IV
El sistema solar progresaba hacia la inalcanzable estrella del verano, Vega. El sistema Tierra-Luna giraba en torno al sol, huésped y parásito eternamente codo con codo. El planeta daba vueltas alrededor de su inaprensible eje. Los océanos, intranquilos, se mecían desde la eternidad sobre sus lechos. Mareas de multiplicada vida se crispaban cruzando los continentes. Sobre una pequeña isla, un hombre permanecía sentado, cortando la cáscara de un coco.
Su reloj indicaba que eran las 4.20 hora local. Al cabo de tres horas oscurecería. Si la tórrida niebla se mantenía hasta la puesta del sol, sus posibilidades de ser encontrado y rescatado serían escasas.
Tyne se puso en pie, masticando todavía el último pedazo de coco, y arrojó la cáscara vacía al agua. En pocos minutos volvería a estar a flote. Echó pestes contra su propio desvalimiento. Sin el sol como guía, ni siquiera podría señalar la ubicación de Sumatra en el horizonte. Allí, dondequiera que estuviera, el destino del hombre se estaba decidiendo. Si el Gobierno Mundial pudiera hacerse con la información del precioso microfilm, se tomarían medidas efectivas para la defensa. Stobart se había referido vagamente a «información»; ¿conocía el auténtico valor de lo que Murray tenía? Quizás fuera Tyne el único hombre en el mundo que conociera el tremendo peso de lo que se jugaba en la balanza.
¿O lo sabía Murray también?
Murray había asesinado a su amigo y traicionaría a su especie. ¿Qué clase de hombre era Murray?
—Si algún día le pongo las manos encima… —dijo Tyne.
Estaba resuelto a dejar de ser utilizado por otros en este inmenso juego. Tan pronto como le fuera posible, tomaría la iniciativa. Al igual que la fuerza de rotación del ecuador, otras fuerzas desconocidas le habían estado manejando hasta este momento; a partir de ahora, se movería por sí mismo.
Así, pues, hizo una excursión por la isla, donde había sido abandonado. No tenía mucho más de diez acres de extensión; probablemente se tratara de algún desperdigado miembro del archipiélago Mentawai. En la parte más alejada, por encima de un macizo de rocas que se prolongaba hasta internarse en el mar, se erguía una fortificación en ruinas. Posiblemente databa de los altercados entre Java y Sumatra, allá en pleno siglo veinte.
La fortificación consistía en dos estancias. En la interior, podía verse una mesa podrida y un cofre de hierro enmohecido. Dentro de éste había una linterna rota, un azadón y un pico. Estantes enmohecidos se encontraban alineados en una pared de la habitación.
En el curso de las siguientes horas, Tyne estuvo ocupado en levantar su propia defensa. No le iban a coger desprevenido otra vez.
Mientras trabajaba, su cerebro repasaba febrilmente lo que la muchacha alienígena le había dicho. Estaba asombrado no sólo de la ingenuidad de la Tierra al aceptar como verdad pura y sencilla la historia que habían contado los Rosks al llegar, sino también de la perfidia del planeta II de Alfa al aprovecharse de los generosos impulsos del hombre. Por otra parte, era difícil ver qué otra conducta podrían haber seguido. La Tierra no tenía razón alguna para creer que la nave Rosk fuera otra cosa que lo que afirmaba de sí misma. Y si los Rosks, ciertamente, estaban embarcados en una invasión inminente, entonces, desde el punto de vista militar, sus observaciones preliminares del ambiente físico y mental de la Tierra adolecían de sólida táctica.
La exasperación abotargaba a Tyne. Esta misma sensación le había asaltado hacía unos días, cuando había asistido a las mesas consultorías del C. de las NU. A causa de las malditas oposiciones, le parecía inevitable condenar a las personas implicadas; más bien había que maldecir el estado de fuerzas que les hacían aparecer como lo que eran.
