SHOT GUN

E. Sánchez Abulí

Me estaban siguiendo, y el que se tratara de un perro callejero no cambiaba las cosas. No me gusta que me sigan; es algo que me saca de mis casillas. Le largué alguna que otra patada, pero era ágil el condenado y las esquivaba con facilidad. No sé qué mierda había visto en mí que no me dejaba ni a sol ni a sombra. Me pateé todo el Bronx sin poder despegármelo de los talones. Y fue en Sound View Avenue que se nos acercó el cacharro. Un Buick destartalado y ruidoso, que avanzaba resoplando, como si tuviera asma. Pero no fue eso lo que me llamó la atención. Lo que me llamó la atención fue la escopeta de cañones recortados que asomaba por la ventanilla y que me estaba apuntando. Pasó lo siguiente: que di un salto de pantera, que el disparo retumbó como un trueno y que sonó un aullido que ya lo quisiera un lobo. Al levantar la vista vi, encuadrado en la ventanilla, la jeta del tipo de la escopeta. Los ojillos brillantes por la emoción, la sonrisa feroz de los labios curvos, el hilillo de baba que se columpiaba en la boca. La napia desaforada, higo chumbo, made en el ring y los puntiagudos pelos largos que salían de las fosas nasales como patas de araña.

—¡De lleno! ¡Le he dado de lleno! —dijo.

Volví la cabeza. El chucho estaba en el asfalto, perforado de parte a parte, con un agujero por donde podías meter un puño. Pero le habían visto y ya se acercaban unos cuantos, en manada, poniendo el grito en el cielo, todos ellos de la sociedad protectora de bichos.

—¡Criminal! ¡Salvaje! ¡Detenedlo!

El fulano de la escopeta lanzó un bufido y a los pelillos de la nariz les entró como un frenesí.

—¡Anda, sube, chaval, que esos te linchan por menos de na!

—Me acomodé a su lado y salimos de estampida. Así fue como conocí a Shot Gun, alias El Foca, por la pelusa exagerada de la napia. Había hecho un poco de todo, boxeador, alcahueto, chorizo, tocino y otras hierbas. Estaba a dos velas, como yo, pero en el viejo Buick siempre había gasolina para ir "de caza". Esto de los perros era más fuerte que él. En cuanto veía uno se acaloraba, le entraban sudores, guiñaba los ojos, le daba el patatús. Le acompañé a "cazar" algunas veces. Tenía una habilidad endemoniada para conducir con una mano y disparar con la otra. Cuando "cobraba" una pieza de buen tamaño, daba gusto verlo. Se reía como un crío. Engordaba. Se deshacía con uno. Pura miel. Pero si todo lo que caía era un chihuahua, entonces había que verlo. Morros por aquí, morros por allá. Intratable, mejor dejarlo, que se le pasara el cabreo.

Otra de sus manías eran las capitales del mundo. Se las sabía de carretilla y en cuanto te descuidabas te las recitaba de pe a pa, sin dejarse una por el camino. Otra cosa no, pero las capitales, vaya si se las sabía, ni un catedrático. De las mujeres tenía mala opinión: que sólo servían para follar. Qué bobo, como si no sirvieran también para cocinar, limpiar, barrer el polvo y esas cosas. Y volviendo a lo de los perros, un día, en su buhardilla, en Queens, se bajó los pantalones y me mostró el trasero. Diré, de paso, que los he visto mejores. Pero allí, en uno de los carrillos, un perro había dejado su firma. Le faltaba un buen trozo de carne, de manera que cuando se sentaba quedaba desequilibrado. Desequilibrado quedaba se le mirase como se le mirase, pero de pie se notaba menos. Como un cencerro, el tío, pero tenía su lado bueno. No le importaba que yo fuera italiano, ni que no tuviera un pavo. Si olvidamos las manías, un cacho de pan. Te lo daba todo. Sólo que no tenía nada.

Una tarde, allá en su cuchitril, dándole a una cerveza, me dijo:

—Luca, voy a dar un golpe. Necesito un tío con un par de huevos.

Yo, casualmente, tenía el par, amén de una buena pistola, así que le dije que contara conmigo. Dos días después, cuando yo empezaba a olvidarme del asunto, me presentó al Sifilítico y al Abuelo. El Sífilis era de lo más raro que puedes echarte a la cara. Miraba de lado, como las gallinas, y tenía fama de ahuecar el ala en cuanto las cosas se ponían feas. Esmirriado y oliendo mal. Y el color sobre todo el color, de un membrillo rancio. El Abuelo es que era viejo nada más. Le gustaba hablar de lo importante que había sido, pero rara vez te contaba lo miserable que fue después. Eso sí, un gato viejo. Se las sabía todas. Recopilador de batallitas, matusalén de la mafia, correveidile de Capone. Y para postres, turista consumado y consumido. Lo que había viajado, sí, señor, de una penitenciaría a otra.

