¿QUIÉN HABLA DE CONQUISTA?
CHRISTOPHER ANVIL
Christopher Anvil es un autor que casi podría calificarse de prolífico. Sin embargo, a pesar de los múltiples relatos suyos que han aparecido en diversas publicaciones, no tenemos ningún dato personal con que saciar la sed de bibliografías que parecen sentir la mayor parte de nuestros lectores. Lo único que podemos decir es que trataremos de conseguir algún dato sobre él, ya que cuentos suyos sí que vamos a publicar más.
ilustrado por SUMMERS
Stil Bek, Controlador del Sector de Servicio de Ocupación Planetaria, podía darse cuenta de lo que era un lío cuando veía uno. Con una discordante impresión de confusión aún fresca en su mente, estrechó la mano de Kife en la oficina interior del Comandante de Penetración Inicial. Stil se apercibió del apretón febril de Kife y de sus ojos relucientes cuando Kife se giró para señalar a una caja de madera de tono claro, en la que había una pantalla de setenta centímetros de ancho.
—Con eso —dijo Kife—, los haré caer en un caos total. Cuando termine no habré dejado una mente cabal o un gobierno estable en todo el planeta. Observa.
Kife hizo girar un botón en un lado de la caja. En la pantalla pasaron deslizándose pisos y habitaciones iluminadas, como si estuvieran mirando a un edificio que no tuviera fachada. Entre una multitud de escenas inocentes, Kife hizo una pausa para mostrar discusiones violentas, orgías de borrachos en una fiesta, un grupo de personas comadreando maliciosamente y varias parejas de aspecto sospechoso que no parecían tener relaciones muy lícitas.
—Mentiras —dijo Kife sonriendo—, murmuraciones, adulterios, traiciones. Una vez que el espectador haya visto esas cosas en la pantalla, ya no estará interesado en ninguna otra cosa más que no sea eso. Y todo es real. El veneno que este instrumento diseminará será la ruina del planeta...
Stil sintió que se le erizaba el pelo en la nuca.
—Este es un planeta científicamente avanzado, Kife. ¿No será ese un instrumento demasiado peligroso para dejarlo suelto aquí? No nos atreveríamos a hacer esto en ningún planeta de la Unión Galáctica.
Kife pareció no haberle escuchado.
—También he solucionado el problema de distribución. —Extendió un gran mapa que mostraba el hemisferio oeste del planeta rodeado de océanos, y marcas que señalaban partes de otros continentes. Amplias áreas grises punteadas de rojo y verde estaban distribuidas sobre el mapa.
—Las áreas grises —dijo Kife—, son centros de población. Los puntos verdes representan a los distribuidores oficiales. Si los gobiernos locales se oponen, entonces ya he hecho lo necesario para establecer un mercado negro... que son los puntos rojos.
Stil tocó con un dedo el borde del mapa para ver si por casualidad no estaba desplegado del todo.
—¿Qué hay del resto del planeta? —preguntó.
—De eso me cuidaré luego. Primero, haré que la mitad del oeste caiga en el caos y se produzca un vacío en el poder de su zona de influencia. Cuando el otro bloque en el planeta se decida a apoderarse de todo, habrá confusión. Entonces introduciré grandes cantidades del instrumento en su territorio. Puesto que esa otra parte del mundo funciona aún mucho más por el secreto y el engaño, también los llevará al desastre. —Hizo chasquear los dedos—. Oh, sí, hay algo más que quería enseñarte.
Apretó un botón del escritorio. La puerta de la habitación se abrió, y apareció un tembloroso subordinado. Kife garabateó algo en un bloc de notas, arrancó la hoja superior y se la entregó con ímpetu al subordinado, el cual salió precipitadamente y volvió a los pocos momentos con un grueso fajo doblado de papeles impresos.
—Esto —dijo Kife— es lo que los nativos llaman un «periódico».
Lo abrió por una página, en la que había un gran anuncio cuya cabecera decía:
¡TODAS LAS PUERTAS ESTÁN ABIERTAS SI POSEE SU PROPIO RTV!
Debajo había una ilustración de una familia agrupada reverentemente alrededor de una pantalla gigante que mostraba una reunión de hombres y mujeres en traje de gala.
