Capítulo 4
La flota surgió del Metacampo como un espejismo.
Los agresivos contornos espinados de los buques de guerra se perfilaron en colores oscuros contra el disco de Nubia Sagitarii, una estrella azul de tercera magnitud cuyo fulgor apenas bastaba para ocultar el núcleo de la nube de protomateria que giraba a su alrededor.
Nada más cobrar consistencia física, un enjambre de alas ligeras surgió de los hangares para rodear en anillos concéntricos los planos de rotación de los destructores. Las cuatro enormes moles de batalla tomaron rumbos diferentes, dispersándose perpendicularmente al eje de agregación de la nube. Cientos de sensores de exploración y radioescuchas peinaron el espacio en un radio de una UA, buscando señales de tecnología. Macrotaxis pananalíticas de simulación virtual reprodujeron modelos informáticos del entorno hasta una profundidad estructural de cien mil nanómetros, infiriendo la actuación de cualquier núcleo de influencia gravitatoria y electromagnética no natural. Los radares doppler catalogaron las velocidades de doscientos veinte mil objetos de masa no despreciable y sus trayectorias relativas, buscando cambios bruscos de rumbo o aceleración. Los hambrientos sacerdotes del Teleuteron expandieron sus consciencias cabalgando las fluctuaciones del Metacampo, persiguiendo rasgos de presencias mnémicas activas, sin resultado.
Por tercera vez consecutiva, la flota no encontró nada de lo que buscaba.
Elena observaba el espacio a través del foso táctico del Alexander. Disfrutaba de un plano general del núcleo en formación del sistema. La Sagitarii era una esfera aterciopelada de una tonalidad a caballo entre el iridiscente lapislázuli de los mares de la Tierra y el agresivo azul primario de la electricidad salvaje: una canica refulgente que flotaba en el centro del disco de polvo y rocas emitiendo destellos espinados de colores fríos y sombras por entre las capas de hidrógeno, helio y núcleos de carbono. A su alrededor, girando como manchas negruzcas en la nitidez del gris químico de la nube, orbitaban los nodos de condensación. Elena contempló el más cercano, preguntándose si alguna vez aquel embrión de planeta llegaría a poseer vida.
Uno de los más hermosos placeres del viaje estelar era recuperar pequeñas cantidades de la ilusión inherente al ser humano de poder hacer descubrimientos, de ver por primera vez lugares o seres que nadie hubiera contemplado jamás. La frialdad objetiva de la lógica y el cientificismo operaba constantemente en contra de tales sentimientos, pero en momentos como aquél a Elena le resultaba difícil no ponerse un poco soñadora. ¿Estaría evolucionando el germen de la vida en los inmensos espacios que ellos profanaban con sus ojos electrónicos? ¿Qué eran aquellas extrañas cortinas que pintaban de intensos colores el anillo de radiación de la estrella?
El perímetro de su visión aún estaba borroso. Era como si las imágenes que bordeaban su campo visual cayeran hacia el centro sin moverse del sitio, un efecto colateral del viaje por el Metacampo. El tamizado chasquido de docenas de engranajes articulando en sus sienes hizo que cerrara los ojos un segundo. Para viajeros no acostumbrados, eso y la sensación natural de inestabilidad ante la falta de gravedad solía ser una combinación fatal que generalmente acababa en el inodoro. Elena pensó en los centros de proyección, lejos, en las entrañas de la nave, donde ni siquiera ella tenía autorización para entrar: los santuarios de los sacerdotes que entraban en comunión mnémica con el Emperador en cada salto y hacían posible la focalización de su poder.
Normalmente la telekinesia era una facultad fuera de las posibilidades de los portadores de Ids, y proyectar un objeto de un lugar a otro del plano físico una hazaña al alcance de unos pocos. Pero el poder allí demostrado… Elena no podía ni imaginar el potencial necesario para proyectar cuatro lanzamisiles pesados de un billón de toneladas, contando la carga útil, a años luz de distancia, a lugares nunca vistos en las profundidades del Brazo Espiral.
Concentrándose en un sencillo ejercicio de estabilización de la mirada, empujó a la náusea a iniciar su retirada.
—¿Señora?
La comandante Nedma, caballero legionario de la Falange Canadiense y segunda oficial en la escala de mando del Alexander, apareció tras las cortinas de hologramas, en pose marcial.
—Informe, Segundo —pidió Elena, estirándose imperceptiblemente para despejarse.
—El general Brawn ha convocado una reunión física en el Nairana. Ruega la asistencia de todos los capitanes y representantes de las Logias. Al parecer quiere comunicar algo relacionado con la operación.
—De acuerdo. Asuma el mando y ordene que me preparen una lanzadera. ¿Está avisado nuestro capellán?
—Sí, señora.
Elena dejó el puente con prisa. Quería tener tiempo de darse una ducha rápida y cambiarse de uniforme en lo que la lanzadera se preparaba.
Aquellas reuniones sorpresa la inquietaban. Brawn no hacía desplazarse sin motivo a los capitanes en plena incursión en territorio enemigo.
Ese último pensamiento en realidad parecía fuera de lugar. Ella era probablemente la única capitana de la operación Antártida que no estaba convencida al cien por cien de la existencia de un enemigo tangible, real, en el vacío que ahora exploraban. La Quinta Rama, si es que existía, podía ser perfectamente un grupo de civilizaciones con un grado de desarrollo post atómico, cuya máxima expresión destructora fuera el poder nuclear, algo que contra sus escudos de curvatura Riemann tendría la misma eficacia que un arsenal de piedras y hachas de sílex.
La lanzadera la recogió cuando su cabello aún no estaba del todo seco y la llevó cruzando el anillo de agregación hasta la enorme mole del Nairana. Lejos, como largos cables reflectantes tendidos entre las estrellas, las naves-cuerda extendían sus axones formando intrincados telares superconductores para crear gigantescas antenas LR. La lanzadera atravesó uno de estos velámenes compuestos casi enteramente de espacio vacío, y buscó su lugar en los perimétricos de defensa que rodeaban la nave capitana, como un insignificante pez nadando entre majestuosos cardúmenes de ballenas de metal.
El Nairana no era un navío mucho mayor que el Alexander, pero su arquitectura asimétrica plagada de baterías de rayos Hd y proyectores de campos anticinéticos le conferían un aspecto remarcadamente más amenazador. Una doble alineación de esclusas lanzamisiles de alcance planetario peinaban la panza en dos calles paralelas, a lo largo de la sección central. En un ángulo muerto con respecto al eje de disparo se abrían las heridas iluminadas de medio centenar de catapultas de lanzamiento para cazas de asalto e incursores, sus luces de pista escapando al espacio muchos metros más allá del casco. Una docena de satélites defensivos rotaban perezosamente en órbita estacionaria sobre la torre de control, enhebrando la flota con sus haces de comunicaciones de fluctuantes impulsos como en una telaraña de fuego.
Unos minutos después del atraque, la capitana De Whelan ocupaba su asiento en el salón de reuniones. A su alrededor se disolvían los grupos de oficiales cuya conversación había sido interrumpida por la entrada en la sala del general Frederik Von Brawn. Por raro que pareciese, era la primera vez que Elena le veía en persona. Von Brawn no era un hombre alto y erguido, de esos que poseen un don natural para atraer a la gente (al contrario que Armagast, admitió con reluctancia). Más bien parecía un decano egregio sacado de algún polvoriento mausoleo, con tantas, medallas en su pecho como estrellas había en el vacío que se extendía más allá del casco blindado de la nave. Tendría unos sesenta años, pero parecía aún más viejo, como gastado por décadas de terca permanencia al frente de un navío de combate.
