EL TOQUE DE TU MANO

THEODORE STURGEON

Theodore Sturgeon nació el 26 de febrero de 1918, en St. George, Staten Island, Nueva York. Su padre se dedicaba a la venta al detall de pinturas. Las inclinaciones artísticas y literarias de Sturgeon parecen deberse a su madre, una poetisa, que enseñaba literatura y que hasta una edad avanzada escribió obras de teatro para grupos amateurs. El primer cuento de Sturgeon, The Ether Breather, fue publicado en la revista Astounding SF, en 1939. En 1954, este autor obtuvo el International Fantasy Award por su novela Más que humano (Ed. Minotauro).

ilustrado por CARLOS GIMÉNEZ

—Cava aquí —dijo Osser, señalando.

El hombre de espesas cejas negras se echó hacia atrás.

—¿Por qué?

—Tenemos que profundizar mucho para construir alto, y vamos a construir muy alto.

—¿Por qué? —preguntó el hombre de nuevo.

—Para que el enemigo no pueda entrar.

—No hay enemigos.

Osser rió amargamente.

—Ya tendré enemigos.

—¿Por qué?

—Porque voy a agarrar a este pueblo y agitarlo hasta que se despierte —dijo Osser, llegando hasta él—. Y si no quiere despertarse, seguiré agitándolo hasta que le rompa el espinazo y se muera. Cava.

—No veo por qué —dijo el hombre, testarudo.

Osser miró al dorado dorso de sus manos, les dio la vuelta y contempló como se cerraban. Alzó sus ojos hacia el otro.

—Mira por qué —le dijo.

Su puño derecho abrió la mejilla del otro. Su izquierdo convirtió su resuello en una explosión de aire que se escapó por sus labios. Se desplomó al suelo, incapaz de respirar, tratando de hacerlo en pequeños, difíciles y desgarradores jadeos. Sus ojos se abrieron y miró a Osser. No podía hablar, pero sus ojos lo hacían; y entre el shock y el dolor, lo que decían era: ¿Por qué?

—Quieres razones —le dijo Osser, cuando creyó que el hombre ya podía oírle—. Todos queréis razones. Estudiáis los dos lados de una cuestión y la sopesáis y balanceáis y no hacéis nada. Quiero acabar con la razón. Quiero que se hagan cosas.

Se inclinó para alzar al barbudo. Osser era media cabeza más alto y sus hombros eran tan torneados y lisos como el fondo de un tazón. El vello dorado se agitaba y brillaba en sus antebrazos mientras movía sus dedos y los grandes músculos se tendían y distendían. Alzó al hombre del suelo y lo puso fácilmente en pie, soportándolo hasta que estuvo seguro de que permanecía erguido.

—No me comprendes, ¿verdad?

El hombre agitó débilmente la cabeza.

—Ni lo intentes. Cavarás mejor si no lo intentas —colocó el mango de la pala en la mano del hombre y cogió un azadón—. Cava —dijo, y el hombre comenzó a cavar.

Osser sonrió cuando el hombre se giró para empezar a trabajar, arqueó las aletas de su nariz e inspiró el limpio aire cálido hacia sus pulmones. Le gustaba la luz del sol ahora, el aroma matutino de la tierra removida, el trabajo que tenía que hacer y la misma idea del trabajo.

Así en pie, con la cabeza alzada, vio un destello de brillante amarillo, el giro de un rostro moreno. Tan sólo una ojeada, y desapareció.

Durante un momento se quedó en tensión, frunciendo el ceño. Si ella le había visto, ya habría ido a contar lo que hacía a todo el poblado. Pero entonces sonrió. Que lo hiciese. Que todos se enterasen. Lo sabrían más tarde o más temprano. Que tratasen de detenerlo.

Rió, aferró la azada y el césped voló. Así que Jubilith creía conveniente vigilarlo, ¿no?

Rió de nuevo. Ahora el trabajo, Juby más tarde. Todo llegaría a su tiempo.

Todo.

La calle del pueblo daba vueltas y revueltas y de vez en cuando se dividía para unirse luego otra vez, pues cada casa había sido construida según los deseos de su dueño: cerca, lejos, alta, baja, separada, hacia un lado o hacia otro. Lo que no armonizaba contrastaba bien y, sobre todo, era un lugar placentero para caminar.

Ante una tienda se encontraba un hombre, tallando zuecos; y en la puerta de al lado estaba el viejo curtidor, que hábilmente confeccionaba duraderos cinturones de tiras de piel anudadas. Luego había una casa, y otra, y una choza; un espacio verde en el que jugaban los niños; y el andamiaje de una casa nueva, en el que un hombre, con los bolsillos de su delantal llenos de tacos de madera, trabajaba eficientemente con un pesado mazo.

El zapatero, el curtidor, los niños y el constructor se detuvieron para contemplar a Jubilith porque era hermosa y porque corría.

Cuando hubo pasado, todos ellos vieron que los demás también estaban mirando, y sonrieron y se saludaron y rieron un poco, aunque no dijeran nada.

Un perrillo corrió tras ella, torpe aún sobre sus patas. Si hubiera estado asustado no hubiera corrido y, si Jubilith le hubiera hablado, la hubiera seguido a cualquier parte que fuese. Pero ella lo ignoró, aun cuando ladró con voz de soprano, así que corrió en otra dirección, pretendiendo que nunca la había seguido, y luego se sentó y resopló y se la quedó mirando tristemente.

Pasó corriendo al lado de la herrería con su sombreado horno reluciente; al lado del molino con su maravillosa noria que aprisionaba y liberaba el agua con sus pesadas manos en forma de copas. Un muchacho lanzó su aro, y éste cruzó su camino. Sin perder el paso, saltó sobre él y siguió corriendo y los labios del soplador de vidrio se apartaron de su tubo, pues un hombre puede sonreír o soplar vidrio, pero nunca las dos cosas a la vez.

Cuando al fin llegó a la casa de Wrenn, jadeaba, pero sin dificultad, en la forma que es tan sólo posible para los que corren grácilmente. Se detuvo junto a la puerta abierta y esperó cortésmente, sin mirar hacia el interior hasta que Oyva salió y le tocó el hombro.

Jubilith se volvió hacia ella, manteniendo los ojos cerrados un largo rato, pues Oyva no solo era muy vieja, sino que además era la esposa de Wrenn.

—¿Eres Jubilith? —preguntó, sonriendo.

—Lo soy —dijo la muchacha. Abrió los ojos.

Oyva, viéndole los músculos tensos, dijo observadoramente:

—Una Jubilith en problemas, ya veo. No te entretendré. Está dentro.

Juby tuvo tiempo de dedicarle una breve sonrisa y corrió al interior de la casa, dejando que la vieja mujer se quedase preguntándose dónde, dónde en su muy larga vida, había visto un destello tan corto de una tan gran belleza. ¿En el ala de un pájaro de fuego? ¿En un meteorito verde? Lo atesoró en su mente junto con el recuerdo de una carcajada de Wrenn cuando la había besado por primera vez, y se sentó en un taburete de tres patas, al lado de la casa.

Un biombo de gruesas fibras había sido situado en el interior de la puerta, formando meandros, y al tercer giro se encontró en la oscuridad. Juby hizo una pausa para dejar que la luz del sol se desvaneciera de su visión. Ante ella, en algún lugar en la oscuridad, había música, el limpio olor de heno de pétalos de flores secas y recién frotadas, y el tarareo de una voz. La voz y la música eran altas y claras, pero contraían la garganta del que escuchaba al igual que la súbita aparición de un campo de narcisos.

La voz y la música se detuvieron, y alguien respiró quedamente en la oscuridad.

—¿Eres... eres Wren? —dijo titubeando.

—Lo soy —dijo la voz.

—Soy Jubilith.

—Aparta el biombo —dijo la voz—. Me gusta la luz cuando te hablo, Jubilith.

Ella palpó tras de sí, tocando el biombo. Tenía varios goznes y se apartó fácilmente de la puerta de entrada. Wrenn se hallaba sentado con las piernas cruzadas en un rincón, detrás de un marco que contenía un reluciente complejo de piedras.

Wrenn se frotó las manos, limpiándolas de polvo de pétalos.

—Siéntate aquí, muchacha, y dime qué es lo que no comprendes.

Se sentó frente a él y bajó la mirada, y los ojos de él se abrieron como si alguien se hubiera llevado una gran luz.

Como ella no decía nada, él la apremió con gentileza:

—Trata de decirlo todo en una sola palabra, Jubilith.

—Osser —dijo ella inmediatamente.

—Ah —dijo Wrenn.

—Lo seguí esta mañana, hasta el pie de las colinas más allá de la Arboleda del Cielo...

Wrenn esperó.

Jubilith alzó sus pequeñas manos, cerradas en puños, y habló precipitadamente.

—Sussten, el de las cejas negras, estaba con Osser. Se detuvieron y Osser le gritó, y, cuando llegué al lugar desde el que podía verlos, Osser levantó sus puños y golpeó a Sussten, derribándolo. Se rió y lo levantó del suelo. Sussten estaba enfermo; amilanado, y había sangre en su cara. Osser le dijo que cavara, y Sussten cavó, Osser rió otra vez, rió... Creo que me vio. Vine aquí.

Bajó las manos lentamente. Wrenn no dijo nada.

Con una voz como un suspiro perplejo, Jubilith dijo:

—Esto es lo que comprendo: cuando un hombre golpea algo, hierro o barro o madera, es para transformar a lo que golpea, de lo que es a lo que él desea que sea —levantó una mano, hizo un puño, y la dejó caer. Sacudió levemente la cabeza y su tupido y suave cabello se agitó sobre su espalda—. Pero golpear a un hombre no cambia nada. Sussten continúa siendo Sussten.

—Has hecho bien en contarme esto —dijo Wrenn cuando estuvo seguro de que ella había concluido.

—No he hecho bien —negó Jubilith—. Lo que quiero es comprender.

Wrenn agitó la cabeza. Juby inclinó su cabeza a un lado como un asombrado pájaro brillante. Cuando se dio cuenta de que el gesto de él era una negativa, un pequeño par de arrugas aparecieron y desaparecieron entre sus cejas.

—¿No puedo comprenderlo?

—No debes comprenderlo —corrigió Wrenn—. Al menos, no por ahora. Tal vez de aquí a un tiempo. Tal vez nunca.

—Ah —dijo ella—. No... no lo sabía.

—¿Cómo ibas a saberlo? —le dijo amablemente—. No sigas a Osser otra vez, Jubilith.

Ella entreabrió los labios, haciendo otra vez un saludo con la cabeza. Se levantó y se fue.

Oyva se acercó a ella.

—¿Te encuentras mejor ahora, Jubilith?

Juby volvió la cabeza hacia el otro lado; entonces, dándose cuenta de que era un gesto de mala educación, devolvió la mirada a Oyva. Los ojos de la muchacha estaban llenos de lágrimas. Los cerró respetuosamente. Oyva la tocó en el hombro y la dejó partir.

Contemplando como la esbelta y brillante figura se alejaba, pensativamente encorvada, arrastrando los pies, sin ver, Oyva gruñó y entró malhumorada en la casa.

—¿Tenías que hacerle daño? —preguntó.

—Ella se lo hizo —dijo Wrenn con gentileza—. Osser —añadió.

—Oh —dijo ella, justo en el tono que él había utilizado cuando Jubilith había mencionado el nombre—. ¿Qué es lo que ha hecho ahora?

Wrenn se lo dijo. Oyva sorbió los labios pensativamente.

—¿Por qué lo seguía la muchacha?

—No se lo pregunté. Pero, ¿no lo sabes?

—Supongo que sí —dijo Oyva y suspiró—. Eso no debe ocurrir, Wrenn.

—No ocurrirá. Le dije que no lo siguiera otra vez.

Ella lo miró afectuosamente.

—Supongo que incluso tú puedes actuar como un estúpido de vez en cuando.

Wrenn se sorprendió.

—¿Estúpido?

—Ella lo ama. No vas a apartarla de él simplemente con un consejo.

—La estás juzgando por ti misma —dijo él, igual de afectuosamente—. Solamente es una niña. En un día, una semana, incluirá a algún otro en sus sueños.

—Supongamos que no lo hace.

—Ni lo pienses. —Su voz tuvo un tono de estremecimiento.

—A pesar de todo, debo hacerlo —dijo Oyva con determinación—. Y tú harías bien en pensar lo mismo. —Cuando sus ojos se turbaron, ella lo tocó en la mejilla—. Ahora toca algo más para mí.

Wrenn se sentó frente al instrumento, con las manos alzadas. Luego introdujo los dedos en los pequeños recipientes, frotándolos contra éste y aquel polvo de pétalos, y las piedras relucieron, cambiando la fragancia de las flores en música y colores variables.

Wrenn empezó a cantar suavemente con la música.

Excavaron profundamente, día tras día, y edificaron. Osser hacía el trabajo de tres hombres, y algunas veces otros seis u ocho trabajaban con él, y algunas veces uno o dos. Una vez tuvo doce. Pero nunca trabajó solo.

Cuando hubo tres hileras de piedras sobre el nivel del suelo, Osser subió a la elevación más cercana y se quedó mirando orgullosamente el espesor y fortaleza de las paredes que crecían, y a los atareados trabajadores que las edificaban y se esforzaban en hacerlas crecer.

—¿Eres Osser?

La voz era tan débil y tímida como un helecho desperezándose, tan prometedora como la misma primavera.

Se volvió.

—Jubilith —le dijo ella.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí?

—Vengo aquí cada día —dijo ella. Señaló el matorral que coronaba la colina—. Me escondo ahí y observo.

—¿Qué es lo que quieres?