Stil, que había aprendido el idioma nativo con carácter de urgencia mientras su nave lo transportaba por el espacio a este planeta, solamente comprendió una parte del texto completo del anuncio. Pero leyó lo suficiente como para hacerse una idea:
«...¿Qué es lo que le ofrece la TV normal?... Siempre los mismos espectáculos, repetidos sin fin... Pero suponga que hace girar el botón mágico y puede ir a cualquier sitio... contemplar la vida real en cualquier lugar del mundo, con toda su embravecida pasión y variedad... ¡Sin censura!... Ahora, por un milagro de la ciencia moderna... el sueño de todos los tiempos se convierte en realidad... Y más aún, pues una vez tenga un RTV este lo protege a fin de que ningún extraño pueda fisgonear en su casa... Libre de mirones... ejerza su sana ansia por la realidad, sin temor... Facilidades de pago... Visítenos pronto.»
Stil hizo una inspiración profunda.
—¿Cuán pronto planeas efectuar la distribución del aparato?
Una expresión de triunfo apareció en la cara de Kife. Cuando habló, las palabras sonaron en los oídos de Kife como una sentencia de aniquilación:
—Ya lo he hecho.
Stil recibió algunos detalles más por parte de Kife, y luego dejó la habitación en una especie de estupor. Un nervioso ordenanza condujo a Stil a una habitación sin ventanas y con baño. Stil cerró la puerta y miró a su alrededor. Se estaba dando cuenta, al igual que en otros problemas anteriores, de que era algo afortunado el que la Unión Galáctica tuviera un sistema de comunicación rápido y secreto. Tal vez ya era demasiado tarde como para que él pudiera hacer nada, pero podía advertir a los otros, a fin de que la situación fuera puesta bajo control. Stil apagó la luz de la habitación y se tumbó sobre la cama. Se relajó, y gradualmente calmó sus pensamientos. A medida que su mente se apaciguaba, el débil susurro del transreceptor implantado se hizo más fuerte, hasta que fue como el silbido del vapor de una tetera hirviente en una habitación silenciosa. En el silbido, podía escuchar débiles variaciones, que gradualmente se hicieron más distintas y luego formaron palabras:
—¿Oye? ¿Stil?... Te escucho, por favor...
Stil formó la respuesta en su mente, y oyó las palabras tan claramente como si las hubiera dicho:
—Te oigo, Dinal.
—Por fin. ¿Has llegado a 26JB3? ¿La Tierra, como dicen sus habitantes?
—Estoy ahí en este momento.
—¿Está eso tan mal como pensábamos?
—Peor. Kife ya ha puesto los aparatos en el mercado. Más de ochocientos fueron vendidos antes de que yo llegara aquí, con gran despliegue de publicidad. Hay cientos de miles más, en tiendas y almacenes extendidos sobre la mitad del planeta. Ahora ya no puede hacerse nada.
Hubo una pausa, luego Dinal dijo:
—Se lo hemos dicho al Jefe.
—¿Qué ocurrió?
—Lo peor. Ni siquiera explotó. Ha pedido el archivo completo del asunto. Mientras tanto, ni ha comido ni ha cenado. Se está leyendo todos los documentos. Seis horas más y tendrá una idea general de todo. También tendrá un humor detestable. Entonces es cuando empezarán a volar cabezas.
Stil gruñó.
—¿Qué es lo que vas a hacer? —dijo Dinal.
—Aún estoy agotado por esa conferencia en Tikra IV. He llegado aquí en un cacharro ultrarrápido y mi nave de control aún está por el camino. Hasta que no llegue me voy a dedicar a dormir.
—Debes tener nervios de acero. Bien, buena suerte.
—Gracias. Te deseo lo mismo.
Las palabras se desvanecieron en un silbido sostenido que se apagó hasta desaparecer mientras Stil yacía tumbado, pensando.
En su imaginación, pudo ver por un momento la gran extensión de la Unión Galáctica, manteniendo bajo su control a los miles de planetas tan distanciados entre sí. Stil vio su propio sector como parte de una enorme trama que se expandía constantemente a medida que las naves exploradoras descubrían nuevos planetas, y los equipos de penetración se trasladaban a fin de estudiar las formas de vida locales, descubrir sus puntos débiles, e introducir sutilmente un nuevo factor que lograría que la población nativa tratara de cortarse el cuello los unos a los otros, haciendo las cosas fáciles para una posterior explotación e integración en la Unión.
Cada planeta, pensó Stil, presentaba un desafío propio. Pero los planetas del tipo de esta «Tierra» eran particularmente engañosos. Divididos ya en facciones hostiles y científicamente alertas, estaban acostumbrados a las tensiones, inquietudes y trastornos como condiciones regulares de vida. Eso significaba que el factor de alteración debía de ser seleccionado con todo cuidado, e introducido sutilmente en el momento y lugar oportuno. De lo contrario, el planeta podía hacer erupción con un estallido tal que casi lo haría pedazos, perdiéndose así para la Unión. La sospecha de una interferencia exterior también podía unificar las facciones antagonistas de un día a otro. Había toda clase de trampas en el sendero de los equipos de penetración en este tipo de planetas. Los esfuerzos del comandante de la penetración eran particularmente intensos. Ocasionalmente, un comandante sufría una crisis, perdía contacto con la realidad, desvirtuaba sus informes de acuerdo con sus delirios privados, y esto no se descubría hasta que había ocurrido una catástrofe. Entonces se producía un follón inmenso. Como este de ahora.
