CUESTIÓN DE CONFIANZA
JOHN WYNDHAM
Entre los diversos oficios que practicó John Wyndham, nacido en 1903 y fallecido el pasado año, antes de dedicarse a la literatura, se cuentan la agricultura, las leyes, el arte comercial y la publicidad. En 1925 comenzó a escribir relatos cortos en forma profesional, y hasta 1939 casi toda su producción —bajo diversos seudónimos— estuvo dedicada al mercado norteamericano. Después de la Segunda Guerra Mundial decidió intentar fortuna en la SF y escribió varias novelas que iban a darle fama, entre las que se hallan El día de los Trífidos, Kraken acecha, Las Crisálidas y Semillas del Tiempo. Pero sin desdeñar el hacer incursiones en lo fantástico como la que les ofrecemos a continuación...
ilustrado por CARLOS GIMÉNEZ
—Nunca más —murmuró Henry Baider, una vez que los hubieron comprimido lo bastante como para que las puertas lograran cerrarse—. Nunca más dejaré que me atrapen así.
Era una decisión que ya había expresado antes y que, a pesar de lo específica que era, probablemente volvería a expresar algún otro día. Pero, entretanto, hacía todo lo posible por asegurarse de que sus poco frecuentes visitas a la Ciudad no le obligasen a desplazarse en las horas punta. Hoy, sin embargo, ya retrasado por sus asuntos, se había enfrentado con la alternativa de molestar aún más a su esposa prolongando el retraso, o dejarse arrastrar por la marea que estaba siendo tragada por las entradas de la estación de Bank. Tras contemplar con disgusto la masa móvil y las inmóviles colas del autobús, se había encogido de hombros.
Después de todo, pensó, hay quien lo hace dos veces al día y sobrevive. ¿Por qué no yo?; y se adelantó decidido.
Lo curioso era que nadie más, hombre o mujer, parecía contemplar aquello como una cosa subhumana, de rebaño llevado al matadero. Se limitaban a esperar con los ojos en blanco, y con más paciencia de la que tendrían las bestias llevadas al matadero. Ni siquiera se quejaban.
Nadie salió en St. Paul, aunque el incremento en la presión sugería que, inexplicablemente, alguien más había logrado entrar. Las puertas trataron de cerrarse, retrocediendo, probablemente porque alguien estaba mal introducido, probaron de nuevo y lo lograron. El tren inició pesadamente su marcha.
La chica de la gabardina verde de la derecha de Henry dijo a la chica de la gabardina azul que estaba comprimida contra ella:
—¿Crees que una puede saber con exactitud cuando le van a fracturar las costillas? —pero lo hizo con una nota despreocupada de comentario filosófico en vez de quejosamente.
Tampoco salió nadie en Chancery Lane. Pero una buena dosis de ruegos, empujones y apretones lograron lo imposible: alguien más subió al metro. El tren aceleró con lentitud. Traqueteó por varios minutos. Luego dio un tirón y las luces se apagaron.
Henry maldijo su mala suerte cuando el tren se paró, pero entonces, casi en el mismo instante en que lo hacía, comenzó a moverse de nuevo. De repente descubrió que ya no estaba siendo soportado por la gente de su alrededor, y estiró el brazo para agarrarse a algo. Dio con algo blando. En aquel momento volvieron las luces, para revelarle que el objeto con que había dado era la chica de la gabardina verde.
—¿Qué es lo que cree estar ha...? —comenzó a decir ella. Luego se le quedó la boca abierta, se le quebró la voz, y sus ojos se hicieron más y más grandes.
Al mismo tiempo, Henry había comenzado a excusarse, pero también se quedó sin voz, y sus ojos también se desorbitaron.
Miró arriba y abajo del vagón que, un momento antes, había estado repleto de gente hasta que ya no cabía ni un alfiler. Ahora tan solo contenía a otras tres personas aparte de ellos dos: un hombre de mediana edad que estaba abriendo su periódico con el aire de haber logrado al fin lo que se le debía; frente a él una mujer, también de mediana edad, perdida en sus pensamientos; y, al otro extremo del vagón, en el último asiento, un joven aparentemente dormido.
—¡Pues mira que...! —dijo la muchacha— ¡Esa Milly! Espera a que la vea por la mañana. Sabe que yo también tengo que cambiar en Holborn. ¡Irse sin avisarme! —hizo una pausa— Porque era Holborn, ¿no? —añadió.
Henry estaba todavía mirando anonadado a su alrededor. Ella lo cogió del brazo y tiró de él.
—Era Holborn, ¿no es así? —repitió con incertidumbre.
Henry se giró para mirarla, pero aun lo hizo con una cierta vaguedad en el gesto.
—Esto... ¿de qué Holborn habla? —preguntó.
—De la última parada... donde todos bajaron. Debió de ser Holborn, ¿no cree?
Yo... esto... Me temo que no conozco muy bien esta línea —reconoció Henry.
—Yo sí. Como la palma de mi mano. No podía ser más que Holborn —afirmó, con una firmeza que buscaba convencerse a sí misma.
Henry miró a lo largo del bamboleante vagón, más allá de las hileras de asideros que se movían pendularmente, colgando vacías.