El resto de capitanes y primeros capellanes del Teleuteron se sentaron cuando Brawn ocupó su lugar, dando por iniciada la reunión. A la diestra del general se colocó un hombre maduro de aspecto noble, que lucía un emblema templario. Se trataba de Gundhal Svonn, caudillo de los Guerreros Espíritu de Mundo Stygma.
—Antes de nada —comenzó Brawn—, quiero responder públicamente a unas inquietudes que el capitán Nesses, junto a otros oficiales, me han hecho llegar estos últimos días.
Hubo algunos susurros de pantalones y cambios de posición en las sillas.
—Al parecer existe cierta preocupación por los rumores de que una pequeña cantidad de astronaves desconocidas han sido avistadas los pasados meses cerca de algunos mundos de la Marca, como Damasco o Gamma Scuti. —Hubo asentimientos de cabeza y breves tosidos—. Algunos analistas han postulado que tales artefactos podrían provenir de una hipotética avanzadilla de toma de contacto. Exploradores de la Quinta Rama.
»Tal vez sea así —reflexionó—. Podemos asumir como posible el hecho de que ellos también hayan decidido dar un primer paso, enviando grupos de contacto como el nuestro. Pero eso no debe dar lugar a comentarios sobre una posible invasión. Les recuerdo, señores, que la nuestra es una misión de paz, dedicada a realizar con seguridad ese hipotético primer contacto y evaluar el nivel tecnológico y militar de las colonias perdidas. Debemos suponer que ellos estarán tan ansiosos como nosotros de dar este paso.
Elena meditó sobre el calificativo. Sonrió con cierta sorna, sopesando el poder destructivo que tenían los cuatro cruceros pesados que integraban esa «misión de paz».
—De todas maneras, y en previsión de un ataque, la Comandancia de Flota ha dispuesto que dos destructores, el Embajador y el Constelación, junto con una flotilla de fragatas de escolta, patrullen los sistemas antes mencionados. Si se dan nuevos avistamientos estarán en posición de investigar y de, en última instancia, defenderse. Y ahora —invitó el general, entrelazando los dedos bajo la barbilla—, expongan sus análisis.
El primero en hablar fue el capitán Luis Nesses, del Intrépido. Era un hombre de unos treinta años, de serena rigidez y rostro hierático.
—General —saludó. Brawn le correspondió con una leve contracción del mentón—. Los análisis preliminares del sistema no han revelado datos anormales sobre su composición o comportamiento evolutivo.
Vaya novedad, pensó Elena, recostándose. Aquello podía durar horas.
—Sin embargo, creemos haber descubierto algo en la cercana nube gaseosa que el ordenador ha bautizado Crino 626.
Todos se incorporaron ligeramente. Eso sí era algo nuevo.
—Explíquese —pidió Brawn con voz átona.
—La nebulosa 626 es una aglomeración de bolsas de gas aisladas en nucleosíntesis constante, creemos que asociada a la retroalimentación de la enana azul que orbitamos. Su curva de quimiosinergia es normal, pero la gráfica pica unos grados por debajo de la teórica normal cuando se aproxima a la densidad estimada del nitrógeno. Lo curioso es que la región de debilidad química no es homogénea; traza un sendero a lo largo de la nube.
Hubo murmullos a lo largo de la mesa de reuniones. Antes de que Nesses expusiera su teoría, ésta ya era de dominio público.
—Creemos que alguien ha usado un sistema recolector de partículas de nitrógeno e hidrógeno y ha trazado un camino a lo largo de la nube.
—¿Según qué disposición? —El que había hablado era Dimitri Yuronovich, del Ejecutor.
—Es una curva de aceleración tradicional para naves sin capacidad de salto R. La estela de opacidad química desaparece a pocos miles de kilómetros de la nube, pero su momento angular es lo suficientemente pronunciado como para adivinar el resto del curso que debió seguir el objeto que la provocó. Según nuestros cálculos, se lanzó a una órbita de aceleración en torno a la enana azul, lo suficientemente cerca de ella como para aprovechar el tirón del pozo gravitatorio y acelerar a velocidad de fuga.
—Interesante —valoró Brawn con su habitual falta de entusiasmo. Haciendo chasquear las uñas de sus dedos, estudió los diagramas que Nesses hizo proyectar en el centro de la mesa.
Una línea roja zigzagueó en el aire ilustrando las trayectorias de las naves principales. La estrella apareció como un profundo agujero gravimétrico en el centro de la rejilla. La predicción de rumbo del objeto no identificado era un abanico verde oscuro con gradaciones de color representando porcentajes de fiabilidad. Pasaba a través del lugar que ahora ocupaban sus naves y escapaba del pronunciado foso de la rejilla para desaparecer en dirección a la cara de Brawn.
—Es una buena noticia. La prueba fehaciente de que nuestras suposiciones sobre la localización aproximada de los mundos colonizados por la Quinta Rama son correctas. Denme sus impresiones, por favor.
—¿Un estatocolector? —preguntó Augusto Riva, segundo del Ejecutor.
—Eso creemos —dijo Nesses, tomando asiento.
—Pensaba que esa tecnología ya estaba obsoleta. De hecho, me parece que no se puede alcanzar la velocidad de fuga con una nave equipada con ese sistema de impulsión, a menos que se estuviese acelerando durante meses. Y aún así…
—Desconocemos su grado de avance tecnológico.
—Eso es un tópico —se defendió el ruso—. Lógicamente, si se trata en realidad de la Quinta Rama, y hasta ahora nada hemos encontrado que indique lo contrario, debemos suponer que como mínimo poseen la tecnología que estaba en posesión de la raza humana en el momento de la Gran Dispersión. E incluso podríamos suponer que lograron desarrollar los avances que se alcanzaron en épocas inmediatamente posteriores en otros lugares, y por otros medios. Y eso incluye los estatos.
—O tal vez poseyeran dos sistemas diferentes pero funcionando en paralelo —aventuró Nesses—. Pudieron empezar utilizando un sistema de propulsión convencional durante la primera fase y luego recolectar átomos de nitrógeno y helio para usarlos como masa de reacción. Eso les permitiría alcanzar una fracción considerable de la velocidad de la luz.
—Sí, pero entonces tendríamos una estela constante que poder seguir, y sólo hemos detectado fluctuaciones en el seno de proyección. No se ha encontrado nada más.
No necesariamente tendríamos que haberlo hecho, reflexionó Elena para sí. Cuando una nave estatocolectora aceleraba hasta velocidad pararelativista, lo que dejaba tras de sí eran mareas de partículas que se alejaban en ángulo sólido a la velocidad de la luz, abriéndose en abanico hasta que la velocidad se transformaba en pérdida de energía, o hasta chocar y ser repelidas por un campo magnético suficientemente potente. Eso podría explicar las hermosas cortinas de gas ionizado que hacían refulgir el cinturón de radiación del sistema.
Elena notó que uno de los sacerdotes la observaba. Si no recordaba mal, se llamaba Gunhis Ahl, o Zhal, o algo así. Era el primer capellán de su propia nave, el Alexander. Elena le había conocido poco después de subir por primera vez a bordo, durante una reunión de la oficialidad, pero no había intercambiado con él más que unas pocas órdenes e impresiones sobre la capacidad estructural de la nave para soportar el campo de proyección. En cuanto se dio cuenta de que ella le miraba, el hombre apartó la vista, integrándose de nuevo en la conversación.