Ella entrecruzó los dedos.

—Me gustaría excavar allí y levantar las piedras.

—No —dijo él, girándose para contemplar nuevamente el trabajo.

—¿Por qué no?

—Nunca me preguntes por qué. «Porque yo lo digo»... esa es toda la respuesta que conseguirás de mí. Tú o cualquier otro.

Ella se acercó hasta estar junto a él.

—Construyes con rapidez.

—Más deprisa —dijo él, asintiendo—, de lo que nunca se construyó una casa en el pueblo.

Osser pudo darse cuenta del «por qué» que quería emerger del interior de ella, y pudo comprobar cómo lo controlaba.

—Yo también quiero construir —suplicó ella.

—No —dijo él. Sus ojos se abrieron mientras contemplaba el trabajo. Súbitamente se había ido. saltando por la cuesta con grandes zancadas elásticas. Dio la vuelta a la esquina de la nueva pared y se quedó allí, sin decir nada. El hombre que había estado sin hacer nada se giró rápidamente y levantó una piedra. Osser sonrió breve y tensamente y empezó a trabajar a su lado. Jubilith permaneció en la cuesta, observando, maravillándose.

Jubilith fue allí casi cada día mientras la torre crecía. Osser nunca le hablaba. Ella contemplaba la luz del sol sobre él, su fuerza, el oro que ondulaba. Erguido era como un gran árbol, agachado era como una roca, se movía como una nube de tormenta. Su voz era un látigo, un clarín, el bramido de un toro.

Jubilith lo vio menos y menos por el poblado. Una vez, fue algo terrible el verlo. A primera hora de la mañana apareció súbitamente, atrapó a un hombre, lo levantó y lo tiró al suelo.

—Te dije que ayer estuvieras allí —gruñó, y se marchó.

Llegaron amigos y levantaron al hombre, sosteniéndolo con cuidado mientras tosía, llevándoselo para curarlo.

Nadie fue a contárselo a Wrenn; había corrido la voz de que Osser y sus asuntos no podían ser comprendidos por nadie. La función de Wrenn era la de explicar esas pocas cosas que no podían ser comprendidas. Así que Osser fue dejado solo para hacer lo que quisiera... lo cual, después de todo, era una libertad de la que gozaba todo el mundo.

Llegó el crepúsculo mientras Jubilith aguardaba más allá de su período de tiempo normal. Esperó hasta que los trabajadores, solos o en grupos, dejaron la torre, hasta que Osser hubo subido a la colina, hasta que él hubo hecho una pausa para mirar atrás y sentirse orgulloso y planear el trabajo de mañana, hasta que él, también, hubo vuelto su cara hacia la ciudad. Entonces ella se deslizó hacia la torre y la rodeó, y cuidadosamente trepó por el andamio que estaba en la parte más lejana. Miró a su alrededor.

La torre tenía ahora una altura de cuatro pisos y parecía que ya solo le faltaba el techo. De forma circular, la torre tenía dos habitaciones en cada piso, con una pared este-oeste entre ellos en el piso bajo, una pared norte-sur en el siguiente, y así sucesivamente.

Había un pozo central en el que se había construido una escalera en espiral, una doble espiral, como si una de las espiras hubiera sido fijada en la otra. Esto hacía posible que hubieran dos salidas a las escaleras en cada piso, en el mismo nivel, a pesar de que estaban separadas la una de la otra por una pared. Cada una de las dos habitaciones en cada piso tenía una puerta de comunicación. Cada habitación tenía tres ventanas, amplias en el interior, y disminuyendo su anchura a través de las gruesas paredes de piedra hasta no ser más que una rendija por el exterior.

Una parte del castillado del techo ya había sido construido. Sobresalía sobre la puerta de entrada, y en la parte que sobresalía había hendiduras a través de las cuales podía cubrirse la fachada de entrada a la torre por un hombre que yaciera allí invisible, mirando directamente hacia abajo.

En una cubeta había piedras dispuestas para ser colocadas, y restos de mortero en la caja. Jubilith asió una paleta y removió experimentalmente en la masa, luego tomó una porción y la extendió sobre la parte superior de la pared sin terminar, tal como se lo había visto hacer a Osser tantas veces. Dejó la paleta y escogió una piedra. Era pesada, más pesada de lo que se había esperado, pero pudo moverla, pudo levantarla, puedo asentarla en forma conveniente sobre el mortero fresco. Limpió el sobrante de las junturas y retrocedió para admirar su obra a la débil luz.

Dos grandes cepos, duros como dientes, fuertes como un huracán, se cerraron sobre su muslo derecho y sobaco izquierdo. Fue alzada en el aire y mantenida indefensa sobre el parapeto sin terminar.

Se quedó enteramente silenciosa, asustada más allá de la posibilidad de emitir un quejido.

—Te dije que no tenías nada que hacer aquí —dijo Osser entre dientes. Tan alto era, tan largos eran sus brazos mientras la mantenía en alto sobre su cabeza, que parecía como si el parapeto estuviera tan lejos como el suelo de más abajo.

Se acercó más hacia el borde y la agitó.

—Te tiraré abajo. La construcción de esta torre es mía, ¿me oyes?

Si hubiera sido capaz de respirar, habría gritado o le hubiera suplicado. Si hubiera gritado o suplicado, la podría haber dejado caer. Pero, aparentemente, su silencio lo sorprendió. Gruñó y la bajó bruscamente. Ella se asió a su hombro para mantener el equilibrio, pero prontamente transfirió su asidero al borde del parapeto. Escondió su cabeza entre los brazos. Su largo y suave cabello cayó sobre su cara, y gimió.

—Te lo advertí —dijo, viéndola al fin realmente. Su voz temblaba. Se acercó hacia ella y extendió su mano. Ella gritó—. ¡Silencio! —rugió. Su gemido quedó cortado por la mitad—. Ah, te lo advertí, Juby. No deberías haber tratado de hacer nada aquí.

Deslizó sus grandes manos sobre el borde del muro, y encontró la piedra que ella había puesto, la que le había costado tanto esfuerzo levantar. Con una mano, la arrancó y la tiró lejos, hacia las sombras del suelo de allá abajo.

—Quería ayudarte —susurró ella.

—¿Es que no lo entiendes? —gritó Osser—. ¡Aquí no construye nadie que quiera ayudar!

Ella se limitó a sacudir la cabeza.

Trató de respirar profundamente y la recorrió un largo estremecimiento. Cuando hubo pasado, se volvió débilmente y se apoyó, su espalda parcialmente arqueada sobre el borde del parapeto, sus manos detrás de ella para evitar la aridez de la piedra. Apartó los cabellos de su cara que cayeron a ambos lados como una ola bajo la proa iluminada por la luz de la aurora. Ella lo miró con una expresión tal de confusión lastimosa que su mermada ira se desvaneció del todo.

Osser bajó los ojos y arrastró un pie como un chiquillo culpable.

—Juby, déjame solo.

Algo que casi era una sonrisa apareció en los labios de ella. Se frotó su brazo dolorido, y luego pasó a su lado, caminando hacia el lugar donde el andamiaje se proyectaba sobre el parapeto.

—Por ahí no —le gritó él—. Ven aquí.

La tomó de la mano y la condujo hacia la escalera en espiral en el centro de la torre. Su interior estaba casi totalmente a oscuras. A ella le pareció que necesitaban una eternidad para descender; estaba a solas en un universo oscuro consistente en un rítmico descenso giratorio, y una fuerte y cálida mano en la suya, asiéndola y guiándola.

Cuando emergieron, él se detuvo bajo el extraño crepúsculo, que era oscuridad para todo el mundo y deslumbrante para ellos, tan embebidos de negrura estaban sus ojos. Ella tiró suavemente, pero él no quiso dejar su mano. Ella se aproximó para ver de cerca su cara. Sus ojos eran grandes y miraban sin ver las lejanas laderas; su ceño estaba fruncido, pero su boca no era cruel, sino indecisa.

Cualquiera que fuese su lucha interior, dejó su cara gradualmente y se transfirió a su mano. Su presión en la suya se hizo firme, dura, intensa, dolorosa.

—¡Osser!

Dejó caer su mano y retrocedió, avergonzado.

—Juby, te llevaré a... Juby, ¿quieres comprender? —Señaló hacia la torre con un ademán.

—¡Oh, sí! —dijo ella.

La miró de cerca, y la airada y perturbada cortedad apareció y desapareció.

—A medio día de aquí, y otro medio día para volver —dijo.

Ella se dio cuenta de que esto era lo más aproximado a una petición a la que podía llegar este hombre feroz y sin alegría.

—Me gustaría comprender —dijo ella.

—Si no lo haces, te mataré —exclamó. Se giró hacia el oeste y empezó a caminar, sin mirar atrás.

Jubilith contempló su partida, y súbitamente hubo una chispa en sus grandes ojos. Se sacó las sandalias, tomándolas en la mano, y corrió ligera y silenciosamente tras él. Osser caminaba con decisión, como los seguros, poderosos dientes de los engranajes de la rueda del molino, y no miraría hacia atrás. Ella se dio cuenta de lo inmensamente importante que para él era el no mirar hacia atrás. Sabía que los hombres que utilizaban la diestra miraban hacia atrás por encima del hombro izquierdo, de modo que se deslizó cercana a él, un poco atrás, un poco a su derecha. ¿Cuánto tardaría, cuánto, hasta mirar para ver si lo estaba siguiendo?

Arriba y arriba por la ladera, hasta la cumbre, por encima... abajo... ¡ah! Justo aquí, justo en el último segundo en el cual se podía volver y mirar sin detener su marcha y aún vislumbrar la base de la torre, donde había estado. Así que él se volvió, y ella pasó a su lado como una pluma llevada por el viento, sin ser vista.

Y él se detuvo, mirando hacia atrás, estirándose. Sus hombros se hundieron, y se giró con lentitud para volver otra vez a su camino, y allí, ante él, estaba Jubilith.

Ella se rió.

Su mandíbula cayó, y luego sus labios se juntaron formando una delgada línea de ira. Por un momento se quedó contemplándola; y súbitamente, casi en contra de su voluntad, se escapó de él una áspera carcajada. Ella extendió la mano y él se aproximó, la tomó, y continuaron juntos su camino.

Llegaron a un pueblo cuando ya era muy tarde y muy oscuro, y Osser lo rodeó. Llegaron a otro, y Jubilith pensó que haría lo mismo, puesto que se encaminó hacia el sur; pero cuando hubieron pasado, giró otra vez hacia el norte.

—Seremos vistos —explicó ceñudamente—, pero seremos vistos llegando desde el sur y partiendo hacia el norte.

Ella no quiso preguntarle a dónde la estaba llevando, o por qué estaba efectuando estas elaboradas maniobras, pero ya casi se había formado una idea. Lo que había en el oeste era... no exactamente prohibido, pero, digamos, evitado. Se suponía que no había nada en esa comarca que pudiera ser interesante. Cualquiera que tomara ese camino sería recordado con toda seguridad.

Así que atravesaron el pueblo, y cenaron rápidamente en una posada, y marcharon hacia el norte, y una vez en la oscuridad, se desviaron otra vez hacia el oeste. En un bosque tan oscuro que ella había tomado su mano otra vez, él se detuvo y encendió un fuego. Osser dispuso sobre el suelo varias ramas flexibles y un tupido montón de helechos, y esa fue la cama de ella. Él durmió sentado, su espalda contra un tronco de árbol, con Jubilith entre él y el fuego.

Jubilith se despertó dos veces durante la larga noche, una vez para verlo con los ojos cerrados, pero con la sensación de que no estaba dormido; y otra vez para verlo con los ojos abiertos y las agonizantes llamas fluctuando en sus pupilas, y ella pensó entonces que estaba dormido, o al menos no con ella, sino perdido en las imágenes que las llamas pintaban.

Continuaron la marcha por la mañana, recogiendo bayas para desayunar, lavándose en un arroyo cantarín. Y, durante la jornada entera, nada pasó entre ellos excepto las lacónicas frases necesarias: «Tú primero.» «Cuidado, no caigas.» «¿Estás cansada?»

Porque había algo en Jubilith que hacía innecesarias las explicaciones. Aunque no sabía a dónde estaban yendo, o por qué, ella comprendía lo que debía hacerse para conseguir estar de acuerdo con sus deseos: marchar inmediatamente, tan deprisa como fuera posible, sin ser vistos por nadie.

Jubilith hizo solamente lo que podía ser de ayuda y no lo molestó con preguntas que seguramente serían contestadas a su debido tiempo. Así: «Aquí hay bayas.» «¡Mira, un pájaro rojo!» «¿Podemos atravesar por aquí o damos la vuelta?» Y nada más.

  

Marcharon fácilmente, el tiempo era bueno, y a media mañana habían llegado a la agreste comarca de las Colinas Retorcidas. Jubilith las había visto desde lejos, grandes y quebrados montículos y masas contra el cielo del oeste, pero nadie iba allí, y ella no sabía nada sobre las mismas.

Ahora se hallaban en terreno abierto, y Jubilith lamentó el haber dejado el color y la viveza del bosque. Aquí las hierbas eran extrañas, similares pero no parecidas a las que había cerca de su pueblo. Eran más altas, enfermizas, y algunas tenían feas flores azules. Había lugares en los que el terreno estaba al descubierto, agrietado por canales producidos por la lluvia, como si una poderosa mano hubiera arrojado ácido contra el suelo. Había pocos insectos y ningún animal que ella pudiera ver, y los pájaros no cantaban. Era un lugar de gran tristeza más que de terror; había poco que temer, pero mucho para afligirse.