—Yo... bueno... creo que no vi ninguna estación —dijo al fin.
La cabeza de ella, cubierta por una gorra de punto roja, se inclinó más hacia atrás para mirarle bien. Sus ojos azules estaban turbados, aunque no alarmados.
—Claro que hubo una estación... sino, ¿dónde habrían ido todos?
—Sí... —dijo Henry—. Sí, claro.
Hubo una pausa. El tren continuó corriendo, bamboleándose y saltando más ahora que sus ballestas iban poco cargadas.
—La próxima será Tottenham Court Road —comentó la muchacha, aunque con una pizca de inquietud.
El tren traqueteó. Ella miró a las oscuras ventanillas, más pensativamente.
—Curioso —dijo al cabo de un rato—. Quiero decir que es raro.
—Mire —le dijo Henry—. Lo mejor será que vayamos a hablar con esa gente de allá. Tal vez sepan algo.
La chica miró en la dirección que él señalaba. Su expresión no parecía contener muchas esperanzas en aquellas gentes, pero aceptó:
—De acuerdo —dijo, y se giró y abrió la marcha.
Henry se detuvo frente a la mujer de mediana edad. Estaba arropada en un bien cortado abrigo con una capa de pieles sobrepuesta. Tres o cuatro dedos de velo caían del redondo sombrero colocado sobre su bien peinado cabello; sus zapatos, al final de unas casi invisibles medias de nylon, eran de brillante cuero negro con elegantes talones; sus enguantadas manos se apoyaban en el bolso de negro cuero colocado sobre su regazo mientras permanecía sentada en ausente contemplación.
—Le ruego me perdone —le dijo Henry—, pero, ¿podría usted decirnos el nombre de la última estación... esa en que toda la gente salió?
Los párpados se alzaron lentamente. Los ojos le miraron a través del borde de velo. Hubo una pausa en la que ella pareció estar considerando las diversas razones que podrían haber impulsado a una persona como Henry a dirigirse a ella, y seleccionar la más apropiada. Henry decidió que era más adecuado decir de ella que ya no era joven en lugar de decir que era de edad mediana.
—No —aceptó finalmente, con una ligera sonrisa de lejanía—. Me temo que no me fijé en ello.
—¿No le pareció que... había algo raro en todo esto? —sugirió Henry.
Las bien trazadas cejas de la señora se alzaron un tanto. Los ojos lo valoraron en o dos o tres niveles distintos.
—¿Raro? —inquirió.
—La forma en que salieron, tan rápidamente —explicó él.
—Oh, ¿fue eso raro? —contestó la señora—. A mí me pareció una buena cosa; había demasiada gente.
—Mucha —estuvo de acuerdo Henry—. Pero lo que nos está preocupando es la forma en que sucedió.
Las cejas se alzaron un poco más.
—Realmente no sé lo que esperan que me...
Hubo el sonido de una garganta que se aclara y el de un periódico que se cierra tras Henry. Una voz dijo:
—Joven, no me parece necesario que moleste a esa señora con este asunto. Si tiene usted alguna protesta que hacer, existen las formalidades adecuadas para ello.
Henry se dio la vuelta. El que le había hablado era un hombre de cabello canoso, con un bien arreglado bigote colocado sobre un sano rostro rubicundo. Tal vez tendría unos cincuenta y cinco años de edad y estaba vestido correctamente «a lo City» con un hongo negro y una valija de attaché. En aquel momento estaba mirando interrogativamente hacia la señora, y recibiendo de ésta una débil sonrisa de agradecimiento. Luego, sus ojos se encontraron con los de Henry. Su actitud cambió un tanto: evidentemente, Henry no era del tipo de personas a las que se había imaginado que pertenecía al verlo por la espalda.
—Lo siento —le dijo Henry—, pero puede que esta jovencita haya pasado su estación. Además, todo me parece un tanto extraño.
—Me fijé que pasamos por Chancery Lane, así que todos los demás debieron salir en Holborn... eso parece obvio —dijo el hombre.
—Pero hemos estado viajando por lo menos diez minutos, sin parar, desde entonces, y lo cierto es que no hemos pasado por ninguna estación —objetó Henry.
—Probablemente nos han cambiado de ruta. Supongo que por razones técnicas —contestó el hombre.
—¿Cambiados de ruta? ¿En el metro? —protestó Henry.
—Mi querido amigo, no me concierne el saber como funcionan esas cosas. Ni a usted tampoco, creo. Tenemos que dejarlas a los que sí saben. Después de todo, ese es su trabajo. Créame, saben lo que se hacen, aunque ello nos pueda parecer a nosotros «raro», como usted dice. Dios mío, si no tenemos fe en los expertos, ¿a dónde iremos a parar?
Henry miró a la chica de la gabardina verde. Ella le miró a él y se alzó levemente de hombros. Se dirigieron algo más hacia delante, y se sentaron. Henry consultó el reloj, le ofreció un cigarrillo y encendió otro para él.
El tren traqueteó por las vías con ritmo constante. Los dos miraron a través de las ventanillas buscando un andén iluminado, pero no pudieron ver más que sus imágenes reflejadas contra la negrura exterior. Cuando ya no quedaba cigarrillo que aguantar, Henry dejó caer la colilla al suelo y la aplastó. Miró de nuevo a su reloj, luego a la muchacha.
