CONVIVENCIA

J. A. BEST

La ocupación o conquista de la Tierra por seres extraterrestres ha sido uno de los asuntos más comunes de la SF. Este que presentamos es uno de los más originales relatos sobre dicho tema que hayamos leído en mucho tiempo.

José volvía al viejo barrio.

¡Cuántos años pasaron desde la última partida!

Las calles solitarias, tristes, como si ellas mismas sufrieran el peso despiadado de los años.

José llegó hasta el portón. El portón de su antes humilde casita, con los recuerdos desfilando por la mente, y miró el corredor largo, más largo y delgado que antes, más delgado y viejo, con su hilera de puertas sobre un lado y una anciana escalera que era azul, o era verde, o que ni color tenía, estirada fríamente hacia la azotea aquella. Vieja azotea.

Donde tantas veces se tostara bajo el sol. Donde tantas veces saltara y jugara por entre las claraboyas de vidrios opacos, ahora también ancianos, rotos.

Volvía José al viejo barrio, y el eco contestante del corredor amigo parecía recibirlo alborozado después de tanto tiempo.

¡Tanto tiempo!

¡Tanto tiempo!

¡Tanto...!

Su casita. ¿Quién la ocuparía ahora?

No golpeó. ¿Para qué?

Para recibir la respuesta de unas caras indeseablemente extrañas, preguntando... ¿Qué desea, señor? No. Mejor no golpear.

No golpeó. ¿Para qué?

Otra vez el corredor delgado y algunos rostros nuevos que salían de un costado y lo miraban, lo miraban, como echándole arriba un presente que José no quería, como tapando con tierra un pasado que José deseaba.

El portón. El libro abierto de sus años jóvenes, ahora cerrado. Cerrado.

Un último tocar. Un apretón imaginario de manos, un saludo expirante que se acortaba sin argumento posible para estirarlo. Adiós.

El árbol. Todavía se encontraba el árbol. ¡QUE VIEJO ESTABA!

Muy viejo. Las raíces firmes, cada vez más firmes, tratando de aferrarse ciegamente a la tierra protectora. Su tierra. A la tierra que le daba vida. Una vida que también languidecía.

Pensar...

Pensar que hace tan poco se ocultaba tras él cuando su madre lo llamaba enojada a la hora de la sopa. Y después la escuela. Y a veces los pantalones rotos. Y la paliza. Y el arrepentimiento. Y nuevamente el árbol.

Y siempre así, en una cadena incesante que sin apercibirse cambiaba día a día. En una cadena que no podía ser excepción.

Hace tan poco...

Hace tanto ya de todo aquello.

¿Quién sabe en realidad cuánto hace? Ni José lo sabía fielmente.

La vereda. Resquebrajada. Distinta. ¡Qué distinta a la de antes! ¡QUE VIEJA!

La de veces que correteara sobre ella persiguiendo la pelota de trapo, en ocasiones de goma, o de plástico, o de cuero, pero siempre la pelota.

Y los chicos. Todos saltando, dándose puntapiés, estropeando los zapatos, gritando...

Gritando.

Y... ¡Goool! Y la alegría, y el abrazo de todos como si estuvieran corriendo por un césped de lujo, ante la mirada de aficionados expectantes, compitiendo por un torneo de importancia, de jerarquía.

Era importante. Para ellos. Para José.

Fue importante.

¡Qué niños! ¡Qué lindo ser niño!

Pero José ya no lo era. No lo era. No.

No.

NO.

Sin embargo, era hermoso recordar. Recordar la viejecita loca que en el terreno abandonado cuidaba de los gatos y perros callejeros.

Le decían la vieja loca. José también lo decía.

¡Pobre! Protegiendo animalitos. Nadie protegiéndola a ella.

Julio, Carlos, Emilio, Jorge..., ¿qué sería de ellos?

Algunos casados. Algunos cerca, otros lejos. Otros muertos. Tal vez.

José no podía asegurarlo. ¿Quién puede asegurar lo que el tiempo hará?

José, absorto, contemplaba arrobadamente el VIEJO BARRIO. EL BARRIO VIEJO.

Imaginar siquiera los domingos aquellos salpicados de alegría, aunque no fuera real ahora. Mas eso poco importaba.

El deseo del pasado daba cierto tinte de veracidad a la caravana de añoranzas con anuncio lejano de tristezas, que afloraban precipitadamente al cerebro de José.

El liceo, y los amigos, y los profesores... Los buenos y los malos. Todos buenos. Y los consejos. Los consejos que no se escuchan y de los cuales la vida misma se encarga de demostrar su veracidad.

