LA ARAÑA TONTA
Mariano Hispano
—Pepe, recuerda que han devuelto el recibo del colegio de los niños.
—Me fue imposible llamar al banco, pero, descuida, que de esta mañana no pasa.
La voz de Pepe Ros era cálida, tranquila. Era la voz del hombre acostumbrado a dominar las situaciones. Sueldo, ocho millones, más gastos personales sin límite, porcentaje anual y otras compensaciones.
Ella permanecía en la cama, el pijama suelto, las sábanas sueltas, cálidas aún. Pepe tuvo la tentación de quitarse la ropa y meterse otra vez en la cama.
—No vayas al banco hasta que yo haya hablado con Martínez. Te aseguro que esos inútiles empleados que le rodean van a recordar el número de mi cuenta de memoria para el resto de su vida.
—¡Tampoco es para tanto! No te pongas así, ven y dame un beso. ¿Adónde vas hoy que te has puesto tan guapo?
Iba a besarla, cuando ella siguió hablando:
—Anoche llamé a Pupi, ¡vaya sorpresa que se llevó! ¡Se quedó de piedra cuando los invité a que saliéramos esta noche!
Los labios de la mujer estaban húmedos y cálidos. Pepe Ros disimuló la tensión que le embargaba y se mostró distante, como era costumbre en él.
A las 8.08, como todas las mañanas, el portero abrió la puerta al elegante ejecutivo de traje impecable, camisa de suave tono y corbata que contrastaba ligeramente con las dos prendas, y que lucía unos zapatos con el brillo justo de la piel natural.
—Buenos días, señor Ros.
—Buenos días.
Seis minutos después, el portero vio salir del par-king el Alfa Romeo rojo del señor Ros, como todas las mañanas.
—" ¡Jo, qué tío, como farda. Los hay con suerte, leche! ¡Y, anda, que la tía que tiene..."!
Era el día quinientos veintitrés de su vida de araña tonta. Hubiese podido llamar de otra manera a aquella situación, pero lo hizo así desde el primer momento y así seguía haciéndolo.
Pepe Ros estaba tejiendo una tupida tela de araña, no para atrapar a nadie, sino para que alguien lo atrapase a él, lo contrario precisamente de lo que hacen los arácnidos. Ros era un cerebro privilegiado; un 194 según la moda de los coeficientes mentales.
Al alcanzar Tres Torres bajó del coche, dejándolo en doble fila, cruzó el paso de peatones y compró tres periódicos, como todas las mañanas.
Volvió al Alfa Romeo, aceleró y se perdió entre el tráfico.
El Alfa Romeo rojo tomó la calle Balmes en dirección al Tibidabo, cruzó el Paseo de San Gervasio, y adelantó el tranvía azul.
Ya en la montaña, tomó un desvío que conducía a unas casuchas que se elevaban en una hondonada, y detuvo el coche. Lejano llegaba el griterío de los chiquillos de los colegios.
Pepe Ros, el elegante y agresivo ejecutivo, se desplomó sobre el volante, los hombros hundidos, la frente apoyada sobre las manos.
Había jugado bien pero no había tenido suerte. Nadie se había lanzado sobre él para atraparlo. Llevaba quinientos veintitrés días sobreponiéndose al pánico que se había incrustado en sus huesos cuando abrió la fatídica carta que le anunciaba su despido, fijaba la indemnización correspondiente, y le agradecía los servicios prestados. Durante más de diecisiete meses había ocultado a todos su situación, incluso a su mujer. 17 meses entrando y saliendo de su casa a las mismas horas; cenando alegremente con amigos, visitando salas de fiestas, celebrando las navidades, haciendo espléndidos regalos en santos, cumpleaños y aniversarios. En aquel período, con gran extrañeza de su esposa, recordó a sus amigos de Colegios Mayores y Universidad, y reanudó sus lazos de amistad con ellos. De tarde en tarde, breve y sin darle importancia, comentaba con ellos la posibilidad de cambiar de empresa; otras les hablaba de inexistentes ofertas que acababa de recibir. Ninguno de ellos se interesó por él, ni lo recomendó a nadie. La tela de araña siguió tendida, mes tras mes, pero nadie cayó sobre él para atraparlo.
