THEODORE STURGEON

Frustrado su deseo juvenil de ser un artista del trapecio, Theodore Sturgeon se convirtió en un gimnasta de las palabras, un juglar de las ideas y un maestro de las ceremonias narrativas de gran mérito. Educado en un hogar estrictamente religioso, Sturgeon descubrió que su único consuelo era retirarse a la biblioteca, donde descubrió los libros de H. G. Wells y Julio Verne, a los que se adaptó su interés por la fantasía. Varios de sus primeros trabajos —como la historia que aquí publicamos— aparecieron en revistas como Weird Tales pero las publicaciones de ciencia ficción fueron su principal consuelo, ayudándole a salvar diversas crisis personales; emergió al género como uno de los más inventivos escritores de la moderna ciencia ficción: hombre admirado tanto por los lectores como por sus colegas. De vez en cuando sorprendió al público con sus temas sexuales de impredecibles naturalezas, pero su nombre encabezando un relato es siempre garantía de una experiencia única. Sin reacción no escapa a la regla.

SIN REACCIÓN

Abreaction

Me senté ante los mandos del gran tractor explanador D-8 e intenté recordar. El campo de aviación, construido sobre una salina, se extendía en torno a mí. Al oeste había un cúmulo de edificios: la gasolinera y el almacén de latas de grasa. Cerca de allí se erguía la armazónica silueta de un eventual puesto de observación climatológica, con su velocímetro, su veleta y su cono de viento. Todo parecía normal… aunque allí había algo más

Podía recordar gente, bellas personas cubiertas con brillantes y holgadas vestimentas. Las recordaba como si las hubiera visto apenas un minuto antes, pero a distancia; aunque el recuerdo sólo traía rostros cercanos…

Un rostro: una chica de oro; sus ojos, sus cabellos, su piel eran de tres diferenciados tonos áureos.

Sacudí la cabeza tan violentamente que me hizo daño.

Yo era un tractorista. Tenía que… ¿qué tenía que hacer? Miré a mi alrededor, vi la grava diseminada tras de mí, la tierra descubierta delante; me di cuenta, pues, de que repartía la grava con la máquina. Pero me pareció que… que… sin la realidad física del trabajo medio hecho, no habría sabido por qué razón me encontraba allí.

Sabía dónde había visto a aquella chica, a aquella gente. Creí que lo sabía… pero el pensamiento se situaba justo donde no podía alcanzarlo. Mi mente operó para localizar ti lugar, para asegurarme de que se trataba de aquel sitio, pero la localización se resistió, las operaciones mentales se debilitaron, se rompieron en el esfuerzo y, en consecuencia, me entró dolor de cabeza.

Un gran camión con remolque vino lanzado y se precipitó hacia mí, levantando chorros de lodo desde sus ruedas sin guardabarros. El conductor era un puertorriqueño, un tipo fornido de mediana edad. Le conocía bien. Bien… ¿seguro? Alzó un brazo, con la palma de la mano hacia arriba, haciendo señales.

—¿Dónde lo quieres?

Yo señalé vagamente hacia la derecha, hacia el borde de la grava esparcida. Sujetó el volante con una mano y puso la otra sobre el elevador del cambio de marchas, clavando al mismo tiempo los ojos en mí. Mientras se acercaba al borde de la grava, fui alzando la mano; por fin, dio al elevador y la caja del remolque se abrió, elevándose, derramando grava y conformando un montón de doce yardas cúbicas. El conductor saludó y el pesado Diesel se alejó ronroneando, con el pie del hombre sobre el acelerador.

Saludé al puertorriqueño… ¿Cuál era su nombre? A él le conocía, ¿no? Y él a mí también, a tenor del saludo que hizo al marcharse. Su nombre… ¿era Paco? ¿Cruz? ¿Eulalio? No, maldita sea, y lo bueno es que lo sabía tan bien como el mío…

¡No sabía mi propio nombre!

¡Mierda, mierda! Estoy loco. Asustado. Completamente loco. ¿Qué le había ocurrido a mi cabeza? Todo giraba a mi alrededor, y sin esfuerzo recordaba a la gente de vestiduras resplandecientes mientras mi mente se concentraba, pero se evaporaba de nuevo y se instalaba la nada.

