Lockscald Tree
En el mismo instante en que la señora Orchid, que lucía una enorme peluca empolvada de azul a juego con unos anteojos también azules, entró en el salón de su taberna, unos aplausos y vito-reos emergieron desde el piso de abajo. Sin embargo, no se dirigían a ella.
La taberna se llamaba El último en entrar, El primero en salir, y se asentaba sobre el barro y el lodo de las orillas del río Tamsis. La taberna estaba fijada sobre una plataforma, que a su vez estaba fijada sobre cuatro zancos, de forma que quedaba un poco elevada en comparación al nivel del río. Era una caseta desvencijada de dos plantas, y ella misma parecía un peculiar patíbulo de ejecución. Pero el verdadero patíbulo, sin embargo, era la razón principal por la que habían instalado allí esa taberna. El último en entrar, El primero en salir tenía las mejores vistas, de hecho se consideraba el lugar más selecto para contemplar los muelles de Execution, el Lockscald Tree.
Hasta allí se habían desplazado gentes de todo el mundo, de tierras conocidas y de nombres impronundables. Pero para la ejecución de la famosa pirata Pirática, todo Lundres y la mitad del país habían querido estar presentes.
Detrás de la señora Orchid, quien tenía bajo un brazo a su gato anaranjado llamado Estallido, mientras que con el otro hacía los mil malabarismos para intentar sostener una bandeja con botellas de los vinos más selectos y con los cafés más exquisitos, aparecía otra sala. Esta tenía una enorme ventana de cristal, que para la ocasión habían estado limpiando durante dos días. Las vistas eran inigualables: las horcas de Lockscald. Y como en todas las ejecuciones, mucha de la gente pudiente había acudido allí pagando una buena suma de dinero para poder contemplar el espectáculo de forma privada. Obviamente, lo verían mucho mejor que todas aquellas personas que se habían aposentado en el fango que rodeaba los muelles de Execution. Había tal aglomeración de espectadores que incluso la orilla del río resultaba completamente invisible. Además, también había gente que se había visto obligada a adentrarse en las aguas del río, pues no quedaba otro lugar mejor. Incluso alguien había llegado a decir que la multitud superaba las trescientas mil personas.
Y todo eso, sólo por una jovencita que había sido pirata…
Ese día, ninguna mujer había acudido a observar el espectáculo desde el mirador de la señora Orchid. Allí, se habían agrupado únicamente cinco hombres que, sorprendentemente, habían pagado en oro.
- Ah, los refrescos -dijo Landsir Snargale, un almirante de la Marina inglesa y uno de los tipos más poderosos de toda Inglaterra.
- ¿A esto le llamáis café? ¡Sin duda, esta mercancía no es mía! -exclamó de malas maneras el patrocinador del café, el señor Coffee, que iba vestido con un abrigo de brocado de color café oscuro, casi negro. Pero la señora Orchid tan sólo movió ligeramente la cabeza con indiferencia.
El capitán Bolt sorbió de su taza sin hacer ningún comentario y se dirigió hacia la enorme ventana que daba a las horcas.
Los otros dos hombres eran dos tipos jóvenes, uno de ellos el sobrino del patrocinador del café.
- Qué lástima, se ha levantado viento -le dijo Harry Coffee a su amigo, quien tiempo atrás había sido su compañero de duelo, Perry-. Creo que llegará a levantar un poco las sogas, ¿no crees? Por las cabras trotadoras que pasará. Antes me he acercado hasta la cárcel y me han dejado ver a la reina pirata durante un minuto. Que Dios me perdone, Perry, pero efectivamente desprende horror y miedo.
- Ya lo había oído. Ojalá hubiera podido verla aunque sólo fuera durante un minuto…
- Pero no te creas, que he tenido que pagar su peso en oro. Ese carcelero, qué malparido. Te juro que cavaré una fosa y tiraré a esa rata chupasangre dentro hasta que se pudra.
Landsir Snargale se giró y miró por la ventana. No le acababa de gustar que el día en que una jovencita fuera a perder la vida en la soga brillara con tanta intensidad y que allí se hubiera reunido toda esa muchedumbre. Por supuesto, esa joven había sido pirata y tenía que pagar las consecuencias. Pero le habían informado que habían dejado en libertad a la otra joven pirata, cosa que no le satisfacía en absoluto. Tenía entendido que la otra era la hija del mismísimo Golden Goliath, y Snargale, como muchos otros, aún sentía cierto rencor hacia Goliath. Pero dejando todo esto aparte, la tripulación de esa tal Pirática había logrado escapar, y, según lo que le habían dicho a Snargale, gracias a trucos y trampas que Art había gastado a los idiotas de la cárcel.
Realmente, no era tan escandaloso.