—Más de veinte minutos —dijo—. Eso es un imposible elevado a la enésima potencia.
—Además, ahora estamos yendo más aprisa —observó la chica—. Y mire lo inclinados que estamos.
Henry contempló los asideros, que colgaban en ángulo. No cabía duda de que estaban bajando por una cuesta bastante apreciable. Mirando hacia atrás, pudo ver como la otra pareja estaba manteniendo ahora una animada conversación.
—¿Probamos de nuevo con ellos? —sugirió.
—...nunca más de quince minutos, ni siquiera en las horas punta. Jamás —estaba diciendo la señora cuando se acercaron—. Me temo que mi marido estará bastante preocupado por mí.
—¿Y bien? —inquirió Henry, dirigiéndose al hombre.
—Ciertamente, todo esto es bastante inusitado —concedió este.
—¡Inusitado! ¿Casi media hora a toda marcha y sin encontrar una estación?: es absolutamente imposible —le atajó Henry.
El otro lo miró fríamente.
—Se ve a las claras que no es imposible, porque lo estamos haciendo. Posiblemente esta debe de ser una ruta de escape de Londres que construirían durante la guerra y a la que hemos sido desviados por error. No me cabe duda de que las autoridades acabarán por descubrir el error y nos regresarán.
—Pues les lleva bastante tiempo el descubrirlo —dijo la chica—. Tendría que haber vuelto a casa hace rato. Y tengo una cita esta tarde en el Pallay.
—Lo mejor será que detengamos el tren —dijo la señora. Sus ojos se posaron en la manecilla, con su cartelito que amenazaba con una multa de cinco libras a quien la usase sin necesidad.
Henry y el otro hombre se miraron.
—Bien, si esto no es una emergencia, ¿qué lo será? —preguntó la señora.
—Esto... —dijo Henry.
—Las autoridades... —comenzó el otro.
—De acuerdo —anunció ella—; si ustedes, caballeros, tienen miedo de tocarla, yo no.
Alzó el brazo, agarró fuertemente la manecilla, y la bajó de un tirón.
Henry se dejó caer en un asiento a toda prisa, arrastrando a la muchacha con él, antes de que actuasen los frenos.
Pero los frenos no actuaron.
Esperaron sentados. Se convencieron de que los frenos no iban a actuar. La señora empujó hacia arriba, impacientemente, la manecilla, y tiró de nuevo de ella. No pasó nada. Expresó su opinión sobre ella.
—¡Jo! ¡Escúchela! —dijo la chica sentada junto a Henry—. ¿Se lo podía haber imaginado?
—Fluente. Tenga otro cigarrillo —ofreció este.
El tren claqueteó y se agitó mientras seguía su marcha, y los asideros continuaban inclinados.
—Bien —dijo la muchacha al cabo de un tiempo—. Esto ha arruinado mi cita en el Pallay. Ahora esa Doris tendrá el campo libre para ligárselo. ¿Cree que podría demandarlos?
—Me temo que no —le respondió Henry.
—¿Es usted abogado?
—Bien, de hecho, lo soy. Supongo que deberíamos presentarnos. Parece que vamos a pasar algún tiempo aquí, según lo que hagan. Soy Henry Baider.
—Yo me llamo Norma Palmer —dijo la chica.
—Robert Forkett —les dijo el hombre de la City; y, al hacerlo, inclinó un poco la cabeza.
—Bárbara Branton... Señora Bárbara Branton, naturalmente —dijo la otra pasajera.
—¿Qué hay de ese? —preguntó Norma, señalando al hombre que se hallaba en el extremo del vagón—. ¿Creen que deberíamos despertarlo y decírselo?
—No me parece que nos pudiera ayudar mucho —dijo el señor Forkett. Se giró hacia Henry—. He creído entender que es usted un hombre de leyes, señor. ¿Podría decirnos cuál es nuestra posición en este asunto?
—Bien, hablando sin referencias —le dijo Henry—, me atrevería a decir que, en el asunto del retraso, ninguna reclamación por nuestra parte sería considerada. Creo que nos encontraríamos con que la Compañía tan solo se compromete a suministrar...
Media hora más tarde se dio cuenta de un peso que le apretaba ligeramente. Mirando qué era, halló que Norma se había dormido con la cabeza en su hombro. La señora Branton, en el otro asiento, también se había quedado adormilada. El señor Forkett bostezó y se excusó:
—Podríamos echar un sueñecillo para pasar el tiempo, ¿no le parece? —sugirió.
Henry miró de nuevo a su reloj. Prácticamente había pasado ya hora y media. A menos que hubieran estado viajando en círculo, debían de haber cruzado ya varios condados. La cosa seguía siendo incomprensible.
Para sacar un cigarrillo tendría que haber molestado a la muchacha, así que se quedó como estaba, mirando a la obscuridad de afuera, moviéndose ligeramente con el movimiento del tren, escuchando el clic-cliquetic-cloc, clic-cliquetic-cloc, clic-cliquetic-cloc de las rápidas ruedas hasta que su cabeza cayó a un lado y se apoyó en la gorra de punto que descansaba en su hombro.
