LA MARCA DE LA BESTIA

CLÁSICO

RUDYARD KIPLING

Nacido en Bombay (India) en 1865, el poeta, cuentista y novelista inglés Joseph Rudyard Kipling pasó la mayor parte de su vida entre Inglaterra, la India y los Estados Unidos. Aunque la mayor parte de sus obras que han alcanzado mayor fama, como Kim o Gunga Din, recrean el escenario de la dominación de la India por los ingleses, Kipling se especializó también en el relato fantástico, en cuyo género produjo obras de tanta valía como el mundialmente conocido El libro de la selva o la colección de relatos La litera fantástica, solo por citar algunos títulos. Y, todos ellos —como en este relato que ahora les presentamos—, con un mismo denominador común: la India, con todo su bagaje de misterioso exotismo...

Tus dioses y mis dioses... ¿sabes tú o sé yo cuáles son los más poderosos?

(Proverbio nativo)

Algunos dicen que, al Este de Suez, cesa el control directo de la Providencia, y el Hombre es allí entregado al dominio de los dioses y demonios de Asia; y que la Providencia de la Iglesia Anglicana tan solo ejerce una ocasional y diluida supervisión en el caso de los súbditos británicos.

Esta teoría es válida para algunos de los más innecesarios horrores de la vida en la India, y puede ser empleada para explicar mi relato.

Mi amigo Strickland, de la Policía, que conoce tanto de los nativos de la India cuanto puede ser saludable para un hombre, es testigo de los hechos de este caso. Dumoise, nuestro doctor, también vio lo que Strickland y yo vimos. La conclusión que obtuvo de la evidencia fue totalmente errónea, pero ahora ya está muerto. Murió en una forma realmente extraña, que ya ha sido descrita en otras ocasiones.

Cuando Fleete llegó a la India, poseía un poco de dinero y algunas tierras en los Himalayas, cerca de un lugar llamado Dhurmsala. Ambas pertenencias le habían sido legadas por un tío suyo, y vino a tomar posesión de ellas. Era un hombre alto, pesado, de genio pero inofensivo. Naturalmente, su conocimiento acerca de los nativos era limitado, y se quejaba de las dificultades del lenguaje.

Descendió de su posesión en las colinas para pasar el Año Nuevo en la estación de policía, y se alojó con Strickland. Para la Nochevieja hubo una gran cena en el club, y la noche solo fue aceptablemente húmeda. Cuando se reúnen hombres procedentes de los más apartados rincones del Imperio, tienen razones para ser algo bullangueros: de la Frontera habían llegado una buena cantidad de rufianes que no habían visto veinte rostros blancos en todo el año y que estaban acostumbrados a cabalgar veinticinco kilómetros hasta el fuerte más cercano para acudir a una cena aún al riesgo de que les llenasen el estómago con balas khyber en lugar de con alcohol. Pero ahora gozaban de le seguridad del lugar, llegando incluso a tratar de jugar a billar con un erizo que hallaron, hecho una pelota, en el jardín. Media docena de propietarios de plantaciones habían llegado desde el Sur y estaban tratando de ganarle la mano al Mayor Embustero de Toda Asia, que a su vez intentaba sobrepasar todas sus historias a la vez. Todo el mundo estaba allí, y hubo un general estrechamiento de filas para tomar nota de nuestras pérdidas en muertos o incapacitados sufridas durante el pasado año. Era una noche muy húmeda, y recuerdo que cantamos el Auld Lang Syne con los pies metidos dentro de la Copa del Campeonato de Polo y las cabezas entre las estrellas, y que juramos que todos éramos buenos amigos. Y entonces algunos de entre nosotros partieron lejos y anexionaron Birmania, y otros trataron de abrir el Sudán y fueron despanzurrados por los fuzzies en aquella cruel refriega de los alrededores de Suakim; y algunos obtuvieron estrellas y medallas, y otros se casaron, lo cual es malo, y algunos otros hicieron otras cosas que aún eran peores, mientras que los restantes nos quedamos encadenados y luchamos por obtener riquezas mediante nuestras insuficientes experiencias.