Después de una hora de trabajo, un haz de luz apareció; la niebla se aclaró y el sol brilló nuevamente. Bajas nubes en el horizonte señalaban la posición de Sumatra. Las ropas de Tyne se secaron, su encendedor funcionaba otra vez. Hizo un buen fuego, preocupándose por mantener su luminosidad para cuando el sol se ocultara.
Por fin, acabada su tarea, se tendió sobre la arena, contemplando la playa donde había sido abandonado por Benda Ittai. En la distancia aparecieron las luces de uno o dos buques atómicos, que no advirtieron la señal de Tyne. Por fin se durmió.
Cuando despertó, sintió frío; estaba entumecido. Soplaba un fuerte viento. Eran sólo las diez menos veinte. Sobre el mar emergió un segmento de luna, majestuosa y soberbia. Y un bote dé pesca se estaba acercando a la isla.
¡Tyne iba a ser rescatado! A la vista de la tranquilizadora forma familiar de un bote local, se dio cuenta de cuánto había temido ver aparecer el queche de Budo Budda en su lugar. De súbito estalló en gritos de júbilo.
—¡Aquí! ¡Estoy aquí! ¡Socorro! —gritó en malayo, saltando y echando más leña al fuego para reanimarlo. El bote de pesca cobró velocidad, y en seguida se encontró lo bastante cerca como para escuchar las voces.
El bote llevaba una luz en mitad del mástil. En él se veían tres hombres. Uno de ellos gritó una respuesta mientras los otros arriaban la única vela. El bote varó.
Ya de camino hacia sus salvadores, Tyne se detuvo. Aquellos hombres estaban vestidos como árabes. Y uno de ellos… ¡llevaba un arma en la mano! Su sentido de la alarma lo zarandeó. Se dio la vuelta y echó a correr.
—¡No se mueva, Tyne Leslie!
Con resistencia, se detuvo y se volvió. De los dos hombres que habían saltado del bote, uno se echó atrás la capucha. A la luz de la luna, brilló su mata de pelo blanco, semejando una nube que nimbara su cráneo. Era el coronel de la guerra Budo Budda. Su pistola apuntaba a Tyne.
No estaban separados por más de veinte yardas, Budda y su compinche Rosk junto al borde del mar, Tyne en la parte más alta de la estrecha playa, próximo a una arboleda. Era una noche tranquila y tan silenciosa que uno podía oír sus propios pasos.
—Ha sido un gran detalle colocar la luz para que nos guiase —dijo Budda—. Estábamos ya cansados de buscarle por un montón de islas pequeñas.
Ante aquellas palabras, Tyne se dio cuenta de que su hallazgo no había sido accidental. Su corazón latió más aprisa cuando, se percató de que sólo una fuente podía haber informado que él estaba aún con vida. Sin pensarlo, exultó:
—¿Dónde está Benda Ittai?
Budda rió. Su risa pareció más bien una tos.
—La hemos puesto a buen recaudo. Es una imbécil, pero una imbécil peligrosa. Es una traidora. Hace tiempo que lo sospechábamos y le tendimos una trampa para atraparla. No la dejamos sola en el bote con usted, como dijimos que haríamos; secretamente, un hombre se ocultó para espiarla. Cuando la muchacha regresó sola, tras dejarle a usted aquí, nuestro hombre la sometió a delicado interrogatorio y la convenció.
No obstante, fuera lo que fuere lo que hubiera revelado la muchacha, no les había dicho dónde le había abandonado. Era una gran chica, fuera Rosk o no. Tyne pensó con dolor en el regreso de la chica al queche, sólo para ser asaìtada. Recordó su nerviosismo; los recuerdos parecieron venirle a la cabeza como un viento fresco.
—¡Es usted demasiado sanguinario, Budda! —exclamó—. Morirá por ello algún día.
—Pero no hoy —dijo Budda—. Venga aquí, Tyne. Quiero saber lo que le contó la Ittai.