A mediodía, se encontraron ante una enorme y curvada loma, cubierta de piedras rotas. Parecía como si la tierra misma se hubiera levantado y retrocedido ante algo oculto en el otro lado, algo que no deseaba tocar. Osser aceleró el paso cuando empezaron a subir, aunque la marcha era dura. Jubilith se dio cuenta de que ya estaban cerca del final del viaje, y sin quejarse se esforzó para seguir su marcha.

En la cima hicieron una pausa, dedicando su atención primero a recobrar el aliento, y luego, gradualmente, a la escena que tenían ante ellos.

La loma sobre la que se hallaban casi era circular, y tal vez tenía un diámetro de dos kilómetros. En su centro había un pequeño lago redondo de raras orillas desnudas. Lo rodeaban montones de cascotes por todos lados, y más allá habían trozos de piedra.

Pero fue la siguiente zona la que llamó su atención. La distribución de la maleza desafiaba toda descripción. Grandes y retorcidas tramas y costillas de reluciente metal se entretejían entre los inclinados montones de tierra y ladrillos. Cerca, medio acre de piedra laminada se erguía en un lado como un plato en una masa de barro. Lo que podría haber sido un edificio más alto de lo que nunca había oído hablar Jubilith yacía sobre un lado, destrozado y combado.

Gradualmente ella empezó a darse cuenta de la peculiaridad de aquel lugar. Las ruinas más grandes yacían todas en líneas que conducían directamente al lago en una monstruosa destrucción radial.

—¿Qué lugar es este? —preguntó ella finalmente.

—No lo sé —gruñó él, pasando el borde y deslizándose por la empinada ladera. Cuando ella lo alcanzó cerca del fondo, añadió—: Esto es así durante kilómetros, al norte y al oeste de aquí, mucho más grandes. Pero este es el que hemos venido a ver. Vamos.

Osser miró hacia la derecha e izquierda como si tratara de orientarse, y entonces se introdujo en la dura y áspera maleza que trataba vanamente de cubrir esos torturados huesos de metal. Ella lo siguió tan de cerca como pudo, golpeando las ramas que él apartaba y que volvían a su posición original azotando como látigos.

Justo frente a ella, Osser dobló la esquina de un bloque de piedra, y cuando ella llegó, un segundo más tarde, había desaparecido.

Se detuvo, dio una vuelta, y dio otra. Polvo, cizaña, ruinas solitarias y desoladas. No se veía rastro de Osser. Se apretó contra la piedra, sus ojos abiertos.

La maleza cercana se estremeció, apartándose. Apareció la cabeza de Osser.

—¿Qué te ocurre? ¡Vamos! —dijo ásperamente.

Jubilith controló un impulso de gritar y de correr hacia él, y avanzó silenciosamente. Osser apartó la maleza por un momento, y ella pudo ver detrás de él un negro agujero con rotos escalones de sentido descendente.

Jubilith titubeó, pero él movió su cabeza impacientemente, y ella pasó frente a él, iniciando el descenso. Cuando la siguió, su ancho cuerpo bloqueó la luz. La oscuridad era tan densa que los ojos le dolían.

Osser la empujó en la espalda.

—¡Continúa, continúa!

Llegó al pie de las escaleras más pronto de lo que había esperado y sus rodillas se doblaron al querer continuar bajando el escalón que no estaba allí. Se tambaleó, casi a punto de caerse, y luego consiguió apoyarse en la pared lateral recuperando su equilibrio y temblando.

—Espera —dijo él, y su indomable sonrisa retorció los lados de su boca. ¡Cómo si ella pudiera irse a algún sitio!

Jubilith oyó como tanteaba por los alrededores, y entonces, súbitamente, hubo un doloroso resplandor que la hizo gritar y tapar su cara con las manos.

—Mira —dijo él—. Quiero que veas esto. Tómalo.

Puso en sus manos un cilindro que era largo como la mitad de su antebrazo. En uno de sus extremos había una lente por la cual brotaba la luz blancoazulada.

—Mira esta pequeña cosa de aquí —dijo él, y apretó una protuberancia en un lado del cilindro. La luz desapareció, volvió a brillar otra vez.

Jubilith se rió regocijada, tomó el cilindro y jugueteó con la luz de un lado para otro en la oscuridad, encendiéndola y apagándola.

—¡Es maravilloso! —gritó—. ¡Oh, maravilloso!

—Quédate con este —dijo él, complacido. Le entregó otra lámpara, cambiándola por la que ella tenía—. No va tan bien, pero nos ayudará. Yo iré el primero.

Ella tomó la segunda lámpara y la probó. Funcionaba en la misma forma, pero la luz era anaranjada y débil. Osser caminó hacia adelante, siguiendo un pasaje inclinado. Al principio había una gran cantidad de cascotes bajo sus pies, pero muy pronto el camino estuvo despejado y siguieron hacia adelante y hacia abajo. Osser continuaba confiado, y ella supo que él había estado antes allí, probablemente muchas veces.

—Aquí —dijo él, deteniéndose a esperarla. Su voz resonó extrañamente, vibrante de excitación controlada.

Orientó su lámpara al frente, moviéndola de un lado a otro.

Se hallaban en la entrada de una estancia. Tenía tres veces la altura de un hombre, y era tan grande como el granero de su pueblo. Ella contempló a su alrededor, asombrada.

—Vamos —dijo Osser otra vez, y caminaron hacia la esquina más lejana.

Allí había un objeto macizo, parecido a una caja. Un panel, a la altura de los ojos, era de una sustancia suave y de color lechoso, el resto de metal negro. Frente al mismo, proyectándose del suelo, había una palanca. Osser la asió confiadamente y tiró de la misma. Cedió lentamente, y volvió a su posición original. Osser tiró otra vez. La caja emitió un chirrido sordo. Osser tiró, soltó, tiró, soltó, cada vez un poco más deprisa. El sonido aumentó de tono, más y más alto.

—Apaga tu luz —dijo él.

Ella lo hizo y la negrura saltó sobre ellos. A medida que sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, Jubilith advirtió que una luz plateada fluctuaba ante ella, y se dio cuenta de que provenía del panel blanquecino de la caja. Mientras Osser tiraba de la palanca y el quejido aumentaba de tono, el cuadrado se hizo lo bastante brillante como para que ella pudiera ver sus propias manos.

Y entonces... las imágenes.

Jubilith nunca había visto imágenes como aquéllas. Por una parte, se movían; por otra, no tenían color. Todo lo que había en ellas era blanco y negro y tonos grises. A pesar de ello, todo lo que mostraban parecía muy real.

Al principio no, porque las imágenes fluctuaban y se detenían, y luego se sucedieron lentamente mientras Osser accionaba la palanca más y más deprisa. Pero al final la imagen se estabilizó, y Osser mantuvo la palanca a la misma velocidad, moviéndola con aparente facilidad casi dos veces por segundo, mientras el quejido en el interior de la caja se convertía en un constante y suave gemido.

La imagen mostraba una bola girando ante una cortina negra, tachonada de puntos relucientes. La bola aumentó de tamaño hasta llenar la pantalla, y continuó aproximándose, y Jubilith súbitamente tuvo la sensación de que estaba cayendo a una velocidad tremenda desde una altura inimaginable. La escena descendió más y más, hasta que al final la superficie empezó a tomar las cualidades de una vista a ojo de pájaro. Vio un río y lagos, y una gran cadena de colinas...

Y, finalmente, la ciudad.

Era una ciudad más allá de la fantasía, más grande y más elaborada de lo que uno podría llegar a imaginarse. Sus torres se alzaban hacia el cielo para perforar las mismas nubes... algunas lo hacían en realidad. Tenía anchas rampas sobre las que hormigueaba el tráfico, grandes puentes de lado a lado del río, parques rodeados por edificios que eran como inmensos acantilados. El ojo plateado se acercó aún más a la escena, y ella se dio cuenta de que el tráfico se movía más rápido que un pájaro, más rápido que el viento. Los vehículos eran bajos, estilizados y eficientes.

Y en las aceras había gente, y la escena giró y se detuvo y los mostró. Iban vestidos elaboradamente y bien alimentados; parecían tener prisa pero al mismo tiempo guardaban un orden. Había una plaza en la que tal vez un millar de ellos, vestidos todos igual, estaban distribuidos en líneas tan rectas como una cuerda tensada. Mientras los contemplaba, empezaron a moverse todos juntos, un millar de piernas izquierdas avanzando hacia adelante, un millar de brazos derechos oscilando hacia atrás.

Hacia arriba, entonces, y más visión de la ciudad, más y más, hasta que la sensación de asombro llenó sus pulmones y ella casi no podía respirar; y aún más, kilómetros de la misma. Y finalmente un gran espacio abierto que parecía estar cruzado por caminos, pero ¡qué inimaginables caminos! Cada uno era tan ancho como su pueblo entero y tenía kilómetros de largo. Y, sobre esos caminos, grandes máquinas parecidas a pájaros se inclinaban hacia abajo y se posaban en el suelo y avanzaban, y giraban y corrían y se elevaban en el aire, docenas de ellas a cada minuto. La escena se aproximó otra vez, y fue como si ella se encontrara en una de esas máquinas; pero no tomó tierra. Se desplazó más allá de los enormes y atareados cruces de los caminos, dirigiéndose hacia la línea de la costa.

Y allí estaban los buques, buques tan largos como eran altos los más grandes edificios, y cúmulos, docenas de otros navíos trabajando y humeando, afanados sobre el agua gris. Enormes máquinas se acuclillaban sobre los buques y alzaban sus cargas; pequeñas, ágiles máquinas se deslizaban sobre los muelles y entre los almacenes.

Luego, finalmente, la escena se desvaneció mientras el ojo mágico ascendía más y más, vertiginosamente. Los detalles desaparecieron, y las nubes aparecieron y quedaron abajo, y al final la escena fue un disco y luego una esfera flotando en el espacio salpicado por la luz de las estrellas.

Osser soltó la palanca y esta volvió a su posición original. El gemido descendió rápidamente de tono, y el movimiento en la pantalla se hizo lento, fluctuó, disminuyó y se apagó.

Jubilith se dejó rodear por la oscuridad. Su mente giraba y se estremecía debido al impacto de lo que había visto. Se recuperó lentamente. Se dio cuenta de la dificultosa respiración de Osser. Encendió la débil luz anaranjada de su antorcha y lo miró. Osser la estaba observando.

—¿Qué era eso? —preguntó.

—Lo que quería enseñarte.

Jubilith pensó profundamente. Pensó sobre su torre, sobre su negativa a que ella trabajara en la misma, sobre su crueldad para aquellos que lo habían hecho. Lo miró a él y a la apagada pantalla. Y esto era lo que había de proporcionar la razón.

Jubilith sacudió la cabeza.

Osser se agachó lentamente y se acurrucó como un animal, tensamente doblado, sus rodillas en sus sobacos. Esto levantaba y retorcía sus fuertes brazos. Descansó los nudillos sobre el suelo. La miró furiosamente y no dijo nada. Estaba esperando.

En el camino, él había dicho «Te mataré si no lo comprendes». Pero él no lo haría realmente, ¿verdad? ¿Lo haría?

Si él se hubiera erguido ante ella, vociferando y gritando, no habría tenido miedo. Pero acurrucado allí, esperando, silencioso, con sus grandes brazos doblados hacia fuera en esa forma, era como alguna paciente bestia de presa.

Jubilith apagó la luz para borrar la visión, e inmediatamente se quedó sin habla por el terror de la idea de que estuviera sentado tan cerca en la oscuridad, esperando. Podía correr; era tan rápida... pero no, acurrucado como estaba, podía saltar y aferraría antes de que ella pudiera tensar un músculo.

Miró otra vez hacia la pantalla apagada.

—¿Querrás... decirme una cosa? —dijo ella estremeciéndose.

—Tal vez.

—Entonces, dime: Cuando viste eso por primera vez, ¿lo comprendiste? ¿La primera vez?

Su expresión no cambió. Pero se relajó lentamente. Se meció de un lado a otro, se sentó, extendiendo sus piernas. Era un hombre otra vez, no un monstruo. Ella tembló, controlándose luego.

—Necesité mucho tiempo y varias visitas —dijo él—. No te debería haber exigido que lo comprendieras en el acto.

Ella aceptó una vez más el tímido medio paso hacia una excusa, y se sintió agradecida.

—Esos eran mujeres y hombres como nosotros —dijo él—. ¿Lo viste? Como nosotros.

—Sus vestidos...

—Como nosotros —insistió él—. ¡Claro que vestían diferente, vivían diferente! En un mundo como ese, ¿por qué no? ¡Ah, como construían, como construían!

—Sí —susurró ella. Esas torres, los vehículos relucientes, rápidos, el millar que se movían como uno...— ¿Quienes eran?

—¿No lo sabes? ¡Piensa, piensa!

—Osser, quiero comprender. ¡De verdad que lo deseo!

Ella buscó frenéticamente el decir la frase correcta, la oportunidad de capturar esa cosa elusiva que era tan terriblemente importante para él. Durante toda su vida, ella había obtenido las respuestas para las cuestiones que había querido comprender. Lo único que había tenido que hacer siempre era cerrar los ojos y pensar en el problema y las respuestas llegaban pronto.

Pero no en este problema.

—Osser —suplicó—, ¿dónde está la ciudad, la gran y complicada ciudad?

—Di, «¿dónde estaba?» —gruñó él.

Jubilith comprendió su pensamiento y exclamó:

—¿Esto? ¿Estas ruinas, Osser?