Las rabonas. Las rabonas para escapar del liceo. Las ganas de volver cuando uno se marcha para siempre de él. Cuando uno se aleja. Cuando ya no se vuelve. Cuando ya no es posible volver. Aunque se quiera.

¡Qué lindo comenzar de nuevo!

¡Qué imposible comenzar de nuevo!

El pasado de José se estrellaba contra sus ojos, saltando en mil pedazos de cristal. Y cada pedazo era un recuerdo.

¿Qué habría de realidad en los recuerdos? ¿Eran sólo eso? ¡Quién sabe!

José dio la vuelta.

Y comenzó a alejarse del viejo barrio. Del barrio viejo. Y sus pasos firmes parecían no querer despegarse del lugar. Del querido lugar que tan íntimamente viviera hacía ya tanto.

José cerró los ojos para tratar de retener una última imagen.

Volvió a abrirlos.

En esos momentos unos pasos apresurados retumbaron a sus espaldas. Miró indiferentemente, pero no pudo dar crédito a lo que sus ojos presenciaron.

—¡Bang! ¡Bang! Te he matado. Muere —le gritó un niño empuñando una pistola de plástico.

Pero tras aquel niño había otro y otro y más.

—Carlos, Julio, Jorge, Emilio, Ricardo, ¿son... niños aún?

Los chicos lo miraron asombrados, taladrándolo con las miradas fijas e inocentes a la vez. Había incredulidad en las miradas.

—¿Qué dices, José?

—¡Julio! Me reconoces a pesar de... —no concluyó.

Se miró las manos. Estaban sucias. Muy sucias.

Y no tenía zapatos. Pero sí unas viejas zapatillas. Y no tenía su traje. Pero sí una camisa y un pequeño pantalón.

Y en su mano no tenía un cigarrillo. Pero sí un rifle de juguete.

—No compren... —tampoco esta vez completó la frase.

—¡Joséééééééé!

El grito fue largo, prolongado, infinitamente extenso. Venido desde el fondo de los años.

—No puede ser..., no puede ser. No, no, pero..., pero... ¡Ya voy, mami! ¡Ya voy!

—Vamos, que la comida está pronta —le contestó su madre.

José no se preguntó nada más. Solo atinó a responder:

—Sí, mami.

Tomó por la cintura a su madre. Esta lo abrazó a su vez, y se fueron conversando por el corredor largo, muy delgado y largo, muy amigo.

Ya no tan viejo.

* * *

—¡Ha resultado! ¡Ha resultado! ¡Lo logramos!

Los dos seres se abrazaron. Habían llevado a la cumbre el experimento.

—La Tierra será nuestra —dijo uno.

—No solo nuestra —dijo el otro, que era igual al primero, o éste igual a él, pues los dos eran idénticos.

—Después de tantos siglos, pudimos hacerlo al fin.

Sí lo habían hecho. El teletransportador de épocas estaba listo para ser activado sobre la humanidad. Todos sus habitantes serían enviados al pasado. Todos. Sin excepción. Y ellos, los seres de otra galaxia, ocuparían su lugar.

Poco faltaba ya para que su mundo estallara víctima de la colisión con otro.

La única salvación consistía en huir hacia uno que les proporcionara similares sustentos. La Tierra era ideal.

No existía otro camino a seguir. Catastrófico sería una convivencia aunque pacífica con los humanos. Hay cosas que no pueden ser. Hay cosas que no se pueden adaptar. Cosas disímiles por completo. Tanto física como mentalmente.

Es así que optaron por la mejor de las soluciones. Enviar a todos los habitantes del tercer planeta a un pasado no muy lejano, mientras ellos, a su vez, se establecían en el período de tiempo abandonado por los terrestres.

Nunca se encontrarían las dos razas, pues las dos estarían establecidas en distintos sectores del tiempo.

Cuando llegaran los humanos al período actual, luego de recorrer nuevamente los años que retrocedieran, se hallarían con la lógica irrebatible de que los extraños de la galaxia convivían despreocupadamente unos años más adelante.

Sin duda una gran solución. Pacífica.

Claro que José nunca lograría enterarse. Nadie en todo el planeta se enteraría.

Todo era comenzar unos años ya vividos, de nuevo. Solo eso.

¡Qué fortuna para muchos! ¡Qué fortuna para José!

Se acercaron con su gigantesca nave a la Tierra. Poco a poco comenzaron a regarla con un haz de luz verde intensísimo.

Luego nada más. Nada. Solo el planeta esperando a la nueva raza. Solo el planeta aguardando. Solo el tiempo. Solo José otra vez niño.

Nada más que eso.

© J. A. Best y Ediciones Dronte, 1971