Aquellos esquivos sacerdotes y la aureola de calculado tenebrismo que acompañaba todo su mundo siempre la habían puesto nerviosa. De todas las Logias, la suya era la más oculta, la más mística y rodeada de conceptos cabalísticos. Elena había oído rumores sobre los santuarios teleuteranos escondidos tras cuyos muros la imaginación popular situaba todo tipo de prácticas inusuales y secretos rituales de herética importancia. Rió para sí misma ante lo ridículo de la idea. Aquellos hombres, por muy estrafalaria que fuera su religión sincretista hecha de una mezcolanza de dogmas tecnológicos y paganas verdades de fe, eran magníficos navegantes y estudiosos del cosmos. Eran los representantes del Emperador en las naves de la Flota (siempre presentes en grupos de diez, independientemente del tamaño del navío), y la funcional eficacia y el aprovechamiento de sus habilidades se sobreponía a cualquier rechazo que pudiera surgir ante sus extrañas costumbres.
—No hay señal de fluctuaciones en el Metacampo —siseó el clérigo, escondiendo las manos en las holgadas mangas de su túnica—. Ni presencia de Ids.
—Eso no es de extrañar.
Todos miraron hacia Elena. La capitana se ruborizó un poco, pero mantuvo la espalda recta y la cabeza erguida. Era la primera vez que intervenía en una reunión de consejo.
—¿Por qué dice eso? —inquirió Ahl, con cara de estar bastante interesado en su respuesta. El general unió las manos bajo el mentón y clavó sus pupilas en las de ella, esperando.
—Bueno… Es de sobra conocido que los Ids no pueden manifestarse sin la conexión mental con un huésped físico. —Elena hablaba despacio, midiendo bien el tono—. Si no hay nada vivo en un radio de muchas UAs, tampoco es probable que haya presencia tangible de esas criaturas.
—Tiene razón —concedió el sacerdote—. El… contacto con un huésped es sólo un vínculo manipulativo hacia el mundo real. Pero ellos siguen existiendo, escondidos en la frondosa espesura psíquica de su hábitat natural. Y dejan impresiones activas que se pueden rastrear.
Eso no lo sabía, pensó la capitana. Qué interesante.
—¿Qué podemos pensar de eso entonces? —inquirió el general.
—Como ya he especificado en mi informe, en los centros de proyección cada vez se nos hace más difícil sintonizar las armonías necesarias para hacer saltar las naves. Esto es porque nos estamos acercando al límite de la esfera local del Metacampo. Dentro de poco es posible que no podamos proyectarnos y tengamos que confiar en medios de desplazamiento… más al uso.
Los otros sacerdotes cruzaron miradas llenas de información mnémica. Elena se hizo eco de la preocupación general:
—Creí que el Metacampo era infinito.
—Y lo es —explicó Ahl, con evidente reluctancia a iniciar una batalla dialéctica—. Pero no ilimitado. Digamos que es una esfera en continua expansión, como el Universo físico.
—¿Conocían estos límites con antelación? —preguntó el caudillo de los Guerreros Espíritu. Su voz era lisa y breve como el encuentro entre un martillo y un yunque.
—No hasta ahora.
—¿Y qué margen nos queda para abandonar su zona de influencia?
—Calculamos que unos dos segundos de paralelaje más, antes de perder totalmente la alineación armónica. Espero que eso baste para cumplir nuestra misión.
—Posiblemente —dijo Nesses—. El rastro de hidrógeno es reciente. Es factible que el objeto que lo haya producido aún se encuentre cerca, aunque inoperativo.
—Muy bien —concluyó el general—. Informen a sus respectivas unidades de que una vez acabada la inspección de este sector seguiremos el rastro de aceleración del objeto. Muchas gracias a todos.
Ese era el rasgo que definía de un tajo el carácter de Brawn. Podía estar en órbita alrededor de un mundo alienígena en plena ebullición de actividad, que hasta que no acabara de verificar los pasos anteriores del reglamento no se dignaría a prestarles la menor atención. Precisamente fue el seco timbre de la voz del general lo que la sorprendió cuando se disponía a abandonar la sala:
—Capitana De Whelan, ¿haría el favor de quedarse un momento?
Junto a Brawn aguardaba el caudillo. Brawn esperó cortésmente a que ellos tomaran asiento para ocupar el suyo. Ofreció un té que ambos rechazaron en silencio.
—Capitana, es un placer tenerla bajo mi mando —comenzó el viejo—. Creo que esta es su primera misión como capitán de crucero, ¿no?
—Sí, señor.
—Estoy seguro de que lo hará bien. Me he dado cuenta de que los demás oficiales la miran con un poco de recelo —sus arrugados dedos tamborilearon en el apoyo de la silla—. Pero es normal. No es algo frecuente el que se otorgue un puesto de tal importancia, y menos en una misión delicada, a alguien sin mucha… experiencia.
—A mí también me ha sorprendido, señor.
—Por favor, no sea tan marcial. Puede hablar con libertad.
—Gracias.
—Conocí a su padre —comentó Brawn, reclinándose en el sillón—. Estuvo bajo mi mando en dos periplos, la migración de Pavonis en el veinte y cuando el asunto de la represión kudeana, diez años después. Era todo un soldado, siempre dispuesto a acatar las órdenes y a callar cuando no le convenía abrir la boca.
Elena asintió insegura.
—¿Ya ha comenzado a hacer planes para cuando acabe esta misión?
—¿Perdón?
—Su próximo destino. Supongo que querrá estar cerca del Almirantazgo, buscando un puesto de posición. Ese tipo de estrategias eran muy propias de su padre.
—Yo… eh… tengo mis propios proyectos, señor.
—Sí, es lo que siempre ocurre con las familias de brillante linaje militar. Los hijos tratan de despegarse de la fama arrastrada por su apellido alegando que desean hacer méritos propios.
Elena se envaró, elevando el mentón y la vista como hacía cuando estaba en la Academia. Procuró que el suave temblor de sus muñecas no se dejase traslucir en la entonación:
—Con el debido respeto, señor… La admiración que siento hacia mi padre y mi linaje familiar no puede ser más grande, pero siento que debo buscar las conclusiones propias de mis actos. Sería un error acomodarme en una fama inmerecida, pese a que ésta… —dudó—… pese a que ésta probablemente me haya ayudado a llegar lejos en el escalafón.
—Ya veo. —Una consola parpadeó con un breve chillido junto a la butaca del general, que se abstrajo momentáneamente de la conversación—. Discúlpeme un momento. ¿Sí?
—Señor, hemos acabado con el reconocimiento del sector —dijo una voz metálica. Brawn se incorporó.
—Enseguida voy.
La capitana continuaba con la vista fija en el techo, en pose marcial, mirando quizás a un cambio drástico en su carrera. Las palabras de Brawn la confundían.
—Dentro de poco, si somos lo suficientemente veloces y cautos, es probable que entremos en contacto con los mundos que fueron colonizados por la Quinta Rama antes de su desaparición total —continuó el general—. Algunas de nuestras mentes más egregias han considerado oportuno incluirla a usted en el esquema de la misión por motivos que aún me parecen bastante vagos. Eso es algo que no pienso discutir, pero tengo la desagradable sensación de que algo se planea a mis espaldas. Es posible que usted posea una mente militar digna del mayor de los genios, pero eso no la coloca por encima de ninguno de los capitanes con más años de experiencia al frente de un navío. Quiero que lo recuerde cuando hagamos contacto. No toleraré ninguna iniciativa que se salga de la cadena lógica de procedimientos.