Fleete comenzó la noche con jerez y bitters, bebió champán a buen ritmo hasta el postre, y luego el crudo y rasposo Capri, que tiene toda la fuerza del whisky; tomó Benedictine con su café, cuatro o cinco whiskies para mejorar su pulso durante las partidas de billar, cerveza a las dos y media, para acabar con coñac añejo. Consecuentemente, cuando salió, a las tres y media de la madrugada, a un gélido exterior, estaba muy enfadado con su caballo porque tosía, y trató de subir de un salto a la silla. El caballo se apartó y volvió a los corrales, así que Strickland y yo tuvimos que formar una Guardia de Deshonor para llevar a Fleete a casa.

Nuestro camino nos llevaba a través del bazar, cerca de un pequeño templo consagrado a Hanuman, el dios-mono, que es una divinidad principal digna de veneración. Todos los dioses tienen sus lados buenos, al igual que los tienen todos los sacerdotes. Personalmente, yo le doy mucha importancia a Hanuman, y soy amable con su gente, los grandes simios grises de las colinas. Uno nunca sabe cuando puede necesitar a un amigo.

Había luz en el templo, y cuando pasamos pudimos oír las voces de unos hombres cantando himnos. En un templo nativo, los sacerdotes se levantan a cualquier hora de la noche para honrar a su dios. Antes de que pudiéramos detenerlo, Fleete subió corriendo los escalones, palmeó a dos sacerdotes en las nalgas y estuvo aplastando cuidadosamente las cenizas de la colilla de su cigarro en la frente de la rojiza imagen pétrea de Hanuman. Strickland trató de sacarlo a rastras, pero él se sentó y dijo solemnemente:

—¿Ven ezo? La marca de la b... beztia. Yo la hize... ¿No es bonita?

En medio minuto el templo estaba lleno de vida y ruido, y Strickland, que sabía lo que sucedía por profanar dioses, dijo que podían pasar cosas. En virtud de su posición oficial, su larga residencia en el país y su debilidad por mezclarse con los nativos, era bien conocido por los sacerdotes y esto no le hacía nada feliz. Fleete se sentó en el suelo y rehusó moverse. Decía que el «bueno de Hanuman» hacía muy bien de almohada.

Entonces, sin previo aviso, apareció un Hombre de Plata de una hendidura situada tras la imagen del dios. Estaba totalmente desnudo a pesar de aquel gélido frío, y su cuerpo brillaba como si estuviera hecho de plata helada, pues era uno de aquellos a los que la Biblia llama «un leproso tan blanco como la nieve». Tampoco tenía rostro, pues su enfermedad ya era antigua y se había cebado en su cuerpo. Nos inclinamos para recoger a Fleete, y el templo se estaba llenando más y más con gente que parecía surgida de las entrañas de la tierra, cuando el Hombre de Plata se escabulló por debajo de nuestros brazos, emitiendo un sonido idéntico al maullar de una nutria, aferró a Fleete echándole los brazos alrededor del cuerpo y escondiendo la cabeza en su pecho antes de que pudiéramos apartarlo. Luego se retiró a un rincón y se quedó maullando mientras la multitud bloqueaba todas las puertas.

Los sacerdotes habían estado muy enfadados hasta que el Hombre de Plata había tocado a Fleete. El abrazo parecía haberles calmado.

Al cabo de unos momentos de silencio, uno de los sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo, en perfecto inglés:

—Llévese a su amigo. Él ya ha terminado con Hanuman, aunque Hanuman no haya terminado con él.

La multitud nos abrió paso, y nos llevamos a Fleete fuera.

Strickland estaba irritado. Decía que nos podían haber acuchillado a los tres, y que Fleete podía dar gracias a su buena estrella por haber escapado indemne.

Fleete no dio gracias a nadie. Dijo que quería irse a la cama. Estaba borracho como una cuba.

Continuamos nuestro camino. Strickland iba en silencio y ensimismado, hasta que a Fleete le dieron unos violentos estremecimientos y comenzó a sudar. Dijo que los aromas del bazar era demasiado penetrantes, y que no sabía cómo se permitía que existieran mataderos tan cerca de las residencias de los ingleses.