Snargale había enviado una carta a su padre, George Fitz-Willoughby Weatherhouse, pero él jamás apareció por allí, y ni siquiera tuvo la suficiente educación para responder a la carta.
- Está tan ocupado que ni siquiera tiene tiempo de ver cómo cuelgan a su propia hija -remarcó Snargale más para sí mismo que para el capitán Bolt, que permanecía con un rostro sombrío y vengativo justo detrás suyo.
- Por todos los diablos, una vez juré que la vería colgada, y al fin ha llegado el momento -contestó el capitán Bolt. Y, acordándose de cuando Plunqwette dejó caer cierto líquido maloliente sobre su sombrero, añadió-: Y también haré que cuelguen a su estúpido loro.
La señora Orchid ya había oído suficiente, así que se alejó en busca de más bebidas. En la planta de abajo, otros clientes menos poderosos, o quizá menos ricos, no paraban de gritar y aplaudir. Pero estas aclamaciones no eran para otra que para Pirática. La señora Orchid ahora podía escuchar cómo cantaban canciones narrando las aventuras de la valiente Pirática.
¿Realmente había logrado hacerse con tantas embarcaciones? La señora Orchid no acababa de creérselo, pues quinientas, tal y como decía alguna de aquellas canciones, era el total de los navios que había saqueado.
Estallido salió escopeteado -razón por la que lo llamaban así- del brazo de la señora Orchid y se fue pitando por la escalera de madera hacia el salón principal de la taberna. No tenía tiempo para escuchar más memeces de los hombres ricos y poderosos; además, no tenía ninguna necesidad de hacerlo. «Qué espabilado», pensaba la señora Orchid.
Le cantamos al valor de una pirata tan valiente, que ha
logrado robar el oro hasta al más pudiente: capitanes y
comerciantes, desde el Caribe
hasta Africay, escapándose de la justicia, allá
donde la hay.
Le cantamos a Pirática, Reina de los Siete Mares, que
ahora está entre rejas, sin arrepentirse de sus males.
Le cantamos a su coraje, a sus burlas y a sus trucos que ha
regalado por todas partes de este mundo.
Pues jamás ha existido alguien tan audaz como para escapar
de las garras de la justicia con tal comodidad.
Lloramos por Pirática, Reina de las reinas que,
recordando un mundo de bambalinas,
descansará por siempre entre aguas
aguamarinas.
Ebad Vooms logró escuchar la canción desde los muelles, pues ésta había ganado popularidad entre los asistentes y no paraban de repetirla. Parecía como las canciones de antaño escritas exclusivamente para la obra de teatro… para Molly.
Pero, por encima de la orilla y de esa canción, se hallaba ese escenario fúnebre y sombrío, las horcas, con sus soportes, la barra cruzada y la soga ya lista.
El viento soplaba como si se avecinara una gran tormenta. Incluso las turbias aguas del Tamsis se movían bruscamente y burbujeaban. De pronto, empezó a llover, pero nadie pareció darse cuenta.
Ebad estaba allí, entre la multitud, muy cerca del espectáculo que estaba a punto de comenzar. La noche anterior, había tenido que luchar con un hombre para poder conseguir la entrada. Ebad no parecía él mismo: se había teñido el cabello y las cejas con harina para así emblanquecerlos, se pintó dos o tres cicatrices bastante convincentes y se metió paja entre la ropa para parecer más gordo. Ahora, daba la sensación de que era un hombre corpulento, jorobado y mayor. Sabía muy bien cómo disfrazarse, a pesar de que para ello había tenido que robar harina, paja y pintura para el rostro. No cabía duda de que había sido actor.
Ninguno de sus antiguos compañeros sabía que él estaría allí. Habían intentado impedírselo de todas las maneras posibles desde el momento en que lograron escapar de la cárcel por la chimenea. Una vez en Saint Martins, intentaron averiguar cómo podrían rescatar a Art, pero llegaron a la conclusión de que era imposible hacerlo. Art había cavilado la manera para salvarles el pellejo. De qué serviría ponerse otra vez en peligro inmediatamente después de escapar intentando salvarla, cuando ella ya no tenía ninguna posibilidad de salvarse. Sabían exactamente cómo iba a salir el plan, desastroso. Además, tenían que tener en cuenta que una prisionera tan famosa como lo era Art estaría rodeada por decenas de guardias de seguridad armados hasta los dientes y con la policía lundinense cerca. Y ahora Ebad veía con sus propios ojos cómo todo esto era verdad, pues una gran cantidad de policías estaban merodeando por la zona.
