CARTAS A JANE

Mariano Hispano

La rosada luz del nuevo día había resbalado por la fachada del inmenso edificio hasta la planta decimonovena, donde el capitán Cramm tenía su despacho.

No obstante, absorto en la lectura de unas cartas que elegía al azar, y que ya había leído varias veces a lo largo de la noche, el capitán Cramm no advirtió el cambio y siguió valiéndose de la luz de la lámpara eléctrica que tenía encendida.

Había fumado mucho y la estancia tenía el olor denso y agrio de la habitación mal aireada de un fumador.

Seguía fumando cuando el sargento Whitman entró en el despacho.

—¿Trabajando aún, capitán? —el sargento hizo un gesto de desagrado y sin esperar respuesta de su superior se fue hasta la ventana y elevó la media hoja inferior para que entrase el aire fresco de la mañana—. ¡Si fuese su médico lo enviaría un mes a una cura de desintoxicación. ¿Me escucha, capitán?

—Siéntese, Whitman. Creo que he comprendido, al fin, lo que anoche nos pareció la obra de un loco.

—De eso puedo decirle bastantes cosas, capitán. He investigado.

—Deme un café antes de sentarse, por favor.

Whitman estaba preparando el café, cuando el capitán empezó a leer:

"Querida Jane, El sargento Rogers no es mejor ni peor que el profesor O'Higgins, del que te hablé en otra carta. Creo que voy a acabar mal con él, suponiendo que me dé una oportunidad y me lo pueda cargar. Aunque estamos en un campamento de retaguardia los "viet" llegan hasta aquí con frecuencia y eso puede facilitarme las cosas. Jane, no he comprendido aún porqué la gente renuncia a pensar y le duele tanto que otros lo hagan. Estoy viviendo una situación insoportable. Cargarme al sargento sería una estupidez. Llegaría otro y todo seguiría igual. Creo, Jane, que voy a largarme de aquí. Si consigo desertar y llego a Canadá o a Suecia, te escribiré ¡Sería maravilloso reunirnos en uno de esos lugares!".

Bebieron.

El capitán parecía haber envejecido diez años aquella noche. Con los ojos enrojecidos, sin afeitar, y aquella corbata de nudo bajo y flojo, no era el de siempre. Pero Whitman no le dijo nada.

—Escuche esta otra carta. Aquí habla de su infancia.

"Jane, No vengas a Canadá. Estoy sin documentación y vivo de lo que puedo. Ayer tuve unas visiones extrañas. Creo que me las provoca el hambre. Veía el rostro de alguien que sabía quién era pero que no recordaba y lentamente la imagen se convertía en una roca muv lisa v brillante de la que surgía una calavera; luego, de desdentada boca comenzaba a salir la arena, mucha arena, tanta que de pronto me veía perdido en un desierto sin fin. Cuando recuerdo el hambre que pasaba de niño me río. Entonces, mi padre estaba sin trabajo, la mina le había destrozado los pulmones, y me enviaba a la calle, diciéndome:

"Billy, despabílate.Si no traes algo para comer, tú y yo vamos a ser pasto de los gusanos". Mi madre se había largado con un vendedor ambulante hacía un año, y yo pedía limosna en las esquinas hasta que lloraba a moco tendido pensando en ella, y pensando que ella no se acordaba de mí. Jane, cuando salga de esta iré en tu busca y como seré rico nos pasaremos el día y la noche comiendo los manjares más exquisitos que puedas soñar".

Las manos del capitán Cramm, manos campesinas de hueso ancho, buscaron nerviosas entre el montón de cartas.

—No se hizo rico, pero se cargó al guardián y al cajero del Banco. Las fechas coinciden, capitán. Desde aquel día fue un sujeto peligroso.

—Aquí habla de sus relaciones íntimas con Jane.

"...dormí con ella, Jane. La chica se había escapado de su casa y estaba asustada; luego, se fue animando y acabó sobre mí, desesperada, queriendo reventar y que reventase, como si con aquella salvaje entrega fuese a impedir que el sol saliese al día siguiente. Y recordé tu cuerpo tibio, tus pechos, tus labios; recordé los desmayos que te invadían cada vez que te poseía. ¡Si pudiese tenerte junto a mí ahora, en este instante...!"

—¡Bonita manera de decirle a una chica que la adora! —comentó el sargento Whitman—. Como le decía, capitán, he investigado. Hace un año Billy estaba en Chicago. Pasó una mala racha al cruzarse con gente de Phill Moore.

—¡Whitman, le estoy hablando de las cartas! Ocho cartas que fueron escritas a lo largo de otros tantos años. Cuando Billy escribió la primera no tendría más de quince años, ¿comprende, sargento?

—El tío la cogió fuerte con esa tal Jane, ¿no le parece? ¿Qué le decía en esa primera carta, capitán? Me interesa saberlo para la investigación que llevo a cabo.

"Querida Jane, Después de la muerte de pá no sé qué hacer. Tampoco sé por qué te escribo y te hablo de mis problemas cuando ni me conoces. En el "colé" no han querido renovarme la matrícula, dicen que soy muy especial para ellos. Un día cualquiera, cuando vas en bici a tu casa, saldré a tu encuentro y hablaremos. Es posible que me vaya a otra ciudad sin que nos conozcamos, pero eso es igual. Sé que estamos unidos sin necesidad de más, que tú y yo...

El sargento Whitman interrumpió la lectura.

—¡Jane! ¡En esa Jane está la clave, capitán! ¡Ella tenía que saber que Billy iba a secuestrar el autobús para ir a su encuentro.

El capitán Cramm recogió las cartas, hizo un montón con ella y volvió a atarlas con la vieja cinta que siempre había usado Billy.

—No pierda su tiempo, Whitman. No ha entendido usted nada. Dejemos las cosas así. Billy murió anoche en la estación terminal. Le maté porque había secuestrado un autobús y disparó contra nosotros. Eso es todo.

Y el capitán Cramm guardó el paquete de cartas en un cajón de su despacho, se levantó y sin quitarse la corbata se afeitó con una maquinilla eléctrica, mientras el sargento se servía otra taza de café.

Cramm, pensando en Billy, mientras insistía en el afeitado, recordó que él también se había apoyado en su imaginación muchas veces; que todos, en realidad, un día u otro, echamos mano a ese invisible bastón que nos permite seguir avanzando.

MARIANO HISPANO