—Ah —dijo él con aprobación—. Se da uno cuenta lentamente, ¿verdad? No, Juby. Aquí no. Lo que había aquí era un pueblo comparado con la gran ciudad. Al norte y al oeste, ya te lo dije, ¿no es verdad? Durante kilómetros. Tan grande que... tan grande... —Extendió los brazos, dejándolos caer desvalidamente. Repentinamente se inclinó hacia ella, empezando a hablar rápida, febrilmente—. Juby, esa ciudad, ese mundo, fue construido por gente. ¿Por qué construían ellos y nosotros no lo hacemos? ¿Cuál es la diferencia entre esa gente y nosotros?

—Debían tener...

—No tenían nada que nosotros no tengamos. Son la misma clase de gente; utilizaban algo que nosotros no hemos estado usando. Juby, yo he conseguido ese algo. Puedo construir. Puedo hacer que otros construyan.

Una imagen mental de la torre relució ante ella.

—Tú construyes con odio —dijo ella pensativa—. ¿Es eso lo que ellos tenían... crueldad, brutalidad, odio?

—¡Sí!

—¡No lo creo! ¡No creo que nadie pudiera vivir con tanto odio!

—Tal vez no. Tal vez no lo tenían. Pero construían con él. Construían porque algunos hombres podían azotar a otros para que construyeran por ellos, edificando más alto y más rápido de lo que nunca podrían hacer los buenos vecinos ayudándose los unos a los otros.

—¡Odiarían al hombre que los hiciera construir así!

Las manos de Osser chasquearon cuando las apretó juntas. Se rió, y los ecos tomaron de esa risa todo lo desagradable y llenaron con ella los alejados rincones de la estancia.

—Lo odiarían —convino él—. Pero él es fuerte. Ya era fuerte en el primer momento, al obligarlos a edificar, y aún era más fuerte después debido a lo que habían construido para él. ¿Sabes cuál es la única forma en que pueden expresar su odio, una vez se dan cuenta de que es demasiado fuerte para ellos?

Jubilith agitó la cabeza.

—Construyendo —dijo él, riéndose entre dientes—. Edificando más alto y más deprisa que él. Buscando entre ellos al hombre más fuerte y pidiéndole que los azote para tal fin. Esa es la manera de levantar una gran ciudad. Un hombre fuerte construye, y hombres fuertes lo siguen, y pronto el hombre más fuerte hace que todos los otros efectúen su trabajo. ¿Lo entiendes?

—¿Y los otros..., los débiles?

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó con desdén—. Hay más débiles que fuertes, por lo tanto hay más manos para hacer el trabajo del hombre fuerte. ¿Y por qué no deberían hacerlo? ¿Acaso no obtienen una ciudad en donde vivir cuando ésta ha sido construida? ¿Acaso no van montados en rápidos y brillantes transportadores y vuelan a través del aire en sus máquinas-pájaros?

—¿Serían... felices? —preguntó ella.

Osser la miró perplejo.

—¿Felices? —Golpeó con un puño su otra mano abierta—. ¿Tenían una ciudad? —Las palabras fluían rápidamente de sus labios—. ¿Cómo vives, tú y el resto del pueblo? ¿Qué es lo que haces cuando quieres un pozo, un jardín, alimentos obtenidos del suelo?

—Cavo en la tierra —dijo ella—. Planto y riego y quito las malas hierbas.

—¿Supón que quieres un arado?

—Me hago uno. O trabajo para alguien que tiene uno.

—Uh —gruñó él—. Y allí estáis, cientos como tú en el pueblo, cada uno plantando un poco, forjando un poco, confeccionando y cortando y edificando un poco. Cada uno hace de todo excepto unos cuantos —¿cuatro, cinco?— el curtidor, el viejo Griak que hace tacos de madera para las vigas de las casas, y uno o dos más.

—Les gusta hacer un solo trabajo. Pero todo el mundo puede hacer cualquier trabajo. Cuidamos de esos pocos. Alguien ha de mantener las artes.

—Pon a un hombre fuerte en el pueblo —resopló él—y dale hombres fuertes para hacer lo que quiera. Consigue diez ciudadanos y haz que todos ellos planten al mismo tiempo. ¡Tendrás alimentos para cincuenta, no para diez!

—¡Pero eso sería superfluo!

—No lo sería, porque todo pertenecería al cabecilla. Lo repartiría como a él le pareciese, una parte para los que le obedecieron, nada para los que no lo hicieron. La que quedara se lo podría guardar para traficarlo a cambio de continuar edificando. Muy pronto tendría la mayor casa y los mejores animales y las mujeres más bellas. Y surgiría una ciudad... ¡una ciudad! Y el hombre fuerte les daría las mejores cosas si trabajaban duro, y los protegería.

—¿Los protegería? ¿Contra qué?

—Contra los otros hombres fuertes. Habría otros.

—Y tú...

—Yo seré el más fuerte de todos —dijo él orgullosamente. Señaló a la caja—. Una vez fuimos un gran pueblo. Ahora somos hormigas, menos que hormigas, porque al menos las hormigas trabajan unidas para un propósito común. Yo haré que seamos grandes otra vez —su cabeza reposó en su mano y miró sombríamente a la oscuridad—. Algo le ocurrió a este mundo. Algo destrozó las ciudades y a la gente y los rebajó a lo que son hoy en día. Algo se quebró dentro de ellos, y ya no se atrevieron más a ser grandes. Bien, lo serán. Yo tengo ese algo extra que les fue destrozado.

—¿Qué fue lo que los destrozó?

—¿Quién lo sabe? No lo sé. Tampoco me importa —la golpeó con el dedo índice para dar más énfasis—. Todo lo que me importa es esto: Fueron destrozados debido a que no eran lo suficientemente fuertes. Yo seré tan fuerte que no podré ser destrozado.

—Un estómago sólo puede contener una cierta cantidad —dijo ella—. Un hombre durmiendo necesita un cierto espacio. Uno va cómodo con cierta cantidad de ropa. ¿Por qué quieres más de lo necesario, Osser?

Ella se dio cuenta de que él estaba molesto, y supo, también, que estaba considerando la pregunta con toda sinceridad.

—Porque quiero... quiero ser fuerte —dijo él con voz tensa.

—Ya eres fuerte.

—¿Quién lo sabe? —rugió él, y los ecos cuchichearon y susurraron.

—Yo. Wrenn. Sussten. El poblado entero.

—Lo sabrá todo el mundo. Todos harán cosas para mí.

Ella pensó, pero cada cual hace las cosas para uno mismo, en todo el mundo. Excepto, añadió, los que no pueden...

Con este pensamiento, ella lo miró, viendo sus hombros como robles, su poderosa y amarga boca. Tocó las magulladuras que le habían hecho sus manos, y los principios de la comprensión que ella había estado buscando la abandonaron completamente.

—Tu torre... —dijo ella ofuscada—, será mejor que vuelvas allí.

—El trabajo continúa —dijo él, sonriendo con los labios apretados—, tanto si estoy allí como no, mientras no sepan mis planes. Están asustados. Pero... sí, ahora podemos irnos.

Levantándose, apretó el interruptor de su antorcha. Brilló blancoazulada, cambió al débil naranja de la de Jubilith, y luego se apagó.

—La luz...

—No te preocupes —dijo Jubilith—. Tengo la mía.

—Cuando están así, tan débiles, uno no puede decir cuando se apagarán. Vamos, ¡deprisa! Este lugar está lleno de corredores; sin luz, podríamos estar perdidos aquí durante días.

Ella miró a su alrededor, a las densas sombras.

—Haz que funcione otra vez —sugirió ella.

Osser miró a la apagada antorcha en su mano.

—Tú —dijo escuetamente. Le tiró la lámpara. Ella la tomó con su mano libre, puso su lámpara en el suelo, y acercó la que no funcionaba de manera que quedara iluminada por el menguante resplandor anaranjado. Le dio la vuelta dos veces, palpando sensitivamente con sus manos en vez de hacerlo solamente con la punta de los dedos. Se detuvo y cerró los ojos; y entonces se le ocurrió, y asió un extremo con su mano derecha y el otro con la izquierda, haciendo torsión.

Hubo un débil click y el armazón exterior de la lámpara se separó. Ella apartó la parte posterior; estaba vacía. Todo el mecanismo estaba sujeto a la parte de la lente y estaba ahora al descubierto.

Lo hizo girar cuidadosamente, procurando no tocarlo. Volvió a cerrar los ojos y pensó, y al final se inclinó y lo examinó de cerca. Asintió, tanteó en su cabello, y se quitó una horquilla de cobre. Se inclinó y rompió una pequeña parte de la misma y la insertó cuidadosamente en el mecanismo de la luz. Con mucho cuidado, separó dos pequeños trozos de alambre, la hundió un poco más, prendió una pequeña esfera blanca y la extrajo.

—Qué pena —murmuró ella.

—¿Qué pena qué?

—Es un huevo de araña —dijo ella con tristeza—. Luchan tanto para salvarlos; y esta ya nunca nacerá ahora. Se ha quemado.

Tomó las dos partes de la lámpara, las unió e hizo torsión hasta que quedaron unidas con un click. Le entregó la lámpara a Osser.

—Has perdido el tiempo —se quejó él, hoscamente.

—No, no lo he perdido —dijo ella—. Tendremos luz ahora.

Osser apretó el botón de la lámpara. La brillante y confortadora luz blanca brotó de la misma.

—Sí —admitió él quedamente.

Observando su cara mientras manipulaba la antorcha, Jubilith supo que si pudiera leer lo que tenía en su mente en ese segundo, tendría la respuesta a todo lo que se refería a él. No pudo sin embargo, y él no dijo nada, ya que sólo la guió a través de la estancia hacia el oscuro corredor.

Osser se mantuvo en silencio todo el camino hasta llegar a los quebrados escalones.

Estaban a medio camino del exterior, dejando que sus ojos se acostumbraran a la luz del día que se vertía sobre ellos, y él dijo:

—Ni siquiera probaste la lámpara para ver si funcionaba, después de quitar ese huevo.

—Sabía que funcionaría —ella lo miró, asombrada—. Estás furioso.

—Sí —dijo él.

Osser tomó la lámpara de ella y la suya y las dejó en un nicho de la pared de las arruinadas escaleras, y subieron hacia la luz del mediodía. El resplandor casi era intolerable, ya que los dos soles estaban en sizigia, el enano blanco azulado resplandeciendo a través de la gran y pálida masa gaseosa del gigante, de forma que conjuntamente solo producían una única sombra.

—Hará calor esta tarde —dijo ella, pero él continuó en silencio, hundido en alguna amargura personal, de manera que ella lo siguió sin tratar de conversar.

La vieja Oyva se agitó adormecida en su silla de tomar el sol, y súbitamente se sentó erguida.

Jubilith se acercó a ella, pálida y erguida.

—¿Eres Oyva?

—Lo soy, Jubilith —dijo la mujer vieja—. Sabía que volverías, querida. Me duele el corazón por ti.

—¿Está aquí?

—Sí. Acaba de volver de un viaje. Lo encontrarás cansado.

—Tendría que haberse quedado aquí, con todo lo que ha ocurrido —dijo Jubilith.

—Tendría que haber hecho exactamente lo que ha hecho —declaró Oyva bruscamente.

Jubilith se dio cuenta de la enormidad de su rudeza, y notó un sabor amargo en la boca. Uno no criticaba las idas y venidas de Wrenn.

Se enfrentó a Oyva y cerró los ojos humildemente.

Oyva la tocó.

—No te preocupes, niña. Sé que estás angustiada. ¡Wrenn! —gritó—. ¡Está aquí!

—Entra, Jubilith —dijo la voz de Wrenn desde el interior de la casa.

—¿Lo sabe? ¡Nadie sabía que venía aquí!

—Lo sabe —dijo Oyva—. Ve, niña.

Jubilith entró en la casa. Wrenn estaba sentado en un rincón. El instrumento musical había desaparecido. Aparte de los almohadones, no había nada más en la habitación.

Wrenn le sonrió dulce y comprensivamente.

—Jubilith —dijo—. Acércate —tenía un aspecto tenso y pálido, aunque atento. Puso un almohadón a su lado y ella se aproximó lentamente y se sentó en él.

Wrenn no dijo nada, y cuando ella estuvo segura de que era debido a que él estaba esperando que hablara, dijo:

—Algunas cosas no pueden ser comprendidas.

—Cierto —convino él.

—¿Es que nunca hay cambios? —dijo ella, retorciéndose las manos.

—Siempre —dijo él—. A su debido tiempo.

—Osser...

—Muy pronto todo el mundo comprenderá a Osser.

Jubilith hizo acopio de valor, diciendo:

—Puede que no sea lo suficiente pronto. Debo comprender a Osser ahora.

—¿Antes que los demás? —preguntó él suavemente.

—Que todo el mundo lo sepa ahora.

Wrenn negó con la cabeza sin dejar lugar a ninguna súplica.

—Entonces que lo sepa yo. Seré una parte de ti y solamente te hablaré a ti de ello.

—¿Por qué deseas comprender?

Ella se estremeció. No por frío, o por temor, sino simplemente por la oleada de una gran emoción.

—Lo amo —dijo ella—. Y amar es guardar y proteger. Me necesita.

—Ve con él, pues —pero ella permaneció sentada donde estaba, sus grandes ojos mirando al suelo, llorando. Wrenn dijo—: Hay algo más, ¿verdad?

—Yo amo... —extendió un brazo en un gesto que comprendía a Wrenn, la casa, el pueblo—. Yo también amo a la gente, los jardines, las casitas; la forma en que vamos y volvemos, y cantamos, y hacemos música, y hacemos nuestras propias herramientas y vestidos. Amar es guardar y proteger... y yo amo esas cosas, y yo amo a Osser. Puedo destruir a Osser, porque él no lo esperaría de mí; y, si lo hiciera, os estaría protegiendo a todos. Pero si lo protejo a él, os destruirá a vosotros. No hay respuesta para este problema, Wrenn —gritó angustiada—, ¡es un camino con un precipicio a cada extremo, y no hay forma de quedarse a medio camino!