Una vez, de niño, en la escuela me caí de las paralelas quedé sin sentido; cuando me recuperé, me encontraba orno ahora. Podía verlo todo, y palpar, oler y gustar cualquier cosa, pero no podía recordar nada. Ni siquiera un minuto. Preguntaba que qué me había ocurrido, me lo decían y cinco minutos más tarde tenía que preguntarlo de nuevo. Me pidieron mi dirección para poder llevarme a casa, pero no podía recordarla. Obtuvieron mi domicilio por los archivos del colegio y me llevaron a casa; mis pies reconocieron el camino hasta el cuarto piso, donde estaba nuestro apartamento… yo no recordaba qué camino había que seguir, pero mis piernas sí lo hicieron. De modo que fui e intenté contarle a mi madre lo que me había ocurrido; yo no lograba recordar nada y ella me llevó a la cama; cuatro horas después me desperté perfectamente bien.

En un minuto, allí sobre la explanadora, nada pude hacer por evitar el miedo, así que me puse a manejar el tractor y conseguí pensar un poco. Traté de recordar todo desde el principio, pero, como era demasiado difícil, intenté encontrar algo que me hiciera recordar. Allí sentado, dejé mi mente completamente en blanco. A lo lejos, había algo parecido a un remolque y grava. Se veía bastante claro, aunque no sabía dónde encajarlo ni cuándo. Miré a mi alrededor y vi el montón de grava listo para ser extendido. Entonces era eso lo que el camión había hecho; y… ¿había sido justo ahora o había estado yo sentado en aquel lugar mucho tiempo, una eternidad, esperando recordar que debía extenderla?

Comprobé entonces que podía recordar ideas, pero no sucesos; sí, sucesos, pero no ordenados. Sin continuidad. Hacía un año… o hacía un segundo: era lo mismo. Nada claro, nada concretamente real, todo mezclado. También estaban las ideas, pero la continuidad no importaba. Que yo pudiera recordar una idea, que pudiera saber que un montón de grava significaba que ésta tenía que ser esparcida; eso era una idea, una condición de las cosas que yo podía identificar. El camión se acerca, se va, descarga: he aquí los sucesos. Yo sabía que estas cosas habían ocurrido porque la grava estaba allí, pero no sabía cuándo, ni tampoco si había sucedido algo entre todas estas cosas.

Contemplé los mandos y fruncí el entrecejo. ¿Podía recordar cómo manejarlos? Esta palanca y ese pedal… ¿qué significaban para mí? Nada, y nada de nuevo…

No debía pensar sobre eso. No tenía que pensar en ello. Debía pensar lo que debía hacer y no cómo debía hacerlo. He conseguido esparcir la piedra. Aquí hay piedra desperdigada y allí no hay nada, y en el límite de la piedra desperdigada está el montón de grava. Así, contemplándolo, viendo cómo yace, dejo que mis manos y pies recuerden algo acerca de las palancas y los pedales. Aumentan la velocidad, elevan la pala del suelo, embragan al tercer engranaje, empujan las tres toneladas en forma de cono y los doce pies cúbicos se ensanchan.

La explanadora carga y la grava forma a los extremos dos regueros y mi mano derecha manipula hacia mí y hacia fuera sobre el mando, sabiendo cuánto hay que subir para que la grava quede a la altura deseada, no demasiado alto pues así se formarían promontorios que hay que evitar para cuando pasen los camiones… pues una explanadora construye la carretera y camina por ella, y si la carretera está mal hecha la máquina equilibradora se inclina y la pala tropieza y carga para hacer ondulaciones que, cuando los camiones den con ellas, hace inclinar la máquina equilibradora y corta ondulaciones, que, cuando los camiones den con ellas… como fuere, mis manos sabían lo que hacer, y así mis pies; y ellos lo hicieron todo el tiempo en tanto que yo sólo podía ver lo que se estaba haciendo, y no podía entender los sucesos.

Esto no puede seguir, pensé desesperadamente… Estoy de puta madre, supongo, porque puedo hacer mi trabajo. Todo está frente a mí y sé lo que tiene que hacerse y mis manos y pies saben cómo tiene que hacerse; pero supóngase que alguien viene y me habla o me dice que hay que ir a algún otro sitio. Ni siquiera puedo recordar mi propio nombre. Mis manos y mis pies poseen más sentido que mi cabeza.

