BRIAN ALDISS
Brian Aldiss es la mayor contribución británica a los escaños del parlamento literario de la ciencia ficción. Con una serie de trabajos, bien tramados y llenos de imaginación, ha ganado una amplia atención en ambas partes del Atlántico, aparte de obtener cierto número de premios literarios de categoría. Periodista de profesión, Aldiss manifiesta un espíritu investigador en sus escritos y una habilidad especial para combinar los vuelos de la fantasía con los hechos concretos. Esta novela corta de insurrecciones y espionaje ubicados en el telón de fondo de Sumatra —que Aldiss conoce— es un experimento interesante en la ciencia ficción; y datando como data de 1958, marca con suficiencia un punto en la carrera del autor. Como usted mismo comprobará, no es un relato facilón que pueda arrinconarse.
ECUADOR
Equator
I
Las sombras del atardecer avanzaron sobre el espaciopuerto a grandes zancadas. Era la única hora del día en que podía sentirse que el mundo giraba. Bajo los rayos del sol poniente, las polvorientas palmeras que rodeaban el espaciopuerto parecían otras tantas maquetas de cartón barnizado. Por el día, las palmeras parecían de metal; al atardecer, sólo papier maché[3]. En los trópicos nada era lo que era, simplemente textura extorsionada por el calor que se afirma sobre las pulsaciones.
Las palmeras se agitaron cuando la Nave Exploradora AX25 despegó hacia los cielos y las roció con otra capa de polvo.
Los tres ocupantes de la nave fueron arrojados contra sus cojines antiaceleratorios por espacio de escasos segundos. Poco después apareció Allan Cunliffe, dio un corto paseo por babor y se quedó mirando a la lejanía. Nadie hubiera adivinado en su impecable rostro que la nave había iniciado una azarosa misión.
—De repente empiezas a vivir… —dijo echando una ojeada hacia el mundo que quedaba abajo con una especie de orgullo infantil.
Su amigo, Tyne Leslie, asintió con un presunto gesto aprobatorio. Era lo mejor que podía hacer por el momento. Reuniéndose con Allan, se puso a contemplar el exterior.
Observó maravillado que el grandioso panorama de la puesta de sol era ya tan sólo una roja mancha sobre la alfombra que quedaba allá abajo; Sumatra yacía cruzada por el ecuador como un pez que se tostara en el asador.
En el exterior: un vacío estrellado. En su estómago: otro vacío poblado de estrellas.
De repente empiezas a vivir… Aunque éste era el primer viaje de Tyne con la patrulla de espionaje; vivir significaba adrenalina extra que golpeaba las válvulas de su corazón, la centípeda trayectoria de espinas sobre su piel, el vacío estrellado en el intestino delgado.
—Es una sensación que no suele sentirse tras un escritorio —dijo.
Allan asintió, sin pronunciar palabra. Sus silencios siempre eran positivos. Cuando el resto del mundo hablaba como jamás antes lo hiciera, Allan Cunliffe permanecía en silencio. Ciertamente, tenía tantos sentimientos amalgamados sobre los Rosks como cualquiera en la Tierra; pero él se mantenía alerta. Esta cualidad, y muchas otras, era la que había garantizado una firme amistad entre Allan y Tyne, mucho antes que el segundo siguiera los pasos del primero y se enrolara en el Servicio Espacial.
—Vayamos a ver a Murray —dijo Allan, palmeando a Tyne en la espalda. Sin duda había adivinado algo de los sentimientos del otro.
La exploradora era pequeña, en la línea «Hynam» de Bristol-Cunard, con tres camarotes, buen armamento y aceleradores «Medmenham X» de Betson-Watson. El tercer miembro del equipo, su líder, era el capitán Murray Mumford, uno de los primeros hombres que posaron sus ojos sobre los Rosks, cuatro años atrás.
Sonrió a los otros dos cuando entraron en la cabina, instaló el autopiloto y se volvió a hacia ellos.