—¿Y el comprenderlo a él sería una respuesta?

—¡No hay ninguna otra! —alzó la cara hacia él, implorando—. Osser es fuerte, Wrenn, con algo nuevo en él, algo que no tenemos ninguno de los demás. Me lo ha explicado. Es algo que puede cambiarnos, hacernos formar parte de él. Quiere edificar ciudades con nuestras manos, sobre nuestros cuerpos destrozados si es que nos resistimos. Quiere que seamos un gran pueblo otra vez... dice que una vez lo fuimos y que perdimos nuestra grandeza.

—¿Y tú consideras eso como una grandeza, Jubilith? ¿Las torres, las máquinas-pájaros?

—¿Cómo lo sabes...? ¿Grandeza? No lo sé, no lo sé —dijo ella, y lloró—. Lo amo, y él desea edificar una ciudad con un deseo más grande de lo que nunca he conocido o haya oído hablar antes. ¿Podría hacerlo, Wrenn? ¿Podría hacerlo?

—Podría —dijo Wrenn con calma.

—Ahora está en el pueblo. Con él están los que le edificaron la torre. Lo rodean, odiando estar a su lado y temerosos de irse. Los envió uno por uno para que dijeran a toda la gente que mañana habían de ir al pie de las colinas, para empezar a trabajar en su ciudad. Quiere que en cien días se haya construido lo suficiente para albergarlos a todos, porque entonces, dice él, quemará este pueblo a ras del suelo. ¿Por qué, Wrenn, por qué?

—Quizá —dijo Wrenn—, para que todos podamos enfrentarnos a su esfuerzo y rendirnos al mismo. Un hombre que pudiera trasladar un pueblo entero en cien días, sólo para mostrar su fuerza, sería ciertamente un hombre fuerte.

—¿Qué es lo que debemos hacer?

—Creo que debemos ir al pie de las colinas mañana y empezar a edificar.

Jubilith se levantó y se dirigió a la puerta.

—Ahora sé lo que debo hacer —susurró ella—. Ya no trataré más de comprender. Iré y lo ayudaré.

—Sí, ve —dijo Wrenn—. Te necesitará.

Jubilith estaba al lado de Osser en el parapeto, y junto con él contemplaba la moteada aurora. El cielo entero llameaba con la aparición de la luz del sol rojo, aunque el sol blanco lo precedía en el firmamento, y las sombras que producía se destacaban entre las del otro. Los pájaros se llamaban y chachareaban en la Arboleda del Cielo, y en lo profundo de la maleza los murciélagos de dos metros gruñían mientras se preparaban para dormir.

—¿Supón que no vinieran? —preguntó ella.

—Vendrán —dijo él ceñudamente—. Jubilith, ¿por qué estás aquí?

—No sé lo que estás haciendo, Osser. Ni siquiera sé si lo que haces está bien o si vas a lograr seguir adelante. Sé que habrá dolor y dificultades y yo... yo he venido a mantenerte a salvo, si puedo... Te amo.

Osser la contempló desde lo alto de su estatura, tan recio y oscuro ante ella como lo era su torre al pie de las colinas. Un lado de su boca se crispó.

—Pequeña mariposa —dijo él suavemente—, ¿crees que puedes guardarme a mí?

Toda la belleza de ella se vertió sobre él a través de su hermoso rostro, y por un momento su mundo tuvo tres soles en vez de dos. Los brazos de él la rodearon. Entonces su gran voz estalló en dos sílabas de poderosa risa. La levantó, llevándola consigo, y saltó sobre el parapeto.

Profundamente agitada, ella siguió su mirada.

Una neblinosa parte del sol rojo sobresalía del horizonte en dirección al pueblo, y silueteado contra el mismo llegaba la vanguardia de la procesión. Llegaron y llegaron, los jóvenes del pueblo, los padres. Las mujeres iban con ellos también, y todo lo que había en el pueblo que tuviera ruedas, carros, carretas, carritos de vendedores y de los niños. Una resoplante yunta de bueyes-tigre arrastraba una barca de piedra pesadamente cargada, y los hombres se repartían los bultos que oscilaban en el centro de largos palos.

Osser hizo una mueca.

—Ya lo ves —dijo él, como si hablara consigo mismo—. Hacen la única cosa que se les ha ocurrido pensar. Empújalos, y ceden. ¡Estúpidos! —escupió—. Bueno, un día, alguno se resistirá. Y cuando lo haga, lo domaré, y después lo utilizaré. Mientras tanto, tengo un millar de manos y una sola mente. Ahora nos dedicaremos a construir —canturreó—. Cuando hayan construido, sabrán lo que no saben ahora: que son hombres.

—Han venido todos —suspiró Jubilith—. Todos. Osser...

—Silencio —dijo él, inclinándose en el viento para observar, recreándose. Con la sensación de sus fuertes manos aún en su espalda, ella descubrió con un impacto aplastante de que no había sitio en su corazón para ella cuando pensaba en sus edificios. Y ella supo que nunca lo habría, excepto tal vez en algunos momentos robados, un toque al pasar. Con el dolor de la realización llegó la certeza de que ella permanecería siempre a su lado, aún por tan poco.

La procesión desapareció de su vista, luego apareció lentamente continuando sobre y por la pendiente de la colina más próxima, acercándose a la torre. Se dispersó y agrupó al pie de la pendiente, mientras los hombres se esparcían, comprobando el suelo con sus picos, observando el terreno en su color y vegetación y desecamiento... ¿Era eso lo que estaban haciendo?

Osser apoyó sus codos sobre el parapeto y agitó la cabeza compadeciéndose de su ineficiencia. ¡Vaya forma de actuar para planear donde poner una casa! Sus propias casas. Bien, les dejaría corretear hasta que estuvieran completamente confundidos, y entonces bajaría y les diría como tenían que hacerlo. Los hombres confusos son hombres dóciles; los hombres que luchan contra sí mismos son más fáciles de manipular desde el exterior.

A su lado, Jubilith emitió un sonido entrecortado.

—¿Qué ocurre?

Ella señaló.

—Allí, enviando a los hombres hacia este lado. ¿Lo ves, en el bote de piedra? ¡Es Wrenn!

—Tonterías —dijo Osser—. Wrenn nunca dejaría su casa. No para mezclarse con gente que está sudando. Sólo tiene tratos con la gente que le dice que tiene razón antes de que pueda hablar.

—¡Es Wrenn, lo es, lo es! —gritó Jubilith. Se aferró a su brazo—. ¡Osser, tengo miedo!

—¿Miedo? ¿Miedo de qué...? Por el mismo Sol Rojo, es Wrenn, diciendo a los hombres lo que deben hacer como si ésta fuera su ciudad —se rió—. Hay muy pocos aquí que sean fuertes, Juby, pero él es el más fuerte que hay. ¡Y míralo tomándose prerrogativas!

—Tengo miedo —gimió Jubilith.

—Saltan cuando él se lo ordena —dijo Osser reflexivamente, poniéndose la mano como visera sobre los ojos—. Tal vez hice mal en dejar que se cansaran antes de ayudarlos a hacer las cosas bien. Con un hombre como él para empujarlos... Umm. Creo que lo haremos bien a la primera vez.

Se apartó del parapeto y se dirigió hacia la escalera.

—¡Osser, no, por favor! —suplicó ella.

Se detuvo para darle una mirada que parecía igual que si le tirara una piedra.

—No conseguirás que cambie de idea, Juby, y sólo te harás daño si insistes demasiado —entró en el hueco de la escalera, descendiendo tres, cinco escalones...

Gruñó, deteniéndose.

Jubilith caminó lentamente hasta la escalera. Osser se hallaba en el sexto escalón, sobre la punta de los dedos de sus pies. Imposible sobre la punta: los extremos de sus sandalias casi no tocaban el escalón.

Osser apretó la mandíbula y colocó sus macizas manos una en cada lado de la pared curvada. Hizo fuerza, tratando de empujarse hacia abajo. Sus sandalias tocaron más firmemente, sus dedos se doblaron, sus talones hicieron contacto. Su cara se tiñó de rojo oscuro y los músculos de los lados de su cuello sobresalieron como los surcos de un campo arado.

Sus hombros crujieron con la tensión, y entonces dejó escapar el aliento que había retenido. Sus manos resbalaron, y su cuerpo flotó otra vez, balanceándose ridículamente como un bote anclado, las puntas de los dedos de sus pies tocando y elevándose del sexto escalón.

Emitió un rugido inarticulado, se dobló, y lanzó sus manos frente a él como si fuera a tirarse de cabeza por las escaleras. Sus muñecas se doblaron y aulló de dolor. Con más precaución tanteó a su alrededor, hacia abajo, de pared a pared. Era como si el aire en la escalera se hubiera solidificado, volviéndose a la vez viscoso y elástico. Lo que hubiera allí era invisible y completamente impenetrable.

Retrocedió lentamente por los escalones. En su cara había ira y frustración, dolor y cólera.

Jubilith se retorció las manos.

—Por favor, por favor, Osser, ten cui...

El sonido de su voz le suministró algo contra lo que poder golpear, y se giró, alzando la gran maza que era su puño. Jubilith se quedó helada, demasiado sorprendida para esquivar el golpe.

¡Osser!

Osser se detuvo, en tensión, el puño en alto, como un terrorífico monumento a la venganza. La voz había sido la de Wrenn; Wrenn hablando normalmente, en forma conversacional, pero amplificada increíblemente. Los ecos de la misma resonaron y se perdieron en las colinas.

¡Sal a ver cómo los hombres construyen, Osser!

Ofuscado, Osser bajó su brazo y se acercó al parapeto.

Allá abajo, cerca de la base de la colina, estaba Wrenn, mirando hacia la torre. Cuando apareció Osser, Wrenn se volvió e hizo una señal a los hombres del bote de piedra. Estos retiraron la lona que cubría la carga.

Las manos de Osser apretaron la piedra como si quisieran pulverizarla. Sus ojos se agrandaron y su mandíbula cayó lentamente.

A primera vista parecía un montón de plata en la burda plataforma del bote de piedra tirado por bueyes. Gradualmente se dio cuenta de que era una máquina, una máquina tan bien acabada, de líneas tan perfectas y tan práctica que las imágenes que había mostrado a Jubilith eran toscos juguetes en comparación.

Fue Sussten, el hombre a quien Osser había hecho caer al suelo con dos puñetazos, el que saltó ágilmente a la máquina y se instaló en ella. Retrocedió sobre la plataforma, y Osser pudo escuchar el débil zumbido que emitía. La máquina rodaba y al mismo tiempo continuaba estable; se mantenía horizontal mientras se desplazaba, sus largas cadenas sin fin se hundían y levantaban con el terreno, moviéndose tan grácilmente como un cisne. Se detuvo y entonces se desplazó hacia adelante, hacia el primero de un campo de estacas que un grupo había clavado en el suelo.

Los lisos y relucientes lados de la máquina se abrieron hacia adelante y se unieron, convirtiéndose en una hoja que tenía dos veces el ancho de la máquina. La hoja descendió hasta que el agudo lado más bajo tocó el terreno, parándose un momento, y hundiéndose luego en el suelo.

La tierra se amontonó ante ella hasta que cayeron fragmentos sobre la ancha vertedera del arado. La máquina se deslizó hacia adelante, y la tierra se apartó a ambos lados del arado formando dos montones rectos. Y detrás de la máquina, mientras esta marchaba, el suelo quedaba llano y liso; y esto era conseguido tan fácilmente como pasando una mano por la arena de una caja. Aquí era abierto y allí era llenado, pero en todos los lugares el surco era como madera pulida, todo hecho tan rápidamente como un hombre pueda correr.

Osser dejó escapar un sonido enfermizo del fondo de su garganta.

Guiada por las estacas, la máquina giró y regresó, esta vez con un extremo de la hoja inclinado hacia adelante para recoger la tierra de los montones y transportarla a través del nuevo surco paralelo. Y ahora el liso suelo tenía el doble de anchura.

Mientras trabajaba, también lo hacían los hombres, y Osser vio, con sorpresa, que se movían con no menos eficiencia y seguridad que la máquina. Estos hombres se habían afanado, sudado y fatigado por Osser, cada uno de ellos una única y obstinada unidad que había sido azotada y empujada. Pero ahora saltaban y corrían; sostenían, conducían, medían y transportaban como al compás de una rápida e intrincada música.

Un carro se aproximó chirriando y los hombres sacaron espigones metálicos, tan gruesos como una pierna, dos veces más altos que un hombre. Cuatro hombres por espigón, corrieron con ellos a la posición indicada por las estacas en el suelo recién abierto, poniéndolos en pie. Un hombre deslizó una abrazadera de metal alrededor del espigón. Dos hombres, uno a cada lado, golpearon la abrazadera con pesados mazos, hundiéndola en el suelo, hasta que el espigón se sostuvo por sí mismo. Y esos mismos cuatro ya volvían con otro espigón.

Fueron dispuestos veintiséis espigones semejantes, pero mucho antes de que todos hubieran sido sacados del carro, Sussten hizo girar la máquina sobre sí misma y la detuvo. La vertedera del arado se alzó, giró y se dobló hacia atrás para convertirse otra vez en los plateados lados de la máquina. Sussten marchó hacia adelante, enfilando la máquina en el primero de los espigones, que encajaba en una ranura en el frente de la máquina. Hubo el sonido de un gigante golpeando frenéticamente un triángulo de metal, y el espigón se hundió como si el suelo se hubiera transformado en pan.