Bueno, pues un buen día, en vez de ir a matar chuchos, fuimos al Kensington Bank. Shot Gun iba embutido en una gabardina raída, y eso que estábamos en pleno agosto y las insolaciones estaban a la orden del día. Pero es que debajo del impermeable, colgando de una correa, estaba la escopeta de cañones recortados, cargada hasta los topes.

El Buick se detuvo delante del banco, con un resoplido. El Sifilítico se quedó al volante, su color amarillento haciendo juego con el del coche. Shot Gun, el Abuelo y yo entramos en fila india. En el interior sólo una cliente. Muy fina ella, delgadita, tirando a tuberculosa, pero elegante como la que más. Astrakán y todo que me llevaba. El cajero no tenía un pelo de tonto, porque encima de calvo era listo y fue el primero en captar por donde iban los tiros. El Foca hizo una pirueta y dijo, como si fuera a soltar una conferencia:

—Ladies and gentlemen, —que quedó muy bien, y a continuación, usando ambas manos, abrió de golpe la gabardina, como hacen esos que se exhiben en los parques ante las jovencitas. El sexo, que le traía de culo. Y se paseaba, sin soltar las solapas, mostrando "la herramienta". No tuvo ni que sacarla. Yo sí. Al calvo le metí el cañón de la pistola en el cuerpo hasta que le crujieron las costillas y era cosa de verlo dando brincos hacia la caja blindada. El abuelo apostado en la puerta, consumiendo una colilla, como quien no quiere la cosa, sin perderse detalle.

—No pasa nada, no pasa nada, — decía Shot, como si no pasara nada.

La señoritinga no tenía experiencia en atracos. No sabía estarse quieta. Le temblaban tanto las manos que parecía estar despidiéndose de alguien. Ya faltaba poco para que la caja cediera, cuando el Abuelo gritó:

—¡La bofia! ¡Estamos copados!

Shot Gun no lo pensó dos veces. Echó mano de la leidi. Salimos, parapetados tras el rehén. En ese momento llegaba la poli, con malas intenciones, pero cuando vieron al Foca amparado tras la chica, frenaron en seco.

—¡Un movimiento y me la cargo! —rugió Shot.

Al Buick de cabeza. Encontramos al Sífilis bajo el asiento. Shot le empujó, haciéndose con el volante, la señoritinga en las rodillas. Salimos disparados sin que los polizontes hicieran nada por impedirlo. Por el camino todo fueron nervios y miradas furtivas, pero nadie dijo esta boca es mía. El Sifilítico lucía un amarillo de pergamino viejo.

Diez minutos más tarde estábamos en el ático del boss. Entonces se desencadenaron los reproches.

—La culpa es tuya. Chapucero. ¿Por qué no avisaste antes?

—La maldita caja, ¿qué esperaba para abrirse? A muerte con el calvo.

Acabó por imponerse la maña del viejo, que calmó los ánimos. Dijo que la poli no iba a quedarse cruzada de brazos, que habían fichado la matrícula, que estarían rastreándolo todo, que cortarían las salidas de la ciudad, que teníamos que escapar y ocultarnos durante un tiempo. Él sabía de un colega que podía echarnos una mano. Amainó la tormenta. Decidimos esperar a la noche para darnos el piro.

Para matar el tiempo, Shot sacó una baraja arrugada y unas cervezas calientes. Entre todos no teníamos más allá de cinco dólares, pero no sabíamos jugar sin apostar. Al cabo, Shot Gun, que no era manco, perdió un par de manos y se levantó, refunfuñando.

En un rincón estaba la mileidi, acurrucada como un pajarillo en su nido de astrakán. La cogió en volandas y se la llevó al cuarto contiguo, sin que la chica opusiera resistencia. Al rato la oímos gritar. El Sifilítico dio un respingo en la silla. La mano sarmentosa del abuelo lo retuvo.

—No te metas entre un perro y su hueso, —le oí murmurar entre dientes. El aludido se quedó con la copla y volvió a sentarse. Sifilítico perdido, pero no idiota.

La chavala seguía desgañitándose, pero eran gritos cada vez más apagados. Me tocaba repartir a mí cuando sonó el disparo, como un trallazo. Se abrió la puerta para dejar paso a Shot Gun. La escopeta en la mano, humeante. Dijo, como si lanzara un gargajo:

—No se las sabía.

Cuando el Sífilis se enteró de que se refería a las capitales, se puso hecho una fiera. Esta vez, la mano del viejo no llegó a retenerle. Saltó sobre El Foca.

—¡Loco, que estás loco! ¡Asesino! ¡Eres un asesino!