—¿Es que no huelen la sangre? —nos preguntó.

Al fin lo metimos en la cama, cuando ya despuntaba el alba, y Strickland me invitó a tomar un último whisky con soda. Mientras lo estábamos bebiendo habló del episodio del templo, y admitió que lo había desconcertado por completo. A Strickland le molestaba sobremanera ser engañado por los nativos, pues su profesión es, precisamente, ser más listo que ellos en su propio terreno. Aún no ha conseguido lograrlo, pero dentro de quince o veinte años ya habrá obtenido algunos progresos.

—Lo lógico sería que nos hubieran apaleado —dijo—, en lugar de maullarnos. Me pregunto qué querrá significar esto. No me gusta lo más mínimo.

Le dije que, posiblemente, el comité regidor del templo entablaría una acción judicial contra nosotros por insultos a su religión. El código penal hindú contiene una sección que se refiere, especialmente, a las acciones del tipo de la que había realizado Fleete. Strickland me dijo que rogaba al cielo que fuera eso lo que hicieran. Antes de irme miré en la alcoba de Fleete y lo vi recostado sobre su costado derecho y rascándose el pecho izquierdo. Luego me fui a la cama, frío, de mal humor y deprimido, a las siete de la mañana.

A la una me llegué a casa de Strickland para preguntar por el estado de Fleete. Me imaginé que tendría una resaca fenomenal. Estaba desayunando y no parecía de muy buen humor, pues le estaba gritando al cocinero por no haberle servido una chuleta poco hecha. Un hombre que pueda comer carne cruda tras una noche de juerga es un fenómeno de la naturaleza. Se lo dije a Fleete y se echó a reír.

—Crían unos mosquitos bien gordos por estos contornos —comentó—. Casi se me han comido esta noche, aunque solo en una parte.

—Veamos la picadura —dijo Strickland—. Puede que haya bajado la inflamación desde esta mañana.

Mientras freían las chuletas, Fleete se abrió la camisa y nos enseñó una marca, situada encima mismo de su pezón izquierdo, que era la copia exacta de las rosetas negras, las cinco o seis manchas irregulares dispuestas en círculo, de la piel de los leopardos. Strickland se la miró y dijo:

—Esta mañana era de color rosa, ahora es negra.

Fleete corrió a un espejo.

—¡Por Júpiter! —dijo—. Esto se ve feo. ¿Qué será?

No pudimos responderle. Llegaron las chuletas, jugosas y sanguinolentas, y Fleete se tragó tres en la forma más ofensiva posible. Masticaba sólo con sus molares derechos, y volteaba la cabeza hacia el hombro derecho cuando mordía bocado. Cuando hubo terminado, aparentemente se le ocurrió que se había estado comportando en forma poco educada, porque dijo a modo de apología:

—Creo que en toda mi vida había sentido tanta hambre. He tragado como un avestruz.

Tras el desayuno, Strickland me pidió:

—No se vaya, quédese. Quédese a pasar la noche.

Dado que mi casa estaba tan solo a unos cinco kilómetros de la suya, esta petición me parecía absurda, pero Strickland insistió y yo iba a replicarle cuando Fleete nos interrumpió declarando, con aire embarazado, que tenía otra vez apetito. Strickland envió a un hombre a mi casa a buscar las cosas que necesitaba para pasar la noche y un caballo, y los tres bajamos a sus establos a pasar el tiempo hasta que fuese hora de salir a dar un paseo a caballo. Al hombre que siente afición por los caballos nunca le cansa el mirarlos; y cuando un par de personas están matando el tiempo en esta forma, siempre aprenden cosas nuevas y se intercambian bulos.

