EL PADRINO

E. Sánchez Abulí

Mucha pechuga, mucha nalga, mucho peroné, mucha cara: ésa era Rose Dombell. Nos conocimos uno de esos días pasados por agua, cuando yo iba por la calle sorteando charcos y marea humana y ella casi me saca un ojo con una de las puntas del paraguas. Lo primero que me llamó la atención fue lo bajita que era. Y eso que iba encaramada sobre unos tacones puntiagudos. Luego la sonrisa aquella. Sonreía por nada. Llegué a pensar, al principio, que era tonta. Pelirroja y carnosa, profundamente carnosa. Me pidió disculpas y luego me pidió que la invitara a cenar.

Fuimos a una fonda barata. Rose comía a dos carrillos. No era de extrañar que estuviese gorda. Había paro y hambre en Nueva York, pero ella comía. Había guerras y muertes, pero ella comía. Habíafundacioneso defunciones, pero ella comía. Y mientras comía yo miraba aquella piel rosa y los ojos húmedos, grandes, misteriosos y miopes.

Me dijo que estaba sola en la vida y que no pensaba atarse.

—Hay que ser libre — me soltó, como si acabara de salir de la trena—. ¿Me invitas a un postre?

Ingerido el postre, me guiñó un ojo: Mira disimuladamente debajo de la mesa.

Lo hice. Ella se había remangado la falda, y en el muslo lucía un lunar rojo como el pelo. Estaba muy orgullosa del lunar, como si fuese una condecoración.

Quedamos para el día siguiente. Nueva comida, nuevo postre, nuevo café, nuevo atisbo del lunar.

—¿Quieres que te diga una cosa?

Yo, inocentemente, dije que sí, y ella ¡zas!, me contó su vida.

—Soy virgen, sabes —y al captar mi mirada de estupor, se apresuró a añadir—: Espiritualmente, se entiende, como mi padre me desfloró cuando era niña. Pero, sabes, no era mi padre, sino mi padrastro, mi padre putativo.

Sí, resultó que su padre era de lo más putativo que puedes echarte a la cara. Y claro, después del padre llegó el lechero, obsesionado por la pechuga. Un tipo duro, que la castigaba cuando estaban en el asunto.

—Un mastuerzo. ¿Sabes lo que es un mastuerzo?

—Uno que no hace nada a derechas.

—Y luego empalmó con el chico de los periódicos, el tendero de la esquina, un soldado con permiso, un barman de color (no precisó el color), uno que venía de un comité, uno que pasaba por allí, un notario que levantaba actas y le levantaba la falda.

Esa misma tarde nos besamos. Olía a dulce, a azúcar quemado, a pastelillo de domingo recién hecho, caliente y pegajoso. No era mi tipo, pero al principio me la tomé muy a pecho, y no lo digo por las mamas. Era cariñosa, traviesa, de esas que poco a poco te encienden la sangre. Le molestaba que la llamasen gorda.

—Todo lo más llenita —solía decir. Y luego, encadenaba—. ¿A qué me invitas?

—A casa.

Pero entonces, con un mohín, te decía que no, que no era de ésas.

Bueno, estuvimos un tiempo tonteando, dale que te pego, café va chocolate viene, beso por allí y mano por allá. Nos medió liamos. Un affaire, que dicen los negociantes. Algo que no estaba del todo claro, a lo mejor porque tenía lugar en portales oscuros, ascensores parados y callejones sombríos.

Y el día menos pensado, de improvisto:

—Sabes, Luca, me he enamorado de ti. Esta vez es en serio. Yo no pienso quedarme para desvestir santos —y tras una pausa, sin esperar respuesta—. ¿A qué me invitas?

—A casa.

Pero en cierta ocasión no se presentó a la cita. En su lugar vino un chaval con gorra, pecas, una nota y la mano extendida para no dejar escapar la propina.

"Queridísimo Luca: Voy a pedirte un favor, que no te enfades conmigo, pero es que me he enamorado, y esta vez es en serio. ¿Y sabes una cosa? Me voy a casar. Tuya, Rose."

Lo encajé bastante bien, porque poco después conocí a Nelly, que era una hembra de primera, alta, rubia y en rodaje, como a mí me gustan. La modosita Nelly me hizo a olvidar a Rose. Un clavo saca otro clavo.

Pero como en este mundo todo se sabe, me enteré de que el tipo por el que se había colado la rolliza era Butch O'Neil, hampón de vía estrecha con el que yo había tenido mis más y mis menos. Un día coincidimos en una cafetería. Iba acompañado por su hermano Pat "El Jaco", fácil de identificar por su dentadura de caballo. Butch era grueso, y ahora que lo pienso, hacia buena pareja con Rosa. Se acercó a mí desenfadadamente, como si nunca nos hubiéramos enfadado, muy hombre de mundo él, y me tendió la diestra.

—¡Torpedo!

—Hola, O'Neil.

Llevaba colgada de la boca una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Sabes que me caso la semana que viene?

—He oído algo.