El puede retirarse quedó suspendido en el ambiente. Elena se puso en pie, sin un murmullo, alisándose con parquedad el uniforme. Saludó y salió de la sala.
—¿Qué le dije, Svonn? —musitó Brawn, cuando se hubo cerrado la puerta—. Toda una soldado.
En el pasillo, Elena se cruzó con el capitán Nesses, que inmediatamente interpretó su expresión.
—No te preocupes por lo que te haya dicho el viejo.
—¿Perdone?
—El viejo. Está un poco senil, aunque sigue sosteniendo tantas medallas como para liderar seis invasiones más.
Elena sonrió. Nesses era más amable en persona que en la holosala de reuniones.
—Su técnica para con los jóvenes es esa. Un sofisma directo al mentón seguido de una finta dialéctica. Luego un giro trivial a la normalidad y ya eres suya. Todos hemos pasado por eso alguna que otra vez.
—¿Y lo superasteis?
—Bueno, digamos que se puede vivir con ello… siempre que no estés sirviendo en su misma flotilla.
Un par de corredores en rampa les condujeron a una cubierta inferior. Elena notó la sutil inclinación del eje gravimétrico cuando cruzaron el meridiano de giro de la nave. Entró en un ascensor, sosteniendo la puerta.
—¿Vuelves al Alexander? —preguntó Nesses—. Tenemos una reunión en la cantina de oficiales.
—No, prefiero regresar —repuso Elena—. Es bastante probable que Brawn se deje caer por allí dentro de un rato para dar impresión de contacto con la tropa, y no quiero que me vea con una copa en la mano.
—Muy bien.
—Dime una cosa…
—Luis.
—Luis, ¿qué opinión tienes de mí?
Nesses entornó los ojos, como pensando. De repente a Elena le pareció un hombre tremendamente atractivo.
—Me parece que eres un misterio —dijo, seguro de sus palabras—. Creo que ni siquiera tú sabes lo que estás haciendo aquí.
Elena dejó que pasaran unos segundos antes de contestar. Aquel hombre tenía algo especial en los ojos que le recordaba a su ex novio, Per. Su misma… idiosincrasia.
—Tal vez.
—Cuéntamelo cuando lo descubras…
—Tal vez —repitió Elena con una sonrisa, dejando que las puertas del ascensor ocultaran su rostro.
La flota volvió a desaparecer en el infinito.
* * *
El robusto golem de polímeros reactivos que custodiaba la entrada al jardín de amapolas se apartó diligentemente cuando la Madre Moriani respondió con un susurro a su parco quo vadis. La suave brisa espolvoreaba la fragancia de las flores en la dirección de los alisios, alejando de ella el desagradable olor de la robustez del ángel guardián.
Más allá de su imponente sombra protectora, el camino serpenteaba a lo largo de la cara norte de una colina hasta morder su propia cola junto a la cerca de protección. La energía contenida en los potentes campos de fuerza quinientos chisporroteaba al límite del espectro de visión.
De pie en el centro de la colina, ligeramente encorvado para alcanzar los tallos más cortos de las flores, se encontraba un hombre de mediana estatura y edad avanzada. Vestía una simple túnica de corte griego bordada con unos símbolos de protección espiritual en oro y jade. Su pelo cano casi había desaparecido de su cabeza, salvo por un fino y transparente semicírculo que aún remarcaba su nuca y la parte anterior de las orejas. Murmuraba para sí mismo mientras elegía con evidente esfuerzo entre dos flores que añadir al copioso ramillete que sostenía en su diestra. No se volvió hacia Moriani cuando ésta se acercó pisando con fuerza sobre los adoquines para llamar educadamente la atención.
Sí lo hizo la persona que estaba junto a él, alguien a quien la Madre conocía: su tercera hija biológica, de raza oriental (un desliz genético que había decidido tener veintisiete años atrás, durante una visita a las fuentes estáticas de Tsui Ramys 3 con el entonces Patriarca Consorte de la Orden), llamada Bárbara. Moriani usó la tercera iteración de su apellido:
—Consejera Vlakova.
—Madre Regidora.
Ambas mujeres se abrazaron y besaron con satisfacción, contentas de verse de nuevo tras el último y atareado lustro. El protocolo familiar de la Corte les permitía intercambiar un primer saludo diegético en presencia del anciano. El siguiente movimiento en la conversación debía incluirle por obligación.
—Señor, la Madre Moriani ha venido para verle —anunció Bárbara con voz melodiosa. El hombre se giró para contemplar a la recién llegada, y dibujó una sonrisa en su poco agraciada faz.
—Ah, Elizabetha. Qué contento estoy de verte.
La Madre hizo una leve genuflexión ante su deoEmperador, acercando los labios a los arrugados nudillos pero sin llegar a tocarlos. El perfume de las flores penetró con fuerza en sus sentidos.
—He venido con la mayor urgencia en tanto he sabido de vuestro estado de salud —dijo—. Me alegra ver que las noticias eran como de costumbre exageradas.
—Sí, gracias a Dios —rió el anciano, comenzando a avanzar por el sendero. Las dos mujeres le siguieron al paso a diferentes alturas—. Esos chicos de la prensa siempre lo exageran todo. ¿Qué tal te va a ti por la Orden?
—Bueno, las cosas no cambian con facilidad. Seguimos en la brecha.
—Ya veo. ¿Todavía te escribes con Abilati, de Tebas?
—No… Francesco falleció la pasada primavera.
—Oh —el anciano dejó que una contracción de su mandíbula escondiera su labio inferior—. No lo sabía.
—Un infarto de miocardio, al parecer.
—¿El corazón? —se extrañó el hombre mientras arrancaba otra flor, espantando una mariposa con un ademán casual—. Es extraño, siempre tuvo una salud de hierro. A menos que…
—Creo que debemos fiarnos más de la otra hipótesis —carraspeó Moriani.
—Uhm. El viejo zorro se había ganado muchos enemigos. Es una pena. Me gustaban sus chistes de loros.
La comitiva arribó a un banco de piedra de diseño rústico que encajaba en el entorno creando una sensación de atemporalidad. Moriani y el hombre de la túnica se sentaron, mientras Bárbara se mantenía a unos respetuosos metros de distancia, dirigiendo su atención a una llamada a través de un canal de seguridad.
El deoEmperador miró hacia la cercana residencia palaciega, estudiando sin mucho ánimo a los jinetes que esperaban en los jardines. El lejano anillo de defensa que circundaba el meridiano cero del planeta resplandecía en el cielo, convertido en un enorme arco iris vertical que cortaba en dos las tormentas de gas de la ionosfera. Hacia el sur, cerca de donde asomaría la segunda luna, se elevaba el gigantesco tallo de la Torre Babelia, uno de los dos ascensores espaciales de que disponía Delos para unir la tierra con el cielo. Vladimir Urievitch II suspiró, haciéndose eco del cansancio que acumulaban sus viejas articulaciones.
—¿Cómo van los preparativos en la Tierra? —El paso a los temas serios siempre lo subrayaba con un ligero endurecimiento de la voz.