Stil decidió que no tenía utilidad el estar pensando en ello. Se levantó, se aseó, se tumbó otra vez, y pronto cayó exhausto en el sueño.
Stil se despertó muy temprano a la mañana siguiente, con el silbido sonando alto en su cabeza. A medida que le prestaba atención, la voz se hizo más clara, y se dio cuenta de que no era Dinal esta vez sino Jad, su controlador de emergencia. La agria característica de la voz de Jad le llegaba claramente.
—Llamando a Stil —decía Jad—. Llamando a...
—Aquí estoy. ¿Dónde estás tú?
—Hemos aproximado la nave tan cerca del planeta como podíamos a fin de no ser descubiertos. ¿Quieres los primeros informes ahora o espero hasta que vengas?
—Puedes dármelos ahora —Stil puso en blanco su mente.
La voz de Jad dijo:
—La historia del lugar parece ser lo que esperábamos. Aquí tengo una reconstrucción basada en los datos que hemos conseguido hasta ahora.
Mentalmente vio un globo terrestre, con líneas claras que serpenteaban sobre montañas y llanos, marcados los confines de cada nación y de los grupos raciales. A medida que la marcación de los confines se completaba, una voz hablaba brevemente, diciendo: «Grecia, Cartago, Roma, India...» Con cada nombre, Stil veía en un relámpago las características nacionales y sus costumbres, las más extraordinarias de ellas simbolizadas por diferentes matices de color, que gradualmente se movían sobre el globo a medida que los ejércitos marchaban y las razas emigraban.
Breves relámpagos de luz señalaban las invenciones de nuevos métodos e instrumentos, y Stil vio los cambios que ocasionaban en términos de proceso a largo tiempo que gradualmente acumulaban ímpetu.
Los desplazamientos exteriores de poder se convirtieron ahora en más rápidos, y aceleraron hasta llegar a una serie de violentas convulsiones que estallaron y se reagruparon hasta convertirse en dos enormes grupos de poder donde el flujo de los colores se hacía más vívido y se intensificaba, y vastos cambios potenciales parecían estremecerse en el borde de la realidad.
Stil contuvo la respiración, esperando. Entonces la voz de Jad dijo:
—En este momento, Kife hizo su aparición en escena. Comprobó que una nación, los Estados Unidos, tenía una gran cantidad de grupos minoritarios de inmigrantes que aún hablaban el idioma de su país de origen. Kife decidió efectuar el entrenamiento inicial del idioma en los Estados Unidos, donde las condiciones de vida eran aceptables, y donde podría tener a sus hombres razonablemente agrupados. Esto funcionó, al menos en lo que concernía al aprendizaje del idioma. Desgraciadamente, los hombres de Kife fueron influenciados por la filosofía y actitudes del lugar en donde estaban viviendo. Entonces Kife envió varios grupos de ellos a lugares como la Unión Soviética y China.
En el gran globo, apareció aquí y allí un tono de color que contrastaba cegadoramente con los colores que lo rodeaban. La mayor parte de este nuevo color se desvaneció instantáneamente. Pero unos cuantos fragmentos dispersos sobrevivieron tenazmente. En la región llamada China, el tono de color empezó a agrandarse como el vórtice de un huracán. Se extendió sobre los colores que lo rodeaban. Creció y se hizo más y más grande. En la vecindad de la Unión Soviética, el color prevaleciente ondeó, luego se intensificó. Brillantes líneas convergieron hacia China. En una serie de violentas explosiones nucleares, los colores transplantados brillaron, se desintegraron en fragmentos, y finalmente desaparecieron. El mismo tono de color se intensificó en forma destacada en la parte del globo que era los Estados Unidos.
—Eso —dijo Jad—, fue lo que se llamó «los veintiocho días» en China. El resultado ha sido la creación de nuevas tensiones terroríficas dentro de cada bloque de poder. Al mismo tiempo, ambos están agitados por la ferocidad de lo ocurrido. Este asunto parece ser el que arruinó a Kife. Incidentalmente, un cierto número de hombres de Kife fue capturado y brutalmente torturado. En el proceso fueron descubiertos los transreceptores implantados. El bloque este piensa ahora que esto significa un fantástico adelanto científico por parte del bloque oeste. Los científicos del este están trabajando en lo mismo. Simultáneamente, agentes del bloque oeste están informando de ello a sus superiores, que saben que el instrumento no fue inventado por ellos.