Así que era por eso por lo que no le habían disparado desde el principio. Necesitaban descubrir si Benda había transmitido algo que ellos desconocían.
Sin replicar, se dio la vuelta, corrió playa arriba, buscando los árboles. De súbito escuchó el ruido de los disparos; el inconfundible agudo silbido de la pistola reglamentaria de los Roskianos, semiautomàtica del 88 largo. Pero ya estaba entre los árboles y los matorrales, confundido en la negrura, a salvo en la oscuridad.
Inmediatamente, giró a la izquierda, siguiendo una trayectoria que le conduciría hasta el mar sin abandonar la protección de los árboles. Mientras avanzaba, oteaba frecuentemente sobre su hombro. Budda y sus compañeros, por el momento, no habían emprendido la persecución; tras la pobre actuación que Tyne había ejecutado anteriormente, cuando estaba en sus manos, probablemente no habían esperado que exhibiera el espectáculo de la iniciativa. Tras sostener una breve consulta, cogieron una antorcha del bote y comenzaron a subir playa arriba, gritando su nombre.
Por entonces, Tyne ya había dado un rodeo a su flanco. Se agazapó en un pequeño risco que daba sobre el bote y la playa. Tanteando por entre los matorrales, encontró tres pesadas piedras.
Los dos Rosk habían alcanzado ya la cima de la playa. Tyne contuvo la respiración. Los otros gritaron al unísono, agitando la antorcha, internándose en la trampa preparada con antelación. Para prevenirse contra las eventualidades, Tyne había utilizado el azadón, que había descubierto, para cavar un profundo agujero en la arena, en el camino que cualquiera que arribara a la isla tendría que tomar. Cubierto el agujero con estantes podridos de la vieja fortificación y esparcida por encima un poco de arena, se convertía en una trampa perfecta. Cuando los Rosks pisaron las ocultas tablas, cayeron de cabeza en el agujero. Debido, a las condiciones del terreno en aquel punto, una avalancha de arena se abalanzó sobre ellos.
La ventaja de Tyne podía ser temporal, cosa de segundos en el mejor de los casos.
Mientras el Rosk del bote se erguía para ver qué ocurría, Tyne arrojó contra él la primera piedra. El hombre se destacaba claramente contra la reluciente superficie del agua, y estaba apenas a unas yardas de distancia. La piedra alcanzó su brazo. Se volvió, Alzando la 88. Un pedazo de roca del tamaño de un pie humano le alcanzó en el estómago.
Mientras el otro se encogía, Tyne bajó de su arenosa loma y saltó sobre él como un leopardo, golpeándole de lleno. Un golpe con otra piedra le dejó fuera de combate. Tyne le arrojó sin ceremonias contra la húmeda arena, saltando ágilmente por encima y empujando el bote hacia el mar. Subió al bote e izó la vela. Un disparo desde la costa hizo añicos el farol que pendía del mástil. Tyne sintió sobre su carne el petróleo y el vidrio roto. Se rió.
Volviéndose, vio las figuras de los otros, cuya negrura resaltaba en la arena, salir de la trampa y correr hacia el agua. De nuevo dispararon. Los impactos se perdieron en el mar mientras Tyne se echaba al suelo.
Los Rosks podían nadar como tiburones. Durante sus primeros años en la Tierra, antes de que los líos comenzaran habían participado en los Juegos Olímpicos, ganando todas las competiciones acuáticas con facilidad. No podía dudarse de que eran capaces de nadar a la velocidad de un bote de pesca impulsado por una suave brisa.
Echado sobre el fondo de la embarcación, la mano de acero de Tyne tropezó con la pistola abandonada por el Rosk que había puesto fuera de combate. La cogió susurrando palabras de agradecimiento.
Budda y su compañero se mantenían en la orilla, todavía disparando y agitando su antorcha. Hacían blancos perfectos. Apoyándose sobre la borda para hacer puntería, Tyne apuntó al coronel de la guerra. El viento azotaba ahora la vela, empujando el bote, dejando la isla a sotavento. Intentó sincronizar su fuego con el vaivén, haciendo caso omiso de un proyectil que estalló apenas a un pie de su rostro.