—Luna en cinco horas y una fracción —dijo. Ver a Murray alguna vez es no olvidarse jamás de él. Físicamente no era ni más ni menos que un soberbio espécimen de una masculinidad ancha de espaldas. Cinco minutos con el eran suficientes para convencer a uno de que poseía esa extraordinaria habilidad persuasiva que, sin mediar ninguna palabra, puede convertir en potenciales rivales a los admiradores. Tyne, siempre sensible a la corriente de los sentimientos humanos, era consciente de la magnética cualidad de Murray; desconfiaba de ella sólo porque sabía que el propio Murray estaba en el secreto y no tenía escrúpulos en usarla para su propio provecho.
—Bien, ¿cuál es el panorama? —preguntó, aceptando de Allan un cigarrillo de mezcal, e intentando aparecer cordial.
—Con un poco de suerte, haremos un buen trabajo de primera operación de tu vida —replicó Murray—. El rea establecida como blanco, como bien sabéis, es el área 101 de la Luna. La Inteligencia de la Luna informa de un nuevo objeto fuera de las cúpulas Roskianas. Es pequeño y se mantiene inmóvil. Se encuentra fuera de una cúpula del perímetro sur del Área 101, lo que significa que es fácilmente accesible desde nuestra posición.
—¿Qué luz hay allí ahora, Murray? —preguntó Allan.
—La puesta de sol en Grimaldi, lo que refrena al Área 101, fue hace cuatro horas. Los de Inteligencia sospechan que los Rosks pueden estar planeando algo encubiertos por la oscuridad; últimamente hemos venido imponiendo muchas restricciones de vuelo en su ruta Tierra-Luna. Así que nuestras órdenes son deslizamos en la noche e investigar, obviamente procurando no ser vistos. Sólo una rápida ojeada, una inspección personal en traje espacial. No permaneceremos fuera de la nave más de veinte minutos. Luego, coronados de grandeza, volveremos a casa.
El vacío estrellado afloró nuevamente en el diafragma de Tyne. Acción; he aquí lo que temía y al mismo tiempo deseaba. Observó el mapa lunar señalado por Murray. Una pequeña zona, por debajo del tercer cuadrante sobre Grimaldi, había sido sombreada de amarillo. Era el Área 101. Al lado, en idéntica tinta amarilla, una palabra había sido escrita: Rosks.
Tyne advirtió que Murray observaba atentamente su rostro y lo apartó.
—El Gobierno Mundial cometió un gran error al permitir una base a los Rosks que estuviera alejada de la Tierra —dijo.
—Vosotros erais los diplomáticos mientras que Allan y yo simplemente una escuadra del Servicio Espacial —dijo Murray sonriendo—. Dinos por qué se les concedió el Área 101.
—La razón oficial que se difundió —dijo Allan caminando y haciendo retroceder a su amigo— era que mientras nos mostráramos amables con los extraños no podíamos esperar que una raza en posesión de los viajes espaciales permaneciera anclada a un planeta; estábamos moralmente obligados a cederles una parte de Grimaldi: así que ellos podían permitirse el vuelo Tierra-Luna.
—Sí, ésa fue la excusa oficial —admitió Tyne—. Siempre que resulta tocado en la esquina diplomática, el Gobierno Mundial, el Consejo de las Naciones Unidas, se declara a sí mismo «moralmente obligado». Hoy por hoy, de hecho, tenemos la soga al cuello. Los Rosks son mucho mejores que nosotros en cuanto a argumentar y debatir, tanto que al principio pudieron tratar de cuantas cosas necesitaban y deseaban.
—Y ahora el Servicio Espacial tiene que resolver los resultados de los políticos —dijo Murray. Sonaba claramente a mofa personal; Tyne no podía olvidar que una vez había participado en política; y en el estado de tensión en que se encontraba no podía ignorar la observación.
—Harías mejor preguntándote a ti mismo cómo puede tener éxito una misión del S. E., Murray. Las relaciones Humanidad-Roskianos se han deteriorado hasta tal punto este año pasado que, si fuéramos atrapados en el Área 101, podríamos muy bien desencadenar una guerra.
