SIN NOVEDAD EN LA FRENTE

E. Sánchez Abulí

Me parece estar viéndolo. Joe Tilburg que se llamaba el tipo. Pero se hizo tristemente célebre con el apodo de "King-Kong", por lo cortito que llegaba a ser. Metro y algo. Ni moreno ni rubio, sino todo lo contrario. Cara de luna llena. Labios colgantes y movedizos. Orejas gachas. Nariz sobresaliente. Ojillos notables. Materia gris, suspenso.

Jack Conn lo sacó del arroyo. Lo vistió de limpio, le compró una muda, un traje, pantalones con raya, americana de solapa ancha, corbata a topos y un bombín. Pero ya se sabe, aunque el gorila se vista de seda... En cuanto rascabas un poco salía a relucir el bruto, el destripaterrones, el obtuso.

—O.K., boss —decía el palurdo entre dientes, y a Jack se le caía la baba.

—Líbrate de él —le dijimos .Te traerá problemas.

—Pero si es una monada de criatura —replicaba Jack, y le daba cacahuetes, que el bruto engullía con fruición y con ruido.

"King-Kong" era analfabeto perdido y Jack se jactaba de haberle enseñado cuanto sabía. Desde hacerse el nudo de la corbata hasta manejar una Astra del 9 largo. Tuvo que enseñarle, claro está, que antes de apretar el gatillo tenía que quitar el seguro, y dónde estaba el seguro, y por qué era seguro. Que no, que una pistola no se cargaba metiendo los proyectiles por el cañón. Y para apuntar bastaba con cerrar un ojo, no los dos como hacía el sandio. Y encima tenía el tupé de decir que donde ponía el ojo ponía la bala.

—O.K., boss, je, je, je, je.

—Deshazte de él, Jack —le aconsejamos.

—Es como un hijo para mí —y venga baba.

Un hijo tonto, quería decir, porque era cosa de verlo pasear con la mano en el interior de la chaqueta, tanteando las cachas de la Astra, que se notaba a una milla. A veces se la sacaba en plena calle y la limpiaba con un pañuelo. De la pistola estoy hablando.

Jack, que a despilfarrar no le ganaba ni el gobierno, le regaló un Ford de segunda mano.

—O.K., boss, je, je... ¿Dónde está el seguro?

Por suerte para los transeúntes, el palurdo no aprendió a conducir. Era pedirle demasiado. Bastante tenía ya con entender lo de los semáforos. ¿Y lo de la acera de enfrente, que le traía loco? El muy bestia nunca llegó a saber cuál de las dos era, de verdad, la de enfrente.

Jack se lo perdonaba todo. Se reía paternalmente y le arrojaba cacahuetes.

"King-Kong" creía que eso de jugar a las damas era meter mano a Helen "la Complaciente". Fue Jack quien se la presentó, porque Helen era de esas que tienen estómago, que no le hacen ascos a nada.

—O.K., boss —dijo el bruto, mirándola de arriba a abajo—. Je, je, je... ¿Dónde está el seguro?

Y Jack le ponía ojos tiernos y se deshacía cual terrón de azúcar empapado.

—Sácatelo de encima —le dijimos.

—Pero si es un pobre desgraciado —argüía Jack.

—Por eso, te traerá desgracia.

Todo el mundo tiene manías. La de Jack eran las granadas. Las coleccionaba. Las bombas de mano le fascinaban. Era su hobby, como quien dice. Y tenía un pase. Pero su paternalismo por el gorila era un disparate. ¿Qué había visto en aquel patán para convertirlo primero en su guardaespaldas, y luego en su brazo derecho?

Con el tiempo, hasta le obsequió con una Thompson. Y no veas el pisto que se daba el rústico con el nuevo juguete. Cuentan que dormía abrazado a la metralleta. Detalles como ése enternecían a Jack.

—Le falta una madre —decía, en su papel de padrazo. Y le caía una catarata de baba.