Era divertido intentar matar a alguien en una noche tan hermosa… ¡Ahora!
El arma Rosk era soberbia. No tenía retroceso. A través del nivel del agua, Budda graznó de pronto como una rana y cayó hacia delante, en el agua, arrastrando consigo la antorcha.
—¡Dios mío! —exclamó Tyne. Lo dijo una y otra vez mientras el bote cobraba velocidad, internándolo en las olas clarioscurecidas por la luna. Tras el impacto de la muerte vino la exaltación; casi estaba asustado por el salvaje deleite de su nueva situación. Podía hacerlo todo. Podía salvar el mundo.
La exaltación se mitigó al preguntarse dónde estaría ahora Budo Budda; si el Rosk superviviente se mantenía contemplando fijamente la oscuridad del agua. Pero deliberadamente, Tyne encaró asuntos más prácticos.
Faltaba hora y media para la medianoche. El tiempo alejó de él como la estela que el bote dejaba tras de sí. Tenía que encontrar a Murray antes que los Rosks dieran con él… a menos que ya lo tuvieran en sus manos. Obviamente, lo primero que iba a hacer en cuanto llegara a tierra era un informe a Stobart de todo cuanto sabía, a cualquiera de las autoridades. Pensar en continuar una caza solitaria de Murray era estúpido; sin embargo, Tyne sentía deseos de emprender la búsqueda, de encontrarse cara a cara con el monstruo y…
Sí, quería matar al corpulento y lacónico capitán del espacio. Incluso —y era una especie de necesidad urgente— quería sentir aquel terrible éxtasis de matar en defensa propia.
Pero otra parte de su naturaleza deseaba simplemente resolver la incógnita cerrada en tomo a la desaparición de Murray y cuanto lo envolvía. Simplemente Tyne empezó a pensar en que había permanecido inconsciente durante los vitales segundos transcurridos en el Área 101, segundos de los que Murray había dado una versión y Stobart otra. La verdad podía estar tanto en uno como en otro. La verdad era una fuerza mayor, casi como la gravedad, y al igual que ésta, existía siempre, aún cuando la gente no advirtiera jamás su presencia.
Guardándose la pistola, Tyne siguió recordando. Uno de los momentos memorizados, medio oculto en el caos del cerebro o bien olvidado, era el que lo situaba en un coche de niño, con poco más de tres años. Estaba agitando un juguete adosado al cochecito. El juguete caía al suelo. Cada vez que lo recogía, aquel objeto inmundo se le caía de las manos. Lo había intentado con otros juguetes, con sus zapatos, su sombrero, sus mantas. Todo se le caía. Aún recordaba la desazón que le producía aquello. En la actualidad, todavía odiaba semejante ausencia de opción.
La verdad existía allí con la misma inevitabilidad; no tenía más que ir hasta los hechos acumulados y ella eventualmente se le revelaría por sí sola. Esta vez el intervalo poseía cualidades inapreciables: el futuro de la Tierra dependía de él.
Por el momento le parecía casi un problema abstracto. Sabía que debería odiar a los Rosks, a los cinco mil que allí había, a los millones que habían quedado en Alfa II. Sin embargo, el odio no emergía; ¿se debería acaso al hecho de conocer a uno que reunía las cualidades de la belleza y la valentía?
Prestó atención al velamen. La vela era inmanejable, el bote no estaba preparado para su medida de destreza. Probablemente, reflexionó Tyne, él tardaría más en ir de la isla a Sumatra que las naves exploradoras en recorrer la distancia entre Sumatra y la Luna. El progreso era una fiebre desde que muchas partes del planeta se habían vuelto estériles; mil siglos más y los campos de trigo seguirían siendo cultivados a mano. Para una raza que ubicaba el logro de sus bendiciones en la vida futura, las innovaciones materiales podían ser completamente irrelevantes, Tyne, en consecuencia, iría donde los vientos soplaran.