En los establos había cuatro caballos, y nunca olvidaré lo que pasó cuando tratamos de inspeccionarlos. Parecieron haberse vuelto locos. Retrocedían y relinchaban y casi rompieron sus estacas; sudaban y se estremecían y echaban espuma por las bocas y estaban aterrados. Los caballos de Strickland le eran tan fieles como perros, lo cual hacía aún más rara su conducta. Abandonamos el establo por miedo a que los animales nos aplastasen en medio de su pánico. Luego Strickland se giró y me llamó; los caballos estaban aún asustados, pero dejaron que los acariciáramos y los calmáramos y frotaron sus cabezas contra nuestros pechos.

—No nos tienen miedo a nosotros dos —dijo Strickland—. ¿Sabe?, daría mi paga de tres meses por que Outrage pudiera hablar.

Pero Outrage no podía, y tan solo podía apretarse contra su amo y resoplar por sus narices tal como hacen los caballos cuando quisieran explicar cosas y ven que no pueden. Fleete regresó cuando todavía nos hallábamos en los establos y, tan pronto como lo vieron, a los caballos les dio un nuevo ataque de pánico. Apenas pudimos escapar del lugar sin recibir alguna coz.

—No parecen apreciarlo mucho, Fleete —comentó Strickland.

—Tonterías —respondió este—. Mi yegua me sigue a todas partes como un perrillo faldero.

Se acercó a ella. Estaban en una cuadra abierta. Tan pronto como sacó la barra que cerraba la entrada, la yegua saltó, lo derribó al suelo y salió galopando al jardín. Yo me reí, pero Strickland no lo encontró divertido. Se mesó el mostacho con ambas manos con tal fuerza que casi se lo arrancó de cuajo. Fleete bostezó, en lugar de perseguir a su montura, diciendo que sentía sueño. Se metió en la casa para acostarse, lo cual era una manera bastante estúpida de pasar el día de Año Nuevo.

Strickland se sentó conmigo junto a los establos y me preguntó si no había notado algo raro en el comportamiento de Fleete. Yo le comenté que comía como un animal salvaje, pero que esto podía ser consecuencia de su vida solitaria en las colinas, privado de la compañía de una sociedad tan culta y refinada como era la nuestra, por ejemplo. A Strickland no le hicieron gracia mis bromas. Creo que ni las oyó, porque sus siguientes palabras se refirieron a la marca del pecho de Fleete, y yo le respondí que podía haber sido causada por una cantárida, o que quizá se tratara de una marca de nacimiento que ahora se hacía visible por primera vez. Ambos estuvimos de acuerdo que no era nada agradable, y Strickland halló la forma en que decirme que yo era bastante tonto.

—No quiero hacerle partícipe ahora de lo que pienso —me dijo—, porque pensaría que estoy loco; pero le ruego que pase unos días conmigo, si le es posible. Quiero que observe a Fleete, pero no me diga lo que piensa hasta que haya llegado a una conclusión.

—Pero estoy invitado a cenar esta noche —protesté.

—Yo también —me replicó—, como también lo está Fleete. Es decir, si no cambia de opinión.

Paseamos por el jardín, fumando pero sin decir palabra —pues éramos buenos amigos y el hablar estropea el placer de saborear un buen tabaco—, hasta que hubimos terminado nuestras pipas. Entonces fuimos a despertar a Fleete. Estaba levantado y paseando por su habitación.

—Les digo que quiero más chuletas —nos espetó—. ¿Me las pueden servir?

Nos echamos a reír y le dijimos:

—Cámbiese de ropa. Los ponys estarán listos en un minuto.

—De acuerdo —aceptó Fleete—; saldremos en cuanto me hayan servido las chuletas... poco hechas, por favor.

Parecía tomarse eso bastante en serio. Eran las cuatro de la tarde y habíamos desayunado a la una y, no obstante, estuvo pidiendo durante bastante rato las chuletas poco hechas. Luego nos cambiamos a nuestra ropa de montar y salimos a la glorieta. Su pony, no habían logrado atrapar a su yegua, no quiso dejarle acercarse. Los tres caballos estaban intratables, locos de miedo, y por fin Fleete dijo que se quedaría en la casa para comer algo. Strickland y yo nos fuimos cabalgando, asombrados. Cuando pasamos frente al templo de Hanuman, el Hombre de Plata salió de su interior y nos maulló.

