VIII
Era, y la persona más escrupulosa estaría de acuerdo, una celda hermosa, cómoda, con aseo y cuarto de baño (completado con ducha y aparatos) instalado, estaba amueblada con impecable aunque poco inspirado gusto, y provista de libros, cine cúbico y películas; había aire acondicionado, luminosidad oculta, aunque al cabo seguía siendo una celda.
La comida era excelente y Tyne había comido bien. El colchón era confortable y había dormido a gusto. La alfombra era gruesa, y Tyne caminaba sin descanso de un lado a otro de la misma.
Su mano izquierda no seguía a la muñeca izquierda.
Había sido confinado allí hacía veinticuatro horas. Llegado a Singapur poco después de las dos de la tarde anterior, había sido arrestado en seguida, interrogado largamente y confinado en aquel lugar. Sus interrogadores se habían comportado civilizadamente, manipulando su mano de acero incluso con excusas. Desde entonces, sus deseos habían sido atendidos y su paciencia se había acabado.
Un golpe sonó en la puerta. ¡Llamaban para entrar! Parecía el no va más de la ironía. Un hombre delgado, con cara de bolso viejo, vestido con traje impecable, entró e intentó sonreír a Tyne.
—¿Sería tan amable de seguirme para entrevistarse con el gobernador Purdoe? —preguntó.
Tyne ocultó la cólera que le invadía y siguió, casi rozándole la espalda, al lechugino que lo condujo hasta una ancha y desnuda sala donde un uniformado octogenario se levantó de detrás de un escritorio. Era el gobernador de la prisión. Purdoe, un personaje atento, con agradable sonrisa en su rostro liso como una manzana.
—¿Cuánto tiempo voy a estar encerrado aquí? —preguntó Tyne, dirigiéndose hacia el escritorio—. ¿Cuándo voy a poder ver a Hjanderson? ¿Sobre qué mierda quiere usted hablar conmigo?
—Soy el gobernador de esta institución —dijo reprobadoramente el anciano, sin dejar de sonreír.
—Menos ceremonia. Todo lo que quiero saber es si soy o no un héroe de guerra. Si lo soy, ¿es éste acaso el trato que ustedes creen me divierte?
—Usted es ciertamente un héroe, señor Leslie —dijo el gobernador—. Nadie lo niega. Por favor, siéntese, túrnese un cigarrillo y quítese lo de las guerras de la cabeza.
El gobernador Purdoe dio la vuelta al escritorio. Se quedó frente a Tyne, contemplándole hasta que se sentó; entonces dijo:
—Tal vez le consuele saber que sus dos socios en este asunto, Murray Mumford y Allan Cunliffe, también están detenidos aquí. No perdemos el tiempo. Se están ordenando las versiones de los tres.
—Lo que le digo es que no hay necesidad de encerrarme con llave para hacer eso. Vine voluntariamente, ¿no?
El gobernador inclinó su grisácea cabeza.
—Cuando usted llegó, el CNU había lanzado una llamada de captura contra usted, vivo o muerto. Tuvo suerte, señor Leslie, pues nos las arreglamos para dar con usted y ponerle a salvo antes de que bandos menos considerados le atraparan. Un agente, al que creo que usted conoce como Stobart, tenía razones para temer que, después de engañarle usted ayer, se hubiera convertido en un traidor. Simplemente, tomó las precauciones habituales en él.
—No me mencione a Stobart, gobernador. Me pone fuera de mí. Dígame tan sólo para qué me quería. ¿Puedo recuperar mi mano?
El gobernador Purdoe esbozó una amplia sonrisa. De cerca, no era una sonrisa muy atractiva.
—En pocas palabras —dijo—, le he convocado aquí porque quiero hacerle ver que está en el mejor lugar… que, lejos de ser olvidado, constituye usted el primer móvil de toda esta intensa actividad, que en parte, se mantiene en secreto incluso para usted mismo. También quiero decirle que el gobernador general Hjanderson se lo agradecerá personalmente tan pronto como le sea posible. Creemos, ya ve, que ha actuado usted con excelentes intenciones.
Sobresaltándose, Tyne arrojó el cigarrillo sobre la mesa y se puso en pie, Le sacaba una cabeza a Purdoe, pero el otro no se movió.
—¡Políticos! —espetó—. ¡Ustedes son todos iguales! Diplomacia y sospechas… ¡pero nada más! ¡Nadie que confíe en nadie! ¿No aceptan nada que no ocurra ante sus narices?