Stil hizo una aspiración profunda.
—¿Hay algún informe sobre esos aparatos que Kife ha distribuido?
—Poca cosa. Hemos estado concentrándonos sobre el desarrollo de los sucesos que te he mostrado. Pero creo que ya puedo mostrarte unas cuantas reacciones típicas.
El globo verdeazulado desapareció. En rápida sucesión, Stil vio una serie de escenas:
1) Un grupo de hombres con los ojos desorbitados aferraban latas de cerveza y se apelotonaban alrededor de una pantalla que mostraba a una mujer de cuerpo escultural que estaba deslizando un suéter por encima de su cabeza.
2) Un grupo de hombres de facciones duras pero con aspecto alegre estaba tomando gran cantidad de notas mientras observaban como los oficiales de un banco cerraban la cámara acorazada para el resto del día.
3) Un hombre y una mujer vestidos pobremente agitaban sus cabezas y se sonreían el uno al otro mientras contemplaban en la gran pantalla como un hombre y una mujer lujosamente vestidos mantenían un feroz altercado.
4) Un hombre uniformado de azul, con un micrófono a su lado, observaba como otros hombres de azul se desplegaban y se acercaban a la parte trasera de un almacén colindante con el edificio de un banco.
5) Un gran aparato, con la pantalla apagada, estaba instalado sobre un banco de laboratorio. Las piezas del interior del aparato estaban desparramadas sobre el banco y dos hombres las ojeaban; uno de ellos se volvió hacia el otro y dijo: «Y un cuerno hemos hecho esto, Fred. Y tampoco los Rojos.»
Las escenas desaparecieron. Jad dijo:
—Tendremos más escenas para enseñarte luego. Esto parece ser lo normal por ahora. La única otra cosa de interés es que varios de esos visores están siendo transportados en avión hacia otros países, y que los Estados Unidos han establecido la prohibición de vender ningún aparato más en su propio país. Ya veremos si la prohibición va a mantenerse o no.
Stil se quedó un momento en silencio, pensando.
—¿Cómo ves el desarrollo de este asunto a partir de ahora?
—Como una explosión.
—Eso es lo que yo también creo. Vamos a necesitar fuerza aquí, mucha fuerza.
—Hay un grupo especial viniendo hacia aquí a toda prisa. Es todo lo que podemos esperar hasta que se haya liquidado el problema de Aret VI.
Stil asintió.
—Bien, ponte en contacto conmigo tan pronto como tengas los resultados de las últimas reacciones sobre el aparato. Voy a quedarme hasta mañana para tener una impresión personal de como van las cosas por aquí. Después ya te veré ahí arriba.
Stil pensó sobre lo que había visto, y luego se quedó dormido otra vez. El timbre de su reloj lo despertó poco después de la salida del sol. Se aseó, se vistió rápidamente, y salió al pasillo.
Se dirigió a la oficina exterior de Kife, y se encontró con que la mitad de los empleados trataban de parecer ocupados mientras la otra mitad se apelotonaba sobre los informes, discutiendo sobre el modo de presentárselos a Kife. La puerta de la oficina de Kife estaba completamente cerrada. Stil dio una mirada a su alrededor, y luego dejó dicho que volvía a su nave.
Entró en una de las cabinas bajo el edificio, introdujo su tarjeta en una rendija de la pared, y esperó. Tuvo tiempo para su acostumbrado estremecimiento de terror al pensar que su cuerpo se transmutaba en ondas electromagnéticas, saltó del transmisor al repetidor, del repetidor al receptor y fue juntado de nuevo más allá. Entonces las paredes de la cabina parecieron temblar levemente. Stil abrió la puerta y salió al Coordinador, nave de control del sector.
Stil caminó a lo largo del corredor, mirando ocasionalmente a las ocupadas oficinas, saludando con la cabeza a apresurados auxiliares, y entrando en una puerta que decía «Control de Emergencia». Varios oficiales de menor graduación se pusieron en posición de firmes y luego lo guiaron a través de una estancia enorme repleta de pantallas, gráficos en tres dimensiones, hileras de hombres y mujeres uniformados sentados en mesas al lado de archivadores, y una larga y curva bancada de cabinas de comunicación de las que entraba y salía gente. En el centro de este laberinto se hallaba sentado un hombre de largas extremidades, en una silla giratoria y rodeado por una mesa ancha y circular. Llevaba puesto un casco de color claro y una expresión de dolor mientras apretaba botones codificados de diferentes formas y colores dispuestos en hileras inclinadas a lo largo de su mesa. Vio a Stil cruzando la estancia y agitó una mano saludándolo. Una sección del escritorio se deslizó a un lado y Stil pasó a través de la abertura.
