EL MEJOR RECUERDO

RICHARD WILSON

El escritor neoyorquino Richard Wilson produce una pequeña, pero muy competente, cuota de relatos cada año y —ocasionalmente —alguna novela. En este cuento, el autor trata del viejo tema de qué verdad es la mejor, si la absoluta o la utópica, y muestra el problema de un padre tratando de conciliar ambas en la educación de su hijo, en un ambiente con el que ningún padre tuvo que luchar antes.

Era casi la hora del Programa. Floyd Geringer llamó a su hijo.

—Vic... casi es la hora.

—De acuerdo, Papá.

El chico estaba creciendo. Había sido un rorro, huérfano de madre, cuando habían partido, y ahora tenía casi catorce años. «Partido» era el eufemismo que usaba Floyd para referirse al suceso que los había llevado al espacio, sin esperanza alguna de regresar a la Tierra.

Se sentaron en las confortables y desgastadas sillas, frente al altavoz. El dedo meñique de Floyd buscó, inconscientemente, el circulito en el que faltaba la tapicería roja. Un cigarrillo había sido el causante. ¿Cuánto hacía que no fumaba un cigarrillo?, pensó perezosamente, acabando por apartar el pensamiento de su mente. Ya no le preocupaba.

Miró al reloj. Faltaba un minuto.

—¿Por qué siempre lo escuchamos a las ocho? —preguntó Vic.

—Es la mejor hora —le contestó su padre—. Es ya de noche, y la gente está en casa, después de la cena. Es cuando emiten los mejores programas, pues cuentan con mayores audiencias.

Naturalmente, como ya en cierta ocasión había explicado Floyd, tenían puestos los relojes a la hora de la Tierra. Exactamente a la de Nueva York.

—Pero, ¿por qué no podemos escucharlo más que una vez a la semana? —siguió interrogando el muchacho.

Era pequeño para la edad que tenía, pero eso lo había heredado de su padre. Y su madre también había sido bajita, antes de... Bueno, antes de que pasase. A Floyd tampoco le gustaba pensar en aquello.

—Tenemos que conservar las baterías, hijo —le respondió— ¿Sabes?, no durarán siempre.

—Supongo que no —Vic se recostó en su silla y abrió el libro que llevaba en las manos, por el punto que mantenía con el dedo. Su padre se dio cuenta, con una amarga sonrisa, de que era Robinson Crusoe.

—Deja ya el libro, Vic —le dijo amablemente—. Ya es hora de oír la Tierra.

Conectó el aparato cuando la minutera roja marcaba las ocho menos treinta segundos.

—Es un buen libro. Trata de gente como nosotros, más o menos. ¿Lo has leído, Papá?

—Sí, cuando tenía tu edad. Ahora calla.

Vic sacó una señal para libros del bolsillo de su camisa y la colocó entre las páginas. Había tenido buen cuidado de hacerlo desde el día en que su padre le había reñido por doblar los ángulos de las hojas. Dejó el libro en el suelo, sin hacer ruido, se echó hacia atrás, y cerró los ojos.

—Lástima que no tengamos televisión —comentó.

—Ya te he explicado eso —le dijo su padre—. Es a causa...

—Lo sé, Papá. Chist...ya es la hora.

Mientras la minutera llegaba al punto de las 12, se oyó una voz desde el altavoz diciendo:

—Y ahora, la Radioemisora Mundial presenta: ¡El Mundo Hoy! Los acontecimientos y las personalidades que hoy fueron noticia, traídos para ustedes por los fabricantes de aquel remedio casero en el que confiaban sus bisabuelos, y que aún hoy sigue cumpliendo con...

—Nosotros no confiamos en él, ¿no, Papá? —dijo Vic.

—No, hijo. Esa es una de las cosas de las que nos hemos de pasar, pero no tenemos que hablar mal de él, al fin y al cabo paga el programa.

—Pues si que... —dijo Vic, casi inaudiblemente.

—Y ahora —dijo el locutor—: ¡El Mundo Hoy!:

—Se produjeron noticias hoy en Chicago. Fueron buenas noticias para las fuerzas de la ley y del orden, porque agentes del F.B.I., aprovechándose de la delación de una misteriosa mujer vestida de rojo, balearon al Enemigo Público Número Uno, el famoso John Dillinger. Dillinger, el hombre que le había declarado la guerra a los Estados Unidos, que se había teñido el cabello y borrado las huellas dactilares y dejado crecer un bigote en su fútil intento de escapar de la Justicia, se llevó su merecido cuando salía de un cine de barrio llamado Biograph. Los agentes federales lo cosieron a balazos, y el asesino Dillinger murió en un callejón. ¡Una prueba más de que el Crimen No Paga...!

Floyd Geringer miró a su hijo. Los ojos del chico estaban aún cerrados. Si aquel gran drama lo había estremecido, no daba señales de ello.

—...Pero llegan tristes noticias de Inglaterra —estaba diciendo ahora el locutor—, en donde el Rey George VI ha muerto a pesar de todos los intentos médicos por mantenerlo en vida. No obstante, el dolor de un Imperio viene templado por el conocimiento de que ahora se hará cargo del Trono su encantadora hija bajo el nombre de Elizabeth II. Se repite la antigua tradición: ¡El Rey ha muerto... Viva la Reina!

«Y del mundo de los deportes nos llega la emoción provocada por el Bombardero Negro y el Ulano Negro del Rin...

De nuevo, el padre contempló al hijo mientras escuchaban el maravilloso relato de como Joe Louis había hecho picadillo a Max Schmeling en un round en su combate de desquite. Pero Vic seguía inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, sin que su rostro reflejase emoción alguna.