—Usted ha tenido que correr muchos riesgos por comportarse justamente así —dije el gobernador. Se dio la vuelta, rodeó otra vez el escritorio, para sentarse finalmente con un suspiro de cansancio. Su manicurada mano derecha hizo un gesto de contención—. En ninguna parte hay confianza, Leslie. Lo lamento tanto como usted, pero yo afronto la realidad. Ningún joven es realista. Esos planes de invasión desde el II de Alfa de Centauro… no se debe saber ni una palabra de ellos; ésa es una buena razón para que usted siga permaneciendo con nosotros. Inténtelo… por favor, intente pensar menos en usted mismo y ponga en su lugar los graves problemas que se esconden tras esos planes. Sithers, conduzca a nuestro huésped hasta su… habitación.
El hombre de cara arrugada se adelantó. Tyne se encogió de hombros, caminando hacia la puerta con indiferencia; sabía que no obtendría nada de Purdoe, ni siquiera apretándole como una esponja. Ya tenía experiencia con tipos así.
Se detuvo en el umbral.
—Dígame tan sólo una cosa, un pequeño secretito de estado, gobernador —suplicó—. Todo el cuento que Allan Cunliffe me soltó acerca de que los Rosks estaban montando todo el lío para poner el microfilm en nuestras manos… ¿es verdadero o falso?
Una extraña expresión —sin duda otra sonrisa— cruzó el rostro del gobernador y desapareció.
—Cunliffe ha sido un excelente agente durante un buen número de años —dijo— y, aunque le garantizo que no hace falta comprobarlo, todo cuanto le dijo fue exacto. La FPR quería proporcionarnos los planes de la invasión. Sin embargo, hay un pequeño detalle que no es del todo exacto, porque posiblemente él no lo supiera. Los planes de invasión son probablemente falsos.
El resto del día transcurrió para Tyne con intolerable lentitud.
Reflexionó, como el gobernador le había sugerido que hiciera, sobre los graves problemas contenidos tras los planes de invasión de los Rosks. Uno de ellos tomaría por sí solo una milla Todavía no estaba del todo claro que la tecnología de Alfa II estuviera más desarrollada que la de la Tierra en esta última década del siglo vigésimo segundo: ni siquiera la construcción de una gigantesca nave interestelar iba, en teoría, más allá de las posibilidades de la Tierra. Pero una invasión interestelar implicaba muchas cosas. Implicaba, ciertamente, alguna forma de comunicación más-rápida-que-la-luz entre las fuerzas de Ap II Dowl y Alfa II. Implicaba, asimismo, una energía más potente que la usada para conducir hasta aquí la primera nave, pues ninguna invasión tendría sentido si se llevara a cabo en el curso de dos generaciones. Implicaba, indudablemente, una integración de los recursos planetarios enormemente superior a cualquiera soñada por la Tierra. Implicaba, por encima de todo, una sobrecogedora confianza en el éxito; ninguna invasión de tal envergadura se emprendería a no ser que se contara probadamente con una victoria segura.
El cuadro, admitió Tyne, no era sino lóbrego. El papel que había jugado apenas era el prólogo de un grueso volumen de catástrofes.
Pero¿y si el plan era falso?
¿Qué significaría eso? ¿Les había engañado la FPR, quizá, para hacerles creer que las fuerzas beligerantes querían hacer una cosa cuando realmente pretendían hacer otra? Tyne permaneció así hora tras hora en su celda tan confortable y cómoda, inventándose preguntas inútiles que responderse a sí mismo. Pero las respuestas iban más allá de él.
Si le disgustaba no conocer las respuestas, más le disgustaba conocer las preguntas.
Al tercer día de encarcelamiento, Tyne fue llamado de nuevo a presencia del gobernador. Se mostró correcto ante el anciano.
—No he tenido noticias —dijo—. ¿Cuál es la situación general? ¿Han realizado algún movimiento los Rosks?
—La situación ha cambiado radicalmente desde la última vez que nos vimos —dijo Purdoe, contrayendo el rostro en múltiples gestos mientras sonreía—. Y puedo decir, señor Leslie, que me alegro de que no haya entrado aquí lamentándose de su encierro. ¿Lo ha estado meditando?
Tyne suspiró.
—No soy realmente un hombre de acción, gobernador, pero eso no quiere decir que tenga que quedarme a poner huevos aquí. ¿Para qué me ha llamado esta vez?
—Acepte un cigarrillo de mezcal, joven. El gobernador general del CNU, señor Hjanderson, está aquí para verle; y yo debería advertirle que modere su lengua para la mejor marcha de la entrevista. Ahora, por favor, discúlpeme un minuto.
Desapareció por una puerta trasera con cansado andar de viejo. Para matar el tiempo, Tyne observó al asistente que le había conducido hasta allí; el asistente se llevó la mano a la boca y tosió.