—¿Cómo va esto? —dijo Stil.
—Terrible —dijo Jad—. Toma, da un vistazo. —Le entregó a Stil otro casco. Cuando Stil se lo ajustó, se encontró observando a varios hombres reunidos en una pequeña habitación con un par de banderas situadas en una pared. Dos de los hombres estaban de pie al lado de unas sillas, en posición tensa, el uno al costado del escritorio, y el otro con la cabeza inclinada un poco hacia adelante, su mano izquierda en su barbilla. Este hombre miró a los demás y asintió.
—De acuerdo. Pueden hacerlo. Existe un riesgo apreciable, pero no nos queda otro remedio. —La habitación se vació precipitadamente.
Stil se quitó el casco.
—¿Qué era eso?
Jad lo miró.
—El Presidente de los Estados Unidos decidiendo levantar la prohibición sobre los aparatos de RTV. ¿Viste en ello algo de caos o de pánico?
Stil negó con la cabeza, con expresión lúgubre.
—¿Alguna otra cosa?
—Bueno, si hay alguna nación técnica en este planeta que no haya desmontado varios aparatos a estas alturas, no sé donde está.
—¿Algún desorden?
—Por ahora solo ha habido unos cuantos incidentes a base de puñetazos. Nada a gran escala. Lo cierto es que los departamentos de policía local también tienen los aparatos, de modo que están en posición de evitar la mayor parte de los problemas antes de que tengan la oportunidad de iniciarse.
Stil asintió.
—Por la forma en que todo está ocurriendo, no veo que podamos hacer nada excepto esperar a ver que ocurre. Tal vez consigamos la clase de caos que podemos utilizar, pero no tengo ninguna esperanza.
—Ni yo tampoco. Este va a ser un trabajo para las tropas.
Pocos momentos más tarde, Stil se dirigió a su propia oficina, se hizo traer el desayuno, y empezó a trabajar en los problemas acumulados del Sector de administración. Antes del almuerzo, escuchó el débil y variable silbido interior que le indicaba que alguien trataba de entrar en comunicación con él.
—¿Stil?
—Aquí estoy, Dinal.
—¿Dónde estás?
—A bordo de la nave.
—¿Algo nuevo?
—La situación se nos está escapando cada vez más de las manos, tal como esperábamos. Pero aún es demasiado pronto para estar seguros de lo que va a ocurrir.
—¿Qué habéis planeado hacer?
—Vamos a esperar. Es todo lo que podemos hacer. La distribución de Kife de los aparatos parece marchar perfectamente. Aún hay una remota posibilidad de que las cosas funcionen como Kife predice. Si lo quitamos de su sitio ahora se produciría un lapso de autoridad ahí abajo que podría arruinar las pocas posibilidades que nos quedan. Si lo malo se convierte en peor... bien, hay las tropas que se dirigen hacia aquí.
Dinal se quedó en silencio por unos instantes. Luego dijo:
—Espero que todo vaya bien. Este asunto, justo a continuación del follón de Aret VI, en el sector de Noral, ha puesto al Jefe fuera de sí.
Stil agitó su cabeza. Se desearon suerte uno al otro, tétricamente, y luego Stil pidió el almuerzo, prestando su atención a un informe de Jad:
«Aquí están las últimas noticias: Tumulto frustrado en Nueva York. Se ha formado en Boston la Primera Liga de lo Privado. Estupefacción en Moscú ante el diseño del aparato. Peiping avisa de que ha establecido unos límites jurisdiccionales antivisores de cincuenta kilómetros alrededor de sus costas. Incidentalmente, el último recuento indica que hay setecientos ochenta y dos aparatos enfocados sobre China, y la mayor parte de esos aparatos están en Moscú. Esta última inspección aún no muestra ninguna tendencia que pueda desarrollarse en algo favorable para nosotros.»
Esta opinión continuó de un día para otro, mientras la situación en el planeta cambiaba pero sin derrumbarse en el caos. Se sumergió en su trabajo rutinario, recibiendo breves informes de Jad. Entre los diversos informes, se destacaba el siguiente: «Hasta el momento, ochenta y seis crímenes, ciento diecisiete atracos, ocho suicidios, y novecientos sesenta y cinco arrestos pueden achacarse a los aparatos de RTV.