Pero tenía suerte. Un viento del suroeste se despertó. Al cabo de media hora, avistaba la costa. Una hora después, Tyne se encontraba bajo los riscos, intentando descubrir un lugar donde efectuar el desembarco. Sobre un pequeño promontorio de roca, dos cabañas nativas se combaban bajo el peso de la paja; un fuego amarillo ardía en una de ellas. Atracando el bote entre la arena y las piedras, Tyne saltó y buscó a los moradores.
Entre los árboles había un pequeño kampong. Olía agradablemente. Tyne encontró a un viejo, fumando su última pulgada de puro al claro de luna, el cual le conduciría a una carretera. Mientras emprendían el camino, Tyne escuchó con alivio que apenas estaba a doce millas al sur de Padang.
—Ni a una hora de camino —dijo el viejo— hay un teléfono por el que puede hablar con la capital. Si quiere decirles que le envíen un vehículo más rápido, se lo enviarán.
—Gracias por la oferta. Lo haré como usted dice. ¿Dónde está el teléfono? ¿En una casa particular o en una tienda?
—No, está donde los nuevos trabajos del mar, donde agua del mar se transforma en alimento.
Tyne comprendió perfectamente. El viejo se estaba refiriendo a la planta de plancton en Semapang. Cuando llegaron a la carretera, le dio las gracias al anciano efusivamente y le pidió que aceptara el bote de pesca como regalo. Muy complacido, el viejo le ofreció a cambio algo de comida envuelta en una hoja de palma, insistiendo que se la llevara. Tyne le dio las gracias. La hoja enrolada contenía arroz cocido, agradablemente condimentado y algunas tiras de asswabi. Comió famélicamente mientras caminaba. La carretera no tenía más que una pista, con la línea señalizadora perfectamente visible a la luz de la luna. Al otro lado estaba la jungla, silenciosa como un bosque inglés. Repulsiva como un verano inglés.
Pasaron cincuenta minutos antes de que captara la primera señal de la existencia de la planta de plancton. Por entonces, se sentía menos fresco que al principio. La luna estaba ocultándose tras un cúmulo de nubes. Apoyándose contra un árbol, se detuvo para descansar y reconsiderar situación. Un trueno gruñó por encima de los árboles. Cuando preguntó a Mina en el Roxy, ésta había dicho que Murray se había dirigido a la planta de plancton. El capitán de la patrulla de espionaje podía tener tan sólo la razón para visitar tal lugar. La planta estaba automatizada por completo; a lo sumo, sólo había en ella un ingeniero durante el día y un guarda por la noche. Murray podía haber elegido este lugar como refugio hasta tomar contacto con el agente Rosk. Pensándolo bien, parecía un sitio bastante improbable de elegir, pero, precisamente por esto, podría haberlo escogido.
La mente de Tyne se iba poniendo en orden. En su bolsillo estaba la pistola Roskiana. Buscaría a Murray él solo; si estaba allí, le atraparía. Había un asunto personal que solventar con él. Luego, tendría tiempo de sobra para telefonear a Stobart, del CNU.
A través del esmaltado contorno de los árboles, se vislumbraba la mole de la planta de plancton. Bajo el claro de luna daba la sensación de ser un iceberg. Y, al igual que éste, gran parte de su volumen estaba bajo el agua, y al borde del mar, la parte trasera mirando a tierra, su maciza parte frontal sumergida en el Océano Indico.
Todos los días, millones de toneladas de agua de mar eran absorbidas hasta sus grandes cubas, para ser devueltas más tarde, libres de su contenido de plancton. Los diminutos organismos se filtraban a unos tanques con soluciones nutritivas, donde eran alimentados y engordados, antes de pasar al proceso de sintetización, por el que se convertían en alimento concentrado, altamente nutritivo, aunque desprovisto de sabor. Tales plantas, situadas a intervalos en las costas del Océano Índico y los mares de China habían ayudado considerablemente a subsanar las condiciones de miseria en que permanecían las zonas de los trópicos.