Realmente, no les había resultado muy complicado trepar por la chimenea, pues estaban bastante delgados y en forma como para inmiscuirse por esos estrechos pasadizos. Había un par de sitios por donde el camino se hacía más angosto, y Ebad y Whuskery habían tenido que utilizar la barra de hierro, que arrancaron de la chimenea, para poder romper algunos ladrillos y así ensanchar el camino. Después, salir por el tejado y descender por la pared con las sábanas y las mantas les había sido bastante sencillo y nadie advirtió su presencia. Además, los carceleros y guardias de seguridad habían estado bebiendo en el jardín, con lo cual sus reflejos habían disminuido considerablemente.
Una vez hubieron pasado los jardines, encontraron un establo donde resguardarse, a pesar de que nadie les dirigió la palabra durante la gélida noche, pero eso no les importaba, pues al fin eran hombres libres.
Lo que sí les importaba era Art, y no podían ayudarla. Llegaron a esa conclusión al alba del día siguiente. Entonces, empezaron a escupir y a comportarse como si eso no les importara de verdad, aunque realmente no lograron aparentarlo. En los barrios bajos de Lundres, donde habitaban todos los actores en paro, las tabernas llenas de mosquitos y las cajas de cerillas que se hacían llamar tiendas siempre daban cobijo a los fugitivos; al menos, aquél era un lugar seguro para esconderse.
Habían jurado reunirse en Grinwich al cabo de un mes.
Ninguno de ellos se quedaría en Lundres, pues no querían ser testigos de la muerte de su capitana, la hija de Molly, Art.
- Casi consigue convertirnos en los hombres más ricos de la tierra.
- Casi consigue convertirnos en comida para gusanos, por Dios.
- -Bueno, pagará por eso en dos días, así que cierra el pico.
- Claro. Está cerrado.
Ahora Ebad, disfrazado y solo entre la muchedumbre, estaba tan cerca del patíbulo que le daba la sensación de que si se estiraba un poco podría tocarlo con esa pistola que consiguió a crédito en un callejón. Su plan quizá era un poco desesperanzador, pues seguramente le resultaría muy difícil apuntar, disparar, herir o incluso matar a alguien -eso ya no le importaba-, para así sembrar la confusión y aprovechar ese momento para salvar a Art. No era un plan demasiado bueno, pero ¿qué más podía hacer?
Detrás de Ebad, a unos veinte metros de la multitud, un vendedor ambulante con cabello voluminoso, con ropajes andrajosos y barba poblada, vendía dulces y manzanas calientes acarameladas al gentío.
- Oh, vamos, cielo, jamás olvidarás un bonito día como éste.
Dirk, cubierto de heno, había abrazado a Whuskery en el establo de Tottershill, donde habían logrado esconderse.
- Volveré un poco tarde esta noche, Whusk, pero no te preocupes. Tendré cuidado y no lograrán cogerme, pero tengo que ver a alguien esta noche, antes de que huyamos otra vez.
- Bueno -había dicho Whuskery-, yo tengo que hacer un par de recados aún.
Ahora, Dirk se sentía mucho más aliviado, porque en un principio había pensado que el hecho de salir solo por ahí causaría una enorme discusión entre él y Whuskery.
Ahora, Dirk vendía sus manzanas, que previamente había robado a un vendedor borracho tirado en la orilla del río, a sabiendas de que también se había llevado una pistola y un cuchillo bajo un viejo abrigo que había cambiado por el suyo a un vagabundo en la avenida Sheerditch. Dirk tampoco había ideado un gran plan, pero pensaba que quizá podría salir bien. Su vida jamás había sido tan sencilla hasta que se topó con Whusk, y ese golpe de suerte siempre le hacía pensar que alguien lo protegía, aunque jamás había podido adivinar quién. Así que no esperaba morir en el intento al lanzarse en picado mientras apuntaba con la pistola a carceleros y policías para después rescatar a Art del patíbulo. Además, le contentaba la idea de pensar que Whuskery no se vería envuelto en el plan. Hubiera lamentado mucho poner en peligro la seguridad de Whuskery; además, estaba seguro de que Whusk habría intentado por todos los modos tirarle por tierra su plan.
En la orilla del río, una mujerona de cierta edad, con aspecto de lavandera y con el rostro empolvado con sombra azul y un poblado bigote que se había afeitado cuidadosamente el día anterior, intentaba inmiscuirse entre la muchedumbre. Era de envergadura fuerte, pero esa fortaleza no podía venir simplemente de los lavados. La mujer lloriqueaba con voz de pito:
- Vamos… dejen pasar a esta pobre viejecita… sólo quiero estar un poco cerca de Tree… ¿cómo quieren que vea algo desde aquí atrás ?
- De acuerdo… Pobre mujer, déjenla pasar.