»Conmoción en las Naciones Unidas acerca de un panel de aparatos enfocados sobre Hungría, Tíbet, una prisión en Moscú, y variados horrores en el interior de China. La Comisión de Compras de la Unión Soviética está enviando a su país barcos enteros cargados de aparatos.
»Panel americano de aparatos en Moscú mostrando el típico hogar de un trabajador de los Estados Unidos. Un panel rival ruso con gran cantidad de aparatos situado enfrente exhibe escenas variadas de barrios bajos en los Estados Unidos, ciudades abandonadas y áreas de depresión económica, presentadas también bajo el título de “hogares típicos de trabajadores de los Estados Unidos.”
»Actos diseminados de asaltos debidos a la sobreexcitación por parte de los espectadores. Proyectos de ley inefectivos en las legislaciones nacionales a fin de restringir el uso de los aparatos.»
Stil recibió ahora noticias de una nueva rebelión en Aret VI. El grupo especial que se dirigía hacia la Tierra dio media vuelta y enfiló a toda prisa la dirección opuesta. Stil envió furiosos mensajes sin ningún resultado, y entonces llamó a Jad.
—Lo sé —dijo Jad—. Cuando lleguen otra vez a Aret, el problema ya no existirá. Después de volver a toda marcha, el grupo se encontrará con las mismas condiciones que cuando se marcharon. Luego, llegarán nuevas órdenes de dirigirse aquí a toda velocidad. Las tropas llegarán cuando ya no hagan falta y tan cansadas que ya no servirán para nada. El Estado Mayor envía a los hombres por ahí como si la red del transformador central de materia estuviera cubriendo todo el universo.
—¿Qué es lo que está haciendo Kife ahora?
—Se dispone a distribuir un accesorio que suprimirá la interferencia. Entonces la gente podrá ver a otra gente incluso si esos otros tienen aparatos instalados. Sin las tropas para apoyarnos, me parece que esta es nuestra última oportunidad; pero tampoco tengo muchas esperanzas.
Stil asintió y reanudó su trabajo. Tenía la impresión de ser un hombre que estuviera luchando por apagar un fuego en el patio de su propia casa, y que viera a los bomberos pasando de largo y perdiéndose en la distancia. A medida que pasaban los días, nuevos informes aumentaron sus inquietudes.
«Ampliada la distribución de aparatos, vendidos en todas las naciones del bloque oeste e importados en grandes cantidades en el bloque este, con intención de estorbar la distribución en la parte oeste.
»Kife ha puesto en el mercado su anulador de interferencia con la esperanza de que la gente se enfurecerá al ver que otros invaden su vida privada.
»Extensivo espionaje por medio de los aparatos ha convencido a cada bloque de poder de que el otro no fue el que inventó el visor. Ambos están tratando ahora de averiguar quién lo hizo.
»El anulador no está produciendo el efecto esperado. Ha habido muchas demostraciones coléricas sobre la pérdida de vida privada, pero casi toda la violencia está canalizada hacia los vendedores de anuladores. Puesto que la gente que utiliza los visores generalmente no está interesada en observar a otra gente utilizando sus visores, no ha habido problemas por esa parte. Peor aún, parece ser que hay un apreciable número de personas que continúan su vida normal sin importarles los visores que puedan estar observándoles. La evidente tranquilidad mental de esa gente está empezando a generar una cierta cantidad de imitación, lo cual es extremadamente poco favorable desde nuestro punto de vista.
»Bastantes usuarios americanos y rusos están ahora hablando directamente los unos a los otros con los aparatos equipados con anuladores, utilizando signos o intérpretes a fin de cambiar puntos de vista, al mismo tiempo que aprenden el idioma del otro. Ha habido desacuerdos violentos pero lo que no me gusta es que están encontrando demasiados intereses comunes. Hay demasiada admiración mutua. Si los gobernantes de los bloques del este y del oeste terminan por ser amigos y empiezan a buscar un nuevo enemigo, entonces tendremos una pesadilla galopante tras de nosotros.»
Stil se secó el sudor de su frente. Fue a ver a Jad, y lo encontró con un aspecto excepcionalmente agrio.
—Escucha —dijo Stil—, ¿dónde están esas tropas ahora?
—Justamente partiendo otra vez de Aret VI. Naturalmente, no llegarán aquí a tiempo. Hay tantos grupos de investigación y particulares trabajando con los aparatos que no podemos controlarlos a todos. Evidentemente, uno de ellos ha descubierto que había un bloqueo en el instrumento. Ahora el bloqueo ya no existe. Su utilidad consistía en interrumpir una cierta recepción, manteniendo fuera de visión el cuartel general subterráneo de Kife. Pero ahora hemos descubierto no menos de ocho visores sintonizados sobre Kife y su base. También encontrarán muy pronto sus diversas sucursales locales.