Sin embargo, Pepe Ros sabía que nunca conseguiría otro empleo como el que había perdido si se descubría que no estaba en lo alto de la ola.
Al cabo de un rato, con pereza, hundido en la agonía, abrió la guantera del coche y sacó una pistola que guardó en el bolsillo de la americana. Porque, según sus planes, aquel día iba a ser muy diferente a los anteriores.
Los téjanos estaban amontonados sobre unos periódicos extendidos en el suelo. El hombre de piel cetrina que los vendía estaba sentado en una silla de anea reventada en su fondo. Los puestos de venta formaban largas filas, pero abundaban más los tenderetes de vieja lona y los vendedores que tiraban la mercancía al suelo.
—¿Y pá qué quiere eso, jefe?
—¿Cuánto valen?
—Digo yo que no le cuadran, jefe.
La severa mirada de Pepe Ros borró el desparpajo del gitano, que debió pensar si sería un policía nuevo en aquella zona.
—Lo que uzté quiera darme. ¡Yo soy así! A unos los clavo, y a otros... pues, por lo que quieran.
Pepe Ros le tendió un billete de mil pesetas.
—¿Es suficiente?
—¡Qué va! ¡De aquí le sobra a uzté el ciento y la madre!
Ros se alejó del gitano sin tomar la vuelta. El contacto del pantalón le daba asco. La nube de polvo que levantaba los zapatos al andar le ponía nervioso. El griterío de unos y otros; los chiquillos corriendo y abriéndose paso a empujones; las miradas negras desconfiadas, que le seguían por donde quiera que fuese, le llenaban de ira y de temor. No obstante, se sobrepuso y compró una chaqueta vieja, una camisa a rayas sin cuello, y unas zapatillas, que sabe Dios quien las había llevado hasta entonces.
A las 12.50 de la mañana, el Alfa Romeo rojo tomo la fuerte pendiente en curva del parking de la calle Caspe-Vía Layetana. Ros tuvo que frenar. Un Mercedes plateado le cerraba el paso. El parking estaba lleno y tenían que esperar a que otros coches saliesen.
Un frío sudor abrillantaba la frente de Pepe Ros. Con la misma pulcritud que había tendido la tela de araña, había trazado un plan para cometer un atraco en la sucursal de un banco, muy próxima al parking. El cambio de ropas era la clave de su éxito. Necesitaba dinero. No podía continuar el juego si devolvía un recibo, dejaba de pagar una sola letra del suntuoso piso en el que vivía, o rebajaba su nivel de vida.
A las 13.05 no se había movido ningún coche.
A las 13.25, Pepe Ros aparcó el Alfa Romeo en la cuarta planta, pero no salió del coche. Simuló buscar unos documentos en espera de que los conductores de los otros vehículos que habían bajado con él se marchasen. Se sentía tranquilo. Pensaba ponerse allí mismo las viejas ropas que había comprado.
Unos golpes suaves en la ventanilla estuvieron a punto de hacer que estallasen sus nervios. El hombre que golpeaba el cristal se mostraba alegre y le invitó a salir del coche.
—¿Coño, Pepe, no me conoces? —abrió los brazos para abrazarlo—. ¡Soy Elías... Elías Sánchez! ¡Harvard! ¿Te acuerdas ahora?
—¡Elías! ¡Claro que te recuerdo!—. Ros olvidó por un momento sus planes y devolvió con calor el abrazo.
—Te he reconocido por el retrovisor. ¿Tomamos algo? —preguntó después el dueño del Mercedes, que vestía con la misma elegancia que su interlocutor.
Pepe Ros no pudo negarse. Miró el reloj. Eran las 13.29.
—Tú, J.B. con agua, ¿verdad?
—Y tú, Bourbon con dos hielos.
—Sí, chico, desde que leí a Chandler me quedé pegado al Bourbon.
Rieron los dos.
—Bueno, hombre, ¡hace un siglo que no sé de ti!
—Soy un hombre de ocho millones —y Pepe Ros se echó a reír, mostrándose todo lo feliz que le habían enseñado en los cursillos especiales de imagen—, ¿Y tú? Te van bien las cosas, ¿verdad?