Whuskery, sin barba ni bigote, y con el corazón en un puño, también había escondido una pistola en su falda. El resto de la ropa que había birlado a una joven-cita en el río la guardaba cerca de la calle Rabbit Warren. Él también tenía un plan, y también era consciente de que no funcionaría. Pero tenía que intentarlo… quizá Art, en medio de la confusión, sería capaz de escapar, aunque tal vez Whuskery no. Bueno, al menos Dirk no se vería envuelto en su plan. Dirk estaba a salvo, y eso era lo que más le importaba.
Honest Liar se hallaba entre los zancos de El último en entrar, El primero en salir. El nombre del mirador del patíbulo lo había dejado perplejo. No captaba el chiste, que decía que aquel que era ejecutado en Lockscald siempre era el último de la multitud en llegar y el primero en salir cuando la soga cumplía con su deber.
Honest también se había disfrazado. Ahora parecía más exótico. Se había pintado la piel de marrón oscuro y se había colocado un turbante blanco sobre la cabeza. Además, llevaba una toga preciosamente bordada, pues había sido una magnífica cortina antes de que suplicara por ella a unos antiguos amigos del teatro:
- Aún soy actor -les había intentado explicar inocentemente.
Este tipo de personas, soñadoras y distraídas, vivían en una especie de mundo paralelo de fantasía, a pesar de que habitaban entre la chatarra. Eran capaces de recitar todas las obras que se habían hecho en Lundres, pero no tenían la menor idea sobre piratas o ejecuciones.
Honest llevaba una pistola que Ebad le había entregado, a pesar de que no sabía muy bien cómo utilizarla si llegaba el momento de disparar. Y es que jamás había tenido que disparar una pistola sobre el escenario. Además, no le gustaban. Al contrario que el nadar, o aprender algunas líneas, las pistolas no le resultaban algo natural en su vida. Pensaba que quizá aparecería algún plan inesperado, alguna ocasión propicia para ayudar a Art. Sabía que, a pesar de que esa ocasión no se presentara, él intentaría salvar la vida a Art. Sin embargo, ninguno de los demás, que eran más sensibles que él, se había atrevido a ir hasta allí.
Mientras tanto, Salt Walter intentaba abrirse paso entre la muchedumbre. Se había teñido su rojizo cabello de negro azabache pero con un tinte de mala calidad, así que, finalmente, tenía un color verde oxidado, cosa que parecía encantar a toda la multitud. Todo el mundo se giraba para verlo, hablaba de él y de su cabello, cuando lo único que quería era pasar desapercibido. Sólo pensaba que cuando llegara el momento, debería enfurecerse lo suficiente como para abalanzarse sobre los guardias que protegían, por así decirlo, a Art. Estaba contento de haberse podido deshacer de Peter, de que éste no hubiera sospechado de su plan y no hubiera intentado acompañarlo.
Pero Salt Peter también estaba allí, a pesar de que tan sólo se las había arreglado para vararse al otro lado de la orilla. Se había rapado la cabeza -después de ver el destrozo que el tinte había causado en Walter-, se había colocado un parche negro sobre un ojo y se había vestido con tres sacos apestantes. Ésa era la razón por la que la gente de su alrededor se alejaba tanto de él dejándole suficiente espacio para que cuando llegara el momento pudiera desenvainar su espada y abalanzarse sobre el verdugo. Desafortunadamente, el olor que desprendía no sirvió para otra cosa que para que el bullicio lo empujara bruscamente. Ahora, Peter intentaba subir a un bote que lo acercara a las horcas, pero nadie quería subirlo a bordo -y no sólo por el olor-. Aun así, daba las gracias a Dios de que Walt se hubiera mantenido al margen de todo este asunto.
Eerie O'Shea estaba dentro de la taberna, vestido con ropa de monje y aguantando una enorme biblia, obviamente falsa, donde ocultaba su pistola. Estaba bebiendo desmesuradamente, apuntándose al coro de hombres que le cantaban a Pirática con su voz de tenor y llorando.
Se había asegurado que ninguno de los otros se percatara de que intentaría salvar a Art. Sabía lo que hacía. Intentaría aguantarse las ganas hasta ver que la soga le rodeaba el cuello, entonces dispararía contra la soga y, mientras cayera, cogería a Art y se irían corriendo, dejando atrás una muchedumbre dispersa y sobresaltada al ver con sus propios ojos tal hazaña. Había atado un caballo, que previamente había robado, justo detrás de la taberna. No era un gran caballo, pero serviría. Eerie jamás se había sentido un actor trágico, ni tampoco un héroe. Ni siquiera se sentía a él mismo.
Glad Cuthbert había entrado en la taberna, pero no había logrado reconocer a Eerie. Cuthbert estaba completamente desconocido. A pesar de que jamás había ejercido como actor, también se había disfrazado. En el mercado de la calle OxFord, Cuthbert avistó a un policía lundinense y se acercó a él cautelosamente. Una vez estuvo lo suficientemente cerca, le asestó un golpe que lo dejó aturdido, lo maniató y lo metió en una casucha de mala muerte. Entonces, Cuthbert aprovechó la ocasión para robarle el uniforme. La verdad es que le sentaba bastante bien. Pero lo que no le favorecía tanto era ese delgado bigote que se había dejado, o esas verrugas deformes que se había pegado por la nariz y las mejillas.