—No es uno de los sacerdotes habituales del templo —comentó Strickland—. Me gustaría tener algo por lo que poderle echar el guante.

Nuestro galopar por la pista de carreras, aquella tarde, estuvo falto de energías. Los caballos estaban cansados y se movían como si se les hubiera estado haciendo correr hasta el agotamiento.

—El miedo que han pasado ha sido demasiado para ellos —afirmó Strickland.

Fue el único comentario que hizo durante todo el paseo. Creo que, en una o dos ocasiones, maldijo en voz baja; pero esto no contaba.

Volvimos a las siete, cuando ya había oscurecido, y vimos que no habían luces encendidas en el bungalow.

—¡Que rufianes y descuidados son mis criados! —exclamó Strickland.

Mi caballo se asustó de algo que estaba en la entrada de carruajes, y Fleete apareció bajo sus belfos.

—¿Qué es lo que hace, rezongando por el jardín? —preguntó Strickland.

Pero ambos caballos se encabritaron y casi nos tiraron al suelo. Desmontamos junto a los establos y regresamos con Fleete, que estaba a gatas entre los matorrales.

—¿Qué demonios le pasa? —inquirió Strickland.

—Nada, no me pasa nada —respondió Fleete, hablando muy rápidamente y con voz espesa—. He estado haciendo jardinería, estudiando botánica. El olor de la tierra es delicioso. Creo que voy a dar un paseo a pie, un largo paseo durante toda la noche.

Entonces me di cuenta de que había algo muy raro en todo aquello, y le dije a Strickland:

—No voy a salir esta noche.

—¡Dios le bendiga! —se alegró este—. Usted, Fleete, póngase en pie. Si sigue ahí cogerá unas fiebres. Venga al comedor, encenderemos unas lámparas. Vamos a cenar todos en casa.

Fleete se puso en pie de mala gana y dijo:

—Nada de luces... nada de luces. Se está mucho mejor aquí. Cenemos aquí fuera unas chuletas... muchas chuletas... que rezumen sangre y tengan mucha ternilla.

Las noches de enero en el Norte de la India son tremendamente frías, y por tanto la sugestión de Fleete parecía propia de un demente.

—Venga —insistió Strickland, inflexible—. Venga ahora mismo.

Fleete vino y, cuando trajeron lámparas, vimos que estaba literalmente cubierto de suciedad de los pies a la cabeza. Debía haber estado revolcándose por el jardín. Se apartó de la luz y se fue a su habitación. Daba miedo mirarle a los ojos. Se veía una especie de luz verde tras ellos, no en ellos, espero que entiendan lo que quiero decir, y su labio inferior colgaba lacio.

—Vamos a tener problemas —comentó Strickland—. Graves problemas esta noche. No se quite la ropa de montar.

Esperamos y esperamos la reaparición de Fleete, y mientras tanto ordenamos la cena. Podíamos oír como se movía en su alcoba, pero no se veía luz alguna en ella. Repentinamente, de la habitación surgió el aullido de un lobo.

La gente escribe y habla a la ligera de sangre congelada, cabellos de punta y cosas similares. Todas esas sensaciones son demasiado horribles para bromear con ellas. Se me paró el corazón como si me lo hubiesen atravesado con un cuchillo, y Strickland se quedó tan blanco como el papel.

Volvió a oírse el aullido, y fue contestado por otro que sonó lejano, campo a través.

Esto constituyó el umbral superior de nuestro horror. Strickland corrió hacia la habitación de Fleete. Yo le seguí, y vimos como estaba saliendo por la ventana. De lo más profundo de su garganta surgían gruñidos bestiales. No nos respondió cuando le gritamos. Escupió.

No recuerdo bien lo que siguió, pero creo que Strickland debió atontarlo con un golpe del largo descalzador o, de lo contrario, no me habría sido posible sentarme sobre su pecho. No podía hablar, tan solo rugir, y sus rugidos no eran los de un hombre sino los de un lobo. Su espíritu humano debía de haber estado abandonándolo durante todo el día, y muerto al llegar la noche. Estábamos enfrentándonos con una bestia que ya no era Fleete.