El cambio de ritmo, el pequeño estremecimiento de los frenos despertaron a Henry; los demás lo hicieron un momento más tarde. El señor Forkett bostezó sonoramente. Norma abrió los ojos, parpadeó ante la inesperada escena, y descubrió la situación de su cabeza.
—Bueno, no quise... —dijo, mirando a Henry, que le aseguró que había sido un placer. Ella comenzó a alisarse el cabello y a arreglarse mirando a su reflejo en la todavía oscura ventanilla. La señora Branton buscó bajo su capa y consultó un reloj de cadena.
—Casi medianoche. Mi esposo estará frenético.
Los sonidos del frenado continuaban descendiendo por la escala sonora. Al fin, las ventanillas dejaron de estar totalmente oscuras: comenzó a verse una luz, que en comparación con las del interior parecía rosada y que poco a poco se fue haciendo más fuerte.
—Esto es mejor —dijo Norma—. Siempre he odiado los túneles.
La luz se hizo todavía más brillante, la velocidad insignificante, y de pronto se hallaron entrando en una estación. Se inclinaron para leer su nombre, pero no pudieron ver ninguna placa en las paredes. La señora Branton, en el otro lado, alzó repentinamente la cabeza.
—¡Allí! —dijo. Se volvieron rápidamente, pero no lo bastante. Ella les dijo—: Decía algo de Avenue.
—Bien, pronto lo sabremos —les confirmó el señor Forkett.
El tren se detuvo con un suspiro del sistema de frenado, pero las puertas no se abrieron de inmediato. Se oyó ruido de pasos en un extremo del andén, y se distinguieron claramente voces que gritaban:
—¡Todos fuera! ¡Final de la línea! ¡Bajen todos!
—¡Vamos bien! Todos fuera —murmuró Norma, levantándose y yendo hacia la puerta.
Los otros la siguieron. De repente, las puertas se descorrieron. Norma dio una ojeada a la figura que esperaba en el andén.
—¡Uyuyy! —gritó, y se echó hacia atrás violentamente, chocando con Henry.
La figura iba poco vestida. Lo que llevaba parecían ser principalmente correajes que sostenían sus pertenencias, así que lo que quedaba al descubierto se revelaba como singularmente varonil, de una rica tonalidad rojo caoba. Tal vez etnológicamente, la faz podría haber sido la de un indio americano, solo que en lugar de plumas llevaba un par de cuernos. Su mano derecha sostenía un tridente, de su izquierda colgaba una red.
—¡Todos fuera! —dijo, echándose un poco al lado.
Norma dudó, luego pasó rápidamente a su lado. Los otros la siguieron cautamente, pero menos apresuradamente. La criatura introdujo la cabeza por la puerta abierta, y pudieron verla de espaldas. La cola se estaba agitando con un movimiento lento, como involuntario. La punta de flecha situada en su extremo se veía malignamente afilada.
—Esto... —comenzó a decir el señor Forkett. Luego cambió de idea. Miró especulativamente a cada uno de sus compañeros y ponderó la situación.
La criatura vio al que dormía al otro extremo del vagón. Fue hasta allí y lo pinchó con el tridente. Hubo un intercambio de palabras que no pudieron oír, y lo pinchó algunas veces más, y al fin el hombre se acercó para unirse a ellos, con los ojos todavía llenos de sueño.
Se oyó un grito en el otro extremo de la plataforma, seguido por el ruido de pasos a la carrera. Un joven de aspecto duro llegó corriendo hacia donde se hallaban. Una red silbó tras él y se le enredó de tal manera que cayó y rodó sobre sí mismo. Del otro lado de la plataforma llegó una alegre carcajada.
Henry miró a su alrededor. La débil luz rosácea era lo bastante fuerte como para que pudiera ver y leer la placa con el nombre de la estación.
—¡Avenida Algo! —dijo entre dientes— Hummm.
La señora Branton le oyó y le hecho una mirada.
—Bien, ¿si eso no dice Avenida, qué es lo que dice?
Antes de que pudiera replicar, una voz comenzó a decir:
—¡Salgan por aquí! ¡Salgan por aquí! —y la criatura les indicó que caminaran, apuntándoles con el tridente. El joven del otro lado del vagón caminaba al lado de Henry. Era un muchacho robusto, de aspecto decidido e intelectual, pero que aún no parecía totalmente salido de las nieblas del sueño.
—¿Qué es toda esta tontería? —preguntó— ¿Están haciendo una colecta para los hospitales o algo así? No hay excusa para ello, ahora que tenemos el Seguro Obligatorio de Enfermedad.
—No creo que sea eso —le contestó Henry—. De hecho, me parece que esto no es nada bueno —indicó la placa del nombre de la estación—. Además —añadió— esas colas... no sé como podrían hacer ese truco.
El joven estudió los sinuosos movimientos de una de las colas.
—¡Pero realmente...! —protestó.
—¿Qué otra cosa puede ser? —inquirió Henry.
En total, y excluyendo a los extraños seres, habían una docena de personas reunidas en la barrera. Las hicieron pasar, una a una, mientras un viejo demonio, metido en una pequeña taquilla, comprobaba sus nombres en una lista. Henry se enteró de que registraban al robusto joven como Christopher Watts, físico.