—Vamos con retraso. Esperamos la llegada de la niña de modo inminente, pero cada vez surgen más problemas.
—¿Han establecido contacto con ella?
—Sí. Ha sido un grupo mínimo.
—¿Cómo de pequeño?
—Un incursor. No querían levantar sospechas.
—¿Quién no quería? —sonrió el Arconte—. ¿La Oficina al completo o tan sólo Stellan Sorensen?
Moriani no sabía qué decirle. En realidad, era inquietante lo poco que sabía sobre lo que en realidad estaba pasando, lo poco que nadie podía concretar. Detrás de ellos, Bárbara volvió al mundo real tras concluir la llamada y consultó su reloj de muñeca.
—Cuídate de los idus de Invierno —recitó el monarca—. Y esmera la seguridad de la niña cuando llegue. Desde que ponga el pie en tierra se convertirá en el foco de todas las miradas. ¿Sabes algo de ella?
—Lo poco que filtra el Ejército. Afortunadamente De Palma es un hombre con recursos —Moriani se refería más a la sutil capacidad de transmitir la información que a la de obtenerla—. Es una adolescente bien constituida, recia para la media, dado que su mundo tiene unas décimas más de gravedad que el nuestro. Posee una inteligencia y una capacidad para aprender asombrosas, pero sufre de ciertos… problemas emocionales.
—¿Algo grave?
—No —Moriani sacudió la cabeza—. Pero espero que no necesitemos una intervención mnémica directa. Queremos que su potencial se desarrolle sin interferencias.
—He oído decir que nunca ha demostrado tener contacto con el Metacampo.
La Madre corrigió su postura en el banco, incómoda. Aquel era un tema que los había cogido a todos por sorpresa.
—Sí… Bueno. No nos lo esperábamos, desde luego. Ya estamos estudiando el enfoque del problema. Podría tratarse de un talento latente, o de una habilidad subarmónica no observable pero activa. Es posible, empero, que su elección sea un error. Que nos hayamos equivocado de persona.
Vladimir sonrió con parsimonia, entrelazando las manos sobre su regazo. Era el gesto de la constatación de una verdad asumida.
—Elizabetha —murmuró—. Durante mis años como deoEmperador he tenido muchos presentimientos, de los cuales he de admitir que una pequeña parte no han resultado ser del todo fiables, pero siempre fue debido a errores de interpretación sobre el material de partida. Sin embargo, lo de esa chiquilla va más allá de una simple premonición. ¿Me entiendes? Su nombre brilla en los preliminares de la Convolución —hizo una pausa—. En otro orden de cosas, ¿cómo va la invasión?
—De Palma me comentó que la Oficina había estado llevando parte de la organización administrativa de la operación Antártida antes de su puesta en marcha. Eso no es competencia de ellos, a menos que la Armada haya admitido una redistribución de funciones y haya decidido compartir algo con las agencias rivales.
—La Oficina no mete sus narices en nada que no vaya a reportarles beneficios, ya sea económicos o estratégicos —asintió Urievitch—. Pero es extraño que lo hagan tan abiertamente.
—¿Una maniobra de refocalización?
—No. —El monarca sacudió la cabeza—. No me lo parece. Creo que Stellan conoce muy bien el terreno que pisa, pero no se arriesga a ir más allá por miedo a las reacciones de los demás grupos. Aunque ciña espada en todas las diatribas, no es hombre que desenfunde en público.
—Es un comportamiento lógico.
—Y estúpido —sentenció Urievitch, rascándose un grano en la arrugada barbilla—. Si confía demasiado en la moderación, el entorno puede cambiar espontáneamente y estropearle el plan.
—No me parece que Stellan sea el verdadero peligro. —Moriani habló despacio. Sabía que no poseía pruebas de lo que estaba diciendo, y de lo peligroso de sus conjeturas—. Es demasiado retorcido como para realizar maniobras tan burdas. No, creo que detrás se esconde alguien.
—¿Quién?
—No lo sabemos aún. Los trancisionalistas crecen en número a diario, pero no suponen una amenaza organizada. A veces se queman en público, lo que es bastante molesto… U organizan manifestaciones con alborotos y disturbios. Pero no suponen más que una arista política en algunos Parlamentos, fácil de manejar. Creo que el verdadero problema no tardará en mostrarse. El cebo está a punto de aparecer y servirá de disparador. Es el problema de conocer a tu enemigo.
—Ya. —El monarca bajó la vista, concentrándose en el ramillete. De repente se convirtió en la fría y arquetípica figura de contornos broncíneos que sus plebeyos veían cada día en el dorso de sus monedas—. ¿Te gustan las flores, Elizabetha?
La Madre asintió, y de pronto volvió a ser consciente de las fragancias del entorno.
—Son hermosas —musitó el anciano—. Pero Dios las creo frágiles para enseñarnos algo sobre el precio de tal belleza. —Se giró hacia ella—. Os conozco y sé que no vacilaréis en hacer cualquier sacrificio con tal de salvaguardar la estabilidad de nuestro sistema. Pero recordad que esa no es una virtud exclusiva de los imperialistas.
Por primera vez, aunque fugazmente, puso sus manos sobre las de la Madre. Su tacto era frío y tranquilo.
—Ten mucho cuidado con los cebos. Y dale un saludo a De Palma de nuestra parte.
Elizabetha asintió, suponiendo que las personas implicadas en ese saludo iban más allá del plural mayestático que incluía sólo a Urievitch. Con un silencioso gesto de connivencia, se retiró por el sendero, no sin antes despedirse de Bárbara y hacerla prometer que visitaría Mitra para finales de año.
Diez minutos después estaba sentada en el alfil que tenía destinado para uso privado mientras estuviera fuera de la protección de los muros de la Orden. Esos muros que a veces le habían llegado a parecer excesivamente férreos, poco acordes con la voluntad de las hermanas de abrir sus conocimientos al resto de la comunidad. Había momentos en que el agobio de las reglas y los rituales de autocontrol relajaban sus duras facciones y parecían un alivio, una tierra de nadie llena de trampas que las protegían de los peligros del exterior. Un exterior lleno de demonios que anidaban en los sueños.
Moriani suspiró. No sabía si aquel era uno de esos momentos, pero la sensación correspondía. Sus pensamientos parecían convergir hacia un punto de fuga definido por el fatalismo del fracaso; del fin de una aspiración vital, quizás un plan excesivamente bien estudiado. No podía saberlo.
Viola, su acólita asistente, descansaba en el asiento contiguo, el cuello colocado en una pose poco natural pero idónea para que los músculos se relajaran durante la aceleración inicial del vuelo. Comprobaba visualmente en la consola los últimos informes que llegaban del monasterio arzobispal, pero un sutil parpadeo en la conexión transcéfala de su nuca revelaba que al menos la mitad de su consciencia activa vagaba por las autopistas de luz de la Línea Rápida. Moriani observó sus labios, leyendo las huellas de palabras quebradas y suspiros nasales en el cuchicheo que la muchacha mantenía consigo misma, y logró identificar a su interlocutor: estaba hablando con Vanessa Helmstad, encargada en jefe de relaciones públicas de la Agencia de Orientación Folkgeist, en la Tierra, discutiendo sobre la estrategia que adoptaría la Administración para concienciar a la opinión pública de las ventajas y reformas que traería la próxima Convolución. Más de veinte años de publicidad subjetiva y condicionamiento ideológico habían familiarizado tanto a la población con los nombres y estrategias de sus actuales gobernantes que ahora aparecerían problemas a la hora de reeducarlos.