Tyne se aproximó a la planta con precaución.
Aunque nunca había estado allí anteriormente, todo le parecía familiar, gracias a la publicidad que se le daba. Sabía que la planta era casi imposible de tomar por asalto. ¿Dónde, pues, iba a cazar a un hombre escondido? Una respuesta pareció la más efectiva: por la parte del mar.
En aquel lugar, multitud de arcos y contrafuertes en la boca submarina de la planta podían servir para refugiarse de los elementos… y de quienes anduvieran a la busca del que allí se ocultara.
Ahora, Tyne estaba llevando a cabo esa busca.
Se deslizó junto a un aparcamiento desierto de coches. Algunas nubes cruzaban la luna; se sintió feliz de poder aprovecharse de esta posibilidad. Al final del aparcamiento se levantaba un alto muro. Al otro lado de éste había un estrecho corredor y luego el edificio más grande. Transportó un bidón de gasolina vacío, y se encaramó sobre él, tomó impulso y saltó hacia arriba. Arañando desesperadamente, logró aferrarse a lo alto del muro. Se izó, quedó acuclillado sobre él y escuchó atentamente. Nada se oía. Sólo el murmullo del mar, la amortiguada llamada de un pájaro nocturno.
La imposibilidad de alcanzar el edificio lo poseyó en aquel momento. Las blancas paredes se levantaban ciento cincuenta pies por encima de su cabeza, extendiéndose impenetrables a ambos lados, decoradas tan sólo por una oscura franja algunas yardas más allá. Manteniendo la cabeza gacha, Tyne se arrastró por la cima del muro; la franja oscura resultó ser una escalera de acero que comenzaba a unos catorce pies sobre el suelo y conducía hasta el mismísimo techo del edificio.
Situándose enfrente de la escalera, se enderezó sobre el muro y saltó hacia delante, por encima del pasillo que se abría debajo. Aferrándose a los barrotes con ambas manos, consiguió hacer pie. Su mano metálica se había torcido en su enclavadura debido al esfuerzo realizado; quedó colgando inmóvil hasta que le pasó el dolor. La oscuridad se volvía más y más tupida mientras aguardaba. Un trueno retumbó sobre su cabeza. Luego, comenzó el ascenso.
Mientras subía, comenzó a llover. Tyne la oyó repiquetear contra la jungla que le rodeaba. Un instante después, le zarandeaba como si quisiera aplastarlo contra la red. Se preguntó agriamente cuánto tiempo hacía desde que había logrado secar por completo sus ropas, y siguió ascendiendo.
Una vez en el techo, se quedó agachado y oteó en su torno, intentando taladrar las densas tinieblas. Las nubes ocultaban ahora la luna. A su derecha logró ver los altos tubos de la ventilación, y oyó cómo la lluvia tamborileaba contra ellos. Se puso a maldecir a media voz. Echó pestes contra el universo entero, los soles y las lunas, especialmente contra los planetas, por haber fabricado fenómenos tan espeluznantes como la vida y los temporales.
Arrastrándose con manos y rodillas, buscó la parte que daba al mar. Una última arista que trepar, trastabillando peligrosamente, y alcanzaría la cima de la fachada del edificio. Bajo él se encontraban los arcos y cavidades en que esperaba encontrar a Murray. Más abajo, ahora turbulento, yacía el mar.
Apenas alcanzaba a verlo, escrutando afanosamente, rugiendo incesantemente junto a los vertederos, arrojándose y separándose de la planta. Justo debajo de él había a superficie de agua relativamente en calma. Se encontraba en el interior de la malla de plancton, una vasta pantalla perforada que aseguraba que nada mayor que un pequeño camarón pudiera ser absorbido en el proceso interno de la planta. Al otro lado de la malla, montañas de espuma.