Más allá de la barrera había unas escaleras mecánicas de un tipo bastante anticuado. Se movían lentamente, lo bastante como para que uno pudiera leer los anuncios de los lados: preponderantemente, ofrecían específicos para las quemaduras, cortes, abrasiones y golpes, con la recomendación, aquí y allá, de un tónico específico o de un reforzante.
En la parte alta se hallaba un demonio maltrecho con una bandeja llena de cajas de lata suspendida del cuello. Decía, monótonamente:
—Garantizados. De la mejor calidad.
El señor Forkett, que estaba delante de Henry, vio el cartel que colgaba de la bandeja y se detuvo en seco.
Las letras decían: Botiquines de primeros auxilios, completos. 1£ ó 1,50$ U.S. por unidad.
—Esto es un insulto a la libra —anunció indignado el señor Forkett.
El demonio lo miró. Luego adelantó la cara hasta casi juntarla con la del señor Forkett.
—¿Y qué? —preguntó.
La presión de los que le seguían empujó al señor Forkett hacia adelante, pero se movió a disgusto, murmurando algo sobre la necesidad de tener confianza y fe en la estabilidad de la libra esterlina.
Tras cruzar un vestíbulo, salieron al exterior. Había un ligero olor a azufre en el aire. Norma se subió la capucha de su gabardina para protegerse de la llovizna de cenizas. Los seres armados de tridentes les llevaron en rebaño hacia la derecha, al interior de un espacio limitado por una barrera de alambres. Tres o cuatro demonios entraron con ellos. El último se detuvo para hablar con el guarda de la entrada.
—Arpas celestiales, ¿lleva otra vez retraso ese autobús del cielo? —preguntó, resentido.
—¿Es que acaso va alguna vez según el horario en estos tiempos? —preguntó a su vez el demonio de la puerta.
—Nunca teníamos todos estos problemas cuando el viejo llevaba su barca —gruñó el guardián.
—Es que era una empresa privada —dijo el demonio de la puerta, alzando los hombros.
Henry se unió a los otros, que estaban contemplando el paisaje. La vista hacia la derecha era áspera pero amplia, aunque neblinosa. A lo lejos, al final de un largo valle, se podía ver un área brillantemente iluminada en la que se formaban enormes burbujas, que se alzaban lentamente y tardaban un enorme tiempo en reventar. A su izquierda un geiser de llamas soplaba intermitentemente. Al fondo, a la derecha, un volcán humeaba constantemente, mientras arroyuelos de ardiente lava caían de su borde. Más cerca, las paredes del valle se estrechaban hasta formar un desfiladero. La de la izquierda estaba adornada con un letrero iluminado: Pruebe el endurecedor de la piel Hooper. En la otra pared, otro letrero proclamaba: Sin quemaduras, es la respuesta.
Cerca del farallón de la derecha, a la altura del suelo del valle, había un campo cuadrado rodeado por varias alambradas espinosas y vigilado por una torre de centinela en cada ángulo. De vez en cuando, una andanada de flechas ardientes volaba, como balas trazadoras, al interior del campo desde una de las torres, y la brisa sulfúrea traía el débil resonar de aullidos mezclados con demoníacas carcajadas. Desde aquel punto uno podía seguir el camino que subía, hasta pasar a su lado, para llegar a la entrada de la estación. Un edificio situado junto a esta parecía ser un cuartel en el que se veía una cola de demonios que esperaba para afilar sus tridentes o aguzar las flechas de sus colas en la piedra situada en el patio. Todo aquello le pareció a Henry un tanto convencional.
Casi al lado del área cerrada en que se hallaban se encontraba una especie de cadalso. Estaba siendo ocupado en aquel momento por una señora sin nada encima, que estaba suspendida boca abajo de unas cadenas que le rodeaban los tobillos mientras que un par de pequeños demonios se balanceaban de sus cabellos. La señora Branton buscó en su bolso y encontró unas gafas.
—¡Vaya por Dios! Seguramente no será... —murmuró. La miró más cuidadosamente—. Es difícil decirlo colgando boca abajo y con las lágrimas cubriéndole el rostro, pero temo que sí lo sea. Y yo que siempre pensé que era una persona tan agradable.
Se volvió hacia el demonio más cercano.
—¿Cometió algún asesinato o hizo algo horrible? —preguntó.
Negó con la cabeza.
—No —dijo—. Lo que hacía era estar irritando continuamente a su marido para que así se fuera con otra mujer y ella pudiera solicitar el divorcio y una buena pensión alimenticia.
—Oh —dijo la señora Branton, un tanto desmayadamente—. ¿Eso es todo? Quiero decir, que tiene que haber hecho algo más grave, ¿no es así?
—No —dijo el guardián.
La señora Branton se quedó pensativa.
—¿Tiene que soportar mucho de eso? —preguntó, con una sombra de inquietud.
—Los martes —le respondió el guardia—. Le hacen otras cosas los demás días.
—¡Psssst! —silbó una voz, repentinamente, al oído de Henry. Uno de los demonios de guardia lo llamó a un lado.