De modo que pensé que tenía que inventariar todo cuanto podía esperar, todo cuanto sabía positivamente. ¿Cuáles eran las cosas que sabía?

La máquina estaba allí y a nivel, y la grava, y el remolque la había traído. Mi ser poseía en ello algo real. Uno tiene que comenzar todo con la creencia de que uno mismo existe.

La faena, el trabajo son cosas verdaderas.

¿Dónde estaba yo?

Tenía que estar donde debía estar, adonde yo pertenecía, pues el conductor del remolque me conocía, sabía que yo estaba allí, y el hecho no había acabado. «Campo de aviación» era como un corolario para mí, con la autopista y el cono de aire con anuncios grabados, y no tenía necesidad de pensar más allá. La gente de vestiduras resplandecientes, y la chica…

Pero no había allí nada concerniente a ellos. Nada de nada.

Esparcir la piedra era algo que yo tenía que hacer. Aunque¿era eso todo? Yo no estaba sólo esparciendo piedra. Tenía que esparcirla para… para…

No para ayudar a acabar el campo de aviación. No era eso. Era algo más, pero…

¡Oh! ¡Oh! Yo tenía que esparcir piedra para ir a un lugar.

Yo no quería ir a ninguna parte, excepto adonde pudiera pensar de nuevo, adonde pudiera saber qué me había ocurrido, adonde pudiera atrapar mi mente y exprimir de ella las cosas importantes, como mi nombre, y el nombre del conductor del remolque, Paco o Cruz, o Eulalio o quizá Emanualo von Hachmann de la Vega, o lo que fuere. Pero necesitaba la capacidad de pensar otra vez rectamente y de saber todas las cosas importantes que están arribando a un estado de conciencia, no a un lugar. Lo sabía, lo sabía, de algún modo sabía con certeza que para arribar a ese estado tenía que arribar a un punto.

Repentina y asombrosamente, me iluminó un relámpago de conocimiento sobre el punto… no de lo que era sino de cómo era, y grité y me destrocé la garganta y caí hacia atrás en el asiento del tractor, intentando exhalar cómo era aquello.

Mi abdomen se endureció por el horror. Me llevé las manos a La cara y mis manos y mi rostro se anegaron en sudor y llanto¿Miedo? ¿Quién no ha tenido alguna vez miedo de morir, al ver que la Muerte nos está mirando con fijeza? Más exacto aún: ¿no ha visto nadie cómo la Muerte se da media vuelta ante nosotros porque sabe que no tenemos más remedio que seguirla? ¿Quién no ha visto esto y sentido miedo?

Bien, lo mío era peor, pues tenía estrechada a la Muerte entre mis brazos, ya que sólo Ella podía perdonarme lo que me había pasado cuando llegué al lugar en que ahora estaba.

Así, pues, yo no tenía que esparcir piedra.

No haría nada que me acercara hasta el lugar donde aquello podía ocurrirme. Me había ocurrido… No lo haría. Aquello era algo importante.

Había otra cosa impórtame. No debía proseguir así, sin saber mi nombre ni el del conductor del remolque, ni dónde estaban el campo de aviación y la base y tantas otras cosas.

Esas dos cosas eran las más importantes del mundo. De este mundo… este mundo…

Este mundo, este mundo: otro mundo…

Un completo desierto me rodeaba.

¡Vaya! Así que el campo de aviación no era real, el remolque no era real, el anemómetro y el almacén de latas de grasa tampoco eran reales. ¡Vaya! (¿Por qué me entristece lo del nombre del conductor si no era real?)

Sin embargo el tractor explanador era real. Yo iba sentado en él. Los seis grandes cilindros estaban zumbando, y la palanca de embrague vibraba rítmicamente como si su extremo inferior estuviera enterrado en algo que respirase. Por otra parte… sólo desierto, y algunas colinas a lo lejos, y un sol que era excesivamente anaranjado.

Piensa, pues, piensa. Este desierto significa algo importante. No me sentía sorprendido de estar en el desierto. Eso era importante. Este lugar en el desierto estaba cerca de algo, cerca de un algo espantoso que me haría daño.

Miré a mí alrededor. No pude ver nada, pero estaba allí el algo que me haría daño. No pasaría por eso otra vez.

Otra vez.