A Moriani le agradaba mucho Viola. Aparte de parecerse a su hija, le recordaba la época en que ella misma era aprendiz, aunque su educación nunca coincidió con la rama en que aquella joven se había especializado. Ella había sido preparada desde que ingresó en la Orden para ocupar uno de los puestos claves. Su nombramiento dos décadas subjetivas atrás como Madre Regidora fastidió a muchos pero sorprendió a pocos. Moriani estaba bastante satisfecha con su cargo y con lo que había logrado hacer en él desde entonces, pero a veces envidiaba a Viola, a su aparente despreocupación con las enormes responsabilidades del mando, y sobre todo a su juventud. Una juventud que ella había empleado en prepararse para momentos de crisis como el que les sobrevenía.
El juego en cuestión estaba empezando a volverse peligroso. Las otras dos Logias que junto a las Hermanas Bizanty extendían sus fichas por el tablero de intrigas consistoriales (el Teleuteron y la Corporación Eisenstain) tenían sus propios límites de tolerancia, y sus propios planes. Elizabetha pensó una vez más en los intereses de cada jugador, y en cuáles podrían ser sus peones.
Stellan no jugaba por libre, estaba claro. Eso significaba que el Servicio Secreto ya tenía una inclinación definida, y probablemente un papel importante que desempeñar. La pregunta no era cuál, sino cómo lo detectarían cuando se pusiese en funcionamiento. La maniobra de De Palma al apoyar su iniciativa de enviar a Armagast a por la niña, pese a todas las implicaciones indirectas, había sido sumamente propicia. El Ejército jugaba contra la Oficina poniéndose de su parte, hasta que Stellan lo descubriera y lo utilizara para aplastar ciertas cabezas, incluida la del almirante. Era increíble lo parecidas que eran las maneras de pensar de aquellos dos hombres en el plano personal y lo opuesto de sus objetivos.
Si tuviéramos más datos, deseó. Pero la pista del plan de la Oficina para traer y custodiar a la pequeña se perdía más allá de aquel solitario incursor y su agresivo capitán soldado.
El Emperador no actuaría, salvo de manera pasiva; sería el juez distante que vigilaría que ninguna de las facciones atacara abiertamente a las demás. Quizás la Arconte Beatriz les ayudase; no en vano, ella había sido una Hermana antes de formar parte del cuarteto convolutivo, y ahora se adivinaba como su as en la manga más poderoso. Pero estaba a la vista, y eso hacía que su juego resultase predecible. Sólo había que recurrir a ella como último recurso. La Armada era la más débil de las facciones: estarían muy ocupados con la invasión como para ser capaces de cubrir nada más.
No, los peones de las otras Logias debían ser personas cercanas a la Corte, gente que pudiera estar cerca de la niña cuando llegara a Palacio. Gente que pudiera extender su influencia sobre ella sin mediadores ni delegados, para asegurarse cierta atracción sobre el péndulo cuando éste empezase a girar.
Misteriosas criaturas.
Ahora que la especie parecía abocada a una catástrofe sin precedentes, los fiordos más peligrosos seguían siendo las viejas rencillas, los exacerbados localismos que parecían constituir fines en sí mismos más que excusas para encontrar soluciones a problemas de mayor envergadura. Decidió que tal vez fuera hora de que alguien diera un inesperado y contundente golpe de timón a la política ideológicamente semiprogresista del Imperio.
Un fugaz destello del sol en la ventanilla hizo que apartara los ojos del mar de nubes que sobrevolaban a gran velocidad. Moriani suspiró, dejando vagar sus pensamientos.
Aquel era el verdadero origen de todo: las vastas praderas de la mente. Sus senderos y encrucijadas. Las Logias habían nacido como respuesta humana a la invasión del Metacampo, para estudiar en profundidad y con detenimiento la lenta transformación de la humanidad de Portadores a Derivantes en respuesta al nuevo entorno de comunión mnémica. Adaptación o extinción, así era y así había sido siempre. Pero la motivación original se perdía como un farol en el bosque tras la telaraña de intereses y cambios bruscos que cada cierto tiempo sacudían la estructura del Imperio.
Las cuatro ramas evolutivas conocidas de la raza humana, con todos sus árboles combinados alocadamente en un crisol de interdependencia, formaban un complejo puzzle donde con frecuencia aparecían muchas más fichas de las necesarias para completarlo: las relaciones entre los pueblos de distintos mundos, el previsible choque de ideologías, los intereses económicos y expansionistas de cada mundo-estado con soberanía propia; la Quinta Rama, cuyas primeras huellas se empezaban a seguir ahora… No, no era nada sencillo. Había que coordinar demasiados factores impredecibles, unir los intereses de demasiada gente. Era un paisaje tan complejo que no importaba cuán arriba estuviese uno, que nunca sería capaz de verlo en perspectiva.
Paradójicamente, el principal problema seguía siendo que, por muy avanzada que estuviera la tecnología en materia de comunicaciones, el ser humano se empeñaba en conservar una perspectiva localista de su posición en el Universo. Para una persona que vivía en una granja de calor de Marte y que consideraba que el pueblo vecino era un lugar remoto, pensar en otros planetas en términos de proximidad era una paradoja fuera de su alcance.
Y detrás de todo, como la textura oculta del fondo que la mayoría veían plano y oscuro, estaban los Ids. Vigilando desde la sombra, escondidos en los salones surreales del inconsciente colectivo, allí donde los sueños calculaban su imposible lógica. Compartiendo su inapreciable regalo con la Humanidad a cambio de lo que fuese.
¿En qué consistía realmente esa peculiar relación simbiótica? ¿Qué estaban dando de verdad los seres humanos a cambio?
Tal vez el Metacampo fuera sólo eso, había pensado muchas veces: una enorme pesadilla colectiva que los oscuros motores de la ambición humana dilataban en el tiempo. A veces, cuando Elizabetha cerraba los ojos, se descubría buscando entre los sombríos recovecos de su conciencia un espía silencioso, un ser que pudiera haber penetrado en su cabeza cuando ella dormía. Buscando cualquier imperfección en sus andamios de costumbres y manías, cualquier huella impresa en un sueño. Algún ruido que pudiera traer el viento de sus pensamientos desde las profundidades de algún recuerdo.
Y a veces, solo a veces, creía haber oído algo.
—¿Perdón? —reaccionó, dándose cuenta que Viola estaba hablando con ella.
—Lo lamento —se disculpó la acólita, apagando la consola—. Creo que la he interrumpido.
—Oh, no te preocupes. No estaba pensando en nada importante. ¿Qué me decías?
—Acabo de hablar con Vanessa Helmstad. Le manda saludos y deseos de que recobre la buena salud.
—Devuélvele el cumplido cuando puedas, junto con algunos caramelos para su hijo. ¿Qué más?
—Parece que han adoptado una estrategia publicitaria, algo sin precedentes. No ha querido entrar en detalles, pero creo que van a manipular todos los campos de influencia disponibles, desde persuasión audiovisual directa hasta un retoque sutil y progresivo del refranero popular y de las frases clave de la Biblia y el Corán, publicando una nueva edición de cada uno con tendencias más remarcadas hacia la tolerancia al cambio.
—Muy típico. ¿Cuánto durará la operación?