—¿Quiere hacer una buena compra? —preguntó el demonio.
—¿Qué compra? —inquirió Henry.
El demonio sacó la mano de una bolsa. La abrió y le enseñó un tubo de metal que parecía similar a los usados para contener pasta dentífrica. Se le acercó más.
—Una ganga, eso es lo que es. La mejor crema analgésica de todo el mercado blanco. Tan solo tiene que frotársela cada vez, antes de las torturas... no notará nada en absoluto.
—No, gracias. En realidad, creo que pronto se darán cuenta que ha debido haber un error en mi caso —le dijo Henry.
—Vamos, muchacho —le dijo el demonio—. Mire, se la daré por un par de libras... un precio especial para usted.
—No, gracias.
El demonio frunció el entrecejo.
—Será mejor que la compre —aconsejó, poniendo su cola en posición amenazadora.
—Bueno... una libra —replicó Henry.
El demonio pareció algo sorprendido.
—De acuerdo. Es suya —dijo, entregándosela.
Cuando Henry se reunió con el grupo, se encontró con que la mayor parte de ellos estaban contemplando a tres demonios que perseguían alegremente a un obeso y rosado hombre de mediana edad por la ladera de la montaña contigua. Sin embargo, el señor Forkett estaba reconsiderando la situación.
—El accidente —decía, alzando un tanto la voz para competir con los aullidos en incremento de los pecadores del campo de concentración—, el accidente debió ocurrir entre las estaciones de Chancery Lane y Holborn, esto parece bien claro, creo. Lo que no me parece claro, por lo menos a mí, es el porqué estoy yo aquí. Indudablemente debe de haberse producido algún error burocrático en mi caso, que espero sea rectificado lo más pronto posible —miró especulativamente a los demás, y todos se quedaron pensativos.
—Tendría que ser por algo grande, ¿no? —preguntó Norma—. Quiero decir que no iban a enviar a una persona aquí por una cosilla como robar un par de medias de nylon, ¿no creen?
—Bien, si solo fuese un par de medias... —comenzó a decir Henry, pero fue cortado en seco por una exclamación de la señora Branton. Siguiendo su mirada, vio a una mujer que llegaba por el camino ataviada con un magnífico abrigo de pieles.
—Puede que este lugar tenga otra cara que aún no hayamos visto —sugirió esperanzado—. Después de todo, en donde hay abrigos de pieles...
—Pues no parece muy contenta con su abrigo —comentó Norma cuando la mujer se acercó.
—Visones vivos. Dientes muy afilados —observó uno de los demonios, informativamente.
Se escuchó un súbito y sobresaltador aullido tras ellos. Se giraron y pudieron ver al joven Christopher Watts dedicado a retorcer la cola de un demonio. El demonio aulló de nuevo, y dejó caer el tubo de crema analgésica que le había estado ofreciendo. Trató de ensartarlo con su tridente.
—¡Oh, no, no lo harás! —dijo el señor Watts, evitando con agilidad el golpe.
Cogió el tridente por el mango y lo arrancó de las manos del demonio.
—¡Ahora! —dijo con satisfacción. Dejó caer el tridente y agarró la cola con ambas manos. Hizo girar al demonio dos vueltas sobre su cabeza y lo dejó ir. Pasó por encima de la barrera de alambre y aterrizó en el camino con un alarido y un golpe seco. Los otros demonios se desplegaron y comenzaron a avanzar hacia el señor Watts, con los tridentes preparados y las redes girando en sus manos izquierdas.
Christopher Watts se enfrentó a ellos, contemplando con una expresión preocupada como se acercaban. De repente, su expresión cambió. Su ceño dejó paso a una sonrisa. Abrió los puños y dejó caer las manos a sus costados.
—¡Pero vaya, qué tontería es todo esto! —dijo, y les dio la espalda a los demonios.
Estos se quedaron parados y parecieron confundidos.
Una sorprendente sensación de revelación inundó a Henry. Vio claramente que el joven tenía razón. Era una tontería. Se rió de la mirada de asombro de los demonios y oyó como Norma, a su lado, se reía también. Y, entonces, todo el grupo empezó a reírse de los desorientados demonios, que al principio parecieron aprensivos y luego aborregados.
El señor Christopher Watts se dirigió al lado del recinto que daba al valle. Contempló por unos momentos el humeante y tremendamente sombrío panorama y luego dijo, en voz baja:
—¡No me lo creo!
Una enorme burbuja se alzó y reventó en el aterrador lago. Se oyó un ¡boom! cuando el volcán escupió una nube, en forma de hongo, de humo y cenizas, y derramó unos torrentes más amplios y brillantes de lava por sus laderas. El suelo tembló un poco bajo sus pies. El señor Watts inspiró profundamente.
—¡No me lo creo! —dijo en voz muy alta.
Se oyó un enorme crujido. La abrupta pared que llevaba la recomendación del Sin quemaduras se cuarteó y cayó lentamente hacia el valle. Los demonios de la ladera de la montaña abandonaron su caza, y comenzaron a bajar en dirección al valle con gritos de pánico. El suelo se agitó violentamente. El tenebroso lago comenzó a vaciarse en una fisura que se había abierto en el suelo del valle. Una enorme llamarada surgió del geiser. La tremenda pared del otro lado se desplomó. Hubo un rugido y un derrumbamiento y un silbido de vapores a su alrededor, y por encima de todo ello la voz del señor Watts gritó de nuevo:
—¡No me lo creo!