—¡Hablas como un diplomático! —exclamó Murray sarcásticamente.
Las siguientes cuatro horas y media las pasaron leyendo, sin apenas hablar.
—Dejad en paz los libros. Es mejor permanecer alerta —dijo Murray de repente, levantándose y regresando a la cabina.
—No te preocupes por Murray; a menudo se comporta como un maestro de escuela cansado de tanto ejercicio —dijo Allan riendo.
No tan a menudo, admitió Tyne para sus adentros, sin molestarse en contradecir a su amigo en voz alta. Murray había bebido con ellos varias veces en el hotel Madeka de Sumatra; su comportamiento había distado de ser el de un maestro de escuela. Se atiborraba de cariocas hasta las tantas y luego comía con monstruoso apetito, mientras Allan y Tyne, a su lado, apartaban el inapetente desayuno del hotel.
El presente inmediato eclipsó los pensamientos de Tyne como si el gran segmento negro de la luna se deslizara sobre ellos. Era como caer en un agujero bordeado de sonrisas. Conducida por radar, la exploradora se convirtió de nuevo en una pequeña astilla móvil y no en un pequeño mundo con sus propios derechos.
En el lejano frente, unas cuantas luces brillaron: luces Rosks, procedentes del Área 101.
—¡Precintos! —exclamó Murray por el interfono.
Comenzaron a frenar. A medida que la deceleración aumentaba, sentían como si se estuvieran sumergiendo en una masa de agua, luego en una charca de sopa, más tarde de miel, finalmente de madera. Pero no se estaban sumergiendo en ningún sitio. Estaban, por el contrario, coronados de luz. Con una sacudida, se detuvieron. Descendieron.
—¡Todo bien; por favor, tened preparadas vuestras cédulas de identidad alienígenas! —dijo Allan. Tyne se preguntó cómo se sentiría. Allan le sonrió con gesto de seguridad.
Murray abandonó la cabina, caminando casi con aire de chulería. Estaba plenamente excitado. Para él se trataba de la única vida, sin ninguna preocupación salvo por el presente.
—Listo el ampliador de radar —dijo—. No hay señales de alarma entre nuestros amigos de ahí fuera. Pongámonos los trajes espaciales rápidamente.
Se colocaron los trajes espaciales. El proceso llevó media hora durante la cual Tyne sudó a gota gorda, preguntándose todo el rato si la nave habría sido detectada por los Rosks. Pero no había alternativa. El traje espacial es una herramienta; hinchada, compleja, azarosa herramienta para sobrevivir allí donde no suele sobrevivirse. Se necesitaban ajustes interminables antes de depositar en él la confianza. No había viajero del espacio que no odiara el traje espacial o envidiara a los Rosks su variedad, inconmensurablemente superior.
Finalmente, ajustaron piezas y atornillaron junturas. Tres monstruosos robots tambaleantes se movieron lentamente en el reducido espacio, llenando la nave con su abultamiento; pesadamente, como buzos, se dirigieron hacia el escotillón. Cinco minutos más tarde, estaban sobre la superficie lunar envueltos completamente por las tinieblas.
Durante los ya lejanos días de triunfo, antes de que los Rosks llegaran al sistema, Tyne había visitado con frecuencia la luna, por placer y por trabajo. No estaba preparado para el aspecto tan nefastamente acogedor que el lugar presentaba ahora. En la oscuridad de Grado-A, Grimaldi era un desierto de hollín congelado.
—Nos queda menos de una milla para llegar a la cúpula objetivo —dijo Murray, cuya voz sonaba como un susurro dentro del casco—. ¡Andando!
Su visión se establecía por medio de rayos infrarrojos. Murray iba en cabeza por el borde del cráter, pisoteando amazacotadas irregularidades del terreno. Las cúpulas alienígenas visibles al igual que negros pechos contra la seda tachonada de lentejuelas. A través de la pequeña mirilla del traje espacial, Tyne veía el mundo como una maqueta de yeso de una realidad demasiado irreal para ser cierta. El mismo era un pigmeo aprisionado en las entrañas de hierro de un robot para la destrucción. Luchando contra tan irritante sensación, buscó con la mirada el extraño objeto que habían venido a investigar.