El Programa se estaba terminando. El locutor dijo:

—Este ha sido El Mundo Hoy. Buenas noches, y esperamos estén de nuevo con nosotros mañana.

Floyd, como hacía siempre, tendió la mano hacia el botón cuando el locutor decía «Buenas noches» y lo giró al ser pronunciada la última sílaba de «mañana».

Vic abrió sus ojos. Los había mantenido cerrados durante toda la emisión y Floyd se preguntaba si no se habría quedado dormido durante parte de ella.

—Menudo día tuvo hoy la Tierra, ¿no te parece? —dijo Floyd.

—Humm —le contestó el chico—. Creo que me iré a la cama, a leer un rato —tomó el Robinson Crusoe—. Buenas noches.

—Buenas noches, hijo —Vic había dejado de despedirse con un beso a la edad de nueve años. A Floyd le había dolido aquello, así como los otros signos de que su hijo se hacía mayor. El tiempo seguía su curso. Algún día él estaría muerto y Vic se quedaría solo. Algún día. Pero, a menos que sucediera algo inesperado, eso aún tardaría años en ocurrir.

Le habían hecho un examen médico completo algunos meses antes de la partida, y el doctor le había dicho que estaba en plena forma. Claro que había aquella tosecilla. El doctor, un hombre realista, le había aconsejado que no fumase tanto... si es que le era posible. Lo había hecho cuando se le habían acabado los cigarrillos: se había fumado el último en el quinto aniversario de Vic, para celebrarlo, y su tos había desaparecido más o menos un mes después.

Recordando al doctor, pensó en otras cosas de la Tierra. En el pánico de Florida, y particularmente en su ciudad de Cocoa, en la que se hallaban pasando las vacaciones, cuando las primeras bombas habían caído en el cercano Cabo Cañaveral. Naturalmente, el Cabo y la Base de la Fuerza Aérea de Vandenberg, en California, habían estado entre los primeros objetivos.

Su mujer había estado en la playa, esperando ver un lanzamiento programado. Siempre había sido aficionada a los cohetes, y esto había sido la causa de su muerte.

Floyd había estado durmiendo en el motel, en su lado de la cama de matrimonio, con Vic en la cuna. Vic, que no tenía aún los dos años, se había pasado durmiendo todo aquello. Floyd lo cogió y lo envolvió en una manta, y salió corriendo a la noche.

—¡En la playa están todos muertos! —había gritado alguien, y Floyd se metió en su coche y se dirigió en la otra dirección, hacia la base de pruebas de cohetes, pensando en las casamatas de cemento reforzado que podrían servir de protección para él y su hijo en caso de ataque.

No había nadie en la puerta y aceleró, trasponiéndola y dirigiéndose hacia los edificios silueteados contra los deslumbrantes destellos.

El Proyecto Magallanes los había salvado. Magallanes era la cápsula biplaza cuyo lanzamiento había estado esperando ver su esposa. Los dos astronautas que se habían destinado a esta misión habían sido llamados a sus unidades operacionales y abandonado el lanzamiento.

Pero todo estaba dispuesto. Los técnicos, sin otras órdenes, permanecían en sus puestos. El vehículo orbital, cargado de combustible, vituallas y preparado para ser lanzado, se alzaba allí, grácil e intacto, con su torre ya apartada, esperando.

Conduciendo sin rumbo por entre el pandemónium de la base, Floyd llegó hasta el área del Proyecto Magallanes.

—¡Eh, estúpido civil, póngase a cubierto! —le gritó un guarda uniformado, y Floyd detuvo el coche. El militar tenía los bastantes galones como para ser un sargento, pero Floyd no se aclaraba mucho con aquellos grados nuevos de la Fuerza Aérea; le ayudó a entrar con Vic en una casamata de cemento.

Fue mientras se encontraba allí, sorbiendo de una taza de café instantáneo y dándole a Vic una pastilla de chocolate que le había ofrecido uno de los hombres, cuando la radio dio las noticias:

—Aquí Washington —dijo en tono de derrota—. Nosotros estamos acabados. Nueva York también. Chicago no contesta. San Francisco se ha rendido. Ottawa permanece en silencio. En Colorado Springs y Omaha despegaron los aviones, pero han barrido las instalaciones de tierra. Vandenberg está acabada y Cabo Cañaveral apenas si se halla en estado de operar.

—Y un infierno —gruñó el sargento.

—Cállese, Sargento. Escuche.

—No disponiendo de medios con los que realizar a partir de ahora una respuesta organizada, las órdenes son las que siguen: Prepárense a la guerra de guerrillas. Ríndanse tan solo cuando sean sobrepasados en número y amenazados con la aniquilación. Destruyan todo equipo militar que no pueda ser usado efectivamente contra el enemigo y que pudiera caer en sus manos. El Cielo nos proteja a todos. Firmado por el oficial superior sobreviviente: Robert G. Hayden, Coronel del Cuerpo de Transmisiones.

—¡Coronel! —se exclamó el Sargento—. ¿Eso es lo mejor que tienen?

—¡Cuerpo de Transmisiones! —dijo un cabo—. Las cosas deben de estar verdaderamente mal.

La voz de la radio estaba recitando el juramento de alianza a la bandera.

—Jesús —gimió el Sargento—. Nadie me había ordenado antes rendirme... ni siquiera en Corea.

—Tenemos algo que destruir aquí —comentó el cabo—: El cohete.

—Si, ¿qué hay de eso? —dijo alguien, y el Sargento, el militar de más alta graduación en aquel sector, tomó las cosas a su cargo.