Glad Cuthbert pensaba en su mujer y en su viola de rueda. Se preguntaba si volvería a verlas alguna vez. ¿Y su plan? Un farol. Cuando trajeran a Art, él, que se habría adelantado hasta situarse en primera fila del patíbulo, empezaría a chillar como un loco palabras sin sentido hacia uno de los guardias. Cuthbert diría que ese hombre era un ladrón muy buscado. Armaría un escándalo. Quizá funcionara. Pero probablemente no. Alguien más tenía que hacer algo, él solo no sería capaz de hacerlo todo. El resto de la tripulación de la Inoportuna lo había decepcionado mucho, pues eran como la familia de Art y la conocían desde que era una cría, pero eso no les importó y ni siquiera intentaron salvarla.
Muck, el perro más limpio de toda Inglaterra, ahora seguramente era el más sucio de todos ellos. Se había retozado en estiércol, en nieve a medio derretir y en basura hasta conseguir ese olor inmundo que ahora desprendía por el pelo de un color grisáceo. Después de haber enterrado su enorme hueso de loro en un lugar muy seguro, ni más ni menos que en el jardín de una enorme mansión cerca de May-fair, Muck había salido corriendo hacia la cárcel de Oldengate y los muelles de Execution. Quizá él también tenía un plan. O quizá pensaba que tenía un plan. O quizá no tenía ningún plan. Quizá su plan no era muy viable, pues un perro amarillento cubierto de suciedad nauseabunda no podía tener un plan muy elaborado. Pero allí estaba.
¿Y Plunqwette?
Si alguien alzaba la mirada hacia la más alta chimenea de El último en entrar, El primero en salir vería a Plunqxvette, a pesar de que no era muy fácil reconocerla. Aquella cosa roja y verde que parecía una bola de pe- luche ahora tenía las plumas completamente alborotadas por las fuertes ráfagas de viento.
Plunqwette no había pensado ningún plan. Tenía más de un siglo de edad, o incluso más. Sabía, al igual que todos los loros, que el destino estaba a merced de poderes más altos, pero también se había desplazado hasta allí.
Entonces, acompañada de la lluvia y el viento, la colosal puerta de hierro de Oldengate se abrió mientras chirriaba con agudeza. Parecía un alarido proveniente de la mismísima puerta del infierno.
Snargale tenía que esforzarse para lograr ver algo a través de la ventana de la taberna, pues con la lluvia, ésta se había empañado.
- ¿Es ésa la chica?
- Sin duda. Mira qué horror. Vestida con ropajes masculinos. La verdad es que puede llegar a desconcertar. Os lo digo yo, que la primera vez que la vi, la confundí con un muchacho…
- Por todos los tritones y sirenas, ¡es ella! -exclamó Harry.
- Por el mismísimo diablo… -dijo Perry estirando un poco el cuello.
El capitán Bolt había cruzado los brazos y, sin musitar palabra, observaba el espectáculo con satisfacción.
Entonces Snargale murmuró en voz baja:
- Está a punto de sufrir un trágico final. Pero su rostro desprende calma y tranquilidad. No tiene miedo. Es una mujer muy valiente.
- Es una actriz -terció el señor Coffee con rabia-. Es una actriz, señor. Está actuando.
- Entonces, señor, actúa extremadamente bien. ¡Bravo, señorita! -contestó Snargale. Y entonces, se dijo a sí mismo: «Es una pena que haya acabado así».
Art caminaba con la cabeza altiva, mirando hacia el cielo, acompañada por varios guardias de seguridad y con las manos atadas, pero esta vez no con cuerdas, sino con esposas. Miraba hacia delante y veía el poste, la barra y la soga.
Diez kilómetros hacia arriba. Sí, las horcas parecían estar a esa distancia. A unos diez kilómetros. Diez equivalía a la letra J, que era la décima letra del alfabeto. J de juicio, de jurado, de justicia…
«Interpreta tu papel. Sí, interpreta. Es lo único que te queda. Estás sobre un escenario. Mira qué público.»
El público no paraba de aclamar y aplaudir (¿ quizá porque la querían ver colgada en la soga? No, estaban gritando su nombre. Ese nombre de la obra, el nombre de Molly… el nombre de Art…).
- ¡Pirática! ¡Estamos contigo, Pirática, Reina de los Siete Mares! ¡Buena suerte, Pirática! ¡Buena suerte! ¡Irás al cielo! ¡Te queremos, Pirática!
