UN CAMINO HACIA EL PAÍS DEL SOL

CARLOS M. FEDERICI

En nuestro número tres presentábamos a los lectores una obra de un autor uruguayo, residente en Montevideo, que nos hablaba de la poca posibilidad de publicar —por falta de revistas especializadas— con que se encontraban en particular los escritores de SF de su país, y en general los de toda Iberoamérica. Nosotros deseamos seguir estrechando los lazos culturales que nos unen a los hispanoparlantes, y es por ello que no desaprovechamos ninguna oportunidad de publicar todo relato interesante que nos llegue del otro lado del «charco», como es este caso. Lo único que desearíamos es que estas llegadas fueran más frecuentes.

En la calle:

Caminaba a paso regular. Los tacos golpeaban con un sonido neutro las baldosas de la gastada acera; el aliento formaba nubecitas en el aire frío. Tenía las manos en los bolsillos del sobretodo, y no pensaba conscientemente en algo determinado. Los árboles de troncos negruzcos se sucedían en grotesca fila; arriba, un cielo gris. Las antenas de televisión asomaban por sobre las azoteas como insectos fantásticos de otro planeta. ¿Cuánto hace, pensó absurdamente, que no es verano? Y entonces volvió aquella idea: un camino hacia aquel país dichoso; un camino hacia el país del Sol.

En las paredes, los carteles de propaganda política, los avisos comerciales, las palabras toscamente emborronadas con pintura roja o con alquitrán, se oponían y se superponían en una extraña lucha a la vez muda y estridente.

¡FUERA YANQUIS IMPERIALISTAS DE VIETNAM!; ESTA NOCHE: ORQUESTA TÍPICA DE; PRESUPUESTO SÍ, SANCIONES NO; LOS FASCISTAS asecinos SON HIJOS DE; EL CANAL DE LAS FAMILIAS: SIEMPRE LOS MEJORES PROGRAMAS; REPUDIO A LA AGRESIÓN POLICIAL.

Un camino, pensaba él, un camino hacia el pasado... Atrás, atrás, a aquellos tiempos más felices, cuando la gente no estaba totalmente imbecilizada... Tengo que hallar el modo de volver atrás... Tengo que encontrarlo.

Se detuvo. Había llegado a la parada del ómnibus. La calle estaba desierta en aquel helado atardecer. Consultó el reloj, maquinalmente, sin enterarse de la hora que indicaba. Volvió los ojos a la larga avenida que había recorrido. La solitaria perspectiva era un tanto borrosa a causa de la neblina y de su propia miopía. Atrás, atrás, repitiose; tengo que encontrar la manera.

En el ómnibus:

Semiacurrucado en el asiento de cuero raído, envuelto en la bufanda, miraba sin verlo su propio reflejo —rostro pálido, ojos enrojecidos, pelo oscuro—, sobre la ventanilla. Fragmentos de diálogos de otros pasajeros, risas, sonidos, rumores, le golpeaban los oídos.

—...la última materia, ¿sabés? Pero le tengo miedo a ese profesor; dicen que es un amargo, ¿sabés?

Atrás, atrás, pensaba. Tengo que volver. El pasado no ha muerto: el tiempo no muere, como no mueren las calles que este ómnibus va dejando atrás. Yo sé que existe un modo de regresar, y lo voy a encontrar. El presente es un asco; no comprendo este mundo de hoy; no pertenezco a él; lo detesto.

—...¡déjelos, no más! ¡Van a provocar otra Corea, eso es lo que van a conseguir! ¡Otra Corea! ¡Eso!

—...Subió a trescientos pesos. ¡Esto no puede ser! ¡Si cuando yo te digo que este país va cuesta abajo...!

...El tiempo es una dimensión, como la altura, como la distancia. Podemos viajar horizontalmente, hacia adelante y hacia atrás, simplemente caminando. Podemos ir hacia abajo, haciendo un pozo, sumergiéndonos en el mar, cayendo... Pero para ir hacia arriba, ¡se necesitan vehículos especiales! De otra forma, no es posible desplazarse en esa dirección... Las dificultades aumentan de acuerdo a la dimensión en que se quiera moverse... ¡Es raro que nadie haya pensado en eso!