—De acuerdo —dijo—. Ya tenemos órdenes. Haremos la guerrilla, pero primero tenemos que cuidar de los civiles y evitar que el cohete caiga en manos del enemigo. Creo que hay una forma en la que podemos lograr las dos cosas a un tiempo —obviamente, había estado pensando en algo, pues se volvió hacia Floyd—: Señor, ¿qué le parecería dar un paseíto con su chico?

Floyd parpadeó inquieto:

—¿Al espacio? ¿En órbita?

—Exactamente. Tal y como yo lo veo, no está usted preparado para la guerrilla. Si no quiere ir, de acuerdo, destruiremos el cohete. Pero entonces tendrá que correr su suerte por sí mismo, no podremos ayudarle. La otra posibilidad es subir allá arriba. El Magallanes está dispuesto. La cápsula está aprovisionada para treinta años para dos personas. Y al no comer mucho el chico al principio, aún les durarán más. ¿Qué decide?

Floyd Geringer pensó tan rápidamente como le fue posible. El estar perdido en un mundo en guerra, con la responsabilidad de un niño de corta edad, no era una perspectiva placentera. Pero el ser lanzado al espacio tampoco era muy atractivo. Pero sopesando ambas posibilidades, tenía que escoger la segunda. Una vez tomase esa decisión, ya no tendría que tomar muchas más después. Por el otro camino solo acechaban el miedo y las privaciones.

—Iremos —le dijo al Sargento—. Subiremos al Magallanes.

—De acuerdo —contestó el Sargento—. Ya le habéis oído, muchachos. Todo sigue igual, como si estuvieran los chicos del aire dentro. Encontrará un manual de instrucciones dentro del vehículo, señor. No hay tiempo ahora para explicaciones. Coja al niño y sígame —y dirigiéndose a sus hombres: —Preparaos para lanzar.

Comenzó la cuenta atrás.

De esta forma fue como Floyd Geringer y su hijo Victor, que aún no tenía dos años de edad, fueron lanzados en órbita con el Proyecto Magallanes, mientras la Tercera Guerra Mundial se enseñoreaba de la Tierra.

Había bastante espacio a bordo del Magallanes. Los diseñadores de la cápsula, conociendo la necesidad del hombre de disponer de un aislamiento ocasional, habían preparado un camarote por tripulante; una habitación funcional con cubículos para la preparación de las comidas, aseo y oficina; una habitación de asueto con libros, radio, grabaciones en cinta y un magnetofón, así como sillones confortables; y una sala de instrumental.

Floyd había transformado esta sala en su cubil. Vic, excluido de la misma desde el principio, había tenido su propia habitación al cumplir cuatro años. Floyd le construía juguetes con los recipientes de plástico en los que estaba guardada su provisión casi inacabable de alimentos.

No se había planeado que los astronautas del Magallanes pasasen treinta años en el espacio, pero los diseñadores habían tomado en consideración la posibilidad de que, por algún fallo, pudiera ocurrir esto. Por eso estaba el gran almacén de comida, pues no existía un sintentizador de alimentos verdaderamente comprobado. Pero sí tenían un regenerador de agua. Floyd había leído el manual, y luego había tratado de olvidarlo. Era un sistema de circuito cerrado que no permitía que se escapase ni una gota de agua. Los desperdicios sólidos eran sometidos a un proceso que les extraía hasta la última partícula de humedad, luego convertidos en fino polvillo y eyectados de la cápsula.

El regenerador de aire funcionaba en una forma mucho más aceptable, y Floyd compensó la repugnancia que había sentido por el otro sistema tratando de aprenderse este de memoria a partir de su manual. Se decía a sí mismo que si algo iba mal con el agua, tendrían un día o dos para arreglarlo, mientras que el aire era algo inmediato y vital.

Otra semana; otro programa.

—Ya es hora, Vic.

—Voy, Papá.

—...¡El Mundo Hoy! ¡Grandes noticias de Katmandú, en el remoto Nepal! Tras años de luchar por conseguirlo, el Hombre ha alcanzado la cima más alta de la Tierra. Es paradójico señalar que, en esta época moderna, la noticia fue llevada primero por un mensajero nativo corriendo, luego transmitida por teléfono, y finalmente difundida por los cables de los servicios mundiales de prensa: dos hombres lograron realizar la ascensión de esa impresionante altura: el Monte Everest, que se alza 8.700 metros hacia los cielos. Uno fue Edmund Hillary, apicultor de Nueva Zelanda. El otro un humilde sherpa, o porteador nativo, Tensing. Se plantó en el pico la bandera de la Gran Bretaña en honor de la recién coronada reina. Ya han empezado a llegar los telegramas de felicitación procedentes de todo el mundo: del Presidente Roosevelt, del Presidente De Gaulle desde París, desde todos los rincones del mundo llegan congratulaciones ante este gran...

«Casi al mismo tiempo, el mundo se enteraba de otro gran acontecimiento: el submarino atómico Nautilus ha completado la primera travesía sumergido bajo los hielos del Polo Norte. El Presidente Roosevelt, como Jefe de las Fuerzas Armadas, dio el anuncio desde la Casa Blanca...

Esto le había hecho abrir los ojos a Vic, notó con satisfacción Floyd. El hijo miraba al padre con una sonrisita en los labios.

—Hoy ha sido un gran día para los exploradores, ¿no te parece, hijo?

Vic asintió. Su sonrisa se desvaneció y se recostó cerrando los ojos hasta el final del Programa. Floyd creyó detectar una sombra de lágrimas bajo los cerrados párpados, pero no dijo nada.