Algo había más allá. Era imposible ver lo que era. Tyne rozó el brazo de Allan. Éste se giró y luego miró en la dirección que apuntaba Tyne. Murray se detuvo, dedicándoles un cúmulo de impacientes gestos a fin de que prosiguieran. Quizá se sienta vulnerable si insisto, pensó Tyne, apuntando nuevamente a través de las tinieblas para guiar la atención de Murray.
Un segundo más tarde eran bañados por la cenicienta lirada de un foco de luz, aparecido de súbito tras realizar un leve giro.
La luz no procedía de las cúpulas sitas más allá, sino de un costado, de un punto situado junto al muro del cráter. Tyne se limitó a quedarse inmóvil, parpadeando, sabiendo que habían sido atrapados.
—¡Al suelo! —gritó Allan.
—¡Fuego contra la luz!, —dijo Murray. Su gran pinza metálica, que hacía las veces de mano, buscó la pistola reglamentaria, alzó la embarazosa arma nivelándola y reculó ante el retroceso. Allan y Tyne escucharon los disparos como vibrantes taponazos a través del micrófono del traje de Murray.
Alcanzó la luz. La apagó… pero ya otro haz se expandía procedente de la cúpula más cercana en dirección a líos. Probablemente les estaban tiroteando, pensó Tyne con indiferencia; no lo podrían saber hasta no ser alcanzados, Había empuñado la pistola y estaba disparando también, a tontas y a locas, aunque hacia el lugar de donde parecía proceder el ataque enemigo.
—¡Se acercan! ¡Vete a la nave, Tyne! —dijo Allan en voz baja. Mientras nuevos focos los cercaban, Tyne vislumbró formas que se movían. Los Rosks habían estado esperándoles. Entonces cayó sobre su hombro algo semejante a un martillazo, que llenó todo su cuerpo de blandos rayos de dolor. Respirando entrecortadamente, escuchó el crujido de su traje espacial que se desplomaba con el abandono total de un árbol. Tenía que analizar… y mientras lo hacía, vislumbró extrapolada y desarticuladamente, por arriba y por abajo, que los Rosks se aproximaban.
Cuando un apacible día de marzo de 2189, cuatro años y medio antes, los Rosks llegaron al sistema solar, una época había tocado a su fin, aunque comparativamente pocas personas lo advirtieron a tiempo. El tiempo de la soledad del hombre había pasado. Ya nunca más se contemplaría a si mismo como el único ser sensible del universo. Ante sus puertas se presentaba ahora una raza superior, si no moralmente, si en el aspecto científico.
La llegada de los Roskianos produjo una fuerte conmoción sobre todo en aquellas zonas que durante varios siglos se habían acostumbrado a mirarse a sí mismos como los legisladores del mundo o árbitros de su conducta. Así se encontraron como el chulo del colegio que, lanzando una prudente mirada por encima del hombro, descubre al profesor a sus espaldas.
Los Rosks llegaron en una inmensa nave, y un cuarto de la población mundial conoció el miedo; otro cuarto se desvivió excitado; la mitad más sabia se reservó sus juicios. Algunos de ellos, cuatro años y medio más tarde, todavía seguían reservándose sus opiniones. Los Rosks no eran más fáciles de esquematizar que los terrícolas.
Superficialmente, un Rosk recordaba a un hombre. No a un hombre blanco sino, por decirlo así, a un malayo. El aspecto exterior variaba de uno a otro individuo, pero la mayoría tenía la piel de un brillante moreno, la nariz sin puente y ojos oscuros. La temperatura de su cuerpo era de 1051 grados Fahrenheit (40°C.), signo que indicaba la alta temperatura de su planeta de origen.