Dejando que el espigón emergiera del suelo en un ancho de dos manos, la máquina se deslizó hacia el siguiente y el siguiente, hundiendo los espigones tan deprisa que casi tuvo que esperar un minuto mientras el grupo disponía el último. Ante eso, emergió un sonido de la multitud, un sonido que no se parecía en nada a los que se habían oído durante la construcción de la torre, un amistoso rugido de risas burlonas para el grupo que había hecho esperar a la máquina.

Los hombres desenrrollaron un pesado cable a lo largo de la línea de espigones; otros siguieron detrás de ellos, uno con una herramienta que estiraba el cable tensándolo, dos con una herramienta que en dos rápidos movimientos fijaba el cable al extremo de los espigones hundidos. Y en el momento en que el cable estuvo fijado, varios carros habían descargado una multitud de relucientes partes de maquinaria. Los hombres y mujeres pulularon entre ellas, llaves, destornilladores, tenazas, llevándolas en la mano, ajustando, conectando, fijando, atenazando. Tres enormes conexiones del gran cable del suelo fueron conectadas; una gran cesta parabólica de alambre fue alzada y sujetada.

Wrenn corrió hacia la estructura y tiró de una palanca. El tono alto de un aullido de energía descendió hasta un vibrante subsónico, subiendo inmediatamente hasta situarse fuera de la zona audible.

Una neblina rosada envolvió el extremo de la nueva máquina, en la parte opuesta al suelo y bajo la cesta. Se espesó, resplandeció, y tomó forma, hasta que fue una estable esfera reluciente de bordes difuminados apenas visibles.

La multitud, no en grupo ahora, sino en línea, vitoreó y la línea avanzó hacia adelante. Todo vehículo del pueblo que sirviera para transportar estaba siendo conducido en hilera hacia la reluciente esfera, y, a medida que cada uno se detenía, era descargado de pesado metal. Podían identificarse las patas de una cocina de hierro, y largas varillas de estaño para soldar, una campana, una marmita, los soportes de un banco. Allí estaba el yunque del herrero y partes de su fragua. Potes y cacerolas. Una rueda dentada con trinquete del molino harinero. Las pesas y el péndulo del gran reloj del pueblo.

A medida que cada pieza era descargada, el número exacto de manos necesarias para su peso estaban esperando para tomarla, transportándola del vehículo hacia la extraña esfera. Entraban sin resistencia y sin sonido, y no volvían a salir. Fue descargado vagón tras vagón, paquete tras bolsa, y aún la esfera recibía y recibía.

Estaba recibiendo pesado metal de mayor masa que sus propias dimensiones. Si el metal hubiera sido fundido para formar una esfera, habría sido un tercio, la mitad, el doble de grande que la esfera, y aún recibía.

Pero su color estaba cambiando. El naranja cambió a siena oscuro y luego a un marrón estridente. Este se oscureció imperceptiblemente hasta que al final fue negro. Por un momento, fue un negro con un brillo imposible, pero este desapareció. Se convirtió en más y más negro, y al cabo de unos momentos no fue nada agradable el mirarlo; la negrura parecía estar hambrienta de algo más familiar que el metal. Y aún llegaban metales y la esfera los recibía.

Un gran rugido salió de la multitud; los hombres se apartaron para mirar hacia arriba. En el oeste, en lo alto, había una reluciente chispa dorada que mostraba una larga cola azul. Se desplazó a través del cielo y desapareció, e instantes después el rugido humano fue contestado por un trueno en las alturas.

Si el trabajo había sido efectuado rápidamente antes, ahora se convirtió en borroso. Los hombres ya no esperaban a que fueran llegando los vagones, sino que corrían a lo largo de la hilera para tomar el metal y tambalearse otra vez hacia la esfera. Las mujeres se arrancaban brazaletes y pendientes y los echaban en la implacable melanosfera. Los hombres tiraban sus cuchillos, incluso sus botones. Una lluvia de metal fue absorbida silenciosamente por la ofuscante negrura.

La multitud gritó otra vez, y ahora había un acento de apresurada angustia; las cabezas levantándose, las exclamaciones. La chispa dorada era ahora un ovoide borroso por la velocidad, la cola azul un estandarte tan largo como la mitad del horizonte. El rugido, cuando les alcanzó, fue un trueno aplastante, y la banda azul permaneció por largo tiempo después de que la cosa hubo desaparecido.

Un gemido de urgencia, pasado y mantenido de una exhausta garganta a otra, aumentó y disminuyó sin cesar. Entonces hubo un grito de alegría cuando Sussten intervino, guiando la maravillosa máquina a través de la multitud que se dispersaba. Las hojas se abrieron mientras avanzaba, uniéndose en lo alto y permaneciendo allí como un brillante antebrazo en el plateado frente de la máquina.

Mientras las últimas personas se apartaban para ponerse a salvo, Sussten hizo que la enorme hoja descendiera y al mismo tiempo dio la máxima velocidad a la máquina. Saltó hacia adelante mientras Sussten saltaba hacia atrás. Incontrolada, corrió hacia la esfera como si quisiera derribar la estructura que la sostenía. Pero, en el último microsegundo, la hoja golpeó el suelo; el frente de la máquina se alzó, y el brillante mecanismo se precipitó literalmente en la esfera.

No existen palabras para semejante negrura. Algunas personas se arrodillaron, cubriéndose la cara. Algunas se giraron mirando ciegamente hacia otro lado, tambaleándose sobre los pies. Algunas permanecieron temblando, mirando fijamente, hasta que manos amigas las asieron y las apartaron y las hicieron volver a la realidad.

Y finalmente un hombre se acercó vacilante, mirando de soslayo, y lanzó el pesado soporte del letrero de una posada...

Y la esfera lo rehusó.

Hubo un tal grito de alegría que los dormidos murciélagos en la maleza de la Arboleda del Cielo, a tres kilómetros de distancia, se despertaron y añadieron sus porcinos gruñidos al ruido.

Una mujer corrió hacia Wrenn, gritando, abriéndose paso, sin ser advertida u oída en medio del bullicio. Lo tomó bruscamente por el hombro, le hizo dar media vuelta, y señaló. Señaló hacia lo alto de la torre, hacia Osser.

Wrenn extrajo un pequeño disco de una hendidura en su cinturón y se lo acercó a los labios.

¡Osser! —la gran voz resonó y produjo ecos, aplastando los ruidos de éxtasis de la demás gente por su solo peso— ¡Osser, baja o serás un hombre muerto!

La gente, súbitamente silenciosa, miró hacia la torre. Uno o dos gritaron:

—Sí, baja, baja... —pero la pequeñez de sus voces era ridícula al lado de los amplificados tonos de Wrenn, y muy pocos gritaron otra vez.

Osser se quedó asido al parapeto, las piernas separadas, los ojos abiertos, demasiado abiertos. Sus manos se apretaron sobre el borde, y la sangre goteó lentamente por debajo de la cutícula.

Baja, baja...

Osser no se movió. Sus ojos estaban casi secos, y un inadvertido reguero de saliva se le estaba secando en un lado de la boca.

¡Jubilith, hazlo bajar!

Ella estaba sollozando, suplicando, murmurándole urgentemente. Sus bíceps eran tan duros como el parapeto, su faz tan inmutable como la piedra.

¡Jubilith, déjalo! ¡Déjalo y baja! —Wrenn, el docto Wrenn, seguro, imperturbable, firme Wrenn tenía un sollozo en su voz; y bajo la amplificación el sollozo era lo suficientemente grande como para representar los sollozos que se retorcían a través de la tensa garganta de Jubilith.

Se dejó caer sobre una rodilla y puso un firme y esbelto hombro bajo la muñeca de Osser. Se irguió bajo la misma haciendo fuerza con toda la energía de su cuerpo atacado de pánico. La mano se soltó, dejando un coágulo sobre la piedra donde habían estado los dedos. Se arrodilló otra vez, y empujó la otra muñeca una vez más; pero esta se había quedado fláccida repentinamente, y su tremendo esfuerzo se convirtió en un salto. Se aferró a Osser, quien se tambaleó hacia adelante.

Durante un interminable segundo colgaron allí, mientras su mutuo centro de gravedad efectuaba una lenta revolución, y entonces Jubilith pataleó frenéticamente contra el parapeto, desollándose las piernas, mezclando su sangre con la de él sobre la mampostería. Cayeron juntos hacia el tejado. Jubilith se contorsionó como un gato y cayó sobre sus pies, aguantando el gran peso de Osser.

Giraron a través del techo en una danza demencial y bamboleante; luego hubo la escalera (sin su invisible barrera) y oscuridad (con su mano en la de ella ahora, sosteniéndolo y guiándolo) y una carrera hacia la luz del día y el restallante rugido de la gigantesca voz de Wrenn:

¡Todo el mundo al suelo, al suelo!

Y hubo unos instantes en que corrieron, arrastrando a Osser tras ella, y Osser marchando detrás de ella, dócil y con los ojos abiertos como un buey-gato. Y luego la rebelión y el fallo de sus piernas, y el deseo que se negaba a dejarlos caer, y el fracaso de ese deseo; la anonadadora agonía al quebrarse una rótula cuando ella cayó sobre las rocas, y el súbito sentimiento de una pérdida infinita cuando la mano de Osser se soltó de la suya y continuó andando pesada y ciegamente, el único hombre sobre sus pies en el ancho campo de los caídos.

Jubilith chilló y alguien se levantó, tal vez fuera la vieja Oyva, y gritó a su vez.

La poderosa voz resonó una vez más:

¡Osser! ¡Al suelo!

Entonces, ofuscada, vio como Osser se detenía y miraba alrededor suyo.

¡Osser, abajo, al suelo!

Y entonces Osser, loco, babeando, se giró hacia ella. Sus ojos estaban desorbitados y trataba de golpear con sus grandes puños. Se aproximó, sin ver, luchando contra algún horror que sólo él sabía con golpes que amenazaban las junturas de sus codos y hombros debido a que no encontraban resistencia.

Su voz, que no sonaba como la suya sino como la voz de una arrugada vieja, graznaba en un falsete estridente:

—Nunca abajo, nunca, sino arriba. Yo construiré, construiré, construiré, destrozaré para construir, mataré para construir, y todos aquellos que pueden hacerlo todo, cualquier cosa, todo, construirán de todo para mí. ¡Yo soy fuerte! —chilló con voz de soprano—. Todos aquellos que pueden hacerlo todo son mucho menos que un hombre fuerte...

Farfulló y luchó, y súbitamente Wrenn se alzó, muy cerca de él, su mano izquierda encerrada en una redonda caja plana. Movió algo en su superficie y la agitó en la dirección de Osser, en un gesto exactamente igual al de ordenar a un huésped que tome asiento.

Osser cayó, cerca de Jubilith, con su cara en la tierra y sus ojos abiertos, sin ver. Sobre él y sobre Jubilith yacía el invisible peso de la fuerza que los había esperado en la escalera.

Jubilith perdió el aliento con un siseo. Si no hubiera estado yaciendo sobre un lado con su cara vuelta hacia el cielo en un convulsivo esfuerzo para conseguir respirar, nunca habría visto lo que ocurrió. La silueta dorada apareció en el oeste, viéndose por una fracción de segundo, pero impresa para siempre en las enmarañadas memorias de este día. Y simultáneamente el chasquido de la máquina que hizo temblar el suelo cuando la esfera desapareció.

Ella no pudo ver que se moviera, pero semejante negrura era indeleble, y pudo darse cuenta de su presencia cuando la esfera apareció en lo alto, a gran distancia, y su trayectoria y la del aparato dorado se intersectaron.

Y entonces hubo... Nada.

  

El ancho trazo azul se extendía desde el horizonte oeste hasta el cénit, y terminaba bruscamente. No hubo ruido, ni concusión, ni fulgor de luz. La esfera se encontró con la nave y ambas dejaron de existir.

Entonces hubo el viento, desde ningún sitio, desde todos los lugares, todo el viento que jamás existió, desgarrándose en agonía desde todos los lugares del mundo hacia el sitio donde había estado la esfera, tratando de llenar el extraño espacio que había contenido exactamente tanta materia como la desaparecida nave dorada. Carros, bueyes, árboles y piedras fueron arrancadas de su sitio y volaron y chocaron juntos en el centro de esa monstruosa implosión.

El peso que Wrenn había puesto sobre Jubilith desapareció, pero sus aspirantes pulmones no encontraban nada con que llenarse. Había aire en abundancia, pero no podía utilizarlo.

Finalmente se dio cuenta de que la inconsciencia estaba esperándola si ella la quería. Se abrazó a la misma, se hundió en la misma, y dejó al mundo con sus vientos gemebundos.

Siglos más tarde, escuchó un llanto.

Se agitó y levantó la cabeza.

La máquina de la esfera había desaparecido. Había un montón de algo allí en el suelo, pero éste soportaba una tan alta y densa columna de polvo en movimiento que no pudo ver lo que era. Allí, y allí, y más allá, en grupos de dos y tres, silenciosos, la gente se sentaba temblando, algunos mirando a su alrededor, otros sin moverse, esperando a que las corrientes de la vida, interrumpidas por el shock, volvieran a fluir.

Pero el llanto...

Puso la palma de la mano sobre el suelo y la hizo avanzar, en una débil serie de pequeños saltos, hasta que estuvo medio sentada.

Osser estaba llorando.