Una noche sentimental, cuando la orquesta del Programa estaba tocando una serie de melodías encadenadas cuyo componente principal parecía ser La Hora de las Despedidas, el locutor, hablando sobre un fondo sonoro compuesto por música, risas y trompetas, dijo:

—Y ahora, cuando se aproxima la medianoche, un mensaje especial: A ti, Floyd Geringer, que te hallas en el espacio, si es que oyes mi voz, te deseo un feliz Año Nuevo. Y a tu hijo Vic, que ya debe de ser todo un hombre. En nombre de toda la Tierra, os deseo, Floyd y Vic, un feliz Año Nuevo. Como siempre, esta noche nuestros pensamientos están con vosotros.

La música subió de tono, compitiendo con los sonidos de la gente feliz y el campaneo de un reloj.

Esta vez fueron los ojos de Floyd los que se llenaron de lágrimas.

—¿No te ha parecido maravilloso que se acordaran de nosotros, Vic?

Vic, que tenía los ojos secos, le contestó.

—Sí, Papá. ¿Conocías a ese hombre?

—No, hijo; pero él nos conoce a nosotros. Toda la Tierra nos conoce. Feliz Año Nuevo, Vic... si es posible desearte una tal cosa.

—Soy feliz, Papá. Pero, ¿no pueden rescatarnos de alguna manera? ¿No lo intentan?

Se detuvo la música y, en el súbito silencio, Floyd extendió la mano y apagó el aparato.

—Naturalmente que lo hacen. O lo hicieron, durante mucho tiempo. Lo que sucede es que es tremendamente difícil el tratar de localizar un puntito de algo en la inmensidad del espacio. Estoy seguro de que ahora mismo están haciendo planes para una nueva tentativa, con mejores conocimientos y equipo esta vez. Nunca pierdas las esperanzas, hijo.

—Me siento bien —comentó Vic—. Me siento como si fuera el hijo de Robinson Crusoe. Robinson Crusoe debió de sentirse triste a menudo, como tú, pero su hijo no se sentiría así si fuera un niño y la isla en realidad fuera su hogar.

Floyd aún tenía los ojos húmedos. Le colocó la mano sobre el hombro de Vic y lo apretó.

—Esa es una forma inteligente de considerar las cosas, hijo.

Durante otra noche, tras un Programa en el que Roger Bannister batió el record de los cuatro minutos para la milla, en que Man o’War ganó en Preakness y los Washington Senators derrotaron a los New York Yankess por 14 a 1, haciéndoles retroceder aún más en la clasificación, Floyd Geringer descubrió a su hijo consultando un ejemplar del Almanaque Mundial.

Vic levantó la vista para mirar a su padre y marcó con un dedo el lugar en que estaba del libro.

—¿No te parece muy bueno ese libro? —dijo Floyd en tono conversativo.

—Sí. Estupendo. Creo que contiene casi todo lo que uno puede desear saber.

—Estadísticamente hablando, supongo que eso es cierto —dijo Floyd. Dudó, pero luego continuó: —¿Te importaría decirme lo que estabas mirando?

—Poblaciones —respondió sin vacilar Vic. Volvió a abrir el Almanaque. Su dedo estaba señalando la densidad de población por kilómetro cuadrado de Australia, que parecía ser la más baja del mundo.

—Ya veo —le dijo su padre. No tenía razón por la que dudar de la palabra de su hijo. Atribuía la curiosidad del muchacho a un mórbido interés, pues la población más alta que había jamás conocido era de dos personas—. Me gustaría ver el Almanaque cuando hubieras terminado con él, Vic. Hay algo que deseo consultar.

—De acuerdo —Vic cerró el libro y se lo entregó—. Ya puedes quedártelo, ya he terminado. Creo que me iré a la cama.

—Me parece bien. Buenas noches, Vic.

Floyd se apresuró a ir a su madriguera, aferrando el Almanaque. No tenía necesidad de consultarlo, para saber que Bannister y Man o’War no habían sido contemporáneos, y que Roosevelt ya había muerto cuando fue conquistado el Everest, o que había sido bajo el mandato de Eisenhower cuando el Nautilus había viajado bajo el Polo.

Escondió el Almanaque tras un montón de piezas y se sentó en la mesa frente a la montadora de grabaciones.

—Fraude —dijo, refiriéndose más a sí mismo que a la máquina.

Giró en su silla hasta ponerse frente a la grabadora en la que había colocado el último Programa y arrancó la grabación. Durante un momento se sintió totalmente avergonzado de haber estado engañando a Vic. Pero luego, mientras miraba la estancia y notaba la soledad e inmensidad del espacio, del que tan solo le separaba el casco de la cápsula, pensó en las razones que al principio le habían hecho realizar el Programa semanal.

Decidió que continuaban siendo válidas; que no habían causado ningún mal. Había estado manteniendo alejada la siempre presente nada. Había estado poblando su pequeño mundo con los grandes momentos del otro gran mundo muerto, luchando contra el destino que algún día les alcanzaría.

Como penúltimo miembro de la raza, había estado almacenando memorias que el último hombre, que ahora aún era un niño, podría atesorar en su última órbita.

Los libros eran una cosa; las palabras, vivientes y honestas, contaban otra historia, más cierta.

Pero Floyd debía admitir que no todas las palabras eran honestas. Por una parte estaban las grabaciones genuinas que había descubierto, ocultas en la sala de instrumentos años después de que hubieran partido. Aparentemente, los diseñadores del Magallanes habían considerado realísticamente que podía suceder lo peor, y que tal vez los astronautas no regresasen... en cuyo caso su tumba sería también una cápsula del tiempo dejada para la posteridad. Pero también estaban las grabaciones que Floyd había falsificado, por sus propios motivos, en la grabadora.