Los guardias se sentían intranquilos. Habían intentado retirar a los asistentes todo tipo de armas, como porras y pistolas, pero aun así, éstos no se cansaban de gritar y aplaudir, y arrojaban ramilletes de hojas perennes -pues era invierno- que el viento se encargaba de esparcir por todas partes, de forma que los guardias se veían obligados a respingarse como caballos.
- Le cantamos al valor de una pirata tan valiente…
Y empezó una vez más la canción.
Perpleja, Art miraba a su alrededor a pesar de que intentaba disimularlo manteniendo la pose que ya había adoptado. Así que, como respuesta, saludaba con la cabeza a la multitud, más bien como asintiendo, intentando no mostrar en ningún momento un gesto dramático.
Y la muchedumbre, su público, se volvía loca de satisfacción. Las fuertes ráfagas de viento también intentaban poner su granito de arena, soplando muy fuerte y dejando escapar, de vez en cuando, algunas gotas de lluvia.
Entonces, llegaron los pasos.
«Es un escenario. El mundo en sí es un escenario. No dejaré que la muerte presuma… Valparaíso, un valiente paraíso… Mamá…»
Cada paso que daba retumbaba en la madera que pisaba. Al fin, había llegado al patíbulo.
Los diez kilómetros que antes la separaban de la soga habían desaparecido, pues ahora podía sentir el tacto de la cuerda en su mejilla. El verdugo le retiró suavemente el cabello para colocarle una venda en los ojos, pero ella se negó rotundamente y después le ajustaron el nudo de la soga casi apretándole el cuello.
De repente, el silencio reinó sobre la muchedumbre. Ni un aplauso, ni un lloro. Ni siquiera el viento se atrevía a soplar con fuerza, y las pequeñas gotas de lluvia desaparecieron. Parecía una calma ecuatorial oceánica.
Pero entonces algo…
Alguien…
Alguien estaba sobre el patíbulo junto a ella. Justo a su lado, como el típico truco que se utiliza sobre un escenario, un efecto mágico… ¿Cómo lo había hecho?
Entonces, el enigmático individuo se giró y miró al verdugo, a los guardias y a la policía que se estaba preparando para arremeter contra él. No estaba armado, y así se lo demostró a todos los presentes. Sus ojos eran de un azul cristalino, su rostro era tan… ¿diferente? a cualquier otro que quizá por esta razón los policías vacilaban y dudaban en atacar.
- Concededme un poco de tiempo para explicarme -rogó con una melodiosa voz que llegaba a cada centímetro de la orilla del río. Sin duda era la voz de un célebre cantante.
Entonces, les lanzó una mirada acusadora al verdugo y a los guardias, y con una encantadora sonrisa Felix Phoenix les dijo:
- Serán sólo unos pocos minutos. No os preocupéis. ¿ Me los concedéis?
De pronto, varias voces provenientes del gentío que había acudido a contemplar el espectáculo gritaron:
- ¡Déjenle hablar!
Esas varias voces fueron incrementándose a cientos de voces, y después, otras miles gritando a coro.
Nervioso, el verdugo se alejó del nudo que acababa de ajustar alrededor del cuello de la pirata Pirática, dejándolo aún un poco suelto. Los guardias estaban completamente alarmados mientras discutían entre ellos. Mientras tanto, los gritos y plegarias de la muchedumbre se iban incrementando sin cesar, hasta que de pronto los guardias bajaron sus armas.
- Se lo agradezco -dijo Felix mientras el gentío se calmaba y les volvió la espalda otra vez a esos hombres armados del patíbulo, como también a esa jovencita con el cuello enlazado por una soga, y se dirigió hacia el público. Quizá de una manera vaga, si hubiese mirado hacia donde le alcanzaba la vista, habría visto un cierto alboroto, justo en la ventana de la taberna, pero ni tan siquiera se dio cuenta.
Al fin, Felix le habló a la muchedumbre.
- ¿Queréis verla muerta?
Completo silencio. Sobrecogido por la pregunta, un hombre contestó:
- ¿Que si la queremos ver muerta? Claro que no. Pero, ¿qué elección tenemos? La justicia inglesa ya ha decidido…
- Pero -continuó Felix humildemente- vosotros le habéis escrito una canción, a ella, a Pirática, Reina de los Siete Mares. Una canción de admiración y afecto.
Felix vestía ropajes limpios pero de pobre, su cabello era del mismo color que el de la luna llena. Jamás había estado tan bello como ese día. Y en sus ojos se podía ver reflejada su alma.
- Ella es vuestra heroína, esta joven de aquí, la capitana Art Blastside, Pirática. Una de las mujeres más espléndidas de toda Inglaterra.