Se hallaba sentado erguido, sus pies juntos y las rodillas separadas, como un chiquillo. Se balanceaba hacia delante y atrás. Levantó las manos y las dejó caer, las volvió a alzar y subrayó su llanto con débiles golpes al suelo. Su boca era una O, sus ojos estaban entrecerrados formando una línea apretada, su cara estaba húmeda, y su llanto era el sonido que más le destrozaba el corazón de todos los que ella había oído.

Jubilith pensó en hablarle, pero sabía que no la escucharía. Pensó en acercarse a él, pero el primer movimiento de su cuerpo le ocasionó tal agonía a través de su rodilla rota que casi se desmayó.

—¿Dónde te duele?

Era Wrenn, que se había acercado sin ser visto a través de la ciega y enferma compasión que la llenaba.

—Me duele allí —señaló a Osser con un gesto breve.

—Lo sé —dijo Wrenn gentilmente. Interrumpió lo que ella iba a decir con un ademán—. No, no lo vamos a consolar. Cuando era un chiquillo, nunca lloraba. Ha sufrido mucho más que la mayor parte de la gente, y nunca lo hizo llorar nada, nunca. Todos tenemos una taza para las lágrimas y un recipiente. La infancia no se termina hasta que todas las lágrimas han fluido del recipiente a la taza. Déjale llorar; tal vez se convierta en hombre. ¿Es la rodilla, verdad?

—Sí. Oh, pero no puedo soportar el oírlo llorar. Mi corazón se partirá.

—Escúchalo —dijo Wrenn suavemente, sacando un medicamento de una caja plana que llevaba a la cintura. Inspeccionó su rodilla con dedos como plumas y asintió—. Has hecho que Osser formara parte de ti. Guarda este llanto contigo, por completo. Hará que tú te ajustes mejor a él durante el tiempo de curación.

—¿Puedo comprender ahora?

—Sí, oh sí... y puesto que él te ha enseñado sobre el odio, me odiarás a mí por ello.

—No podría odiarte, Wrenn.

Algo se removió en sus ojos apacibles, una sonrisa, un fragmento de sabiduría, no podía estar segura.

—Tal vez tú sí podrías.

Fijó los ojos en la venda que le estaba poniendo cuidadosamente, y mientras lo hacía, habló.

—Haz que un hombre detenga su trabajo para decirle que cada uno de sus dedos tiene una trama de líneas y curvas, y le estás haciendo perder su tiempo. Es una cosa que él sabe, una cosa que ha visto por sí mismo, una cosa que puede ser comprobada al instante, en resumen, una cosa obvia y sin importancia. Y sin embargo, si no se le llama la atención sobre ello, es imposible enseñarle que esas tramas o dibujos son exclusivos, originales de él, sin posible duplicación en ningún sitio. Si le evitamos el axioma tal vez no sepa nunca la realidad.

«Es esta clase de axioma el que voy a utilizar para llegar a las cosas que debes comprender. De modo que sé paciente conmigo a través de las cosas que te son familiares; te prometo que habrá una diferencia importante.

»Nosotros somos una especie antigua y llena de recursos, y entre las varias cosas que tenemos, nuestra felicidad, nuestra simplicidad, nuestra armonía hacia los otros y consigo mismos, algunas son el producto de la inteligencia, pero la mayor parte de las cosas buenas proceden de una cualidad que nosotros poseemos en mayor grado que ninguna otra especie conocida. Y esta cualidad es la lógica.

»Veamos, hay la lógica obvia: puede que nunca te hubieras partido una rodilla anteriormente, pero sabías, por adelantado, que si lo hacías te ocasionaría dolor. Si tomo este guijarro así, puedes predecir correctamente de que caerá cuando lo suelte, a pesar de que nunca habías visto esta piedra. Esta lógica obvia también alcanza niveles mucho más profundos; por ejemplo, si suelto la piedra y esta no cae, la lógica no solo te dice que está actuando sobre ella una fuerza impredecible, sino varias cosas sobre esa fuerza: que iguala a la gravedad en el caso de esta piedra en particular; que está en éstasis; que es excepcional, ya que está fuera del orden estadístico de las cosas.

»La cualidad de la lógica, que únicamente nosotros poseemos (al menos por lo que sepamos), es esta: cualquiera de nosotros puede hacer literalmente lo que los otros pueden hacer. No necesitas acudir a nadie para resolver los problemas que se te pueden presentar diariamente, siempre que esos problemas sean comunes a todos. Al cortar un tejido, para que una manga encaje con el hombro, haces una pausa, cierras los ojos; de pronto sabes la forma en que cortar el tejido, y lo haces. Nunca necesitas hacer las cosas dos veces, porque la primera es la más lógica. Puedes terminar el vestido y guardarlo sin probarlo, porque sabes que lo has hecho bien y que es perfecto.

»Si te pongo delante de una máquina que tú nunca has visto anteriormente, que tiene una función desconocida para ti, y que opera a partir de principios de los que nunca has oído hablar, y si te dijera que no funciona y que necesita ser reparada, la mirarías cuidadosamente, por dentro, por fuera, arriba y abajo, y cerrarías los ojos, y súbitamente comprenderías los principios. Con ellos y la máquina, la función se explicaría por sí misma. A partir de este punto, la localización de la parte averiada es evidente de por sí.

»Ahora digamos que pongo ante ti piezas que son idénticas en apariencia, y te pido que instales la que sea correcta. Puesto que ahora comprendes perfectamente los requisitos, las especificaciones de la pieza correcta son evidente de por sí. La lógica dicta las pruebas correctas para las piezas. Rehusarás rápidamente la que sea delgada, gruesa, débil, y demasiado elástica, y repararás mi máquina. Y podrás irte sin comprobarla, puesto que sabes que funcionará.

Wrenn continuó:

—Tú, todos nosotros, vivimos en esta forma. No construimos ciudades porque no necesitamos ciudades. Permanecemos en grupos porque algunas cosas necesitan más de dos manos, más de una cabeza, o voz, o humor. Comemos exactamente lo que necesitamos, utilizamos solamente lo que necesitamos.

»Y este es el final del axioma, en el que tan meticulosamente te he descrito lo que ya sabes sobre nuestra forma de vivir. La diferencia: ¿A qué obedece este fenómeno familiar, este cerrar los ojos y aparición misteriosa de la respuesta? Han habido muchas teorías fascinantes, pero la verdad es la más fascinante de todas.

»Todos hemos hablado de telepatía, y varios de nosotros la han experimentado. Todavía no podemos explicarlo. Pero la mayor parte de nosotros insisten en que se tenga en cuenta en forma limitada; es decir, juzgamos su éxito o fracaso por la cantidad de detalle enviado y recibido. Esperamos que se transmitan datos, palabras, secuencias de ideas o tal vez imágenes; cuanto más clara la imagen mejor la telepatía.

»Quizá un día aprendamos a hacerlo; sería divertido. Pero lo que hacemos en la actualidad es infinitamente mucho más útil.

»Porque somos telépatas, no a base de transmitir detalles, sino en el sistema mucho más útil de transmitir una forma de pensar.

»Tratemos de imaginar un hombre al que le falta esta cualidad. Enfrentado con tu máquina rota, no sabría en absoluto que hacer, a menos que hubiera sido entrenado para esa especialidad en particular. No olvidemos el hecho de que le falta el condicionamiento de una vida entera de la clase de pensamiento en secuencia que es posible para nosotros. Lo más probable es que trastease a todo lo largo de la tarea durante un tiempo interminable, probando una cosa y luego otra y dejando aparte lo que parece funcionar. Puedes darte cuenta de la trágica serie de posibles trampas en una situación en la que pueden haber tres o cuatro o cinco etapas consecutivas alternadas, forzando a una sexta etapa, lo cual es erróneo en términos del problema.

»Ahora, toma al mismo hombre y entrénalo para este trabajo. Añade un talento, para que aprenda rápido y bien. Añade años de experiencia —¡terrible y penoso pensamiento!— a su habilidad. Enfréntalo con el problema de reparación y es obvio que lo solucionará con un mínimo de movimientos.

»Finalmente, toma a este hombre hábil y equípalo con un instrumento que constantemente emita la trama de su forma de pensar. La experiencia lo ha hecho eficiente en el asunto; en términos de funcionamiento de la máquina ya no tiene que preguntarse si una parte gira hacia este lado o ese otro, si hay que tener en cuenta una varilla o un tubo de un diámetro mayor que x. Además, imagina un instrumento receptor que absorba esas emisiones cada vez que el sujeto receptor se encuentra con un problema idéntico. El emisor controla al receptor sin experiencia durante el tiempo en que este se halla ocupado en el problema. Cualquier cosa que el receptor haga que vaya en contra de la trama básica del emisor será rechazada inmediatamente como ilógica.

»Y ahora ya te he descrito nuestra especie. Tenemos una existencia unitaria inigualable. Cada uno de nosotros con una inclinación natural —poetas, músicos, mecánicos, filósofos—, cada uno contribuye con su método básico de pensamiento cada vez que alguien puede utilizarlo. El experto no se da cuenta de que está siendo utilizado, por eso fue por lo que tardamos cientos de siglos en darnos cuenta del método. Aún así, a pesar de que componemos un verdadero intelecto familiar, todos somos muy individualistas. Debido a que cada especialidad tiene muchos expertos, y cada uno de esos expertos tiene su método individual, solamente es captado el que conviene más al receptor y su problema. Los que no tienen talentos especiales viven plena y satisfactoriamente con las habilidades de los dotados. Los que son creativos comparten su campo con otros tan pronto como a algún experto se le ocurre revisar lo que conoce; la siguiente etapa de avance se presenta entonces instantáneamente por sí misma.

»Esto en lo que concierne a la mayoría de nuestra clase. Quedan unos cuantos especialistas no-especializados. Cuando uno se encuentra con un problema para el que no parece haber una solución lógica, uno acude a ellos en busca de ayuda. La razón de que una solución no se presente por sí misma obedece a que ésta es una nueva línea de pensamiento, o (lo que es más probable) a que ha muerto el último experto en ella. El no-especialista escucha tu problema y le aplica la simple lógica. Inmediatamente, otros de su clase hacen lo mismo. Pero, debido a que sus conocimientos básicos son ampliamente divergentes y a que utilizan una vasta variedad de métodos, es casi seguro que uno de ellos encontrará la solución lógica. Esta es tu respuesta, y a través de ti, está disponible para cualquiera que se encuentre con este problema particular.

»En casos excepcionales, los especialistas no-especializados encuentran un problema que, por una buena razón, es mejor que quede fuera del intelecto familiar, como, por ejemplo, un experimento físico o psicológico dentro de la cultura, de larga duración, que su conocimiento general podría alterar. En estos casos, se utiliza una técnica hipnótica altamente especializada sobre los investigadores, que produce el efecto de una barrera mental en este asunto particular.

»Y si has empezado a temer de que nunca iba a llegar a la desgraciada historia de Osser, debes comprender, querida, que te la acabo de contar. Osser era justamente uno de esos experimentos que acabo de mencionar.

»Nos pareció conveniente el estudiar las probables costumbres de una especie como la nuestra en todos los aspectos, exceptuando nuestro atributo único. El problema fue atacado desde varios ángulos, pero debo confesar que la idea de utilizar un espécimen vivo fue mía.

»Los receptores telepáticos de Osser fueron separados del resto de su mente por medio de hipnosis profunda. Entonces se le permitió crecer entre nosotros en completa y real libertad.

»Ya viste el resultado. Puesto que pocas personas se dan cuenta de la naturaleza de este talento único, y aún más pocas lo consideran digno de discutir, este muchacho, fuerte, orgulloso, altamente inteligente, creció sintiéndose tremendamente inferior, y sin exactamente saber nunca por qué. Otros hacían cosas, construían cosas, resolvían problemas, fácilmente, con sólo pensar en ellas, mientras Osser tenía que estudiar y sudar y probar y experimentar. Tenía que afirmar su superioridad de alguna manera. Y lo hizo, pero en una forma tan burda como hacía todas las otras cosas.

»Así que fue guiado a las imágenes que viste. Se le permitió que sacara las conclusiones que deseara, que fueron las de que nosotros éramos un pueblo atrasado, incapaz de construir una ciudad. Súbitamente, vio una justificación de sí mismo en los sueños de una especie mecanizada que había llegado a las estrellas. No podía comprender nuestra falta de deseo por posesiones, no sabiendo que nuestra entera existencia cultural se basa en compartir, que no es solamente indeseable sino imposible para nosotros el atesorar mezquinamente una idea avanzada, un nuevo confort. Nos quería dominar a través de la fuerza.

»Justamente estaba empezando cuando me viniste a ver para hablarme de él. No podías comprender el problema porque no sabemos nada sobre las mentes enfermas, y no había ningún experto del que pudieras disponer. No podía ayudarte, a ti, de entre todos, porque lo amabas, y debido a que no nos atrevíamos a arriesgarnos a que él supiera lo que era, especialmente cuando estaba a punto de entrar en acción.

»No sé por qué escogió este sitio en particular para su torre. Tampoco sé por qué escogió el método de la torre, aunque puedo deducir una razón excelente. Primero, tenía que utilizar su fuerza una vez estuvo convencido de que su superioridad estaba en la misma. Segundo, tenía que probar esta idea de construir-con-odio, el espantajo de todas las otras especies humanas, la práctica y el error, la incapacidad de saber lo que dará resultado o no.

»Y así aprendimos a través de Osser justamente lo que habíamos aprendido con otros métodos: que un hombre sin nuestra habilidad particular no debe vivir entre nosotros porque, si lo hace, nos destruirá.

»Sólo hay un pequeño paso de eso a una conclusión sobre una entera raza como él coexistiendo con nosotros. Y ahora ya sabes lo que ocurrió aquí esta tarde.