—Oye, a lo mejor te sorprende lo que te voy a decir, pero he estado pensando... Bueno, en realidad ha sido cosa de Rose, ya sabes cómo son las mujeres. El caso es que... ¿puedes venir a la boda?

Le mire como se mira a una serpiente que te ha mordido y a renglón seguido te pone ojos tiernos. Pero la sonrisa seguía allí, columpiándose en los labios.

—Mira, tú y yo hemos tenido algunas diferencias, pero qué diablos... pelillos a la mar. Anda, vamos a tomar una copa.

Una copa no era moco de pavo durante la Ley Seca, de modo que acepté. Fuimos a un speakeasy, una de esas tabernas clandestinas en las que se servía alcohol a discreción o con mucha discreción, vete a saber.

Butch estaba contento. La perspectiva de la boda se le había subido a la cabeza y sólo hablaba de la felicidad y esas patrañas. Pat hacía alarde de su dentadura y relinchaba a diestro y siniestro. Después de la primera copa, cayó la segunda, la tercera... Al poco rato, Butch exhibía los colores de una colegiada en su primera cita. Le chispeaban los ojos cuando dijo:

—Hay algo más, Torpedo —me puso una mano en el hombro—. Es respecto a la boda. Cosas de Rose, ya sabes. A ella le gustaría que fueses... el padrino.

—¿Yo el padrino? —me sorprendí.

—Tú el padrino.

—No sé —dije por decir algo—. Además, está Rascal.

—Él también está invitado —rio Butch.

—Podría ser la madrina —terció Pat.

Iba a lanzar otro de sus relinchos, pero al verme la cara, se lo tragó. Los delgados labios contuvieron a duras penas la avalancha de dientes que porfiaban por salir.

Butch fulminó a su hermano con la mirada.

—No le hagas caso. Ya sabes cómo es Pat —y volviéndose hacia el barman—. Joe, pon otra ronda.

Con los labios salpicados de espuma, volvió a la carga:

—No me importa que hayas estado con Rose, lo sé todo. Nos queremos, eso es lo que cuenta— y tras lanzarme un guiño—. A que te enseñó el lunar.

—Sí, sí.

Se rio.

—Siempre lo hace. A ella le gusta llamarlo grain de beauté, en francés, dice que es más fino, pero qué mierda, es un lunar, ¿no?

—Sí, pero mira, O'Neil, lo de Rose es agua pasada.

Claro, claro.

—Ahora salgo con otra chica.

—Claro, claro.

Yo ya había bebido bastante. Me dije que lo mejor era batirme en retirada. Además, la familiaridad de Butch me cargaba. La mano aquella en mi hombro, tanta fraternidad, los guiños, los codazos, los relinchos de Pat.

Iba a irme cuando Butch me lanzó otro de sus guiños.

—La Nelly es canela en rama, ¿eh?

Me espabilé de pronto, como si me hubieran echado un jarro de agua fría.

—¿Qué sabes tú de Nelly?

—Bueno, pues eso... —carraspeó—. Ya sabes, se conoce gente por ahí... Hoy con ésta, mañana con la de más allá, ya sabes. Es un encanto de chavala, un brío, un tacto, una finura, unos arrestos...

—No ha estado en chirona, que yo sepa.

Pero él iba embalado, como buen hampón:

—Una ternura, un Savoir faire, una desenvoltura, una mano izquierda...

—¿Qué le pasa a su mano izquierda?

Y él, lanzado:

—Una gracia, un don de gentes, una simpatía, una peca...

—¿Qué peca? — gruñí, lanzándole una mirada asesina.

Levantó las cejas por levantar algo.

—Ah, pero ¿no sabes lo de la peca? —y volviéndose hacia Pat le dio un codazo—. No sabe lo de la peca, Pat.

El caballo relinchó. —Pues todo quisque sabe que tiene una peca en...

La mano de Butch se estampó contra la hilera de dientes.

—¡Shhhhhhh! Baja la voz, Pat, no vaya a enterarse Joe.

Pero el barman se había enterado.

—Una peca como una catedral, sí señor, si lo sabré yo —dijo, dándose postín.

Y por último, Greg, alias "La Esponja", que recalaba por allí cerca, se nos vino encima con su retahila de hipidos.

—¡Hip!... Apuesto lo que sea a que estáis hablando de... ¡hip!... la peca de Nelly... ¡hip!

* * *

La ceremonia en la iglesia no fue nada del otro jueves, en parte porque era domingo por la tarde. Rose iba de blanco, pero estamos en un país libre, ¿no? Todos de limpio, emperifollados, de tiros largos, como corresponde a la flor y nata del hampa neoyorquina. Pantalones planchados, chaquetas implacables. Butch, de smoking, un clavel en el ojal, rebosando felicidad, alegría, kilos.

Estaban todos. "Easy Legs", con cara de tendero emocionado; Rocco, el masoquista, que se hacía llamar Rock porque decía que le pegaba más; "El Sordo", que no se enteraba de nada; Los Cincinati del lado este; los Cabrone del lado oeste; los Graham de en medio. "Siete Vidas" Nolan; "King Kong", el músico con su inseparable violoncelo; Greg "La Esponja", borrachín de turno; Jack Ace, el fullero; los O'Neil; Rascal y yo, el padrino.