—...son todos riquísimos. Pero el que más me gusta es Jorge... Ringo tiene un no sé qué que me hace erizar... ¿A vos no? ¡Me enloquecen los...!

...¿Y cuál puede ser el vehículo apropiado para viajar en el tiempo? ¿Una máquina, como las de las novelas de ciencia-ficción? No. ¡Algo mucho más simple ...y a la vez inmensamente más complejo! ¡Curioso que nadie lo haya pensado...!

—...son divisas que el país pierde. ¡Es una inconsciencia!

—...él la quiere con locura. Se desespera por verla, la llama por teléfono, le regala flores... Es un amor con ella. La quiere de verdad y...

...¡La mente! Es la única solución. Solamente mediante el pensamiento, o el poder mental, o lo que sea (los nombres no importan), se puede viajar al pasado. Parece fantástico; pero lo que ocurre es que se trata de un concepto totalmente nuevo y distinto. Todo lo estructurado anteriormente no sirve de nada ante esta nueva concepción. El adelantarse a ella requiere todo un esfuerzo mental; es cierto. Pero si se reflexiona un poco, se llegará inevitablemente a la misma conclusión a que yo llegué... Lo único que nos llevará al pasado es la mente... ¡Y yo tengo que llegar! Atrás, atrás... a aquellos tiempos mejores y más felices...

—...¿Viste «El Show de las Risas»? Es bárbaro; bárbaro, te digo...

—...¿a trabajar en el Banco? Te felicito, pibe. ¡Tenés un porvenir seguro...: Hoy en día...

...Volver... volver. La Historieta era un arte entonces, y se escribía con mayúscula... Todo el mundo conocía a sus personajes y a sus dibujantes... Yo hubiese podido ser algo en esa época: me hubiera destacado en ese género... Ahora... Ahora no me queda nada; no puedo esperar nada; no veo ninguna luz delante mío... ¿Qué puedo hacer en este mundo que no entiendo y entre esta gente que desprecio?... Televisión, TV, hoy, serial, show, Nueva Ola... solo se habla de eso. ¡Cómo ha decaído, cómo se ha deformado la mentalidad del público! No leen, no van al cine, y menos al teatro; no piensan. No hacen otra cosa que sentarse frente a una pantalla a mirar tonterías todo el día... Tengo que volver atrás...

—...¡Si es usted el que empuja, imbécil! —...no es que no sepan, viejito. ¡Que se lo cuenten a su tío! Es que son unos sinvergüenzas y nada más. Se dedican a robar en vez de gobernar... ¡Eso...!

—...porque está «Misión Imposible» y no me lo quiero perder...

—...El diario, nada más. Pero no tengo tiempo de agarrar libros... Además están por las nubes...

—...dos bailes seguidos; uno de quince, con la orquesta de...

—...¡Por supuesto! Si no gana bien, no. La nena no puede...

...Un camino. Un camino hacia el pasado. Atrás, atrás...

  

En la casa:

Por suerte no hay nadie, felicitóse interiormente; podré experimentar. La última vez casi lo consigo. Recordó que se había tendido en la cama, relajando los músculos y tratando de poner la mente en blanco. Después se había concentrado intensamente... atrás, atrás... atrás... Creía recordar todavía la humedad del sudor que le cubrió la frente y el esfuerzo tremendo a que sometió a su cerebro. ¡Y había logrado algo! De pronto se halló tendiéndose en la cama una vez más; ¿o sería la misma vez?... No recordaba haberse levantado en ningún momento; así que ¿cómo podía estar reclinándose de nuevo? ¡Era que había tenido éxito! ¡Había logrado retroceder en el tiempo! Unos minutos... acaso solamente unos cuantos segundos... pero había tenido éxito. El necesitaba remontarse dieciocho años atrás, al principio mismo de aquel lapso feliz que añoraba... Le iba a costar mucho más, naturalmente, pero llegaría. Estaba dispuesto a sufrir lo que fuese, con tal de llegar. El experimento exitoso habíale costado tres días de terribles dolores de cabeza... dolores tales, como jamás creyó se pudiesen sentir...; pero estaba decidido a continuar hasta el fin. Porque debía encontrar el camino hacia aquel tiempo de Sol, atrás, atrás.