Para convencerle de lo contrario, a Shot todo lo que se le ocurrió fue soltarle "un perdigonazo". Nuevo truco y la pierna del Sifilítico para el arrastre. Sangrando a borbotones. ¿Quién era el guapo que había dicho que no tenía sangre en las venas? El Viejo y yo nos arrojamos sobre Shot. Le arrancamos la escopeta, que tiramos a un rincón. El abuelo necesitó de toda su diplomacia para calmarle, que estaba frenético. Mientras, eché un vistazo al cuarto de al lado. Allí estaba la chica, sin astrakán, sin ropa, sin cabeza, sin vida. Un pecho caído y el otro erguido, llevándole la contraria. El Sífilis se desgañifaba, pedía a gritos un médico, una ambulancia, una enfermera, una venda, una pierna nueva, un chalet en las afueras, qué sé yo.

En momento tan delicado, fue otra vez el Viejo quien salvó la situación:

—En una ambulancia nos salvaríamos todos. Una ambulancia no despertaría sospechas

Dicho y hecho. El vejete bajó a telefonear, más espabilao que el hambre. Al poco, la sirena de la ambulancia. Dos camilleros subieron la escalera a toda prisa. Shot y yo apostados a ambos lados de la puerta. El Sífilis en el suelo, todo olor y color. Dos golpes bien dados y los camilleros quedaron fuera de combate. Shot y yo nos pusimos las batas blancas y cargamos con el Sífilis, que se desangraba a ojos vista. Abajo, esperaba el Abuelo. Metimos al sanguíneo en la parte de atrás, sobre la camilla que en seguida puso pérdida. Nos acomodamos delante. Shot se empeñó en conducir, que le tranquilizaba, decía. Yo en el otro asiento y el viejo en medio, emparedado.

Al principio todo fue sobre ruedas. Shot conectó la sirena. UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU... Todo dios se apartaba. Shot reía, tenía esas cosas, de niño que no ha acabado de crecer. Y la sirena UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU... Nos cruzamos con un par de coches policías. Hasta nos cedieron la calzada y todo. UUUUUUUUUUUUUUU... Naturalmente ninguno de nosotros pensaba llevar al Sifilítico al hospital; teníamos bastante con poner a salvo nuestros propios pellejos. Ya estábamos haciendo planes para el futuro, cuando llegamos al bulevar y apareció él.

Nada del otro mundo, sólo un perro pachón, estirado como una longaniza, que arrastraba las orejas por el suelo. A Shot le cambió la cara. Se le encendieron lucecillas rojas en los ojos. Aparecieron en su frente las primeras gotas de sudor.

—¡La escopeta! ¡Deprisa, la escopeta!

Miramos a todos lados, pero no estaba. Con las prisas la habíamos olvidado en su cuchitril. El Abuelo hizo lo que pudo por disuadirle, pero le había dado el ataque.

Enfiló la ambulancia para el perro, que trotaba por la acera, delante de un hotel. En cosa de segundos Shot estaba irreconocible: la napia hecha un erizo, con los tentáculos en trance, los dientes a la fresca, el hilillo de baba columpiándose, los ojos como semáforos en rojo, las manos agarrotadas al volante.

—¡Calma, Shot, calma!

Era cuestión de hacer algo, así que abrí la portezuela y me apeé en marcha. La broma me salió por unos cuantos cardenales. Tuve tiempo de ver lo que ocurría. En el último momento, Shot, para darle más emoción al asunto, conectó la sirena UUUUUUUUUUUUUUUUUUUU y el perro se quedó de piedra al ver la mole que se le echaba encima. UUUUUUUUUUUUUUUUUUUU y el chucho quedó hecho papilla contra la pared del hotel. UUUU UUUUUUUUUUUUUUUU y la ambulancia fue a empotrarse contra el muro.

Lo único que quedó sano fue la UUUUUUUUUU. Vi a Shot y al Abuelo, que salían tambaleándose, como borrachos. UUUUUUUUUUUUUUU y con el escándalo que armaba la sirena la bofia no tardó en presentarse. Uno, dos, tres, UUUUUUUUUUUUUUUU, diez coches rodearon la manzana. El abuelo salió por piernas, rejuvenecido de pronto, y se perdió de vista. Pero El Foca UUUUUUUUUUUUUUUUUUUU fue a meterse sin saberlo en el hotel, que era tanto como meterse en una ratonera. En medio de un grupo de curiosos, en la acera de enfrente, me quedé a ver el final de la película.

Los sabuesos iban armados hasta los dientes. Cincuenta contra UUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUno. Entraron en tromba, muy uniformados, muy hombres, muy valientes ellos. Fue todo un concierto. Por un lado el RAT-TA-TA-TA-TA-TA y por el otro el UUUUUUUUUUUUUUUU de la sierena. No le dieron oportunidad. Y eso que iba UUUUUUUUUUUUUUU desarmado.

En nombre de los Estados Unidos de América UUUUUUUUUUUUUUUUU, en nombre de la suciedad protectora de alimañas UUUUUUUUUUUUUUU, en nombre de la ley y las buenas costumbres, en nombre del padre, del hijo y del espíritUUUUUUUUUUU santo, en nombre de todo eso, lo achicharraron a balazos. Y sólo entonces, una mano inocente desconectó la sirena.

E. Sánchez Abulí