El asunto escapaba a cualquier experiencia racional humana. Traté de decir «hidrofobia», pero no me salió la palabra, pues yo mismo sabía que mentía.

Atamos a aquella bestia con los fuertes nudos de una cuerda de punkah, sujetándole juntos los pulgares de pies y manos, y lo amordazamos con un calzador, que es una excelente mordaza si uno sabe como usarlo. Luego lo llevamos al comedor y mandamos a un hombre a por Dumoise, nuestro doctor, rogándole que viniese inmediatamente. Cuando hubimos despachado al mensajero y estábamos recuperando el aliento, Strickland afirmó:

—No servirá de nada. Este no es un caso para un doctor.

Yo también sabía que estaba diciendo la verdad.

La cabeza de la bestia estaba libre, y la agitaba de un lado para otro. Cualquiera que hubiese entrado en aquel momento se hubiera imaginado que teníamos apresado a un lobo. Esto era lo más horrible de la situación.

Strickland estaba sentado con la barbilla apoyada en el puño, contemplando como la bestia se estremecía en el suelo, pero sin decir nada. En la lucha se le había abierto la camisa, y se le veía la marca negra en forma de roseta en el pecho izquierdo. Destacaba como una quemadura.

En el silencio de la espera oímos algo afuera que maullaba como una nutria. Ambos nos pusimos en pie y al menos yo, no puedo decirlo por Strickland, me sentí enfermo... atacado por unas náuseas que eran muy reales. Nos aseguramos el uno al otro que tan solo era un gato.

Llegó Dumoise, y nunca he visto a un doctor tan poco profesionalmente asombrado. Dijo que era un dolorosísimo caso de hidrofobia, y que ya nada se podía hacer. Cualquier medida paliativa solo prolongaría la agonía. La bestia estaba echando espuma por la boca. Le dijimos a Dumoise que a Fleete le habían mordido perros en un par de ocasiones. Cualquier persona que tenga media docena de terriers debe de esperar una mordedura de vez en cuando. Dumoise no podía ayudarnos. Tan solo podía certificar que Fleete estaba muriendo de hidrofobia. La bestia estaba entonces aullando, pues había logrado escupir el calzador. Dumoise dijo que extendería el certificado de defunción y que esta era segura. Era un buen hombre, y se ofreció para quedarse con nosotros; pero Strickland rehusó aceptar su gentileza. No quería estropearle el Año Nuevo. Tan solo le rogó no divulgar la causa real de la muerte de Fleete.

Así que Dumoise se fue, muy alterado; y tan pronto como hubo muerto el ruido de las ruedas de su coche, Strickland me comunicó, en un susurro, sus sospechas. Eran tan fantásticas que no se atrevía a decirlas en voz alta; y yo, que también compartía sus sospechas, me sentí tan avergonzado por ello que hice ver que no le creía.

—Aunque el Hombre de Plata hubiera embrujado a Fleete por el sacrilegio con la imagen de Hanuman, el castigo no podría haber sido tan rápido.

Mientras estaba susurrando esto, sonó de nuevo el maullido en el exterior, y la bestia llegó a un paroxismo de estremecimientos que hasta nos hizo temer que sus ligaduras no resistirían.

—¡Vigílelo! —gritó Strickland— si esto sucede seis veces, tomaré la justicia por mis propias manos. Le ordeno que me ayude en ello.

Se fue a su habitación y salió al poco rato con los cañones de una vieja escopeta, un trozo de sedal de pesca, una gruesa cuerda y la pesada armadura de madera de su cama. Yo le informé que las convulsiones se producían invariablemente a los dos segundos de cada grito, y que la bestia parecía más débil.

—Pero no puede quitarle la vida —murmuró Strickland—. ¡No puede quitarle la vida!

Yo dije, aunque sabía que ni yo mismo lo creía:

—Puede que sea un gato. Tiene que ser un gato. Si el Hombre de Plata es el responsable, ¿cómo es que se atreve a venir aquí?