Acarició el compacto e intrincado teclado de la grabadora, que transformaba las palabras escritas con sus teclas en sonidos, y que tenía teclas y controles similares a los de un órgano, que regulaban el volumen, timbre, inflexiones, risas y otras realísticas imitaciones de las manifestaciones humanas.

La grabadora también había estado oculta de forma que los ocupados astronautas no la hubieran hallado en el limitado número de órbitas que originalmente estaban destinados a dar. Aparentemente era otro de los objetos incluidos en la cápsula del tiempo: un artefacto a través del cual una futura raza pudiera transcribir textos escritos a una forma hablada, quizá más comprensible para ella.

No, decidió Floyd, no había engañado a su hijo sin motivo. Un día se lo explicaría todo. Aún no, porque aparentemente Vic no sentía todavía sospechas, a pesar de su descubrimiento del Almanaque, sino más tarde, cuando creyese que se le terminaba el tiempo y Vic se fuese a quedar solo. Hasta entonces sería más compasivo, sí, y hasta necesario, el hacerle creer que la Tierra era todavía un mundo vivo y que algún día serían rescatados.

Pero, sabiendo que ese día nunca llegaría, pensó en lo que había hecho. En su soledad había vuelto a crear la Tierra que conocía... o al menos la que recordaba a través del suavizante y deformador filtro de la nostalgia. Era un amasijo de recuerdos, relacionados unos con otros en una amalgama de introspección y cuidadosa selección. Su escrupulosa manipulación de grabadora y cintas había producido lo que, para él, era el Mejor de los Mundos: un mundo en el que Franklin Delano Roosevelt era presidente, en el que los New York Yankees aún tenían a Babe Ruth, Lou Gehring y Murderer's Row, en el que Joe Louis era el campeón de los pesos pesados y Fred Allen estaba en la radio y Carole Lombard seguía haciendo películas, mientras que Albert Einstein se paseaba por su estudio en Princeton, trazando grandes ecuaciones proféticas en su pizarra. Era un mundo en el que ninguna persona buena había muerto y en el que el tiempo se plagaba a la voluntad del que recordaba. Era una Tierra cuya perfección selectiva hacía que su creador llorase a menudo con la pena inenarrable de su pérdida.

Floyd suponía que, al haber preparado las cintas en aquella manera, había trabajado tanto por su propio placer nostálgico como para evitar que Vic se diese cuenta de que eran las últimas dos personas con vida. ¿Y por qué no? No tenía que ofrecerse ninguna excusa a sí mismo por haber dado preferencia a lo positivo en los Programas. Mejor sería que Vic creyese que el mundo había sido bueno, como en realidad lo había sido, en gran parte.

Aún no existía una necesidad inmediata de que el muchacho tuviese noción de los otros aspectos de su muerta tierra natal: las guerras, la degradación de millones sometidos a la pobreza, la crueldad de algunos hombres para con otros hombres, las terribles enfermedades. Ya había bastante de eso en los libros de historia que Floyd había escondido hacía tiempo, para que no cayesen en manos de Vic.

Sintiéndose mejor, Floyd colocó una nueva cinta en la grabadora, y consideró a qué iba a dedicar el Programa de la siguiente semana. En cierta ocasión había pensado que prepararía un Programa para cada noche, pero la realización física del mismo le había hecho darse cuenta de que sería una tarea imposible. En realidad, se pasaba a veces dos días completos preparando la grabación a partir de su bagaje finito de historia hablada y su imaginación. Esa era la razón por la que le había mentido a su hijo diciéndole que las baterías no permitían una escucha más continuada. Naturalmente, las baterías solares durarían mucho más que lo que iban a durar ellos; pero tendría que ser cuidadoso de ahora en adelante. Ya no podría alterar los tiempos de los sucesos. La historia que crease a su manera tendría, más que nunca, que ser consistente consigo misma.

Incapaz, por el momento, de pensar qué emocionantes acontecimientos podrían adecuarse lógicamente a la siguiente grabación, jugueteó con la grabadora. Esto lo relajaba y a veces lo inspiraba.

  

Esta vez preparó una extravagante grabación en la que tocaba las aventuras de algunos encantadores personajes ficticios con la sonora seriedad que tan solo les podía impartir un antiguo radioaficionado como él, haciéndose pasar por locutor de radio. Se reía para sus adentros mientras sus dedos bailaban sobre las teclas y los mandos, enviando a Walter E. Traprock, de Corey Ford, y a su inenarrable tripulación, a Tahití sobre una balsa hecha con pedúnculos osificados de plátanos para probar que el Océano Pacífico iba hasta allí desde Eureka, California. Luego hizo que el actor que había protagonizado los anuncios de cigarrillos del Hombre que Piensa anunciase desde su lecho de muerte que iba a dejar su cuerpo, corroído por el cáncer, a la Sloan-Kettering, para que los investigadores hicieran con él lo que mejor creyesen. Concluyó el chiste haciendo que el maravilloso autor de seriales O. Lee O’Lahey ganase un premio Emmy por su obra Mary Backstage, noble esposa.

Escuchó la grabación, inmensamente complacido consigo mismo, y luego la borró de nuevo. En cierta ocasión había pensado en dejarle una colección de aquellas bromas a Vic, para que las escuchase tras su muerte y pudiera ver que el viejo tenía un cierto sentido del humor, pero había acabado por decidir no hacerlo: las referencias que contenían eran demasiado especializadas para Vic. Tan solo las podría haber apreciado alguien que hubiera vivido en la época de Floyd.