Y ya digo, Jack no era ningún idiota. Se codeaba con ambos gremios: la mafia y la bofía. Sabía nadar entre dos aguas y guardar la ropa. Una de cal y otra de arena. A la hora de hacer planes, había que contar con Jack Conn. Por eso, cuando se encaprichó del bruto, hubo quien pensó que empezaba a chochear; hubo quien pensó algo peor, pero dejemos eso, que Jack era todo un hombre. Hasta entonces había contado con un buen elemento: un tal O'Brian, matón profesional, un tipo que conocía el oficio, pero que, de la noche a la mañana, cayó en el olvido o en un pozo, no se sabe muy bien.

—Envíalo a paseo, Jack.

Y Jack me lo enviaba a por tabaco o a por el periódico y le daba cacahuetes y se reía y se le hacía la boca baba.

Llegó la noche fatídica. Íbamos a celebrar una reunión en la cumbre, que suele decirse. Los Govan y los Moray iban a repartirse los casinos de Manhattan. Jack ponía la casa y hacía de mediador. Rascal y yo íbamos por libre, por aquello de estar al tanto. Si van a dar un escobazo, hay que procurar estar del lado del mango. También se presentó Alan Kneale, el traficante marica, acompañado por una rubia ligerita de ropa, tan ligerita que más tarde, cuando se desnudó, no notamos la diferencia.

La casa de Jack está en lo mejorcito de Brooklyn, en la Bushwich Avenue, a un paso de Broadway. Se llega a la mansión por un callejón oscuro que va a parar a la puerta. Fue precisamente allí, en la esquina del callejón, que Jack dejó a "King-Kong" con la Thompson.

—Mira, Joe —le dijo—. Tenemos una reunión muy importante. Que ni dios se acerque sin antes identificarse. ¿Está claro?

—O.K., boss, je, je.

Ya estaban cayendo las primeras gotas cuando llegamos a la puerta. Nos abrió un criado de libro o de librea, según se mire. En el salón esperaban los canapés y las botellas. Para romper el hielo, Jack empezó por mostrar su colección de granadas. Tenía un arsenal. Al rato, corrió el Scotch y las lenguas se desataron. Se habló de Roosevell y del New Deal, de mesas de juego, de rien ne va plus, de ruletas, de faites vos jeux, de impuestos, de business is business, de porcentajes, de time is money, de tabernas clandestinas, del wet y del dry, de trata de blancas, de trato de bancos, de trato hecho, de cabarets, de cabareteras.

Por fin, cuando la lluvia ya caía de firme, se llegó a un acuerdo. A la hora de fumar el calumet de la paz, Jack sacó una caja de puros. Se dieron la mano, se guiñaron algún que otro ojo. Se contó el último chiste. La mano de un Gowan sobre un hombro; la mano de Kneale sobre un hombre. La rubia nos obsequió con un striptease, colgó las bragas en la lámpara y paseó la melena de la entrepierna por la concurrencia.

—¿Llueve? —preguntó alguien.

—Diluvia —contestó nadie.

Estaban cayendo chuzos, pero los Moray tenían prisa. Escudados tras paraguas e impermeables salieron a la calle. Llovía a mares. Apenas los habíamos despedido, cuando sonaron los disparos. Cundió la alarma.

—¡La bofia! —gritó Govan padre.

Harry Moray llegó hasta la puerta, dando traspiés, chorreando agua y sangre.

—King-Kong —dijo, y a renglón seguido aspiró, suspiró y expiró.

Así que no era la poli. Era el gorila, que cumplía órdenes a rajatabla y a quemarropa. Se había cargado a los Moray. Allá al fondo, en el callejón, podían verse los bultos de los cuerpos, revoltijos de carne agujereada.

La lluvia apretaba de firme.

No había puerta trasera. Para abandonar la casa era preciso afrontar el callejón, la lluvia torrencial, y lo que era peor, el obtuso armado hasta los dientes.

Jack era blanco de todas las miradas. Había mudado de color. Ahora, demasiado tarde, se daba cuenta del error que había cometido al confiar en el orangután.

—Torpedo —dijo Jack, volviéndose hacia mí.