Strickland atizó la leña del hogar, colocó los cañones de la escopeta entre las brasas, desenrolló el bramante en la mesa y partió en dos un bastón. Tenía un metro de sedal de pesca, de tripa recubierta con hilo, como el que se usa en la pesca del mahseer, e hizo un lazo con él.

Luego dijo:

—¿Cómo podríamos atraparlo? Tenemos que cogerlo sano y con vida.

Yo le contesté que debíamos de confiar en la Providencia e ir silenciosamente con palos de polo a los matorrales frente a la casa. Evidentemente, el animal u hombre que estaba gritando daba vueltas al edificio con la regularidad de un vigilante nocturno. Podríamos esperarlo entre el follaje hasta que apareciese y dejarlo sin sentido.

Strickland aceptó esta sugerencia, y nos deslizamos por una ventana del cuarto de baño hasta la glorieta frontal y luego, atravesando el camino de entrada de los carruajes, a la maleza.

A la luz de la luna pudimos ver al leproso dando la vuelta a la esquina de la casa. Estaba totalmente desnudo, y cada tanto se detenía para maullar y bailar con su sombra. Era una visión realmente poco atractiva y, pensando en el pobre Fleete, llevado a tal degradación por una criatura tan repugnante, olvidé todos mis reparos y me dispuse a ayudar a Strickland en todo: desde los cañones al rojo hasta el lazo de sedal, empezando en los riñones y llegando a la cabeza para comenzar de nuevo... con todas las torturas que fueran necesarias.

El leproso se detuvo por un momento frente al porche y saltamos sobre él enarbolando los palos. Era extraordinariamente fuerte, y temimos que se escapara o que tuviéramos que malherirlo para lograr retenerlo. Habíamos tenido la idea de que los leprosos eran seres frágiles, pero este nos demostraba lo incorrecto de nuestra creencia. Strickland le echó la zancadilla y yo le pisé el cuello con mi bota. Maullaba odiosamente, y hasta a través de la gruesa suela podía notar que su carne no era la de un hombre sano.

Nos golpeó con los muñones de sus pies y manos. Le anudamos el lazo de un látigo alrededor suyo, por debajo de los sobacos, y lo arrastramos hasta el recibidor y luego hasta el comedor en el que yacía la bestia. Allí lo atamos fuertemente. No hizo ninguna tentativa por escapar, pero maullaba.

Cuando lo confrontamos con la bestia, la escena fue indescriptible. La bestia se dobló hacia atrás, arqueándose como si hubiera sido envenenada con estricnina y quejándose en forma lastimera. También pasaron unas cuantas otras cosas, pero no pueden ser descritas aquí.

—Creo que tenía razón —dijo Strickland—. Ahora le pediremos que lo cure.

Pero el leproso solo maullaba. Strickland se enrolló una toalla alrededor de la mano y tomó los cañones del fuego. Yo aferré la mitad del bastón roto a través del lazo del sedal y até cuidadosamente al leproso contra la armadura de la cama. Entonces comprendía como hombres, mujeres y niños podían soportar el espectáculo de ver arder a una bruja; pues la bestia yacía quejándose en el suelo, y aunque el Hombre de Plata no tenía rostro, uno podía ver horribles sentimientos pasando a través de la losa que constituía su cara, tal como, por ejemplo, las oleadas de calor pasan a través de los cañones al rojo.

Strickland se tapó los ojos con la mano por un momento y luego comenzó a trabajar. Esta parte no debe ser impresa.

Comenzaba ya a romper el alba cuando el leproso habló. Sus maullidos no nos habían satisfecho hasta aquel momento. La bestia se había desmayado exhausta y la casa estaba muy silenciosa. Desatamos al leproso y le dijimos que retirase el mal espíritu. Se arrastró hasta la bestia y le impuso la mano sobre el pecho izquierdo. Eso fue todo. Entonces se desplomó de bruces y gimoteó, inspirando al tiempo que lo hacía.