Y, de pronto, todo quedó en silencio, como si hubiesen cerrado un conmutador. Y todo estaba también a oscuras, sin que se pudiese ver otra cosa que las ventanillas iluminadas del tren que se encontraba en el andén situado tras ellos.
—Bueno —dijo el señor Watts, con un tono de alegre satisfacción—. Bueno, esto es todo. Vayámonos ahora de regreso a casa, ¿no les parece?
Y con la luz de las ventanillas del tren comenzó a recorrer el camino de vuelta al andén.
Henry y Norma se apresuraron a seguirle. El señor Forkett dudó.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Henry, mirando hacia atrás.
—No estoy seguro. Creo que esto no ha sido... sido...
—No puede quedarse aquí ahora —le señaló Henry.
—No... no, supongo que no —admitió el señor Forkett; y, medio a disgusto, comenzó a dirigirse él también hacia el andén.
Sin ninguna decisión previa, los cinco que habían viajado anteriormente juntos escogieron de nuevo el mismo vagón. Apenas habían subido a él, cuando se cerraron las puertas y el tren empezó a moverse. Norma dio un suspiro de alivio, echó hacia atrás su capucha y se sentó.
—Es como estar ya a medio camino de casa —dijo—. Muchas gracias, señor Watts. No obstante, ha sido una buena lección para mí, se lo aseguro. Nunca volveré a acercarme a un mostrador con medias, nunca... excepto cuando vaya a comprarme algunas.
—Secundo eso... me refiero a lo de las gracias —dijo Henry—: Sigo opinando que debió haber alguna confusión entre las opiniones legales y comunes en mi caso particular, pero le estoy tremendamente agradecido por... esto... ahorrarme el papeleo.
La señora Branton extendió una enguantada mano al señor Watts.
—Naturalmente, se darán ustedes cuenta que el que yo me encontrara allí era un estúpido error, pero supongo que me evitó usted horas y horas de tratos con burócratas estúpidos. Espero que pueda usted venir a comer con nosotros algún día. Estoy segura que mi marido deseará agradecérselo personalmente.
Hubo una pausa. Se alargó. Gradualmente, el convencimiento de que el señor Forkett no iba a seguir su ejemplo hizo que todas las miradas se clavaran en él. Por su parte, estaba mirando, ensimismado, al suelo. Al fin alzó la vista, primero hacia ellos y luego hacia Christopher Watts.
—No —dijo—. Lo siento, pero no puedo estar de acuerdo. Me temo que debo continuar considerando su acción como antisocial, y hasta diría que subversiva.
El señor Watts, que había estado apareciendo como muy contento de sí mismo, presentó primero signos de sorpresa y luego de asombro.
—¿Cómo dice? —dijo con genuina incomprensión.
—Ha hecho usted una cosa muy seria —le dijo el señor Forkett—. Simplemente, no puede haber ninguna clase de estabilidad si no respetamos nuestras instituciones, y usted, joven, ha destruido una de ellas. Todos nosotros confiábamos en esa cosa... hasta usted mismo, al principio... Luego, decidió al pronto ponerse en su contra y destruirla; y eso que se trataba de una institución de una gran solera. No, no se puede esperar que yo apruebe una tal cosa.
Los demás se le quedaron mirando.
—Pero, señor Forkett —dijo Norma—, es imposible que hubiera preferido el haberse quedado allí, con todos esos demonios y cosas.
—Apreciada jovencita, esa no es la cuestión —le reprobó el señor Forkett—. Como ciudadano responsable, debo oponerme totalmente a cualquier cosa que amenace con minar la confianza pública. Por consiguiente debo considerar la acción de este joven como extremadamente peligrosa; lindante, lo repito, con lo subversivo.
—Pero si una institución resulta ser una farsa... —comenzó el señor Watts.
—Eso, señor, tampoco entra en la cuestión. Si suficiente gente cree en una institución, entonces, la misma es importante para esas personas... sea o no lo que usted llama una farsa.
—¿Prefiere la fe a la verdad? —inquirió burlón el señor Watts.
—Uno debe de tener confianza y, si uno la tiene, la verdad acaba por seguirla —replicó el señor Forkett.
—Como científico que soy, considero lo que dice como inmoral —dijo el señor Watts.
—Como ciudadano, yo le considero a usted falto de escrúpulos —contestó el señor Forkett.
—¡Pues vamos bien! —dijo Norma.
El señor Forkett se quedó pensativo, el señor Watts frunció el ceño.
—Algo que fuera real no iba a caer hecho pedazos porque yo no creyese en ello —observó el señor Watts.
—¿Cómo puede asegurar eso? El Imperio Romano fue real en un tiempo... mientras la gente creyó en él —le respondió el señor Forkett.
La disputa prosiguió por algún tiempo, en el que el señor Forkett fue haciéndose más monumental, y el señor Watts más fundamental.