A pie de escenario, un policía lundinense gritó con severidad:
- ¡No! ¡Es una pirata! ¡Es escoria!
Entonces, el policía que se encontraba junto a él le propinó disimuladamente una pequeña patada en la rodilla.
- Una pirata -continuó Felix dirigiéndose hacia el gentío-, que consigue su botín gracias a sus inteligentes trucos y a su astucia, pero que no hace daño a nadie, ni roba objetos que tengan un valor sentimental para sus propietarios, y que tampoco hunde embarcaciones.
Por encima de las cabezas de los asistentes, el mirador-ventana de la taberna se quebró en mil pedazos tras una explosión en un abrir y cerrar de ojos. Al capitán Bolt le salía humo por las orejas:
- ¡Robó mi embarcación!
- Pero ahí está, caballero, gritando como un loco. Ni siquiera un arañazo. Dígame, ¿qué pirata le hubiera dejado irse así? ¿O me equivoco? ¿Es que acaso Pirática lo mató?
Al instante, la muchedumbre empezó a carcajearse.
Entonces, el capitán Bolt se abalanzó hacia delante con tal furia que casi se cae por la ventana. Alguien, al parecer Landsir Snargale o el almirante, lo sujetaba y Felix volvió a concentrarse, una vez más, en el público.
- Mi tío tenía una preciosa embarcación que los piratas se encargaron de atacar. Sin piedad, lo mataron, así como también asesinaron a todos aquellos que iban a bordo, incluyendo hombres, mujeres y niños. Y eso mató a mi padre, a mi madre y a mis hermanos. Juré vengarme por todos los medios posibles. Y entonces conocí a Pirática.
Acto seguido, Felix se dio la vuelta, mirando de lleno a Art.
Los ojos de Art parecían cristales plateados. ¿Podría ver a Felix a través de ellos? Pero Art no musitó palabra.
- La mujer que estáis a punto de colgar es mi única amiga en este mundo -empezó a decir Felix con franqueza-. Se suponía que yo debía traicionarla, pero en lugar de eso, me enamoré de ella. ¿Por qué? Porque no hay otra igual, es única en el mundo. Es una heroína y un orgullo para su especie y para su país. Yo debía haber hablado en el juicio, pero no me lo permitieron. Así es como funciona la justicia en Inglaterra. No me permitieron hablar.
De pronto, se creó un murmullo entre la multitud.
Felix se dio cuenta de cómo las armas que lo rodeaban volvían a alzarse, preparándose para disparar. Entonces, volvió a gritar:
- ¿Queréis verla muerta? Pensáoslo bien. Ella es una de las vuestras, una joven de tan sólo diecisiete años. Ha sido un verdadero honor haberla conocido, y ha calado tan hondo en mí que se ha convertido en la dueña de mi alma. Sé, pueblo de Inglaterra, que en otros tiempos os alzasteis y os rebelasteis contra vuestros opresores. Bien, quizá ahora también debáis alzaros y rebelaros contra la justicia inglesa, por vuestra heroína. O… -Y con un gesto que tan sólo un actor podría haber realizado, Felix le quitó la soga a Art y se la colocó a sí mismo, y mientras se ajustaba el nudo a la cabeza, miró a Art y continuó-: O, compañeros republicanos, dejadme morir a su lado.
De pronto, la gélida y penetrante mirada de Art se desvaneció al mirar a Felix.
- Estás loco.
- No, estoy cuerdo. ¿Qué más da? Estaba muerto, y tú me diste la vida.
Entonces, Art le rodeó el cuello con el brazo derecho mientras le acariciaba la mejilla con la mano izquierda. Inmediatamente después, le quitó la soga que se había colocado él mismo alrededor del cuello y la arrojó. Sorprendentemente, nadie osó interrumpir la romántica escena. Justo en ese preciso instante, Art lo abrazó apasionadamente.
Segundos después se fundieron en un cálido beso que, sobre el patíbulo y bajo un cielo tormentoso al que Plunqwette llamaba el poder más alto, les hizo olvidar todo lo que les rodeaba: la multitud, la vida, la muerte…
En ese momento, el mundo cambió la orientación de sus velas, variando a su vez el rumbo de sus vidas.
De pronto, ocho personas saltaron hacia el patíbulo: un hombre mayor con el pelo canoso que parecía ser demasiado mayor como para ser capaz de dar tal salto; un vendedor ambulante que arrojaba su bandeja para poder desplazarse hasta el patíbulo; una lavandera con bigote; un policía, que utilizaba a otro policía como plataforma de lanzamiento; un cura con una botella en la mano; un tipo con el cabello verde; una especie de sultán oriental con un turbante; y el último en llegar, pero no por eso el menos importante, el perro más mugriento y maloliente que jamás se había visto.
Pero este extraño surtido era tan sólo la punta del iceberg.