Otra vez… esto era importante. No extendería piedra ni llegaría al lugar. No pasaría por aquello que me había ocurrido ni aunque desapareciera mi locura ni aunque la siguiera soportando por el resto de la eternidad. Que me cojan y me aten y sacudan su cabeza sobre mí, que se marchen y me abandonen, y coloquen barrotes en la ventana para que la luz de la torcida luna proyecte las sombras de los barrotes en blanco y plata sobre el suelo de mi celda. No me preocuparé lo más mínimo de todo esto. Podía hacer frente al dolor de esperar a saber mi nombre y el del conductor del remolque (era puertorriqueño, de modo que su nombre tenía que ser Villamil o Roberto, pero no Bucyrus-Erie ni Oruga Trece Mil) y quién era la gente de las vestiduras resplandecientes; yo estuve afrontando todo eso, y sabía el daño que hacía, pero no iría de nuevo a aquel sitio ni me expondría a un daño mucho mayor. No otra vez. No otra vez.

Otra vez. Otra otra otra vez. ¿Cuál es la condición de repetición de las cosas? Todo cuanto hago lo hago de nuevo. Podía recordar esa sensación de tiempo atrás… años atrás solía ocurrirme una vez cada tanto. Uno no ha estado nunca en cierto pueblo, digamos, y asciende hasta la cúspide de la colina en bicicleta y ve la forma de la iglesia y las casas, y los ángulos de las retorcidas calles empedradas, y la forma y tonalidad de los campos de flores. Uno sabe que si fuera interrogado podría decir cuántas estacas hay en la blanca puerta de la cerca blanquiazul de la tercera casita desde la esquina. Todos los científicos asienten y sonríen y dicen que uno lo ha visto por segunda vez… un veinteavo de segundo después del primer vislumbre; y que el impacto de familiaridad se edificó durante el siguiente veinteavo de segundo. Y uno asiente y sonríe también y dice cojonudo, cuántas cosas sé. Pero sabe, uno sabe que ha visto ese lugar antes, sin importar lo que los otros digan.

Así es como lo sé yo, sentado sobre mi máquina en el desierto y sin sorpresa, y poseyendo ese sentimiento de repetición; porque yo estaba recordando la última vez que el remolque vino hacia mí a través del campo de aviación, arrojando una estela de humo azul por su agotado tubo de escape, rugiendo y dando tumbos mientras se me aproximaba. Al principio no significaba nada, recordando que venía, no que venía, no que tuviera el mismo conductor, el puertorriqueño; y, claro, transportaba la misma carga del mismo material. Todos los viajes con el remolque fueron exactamente lo mismo. Aunque había algo que yo recordaba… que ahora recordaba…

Había un bastón graduado dentro del terraplén para medir la profundidad de la grava, y no estaba tan cerca como había estado siempre. De manera que no había sido el mismo remolcador en cualquier ocasión anterior. ¡Era la misma ocasión sobrepasada de nuevo! La última vez se había borrado. Yo estaba sobre una especie de escalera mecánica y me transportaba hasta el lugar donde me daba cuenta de algo que tenía que atravesar, y grité. Y entonces yo era devuelto a lo anterior y ubicado otra vez sobre el asiento, ante el lugar en que el conductor puertorriqueño, señor comosellame, descargaba la grava y se marchaba otra vez.

Y este desierto ahora. Este desierto era una especie de desembarcadero junto a la escalera mecánica, donde yo debía ir a parar a veces, en vez de ir de Continuo hasta el lugar donde el camión se acercaba. Yo había estado aquí antes, y aquí estaba otra vez. Y allí estaba el otro lugar, con la gente resplandeciente, y la chica con todas las cualidades y matices del oro. Era el mismo lugar de la luna torcida.

Me cubrí los ojos con las manos e intenté pensar. El ronroneo del motor me molestó de repente y me levanté y tanteé bajo el tablero de mandos y bajé el gas. El silencio, abriéndose paso entre los ecos, fue tomando consistencia, hasta que el último ruido se disparó en todas direcciones, abandonándome en la calma.

Hubo un suave golpe sobre la arena junto a la máquina. Era uno de los resplandecientes, el viejo, que tenía la frente muy ancha y los cabellos tan finos, tan finos como una telaraña. Lo conocía. Sabía su nombre también, aunque no podía recordarlo por el momento.

Bajó de su asiento-volante y se me acercó.