Contemplamos el rostro de la bestia y vimos como el alma de Fleete volvía a sus ojos. Entonces la frente se perló de sudor y los ojos, que otra vez eran ojos humanos, se cerraron. Esperamos durante una hora, pero Fleete seguía durmiendo. Lo llevamos a su alcoba y le ordenamos al leproso que se fuera, dándole una sábana para cubrir su desnudez, la armadura, los guantes y las toallas con que lo habíamos tocado y el látigo que había rodeado su cuerpo. Se cubrió con la sábana y salió a la mañana sin hablar ni maullar.

Strickland se restregó la cara y se sentó. Un gong, a lo lejos en la ciudad, tocó las siete.

—¡Veinticuatro horas justas! —dijo Strickland—. Y ya he hecho las bastantes cosas como para asegurar mi expulsión del servicio, además de una plaza permanente en un manicomio. ¿Estamos despiertos o soñamos?

El cañón al rojo vivo había caído al suelo y estaba chamuscando la alfombra. El olor era muy real.

A las once de la mañana fuimos los dos juntos a despertar a Fleete. Miramos y vimos que la marca negra en forma de roseta había desaparecido. Estaba muy somnoliento y cansado, pero tan pronto como nos vio dijo:

—¡Ah, maldita sea! Feliz Año Nuevo a ambos. Nunca mezclen las bebidas. Estoy casi muerto.

—Gracias por sus buenos deseos, pero van algo retrasados —le dijo Strickland—. Estamos en la mañana del dos de enero. Ha dormido como un lirón todo un día entero.

Se abrió la puerta y el diminuto Dumoise metió la cabeza dentro. Había llegado a pie, y supuso que estábamos amortajando a Fleete.

—He traído a una enfermera —dijo—. Supongo que puede entrar para ayudarles... en eso.

—Naturalmente —exclamó alegre Fleete, incorporándose en el lecho—. Que entren las enfermeras.

Dumoise se quedó mudo. Strickland lo sacó fuera y le explicó que debía de haber existido algún error en su diagnosis. Dumoise siguió mudo y abandonó la casa en seguida. Consideraba que su reputación profesional había sido injuriada, y se sentía inclinado a tomar la recuperación como una afrenta personal. Strickland salió también. Cuando regresó me contó que había ido al templo de Hanuman a ofrecer reparación por el sacrilegio hecho contra el dios, pero que se le había asegurado solemnemente que ningún hombre blanco había tocado jamás el ídolo y que parecía la encarnación de todas las virtudes engañadas por un error.

—¿Qué piensa de esto? —me preguntó por fin.

—Hay más cosas... —comencé a decir.

Pero Strickland odia esa cita. Dice que ya la he desgastado de tanto usarla.

Otra cosa curiosa que sucedió me asustó tanto como todo lo ocurrido durante la noche. Cuando Fleete se hubo vestido, vino al comedor y olisqueó. Tenía una curiosa forma de mover la nariz cuando olía intensamente.

—Hay un horrible olor a perro aquí —comentó—. Debería de tratar más estrictamente a esos terrier que tiene, Strickland. Pruebe con azufre.

Pero Strickland no le contestó. Se asió a la espalda de una silla y, sin previa advertencia, tuvo un asombroso ataque de histerismo. Es terrible ver a un hombre hecho y derecho atacado por la histeria. Entonces me vino la idea de que en esta habitación habíamos luchado con el Hombre de Plata por el alma de Fleete, y habíamos perdido para siempre nuestro honor de ciudadanos británicos, y me reí, y me atraganté y gorgoteé tan descaradamente como Strickland, mientras Fleete pensaba que los dos nos habíamos vuelto locos. Nunca le contamos lo que había pasado.

Algunos años después, cuando Strickland se hubo casado y era un fervoroso asistente a los actos religiosos para complacer a su mujer, reconstruimos desapasionadamente el incidente, y él me sugirió que lo hiciera público.

No me imagino como esto puede ayudar a despejar el misterio, en primer lugar porque nadie creerá en un relato tan desagradable, y en segundo porque todo hombre de bien sabe que los dioses de los paganos no son sino piedra y bronce, y cualquier intento de considerarlos de otra forma es justamente condenado.

Título original:

THE MARK OF THE BEAST

Traducción de M. Sobreviela