Suspirando por sus memorias, Floyd volvió a la seria tarea de planear el Programa de la siguiente semana.

Pero cuando llegó la siguiente semana no fue Floyd quien buscó a su hijo a la hora de la emisión. Vic Geringer abrió la puerta de la sala de asueto dos minutos antes de las ocho y la encontró vacía. No podía recordar que esto hubiera sucedido nunca antes. Golpeó en la puerta del camarote de su padre.

—¡Papá! Es la hora del Programa.

La voz que le replicó sonaba vieja y cansada.

—No creo que lo escuche esta noche. No me siento con ánimos.

—¿Te encuentras mal Papá? —preguntó Vic desde el otro lado de la puerta— ¿Pasa algo?

Floyd abrió la puerta, pero no se movió hacia su sillón.

—Me encuentro bien. Tan solo estoy algo deprimido. Creo que me iré pronto a la cama, si es que no te importa.

—Claro que no. Pero, ¿podría escucharlo yo?

Floyd había esperado que su hijo no le hiciera esta pregunta, pero había estado preparado para ella:

—Claro que sí. Adelante. ¿Por qué no lo enciendes tú esta vez?

—¿Puedo hacerlo? —Vic nunca había tenido este privilegio.

Su padre asintió, y Vic contempló como la minutera completaba su recorrido hasta las 6. Giró el botón.

—Ya que estoy aquí, siempre puedo escucharlo —dijo Floyd. Se sentó cansinamente en la desgastada butaca. Nerviosamente, su meñique buscó la quemadura en el brazo izquierdo.

A las ocho en punto, la voz del altavoz dijo:

—La Radioemisora Mundial que habitualmente presenta a esta hora El Mundo Hoy, comunica que: «Dado el hecho de que no se produjeron acontecimientos dignos de mención en el día de hoy, se sustituye el programa habitual por una hora de música sinfónica.»

Vic miró asombrado a su padre. Este se alzó de hombros.

—Supongo que realmente no ha pasado nada —dijo Floyd—. Recuerdo que en el negocio de las noticias se daban días así, aunque naturalmente nadie lo admitiese.

—Tiene que haber sucedido algo en alguna parte —musitó Vic.

Lo que había pasado, por primera vez, es que Floyd no había preparado una grabación de noticias. Cuando se había puesto a hacerlo, estaba tan nervioso por el recuerdo del susto que le había producido hallar a Vic con el Almanaque, que simplemente le resultó imposible grabarla. En el pasado había sido capaz de seleccionar casi al azar de entre las grabaciones genuinas, y grabar lo que eligiese. Pero en esta ocasión, la necesidad de ser consistente y evitar crearle sospechas a Vic le había producido un bloqueo mental. Finalmente, a tan solo unas horas del Programa, se había dado cuenta de que le sería imposible realizarlo aquella semana.

Se sintió bastante seguro de que Vic no le pediría escuchar el programa por su propia iniciativa, pero como precaución había preparado la grabación sinfónica. Ahora, le agradecía a su buena estrella (el uso de esa ridícula frase hecha le hacía reír sarcásticamente para sí mismo) el haberlo hecho.

La voz del altavoz dijo:

—Les ofrecemos en esta ocasión la Séptima Sinfonía en E de Anton Bruckner, dirigida por Van Beinum y la Amsterdam Concertgebouw.

Cuando se inició la mayestática música, Floyd se inclinó hacia adelante para apagarla.

—Déjala, Papá, por favor —dijo Vic, añadiendo luego, tras lo que Floyd creyó que era una pausa significativa—... si es que no malgasta baterías.

—De acuerdo —aceptó Floyd—, pero creo que la tenemos en nuestra biblioteca de grabaciones.

Sabía perfectamente que la tenían; esto era una transcripción de la misma. Y ahora estaba doblemente agradecido, aunque esta vez no a su buena estrella, por haber transcrito la sinfonía completa.

—Sí, pero esto viene de la Tierra —dijo Vic—, aunque tan solo sea una grabación. Ya es suficiente diferencia.

Al día siguiente, Floyd Geringer se emborrachó. En tan solo dos ocasiones con anterioridad había utilizado el coñac almacenado en el equipo de emergencia del Magallanes. La primera vez había sido en aquel terrible día, unos meses después de la partida, cuando había captado en la radio el mensaje de despedida de la Tierra. La otra había sido en su quincuagésimo aniversario, ese hito cronológico que había reforzado su convencimiento de que su vida y la existencia del Hombre estaban llegando a su fin.

Se encerró en su madriguera con la botella de Hennessy, pensando de nuevo en aquel último mensaje de la Tierra. Había sido grabado por alguna meticulosa víctima de la suicida guerra final. Floyd bendecía al hombre anónimo que había tenido el desprendimiento de preparar, en sus horas finales, el obituario de la Tierra, para emitirlo al espacio en donde tal como él mismo había dicho, quizá lo captara algún escucha desconocido. Así este podría saber lo que había sucedido con la Tierra, y tal vez aplicase la lección a su propio planeta. El escucha también podría, si aún era tiempo, rescatar a los dos únicos supervivientes del desastroso conflicto: el hombre y el niño que habían sido puestos en órbita a bordo de la cápsula espacial Magallanes.