Nada más entrar Hjanderson, Tyne le identificó al instante; aseado, de unos cincuenta años, con aspecto de mulato gordito, oliendo agradablemente en virtud de su aromático jabón de afeitar. Estrechó rápidamente la mano de Tyne y se sentó frente a él, con las manos sobre las rodillas.
—Prometí venir y verle a usted —dijo— y he cumplido mi promesa. Lamento haberme demorado tanto en cumplirla. Éstos han sido días de crisis. Crisis muy grave.
—Me complacería creer que he sido de alguna utilidad. Quizás pueda recuperar mi mano ahora, señor.
—¿Utilidad? Sí, Leslie, pienso que usted jugó su papel tal como lo entendió. Ya sabe, nunca estuvo usted en el tablero sino parcialmente. Hemos recibido una gran ayuda por parte de la chica Roskiana, Benda Ittai, a quien usted, dándola por muerta, dejó junto al helicóptero destrozado.
Con un esfuerzo, Tyne contuvo un impulso que habría echado a perder su representación; su empleo en el CNU le había acostumbrado a tales gambitos.
—Aparte del hecho de que no di por muerta a la chica cuando la dejé, ¿cómo está ella? ¿Dónde se encuentra? —preguntó.
—Radiante. Está aquí —dijo Purdoe, poniéndose en pie. Con sus delgadas y venosas manos tocó (por alguna oculta razón que sólo él sabría) el brazo del abrigo de piel que Benda vestía, mientras la conducía por la puerta trasera y la introducía en la sala.
—¡Benda! —exclamó Tyne. Olvidando al gobernador general del CNU, corrió hasta ella y la tomó por las manos. Caliente; 105.1, extraña; pero hermosa y sonriendo maravillosamente. No iba a permitir que se marchara tan fácilmente.
—No te he visto desde que intentaste disparar contra mí —dijo afablemente.
—La situación ha cambiado —dijo ella, sonriendo todavía. El atormentado aspecto que ella mostrara cuando le abandonó en la isla desierta había desaparecido ahora.
—Puesto que su aparición ha hecho perder el interés por la situación política —dijo secamente Hjanderson, poniéndose en pie—, sólo me queda decir que es usted ahora un hombre libre, señor Leslie. Sin embargo, debo mencionarle que posiblemente obtenga usted alguna clase de condecoración; la EDCE, probablemente.
—La llevaré siempre encima —prometió Tyne—, pero antes de que se vaya, por favor, dígame qué hay sobre la invasión… qué ha ocurrido, qué ha pasado con eso.
—La señorita Ittai puede contarle los detalles —dijo Hjanderson sonriendo y alargando una fina mano—. Ahora tendrá que perdonarme; tengo que asistir a una conferencia. Naturalmente, me siento satisfecho de haber podido verle. Le deseo muy buena suerte en el futuro.
—Claro —murmuró Tyne vagamente. Se volvió a Benda antes de que Purdoe condujera al exterior al gobernador general—. Preferiría preguntarte esas cosas sentados a la mesa de algún restaurante, pero¿qué ha pasado que yo no sepa?
—Quizá lo de la mesa venga más tarde —dijo ella—. A partir de ahora, tanto si quiero como si no, tengo que estar en tu lado de la valla. No puedo volver con mi gente. He ahí por qué he contado la verdad al gobernador general como yo descubrí que era.
»Los planes para la invasión, como creo que habrás oído decir, son falsos. Y no sólo esto. La FPR también era una organización espúrea. No me malinterpretes: muchos de sus miembros deseaban realmente la paz entre el Hombre y el Rosk como yo misma deseaba y aún deseo. Pero Tawdell Co Barr es, y puede haberlo sido siempre, un tigre de Ap II Dowl. No dudo que nos hubieran aniquilado a todos una vez conseguidos sus propósitos.
—Budo Budda quiso matarte después —dijo Tyne.
—Oh, calla; me temo que yo era la víctima expiatoria. Ni siquiera Budo Budda sabría que la FPR era un falso frente… de otro modo no habría perseguido a Murray. Sin duda, sólo debían saberlo Ap II y Tawdell Co Barr.
—¿Y cómo lo descubriste?
Ella se encogió de hombros, el rostro contraído como si recordara algún horrible momento de revelación.
—Durante algún tiempo, pequeños sucesos en la Base me habían hecho sospechar, pero no supe lo que realmente estaba pasando hasta que nos estrellamos junto a la Base sumatrina. Entonces ni siquiera abrieron fuego contra nosotros ni enviaron gente en nuestra captura. Aquel silencio sólo podía significar una cosa: los planes se habían fabricado sólo para que los viera el CNU. Eran falsos, y su único objetivo era el de asustar a la Tierra.