—Unos veinticinco años estándar —Viola consultó sus notas mentalmente—. Pero esperan hacer extensible la influencia a las próximas generaciones incitando nuevas tendencias musicales y literarias controladas, para que sean sus motivos de reflexión y diversión en el futuro. Habrá que convencer a muchos críticos.
—Ajá —asintió la Madre, pensativa.
El piloto del alfil tosió. A Moriani le llamó la atención un hecho tan simple debido a su reciente estado convaleciente, y se preguntó si el hombre habría pasado los últimos controles médicos. A través de la ventanilla, el paisaje se tornó borroso, al tiempo que la nave reducía altura y se internaba en el sempiterno manto de nubes.
La acólita desconectó el cable transcefálico de su nuca. El enlace usaba una pequeña porción del ancho de banda de la nave, demasiado insignificante como para que el ordenador de vuelo notara su falta.
—¡Ay! —se quejó la joven, frotándose el cuello con dos dedos.
—¿Qué te pasa?
—Esto escuece…
—Deberías cambiar la conexión por una artificial.
—Prefiero no pasar otra vez por el quirófano, gracias —rechazó Viola, arreglándose el cabello para que ocultara el orificio de cable ancho—. Aún tengo malos recuerdos de la última vez. Y las naturales se disimulan mejor.
—Sí, pero en las artificiales no crecen nervios… —Moriani se detuvo en mitad de la frase, como escuchando.
—¿Ocurre algo? —preguntó Viola, extrañada.
—Espera —ordenó Moriani, dándose cuenta que algo iba mal.
El piloto temblaba ligeramente.
El interior del alfil se componía de dos simples compartimentos, la carlinga de pilotaje y el espacio de los pasajeros, separados por una abertura en el tabique que cerraba la cabina. El campo de aislamiento estaba desactivado, y Moriani podía ver cómo la espalda de su piloto se contraía arrítmicamente, presa de estertores convulsivos. Varias manchas de sudor se abrían paso a través de la fina tela del uniforme de vuelo. El horizonte artificial se mantenía estable gracias a la rémora virtual, pero muchas luces de emergencia sacudían con sus destellos el tablero de control.
Un disparo de adrenalina puso a la sacerdotisa en tensión.
—¿Qué sucede? —preguntó Viola, trabando su cinturón de seguridad.
—No lo sé.
A través de la ventanilla surgió de nuevo la claridad. Habían rebasado el manto de nubes. Los picos nevados de la cordillera que bordeaba la península de Izara, residencia del deoEmperador en Delos, aparecieron varios kilómetros por debajo.
—Estamos descendiendo —informó Viola. Moriani se inclinó hacia delante. El brazo izquierdo del piloto estaba contraído sobre su pecho, agarrotada su muñeca y dedos.
Moriani pensó en sacarle de allí y colocarse los anteojos para acceder al puente virtual de la nave, desde donde podría controlar la rémora y hacer que el ordenador de navegación guiara el aparato a tierra. Sin embargo, algo le extrañó: el traje de vuelo del piloto tendría que tener un dispositivo para detectar irregularidades en el pulso. El ordenador debería poder darse cuenta de lo que estaba pasando y activar todos los protocolos de emergencia.
Un fuerte bandazo la hizo saltar sobre el asiento. Tuvo que agarrarse al apoyabrazos para no ser lanzada al suelo. Los medidores físicos del tablero aún seguían arrojando datos. Un grupo de dígitos de color rojo iba aumentando a gran velocidad, mientras otros disminuían al mismo ritmo.
Viola sintió llegar el miedo. Su adiestramiento la mantenía con la boca cerrada, pero su piel empezaba a adoptar una palidez expresiva. La consola había caído al suelo y yacía enredada parcialmente con el cable de conexión transcéfala. El ángulo de caída empezaba a ser peligrosamente pronunciado haciendo notar los primeros efectos de la ingravidez. Viola sintió cómo el estómago pugnaba por aplastarse contra sus pulmones, enviando ácidos chorros de bilis garganta arriba.
Un olor nauseabundo les llegó desde la cabina. El hombre había perdido el conocimiento, pero sus miembros se agitaban presa de calambres espontáneos. El olor se hacía más penetrante.
—¡Nave! —gritó Moriani—. ¡Activa los protocolos de seguridad! ¿Me escuchas?
El ordenador no respondió. Un temblor sacudió el armazón del alfil. Aterrada, la acólita miró por la ventanilla. Las alas estaban colocadas en posición de vuelo a baja velocidad. La computadora no las había cerrado, y pequeñas grietas comenzaban a hacerse visibles a lo largo de sus nervaduras. No se trataba de un simple accidente. El sistema de seguridad debía en todo momento poder cerrar las alas para adecuar el dinamismo del aparato a la presión del aire.
Alguien había saboteado el alfil. Era la única explicación.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Viola, aferrando con tanta fuerza el asiento que sus nudillos se teñían de blanco.
—¡Nave! ¡Activa los protocolos! ¡Código de alerta uno! —volvió a gritar Elizabetha. No recibió respuesta. Olvidando el mecanismo de seguridad, se volvió hacia su ayudante:
—¡Escúchame bien! Alguien ha saboteado el alfil. Vamos a tratar de proyectarnos fuera de aquí.
La acólita se fijó en sus labios, completando el mensaje, y asintió. Viendo que era imposible comunicar, Moriani trató de establecer un enlace telepático, pero enseguida cortó. Algo había salido del cuerpo del piloto, abriéndose paso a través de los tejidos blandos del cuello.
La delgada silueta afilada de un buscador-cuchillo se elevó en medio de un fulgor azulado de campos sustentores, goteando sangre sobre el cadáver. El pequeño aparato se mantuvo estático unos momentos, mientras calibraba su posición en el interior de la nave. Cerca de él, unas fracturas hicieron mella en el fuselaje, astillando uno de los panales del cristal blindado multifacetado de la carlinga. El viento comenzó a rugir con fuerza en el interior del habitáculo de pasajeros, haciendo volar papeles y cables de un lado a otro con gran violencia. El pequeño ingenio ensangrentado no se movió un ápice.
Vocalizando con cuidado, Moriani ordenó sin emitir sonidos a la aterrada acólita que no activase ninguna defensa ni escáner psíquico. Sin perder de vista al aparato, recogió los pliegues de su falda sujetándolos con los muslos. El pequeño asesino adoptó una configuración de estrella de ocho puntas, utilizando cuatro de ellas como sustentores de campo y cargando las afiladas aristas de las demás con resplandeciente energía carmesí. Lentamente, apoyando sus campos en las zonas de mayor fuerza estructural del habitáculo, comenzó a explorar el interior del alfil.
Las dos mujeres observaban sin hacer un solo ruido al artefacto. Viola respiraba con dificultad. La presión del aire a aquella altura era insuficiente para inflar sus agotados pulmones. Sus ojos se cruzaron con los de su superior en una pregunta silenciosa. Si cualquiera de las dos activaba por acto reflejo una sonda mnémica o irradiaba cualquier mensaje en el plano psíquico, el buscador la detectaría. Moviéndose muy lentamente, Elizabetha destrabó su cinturón. Sólo tenían una posibilidad de salir de aquella trampa mortal, y era proyectándose a un lugar seguro.
El buscador se activaba por presencias mnémicas. Si permanecían en total mutismo psíquico, era posible que no las detectara. Y eso era lo que preocupaba a Elizabetha. Allí faltaba algo. Un detalle que completara la trampa. Algo que asegurase la destrucción del aparato y su muerte. Pero, ¿qué? ¿Una bomba?