Finalmente, el señor Forkett resumió su opinión:
—Francamente, creo que sus opiniones iconoclastas y revolucionarias tan solo difieren del bolchevismo en el nombre.
El señor Watts se puso en pie.
—La consolidación de la sociedad sobre la fe, sin importar la verdad científica, es el método de un Stalin —observó, y se retiró al otro extremo del vagón.
—Realmente —recriminó Norma—, no sé como puede ser usted tan rudo y desagradecido con él. Cuando pienso en todos aquellos con sus horquillas para ponernos en el fuego, y aquella pobre mujer colgando boca abajo, y sin nada encima, pues...
—Todo ello era muy adecuado para aquel tiempo y lugar. Ese es un joven muy peligroso —insistió firmemente el señor Forkett.
Henry pensó que ya era hora de cambiar de conversación. Los cuatro charlaban de generalidades mientras el tren traqueteaba a buena velocidad, aunque no tan rápido como cuando había descendido. Pero, al cabo de un tiempo, la conversación comenzó a agonizar. Mirando al otro lado del vagón, Henry comprobó que el señor Watts se había vuelto a quedar dormido, y pensó que no había otra forma mejor en que pasar el tiempo.
Se despertó para oír voces diciendo a gritos: «¡Apártense de las puertas!», y para encontrarse con que el vagón estaba de nuevo lleno de gente. Casi al mismo tiempo que abría los ojos, el codo de Norma se le clavó en las costillas.
—¡Mire! —dijo ella.
El individuo que se había colocado frente a ellos estaba interesado en la página de deportes, así que la primera página les daba en la cara con el titular: Choque en el metro a la hora punta. 12 muertos. Debajo había una lista de nombres. Henry se inclinó hacia adelante para leerlos mejor. El propietario del periódico lo bajó para lanzarle una mirada indignada, pero no antes de que Henry hubiera podido hallar su propio nombre y el de los otros.
Norma pareció turbada.
—No sé cómo voy a explicar esto en casa —dijo.
—¿Se dan cuenta ahora de que tenía razón? —inquirió el señor Forkett desde el otro lado de Henry—. Piensen tan solo en el problema que va a haber para aclarar todo esto: periódicos, juzgados, solo el cielo sabe cuantas cosas. No es un individuo que se pueda dejar suelto. Es bastante antisocial.
—No sé lo que va a pensar mi esposo. Es un hombre tan celoso —comentó la señora Branton, no sin una cierta satisfacción.
El tren se detuvo en St. Paul, se descongestionó un tanto, y luego prosiguió su camino. El señor Forkett y Norma se prepararon para salir. A Henry se le ocurrió que él también podía hacerlo. El metro frenó.
—No sé lo que van a decir en mi oficina, al verme entrar. No obstante, nunca me había pasado nada tan interesante, de verdad. Bueno, hasta más ver a todo el mundo —dijo Norma, y se introdujo en la masa que salía, con la habilidad que solo da una larga práctica.
Una mano aferró el brazo de Henry cuando salía al andén.
—Ahí está —dijo el señor Forkett. Señaló con la cabeza hacia delante. Henry vio la espalda del señor Watts precediéndoles en el andén—. ¿Puede perder unos minutos? No me fío en lo más mínimo de ese tipo.
Lo siguieron por la escalera mecánica y por los peldaños que los dejaron en la superficie, frente al Royal Exchange.
Allí, el señor Watts se detuvo y miró a su alrededor, pareciendo considerar algo. Luego su atención se fijó en el Banco de Inglaterra. Avanzó hacia él con paso decidido y se detuvo frente a la fachada, mirando hacia arriba. Sus labios se movieron.
El suelo se agitó levemente bajo sus pies. Tres ventanas cayeron de uno de los pisos altos del Banco. Una estatua, dos urnas y una pieza de balaustrada se movieron y acabaron por desplomarse. Varias personas gritaron.
El señor Watts se cuadró de hombros y tomó aire a todo pulmón.
—¡Dios del Cielo! ¡Está...! —comenzó a decir el señor Forkett, pero el resto se perdió en el aire mientras se iba corriendo del lado de Henry.
—¡No...! —anunció el señor Watts a grito pelado.
«¡... me lo...! —prosiguió, acompañado por un ominoso temblor del suelo.
«¡... cre...! —pero en ese momento un tremendo empujón lo lanzó bajo las ruedas de un autobús que pasaba a toda velocidad.
Hubo un rechinar de frenos aplicados demasiado tarde.
—¡Ha sido ese tío, lo vi como lo tiraba! —gritó una mujer, señalando al señor Forkett.
Henry llegó hasta su lado al mismo tiempo que apareció corriendo un policía.
El señor Forkett estaba contemplando con orgullo la fachada del Banco.
—No hay forma en qué predecir lo que pudiera haber pasado. Ese joven era una amenaza a la sociedad —dijo—. Deberían de darme una medalla, pero me temo que lo más probable es que me ahorquen. Después de todo, deben de mantenerse las tradiciones.
Título original:
CONFIDENCE TRICK
© 1953, Ziff-Davis Pub. Co. Reprinted by arrangement with Ultimate Pub. Co.
Traducción de Lucy V. Pelt