—Hola —dije. Cogí mi camisa del asiento de al lado y me la puse sobre un hombro—. Sube.

Sonrió y extendió su mano La cogí y le ayudé a subir a la cabina. Sus manos eran muy fuertes. Ascendió y se sentó.

—¿Cómo te sientes?

Unas veces hablaba alto y otras no, pero yo siempre entendía.

—Me siento… confuso.

—Sí, claro —dijo él amablemente—. Vamos. Pregúntame sobre aquello.

Le miré.

—Yo… ¿pregunto siempre por aquello?

—Siempre.

—Oh.

Miré a mí alrededor, el desierto, las colinas, la explanadora, el sol que era excesivamente anaranjado.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—En la Tierra —dijo; sólo que la palabra que había usado para decir Tierra significaba Tierra únicamente para él; significaba su tierra.

—Ya sé eso —dije—. Quiero decir, ¿dónde estoy realmente? ¿En la base aérea o aquí?

—Oh, estás aquí —dijo.

Al oírlo, me sentí enormemente aliviado.

—Tal vez fuera mejor que me lo contaras de nuevo.

—Has dicho «de nuevo» —observó, y puso una mano sobre mi brazo—. Comienzas a darte cuenta… Muy bueno, muchacho. Muy bueno. Perfecto. Te lo contaré una vez más.

»Viniste hace mucho tiempo. Seguiste por una carretera con tu gran máquina ruidosa y te internaste por el desierto hasta llegar a la ciudad. La población jamás había visto una máquina ruidosa con anterioridad, y se apelotonaron en la puerta para verte llegar. Se hicieron a un lado para dejarte paso, y corrieron, y tú cargaste con la máquina y aplastaste a seis personas contra el quicio de la puerta.

¿Hice eso? —exclamé. Luego dije—: Lo hice. Oh, lo hice.

Me sonrió otra vez.

—Sssst. No. Fue hace mucho tiempo. ¿Prosigo?

»No pudimos detenerte. No tenemos armas. Nada pudimos hacer para enfrentarnos a aquel monstruo que tú conducías. Fuiste de aquí para allá por las calles, destrozando las entradas de los edificios, persiguiendo a la gente, y riendo. Tuvimos que esperar hasta que bajaste de la máquina, y entonces te atrapamos. Estabas completamente loco. Fue —añadió delicadamente— un estudio muy interesante.

—¿Por qué lo hice? —susurré—. ¿Cómo pude haceros una cosa así a… vosotros?

—Estabas herido. Mortalmente herido. Habías venido procedente de algún lugar cercano a este sitio. Habías enloquecido por tus pacientes sufrimientos. Más tarde, seguimos las huellas de tu máquina. Encontramos los lugares por donde habías estado conduciendo a la deriva por el desierto, y el lugar donde, en una ocasión, abandonaste la máquina y viviste en una cueva, probablemente durante semanas. Comiste hierbas y langostas. Matabas todo cuanto podías por alguna extraña motivación de venganza.

»Te volviste loco por falta de agua y deseo de venganza, y estabas muy delgado. Tu rostro estaba cubierto de pelo, algo extraordinario, aunque los análisis mostraron que tenías un constante deseo de poseer un rostro sin pelo. Después del tratamiento casi llegaste a la racionalidad. Pero tu noción del tiempo estaba casi totalmente destruida. Operaban en ti dos bloqueos psicológicos casi irrompibles: el recuerdo de cómo habías llegado aquí y tu identidad.

»Hicimos lo que pudimos por ti, aunque permaneciste sin felicidad. Las lunas te afectaban de un modo extraño. Tenemos dos, una inscrita en la órbita de la otra, aunque ambas con el mismo período. Observadas sin instrumentos, cuando alcanzaban el plenilunio parecían producir un eclipse.

»La visión de lo que tú llamabas la luna torcida desbarataba gran parte de nuestro trabajo. Y luego te sobrevinieron los ataques de una abrumadora emoción que tú llamabas “remordimiento”, que parecía ser algo semejante a la crueldad y algo semejante al amor, incluyendo una parcial negación de la voluntad de sobrevivir… y tú no podías comprender por qué nosotros nos negábamos a castigarte. ¡Castigarte… estando enfermo!