A veces, pero no muy a menudo, Floyd maldecía al hombre que había preparado el mensaje. Debía haber sabido que la posibilidad de que una espacionave errante se aproximase a la Tierra en aquel diminuto intervalo de tiempo específico era despreciable, pero que los náufragos del Magallanes era casi seguro que oirían el mensaje si seguían con vida. Había sido una crueldad de aquel terrestre moribundo al decirles que estaban condenados; el robarles hasta la esperanza que aún el mismo silencio les podría haber dado. Pero, al pensar en ello, Floyd se decía a sí mismo que, de haberse hallado en la misma circunstancia, él también habría obrado así.

Mientras descendía el nivel de la botella de coñac, Floyd sacó la grabación que había hecho del mensaje. No la había grabado al principio, pues amaba y odiaba al mismo tiempo aquella última ligazón con la Tierra, que escuchaba cada día con mórbida fascinación; pero un día le había parecido más débil, como si las baterías estuvieran agotadas o el generador (Floyd se imaginaba que tal vez la turbulencia de un río diese energía al transmisor) hubiese sido afectado por algún cataclismo no provocado por el hombre. Rápidamente lo grabó. Al cabo de una semana, solo había silencio en la Tierra.

Ahora, escuchó el mensaje una vez más, aunque se sabía las palabras de memoria. Dio otro trago, en honor del desconocido autor del obituario, y luego tapó deliberadamente la botella y comenzó a preparar el Programa de la semana próxima. Sería el último.

Eran las ocho.

—¿Vale, hijo mío?

—Dispuesto para la Tierra, Papá.

Floyd giró el botón. Cuando la minutera cruzó por las 12, la voz dijo:

—Soy tu padre, Vic.

El muchacho había estado en su posición habitual, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Los abrió y miró a su padre en la gastada butaca y luego al altavoz del que surgía su voz. Floyd se llevó un dedo a los labios y le señaló que escuchase. Vic asintió y se recostó de nuevo, pero ahora muy atento a cada palabra.

—Creo que me será más fácil hablarte así, hijo —decía la voz de Floyd—. Me da la oportunidad de pensar las cosas antes de decirlas, y de cambiarlas si no las he dicho bien. Resulta que hago maravillas con una grabadora...

Mientras la voz continuaba, Vic cerró los ojos. Pero Floyd sabía que estaba escuchando cuidadosamente. Al cabo de un rato comenzaron a gotear lágrimas de los párpados cerrados.

—...Verás, había tantas cosas de la Tierra que tenías que saber, y tantas cosas que yo amaba, que deseé que esta memoria significase algo para ti. Deseé que conocieses la Tierra viva, tal y como yo la conocí, al menos tal y como pudiese hacértela apreciar. No quise que estudiases la Tierra como si fuese una lengua muerta...

«Admito que te desorienté y te pido perdón por ello; pero no lo pido por haber alterado algo la Historia. Ya encontrarás los hechos en el Almanaque Mundial, que te devolveré, y en otros libros que escondí para cuando fueras mayor. Pero los hechos no son suficientes. La Tierra fue más que una tabla de estadísticas. La Tierra fue mi hogar... y el tuyo por un corto tiempo, y creo que he tratado de hablarte de ella a mi loca manera, que es más verdadera que cualquier otra que puedas leer. Obligatoriamente, los libros están llenos de asesinatos y pestes y guerras; esos fueron los puntos álgidos de la Historia. Pero yo te di los momentos nobles de la Tierra y algo de su comedia. Los libros no contienen lo bastante de eso.

La voz se detuvo.

Floyd apagó el aparato.

—La grabación tiene dos partes —dijo—. Creo que ya es bastante por ahora.

Vic se alzó y se sentó dubitativamente en el brazo de la butaca de su padre. Entonces, cuando Floyd lo acarició cariñosamente, el muchacho se abalanzó en los brazos de su padre, abrazándose a él y sollozando. Floyd también lloraba. Había pasado mucho tiempo desde la última vez en que su hijo se había sentado en sus rodillas. Y no se trataba tan solo de su hijo; esta persona de la que había estado alejado afectivamente, era el único otro ser humano existente.

Al cabo de un rato, Vic se sentó y se sonó, pero siguió sentado sobre su padre.

—Ya pasó todo, Papá.

—Claro que sí —dijo Floyd. Usó su propio pañuelo—. Pero, ¿estás reconfortándome o perdonándome?

Vic se rió.

—Lo que prefieras. Creo que has estado demasiado preocupado por mí, al verme tan solitario. Pero así es como es la vida, ¿no? Me refiero a como es ahora, no como fue. Me encuentro bien, Papá, de verdad. Te lo aseguro. Creo que no noto a faltar nada, no me pasa lo que a ti porque nunca he conocido otra cosa. Pero me preocupas en ocasiones.

—¿Te preocupo? —le preguntó su padre, sorprendido.

—Seguro. Tiene que ser duro para ti, atrapado aquí arriba con tan solo un crío.

—No digas tonterías. Pero... ¿hablas en serio cuando dices eso de que no lamentas estar aquí... que no notas a faltar la Tierra?

—Ya te lo dije en cierta ocasión, Papá. Soy el hijo de Robinson Crusoe. Nunca he conocido otra cosa. Pero a veces me preocupo por ti, siempre solitario, y tonteando con esas grabaciones.

Floyd ocultó el rubor tras el cuello de su hijo.

—Dime, hijo, con sinceridad... ¿cuándo sospechaste por primera vez que eran falsas?

El muchacho no le contestó de inmediato. Finalmente dijo:

—Cuando me cogiste mirando el Almanaque. Realmente, no estaba mirando las poblaciones. Estaba mirando los Presidentes. Franklin D. Roosevelt murió el 12 de abril de 1945, ¿no?