Pepe Ros sintió la tentación de abandonar el atraco al Banco. Su cerebro trabajaba a toda presión. Le daba órdenes, recomendaciones, le enviaba mensajes de alerta; le pedía calma. Miró con disimulo el Rolex. Eran las 13.37. Pero, ¿y si intentaba algo con su viejo amigo? ¿Por qué no? Podía esperar hasta las 13.50.
—De modo que un hombre de ocho millones —le respondió Elías Sánchez—, No está mal, Pepe. Me alegro. Sabes que en Harvard apostábamos fuerte por ti.
Ros se sintió feliz. Esta vez sin necesidad de recordar los cursillos especiales.
—En cuanto a mí —siguió hablando Sánchez—, tengo una Compañía. Trabajo con otros dos amigos. Si adivinas a qué nos dedicamos, invito yo. Pero, oye, ¿te casaste?
Elías Sánchez no esperó la respuesta de su amigo. Echó mano a la cartera de bolsillo, la abrió y mostró a su amigo la fotografía de una mujer muy joven, espléndidamente hermosa.
—¡Veintidós años!
—¡No cambiarás nunca! Te gustaron siempre jovencitas, ¿eh? La mía tiene cinco años menos que yo, ¡pero también es un bombón, no te creas!
Pepe Ros carraspeó ligeramente antes de volver a hablar. Se dio cuenta cuando ya era tarde para corregir. Sabía que no debía hacerlo, que aquello era un síntoma de inseguridad.
—Te dije que era un hombre de ocho millones, pero ¿te confieso otra cosa? ¡Quiero llegar a ser un hombre de veinte millones! ¡Es mi meta, Sánchez!
Había tirado el cable. Ros sintió húmedas las palmas de las manos. Echó mano al vaso y bebió. Los hielos del Bourbon tintinearon ligeramente.
Elías Sánchez lo miró fijamente. Le sonreía.
—No lo intentes, Pepe. Mira, te encuentro, no sé, extraño. Fuimos siempre amigos, ¿no? Te diré algo, Pepe: mi Compañía se dedica a cazar cerebros. Sí, soy un "head hunter". Habrás oído hablar de ellos, ¿verdad?
A Pepe Ros se le abrió el cielo. Volvió a mirar el reloj. Eran las 13.42, pero no le importó lo más mínimo.
—¿A qué me fichas? —le preguntó, sonriendo.
—¿No me has oído? Te dije que no te muevas. Estás bien. No pierdas lo que tienes. Se te nota agotado.
Ros rompió a sudar.
—¡Vamos, hombre! —protestó riendo—. ¡Estoy en la cresta de la ola!
Sánchez se echó a reír. Tomó el vaso y lo levantó.
—¡Por nuestros buenos tiempos, Pepe! Dije una tontería, perdona. Es vicio profesional.
Pepe Ros, demudado, le preguntó:
—¿De verdad crees que no puedo aspirar a más?
—No sé.
—¡Contesta!
Elías Sánchez se sintió molesto.
—¿No te ves? —luego, intentó corregir la situación—. Pero, bueno, Pepe, ¿por qué me lías? Yo no soy quien para juzgar tu futuro.
Pepe Ros sabía que sí lo era. Comprendió de pronto, con la brutalidad de una bofetada, que nunca volverían a abrirle una puerta, que en los ficheros de las Compañías de cazadores de cerebros, no figuraría nunca su nombre. Y en un acto incontrolado miró el reloj. Eran las 14.05. ¡Había perdido las dos oportunidades!
Una nube roja le nublaba la vista. Se llevó la mano al bolsillo de la americana.
El barman estaba colocando una botella en uno de los anaqueles cuando oyó el primer disparo. La botella se le escurrió de las manos y se estrelló contra las del anaquel inferior. El estrépito coincidió con el segundo disparo, y con el de la rotura del vaso de J.B. que Elías Sánchez había dejado caer de su mano, los ojos muy abiertos, llenos de asombro, mientras dos rosetones rojos se extendían rápidamente por la camisa y el traje que vestía, a la altura del estómago.
El barman se volvió en el momento en que Pepe Ros apoyaba la boca del arma contra su corazón.
El tercer disparo se produjo cuando un policía nacional abrió la puerta del lujoso local. Nada pudo hacer por Pepe Ros, salvo ver como caía de bruces sobre los cristales del vaso roto.
M. HISPANO