De pronto, dieciséis hombres más se abalanzaron también hacia el patíbulo. Dieciséis hombres seguidos de treinta mujeres, seguidas a la vez por sesenta, noventa, doscientas personas… y el iceberg seguía creciendo y creciendo. Esa multitud se abalanzó sobre las posiciones que habían adoptado los guardias, se arrojaron sobre ellos, incluso sobre el verdugo, que acabó cayendo de espaldas, y los policías volaron por los aires como las cartas de una baraja mientras se escuchaba el retumbar de las pistolas, que, gracias a Dios, sólo se dirigían hacia el aire.
Mientras tanto, en la otra orilla del río, un vagabundo rapado hacía cabriolas y cantaba con alegría, lo cual no era muy agradable considerando el tufo que desprendía…
El público, la ciudad entera, tenía las manos levantadas mientras gritaba:
- ¡La República! ¡Justicia para el pueblo!
- ¡Salvemos a nuestra heroína!
- ¡Viva Pirática, la Reina de los Siete Mares!
- ¡Justicia!
De repente, el capitán Bolt apuntó con su pistola desde la ventana rota de El último en entrar, El primero en salir. Estaba a punto de disparar a Félix Phoenix justo en la cabeza, cuando, inesperadamente, Landsir Snargale se abalanzó sobre él rasgándole ligeramente la mandíbula y derribándolo al suelo.
- Que te lleven los demonios, caballero. No permitiré que dispares a ese hombre. Por todos los mástiles, cuando era más joven siempre estaba en el océano, y su tío, el honorable Solomon era un buen amigo mío. Y su padre, Adam Makepeace, también. Ahora reconozco a ese muchacho, gracias a Dios. Es el chico que intenté buscar cuando llegué a casa después de cuatro años de viaje, para rescatarlo de la casa de caridad en la que estaba, pero no había ni huella del hijo menor de mi más viejo amigo. Debería ser rico. Y Pirática, perdonada. Y su tripulación, por la bandera del hurón, también. Así que, capitán Bolt, si se le vuelve a ocurrir la idea de disparar al hijo de mi buen amigo, no le auguro un bonito futuro. Lo veo confinado a Australia o enviado, con una patada en el culo, al planeta Marte.
Pero el capitán Bolt no lo escuchaba, sólo contemplaba el exterior de la taberna.
Tampoco lo escuchaban Harry y Perry, quienes estaban más que entusiasmados con el giro que había dado el espectáculo.
- ¡Es ese bandido, Jack Cuckoo! ¿Recuerdas, Perry? ¿ Crees que aceptaría un duelo con nosotros si lo retáramos?
- ¡No digas chorradas! ¡Yo le disparé aquella noche!
- ¡Anda ya!
- ¿Estás diciendo que miento?
Harry y Perry siguieron discutiendo mientras se abofeteaban el uno al otro con sus respectivos guantes. Seguramente, al día siguiente, se enfrentarían en un duelo.
Fuera, en los muelles de Execution, se había armado un gran alboroto. Pero un alboroto sin disparos ni armas, sino un alboroto de risas, aplausos y canciones. Aunque, al parecer, Art y Felix no prestaban mucha atención a tal alboroto.
Plunqwette, que ahora estaba posada sobre la cima de las horcas, fue la primera en ver al ganso. Volaba en dirección sur sobre el Tamsis, sin percatarse de todo el caos que se había formado en las orillas más cercanas a Lockscald mientras un pequeño bote de remos de madera navegaba pesadamente.
- ¡Detened a ese ganso! El tipo me dijo que estaría preparado y listo para asar, pero míralo, está vivito y coleando. ¡Ayúdame! Míralo, se nos está escapando. Además, he estado persiguiendo a ese maldito ganso desde anoche…
La llovizna, el cielo oscuro y la tormenta se habían desvanecido. Ahora, la atmósfera estaba mucho más tranquila que las mismísimas calmas ecuatoriales.
El ganso se alejaba volando, tranquilo, y Plunqwet- te fue testigo directo de ello.
Una vez que el ganso logró alejarse de las aguas que bañaban la ciudad, el enorme pájaro se detuvo un momento sobre el agua, tranquilo por haberse librado de su perseguidor. De pronto, un papel mojado y encerado, semejante a un pequeño barco, apareció cerca de allí. Puede que a algunos hombres, una vez desdoblado, eso les recordara a un mapa, a un mapa del tesoro que había viajado kilómetros y kilómetros hasta llegar a sus manos, pero para un animal que acababa de escapar de ser convertido en cena, ese barquito no significaba, ni mucho menos, un mapa. Así que el ganso agarró el mapa de la Isla del Tesoro con el pico y se lo llevó consigo mientras se alejaba volando hacia el cielo azul.