Pero yo no pensaba lavarle la ropa sucia. No iba a mojarme el culo ni por Jack ni por nadie. Me hice el sueco, el encontradizo, el sórdido. Sí, queríamos salir de allí, pero no con los pies por delante.

—La poli no tardará —dijo Kneale—. Si nos pillan aquí...

Los Govan miraban a Jack con cara de pocos amigos. Todos esperábamos que nos sacara de aquel atolladero. Él se sabía culpable. No hacía más que tragar saliva.

—Tienes que ir tú, Jack— dijo Govan padre—. Eres su jefe. Te adora —no sé si esto lo dijo con rintintin.

Jack volvió a tragar saliva. Sabía que salir era un suicidio. Entre la oscuridad y la lluvia, para el "King-Kong" todos los gatos eran pardos. ¿Quién era el guapo que iba a identificarse, con el diluvio que estaba cayendo?

Jack chasqueó los dedos y se acercó el criado con un impermeable. Antes de salir, el anfitrión nos dirigió la suerte de mirada que te lanza un perro camino de la perrera.

Jack salió al callejón dando voces, desgañitándose:

—¡SOY YO, JOE! ¡NO DISPARES! ¡SOY EL BOSS! ¡NO DISPARES, JOE! ¡NO DISPARES!

Pero el estruendo de la lluvia lo acallaba todo. Y luego, de pronto, el callejón se llenó de balas. Soplaron ráfagas de rat-ta-ta-ta-ta-ta y el prolongado ayyy-yyyy del moribundo.

—¡Ese loco nos matará a todos!— gruño Mick Govan, para darnos ánimos.

—¡Maldita sea! ¡Tenemos que salir de esta ratonera! —chilló Kneale—. ¡Si se presenta la bofia, adiós muy buenas!

—Sí —dijo Rascal—, pero ¿quién pone el cascabel al gato?

—Yo.

Nos volvimos hacia la rubia, que se había vestido, y empuñaba una boquilla y un paraguas. Kneale trató de disuadirla. Le dijo que la cosa iba en serio, que el obtuso ya se había cargado a cuatro, y si seguía con aquella racha, no dejaría títere con cabeza.

Pero la rubia salió y enfiló el callejón con su andar de vampiresa del Bronx, afrontando el diluvio y la Thompson agazapada en la esquina húmeda. Era un momento dramático. Sólo faltaba el pianista para ponerle música a la noche.

La lluvia seguía castigando el asfalto.

¿A qué idiota se le ocurrió eso del eterno femenino? La rubiales no duró ni medio minuto. Una diarrea de balas la dejó para el arrastre. A Kneale se le saltaron las lágrimas. La primera vez que lloraba a una mujer.

No había escapatoria. Estábamos perdidos. La poli estaba al caer.

—¿Todavía sigue ahí ese loco? —preguntó Govan padre, mordiéndose las uñas.

—Sí —respondió Rascal—, Le he visto el bombín.

—¡El bombín! —gritó uno.

—¡Las bombas! —enganchó otro.

Corrimos todos a una. Desvalijamos la colección del malogrado Jack, pero, como suele decirse, por una causa justa.

—Basta con quitarle la anilla y arrojarla —dijo Govan padre.

Salimos juntos. Kneale fue el primero en lanzar la suya, con todas sus fuerzas. Cuando hizo explosión, junto a la esquina, corrimos hacia allá. Una, dos, tres, cuatro, cinco granadas salieron disparadas hacia la esquina. Lo volamos todo: La esquina, al "King-Kong", parte de la avenida, y hasta un farol que andaba por allí. El estruendo fue de órdago, pero no venía de una bomba. Luego corrimos como locos, en desbandada, mientras ululaban las sirenas de los coches de policía. Era el sálvese quien pueda. Dos días después enterraron los restos del gorila. El gracioso de turno improvisó un epitafio:

AQUI YACE JOE TILBURG, ALIAS "KING-KONG".

CAYÓ DESPEDAZADO EN ACTO DE SERVICIO.

SIN NOVEDAD EN LA FRENTE.

E. Sánchez Abulí