Observó cómo el pequeño asesino flotante penetraba en el habitáculo de pasajeros. Escuchó la entrecortada respiración de Viola, una mancha temblorosa al límite de su visión. El aparato volvió a temblar, esta vez con más violencia. De reojo, vio que las alas tenían ya un treinta por ciento de curvatura. Pronto se partirían, y entonces…
El piloto dejó de temblar. El terrible olor era cada vez más fuerte, pese al vendaval. La Madre sintió cómo la sangre comenzaba a manar de sus fosas nasales, impregnando sus labios con un sabor rancio. Ya había oído hablar en ocasiones de aquel tipo de explosivo, pero jamás lo había visto en acción.
En el cuadro de mandos de la cabina los números que indicaban la altura seguían disminuyendo a toda velocidad. El rastreador-cuchillo pasó entre ambas mujeres, dirigiéndose hacia el compartimento de popa, sus aristas chisporroteando luz abrasadora. El piloto exhaló violentamente un chorro de gases. Su piel estaba adquiriendo un tono cetrino, y muchas arterias habían reventado con la presión. La espontánea mutación mitocondriana estaba devorándole por dentro, canalizando a través de su sistema sanguíneo un flujo de sustancias volátiles extraídas de los tejidos, huesos y músculos, sus reservas de grasa y órganos internos.
Él era la bomba.
Viola estaba tratando de decir algo, pero Moriani la ignoró. Sólo había una oportunidad de salir de allí. Concentrándose, trató de poner en práctica un truco que había aprendido de joven. El cuchillo atravesaría su cabeza con la celeridad de una bala en cuanto levantara sus escudos o tratase de teleportarse, pero había formas de comenzar a preparar el ritual sin activarlo.
Visualizó mentalmente las coordenadas del lugar a donde quería proyectarse. Todas las hermanas bizantynas que alcanzaban el misterio de la proyección siempre tenían uno o más lugares seguros grabados en la mente, para momentos de emergencia. En su caso, y teniendo en cuenta que el destino debía estar en las inmediaciones, sólo había un lugar posible: el palacio residencial. Los departamentos para las visitas, en la segunda planta del ala oeste. Rezando para que no estuvieran demasiado lejos, Moriani alineó en silencio las armonías de proyección.
No tuvo tiempo de seguir cavilando. La nave volvió a sacudirse, perdiendo el horizonte y girando sobre su eje incontroladamente. Los objetos sueltos se convirtieron en un torbellino de manchas borrosas que volaban en todas direcciones. Algo afilado y de pequeño tamaño la alcanzó en la sien, dejándole un corte del que empezó a manar sangre. Plumas, papeles, cables, todo se difuminaba en el estruendoso maremágnum.
De repente, sucedieron varias cosas:
Las células del piloto, convertidas en una inmensa destilería de complejos químicos volátiles, alcanzaron su punto crítico. La piel ardió, los músculos se disolvieron haciendo de reactivos para la detonación. Viola, presa de un ataque de pánico, se derrumbó. Moriani iba a gritarle que no lo hiciera, pero su aviso llegó un segundo tarde. El cuerpo del piloto explotó en una nube de fuego químico, destrozando el panel de control y la endeble estructura de la carlinga. La bola de llamas pareció expandirse en todas direcciones con la velocidad del pensamiento, pero la reacción mnémica de la acólita llegó primero.
Como un disparo físico, su onda mental accionó el mecanismo de cierre de la esclusa que aislaba la carlinga. Los campos de protección se activaron, deteniendo la explosión en el umbral. La acólita comenzó a sonreír, pero en ese momento algo le atravesó la cabeza. El rastreador-cuchillo perforó limpiamente el asiento y la nuca de la chiquilla, saliendo por la región occipital del cráneo con un sordo estampido de sangre y materia encefálica. Durante un segundo, mientras recobraba el equilibrio, el artefacto se mantuvo a unos pocos centímetros de la faz de la Madre Regidora, y ésta pudo oler el nauseabundo perfume de la muerte. Entonces entendió por qué el buscador no había sido detectado por los sistemas de rastreo.
También era orgánico.
Moriani apartó la vista de golpe, abriendo su mente a las armonías de disparo de la proyección. Sintió cómo la energía procedente del Metacampo invadía como un océano de luz y fuerza vital los recovecos de su mente. El aire comenzó a titilar a su alrededor. En ese momento la nave perdió el ala de estribor, y se precipitó en una violenta barrena hacia tierra. El campo que sellaba la carlinga se extinguió cuando falló el suministro de corriente, y Elizabetha comprobó con terror que toda la proa de la nave había desaparecido. La explosión había volatilizado todo rastro del puente, y ahora un enorme vacío se abría tras el abollado tabique de separación. Los profundos valles de la cordillera se acercaban girando locamente.
Restarían unos escasos tres segundos antes del impacto. El proyectil buscador, como atraído por el grito de una presa descubierta, dirigió su atención hacia ella. La letal simetría de sus cuchillas refulgía contra un fondo de roca y campos nevados. Moriani rezó. No había tiempo para nada más.
De improviso, el buscador se disparó hacia ella, dejando un rastro azul en el aire.
—¡Ahora! —gritó Moriani, sin saber si lo había pronunciado o si había sido un alarido mental. Sus armonías se alinearon con la base sinérgica de la mente del Emperador. La matriz sensitiva del Metacampo se abrió ante ella y le dio la bienvenida. Su cuerpo comenzó a desaparecer del plano fisico con un chisporroteo de energia, la enorme presión marcando arrugas en su frente. Un gemido de alerta parpadeó un instante a la boca del túnel: Demasiada energía. Demasiada distancia. Se dio cuenta muy tarde. Chorros de pensamiento sólido cristalizaron en la matriz llenando de agujas su cerebro. La ardiente cinemática raspó las paredes de su cabeza mientras la realidad se convertía en la superficie convexa de un espejo. Justo una décima de segundo antes de que el proyectil cuchillo atravesase el espacio donde estaba su cabeza y perforara el casco de la nave, la Madre activó los corolarios de transformación de energía cinética.
Instantáneamente, y a muchos kilómetros de distancia, los muebles y un sirviente que limpiaba los suelos en el segundo piso de la residencia palaciega, ala oeste, volaron por los aires catapultados por una violenta explosión de aire. La energía cinética concentrada en el cuerpo de las dos mujeres se redirigió hacia el entorno, levantando mesas y lanzando escobas y cubos de agua contra los óleos de las paredes. Sin impulso, Moriani y el cadáver de Viola se desplomaron sobre el suelo como dos árboles derribados por el viento.
La Madre se encontró en los brazos de un hombre, o de una mujer, no sabía quién ni cómo. Un grupo de personas caminaba y gritaba a su alrededor, algunas ayudándola, otras moviéndose con desesperante lentitud de un lado a otro. Los sonidos se aplanaron, quedando relegados a un cúmulo de ecos que provenían de un fondo impreciso. De reojo, pudo ver un cadáver cubierto por una sábana. La mancha de sangre tatuada en la tela parecía una mariposa de alas asimétricas. Pensó «Viola», pero el nombre no le sonó a nada, sólo estaba anclado al filo de su consciencia como un débil espejismo distante: una imagen sobreimpresa en una pupila ciega tras haber mirado a una luz muy brillante. Una fotocomposición de un recuerdo. Un cisne con el cuello roto.
Elizabetha se desmayó.