Jubilith alzó la cabeza lentamente.

—¿Una nave llena de... de lo que Osser era?

—Sí. Hicimos la única cosa que podíamos. Rápida, casi indolora. Los hemos estado observando durante largo tiempo, años. Los vimos iniciar el viaje. Computamos su órbita, incluso la espiral de deceleración. Escogimos un lugar para lanzar nuestro interceptor. —Miró a Osser, que casi no se movía, completamente exhausto—. Debe de haber pasado por un infierno, al vemos construir de esa manera. ¿Cómo podía saber que ninguno de nosotros necesitaba entrenamiento, explicaciones, o instrucciones excepto las más simples órdenes? ¿Cómo podía racionalizar para sí nuestra posesión de máquinas e instrumentos que sobrepasaban los más locos sueños de los hombres como dioses que él admiraba? ¿Cómo podía comprender que, teniendo semejantes cosas, sólo las utilizamos cuando debemos, y que de lo contrario vivimos en la forma adecuada para el animal andante, trabajador, que somos?

Jubilith volvió hacia él una máscara tan fría, tan hermosa, que él se olvidó por un momento de respirar.

—¿Por qué lo hiciste? Tenías otras lógicas, otros métodos. ¿Tenías que hacerle eso a él?

Wrenn evitó cuidadosamente el mirar a Osser.

—Ya te dije que tú si podrías odiarme —murmuró él—. Jubilith, los hombres de esa nave eran tan parecidos a Osser que el experimento no podía ser evitado. Teníamos informes astronómicos, históricos, culturales —tan perfectos como nuestras observaciones nos podían suministrar— y etnológicos. Pero solamente por analogías podíamos obtener un estudio psicológico semejante. Y correspondía demasiado bien. En cuanto a lo de que él viera hoy todo esto... construir, Jubilith, es algo que a veces empieza con una demolición.

Wrenn la miró con profunda compasión.

—Este no fue el lugar elegido para el lanzamiento del interceptor. Arrancamos la instalación entera, la trajimos aquí, la reconstruimos, todo ello por Osser; todo ello para que él pudiera erguirse en su torre y ver cómo ocurría. Tenía que ser destrozado, vuelto a la realidad. Ah... —respiró penosamente—. Osser se ha ganando realmente lo que va a tener a partir de ahora.

—¿Se pondrá bien?

—Con tu ayuda.

—Estás tan seguro de tus opiniones —murmuró ella súbitamente—. Tan seguro de si esta o esa especie es adecuada para asociarse con superiores como nosotros —se inclinó hacia él y agitó un dedo ante su cara asombrada. El habitual tono de respeto que utilizaban todos cuando hablaban a Wrenn había desaparecido de su voz—. Somos tan maravillosos, tan poderosos. ¿Y qué hay de las ciudades que construimos? ¿Acaso no teníamos gigantescas máquinas-pájaro y relucientes carros en nuestras calles? ¿Acaso no dejamos que nuestras ciudades fueran destrozadas? ¿No has visto las ruinas que hay en el oeste? Dime, ¿las destruimos nosotros, tal vez debido a que una ciudad superior insistió en probar su superioridad sobre otra ciudad superior?

Jubilith dejó de hablar abruptamente para evitar gruñir como un animal, puesto que Wrenn estaba sonriendo débilmente, y su sonrisa se hizo más amplia mientras ella hablaba. Se giró furiosamente, apartándose de él, maldiciendo la rodilla rota que la hacía tan desamparada.

—Jubilith.

Su voz era tan cálida, tan amable y tan asombrosa en esta circunstancia, tenía un tal transfondo chispeante de risa que ella no pudo resistirse. Se giró refunfuñando.

Wrenn tenía una piedra en la mano. Cuando sus ojos la vieron él la movió, manteniéndola entre el pulgar y el índice, y la dejó caer.

Se quedó flotando inmóvil en medio del aire.

—Otro factor, Jubilith.

Ella casi sonrió. Miró hacia abajo, hacia su otra mano, y vio que estaba apuntando el proyector del campo de fuerza en forma de disco, a baja potencia.

Lo alzó y, con el campo de fuerza, lanzó la piedra al aire y luego la golpeó tirándola hacia lo lejos.

—No tenemos historia escrita, Jubilith. No la necesitamos, pero de vez en cuando nos sería útil. Nuestra cultura es una de las más antiguas en la Galaxia. Si alguna vez tuvimos esas ciudades, ni siquiera hay leyendas acerca de ellas.

—Pero yo vi...

—Una vez llegó aquí una nave. Nunca habíamos visto una raza humanoide. Fueron acogidos y los ayudamos. Les dimos tierra y semillas. Entonces llamaron a una flotilla, y las naves vinieron por cientos.

»Construyeron ciudades y, ante eso, nos alejamos y los dejamos solos, porque nosotros no necesitamos ciudades. Entonces empezaron a odiarnos. No podían odiarnos hasta que tuvieron altos edificios para hacerlo. Odiaban nuestro sosiego; odiaban nuestra comprensión. Enviaron misioneros para cambiar nuestras costumbres. Acogimos a los misioneros, les dimos de comer y reímos con ellos, pero cuando nos dejaron sus relucientes herramientas y sus humildes máquinas para divertirnos, las dejamos donde estaban hasta que se pudrieron.

»Con el tiempo, ya no enviaron más misioneros. Se mofaron de nosotros y nos olvidaron. Y entonces construyeron una ciudad sobre un lugar que nosotros no les habíamos dado, y otra, y otra. Se reproducían incesantemente y sus ciudades se hicieron infernalmente grandes. Y finalmente empezaron a construir una ciudad de más, y desviamos un río y la sumergimos. Se sintieron complacidos. Ahora podían deshacerse de los primitivos nativos.

Jubilith cerró los ojos, y vio la derruida agonía de los montones, radiando hacia fuera desde un lago de orillas demasiado desnudas.

—¿Todos ellos? —preguntó Jubilith.

—Incluso uno —dijo Wrenn asintiendo—, hubiera sido suficiente para destruirnos —hizo un gesto con la cabeza hacia Osser, que había empezado a llorar otra vez.

—Parecían... buenos —dijo ella, reflexivamente—. Demasiada prisa, demasiado grande... y debía haber sido ruidoso, pero... yo pensé...

—Un momento —dijo él—. ¿Te refieres a la gente en las imágenes que Osser te mostró?

—Claro. Eran los constructores de ciudades que vosotros —nosotros— destruimos, ¿no es verdad?

—¡No lo eran! Los que edificaron ciudades aquí eran delgados, peludos, con frentes hundidas y membranas entre sus dedos. Hermosos, pero nos odiaban... Las imágenes, Jubilith, fueron tomadas en el tercer planeta de una estrella pálida cercana al Borde; un mundo con una luna; un mundo de humanos como Osser... el mundo del que provenía esa nave dorada.

—¿Cómo? —exclamó ella.

—Si la lógica es correcta —dijo Wrenn—, no necesita ser comprobada. Una vez que fuimos tratados así por los humanoides, construimos los investigadores. No están tripulados. Obtienen energía de cualquier cosa que irradia, y se dirigen a cualquier planeta en el que concebiblemente puedan haber humanos. Son, por lo menos hasta ahora, indetectables. Nunca hemos perdido ninguno. Lanzan pequeños instrumentos voladores para efectuar exploraciones de cerca, uno de ellos tomó las imágenes que viste. Las imágenes y otros datos son codificados y emitidos al espacio y, donde las distancias lo permiten, otros investigadores recogen la señal y la refuerzan y la emiten otra vez.

»Cuando una especie humana o humanoide construye una nave, la observamos. Cuando envían sus naves a este sector, observamos su planeta y su nave. A menos de que estemos seguros de que esa gente posea la habilidad que tenemos, de compartir toda la experiencia y todo el pensamiento creativo con todos los que lo desean, no aterrizan aquí. Y nunca aterrizará aquí una especie semejante.

—Estás muy seguro.

—Nosotros no exploramos ningún planeta, Jubilith. Nos gusta estar aquí. Si existieran otros como nosotros, ¿por qué iban a visitamos?

Jubilith pensó sobre ello, y asintió lentamente.

—Me gusta estar aquí —suspiró.

Wrenn se arrodilló y miró a lo largo del suelo ondulado. Ya era tarde, y la mayor parte de la gente se había marchado a casa. Unos cuantos se hallaban en el montón de astillas que era el centro de la implosión. Sus miembros eran rectos y sus facciones serenas. Poseían poco y compartían sus almas.

Se alzó y se dirigió hacia Osser, y se sentó a su lado, mirándolo, de espaldas a Jubilith.

—M-m-mam, mam, mam, mam-mam-mam —entonó.

Osser parpadeó. Wrenn levantó su mano y su anillo, verde y dorado y un reluciente óvalo de púrpura, reflejó la luz del atardecer. Osser miró al anillo. Extendió una mano hacia él. Wrenn lo movió levemente. La mano de Osser pasó a su lado y golpeó el suelo y se quedó allí olvidada. Osser contempló al anillo, sus mandíbulas moviéndose, sus dientes separados.

—Mam, mam, mamá, ¿dónde está tu mamá, Osser?

—En la casa —dijo Osser, mirando al anillo.

—Eres un buen muchacho —dijo Wrenn—. Cuando digamos la palabra, no serás capaz de hacer nada excepto lo que puedes hacer.

—De acuerdo —dijo Osser.

—Antes de que diga la palabra, dime la clave. Debes recordar la clave.

—Ese anillo. Y «pasado y perdido».

—Bien, Osser. Ahora escúchame. ¿Puedes oírme?

—Seguro —trató de tomar el anillo.

—Voy a cambiar la clave. Ya no será más «pasado y perdido». «Pasado y perdido» ya no sirve ahora. Olvídalo.

—¿No sirve?

—Olvídalo. ¿Cuál es la clave?

—Eh... la olvidé.

—La clave —dijo Wrenn pacientemente—, es esta —se inclinó a su oído y susurró con rapidez.

Jubilith estaba mirando más allá del centro de la implosión, hacia el sendero que conducía al pueblo. Alguien estaba llegando, una figura diminuta.

—Jubilith —dijo Wrenn. Ella lo miró—. Hay algo que debes comprender. —Su voz era grave. Su cabello se agitó bajo un pequeño soplo de viento, que había viajado kilómetros para ver este lugar. El viento escapó y se movió hacia la ladera de la colina—. Ahora es muy feliz. Era un chiquillo muy feliz cuando oí hablar de él por primera vez, y tan parecido como debería ser a un humano atado a un lugar. Bien, es ese chiquillo otra vez. Siempre lo será, hasta el día que muera. Yo haré que se le cuide. Correrá detrás de los rayos de sol, uno de terciopelo rojo y una aguja de blancoazulado; comerá y amará y será amado tal como tiene derecho.

Miraron a Osser. Tenía un insecto azul sobre su muñeca. La alzó, lentamente, acercándolo a sus ojos, y a través de sus alas de seda vio la llameante y plateada puesta de sol. Se rió.

—¿Toda su vida?

—Toda su vida —dijo Wrenn—. Limpio de amarguras y de turbaciones, y sin posibilidad de madurar y de convertirse otra vez en la cosa inacabada que luchó contra el mundo con la convicción de que este tenía algo extra.

Dejó caer el anillo en la mano de Jubilith.

—Pero si tú lo deseas —continuó, observando su cara, el movimiento de respuesta de las sensitivas ventanas de su nariz, el delicadísimo índice de su labio inferior—, si tú lo deseas, puedes devolverle todo lo que yo le quité. En un instante, puedes darle más de lo que tiene ahora; pero ¿cuánto tiempo tardarías en hacerlo tan feliz?

Jubilith no intentó responderle. El era Wrenn, era viejo y sabio; era un miembro de una especie única cuyos recursos eran incalculables; y aún así le estaba pidiendo que hiciera algo que él mismo no podía hacer. Quizá le estaba pidiendo que corrigiera un error. Nunca lo sabría.

—Solamente el anillo —dijo él— y el toque de tu mano.

Se alejó, erguido y alto, apresurando el paso mientras, a lo lejos, la paciente figura que ella había visto antes se alzaba e iba a reunirse con él. Era Oyva.

Jubilith pensó, la necesita.

Jubilith nunca había sido necesitada por nadie.

Miró a su mano y en la misma vio todo lo que ella era, todo lo que nunca podría ser en su propio derecho; y con ello, la música de los siglos; nunca las palabras, sino todo el ímpetu de la poesía. Se dio cuenta de la extraordinaria soledad del amor en un mundo que miraba a través de sus ojos, poniendo todas sus habilidades en sus manos, para que hiciera con ellas lo que por sí misma desease.

Con un toque de su mano... ¡qué flujo de sensaciones, qué estallido interior de voces y conocimientos para un niño.

¿Por cuánto tiempo un niño?

Cerró los ojos, y llegó la respuesta quietamente, llena de imágenes; la flauta que se toma y se toca; la familiaridad instantánea con la máquina más intrincada; las estrellas vistas desde otro lado, y otra vez desde otro lado, y cada visión con una belleza completa. Un millar de descubrimientos, y la virilidad en el ímpetu de un momento.

Se puso el anillo en un dedo, y se arrastró hacia él. Lo rodeó con sus brazos y la mejilla de él descansó en el hueco de su garganta, cobijándose allí.

—¿Es de noche, mamá? —preguntó soñolientamente.

—Sólo por muy poco tiempo —dijo Jubilith.

Título original:

THE TOUCH OF YOUR HAND

© 1953, by Galaxy Publishing Corp. Published by arrangement with E. J. Carnell

Traducción de S. Mas