hipódromo y hace un día maravilloso. Vayamos a disfrutar ahí fuera.

Por fin, la fría expresión de Adam desapareció y Cara le dirigió una amplia sonrisa.

—Estoy de acuerdo, socia —dijo él devolviéndole la sonrisa—. Va a ser un día fantástico.

 

Comenzó la Copa de Melbourne y la atención de todo el país se centró en las carreras de hípica. Era como si el mundo se hubiera detenido. Todos los australianos solían dejar lo que estaban haciendo y encender sus televisores o radios para seguir las carreras.

Todos menos Adam, cuyos ojos continuaron pegados a la espalda de la mujer que tenía delante de él y que no dejaba de dar saltos enloquecida en medio de la multitud.

Estaba seguro de que cuando Cara había dicho que no estaba buscando un amor, el mensaje iba destinado a él. Era evidente que ella trataba de mantener un trato profesional con él, aunque se había dado cuenta de que se estremecía cada vez que se quedaban a solas. Y aquello quería decir algo, estaba seguro.

Pero, ¿cuál era el problema? El problema era que Adam sentía una atracción por ella tan fuerte que era como si una cuerda se tensara entre ellos acercándolos cada vez más. Pero a la vez, se sentía a kilómetros de distancia de ella. Se había convertido en una gran compañera para los miembros del equipo de grabación y en un gran apoyo para Chris. Con las chicas se llevaba muy bien y se entendía a la perfección con Jeff. Pero con él era distante y no podía seguir soportando que ella lo ignorara.

Los caballos recorrían los últimos metros y los gritos se hicieron cada vez más intensos a su alrededor. Adam no prestaba atención a la carrera. Lo único que deseaba era llevarla hasta la caravana y tenerla para él sólo. Esperaba que se diera la vuelta, que lo mirara, que le sonriera. Pero no lo hizo. Saltaba eufórica mientras no perdía detalle de la carrera.

—¡Bien! —gritó Cara, sacándolo de sus pensamientos—. ¡Por fin he ganado algo! En la vida he ganado nada, ni siquiera en las rifas del colegio.

Abriéndose camino entre la multitud, Cara se dirigió a él y se lanzó en sus brazos. Por fin la tenía entre sus brazos, pero no sabía cómo reaccionar. Su cuerpo era frágil y cálido. Se sentía abrumado.

—¿Cuánto has ganado? —le preguntó Adam cuando dejó de saltar.

Cara se puso de puntillas y miró los resultados en la pantalla.

—He ganado... doce dólares y quince centavos.

—¿Eso es todo? —preguntó Adam después de unos segundos.

—La apuesta era de cincuenta centavos.

—Y con tan poco dinero, ¿te pones así de contenta?

—Me hace mucha ilusión ganar algo.

Adam miró su rostro sonriente. Cara había dejado una mano detrás de su nuca y acariciaba sus rizos. Con la otra agarraba el cuello de su camisa. Percibió el suave aroma de su perfume y de pronto lo vio todo claro. Aquél era un instante que merecía ser recordado y Adam se quedó en silencio grabándolo en su memoria.

El deseo de besarla era superior a sus fuerzas. Su rostro resplandeciente, su cálido y menudo cuerpo, el dulce olor a champán de su aliento... Toda ella era deseable y Adam sintió que su cabeza comenzaba a darle vueltas. Comenzó a acercar su cabeza a la de Cara, pero antes de que sus labios se rozaran, Jeff apareció.

—Ven aquí, campeona. Necesito que me contagies algo de tu suerte. Tienes que decirme quién crees que va a ganar en la próxima carrera.

Cara miró sonriente a Adam mientras Jeff tiraba de ella.

Era la segunda vez que habían estado a punto de besarse, aunque lo había deseado muchas más. ¿Qué demonios le estaba pasando? Siempre que había deseado a una mujer, no había parado hasta conseguirla. Sabía que lo deseaba tanto como él a ella. Lo había visto en sus expresivos ojos verdes, a pesar de que Cara trataba de resistirse. ¿Qué le impedía conseguir lo que quería?

Era completamente distinta al tipo de mujeres que a su padre le gustaba. Prefería llevar una flor antes que una ostentosa joya y estaba seguro que los reflejos de su pelo eran naturales, así como sus rizos.

Siempre se había mantenido distante en sus relaciones con las mujeres. Con cada paso que había dado en su carrera profesional, había levantado un nuevo muro alrededor de su corazón. Pero esta vez, deseaba que todo fuera distinto.

Se metió las manos en los bolsillos de su pantalón y aspiró profundo.