Stil inspiró profundamente.
—Eso acaba con todo. Ordénale a Kife que evacue.
—Kife se ha vuelto loco.
—Entonces pon a algún otro en su cargo y que despache a Kife fuera de ahí.
Jad se alzó de hombros y le entregó un casco.
—Toma, da una mirada.
Stil frunció el ceño y se ajustó el casco en la cabeza. Una escena fulguró frente a él. Reconoció la oficina exterior de Kife, las pantallas desatendidas, el personal de la oficina saltando por las inmediaciones con botellas medio vacías o agrupados en torno a tapetes agitando vasos de los que salían disparados pequeños cubos blancos con puntos negros.
Stil se quitó el casco y dijo furiosamente:
—Hemos de sacarlos de ahí junto con los archivos. Tendremos que utilizar la dotación de la nave y los guardias, y mejor que consigamos tantos voluntarios como nos sea posible obligarles.
Stil observó la evacuación forzosa en una gran pantalla que mostraba la base de Kife en secciones. La situación se hizo más tensa cuando sobre el área apareció una monstruosa barrena terrera transportada por un inmenso camión, seguido de un convoy motorizado erizado de tropas americanas. Mientras Stil observaba como sus hombres removían a Kife y a su alcoholizado personal hacia los transmisores de materia, la gigantesca barrena terrera fue situada en posición de taladrar.
Stil pudo ver como la barrena avanzaba en el suelo. Contempló el montón de tierra que se iba amontonando rápidamente a un lado, y levantó su micrófono:
—Dejad ahí los archivos —ordenó—. Convertid en cenizas lo que hay en cada habitación y largaos.
La barrena hizo un agujero sobre el techo del edificio con extraordinaria precisión, y entonces fue retirada. Dos camiones se situaron al lado del agujero transportando una armazón metálica entre ambos, y se detuvieron cuando el armazón quedó sobre la excavación. Del armazón descendieron cuerdas y escalas de cadenas con tubos metálicos, junto con cables que llevaban bombillas dispuestas a intervalos. Largas líneas de tropa saltaron al agujero y empezaron a descender; los que llevaban armas ligeras bajaron rápidamente por las cuerdas, y los que transportaban armas pesadas por medio de las escalas.
Stil se enjugó el sudor de su frente. Mientras sus hombres terminaban en el piso más inferior, las tropas terrestres llegaron al piso superior. Hubo un breve intercambio de balas rebotando y ardientes rayos de luz. Un instante después los hombres de Stil habían pasado a través de los transmisores de materia, enviando cargas explosivas de demolición en sentido inverso que destruyeron los transmisores. Pero a pesar de los esfuerzos de Stil, llegó demasiado tarde a algunas de las sucursales locales de Kife.
Cuando todo hubo terminado, Stil se sentía atontado por la tensión nerviosa y la fatiga.
Un ayudante llegó corriendo a su lado, diciendo:
—Una llamada en la Cabina de Comunicación I, señor.
Stil se dirigió a la cabina, entró en ella y cerró la puerta. La cabina se oscureció, y una pantalla que ocupaba toda una pared se iluminó. Frente a él se hallaba ahora un hombre vestido con un elegante traje oscuro, que habló en voz baja y ronca.
—Durante la última hora he estado observando todas las acciones que usted ha llevado a cabo.
—Sí, señor —se forzó a decir Stil.
—El resultado de esa operación es un desastre.
—Sí, señor.
—Tal vez le interese saber lo que le ocurrió al oficial que se dedicó a enviar al Grupo Especial 68 en viajes de ida y vuelta a través del espacio sin ninguna utilidad.
La pantalla fluctuó. Justo frente a Stil, un cuerpo colgaba ahorcado.
La pantalla fluctuó otra vez. Stil se quedó rígido. La voz baja y ronca dijo:
—La inteligencia es recompensada. La incompetencia es castigada.
—Sí, señor.
La pantalla se apagó.
Stil tragó saliva. Se pasó la mano por la frente e hizo una profunda inspiración. Salió de la cabina, y le sorprendió la presencia de gente moviéndose activamente por la estancia. Se detuvo al lado del escritorio de Jad. Este tenía una pantalla frente a él, y le hizo una señal para que diera un vistazo.