—Sí —dije—. Recuerdo bastante ahora. Me disteis cuanto podía desear. Incluso me proporcionasteis… me proporcionasteis…

—Oh… aquello. Sí. Tenías unas convicciones sobre el amor y el matrimonio profundamente arraigadas. Creímos que te haría más feliz…

—Lo fui, y luego no lo fui. Yo… yo quería…

—Lo sé, lo sé —dijo sosegadamente—. Querías de nuevo tu nombre, y de algún modo deseabas tu propia tierra.

Me crucé de brazos, atenazándomelos con las manos.

—Debería estar satisfecho —exclamé—. Debería estarlo. Sois todos tan amables, y ella… y ella… ella ha sido… —Sacudí la cabeza con irritación—. Debo estar loco.

—Por lo común —me dijo sonriendo— me preguntas en este punto cómo llegaste hasta aquí.

—Sí. Te lo repetiré. ¿Sabes? En la fábrica del espacio hay irregularidades. No… no del espacio exactamente. Tenemos una palabra para eso… —la dijo—… que significa, literalmente «espacio que es tiempo que es psique». Es una condición espacial que por su naturaleza crea tiempo, pensamiento y materia. Tu mundo, en relación al nuestro, se encuentra en lo infinitamente grande o en lo infinitamente pequeño, o quizá en lo infinitamente distante, tanto en el espacio como en el tiempo… no importa, pues se trata de lo mismo en sus últimos extremos… Pero prosigamos.

Mientras permanecías en tu trabajo, condujiste tu máquina a un punto de tensión en esta fábrica… una caprichosa y completamente improbable posición en… —dijo aquí de nuevo la palabra—, al que tu universo y el nuestro permanecen tangenciales. Tú… lo atravesaste.

Me puse tenso cuando lo dijo.

—Sí, eso fue. Te provocó tu inconcebible agonía. Propició tu locura. Te saturó de deseo de venganza y miedo. Bien, nosotros… te curamos de todo excepto del miedo a penetrar en esa agonía nuevamente y de la peculiar melancolía que envuelve la pérdida del ego… el deseo de saber tu propio nombre. Puesto que fallamos ahí —se encogió de hombros—, tuvimos que hacer lo único que nos quedaba. Intentamos devolverte a tu sitio de procedencia.

—¿Por qué? ¿Por qué eso?

—No estás a gusto aquí. Nuestro sistema social, nuestra filosofía se basan en la satisfacción de lo individual.

Así que tuvimos que hacer lo que estaba a nuestro alcance… a cambio, nos proporcionaste un tremendo acopio de material de investigación en psicología y en cosmogonía teórica. Te estamos agradecidos. Queremos que poseas cuanto desees. Tu miedo es inmenso. Tu deseo es más inmenso. Y para ayudarte a satisfacer tu deseo, tuvimos que ubicarte en este proceso de no-reacción.

—¿No-reacción?

Asintió.

—La representación psicológica, o el repaso de todo cuanto habías hecho hasta tu llegada a este lugar, en un esfuerzo por retornarte al punto de entrada exactamente en las mismas coordenadas mentales que cuando te internaste aquí. No podemos encontrar ese punto. Tiene algo que ver con tu particular matriz psíquica. Pero si el punto permanece todavía aquí, y si, por hipnosis, podemos provocar con exactitud todo lo que hiciste cuando te acercaste por vez primera… vaya, entonces regresarás.

—¿Puede ser… peligroso?

—Sí —dijo sin vacilación—. Incluso si el punto de tangencia permanece aún aquí, donde emergiste, puede que no sea el mismo punto en tu tierra. No olvides… que has estado aquí durante lo que en tus términos serían once años… Y aquí está el dolor y la lucha: terrible si te marchas, infinitamente más terrible si no lo haces, pues puedes ir a parar a… a cualquier lugar eternamente, plenamente consciente, y sin ninguna posibilidad de alivio.

»Sabes todo eso y sin embargo todavía deseas que intentemos… —suspiró—. Te admiramos profundamente, y nos maravillamos también; pues eres el hombre más valiente que hemos conocido nunca. Particularmente, nos maravilla tu cultura, que tan férrea ligazón puede producir con el propio ego… ¿Debemos intentarlo de nuevo?

Contemplé el sol que era excesivamente anaranjado, y las colinas, y esta ancha, calma y hermosa cara. Si pudiera haber pronunciado mi nombre entonces, creo que me habría quedado. Y si pudiera haberla visto en aquel justo momento, creo que habría esperado al menos un buen tiempo.