Cuando llegaron los Rosks, Tyne Leslie era el más joven segundo secretario de un subsecretario de un Subsecretario del Cuerpo Británico del Consejo de las Naciones Unidas. Había presenciado los incesantes revoloteos de los palomares ministeriales que atestaban el mundo mientras las realidades de la situación Rosk-Hombre se iban haciendo patentes. Pues la verdadera situación emergió gradualmente, a medida que las barreras del lenguaje fueron desvaneciéndose. Y la verdadera situación era tan complicada como desagradable.
El hombre, en este callejón sin salida, aprendió algunas cosas de un rubio Rosk, Tawdell Co Barr, uno de los primeros portavoces Roskianos en el Consejo de las Naciones Unidas.
—Nuestra nave original —explicó— es una embarcación interestelar que aloja cuatro bajeles interplanetarios y algo más de cinco mil miembros de nuestra raza, machos hembras. Muchos de ellos son colonos, que tan sólo buscan un mundo para vivir en él. Procedemos del segundo planeta de lo que vosotros conocéis como Alfa de Centauro; nuestro viaje es el primero que se ha realizado en nuestro bello aunque superpoblado planeta. Vinimos al sol, nuestro vecino más próximo en la inmensidad del espacio, buscando un lugar para vivir… y nos encontramos con que su único planeta habitable se encuentra atestado de hombres. Aunque nos sentimos felices por haber encontrado otra raza sensitiva, también nos invade una profunda desazón: nuestro viaje, nuestro largo viaje, ha sido en vano.
—Es un discurso amable —comentó Tyne cuando lo oyó. Siguieron otros discursos en el mismo tono que revelaron al menos un hecho delicado y frustrante acerca la visita de los Rosks.
Para comenzar, esos hechos pasaron inadvertidos para mayor parte de la humanidad.
A la primera ola de conmoción le siguió una marea de optimismo. Las dificultades reales inherentes a la situación.
Solo emergieron más tarde. Los Rosks eran héroes; mucha gente se las arreglaba con éxito para ocultar su desagrado por la ausencia de ojos saltones y tentáculos en el cuerpo de los visitantes. Ni siquiera se lamentaron cuando Tawdell Co Barr reveló que el sistema político Roskiano una dictadura bajo el supremo Ap II Dowl.
La cortesía, claro —una intranquila cortesía por parte la Tierra—, estaba a la orden del día. La gran nave rodeaba la Tierra dentro de la órbita lunar, un puñado de Rosks bajaba y confraternizaba, hablando a los consejeros de las Naciones Unidas o bien a las multitudes; a veces también visitaban algunas ciudades de la Tierra.
Como respuesta a la hospitalidad de los terrícolas, les ofrecían libros microfilmados sobre la vida natural social en el II de Alfa de Centauro, algunos especímenes su literatura y su arte y también preservadas muestras de su flora. Pero no permitieron a ningún terrícola visitar su nave. Científicos, políticos, celebridades, periodistas, etc., fueron cortésmente rechazados al mismo tiempo que recibían montones de explicaciones por aquella negativa.
—Nuestra nave es tan acogedora como un depósito de cadáveres —admitió Co Barry gravemente—. Muchos de los nuestros murieron durante el viaje. Otros están agonizantes, y las causas pueden ser tanto las deficiencias alimenticias, las carencias de luz solar, como las enfermedades mentales producidas por tan largo período de confinamiento en la nave. Pues hemos permanecido exilados en la noche del espacio durante dos agotadoras generaciones. No podemos ir más allá. Todo cuanto pedimos, todo cuanto os suplicamos, apelando a vuestra misericordia, es un lugar donde poder descansar y recuperarnos de nuestra penosa prueba.
Un lugar… Pero¿qué lugar? Al principio parecía una cuestión casi imposible; el CNU, prácticamente, se mantuvo reunido sin interrupción durante semanas. Por vez primera en lo que iba de siglo todas las naciones se habían unido… en una única determinación: no permitir la instalación de los Rosks en el propio territorio aunque fuese transitoriamente.
Al final se tomaron dos decisiones. Primera, que los Rosks serían transferidos a una base de la Tierra. Segunda, el lugar de destino.