—Desde luego lo hicieron bien —asintió Tyne—. Esto explica por qué la bobina de microfilm estaba en la Luna. Obviamente la dejaron allí para llamar la atención.
A Benda Ittai se le humedecieron los ojos, como si la traición de sus camaradas la conmocionara profundamente. Volviéndose hacia Purdoe, que permanecía solícito allí cerca, preguntó Tyne:
—¿Qué se proponía Ap II Dowl con todo esto?
Con un gesto apenas perceptible, Purdoe condujo a Tyne al otro lado de la sala.
—Todo esto es muy triste para la muchacha —dijo en tono oficial—. Ya ve que la amenaza de invasión era el último farol de Dowl. Cuando le hubiéramos expuesto en el Consejo nuestro conocimiento del plan, probablemente habría dicho que llamaría una flota de ataque si no le dábamos toda Sumatra, o quizá África también, o la mitad del planeta, o cualquier cosa que su mente megalómana concibiera. Fue un engaño del principio al final, Leslie. Obró usted mal, si me permite decírselo, al meterse en esto.
—Hemos estado arriesgando el pellejo todos —dijo Tyne— para apoyar exclusivamente los propósitos de Dowl. Pero ¿cómo están tan seguros de que fue un farol?
Por respuesta, el gobernador sacó un papel de su bolsillo y lo desplegó. Tyne reconoció el escrito como un síntoma de que había venido a través de secretos conductos gubernamentales.
—Esto llegó justo antes de que le llamara a usted —dijo Purdoe—. Por favor, léalo. Lo encontrará aclarador.
El mensaje decía: «Circulación: Niveles GobA-C sólo y Lista 566 como especificación. Comienzo de texto: Observatorio Holy, Luna, confirma Alfa Centauro próxima nova. Aumento magnitud aparente Menos Uno espérase para fin de año. Este aumento de temperatura será suficiente para eliminar la vida de sus planetas. Círculos autorizados confirman que los primeros signos del efecto de nova habrían sido observados localmente tres generaciones atrás en manchas solares y fenómenos inscritos. Nave Rosk puede considerarse como bote salvavidas; no hay duda de que otros botes salvavidas partieron hacia sistemas cercanos. Por ahora, oportunidades de invasión altamente improbables, repetición altamente improbables. Curso de acción sugerido: lectura cumbre de texto de esta acción, con aviso a Ap II Dowl de que calme sus ánimos y se marche. Fin del texto. 10/10/2193 Luna-Singa-Rayo Y».
Tyne apartó sus ojos del escrito, lentamente, con la mirada perdida. Una frase le rondaba la cabeza, frase de algún personaje histórico cuyo nombre no recordaba: «Aún las empresas de gran vigor y momento. Con tales consideraciones yerran su curso. Y pierden el nombre de acción». ¿Era de Shakespeare? Se sintió confuso; desde el punto de vista diplomático, naturalmente, era un triunfo. Los Rosks habían sido desvelados en toda su debilidad, quedando así a merced de las decisiones de, la Tierra. Sin embargo, en la cabeza de Tyne, el espectáculo de los océanos evaporándose, los niños achicharrándose lentamente, los planetas convirtiéndose gradualmente en cenizas, le parecía poco menos que un final feliz.
—Debo decirle que lo he descrito a usted —dijo el gobernador Purdoe, mirando fríamente a Tyne— más bien como un joven difícil e impertinente. ¡Qué típico de su generación es el no reaccionar ante noticias tan grandes!
—¡Por Dios! —exclamó Tyne—. Estaba pensando…
—Perdóneme si le interrumpo; no dudo de que está usted pensando en su gloria personal; su rostro lo expresa como un libro abierto. Cuando el gobernador general Hjanderson le puso en libertad, esperaba que usted se marcharía al momento. Por favor, ¿lo hará ahora? Y algo más: llévese a la señorita Ittai. Comprendo que ejerce sobre usted alguna especie de encanto; para mí, siempre quedará como la última prueba del descarrío Roskiano.
Tyne miró duramente al anciano, tan pulcro, tan sonriente. Con inesperado autocontrol, contuvo su ira. Quiso decir que tan imposible seria entender a un Rosk como a un hombre, pero las palabras no afloraron a sus labios. No hubo palabras; se dio cuenta de que podía comprender a Purdoe, pero no más de lo que él comprendía a Tyne.
Frustrado, se volvió a Benda Ittai. Aquí, al menos, había alguien a quien valía la pena comprender.
Como si tuviera que emplear una vida en ello.
—Vayámonos y busquemos esa mesa de restaurante que antes mencioné —dijo, cogiéndola por el brazo.
Ella le sonrió. Una sonrisa muy comprensible.