En medio del ruido que le rodeaba, había perdido la precaución de ocultarse. Se había puesto en pie y ahora gritaba, poniendo ambas manos alrededor de la boca:
—¡Murray!
El grito fue absorbido por los canales de la insonorización. No lo intentó por segunda vez.
Con el agua corriéndole por la cara, Tyne comenzó a trepar de nuevo a lo largo del parapeto principal, buscando alguna otra escalera de inspección que le permitiera emprender el descenso por la fachada.
Encontró una. Sonriendo de satisfacción, colgó las piernas sobre el borde de la pendiente. Mientras trataba de buscar un apoyo donde poner el pie, resonó un tiro.
Tyne se quedó de una pieza. Pegó la cabeza contra el hormigón y tensó el cuerpo hasta sentir dolor. Resultaba imposible decir de dónde había partido el disparo, si de arriba o de abajo. Durante diez eternos segundos, permaneció rígido. Luego se lanzó escaleras abajo tan rápido como pudo, desatendiendo el dolor de su mano buena y de la muñeca. El viento le azotaba mientras corría.
No sonaron más disparos. Pero en la oscuridad alguien le estaba siguiendo.
Tyne saltó desde los peldaños hasta una estrecha pasa reía. Allí había un refugio. Los arquitectos responsables de la artificialidad elaborada de esta fachada que daba a mar la habían cubierto con una serie de pequeños y ciegos túneles. Si Murray se encontraba por los alrededores, había posibilidades de que estuviera allí. Mientras Tyne penetraba en el primer arco, un pájaro asustado chilló junto a su rostro. Tyne se quedó inmóvil hasta que su corazón dejó de dar tumbos.
Comenzó entonces a ir de un arco a otro, buscando a Murray. Era una tarea que destrozaba los nervios. Bajo sus pies, el excremento de los pájaros, sumamente resbaladizo, la hacía doblemente peligrosa.
Había alcanzado el tercer arco cuando una acuosa luna emergió por un momento. Echando una ojeada por encima del hombro, Tyne vio a una figura humana bajando las escaleras que él había abandonado poco antes. ¿Hombre o Rosk? Y si era hombre, ¿era Murray? Actuando rápida aunque indecisamente, se dio la vuelta para dar cara a su perseguidor. Sus pies patinaron sobre el cemento resbaladizo, cayendo contra el borde.
Antes de que pudiera ponerse a salvo, Tyne había caído de la pasarela. Por un momento, sus diez dedos, cinco de acero, cinco de carne, arañaron el aire; luego cayó al mar.
Las oscuras aguas acusaron el impacto del encuentro. Cayó sobre el hombro, desapareciendo bajo la superficie. Cuando emergió boqueando, vio que estaba dentro de la malla de plancton.
Alguien parecía estar gritando desde algún lugar muy lejano. La lluvia se precipitaba como si se tratara de un sujeto sólido, alzando un arsenal de salpicaduras sobre mar, de manera que la superficie era imposible de definir. Tyne se sintió sofocado mientras nadaba buscando el futuro.
Entonces escuchó un nuevo ruido. Era bajo y continuo, como el bramido de un toro suprahumanamente irritado, estacándose por encima de los demás ruidos. Tyne sintió le sus piernas eran atrapadas, su avance detenido, como el sonido por sí mismo lo hubiera sujetado. Estaba siendo arrastrado hacia abajo. Forcejeando, gritando, se dio lenta de lo que estaba ocurriendo. Las puertas subterráneas de la planta se habían abierto. Él se encontraba el interior del recinto. Iba a ser convertido en jugo plancton.
En algún lugar bajo él, las compuertas se ensanchaban. El hombre era arrastrado hacia abajo, cada vez más, por entre la garganta de la gran planta, tan desvalido como la hoja en medio de la tempestad. Los últimos resquicios de luz y aire fueron arrancados de su mundo.