—Sí.

—Pero apuesto a que fue un gran tipo, ¿no?

—Creo que sí —respondió Floyd—. Como lo creía mucha gente.

Al cabo de un rato el muchacho comentó:

—Oye... ahora que no tienes que hacer de locutor, supongo que podremos pasar más tiempo juntos.

—Creo que te he tenido bastante abandonado, ¿no es verdad?

—Casi no te veía.

—Cambiaremos eso. Ahora que ya tienes casi catorce años, tal vez sea hora de enseñarte a jugar a una cosa llamada poker.

—Ya sé como se juega. No te olvides que he tenido mucho tiempo para leer: el Almanaque, Hoyle, casi todo.

—Quizá ya estés lo bastante crecido, después de todo. ¿Crees que tendrás bastantes fuerzas como para escuchar el mensaje de despedida de la Tierra? Así sabrás todo lo que he aprendido en los últimos doce años.

—Seguro, si es que no te va a preocupar mucho el escucharlo a ti —Vic regresó a su butaca y se sentó en ella erguido, con sus ojos muy abiertos y brillando con algo que Floyd no había visto desde hacía años. Sospechaba que era algo más que amor filial; sospechaba que era amistad... un excelente lazo entre dos hombres. Notó que se estaba conmoviendo de nuevo y, rápidamente, encendió el aparato.

—Va en la segunda parte de la grabación —dijo—. Y si tú puedes soportarlo, yo también.

—Adelante, Papá.

Vic permaneció en silencio tras oírla, como si estuviera respetando los desoladores recuerdos que evocaba en su padre. Luego dijo:

—Aprecio que me la hayas dejado escuchar, Papá. Me imagino lo que debe hacerte sentir. ¿Cuándo fue la última vez que la escuchaste en directo?

—Desapareció hace ya mucho tiempo, Vic.

—Tal vez vuelva a oírse de nuevo. Quizá las baterías se hayan vuelto a cargar, o algo así. Me gustaría escucharla por radio, si aún está emitiéndose.

—No lo está, pero podemos recorrer la banda. Ven a mi guarida.

Floyd le mostró como funcionaba la radio.

—Más o menos se oía por aquí. ¿Oyes? Ahora no hay nada. Tan solo estática. Tú, yo y la estática, hijo, eso es todo lo que resta.

—Te estás poniendo sentimental otra vez, Papá. ¿Qué pasa si uno gira esto? —Vic le dio la vuelta.

—Más estática —contestó Floyd—. Es solo...

—¿Qué fue eso?

Vic giró el botón de vuelta al punto que acababa de pasar. A pesar de lo débil y distorsionada que llegaba, ambos la oyeron. Floyd incrementó el volumen. Era código, no voz.

—Probablemente sea algún transmisor automático —musitó Floyd—. Es raro que no lo captase antes.

Pero su rostro brillaba con la esperanza. Tomó un lápiz y comenzó a escribir las letras, concentrándose intensamente, porque la señal era débil y porque hacía tiempo que no usaba el morse.

—...MANDO A MAGALLANES. LUNA LLAMANDO A MAGALLANES. NOS ESTAMOS ORGANIZANDO POR AQUÍ. NO PIERDAN LAS ESPERANZAS. LOS ALCANZAREMOS A TIEMPO. SU SEÑAL NOS LLEGA CLARA.

—¡La Luna! —exclamó Floyd—. Debieron de lanzar otro cohete.

—¿Nuestra señal? —dijo Vic—. No sabía que emitíamos ninguna.

—Supongo que debe ser una señal de telemetría automática. Chist.

El mensaje de la Luna continuaba:

—LA LUNA LLAMANDO AL MAGALLANES. ESTA ES UNA SEÑAL MECÁNICA. NO HEMOS TENIDO MÁS RESPUESTA A NUESTROS MENSAJES PREVIOS QUE SU AUTOMÁTICA. HÁBLENNOS EN DIRECTO Y PASAREMOS A VOZ. LOS ESCUCHAMOS DIARIAMENTE. FIN DEL MENSAJE.

«COMIENZO DEL MENSAJE. LA LUNA LLAMANDO AL MAGALLANES. LA LUNA LLAMANDO...

—Así que hay alguien más —aulló Vic, golpeando la espalda de su padre—. Debieron salir cuando nosotros.

—O bien ya había una base secreta en la Luna. No me pegues tan fuerte, muchacho; soy un viejo.

—Ni hablar de eso. Me pregunto de donde saldrían.

—De Cañaveral, Vandenberg o la Isla de Wallops. Esas eran las tres bases de lanzamiento.

—No te olvides de Rusia. Tal vez esa gente de la Luna sean rusos.

—No seas apatriótico, hijo.

—No lo soy, Papá —Vic parecía pensativo—. Pero creo que ante todo soy un ser humano, y en particular un terrestre magallanita. Naturalmente, descendiente de norteamericanos.

—Bueno, sean quienes sean, lo mejor será que preparemos nuestro mensaje. Parece que, después de todo, aún tendré que hacer otra grabación. ¿Qué te parecería echarme una mano?

—De acuerdo, Papá... Escucha, ¿cuánto tiempo te crees que les llevará el llegar hasta nosotros?

—Han dicho «a tiempo». Eso puede significar años. No pueden tener allá arriba los recursos que había en la Tierra.

—No me importa —dijo Vic—. Eso nos dará una oportunidad de conocernos el uno al otro.

Título original:

THE BEST POSSIBLE WORLD

© 1960, by Nova Publications Ltd., reprinted by arrangement with E. J. Carnell

Traducción de L. V. Pelt