La pantalla estaba dividida para mostrar dos escenas, cada una de ellas de un hombre con bata de laboratorio, de pie frente a otra pantalla con un visor desmontado frente a él. Cada hombre aparecía en la pantalla del otro. Uno de ellos levantó un cable conectado a un laberinto de circuitos. El otro asintió, dibujó rápidamente en un bloc y lo alzó para mostrarlo. El primer hombre sonrió y señaló otra porción del aparato desmontado.
—¿Qué es eso? —dijo Stil.
—Un par de los mejores científicos terrestres trabajando en feliz colaboración. No hablan el mismo idioma pero, aún así, han desarrollado la idea de extender el radio de acción de esos aparatos. Yo tenía la esperanza de que tardarían un centenar de años en descubrir esa técnica.
—¿Extender el radio de acción? —dijo Stil—. ¿Extenderlo a qué distancia?
—Pueden llegar desde aquí casi hasta Aret VI, si consiguen unificar varios de esos aparatos.
Stil no se movió mientras asimilaba lo que esto significaba.
—Si consiguen instalar repetidores a intervalos —dijo Jad—, al igual que nosotros, no hay límite teórico. Pero aún sin eso, pueden llegar a mucha, mucha distancia.
—¿Y la transmisión es prácticamente instantánea?
—Sí.
Stil asintió fatigadamente, diciendo:
—Y, al mismo tiempo, tienen un planeta densamente poblado, organizado para un máximo de producción, a punto de aprovechar los vuelos espaciales, requiriendo tan solo un enemigo común para canalizar sus esfuerzos, y un poco más de experiencia técnica para transformarlos en algo mortal. Este lugar podría hacer que lo de Aret VI fuera como un lugar de vacaciones. ¿Cuánto tardarán esas tropas en llegar aquí?
—Unos quince días. Estarán en malas condiciones, desde luego, puesto que, en realidad, han viajado el doble de la distancia total a máxima velocidad. Sin descanso.
—¿Alguna probabilidad de refuerzos?
—Si Aret VI no estalla otra vez, lo cual es problemático, tal vez podríamos conseguir algunos de allí. El problema de transporte es demasiado difícil como para conseguirlos de cualquier otra parte.
—Está bien —dijo Stil—. Dime si lo que pienso es verdad. Si tratamos de suprimir este planeta en su estado actual, utilizando un puñado de tropas agotadas, todo lo que conseguiremos será unirlos permanentemente y lograr que inicien preparativos febriles para una guerra interestelar.
—Correcto.
—Por otra parte, si nos quedamos aquí sin hacer nada, completarán sus aparatos de radio de acción extendido, nos descubrirán, observarán nuestra nave, grabarán todo lo que vean, y finalizarán con suficientes conocimientos técnicos como para empezar a construir su propia flota.
—Correcto otra vez. De hecho, tardaremos tanto en salir de su radio de acción que probablemente conseguirían lo mismo.
—Y luego podrán enviar naves cargadas de tropas y visores a Aret VI, por ejemplo, creando una terrible situación.
—O si, para evitar que descubran nuestros secretos, volamos en pedazos todo lo que hay en esta nave, incluyéndonos a nosotros, eso causaría un descalabro en la administración gubernativa del sector entero, puesto que todos los planes, archivos y línea de control están centrados en esta nave.
—Sí. Y debido a la inquietud resultante del asunto de Aret, un lapso en el sector gubernativo, justamente ahora, podría ser mortal. ¿Qué es lo que podemos hacer?
—Prácticas para sonreír —dijo Stil agriamente.
Una semana más tarde, el transbordador de la gigantesca nave de control aterrizaba en el planeta. Mientras la rampa se deslizaba y Stil salía al exterior, una multitud lo aclamó y tiró los sombreros al aire. Un gran altavoz resonó dando comentarios continuos, de los cuales Stil solo fue capaz de entender fragmentos ocasionales:
—...Nuestros amigos galácticos... una vieja raza, sabia y benéfica de más allá de las estrellas... portadores de maravillosos presentes científicos... asociados... a pesar de un breve y desafortunado mal entendido... un tratado comercial de cien años y un pacto mutuo de no agresión...
Stil se inclinó, saludando resuelta y amistosamente, cuando el dirigente de la Tierra Unida le tomó la mano y se la sacudió de arriba abajo.
A Stil le pareció que el dirigente de la Tierra debería de haber tenido la decencia de esperar un poco más antes de meterle una pluma en la mano para firmar el tratado comercial.
Pero Stil tuvo buen cuidado de sonreír y de firmar sin tardanza.
Después de todo, una gran cantidad de ojos lo estaban observando.
Título original:
SHOTGUN WEDDING
© 1960, by Street & Smith Publications Inc. Reprinted by arrangement with Panorama Literary Agency
Traducción de S. Mas