—Sí —dije—. Intentémoslo otra vez.

Tenía miedo de no poder recordar mi nombre ni el nombre de aquel Gracias-de-nada[2], o lo que fuere, de aquel tipo que conducía el remolque. No podía recordar como manipular la máquina; pero mis manos sí recordaban, y también mis pies.

Me senté y miré el montón de grava; luego eché mano a la palanca y alcé la pala. Arremetió contra el montón, grava se introdujo en la pala y formó regueros a los dos. Cuando vi que la grava estaba en la pala, me detuve, manipulé al contrario los mandos, pisé el pedal izquierdo, a fondo, le di al freno…

Aquello era, pues. Paleando hacia atrás, allanando el montón de grava que había en la pala y que se deslizaba por los extremos. Mientras lo hacía, la máquina se tambaleó, dejó caer la pala blandamente. Entonces miré atrás —fuerza de costumbre, pues un tractor explanador de tal tamaño puede provocar destrozos en cualquier cosa— y vi algo borroso en el terraplén.

Era un fragmento de grava desperdigada que parecía virar en los bordes. Miré al sol y luego, seguidamente, al cielo. Podía haber sido una mancha alucinada. Pensé que algo divertido había ocurrido ante mí. Pero no detuve la máquina y, de repente, me encontré allí.

Otra vez.

Surgió lentamente la agonía. Se alzó de modo que prometía más y luego sobrepasó la promesa e hizo de la cima de dolor una promesa más aguda. No había sentido la tirantez, pues todo se había balanceado y contrabalanceado nada se rompería. Todas las fuerzas internas eran tan violentas como las fuerzas externas y todo mi ser se situaba en el punto de equilibrio.

No quiero ni pensar en ello. Ni siquiera imaginarlo por un segundo. Un segundo, un segundo ausente de balanceo y me habría desintegrado en polvo cósmico. Fueron años para mí; años y años… Permanecí en un insólito cúmulo de años, en algún lugar del hiperespacio, y el peso de todo aquello estaba encima de mí y dentro de mí, consecutivamente, concurrentemente.

Desperté poco a poco. Me dolía todo, lo que era un aliviante placer porque el dolor era sólo físico.

Comencé a olvidar.

Un médico se me acercó y me miró a hurtadillas.

—Hola —dije.

—Bien, bien —exclamó alegremente—. De modo que el pelagatos volador está con nosotros otra vez.

—¿Qué pelagatos volador? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy?

—En un dispensario. Muchacho, usted estaba trabajando con su explanadora y de pronto le pasó por la cabeza ser un piloto sin título. Eso es lo que dicen, claro. Yo lo que sé es que no había señales alrededor de donde estaba la máquina, no en sesenta pies a la redonda. Seguro que usted no lo llevó hasta allí.

—¿De qué está hablando?

—Eso, hijo, no sabría decirlo. Aunque fui y miré por mí mismo. Encontraron el tractor todo reventado y usted al lado, con los pulmones saturados de sus propias costillas. El hombre más muerto que vi jamás.

—No entiendo. ¿Vio alguien cómo ocurría? ¿Está intentando…?

—El único que se envanece de haberlo visto es un puertorriqueño que conduce un remolque. No habla ni papa de inglés pero jura por todos los santos del calendario que volvió la vista después de dejar una carga y que lo vio a usted junto con veinte toneladas de explanadora en el aire, a cuarenta pies del suelo.

Lo miré fijamente.

—¿Quién es ese hombre?

—Un tipo rechoncho, aproximadamente de cuarenta y cinco años. Fuerte como un rinoceronte e igualmente sano.

—Lo conozco —dije—. Es un buen hombre. —Repentinamente, con entusiasmo—: Oiga… ¿sabe usted cómo se llama?

—No. No lo pregunté. Alguna fioritura española, supongo.

—No, de ningún modo —dije—. Su nombre, es Kirkpatrick. Alonzo Padin de Kirkpatrick.

Rió.

—Los irlandeses son gente fantasiosa. Duérmase ahora. Ha estado inconsciente por lo menos tres semanas.

—He estado inconsciente durante once años —dije, y me sentí idiota como la mierda porque yo no quería decir nada parecido ni podía figurarme que cosa tal me saltara el pensamiento.