Se tendió en el lecho, cerrando los ojos y aflojando el cuerpo; ya podía conseguir esto con entera facilidad. Después se concentró:

Atrás. Atrás. A aquellos tiempos dichosos en que los quioscos exhibían abigarrados montones de revistas de historietas. Cuando todo el mundo conocía a los personajes de las tiras diarias y de los «comics»: Mandrake, El Príncipe Valiente, Flash Gordon, El Hombre Plástico, Spirit, Cuentos de Brujas... En aquel tiempo en que los dibujantes eran estrellas refulgentes: Cullen Murphy, Raymond, Lubbers, Powell, Wood, Eisner... Entonces, —atrás, atrás—, cuando aparecían los primeros puestos callejeros de venta y canje de revistas; puestos de madera claveteada, donde se amontonaban los muchachos revolviendo en las pilas de revistas de historietas; muchas, muchísimas; todas distintas y todas de buena calidad; hechas con cariño, como una obra artística —porque entonces la historieta era un arte—, por hombres que sabían su trabajo y conocían el valor del mismo... En ese tiempo en que él era uno de esos muchachos —quizá el más aficionado—, que todos los días rebañaba de sus monedas sueltas para comprar revistas, y se pasaba las horas en aquel puesto callejero —cuatro estantes de madera junto al cordón de la vereda, casi en la esquina—, inclinado sobre las tapas de colores y las páginas manoseadas, buscando, gozando... Atrás...

En el país del Sol:

...es hoy, ahora. Supo que lo había conseguido. Estaba en una calle soleada, alegre. La gente discurría gozosamente por las aceras tibias; los automóviles circulaban discretos, sin demasiada prisa, sin demasiado ruido.

Caminaba a paso regular sobre las baldosas cálidas como carne, llenos los sentidos de aquello. El cielo azulísimo, el aire suave y tibio, el Sol brillando tan magníficamente que hacía doler los ojos. Nunca creí, pensó maravillado, que pudiera verse tanto cielo; nunca esperé que hubiera tanto Sol y tanta luz. Entonces notó que las azoteas estaban limpias de los fantásticos insectos de metal que las oscurecían en otro tiempo...; aquello permitía que la luz y el calor del Sol se derramasen por entero y sin obstáculos sobre las calles, sobre la gente, sobre él, bañándolos cálidamente, revificándolo todo...

El país del Sol, pensó; el país del Sol.

Y entonces lo vio. Junto a la acera, casi en la esquina de la calle, pleno de colorido y de olor a papel —delicioso olor—; flanqueado por docenas de muchachos inclinados sobre las estanterías repletas. El puesto de revistas usadas. Aquel puesto.

Se acercó, y al hacerlo sintiose estremecer. Porque había reconocido una forma familiar, una inclinación particular de hombros y espaldas... Sabía quien era ese muchacho que revolvía infatigable y ansiosamente los montones de revistas. Aproximose, empapado en la dulzura cálida del Sol, colmados los oídos y las narices y los ojos y la piel de aquellas deleitosas sensaciones.

Entonces se volvió el muchacho. Era pequeño y delgado, de grandes pupilas luminosas.

—Hola... Pablito —dijo él, pronunciando las sílabas con la deliberada lentitud del que las saborea.

El chico sonrió.

—Hola, Pablo —respondió.

Se dieron la mano, y el Sol esplendoroso se agigantó hasta inundarlo todo.

—...Derrame cerebral —diagnóstico el médico, cubriendo el cuerpo con una sábana.

—¡Pobre Pablo! —lamentose el padre—. ¡Con tanto futuro por delante!

—¡Hijo mío! —sollozó la madre—. ¡Cuánto debió de sufrir!

© Carlos M. Federici y Ediciones Dronte, 1970