Ambas decisiones eran inevitables. Hasta Tyne, desde su zaguero asiento en el debate, las vio venir. En la actitud humana para con los Rosks prevalecía lo mismo el miedo que la envidia; incluso si la piedad pudiera permitirlo, era imposible exigir a los Rosks que abandonaran el sistema solar y emprendieran ruta de nuevo. Semejante movimiento podía inducirles a un desafío. Se lanzarían a una lucha desesperada por el trozo de tierra que requirieran Y se ignoraba todo lo concerniente a las armas que pudieran poseer; ciertamente, la materia de sus conocimientos científicos y el rendimiento de ésta eran objeto de especulación general.
En cuanto al emplazamiento de la base, tenía que ser una región ecuatorial. El cinturón ecuatorial de la Tierra tenía poco más o menos la misma temperatura que la zona templada del II de Alfa. Un emplazamiento en el centro de África habría sido bastante inconveniente; una pequeña isla podía demostrar excesiva autorrestricción. El Brasil, en constante crecimiento, no podía tolerar ningún Rosk cerca de sus fronteras. Tras muchos chillidos, preces, protestas y usos del veto, se cedió a los Rosks, como base, un área de ochenta millas cuadradas al sur de Padang, en Sumatra.
—Por este pequeño regalo, nuestra gratitud es inconmensurable —dijo Ap II Dowl, en una de sus raras visitas personales. Hubo muchos que consideraron que la elección de su adjetivo había sido desafortunada… o deliberada.
Así, los Rosks aterrizaron en la Tierra en su inmensa nave. Pronto se hizo evidente que jamás habían tenido la intención de hacerse de nuevo al espacio; habían tenido suficiente.
La Tierra no deseaba mantener un huésped permanente. Los Rosks, multiplicándose tras un perímetro que rápidamente fortificaron, representaban una amenaza no menos ominosa por no formulada. Sin embargo, ¿cómo evitarlos? ¿Acaso creían los estadistas de la Tierra que la única posible línea de acción era molestar a los Rosks para que se marcharan?
Desgraciadamente, cuanto más se hurgaba en la llaga más dolía.
Nación tras nación envió sus delegados a Sumatra para ver lo que podía ser visto y extraer algún secreto Roskiano si era posible. En la gran sala del Consejo de las N U en Padang, Hombres y Rosks regateaban y trataban, exigían y concedían, trampeaban y protestaban. La situación era al mismo tiempo divertida y trágica. La vieja esperanza de la mutua cooperación por el contacto de dos razas hacia tiempo que se había olvidado.
A no ser con valija diplomática, no se admitía a los terrícolas en la base Rosk, y a los Rosks no se les admitía fuera de ella… mientras que, en la práctica, los espías de ambos lados infringían esas leyes. Padang pronto se llenó de espías: naciones espiando contra naciones, raza contra raza. La situación devino todavía más compleja cuando, en un intento de congraciarse con los otros, el CNU cedió la pequeña Área Lunar 101 a los visitantes, a fin de permitirles mostrar sus cuatro naves interplanetarias.
—Este acto afecta mi corazón —declaró Tawdell Co Barr—. Vinimos como extraños; nos recibisteis como amigos. Juntos, los Hombres y los Rosks levantaremos una nueva e imperecedera civilización.
Por esta vez, tan hermosas palabras sonaron huecas.
Con intención o sin ella, las esperanzas expresadas por Tawdell eran las de muchos hombres, fueran de donde fuesen. Desgraciadamente, fue éste el último discurso de Tawdell. Desapareció en el interior de la base Rosk y no se le volvió a oír En los círculos diplomáticos se llegó a la conclusión de que el rubio Rosk había sido demasiado gentil con los hombres para ser del agrado de sus jefes supremos. La dictadura de Ap II Dowl, establecida en el árido ambiente de la nave, tomaba ahora las riendas. Sus secuaces se sentaban a las mesas de consejo y las relaciones entre los dos bandos se deterioraban lentamente.
La patrulla de espionaje de la que Murray, Allan y Tyne formaban parte, era sólo un ejemplo de tal deterioro.