Fuimos a celebrarlo a casa de los irlandeses. Un salón grande con una mesa grande llena de botellas que entusiasmaron al personal. Whisky, champán, ron, cerveza y brebajes explosivos. ¡La Ley Seca; esto hay que mojarlo!, que decía un beodo. Una hora después las corbatas se habían aflojado, los rostros, encendido, y las botellas vacías rodaban por el suelo. Un negro barajaba cócteles en un rincón, con ritmo africano.

—¡Vivan los novios! —se desgañifó el borrachín de turno.

Brindaron, empinados los vasos. Rose, que ya había hincado el diente al pastel de boda, recibía besos y felicitaciones. Rascal andaba haciendo eses y asomándose a los escotes.

—¡Viva el padrino! —vociferó Greg, al compás de una melopea.

Entonces se volvieron hacia mí. Yo estaba en un rincón, de espaldas a la pared, por aquello de tener la retaguardia a salvo. Una copa en la mano y sin despegar los labios.

—¡Viva el padrino! —coreó Butch, echándoseme encima con los brazos abiertos, con la dichosa familiaridad que tanto me reventaba.

—Torpedo, ¿qué haces ahí solo? ¿Qué te parece la boda?

—Sonada.

Rose se acercó entonces, la pechuga por delante, la sonrisa encandilada, el labio algo manchado por la nata del pastel, granitos de arroz en el velo.

Butz le dio un beso sonoro en la mejilla y se volvió hacia mí:

—¿Verdad que está preciosa?

—Ajá.

Butch me dio una palmadita, como para animarme.

—Anda, ¿a qué esperas para besar a la novia?

Apuré la copa, me limpié los labios con el dorso de la mano y me acerqué a Rose, que ya me tendía la mejilla, un mohín en su boquita de piñón.

Me incliné sobre ella y la empuñé por la cintura y por la cabeza, sin miramientos. Pegué mis labios a los suyos con tanta fuerza que le corrí el carmín hasta la barbilla. El velo de novia fue a parar al suelo y sentí el impacto de los pezones, como dos proyectiles que llegan al cuerpo después de un largo recorrido, sin fuerzas ya para matar. Rose, no sé si cogida por sorpresa o cogida por mí, no ofreció resistencia.

—¡Hijo de puta!

Butch, un tanto bebido, tardó en reaccionar. Se puso fuera de sí y echó mano al "matasuegras", pero yo me escudé tras Rose y eso me dio tiempo a disparar primero. BANG! Un trueno y Butch se vino al suelo, con un plomo en el brazo. Entonces, todas a una salieron las pistolas de los escondites. Hasta "King Kong" sacó a relucir la "Thompson" que guardaba en el violoncelo. Diez, veinte, treinta armas se movían de un lado para otro, sin saber muy bien a dónde disparar, quién era amigo y quién no. A Rascal se le paso la borrachera como por ensalmo.

—Déjeme sitio, jefe.

Vino a refugiarse tras Rose. Como estaba llenita, servía de escudo para ambos.

—¡Matadlo! —rugió Butch.

Pat se encabritó. Empuñaba una Lüger y estaba deseando usarla, pero los ochenta y tantos kilos de Rose eran una barrera infranqueable.

—Voy a salir —dije—. Me llevo a la novia. Si alguien me sigue...

Dejé la amenaza en el aire, como si fuera un estornudo. Pistolas de todos los calibres me estaban intentando apuntar. Fue Cincinati padre quien se subió a una mesa y reclamó silencio.

—Tranquilos, muchachos, tranquilos. Guardad la artillería. Esto es una boda, no un entierro.

Pat, a regañadientes, ingresó la pistola en "la faltriquera" y los incisivos en la boca.

Retrocedimos hasta la puerta. Nadie cometió la locura de seguirnos. Borrachos, pero no locos. Antes de salir restalló el vozarrón de Greg, saturado de alcohol, que no sabía lo que se decía.

—¡Vivan los novios! ¡Viva el padrino!

Diez minutos después, ya lejos, solté a Rose. Me echó los brazos al cuello y me quiso deslumbrar con un parpadeo.

—¿Me vas a raptar? —suspiró.

—¿Te crees Jean Harlow?

Nos fuimos, dejándola allí plantada, toda de blanco, el carmín corrido y la mirada vagabunda.

Después, a lo que me contaron, Butch le soltó dos guantazos con el brazo bueno y tuvieron que ingresarla en el hospital. Allí pasó la noche de bodas, reclamando tranquilizantes, pastelillos y justicia. Y como era bajita, no tardaron en darle de alta. Butch y Rose se reconciliaron con el tiempo y con el tiempo se separaron. Ella se fue tras un corredor de apuestas y Butch se volvió a casar años más tarde. Pero entonces no se le ocurrió invitarme a la boda.

E. Sánchez Abulí